Me gustaría que me recuerden por mi honestidad.

Que mi hija me recuerde con dulzura, con amor…

y con la certeza de que fue mi mundo.

De que siempre importó.

—¿Vos sabés por qué escribo esto? —le pregunté a Johana.

Me miró raro. Incómoda.

—¿Quién escribe lo que quiere que pongan en su tumba, Carlota?

Me reí. Fuerte. Demasiado.

—¿Sabés cuántas veces ya me morí en esta vida?

No lo dije dramático.

Lo dije como quien pasa una receta.

Me morí a los 9.

Y a los 12 también.

Mientras en vez de mirar lo que me pasaba a mí,

íbamos de plaza en plaza buscando a ella y a sus hijos.

Me morí a los 15,

cuando no hubo fiesta.

Ni grande, ni chica.

Nada.

Progenitores irresponsables.

Financieros. Afectivos. Todo junto.

Me morí a los 17,

cuando le tenia que sacar las botellas de alcohol de mis previas,

como si ese fuera el problema.

Eran muertes chicas, si querés.

Pero constantes.

Como una planta que nadie riega

y nadie se da cuenta cuándo empezó a secarse.

A los 19 me morí otra vez.

Pagando fotocopias con horas extra

mientras vaciaba vodka en la pileta de la cocina.

Después vinieron otras.

Por descuido.

Por decepción.

Y las peores… por elección.

Porque también elegí mal.

Elegí quedarme.

Elegí sostener.

Elegí romperme.

Y sí, con cada muerte renací.

Eso dicen.

Pero la culpa…

la culpa nunca muere.

Morí cuando lo conocí a él.

Y al otro.

Y al otro también.

No por ellos.

Por mí.

Porque siempre la historia terminaba en el mismo lugar:

yo.

Ahí nació la loba.

Con colmillos grandes, afilados.

Lista para defenderse de todo.

Hasta que se gastaron.

De roer tantos huesos.

Después vino otra muerte.

La más real.

El diagnóstico de papi.

Un tomate seco abierto en la heladera.

Así lo recuerdo.

Así de absurdo.

Así de brutal.

Volví a la cucha.

A los 25.

Cuando tenía que estar pensando en ropa, chicos, viajes.

Pero no.

Estaba haciendo cuentas.

Pagando médicos.

Comprando comida. Medicación.

Su dulce de batata.

Las milanesas de pollo.

La mermelada que le gustaba a ella.

Y sí.

Lo volvería a hacer.

En esta vida y en mil más.

Ahí nací otra vez.

Más dura.

Más vieja de lo que me tocaba.

Después caí en cuentos.

En promesas.

En el flautista de Hamelin.

Y murió.

Y con él se fue algo que no volvió más.

La alegría guardada.

El amor más grande que tuve.

Sigue doliendo.

Todavía.

A veces aparece en números mágicos.

Y en globitos.

Como si hiciera falta creer en algo.

Después vino otro.

De carne y hueso.

Más real.

Más peligroso.

Ahí ya no conté más las muertes.

Solo sé que volví a nacer.

Y que me fui.

A otro país.

Como si cambiar de lugar

pudiera cambiar algo de adentro.

Hoy me reconstruyo todos los días.

De las cenizas.

Como puedo.

Así que si me preguntás cómo quiero que me recuerden…

No como alguien perfecta.

No como alguien fuerte.

Como alguien real.

Como fuego.

Como algo que se rompe y vuelve.

Como amor de madre.

Como calor de casa.

Como amiga leal.

Y también —aunque no siempre lo muestre—

como una mujer que nunca dejó de dolerle todo.

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