Miradas 

Solo existimos cuando el amor nos mira.

Lo leí una mañana cualquiera, en un café cualquiera, y me atravesó como si alguien hubiera dicho en voz alta lo que yo llevaba años esquivando.

No fueron los quince años de terapia.
Ni las constelaciones.
Ni las ganas desesperadas de sanar algo que ni siquiera sabía nombrar.

Fue esa frase.

Ahí entendí por qué siempre fui la última.
La que espera.
La que sobra.
El último orejón del tarro.

Entendí que no era humildad.
Era invisibilidad.

Y entonces todo empezó a tener sentido.

La perfección.
La exigencia insoportable.
El hacer todo sola.
El orgullo de no necesitar a nadie, como si eso fuera una medalla y no una herida mal cerrada.

Nunca necesité a nadie…
porque nunca sentí que alguien me eligiera de verdad.

También entendí algo peor:
que no todos los amores miran.
Algunos pasan por al lado.
Otros te usan.
Y algunos directamente no te ven.

Y yo…
yo quería que me vieran todos.

Que me miren cuando soy flaca.
Cuando soy rubia.
Cuando encajo.
Cuando soy correcta, prolija, impecable.

Que me miren cuando soy lo que se espera.
Cuando no molesto.
Cuando no incomodo.

Hasta con Dios hago lo mismo.
Le hablo. Le explico. Le pido.
Y a veces el silencio es tan grande
que parece que tampoco me ve.

Y ahí entendí lo más incómodo de todo.

Que no quiero amor.
Quiero mirada.

Quiero existir en los ojos de alguien,
aunque sea un segundo.

Pero hay algo que no puedo seguir negando.

La parte de mí que más verdad tiene
no quiere aplausos,
no quiere aprobación,
no quiere ser perfecta.

Solo quiere algo mucho más pequeño.
Y mucho más difícil.

Que alguien la mire…
y no aparte la vista.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS