ZONOTORH
Franciny Torres Corrales.
En memoria de mi amada esposa, Katherine.
“Porque te faltó vida, pero te has ganado inmortalidad”
La carta Zonotorh había predicho que, en una noche de eclipse, la sangre real bañaría su trono. Que la dulce y fúnebre melodía de la muerte, se confundiría con el clamar de los insectos nocturnos. Ella, como tutor de paz obligaría a todo aquel que la mirase a rendirle pleitesía y los que bravamente se aferraran a la vida, los pasaría de ignotos. Que los ímpetus de la naturaleza vendrían en contra quienes no miraran más allá de su codicia y falsedad.
“En la noche de eclipse, cuando la luna se ensangriente, surgirá un nuevo hechizo”
Parte 1
La Profecía Del Diente de Dragón.
I.
Las Lágrimas De Fuego.
Miraba con espanto aquella carta. Trataba de liberarse de esa intranquila profecía. Su pulso no andaba bien y sus acciones resultaban algo torpes. Viendo pocas opciones para desahogarse, optó por invitar a una grisna, llamándola con un tenue silbido.
—Grisna mensajera, vuela a lo más alto de las montañas del este y lleva a los Korah este mensaje. Apresúrate, queda poco para el próximo eclipse. Te encomiendo esta tarea. Ahora vuela… —La grisna salió volando hacia la espesa altura de la noche. Llevaba consigo un pesado augurio y sus débiles esperanzas.
Ragard se ocultó tres días en su mazmorra, leyendo una y otra vez el arcano. No había equivocaciones; todo era tan claro como el agua. La primera noche, estuvo indagando en sus recuerdos sobre su fatídica sentencia. Nunca pensó que su don lo conduciría al lado de los malos. Esto era real, aunque siempre supo que él no era así. El segundo día volvió a ver el arcano, inundándose una vez más de terror al recordar lo claro que era, y por eso estaba allí, en Laugros.
Laugros, también conocido como el pueblo de la niebla eterna, era un pequeño caserío de labriegos y mercaderes. Cubierto por una capa de niebla, rara vez dejaba que los rayos del sol filtraran. Este poblado era sede de una de las guarniciones más grandes del reino Zenegh. A diferencia de otros reinos, Zenegh compartía una gran afinidad con los inmigrantes de diversas regiones del planeta. Además de hablar Zeneghal, su lengua nativa, también se hablaba Cranto, una lengua antigua de los meridianos del norte. Laugros, en términos de extensión, era más pequeño de lo que parecía; sus fronteras se alcanzaban a pocas horas de marcha. Existía un pequeño templo, donde la liturgia nunca cesaba, y también se autorizaban las ejecuciones de aquellos desdichados sentenciados a muerte por la corte de Zenegh.
Había una residencia para viajeros de paso, y solo quedaban muchas granjas que trabajaban con ganado, pasto y hortalizas. Era un centro de producción agrícola que custodiaba las vidas de los más ruines delincuentes del reino. Entre sus barrotes, eslabones de barro y roca, se hallaba Ragard. Por órdenes reales, tenía cuidados especiales, que otros no recibían. Sin embargo, esas atenciones terminarían pronto, pues su condena acababa dos días más allá del presente. La guarnición se adentraba en la tierra, dejando dos pequeñas celdas a lado y lado de la entrada principal en la superficie, con cuatro torres en postura de vigilancia. Con Dogos, canes de rastreo y caballos, se resguardaban las cuatro fronteras de Laugros. El boquete de la entrada estaba hecho de piedra rústica, tallada con insignias reales y marciales. Dos guardias permanecían allí, postrados permanentemente, cambiando periódicamente su posición. La presencia de la guardia ya era común entre la población. El campamento se extendía en grandes y pequeñas tiendas cerca de los lugares de pastoreo para los ganaderos de la región.
La milicia de Zenegh era ordenada e imponente, con armaduras plateadas bañadas con visos rojos, creando una armadura que representaba su bandera real. Los rangos dentro de la hueste se distinguían fácilmente por la ausencia o presencia de hombreras. Quien no las tenía, se consideraba un peón, mientras que quien poseía grandes hombreras se consideraba un alfil o torre, grandes rangos en esta casa.
El tercer día lo llenó una obsesión por leer arcanos que ni siquiera entendía. Nunca apartó el mazo de cartas de su lado, pues, por desgracia, era su única compañía. Además de su mazo, lo acompañaban los rumores que iban y venían, no solo del pueblo, sino de todo el reino. Aprovechando el cambio de turno, los guardias se cruzaban los últimos mensajes que traían: algunos eran verdades, otras invenciones. Con frecuencia, se filtraban rumores de que la corona había detenido varias veces a asesinos que trataban de matar al conserje del rey para infiltrar a uno que cambiara los planes ante la corte suprema de justicia. La corte se había distanciado de las ideas expansionistas del reino de Ormux, a la vez que intentaba mantenerse fuera del conflicto armado que este mantenía con su vecino, Daifa. Durante muchas temporadas, ambos reinos se habían disputado líneas fronterizas marítimas y terrestres. Solo con cartas visadas se podía transitar por esos lindes.
En una visita del máximo clérigo, representante de la religión Leirdal, se promulgó la masiva creación de dogmas y religiones clandestinas, opacando la adoración de los antiguos dioses. Los dioses forasteros no eran nada ante su creencia y filosofía, tanto así que estaba dispuesto a defender su fe con la guerra. Las demás religiones nunca irrespetaron al máximo clérigo, pero tampoco cerraron las puertas a nuevas creencias y dioses, lo cual exacerbó al líder religioso. Después de su visita, se supo que estaba creando un ejército de fieles para erradicar las prácticas de religiones foráneas.
Ragard, dentro de sí, supo que estos no eran buenos augurios y que repercutirían en el desarrollo de la historia. Temía por su incapacidad de hacer algo fructífero. Sin embargo, decidió que no dejaría que las acciones del mundo exterior lo alteraran, pues su atención estaba puesta en el trágico arcano que había leído.
El cuarto día llegó con un pueblo agitado entre cabezas de ganado y marchas bélicas. Al final del día, Ragard recibió la visita de la grisna que había enviado hacia las montañas. Era una mañana fría y, por lo que llevaba del día, había olvidado su ansiedad, pero con la visita inesperada, su pulso volvió a ser una locura.
Abrió el pequeño lienzo atado a la pata del ave y leyó:
«Hoy recibimos tus escritos, pero creemos que es tarde ya. Aquí, por encima de las nubes, se puede distinguir lo que será un largo eclipse. Solo se debe despejar la niebla eterna y ustedes lo presenciarán… LAS LÁGRIMAS DE FUEGO LO CUBRIRÁN TODO.»
No pudo mantener la calma y, con desconsuelo, se precipitó hacia la parte más oscura de su mazmorra. Pensó en no correr la noticia, pero también lo acosaba la idea de esperar el final en su recinto. Un sentimiento lo envolvía, haciéndolo sentir egoísta con los demás, pero pensaba que lo más importante era contener el caos, no generar más. Su existencia estaba marcada por los infortunios que, de alguna u otra manera, nunca cesaban. Sus treinta y dos años habían sido tan duros como las pesadillas que a diario lo acosaban, tan crudos que ni siquiera los buenos momentos aliviaban el dolor que cargaba en su alma.
Ragard era un hombre de mediana altura, tez morena y cabello castaño rizado que caía hasta sus hombros. Su figura era delgada y su quijada cuadrada, adornada por una barba rojiza y plateada, reflejaba el cansancio de noches en vela. Los efectos de malas decisiones y pésimos consejos se resumían en su rostro, uno marcado por el dolor de un hombre que quiso hacer el bien, pero que el mal terminó por borrar su destino. Su más íntimo deseo de terminar sus días al cuidado de muchos hijos y un rancho con campos de café parecía ahora una fantasía lejana, pues su final estaba marcado por el caos. Ragard había asimilado cuál era su destino. Sin embargo, lo atormentaba saber algo que muchos no sabían. Esa idea lo acosaba una noche más en los rincones de su celda.
En un santiamén llegó el día en que el consejo y el tribunal de la corte real de Zenegh dictarían el veredicto final de Ragard. Lo harían después del mediodía, y él ya estaba despierto, aunque era temprano en la mañana. El que había caído en las garras del encierro por su don de Zonotorh no se molestaba en preocuparse por su libertad; solo le cercenaba la tranquilidad el oscuro arcano que había leído tres noches atrás. Antes de quedar en libertad, había planeado llevar consigo pocas pertenencias, entre ellas su mazo dorado de cartas videntes. Hacía frío, y calentaba un poco de agua para preparar café recién hecho. Sentado, meditabundo, recordó que su poder no lo controlaba a él, que era él quien dominaba su habilidad.
Calentó sus manos entumecidas con la taza de barro que contenía el aromático café. Luego de pequeños sorbos, tomó el mazo de cartas de su alforja y, decidido a ver algo más, las barajó. Después de hacer buenos mosaicos entre sus manos, colocó algunas cartas sobre la mesa. Ubicó cuatro cartas en forma de rombo, con una carta en el centro. Descubrió la carta de la parte superior, revelando una ilustración: un caballero parado en una morada de espadas. En su mano derecha sostenía un lienzo, y en su antebrazo se posaba un halcón mensajero.
—Cruz de espadas… – Estudió con detenimiento su arcano, luego habló para sí mismo – Las espadas son de acero, algunas de hierro, el acero fue dado como prueba de un mal doloroso. El caballero, mancebo vigoroso, lucha contra una fe enemiga. El lienzo… la libertad será a sangre, a coro y a gritos. El halcón mensajero, del mal al bien, el tiempo cambiará. Se renovará el viejo tiempo de grandes sufrimientos… tras el humo de la guerra, aparecerá su blanca mano. Esto es un buen augurio.
Terminada la primera carta, volteó la de la izquierda. Al dejarla al descubierto, apareció la imagen de una mujer saliendo de una fuente, invadida de colores y destellando luz desde su frente.
—La guía, del salón de los colores, recordará a cuál pertenecerán. De blanco y negro, los dos entrelazados… sangre en tierras enloquecidas. Rojo y amarillo unirán a los suyos… – Pausó para tomar más café. – Paz cruzará el cielo, las aguas, las nieves… aunque invidente, su guía retumbará.
Verificando que sus arcanos no eran errados o difusos, prosiguió con la carta de la derecha. Las cartas estaban llenas de muchas cosas intrigantes, tanto positivas como negativas. Este arcano debía mostrarle en algún momento la posible solución a lo que se aproximaba. Intentó voltear la carta, pero una luz flameante lo detuvo. La concentración en sus cartas pasó a centrarse en otro asunto. Caminó, curioso, hacia la puerta de barrotes, para ver cuál era el origen de la resplandeciente luz.
Era una visión inesperada: una esfera de fuego se dirigía a gran velocidad hacia la superficie. Aunque no era grande, la energía que desató fue tal que la tierra rugió y se estremeció con violencia. Después de un fuerte temblor, la temperatura del aire subió considerablemente y una nube grisácea se acercaba rápidamente.
Aterrado, no se movió de la puerta. No se daba cuenta de que lo que se acercaba podría calcinarlo en segundos. A pesar de la devastación a su alrededor, intentó esconderse. Encontró una salida en el lado derecho de su calabozo. En la letrina vio un buen espacio que podría protegerlo del impacto. Empapó las sábanas y mantos con agua de un cántaro para cubrirse. En la esquina más cerrada de su rincón, puso la capa gruesa de mantos sobre él y esperó, apretando los dientes y con los ojos cerrados.
La brisa era suave, como cuando su madre lo acariciaba, la frescura de unas manos delicadas reflejada en el soplo matutino, al lado del granero. El padre de Ragard implantaba pequeños tallos de café en sacos elásticos, para dejarlos crecer y luego plantarlos en el campo. Maravillado por la disciplina que su padre mostraba en esa tarea, el niño casi ni parpadeaba, lleno de admiración. Sentado en una ventana alta del granero, vio cómo el tiempo se detenía, congelando a su progenitor, y cómo una galería de imágenes lo abordó, causándole una fuerte impresión. Un mareo seguido de visiones de su familia, de la muerte de sus padres, del amigo que lo traicionaría, de un rey injusto, de las lágrimas de fuego… la oscuridad lo refugió, acompañado de una voz distante que lo arrullaba con finos versos de una canción de cuna.
—Mi hermoso querubín, no podrá existir jamás enfermedad que te contamine – dijo su madre mientras lo besaba. – Aquí estaré para calmarte tus agobios. No sufres más que de milagros…
—Pero mamá, no terminan, todavía están en mi cabeza – susurraba Ragard, aun apretando los labios, envuelto en mantos húmedos y polvo. – Mamá, ¿dónde estás?
El polvo que invadía sus pulmones lo obligó a toser repetidamente, trayéndolo de vuelta a la celda donde aguardaba su calamidad final. A medida que aclaraba la vista, pudo distinguir entre la nube de escombros los restos de las paredes y techos que antes lo confinaban. La embestida había sido fuerte, pero no suficiente para derrumbar completamente su prisión. El lugar resistía precariamente, como un animal herido al borde del colapso. Cualquier movimiento brusco podría sellar su destino. A su alrededor, las ruinas lo envolvían. Sus pertenencias, enterradas bajo una capa de polvo y roca, aguardaban. Recuperó lo que pudo: algunas ropas aún intactas y su inseparable mazo de cartas. Al inspeccionar el estado del lugar, notó que la puerta de barrotes había sido arrancada de su base. La salida estaba abierta.
El silencio reinaba, roto solo por el eco de su respiración descontrolada. Alzó la mirada hacia el marco de la puerta, aún envuelto en polvo, y avanzó con cautela. Lo que vio al cruzar lo dejó petrificado: Laugros, su mundo conocido, ya no existía. Ahora era un infierno de llamas y cenizas. Cuerpos destrozados yacían entre las brasas, mientras los campos ardían como si el cielo hubiese descendido para consumirlo todo.
Secó el sudor frío de su frente, sintiendo cómo el terror lo atenazaba. Sabía que debía moverse, escapar antes de ser engullido por aquella escena dantesca. Una alforja tejida de lana pendía de una pared a medio derrumbar, y la tomó sin titubear. Guardó lo necesario: las ropas, un poco de
café macerado y las cartas. No tenía dinero, pero tampoco lo necesitaba. Lo único que importaba ahora era la libertad que por fin sentía.
Caminó entre los escombros, ofreciendo ayuda a los heridos, palabras de consuelo a los moribundos. No podía ignorar a los que sufrían, aunque eso ralentizara su marcha. Sus pasos lo llevaron hacia el sur, donde las llamas se disipaban y el aire pesado comenzaba a transformarse en el frío aroma de los pinos. El cambio lo tomó por sorpresa; había olvidado cómo se sentía respirar algo distinto al encierro.
Adentrándose en el bosque, los pinos azules lo rodearon. Al principio, no les prestó atención, pero pronto notó cómo las ramas formaban un muro impenetrable. Un laberinto de espinas y sombras lo envolvió. Caminó, giró, buscó salidas que no existían. La desesperación lo hizo correr sin rumbo, sus pies pisoteando raíces invisibles mientras las ramas lo arañaban como látigos. Corrió hasta que un vacío bajo sus pies lo hizo caer.
El impacto fue seco, pero sorprendentemente no doloroso. El cansancio lo embargaba más que la caída misma. Al abrir los ojos, se encontró tumbado sobre una cama de hierba. A su alrededor, los árboles se mecían suavemente, sus hojas susurrando en lenguas antiguas que ningún humano podría comprender.
El cielo era un espectáculo extraño. Una vez que ajustó la vista, vio lo imposible: esferas de fuego iluminaban el firmamento azul. –Lágrimas de fuego… –murmuró, incapaz de apartar la mirada.
Al ponerse de pie, Ragard evaluó el panorama. Había escapado del desastre, pero no del caos. Las llamas seguían devorando algunas zonas, y el aire pesado se aferraba a sus pulmones. Sin orientación ni estrellas visibles, caminó a ciegas. Finalmente, los sonidos de una multitud lo guiaron.
Una caravana de sobrevivientes de Laugros se arrastraba hacia la capital de Zenegh, Ghenil. Granjeros y militares compartían la miseria, ayudándose mutuamente entre lágrimas y gritos. Ragard se mezcló con ellos, escuchando en silencio sus relatos de pérdida y dolor. Al llegar a Ghenil, se unió a las tareas de ayuda, llevando agua y vendajes, moviendo camas improvisadas. Por primera vez en años, se sintió útil. Incluso dejó escapar breves sonrisas mientras trabajaba, un alivio fugaz en medio de la tragedia.
Cuando finalmente se detuvo, abatido por el cansancio, una presencia inquietante lo sacó de su momentáneo descanso. No estaba solo. Una figura oscura se mantenía en las sombras, inmóvil como una gárgola. –Zonotorh… –dijo una voz antigua y rasposa.
Ragard giró lentamente, reconociendo de inmediato a su interlocutor. —Kanthus… Años después, tu voz aún conserva esa maldita intriga.
El diálogo que siguió estuvo cargado de reproches y recuerdos. Kanthus, un Zonotorh retirado, parecía saber más de lo que quería compartir. El eclipse trilunar se avecinaba, pero los cálculos de
ambos no coincidían. El tiempo no transcurría como antes. Ragard, desgastado por años de encierro, sabía que debía actuar rápido si quería evitar una catástrofe mayor.
Esa declaración dejó preocupado al Zonotorh. Nunca había considerado errar en un arcano, y menos en uno tan crucial. La falta de práctica con su don le inquietaba profundamente, pero al mismo tiempo, sentía un ligero alivio: el error le otorgaba más tiempo para buscar soluciones. Sin embargo, estas debían surgir de un plan que aún no tenía trazado. La revelación inesperada pesaba sobre sus hombros, en un momento en el que desesperación y dolor eran sus únicos compañeros. Mientras sus pensamientos giraban en espiral, Ragard decidió que el primer paso debía ser solicitar una audiencia con el rey de Zenegh para advertirle del inminente peligro.
A pesar de la urgencia, temía desatar nuevamente la cacería de los Zonotorh. Aunque la persecución hacia los videntes había diezmado su linaje, desconocía si la amenaza persistía. Tampoco confiaba en que el rey tomara en serio las palabras de un exconvicto. Sabía que en Zenegh no encontraría la ayuda que necesitaba.
Al amanecer del siguiente día, Ragard se mantuvo apartado de la labor humanitaria que realizaba la guardia real. Cambió sus atuendos por ropas más limpias y funcionales: un camisón blanco de mangas largas, sujetado por muñequeras de cuero; un chaleco pardo con capucha, confeccionado con piel de algún animal del bosque; pantalones de cuero negro y botas rústicas de campo. Sin llamar la atención, comenzó a alejarse de la muchedumbre. Sin embargo, alguien notó su partida.
—Sé qué harás hasta lo imposible por detener este caos inminente —dijo Kanthus, apareciendo a un lado del camino—. Intuyo que cualquier ayuda que recibas será bienvenida, así que déjame darte esto.
Ragard estudió a Kanthus a la luz matinal. El tiempo no había sido indulgente con ninguno de los dos. Vio a un hombre de semblante endurecido, con cabello lacio que le caía hasta la espalda y ojos pequeños pero agudos. Su vestimenta era sencilla: un camisón de mangas largas, ajustado con una correa que delineaba su cintura, pantalones de cuero y botas de trabajo. Lo que más destacaba era el lente monocular que nunca apartaba de su ojo izquierdo, dándole un aire de intelectualidad. De entre los pliegues de su camisón, Kanthus sacó una pequeña envoltura de cuero atada con cuerdas de lana. La sostuvo con cuidado antes de ofrecérsela ceremoniosamente a Ragard.
—Hermano de linaje, toma una de mis posesiones arcanas. No intentes descifrar su significado ahora. Lo comprenderás cuando el arcano que guiará la solución a este drama esté casi completo. Esta carta te ayudará a resolverlo. Mientras tanto, déjala en enigma.
Ragard tomó la envoltura con manos temblorosas. Su mente estaba dividida entre gratitud y desconfianza.
—¿Por qué me ayudas? —inquirió, sosteniendo la carta.
—Llámalo un deber de sangre —respondió Kanthus—. Somos hermanos de linaje. Sé que buscas limpiar el nombre de los videntes, un acto tan noble como peligroso. Aunque nuestros caminos se
han distanciado, compartimos algo que nunca cambia: somos Zonotorh. Ahora ve, cuida tus espaldas. No son tiempos seguros. Sé que volveremos a encontrarnos en épocas mejores.
Con ese augurio, Ragard continuó su camino, aún más confundido. Se preguntaba por qué las cosas no podían ser más simples, por qué no podía manipular los eventos para aliviar su intranquilidad. Su destino era Ormux, un viaje que le tomaría cuatro noches a ritmo de caballo. Por fortuna, las provisiones obtenidas en las tiendas de campaña eran suficientes, así como el corcel que Kanthus le había otorgado.
Esa noche encontró una cabaña abandonada, rodeada de campos de trigo y cebada. El aroma de la cebada le hizo añorar una buena cerveza. Mientras se acomodaba en el refugio, cenó un pedazo de pan con agua de arroz, que en su mente imaginaba fermentada para asemejarse a su bebida favorita. Preparó una fogata para calentar agua, esperando hacer café, un ritual que había heredado de su abuelo.
El viento de la llanura era fresco, y el cansancio comenzó a vencerlo. Reunió su mazo de cartas y pretendía leer arcanos, pero la mitigación por encontrar malas noticias lo hacían desistir de esa labor. La fogata calentaba agua y en pocos minutos estaría lista para hacer café. Bebida que creció con él y antes con el padre de su padre. Esa noche, mientras el fuego chisporroteaba con suavidad y el aroma del café llenaba el aire, Ragard cerró los ojos, sumido en pensamientos que no lograban conciliarse con la quietud del lugar. Aunque su mente estaba atrapada en la maraña de los eventos recientes, un rincón de su ser anhelaba algo más sencillo. En sus sueños más íntimos, imaginaba un destino diferente: ser esposo, encontrar una mujer con quien compartir sus días, alguien que no temiera su pasado ni la marca de los Zonotorh en su sangre. Veía sus manos, no lanzando arcanos, sino trabajando la tierra fértil de una pequeña parcela; sintiendo el calor del sol y el viento al sembrar vida donde antes había desolación. Y en las noches, compartir el pan y la risa junto a aquellos que consideraba amigos, honrando sus historias con la misma devoción con que cuidaría su hogar.
Sin embargo, esos sueños parecían tan lejanos como las estrellas que observaba desde la rendija de la cabaña. La realidad le obligaba a recorrer un sendero oscuro, uno donde los sacrificios personales se alzaban como un peaje inevitable. Pero incluso en la desesperanza, mantenía encendida esa chispa de humanidad, un recordatorio de que, tal vez, al final de todo este caos, podría encontrar un lugar donde descansar su espíritu. Con esos pensamientos, Ragard dejó que el sueño lo acogiera, con la esperanza de que, en alguna noche futura, no necesitaría imaginar ese refugio, sino vivirlo.
Acomodó las alforjas cerca del fuego, buscando comodidad, mientras observaba por las rendijas de la cabaña las lágrimas de fuego que adornaban el cielo nocturno. Cerró los ojos, entregándose a una meditación que esperaba se transformara en un sueño reparador. El silencio de la noche fue su única compañía, pero no podía ignorar el peso del futuro que le aguardaba.
II.
La Primera Sangre.
Los días de fertilidad y crecimiento estaban en su pleno furor. Los reinos avanzaban con grandes zancadas, y las tierras lentamente se achicaban. En Khalarca, una nueva colonia de caficultores había tomado raíces con la familia del recién nacido e hijo único, Ragard. Las colonizaciones eran un síntoma activo desde las guerras de los terratenientes, que ansiaban las tierras de café para sí mismos, sin ningún afán de asociarse con los demás caficultores. La familia se estableció en la capital y comenzó a labrar la tierra, cultivando vastas zonas de café. La producción de este fruto fue bien recompensada por los transportadores y traficantes que llegaban desde países lejanos. Los primeros años estuvieron marcados por la abundancia, pero las sequías y las lluvias destruyeron las cosechas. Dragar, cabeza de familia, nunca descansaba por miedo a no tener suficiente para sustentar a su gente. Hannia, madre de delicada tez, nunca dejó de enseñar a su hijo con paciencia y sabiduría.
El niño, de casi cinco meses, sería bautizado en una noche trilunar. Durante la celebración, hubo un gran banquete y rituales en honor a los antiguos dioses de la abundancia y al dios guardián de la aldea. Familiares lejanos se agolpaban para darle la bienvenida al primogénito. Cuando la luz del alba comenzaba a asomarse, el abuelo, como siempre, quiso intervenir con unas palabras.
—Familia – dijo tras un trago de la vaporosa taza de café – como bien saben, esta noche no solo conmemoramos la venida de nuestro joven linaje, sino también la gracia de ser los herederos de estas tierras tan bendecidas.
La noche estuvo llena de estrellas, buenos augurios, regocijo y danza, y selló el reconocimiento del nuevo miembro de la familia. Con el paso de los años, el infante fue creciendo. Su ansia de explorar se reflejaba en sus ojos, y lo primero que hizo fue dar sus primeros pasos. Su madre siempre se mostró cautivada por el ímpetu de su hijo, desde el momento en que lo albergaba en su vientre. Cada vez que lo tomaba en brazos, le decía mientras lo levantaba al aire:
—Te devorarás el mundo – le susurraba Hannia con una sonrisa.
Una noche, en medio del mes más caluroso de ese ciclo, Dragar y Hannia cayeron fatigados en su lecho después de una larga jornada. El silencio reinaba, pero de repente, este fue quebrantado por los gritos y el llanto desgarrado de su hijo, que dormía en la habitación contigua. Estrepitosamente, corrieron al encuentro del niño, aterrado por una pesadilla o por algún malestar físico.
Estos momentos de infortunio se volvieron más frecuentes. En ocasiones venían acompañados de arcadas e intensos dolores de cabeza. Los padres, un tanto traumatizados, intentaron hallar una cura a sus dolencias y quebrantos, pero sin éxito. Dragar no podía desentenderse de su oficio como productor de café, especialmente cuando la cosecha llegaba con buenas nuevas para la economía local. El fruto de una buena labranza y de un suelo generoso reflejaba la magnitud de su producción.
Con suerte, el caficultor encontró una brecha de mercado en el reino de Ormux. Su gobernante, Aldara, tenía fuertes nexos con el puerto de Angakog, controlando varios navíos que transportaban café a otros continentes. Un día, Dragar alistaba varios caballos junto a sus carretas para llevar el grano seco hasta las dispensas de la reina de Ormux. Ragard, ya con siete ciclos de vida, quiso acompañar a su padre en el cargamento. Entusiasmado, esperaba en la primera carreta, con las riendas de los corceles en las manos. El fulgor de sus ojos era imposible de ignorar para su progenitor. Dragar se acercó a su hijo con una taza de café humeante.
—Hijo, prueba el sabor del éxito. Con esto podremos asegurar nuestras vidas.
Ragard, aunque un niño, comprendía con claridad que aquel grano les garantizaría una vida plena. En sus pensamientos inocentes, no había espacio para el fracaso. Después de varios sorbos de café, estuvo listo para partir.
La caravana, compuesta por cuatro carretas, se puso en marcha. Avanzaron a paso medio por los vastos campos y cultivos de café. Los labriegos, con miradas orgullosas, observaban esa romería, sabiendo que, en estos tiempos de abundancia, la tranquilidad y satisfacción se hacían camino. A medio trayecto, Dragar detuvo el convoy para alimentar y dar agua a los caballos. Aprovechando el momento, ellos también comieron y se hidrataron. Mientras comían, Dragar contaba los sacos del cargamento para calcular su ganancia. Cada número sumaba a una sonrisa distraída que iluminaba su rudo rostro. Satisfechos, emprendieron de nuevo la marcha. Al caer el medio día, llegaron a Dye, una pequeña pero activa provincia comercial. Allí esperaba el cónsul de Aldara, quien siempre pagaba con transparencia el valor de lo cosechado.
La despensa era grande, con un sistema de bodegaje que no dejaba lugar a dudas sobre la eficiencia del comercio. Las pesadas balanzas marcaban el inicio de la gran bodega de almacenamiento, donde hombres robustos cargaban a sus espaldas los sacos, apilándolos meticulosamente en áreas designadas. Las paredes de roble rojo regulaban la temperatura, creando un ambiente propicio para la conservación del café. Dragar, de aspecto rústico, con cejas medianas, mentón cuadrado y tez cobriza, observaba a su alrededor, notando que no era la única región que disfrutaba de los frutos de la abundancia. Caficultores de otros reinos llegaban también a este centro de comercio, incluido el renombrado Duque de Assos, Seigurh Aeduur, que provenía de la provincia de Laugros, al norte del reino. Aeduur se había ganado su título por su bondad y carisma, un buen gobernante, sin duda.
Dragar y Aeduur se habían cruzado en varias ocasiones, pero siempre en términos de negocios. Esta vez, sin embargo, Seigurh se acercó con una sonrisa cálida.
—La cosecha nos sonríe a todos estos días —comentó Aeduur, el rostro iluminado por una satisfacción genuina.
—Así parece —respondió Dragar, sonriente—. Estos buenos vientos nos traen prosperidad.
—Tu generación también parece estar en auge —añadió Aeduur, mirando al pequeño Ragard, que jugaba con una rama cerca de su padre.
—Sí —dijo Dragar, sin ocultar el orgullo—. Es un amante del café. Ahora quiere tener su propio cultivo.
—Tiene un brillo febril —observó Aeduur, pasando la mano por la cabeza del niño. Su mirada se intensificó, como si estuviera buscando algo más profundo en Ragard—. Es extraño… tu hijo tiene facultades que pocos suelen tener.
—¿A qué te refieres? —preguntó Dragar, confundido—. ¿Es anormal?
—No, no es eso. Su aura es única. Yo puedo leerla. —Aeduur parecía pensativo, los ojos fijos en el niño—. Siento una calidez que me recorre… Hay prosperidad, desdicha, traición, salvación… y linaje. Mi linaje.
—No entiendo bien lo que dices, pero suena… interesante, ¿no? —respondió Dragar, aún algo desconcertado.
—Sí… tu hijo es especial. —Seigurh miró hacia abajo, donde su mano aún descansaba sobre la cabeza de Ragard—. Lo será más de lo que imaginas.
Aeduur, con cuidado parecía buscar algo en su alforja. Extrajo una caja dorada rectangular, adornada con hilos de seda dorada que la envolvían. Al abrirla, Dragar observó la delicadeza de la caja: grabados dorados en los bordes, runas misteriosas que recorrían su superficie. Un símbolo en la parte superior parecía arder en su memoria.
—Zonotorh.
En su juventud, en la academia militar, Dragar había sido obligado a estudiar lenguas antiguas, entre ellas las runas que decoraban la caja. Reconoció el idioma silfico, que había caído en desuso hacía siglos. Las runas eran sagradas, mágicas, y el nombre grabado en la caja tenía un significado profundo y ancestral.
Zonotorh… Los antiguos textos hablaban de ellos: seres de sangre vidente, custodios del tiempo y del linaje. Los mitos decían que los Zonotorh poseían el poder de ver más allá del presente, de manipular los hilos del destino. Eran seres raros, casi místicos, y su presencia era señal de un cambio trascendental.
—Zonotorh… —susurró Dragar, sin querer interrumpir el ritual de Aeduur.
Pero Aeduur no parecía percatarse del murmullo. En su rostro se reflejaba una mezcla de reverencia y entusiasmo, como si estuviera ante una revelación.
—Este niño… —dijo Aeduur con una mirada distante—. Tiene la esencia de los Zonotorh. Él, más que nadie, será capaz de comprender el equilibrio del pasado, el presente y el futuro.
Muchos estudiosos y sabios llegaron a la conclusión de que los Zonotorh representaban la unificación de todas las conjeturas planteadas en los escritos antiguos. Con gran curiosidad, Ragard observó cómo Seigurh dirigía sus manos con la caja hacia él. Inocente, pidió consentimiento a su padre con una mirada ansiosa y febril. Asintiendo con la cabeza, el padre autorizó al niño a tomar el inesperado obsequio.
—Aún no la abras —dijo Aeduur, posando sus manos sobre las del pequeño—. Deja que el tiempo sea quien decida el momento adecuado.
—¿Tardará mucho? —exclamó Ragard, ansioso.
—Mi pequeño, el tiempo es el único que, por más que pasen las cosas, no acelera ni detiene nada. El tiempo sabrá indicártelo, y será justo. Jamás tarde, jamás anticipado. Créeme.
—¿Eso significa que debo llevarla siempre conmigo? Si no, no sabré cuándo abrirla.
—¡Vaya! —dijo Aeduur, entre carcajadas—. Eres mucho más listo de lo que imaginaba.
—¿Debería aclarar el motivo de tu gesto con mi hijo? —intervino Dragar, desconcertado.
—Por supuesto. Tu hijo es un regalo de la naturaleza. Tu hijo es un arcano reencarnado… Es un Zonotorh.
—¿En serio no te excedes al ponerle ese título a mi hijo?
—No —continuó Aeduur, acercándose al oído de Dragar—. Yo soy uno, un Zonotorh, Zonotorh Zielenaido.
—¿Zielenaido? —Después de una pausa, Dragar continuó—. Lees el aura de los seres vivos.
—¡Exacto! Ya me doy cuenta de dónde sacó tu hijo su perspicacia.
—Nos alagas en exceso.
—Solo divulgo lo que mi don me permite leer.
—Bueno, tendré que captar tus apreciaciones, aunque debo advertir que, en ocasiones, la sabiduría trae consigo tristezas.
En ese momento, el encargado de la despensa se acercó, interrumpiendo la charla, con el propósito de recibir la carga traída por el Duque de Assos. Este cedió al llamado y se mezcló con la multitud que atestaba el lugar, desapareciendo rápidamente. Dragar, intrigado, se dio cuenta de que, desde ese momento, no pudieron ubicar al duque nuevamente.
El día terminaba con un sol carmesí. Ya en sus carretas reposaban los víveres suficientes para un largo tramo de tiempo, junto con fertilizantes y abonos para mantener firmes los pequeños pero productivos cafetos. Los días de prosperidad duraron varios ciclos. Ragard, un joven adolescente, luchaba por entender qué era el don o maleficio que lo marcaba. Debido a su carácter, Dragar nunca tuvo las fuerzas suficientes para contarle el secreto de los Zonotorh. Por su parte, Ragard no se preocupaba por explorar las cualidades de su don. Cada vez que acudía a su padre, se encontraba con una excusa perfecta para eludir la conversación.
Sin embargo, la familia de Ragard vivió el punto de quiebre en la prosperidad del café. Las pestes se hicieron más feroces con el paso de los tiempos secos. Un hongo repentino devoró las hojas de los árboles, impidiendo que la floración llegara a tiempo. Esto provocó una caída drástica en las producciones. Después de las arduas lluvias, vino una era de sequía que permitió el crecimiento de una nueva espora que atacaba el envés de las hojas, derribándolas.
El grano ya no se desarrollaba con la misma facilidad ni fertilidad de antes. Los precios de compra del grano cayeron, y las ganancias se redujeron a niveles muy bajos. La crisis llevó al cierre de varios puntos de comercio, incluyendo el más importante, en Ormux. Dye se quedaba sin su centro de mercado más significativo de la zona central. El círculo familiar de Ragard se redujo a él mismo, su padre Dragar, su madre Hannia y su abuelo paterno Dragen. La relación con su abuelo era bastante buena, a pesar de que las distancias y el amor por labrar la tierra los separaban, a veces durante varios ciclos. Su comunicación se limitaba al envío de cartas con grisnas.
Lamentablemente, Dragen se vio forzado a abandonar su predio, que se había derrumbado. No tuvo más opción que regresar a vivir con la única familia que lo reconocía. Con pocos enseres,
Dragen llegó a ocupar un espacio al final de las pesebreras, junto a los caballos. Nunca se quejó ni se molestó por el fétido vaho que generaban las heces de los animales. Sabía que sus demandas no serían cumplidas allí, pues era el invitado.
Desde su arribo, abuelo y nieto se arremolinaron en una amistad que los llevó a ser los más fieles confidentes. Su pasión por la pesca fue el hilo conductor de sus almas incomprendidas. Fue un día, mientras pescaban, cuando Ragard reveló su mayor secreto. Tenía una enfermedad que sus padres insistieron en que olvidara, pues no habría respuesta para su origen. En la serenidad de la mañana, con la quietud del agua y los suaves cantos de las aves, Ragard sintió que una brasa recorría sus pies, un calor extremo que lo tumbó de espaldas. Su cuerpo se estremecía violentamente, contorsionándose, haciendo que mechones de hierba y tierra se elevaran en el aire. Mientras tanto, sus ojos se ponían blancos y su boca segregaba una baba espesa y blanca. Sus dedos se torcían como si fueran desencajados de sus articulaciones.
Balbuceaba frases sin sentido, y lo único descifrable en sus arengas fue el nombre de su abuelo, allí presente. Al escuchar esto, Dragen corrió a auxiliar al pequeño. Por su parte, Dragen había visto tratar estos males por curanderos de su aldea natal.
Ellos atribuían estos comportamientos a pequeñas lesiones en las cavidades del cerebro. Los estudios que habían realizado durante varios ciclos condujeron a esa conclusión. Sin embargo, lo que no encajaba en el caso de su nieto era que, durante mucho tiempo, era la primera vez que presenciaba un colapso de tal magnitud en él. Cuando el chico se calmó y su respiración se estabilizó, Dragen se acercó para atender el cuerpo de su nieto. De repente, Ragard lo tomó por el rostro, sus ojos perdidos en la confusión, y comenzó a pronunciar algunas palabras desesperadas, llenas de dolor. Al parecer, aquellas palabras iban dirigidas a su abuelo.
“El latido inerme Se desploma fatigado,
Sobre un socavón oscuro.
Inquieta el alma
Y apronta el corazón, Porque la sangre y su fluir Se estancarán.”
—He visto algo horrible, abuelo. Algo que no sé si podré soportar.
—¿Qué cosas dices? —preguntó Dragen, desconcertado—. No entiendo.
—He visto el momento de tu muerte…
—¿Pero, cómo es eso posible?
—¿Recuerdas mi enfermedad? —respondió el niño, con un tono triste—. Es común que vea lo que les sucede a las personas. Sobre todo, cosas malas. Muy pocas buenas.
—¿Cómo es esto, hijo? ¿Ves el destino de la gente en estos momentos violentos?
—Sí, si se puede decir de alguna manera… Alguien me dijo que soy un Zonotorh… pero no sé qué significa.
—¿Un Zonotorh? —pausó Dragen, pensativo—. ¿Y sabes lo que esa persona quiso decirte?
—¿Que soy un bicho raro, tal vez?
—No, quiso decir que eres especial. Y ahora, más que nunca.
El niño se puso en pie, sacudiendo el polvo de su ropa en un intento de despejarse un poco más. Durante ese breve lapso, Ragard deseó maldecir su existencia, pero sabía que no era lo suficientemente grande para lanzar una maldición que tuviera algún poder. Pensaba que su vida había sido tan trágica, a pesar de lo poco que había vivido, que sus sueños infantiles se veían truncos por eventos tan distantes de su propia imaginación. Despreció su futuro como caficultor, pues, a esa edad, ya comprendía que no había solución ni remedio.
En silencio, Ragard se acercó a sus pertenencias y comenzó a buscar algo en su morral. Entre una manta suave, sacó una caja, una que Aeduur le había entregado en su encuentro, varios ciclos atrás. Su abuelo observaba expectante lo que su nieto sostenía entre las manos.
—Este hombre me dio esto… me dijo que sabría cuándo era el momento adecuado para abrirla.
—¿Crees que este sea el momento que esperabas? —dijo Dragen, mientras observaba la caja.
—Ahora que estás aquí, siento que sí.
—Está bien, hagámoslo juntos.
Tomando las manos de su nieto entre las suyas, Dragen desató el broche que sujetaba la caja. Con gran delicadeza, separaron ambas mitades; la tapa cedió un poco, dejando escapar un viento cargado de un aroma a viejo. La curiosidad invadió tanto a abuelo como a nieto. Con cautela, Ragard abrió completamente la caja, revelando dos bloques de cartas. Tras examinar los mazos, Dragen tomó uno de los montículos y lo observó más de cerca.
Las cartas eran algo más gruesas de lo normal. En la parte superior, tenían un bordado único con símbolos tribales. A cada una le precedía un número seguido de un nombre. En esta ocasión, Dragen vio el número tres, acompañado del título «El Hereje». La ilustración mostraba a un hombre sin cabello, atado a una gruesa estaca de madera, rodeado de serpientes. De su boca parecía salir un rayo de luz, ilustrado con notas musicales. En la base de sus pies, varias serpientes lo mordían, dejando heridas sangrantes.
—Esto es demasiado para un niño —dijo Dragen, devolviendo las cartas a su lugar—. No creo que sea el mejor momento, hijo…
—Pero creo que ya es el momento, abuelo. Ya hemos abierto la caja. No queda más que averiguar de qué se trata todo esto… ¿no crees?
—Me asombra tu audacia y madurez. Si eso es lo que deseas, adelante.
Volvieron a la caja, de donde tomaron ambos mazos y los examinaron casi por completo. El material parecía ser papel prensado, hecho con pino rojo, por su tonalidad cobriza. La textura rústica indicaba un trabajo artesanal de calidad, con acabados finos. La ilustración había sido realizada con pinturas al óleo. Los retoques en el reverso de cada carta eran de cuero fino. Ambos dedujeron que, si alguna vez quisieran ponerles un valor a estas cartas, podrían aspirar a una buena suma de Surias. Dragen sabía que Aeduur no había entregado este obsequio sin razón. Él entendía que esas cartas eran el conducto entre su nieto y su propio don. La pregunta era… ¿cómo se canalizarían? —se preguntó Dragen.
La tarde caía lentamente, y ya se alistaban para cenar, tras haber dejado que el día transcurriera entre ellos. Pactaron no revelar nada sobre las cartas, no decir que Ragard ya tenía una vía para direccionar su don. Solo él decidiría qué camino tomaría.
Al llegar a casa, Dragar no pudo disimular su sorpresa al ver el escaso “éxito” que habían tenido con la pesca.
Habían transcurrido casi seis lunas desde que decidieron abrir la caja de Seigurh. Cada día, el joven Ragard tomaba una carta, intentaba darle un significado, una interpretación, una lectura que trascendiera lo común. Una noche de luna llena, en el establo, Ragard conversaba con su querido abuelo sobre diversos temas relacionados con el café. Las esquelas habían quedado olvidadas en un rincón. Fue en ese momento cuando Dragen, de repente, desvió el curso de la charla para hacerle una solicitud a su nieto.
—¿Has intentado descifrar el significado de tus cartas, ¿verdad?
—Sí, abuelo, pero aún no logro comprender cómo usar mi don con ellas.
—¿Alguna vez intentaste controlar los desvaríos que sufres?
—Después de muchos ciclos, sí. En su mayor parte, mi cuerpo se sentía atado, inmóvil. Mi mente era un caos total. Hoy, puedo decir que logro detenerlos a voluntad.
—Bien. De la misma manera, trata de traerlos de vuelta. Intenta controlar sus imágenes y enfócalas en alguna de las esquelas que más se asemeje. ¿Crees que puedas intentarlo?
—No será fácil, pero lo intentaré.
Con timidez, Ragard tomó sus cartas e intentó mezclarlas. En algunas ocasiones, las esquelas volaban por los aires; en otras, caían al suelo. Sin embargo, con más confianza, tomó un mazo de cartas y comenzó a descubrirlas.
Se quedó quieto por un momento, con los ojos cerrados. Luego, sus manos aferraron los bordes de la mesa en la que se encontraba, tensando los músculos. El sudor recorrió su frente y bajó por sus mejillas, mientras su cuerpo revelaba leves señales de brusquedad. Erguido, comenzó a lanzar las cartas una tras otra sobre la mesa sin orden ni medida. Acumuló un número indeterminado y comenzó a examinar las que había elegido.
Tomó la primera carta y trató de leerla o interpretarla.
—La Estrella entrelazada: Tres lunas y un campo de estrellas rojas… —parpadeó varias veces, como si intentara despertar de un mal sueño—. Luego, tomó la segunda carta: —El Azote: El látigo del tiempo sacude polvo y cenizas. —Sin mediar palabra, tomó la tercera carta—. La espada cegadora: El abandono de lo pueril y la espada que nubla al veterano.
Sin comprender completamente lo que sus labios pronunciaban, no vio más salida que seguir descubriendo las siguientes cartas.
—Las Aves: La joven verá llegar el fuego hecho aves.
«EL PASO DEL TIEMPO SACUDE LAS CENIZAS VIEJAS, DEJANDO MORIR LO QUE FUE. CERRANDO LOS OJOS Y VOLANDO HACIA UNA LIBERTAD SOÑADA.»
Aún no lograba comprender el significado de esa conjetura. En realidad, sus ojos nunca se detuvieron en una carta en particular. Leía cada una casi sin observar sus ilustraciones. Bastaron cuatro esquelas para que la fatiga lo venciera. Parecía que sus fuerzas se agotaron más por el esfuerzo de canalizar las visiones que por el propio acto de interpretación.
Su rostro pálido y el sudor que empapaba su frente delataban el cansancio producto de tan ardua tarea. Con dificultad, y debido al temblor en sus piernas, intentó ponerse en pie, siendo asistido por su abuelo.
—¿Estás bien, hijo? —preguntó Dragen.
—Abuelo, me duele la cabeza.
—Creo que te has excedido —respondió Dragen tras un breve silencio—. Necesitas más práctica. Mira cómo has quedado.
—¿Crees que con más práctica podré dejar de sentir dolor?
—Creo que no solo tu dolor desaparecerá, hijo. Estoy seguro de que traerás a tu vida una nueva era.
—Qué extraño hablas, abuelo…
Después de aquella noche, las visitas de Ragard al establo se hicieron más frecuentes. Algo en ello comenzó a inquietar a Dragar. Una noche, simuló su rutina de irse a dormir, esperando atrapar a su pequeño Ragard en acción. Desde el quicio de la puerta, observó con paciencia cómo su hijo se deslizaba en silencio, rápido pero cauteloso, hacia las afueras de su habitación.
Asegurándose de no ser descubierto, mantuvo la distancia mientras lo seguía a través de los árboles de café. Una gran muralla de estos separaba la casona del establo. Continuó su avance, viendo cómo Ragard entraba en el establo. Dragar nunca había desconfiado de su hijo, pero sí de las acciones furtivas de su progenito, lo que despertaba una profunda intriga en él. Al llegar cerca, además del canto de las ranas, escuchó un susurro distante, una conversación entre Ragard y su abuelo en las sombras de las pesebreras, en los aposentos de su padre.
Avanzó sigiloso, procurando que la paja seca no delatara su presencia. Al llegar lo suficientemente cerca, se agazapó y escuchó atentamente, no queriendo perderse ningún detalle de la enigmática conversación. La charla comenzó con temas de pesca y cómo habían dejado escapar buenos ejemplares, de cómo mejorar los nudos de liana para capturar peces. Luego, un inquietante silencio se apoderó del ambiente antes de que el tema cambiara.
—Cuéntame, hijo, ¿han cesado los mareos y los dolores de cabeza?
—Sí, abuelo. Los ejercicios que hemos estado practicando han surtido efecto.
—Bien. ¿Cómo te sientes para hacer un mosaico?
—Preparado, aunque siempre me encuentro con imprevistos… ¿No es malo dejarlo todo para mí solo?
—Eres muy joven para estar pregonando males a los cuatro vientos. Es mejor que todo pase sin ser mencionado.
—No sé, abuelo. Siento que eso terminará afectándome.
—No, si sabes manejarlo. Recuerda que lo que no se dice o se escribe, se olvida.
Ragard sacó su caja y comenzó a barajar las cartas con una destreza sorprendente. Tras formar dos montículos de igual tamaño, tomó algunas y las dispuso cuidadosamente sobre la mesa. Canalizado y concentrado, estableció una conexión precisa con su lectura. Dragen, desde su escondite, observó en silencio la proeza de su nieto.
Colocó ocho cartas en total: una en la parte superior, dos más adyacentes, una en el centro a la izquierda, otra en el centro a la derecha, una más en la parte inferior con dos cartas a los costados, todas invertidas. Con calma y meticulosidad, comenzó a leer el mensaje de las cartas.
Al destapar la primera carta, vio una ilustración de un personaje colorido, esbozando una gran sonrisa y con aires de malabarista.
—El Bufón: El astuto esgrime la espada frente al desprevenido. Los hilos invisibles de la cobardía tejen infortunio con sangre y fuego.
La segunda carta reveló a un hombre con un sombrero alto y puntiagudo, máscara sin ojos, atado de manos, cabalgando sobre un asno sin silla.
—El Hereje: Alianzas con filos corruptos. El abandono de la cordura por el olor del oro.
La tercera carta mostraba una torre de colores rodeada por llamas, con dos hombres saltando desde sus ventanas, como escapando del fuego, mientras el sol adoptaba la forma de un dragón.
—La Torre: Los cimientos de lo construido sucumbirán bajo la brasa de la naturaleza Verduga.
La cuarta carta mostró a un hombre viejo y cadavérico, sentado en meditación, con los brazos y piernas cruzadas. A sus pies, una lámpara y un cayado.
—El Ermitaño: La soledad del encierro y el desprecio. La transformación estéril de lo abundante.
La quinta carta mostraba a una mujer que abría en dos una gran hoja de árbol, donde se podían ver escritos indescifrables, como la escritura de un antiguo libro.
—El Lienzo: Anuncia angustias mal vividas. Los jueces de la doctrina delirante.
La sexta carta evocaba aún más la curiosidad de Dragen al mostrar una hoja de guillotina suspendida en un árbol, con un ciervo atado a sus pies, expuesto como para sacrificio.
—El Péndulo: La víctima del confuso destino. Vientos de descuido contagiarán la vitalidad ancestral.
La séptima carta reveló un recién nacido envuelto en sábanas, descendiendo de las nubes y reposando sobre un altar vacío.
—El Huérfano: Linajes de oro en desventajas calculadas. Anuncia sufrimiento en galerías de caos.
Finalmente, la octava carta fue destapada, mostrando la figura de un hombre rodeado por una multitud, con los ojos vendados y supurando sangre. Sus manos alzadas, abiertas, albergaban ojos que brillaban a la distancia.
—El Testigo: Hipocresía sobre tribunales de paz, contratos mal habidos. Firmas de pactos inmorales.
“LA VOZ DE LA FERTILIDAD SE VERA TERMINADA, CON EL NACER DE LA ARROGANCIA Y LA DORADA ESGRIMA DEL PODER ENSEGUESEDOR. LA PESTE DE FANGO Y HIERBA SE ALIMENTARÁ, CUANDO LA MANO DEL LABRADOR ABRA SU MAS IRIDISENTE HERIDA”
Dragen observó las cartas, temblando y en silencio, mientras el rostro de Ragard se llenaba de dudas. La interpretación de las cartas había sido precisa, elocuente y, al mismo tiempo, inquietante. El significado de aquella lectura resultaba abrumador, especialmente para quien poseyera la capacidad de comprender su mensaje. Dragen entendió perfectamente cada sílaba pronunciada por su nieto.
Al parecer, las lunas venideras se verían comprometidas. Reflexionando sobre el peso de lo que Ragard había descrito en ese arcano, el abuelo aconsejó que ese conocimiento permaneciera oculto, que los acontecimientos debían desarrollarse según su naturaleza y no bajo la mirada pública. La conversación fue escuchada en silencio por Dragar, quien, aunque asombrado, guardó compostura. Algo dentro de él le decía que, tarde o temprano, Ragard terminaría revelándole toda la verdad. Sin embargo, su percepción sobre su propio padre había cambiado por completo. Su progenitor, quien siempre le había inculcado la sensatez y la prudencia, había traicionado la confianza depositada en su rol de mentor. Dragar nunca había querido que los comportamientos mundanos de su padre afectaran la serenidad de su hijo. De regreso a su lecho, Dragar solo aguardó en silencio, con la esperanza de que la verdad emergiera por sí sola.
A la mañana siguiente, Ragard intentaba disimular la carga que suponía el conocimiento de algo tan profundo, algo que muchos jamás entenderían, y mucho menos algo de tal magnitud. Sumido en una depresión marcada por la culpa y la resignación, Ragard pensaba que esa verdad tomaba la forma de un féretro lleno de cadáveres petrificados, cuyos cuerpos se volvían cada vez más fétidos y pesados. En algún momento, su abuelo logró hacerle comprender que esa era la consecuencia de poseer tal don. A pesar de la dureza de esa realidad, debía cargar con la fuerza necesaria para soportar lo descubierto y lo ocurrido. «Creo profundamente en tu espíritu y en tu fortaleza, pequeño Ragard», le había dicho.
Dragen se encontraba junto al pozo de la casona, refrescándose, cuando vio a su tímido nieto acercarse, evidentemente afectado por sus pensamientos.
—No creo poder soportarlo… —dijo Ragard, cabizbajo.
—El dilema no es si lo crees o no. La verdadera pregunta es: ¿cómo vas a enfrentarlo? Porque, aunque no lo desees, tarde o temprano, tendrás que hacerlo.
—Siento que eres muy frío conmigo, abuelo.
—No, hijo, es solo que no escuchas lo que necesitas oír, sino lo que deseas oír. La diferencia es fundamental.
—Bueno, eres más sabio que yo. No me atrevo a refutarte —respondió Ragard, casi en un susurro.
—Nieto mío, esto no se trata de sabiduría. Se trata de aceptar las cosas tal como son y de entender para qué han sido creadas. Los designios del destino son tan perfectos como sus creadores, y así como nosotros. Ven, es hora de desayunar; tus padres deben de estar esperándonos.
Al entrar en la casa, el aroma del pan de maíz recién horneado llenaba el aire. La leche de soya ya estaba lista, acompañada de un café aromático que completaba el ambiente. El pan, aún tibio, inundaba el recinto con su fragancia a maíz dulce y nueces. La familia se reunió alrededor de la mesa. Hannia cortaba el pan en gruesas tajadas, mientras Ragard se encargaba de servir el café.
—Nada como un café caliente para empezar el día —dijo Dragar con energía.
—Es cierto, una bebida creada por los dioses —añadió Dragen al cruzar el umbral de la cocina.
—Padre, te veo radiante esta mañana. ¿Qué cosas han sucedido en estos días… que quieras compartir en nuestra mesa?
—¿Cosas? Pues, para serte franco, tus caballos están hermosos. Las lunas de otoño auguran lluvias para una buena floración, lo que significa… café.
—Qué optimista suenas, padre. Desearía poder creer que todo ocurrirá tal como lo describes — afirmó Dragar con ironía.
—¿No lo crees posible?
En ese instante, mamá interrumpió el momento al pasar los platos y cubiertos para servir el desayuno. En el aire se percibía la tensión, y el joven Ragard no pudo evitar notarlo. Observó cómo las miradas de su padre y de su abuelo se clavaban en él, como si fuera un acusado a punto de ser sentenciado.
—¿Quién quiere una doble porción de pan? —preguntó Hannia con una sonrisa.
—Yo no… —dijo Dragar, con tono seco.
—Yo tampoco —añadió Dragen.
—Yo… sí, tu pan es maravilloso, mamá —concluyó Ragard.
Desde ese momento, el desayuno se convirtió en un evento silencioso, donde la intensidad de las miradas obligaba al joven a comer de manera retraída y absorta, algo poco habitual en él, especialmente en su hora favorita del día: el desayuno.
Durante varias lunas, Ragard no se hizo notar en los alrededores de la casa como solía hacerlo. Todo parecía haber caído en una especie de hibernación. Nadie mencionó el incidente en el granero, y por días no hubo recuerdos ni comentarios. La evasión hacia el joven vidente se hizo evidente.
Amaneció. Sobre los cafetos, los rocíos brillaban como luciérnagas danzantes a medida que clareaba. Según los cálculos de Dragar, antes de que llegara la lluvia por la tarde, debía aplicar el abono preparado a los árboles más antiguos. La producción amenazaba con ser baja, y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir. Con buen ánimo, preparó la mezcla de abono en una caneca y en un pequeño recipiente para esparcirlo. Convencido de que esta tarea podría mejorar la fertilidad del cultivo, se adentró entre las filas de árboles, que se veían algo despojados, menos frondosos de lo usual.
Fue entonces cuando notó una capa de hojas en la parte inferior de muchos árboles. Esto no era normal. A medida que avanzaba, se dio cuenta de que el aumento de hojas en los árboles era inusualmente grande. Al tomar una de ellas, observó que el envés estaba saturado de un polvillo naranja. Las hojas, atestadas de este polvo, caían sin control. Al parecer, un hongo o espora atacaba el cultivo, debilitando las ramas y dejando caer lo esencial para la recepción de luz: las hojas. Recordó entonces los eventos ocurridos en los campos de su padre. La peste había llegado a sus cultivos, dando inicio a una feroz batalla contra la ruina. Muchos alquimistas intentaron encontrar una solución a este problema, pero para ello se requería una inversión tan alta que pocos podían permitírselo, dadas las bajas ganancias que generaba el café.
Las universidades locales habían encontrado una solución: un método para combatir el hongo. Sin embargo, en las prácticas agrícolas, el uso de la magia era rechazado. Los Kriëgen no eran confiables; su poder podría ser incluso peor que la propia peste.
La producción de este veneno era costosa debido a la fuente de sus componentes. La base de la toxina era cobre, un metal escaso en la zona. La única opción era importar grandes cantidades para producir el veneno en masa. El otro componente activo, la cal, aunque más accesible, seguía siendo caro. Además de la complejidad de producir el veneno, el bajo precio ofrecido por los compradores del grano dificultaba la rentabilidad. Muchos caficultores tomaron decisiones difíciles y dolorosas ante esta situación. En el caso de Dragar, optó por vender parte de su ganado y caballos para poder adquirir los insumos necesarios.
Por un tiempo, las cosas parecieron haberse calmado. Era junio, y los largos y calurosos días se extendían desde la mañana hasta el alba. De nuevo en los campos, Dragar notó que muchos granos yacían esparcidos por el suelo. Esto solo podía ocurrir cuando los granos se pasaban de maduración. Al revisarlos, vio que se encontraban en distintas etapas de madurez, y todos tenían en el ombligo un pequeño agujero que le generaba desconfianza. Mientras examinaba un grano
inmaduro, tratando de entender qué había causado la perforación, vio salir un pequeño insecto del agujero hacia la superficie. Era claro: una plaga había llegado.
Esto fue la gota que colmó la copa. Dragar, enfurecido, corrió en busca de su hijo. En su desmedido deseo de encontrar una solución, vio a su hijo como la clave para alcanzarla. Subió rápidamente las escaleras hacia el segundo piso, con la intención de encontrarlo en su habitación. Al no hallarlo, comprendió que su lugar habitual sería el granero, y allí se dirigió.
Efectivamente, Ragard se encontraba allí, compartiendo el tiempo con su abuelo mientras cortaban madera para la chimenea.
—¿Dónde tienes tus cartas? —exclamó Dragar, irrumpiendo de manera brusca.
—¿De qué hablas, padre?
—No tienes que fingir conmigo. Lo sé todo —respondió Dragar, dirigiéndose a su padre—. Sé de tus encuentros secretos para desarrollar tu «Don» y la última lectura. Para tu desgracia, ya se ha cumplido; las plagas y las pestes han llegado.
—Tu hijo es inocente de estas eventualidades —defendió Dragen.
—Si no hubiera sabido esto, no estaría ni siquiera medianamente preparado. Si él hubiese respetado la confianza que tenía en mí, habría estado mucho mejor preparado… ¿No ven que esto es nuestra fuente de vida? ¡Nuestro futuro depende de ello! No lo consideraron cuando, egoístamente, decidieron ocultar esa revelación.
—Hijo, revelar esto habría tenido efectos más destructivos que las mismas plagas y pestes — argumentó Dragen, tratando de calmar la situación.
—Actuaron como cobardes, y nos dirigimos hacia la ruina. Ahora leerás algo para detener este desastre.
—Padre, escucha, esto no funciona de esa manera. Yo no decido cómo ocurren las cosas. Es el fluir natural del destino.
—Te exijo que lo hagas, o te obligaré a hacerlo —sentenció Dragar con firmeza.
—¡Dragar!, no te atrevas a amenazar a tu propio hijo ni a alzar la voz en mi presencia —Exclamó Dragen, visiblemente molesto.
—¡Cállate, padre! Aquí tú tampoco te libras de culpa… ¡Verdugo traidor! —y dirigiéndose a Ragard, añadió—: ¡Tú, busca tus cartas! Tienes una lectura por hacer… ¡Ahora!
Ragard subió las escaleras con paso titubeante, cada peldaño bajo sus pies parecía un eco que resonaba en su mente, amplificando la culpa que lo oprimía. El sonido de sus respiraciones entrecortadas le recordaba lo irremediable de la situación, como si estuviera caminando hacia un
destino que no podía evitar. En su pecho, la presión del arrepentimiento era tan densa que casi podía sentirla aplastando su alma.
¿Cómo había llegado a esto? pensaba, sintiendo el peso de cada palabra no dicha, de cada mirada que había eludido. Si no hubiera ocultado las cartas… si no hubiera estado tan perdido en mi propio miedo… Los reproches se apoderaban de su mente como una corriente imparable. Sabía que las decisiones que había tomado no solo afectaban a él, sino también a su familia. La verdad que había guardado en secreto se había convertido en un veneno que ahora se desbordaba, y la culpa era su única compañera.
Al llegar a su habitación, se acercó al escritorio con manos temblorosas. Las cartas, las cartas que había leído en secreto, que su padre había ignorado… todas las respuestas que tanto temía. Se sentó, pero no pudo evitar mirar hacia el espejo frente a él, donde el reflejo de su rostro mostraba más que un joven confundido: un hombre atrapado entre el deber y el miedo.
Las palabras de su abuelo, el rencor en la voz de su padre… todo parecía haber quedado atrapado en un ciclo que él mismo había comenzado. ¿Acaso había sido tan egoísta? ¿De verdad pensó que guardarse la verdad era lo mejor para todos?
Finalmente, sacó las cartas que reposaban bajo un tablón de madera en la cabecera de la cama. Su corazón latía con fuerza, como si el peso de lo que estaba a punto de hacer fuera demasiado para soportar. Pero sabía que no había otra opción. Tenía que enfrentarse a lo que él mismo había creado, sin importar cuán destructivo fuera.
La culpa seguía ahogándolo, pero mientras tomaba las cartas, algo dentro de él se despertó. No era el miedo lo que debía guiarlo ahora, sino la aceptación de que su destino, el destino de todos, ya estaba escrito, y él no era más que un testigo de lo que debía suceder.
Ragard se detuvo un momento al llegar a la puerta de su recámara. La culpa lo abrazaba como una sombra persistente, pero no iba a dejarse consumir por ella. Sabía que las decisiones que tomaba, aunque nacidas del miedo, no podían borrar lo que ya estaba hecho. Respiró hondo, dejando que el aire llenara sus pulmones como un recordatorio de que aún tenía poder sobre lo que sucediera a partir de ese instante. Ya no sería el niño temeroso que se ocultaba en las esquinas de la verdad, era el hombre que debía enfrentarse a su destino.
Con la mirada fija y la mente decidida, bajó las escaleras, la madera crujía bajo sus pies, como si la casa misma le hablara, advirtiéndole del peso de lo que estaba por ocurrir. Cada paso que daba lo acercaba más a lo inevitable. Al llegar al umbral del granero, vio a las tres personas, sus figuras rodeadas por la luz tenue del atardecer que se filtraba entre las rendijas de la estructura.
Allí estaban: su padre, de rostro severo y manos firmes; su abuelo, con la mirada profunda, como si ya supiera lo que ocurriría, y su madre, quien observaba en silencio, una figura enigmática que parecía estar más allá de las palabras.
El aire estaba cargado de tensión, las miradas se cruzaban y Ragard podía sentir cada peso de las expectativas sobre sus hombros. Pero fue su abuelo quien levantó la mirada, sus ojos oscuros reflejando algo más que autoridad. Había fe en esos ojos, una fe inquebrantable que no se había perdido, ni siquiera cuando todo parecía desmoronarse. Ragard sintió un calor familiar recorrer su pecho, como si la presencia de su abuelo le otorgara una fuerza desconocida.
El resto permaneció en silencio, expectante. Ragard, con el corazón acelerado pero el rostro firme, se adelantó, miró a su padre y a su madre, y luego volvió a clavar su mirada en su abuelo, aquel que nunca había dejado de creer en él, aunque el resto ya lo hubiera dado por perdido.
—Estoy aquí – dijo, con la voz resonando en el silencio – y haré lo que deba hacer.
El aire se tornó aún más denso, pero Ragard no retrocedió. La lectura, la verdad, las plagas, todo tenía que ser enfrentado de una vez por todas. Se sentó en la mesa, abriendo las cartas frente a él, como si fueran las puertas de un destino que ya no podía evitar. Dejó que su mano temblorosa se posara sobre las cartas, las cuales se deslizaban con la suavidad de una condena, esperando ser leídas, interpretadas.
«El futuro se escribe en estos papeles,» murmuró, casi para sí mismo, mientras las miradas expectantes seguían su cada movimiento. Y en ese momento, supo que no importaba lo que el destino le deparara, ya estaba listo para enfrentarlo, armado con la confianza de quien sabe que, a pesar de todo, no estaba solo.
Ragard temblaba, las cartas en sus manos parecían arder con una energía propia, como si intentaran escapar de su contacto. En el aire se sentía la vibración de una fuerza que se concentraba en cada pliegue, en cada imagen grabada en el cartón envejecido. El peso de la última lectura lo aplastaba, y ahora, en su mente, todo se desdibujaba entre los susurros de las cartas.
Con una respiración agitada, Ragard separó la primera carta con cuidado. La giró lentamente, observando cada detalle. Los colores parecían moverse, como si la imagen cobrara vida a medida que la miraba. La carta mostraba una figura de espaldas, la silueta de un hombre encapuchado, rodeado de una niebla que parecía devorar el mundo a su alrededor. En la parte inferior, un símbolo de una luna roja llena y un cuervo que volaba a través de ella, desgarrando el cielo con su vuelo.
«El Cuidado del Destino», susurró, sin creer lo que estaba viendo, sabiendo que las palabras eran como un eco que se perdía en el abismo de su mente. La carta no le dejaba respirar. De repente, las cartas no parecían tan sencillas; el simbolismo le hablaba con voces distorsionadas.
Con manos temblorosas, Ragard avanzó a la siguiente carta. La mezcla de la ansiedad y la urgencia le impedía centrarse, pero no podía dejar de tirar una carta tras otra, como si cada una estuviera revelando algo más, algo oscuro que lo empujaba a seguir adelante. La siguiente carta caía con un crujido bajo, como un latigazo en su pecho.
Cuando la levantó, la vio de inmediato. «La Torre» —un edificio de piedra que caía bajo un cielo de tormenta, iluminado por relámpagos que se retorcían como serpientes, su estructura agrietada por el peso de la destrucción inminente. La carta ardía como un reflejo de su corazón, como si la condena ya estuviera sellada.
Su mente comenzó a nublarse. «No.… no puede ser.» El aire a su alrededor comenzó a volverse espeso. Los contornos de las cartas parecían moverse, retorcerse. Un mareo insoportable lo embargó. El símbolo de la luna roja lo seguía, como si todo el destino estuviera colapsando sobre él.
Desesperado, intentó leer la tercera carta, pero la imagen se deformaba ante sus ojos. Su mente luchaba por mantenerse en pie. Entonces, sucedió.
Un destello blanco brilló de las cartas, como un rayo cegador. Ragard sintió una presión abrumadora, como si una fuerza invisible estuviera aplastando su pecho. En un suspiro entrecortado, la magia se desató. Las cartas empezaron a brillar, y el aire se incendió. Las estelas de luz que salían de ellas se transformaron en lenguas de fuego puro, blancas y puras, que se extendieron por el suelo del granero, encendiendo el polvo y las maderas secas. El fuego se alzó, saltando de carta en carta, devorando todo a su paso.
Ragard, incapaz de sostenerse, cayó de rodillas. El calor abrasador lo rodeó, pero él no sentía nada más que el caos en su mente, el colapso de sus pensamientos, el remolino de imágenes que lo devoraban. Las llamas avanzaban, encendiendo los estantes, los granos dispersos, las herramientas y los maderos apilados. El granero, ahora convertido en un infierno de fuego blanco, estaba fuera de control.
El sonido del crepitar de las llamas retumbaba en sus oídos, y todo lo que veía eran las cartas que seguían ardiendo, elevando el caos. Una parte de él sabía que había desatado algo que no podría controlar. Algo mucho más allá de su comprensión.
—¡Ragard! – La voz de su abuelo lo sacó de su trance. Pero era demasiado tarde. Las llamas lo rodeaban, y el granero estaba al borde del colapso.
El granero estaba en ruinas, reducido a escombros y cenizas. Las bestias, los fertilizantes y el heno, todo había sido consumido por el voraz fuego. Las llamas seguían devorando lo que quedaba, y el aire estaba espeso de humo y desesperanza. Dragar, con el rostro crispado por la furia, subió las escaleras al cuarto de su hijo, lo vio todo hecho un caos: los objetos desordenados, las cartas esparcidas por el suelo, el polvo impregnando cada rincón.
Con paso firme, pero lleno de rabia, agarró sus ropas y las tiró con furia. No pensaba más que en el daño que había causado esa maldita lectura.
En su mente, las palabras del abuelo retumbaban, su condena como una sombra.
Ragard aún no había salido del trance cuando su padre irrumpió en el cuarto, su mirada cargada de veneno.
—¡Mira lo que has hecho! —gritó Dragar, señalando las ropas que arrojó al suelo—. ¡Todo perdido por tu maldito don! ¿Acaso creías que podías controlar el destino?
Ragard intentó levantarse, pero su cuerpo temblaba de tal manera que le resultaba imposible mantenerse erguido.
—Padre… yo… no pude controlarlo. La magia se desbordó.
—¡Silencio! —gritó Dragar, interrumpiéndolo—. No quiero escuchar excusas. ¡No hubo control! No hubo más que un espectáculo de desdicha. Todo por tu estúpido juego de cartas.
El abuelo, que había observado todo desde la puerta, se adelantó, su rostro marcado por el paso de los años, pero lleno de determinación.
—Dragar… no puedes culparlo solo a él. Este destino, esta maldición, no la creó Ragard. La oscuridad siempre estuvo esperando a salir.
—¡Cállate, viejo! —le respondió Dragar, dándole la espalda a su padre, mirando a Ragard con desdén—. Tú también tienes culpa, por haberle dejado jugar con esas cartas malditas.
¡Ambos son emisarios de desgracia!
El abuelo dio un paso adelante, su voz temblorosa pero firme.
—Lo que está hecho, está hecho, hijo. No hay marcha atrás. Pero el destino no se define por una carta. Si bien la magia es poderosa, también hay espacio para la redención. Aún podemos salvarnos. No todo está perdido.
—¡Redención! —Dragar rio, una risa amarga, llena de desesperación—. ¿Crees que podemos salvarnos? El granero, las bestias, los insumos… todo se ha ido a la mierda por culpa de esta «redención» que sigues predicando. No hay esperanza. ¡Ya no hay esperanza para nosotros!
La madre, que había estado en silencio, con los ojos rojos por el llanto, se acercó temblando a Ragard, mirando a su esposo con una expresión de desconcierto y sufrimiento.
—¿Por qué? —susurró, su voz quebrada—. ¿Por qué todo esto? ¿Por qué tenemos que vivir esto?
Dragar se giró hacia ella, su rostro distorsionado por la furia, y le lanzó una mirada llena de resentimiento.
—¡Porque lo permitiste, Hannia! ¡Porque te dejaste arrastrar por ellos! ¡Tú también tienes parte de culpa en todo esto! —exclamó, su voz llena de odio.
El abuelo, respirando con dificultad, dio un paso adelante, poniéndose entre ambos.
—No entiendes, Dragar. Este es el momento de la prueba, el momento en que cada uno de nosotros tiene que decidir su camino. Ragard no es culpable de la caída del granero. Tampoco lo soy yo. El mal ya estaba en el aire. Lo que importa ahora es qué vamos a hacer con lo que queda. Aún hay tiempo.
Dragar no dijo una palabra más. Su rabia era demasiado grande, su dolor más profundo que cualquier razonamiento.
—Me largo de aquí —sentenció con frialdad, su voz era un susurro helado. Dirigiéndose al abuelo, dijo—: Lárgate también. No te quiero cerca. Ustedes dos no tienen cabida en esta casa.
La madre, desconsolada, se echó a llorar, mientras Ragard no podía más que permanecer en silencio, tembloroso, observando cómo todo su mundo se desmoronaba.
—Te he dicho que te largues —insistió Dragar, su mirada fulminante—. ¡Fuera de mi vista! No quiero verlos nunca más.
El abuelo lo miró con tristeza, una mezcla de resignación y tristeza. Era evidente que sabía que su hijo no estaba en condiciones de razonar.
—Nos iremos —dijo con serenidad, su voz cargada de una sabiduría triste pero digna—. Pero aún guardo la esperanza, Dragar. Tal vez algún día entiendas que este mal no nos destruye, solo nos prueba.
Con esas palabras, el abuelo tomó la mano de Ragard, quien lo miró, lleno de dolor y desconcierto, y salió del cuarto, sin decir una palabra más. La madre, aun sollozando, se quedó allí, mirando a su esposo, incapaz de comprender cómo todo había llegado a esto.
Dragar, mirando por la ventana, observaba el humo del granero que se levantaba hacia el cielo. La desesperación lo embargaba, pero algo dentro de él, como un eco lejano, murmuraba que tal vez, solo tal vez, no todo estaba perdido.
La casa que conocía, la vida que había construido ya no era la misma. Todo parecía desmoronarse a su alrededor. Y, sin embargo, una parte de él aún sentía el peso de lo que había perdido.
Se giró, dirigiéndose hacia la madre, quien no dejaba de llorar. No sabía qué hacer con su amor, con esa rabia que lo consumía por dentro. La desconexión entre lo que sentía y lo que pensaba lo hacía tambalear.
—Te amo, Hannia —dijo en voz baja, casi un susurro, pero suficiente para que ella lo escuchara. Su tono estaba impregnado de cansancio, de dolor, de un amor que ya no podía demostrar como antes. La ira había distorsionado sus palabras, pero en su corazón seguía latente ese sentimiento que no podía negar, aunque fuera en este momento de caos.
La madre lo miró, sus ojos llenos de preguntas, pero también de un amor que no se apagaba. La pregunta de por qué todo había ocurrido, por qué su familia había llegado a este punto, se quedaba flotando en el aire. No era algo que se pudiera responder con palabras. Y en ese «te amo», Dragar intentaba, de alguna manera, decir todo lo que no podía expresar.
Pero el daño ya estaba hecho. Las palabras se perdían en el vacío. Ragard y su abuelo habían partido, y lo que quedaba era un silencio incómodo, pesado, y una casa vacía de certezas.
Dragar dejó caer los hombros y salió, cerrando la puerta con lentitud detrás de él. No miró atrás. En su pecho aún palpitaba el amor por su familia, pero también la rabia y el miedo de lo que se había desatado. Tal vez, algún día, entendería que ese «te amo» no era solo un susurro al final de una tormenta, sino una promesa rota que aún cargaba con él.
El horizonte se teñía de un gris oscuro, como si la tierra misma se estuviera envolviendo en una capa de silencio. Ragard caminaba al lado de su abuelo, ambos avanzando sin un destino claro. El camino, lleno de polvo y escombros, reflejaba la misma incertidumbre que pesaba en el corazón de Ragard. La devastación de su hogar y las palabras de su padre aún retumbaban en su mente. Sin embargo, en su interior, algo empezaba a cambiar. Una chispa de comprensión se encendía en lo más profundo de su ser.
—¿Crees que hay algo más en todo esto? —preguntó Ragard, deteniéndose por un momento. Su voz estaba impregnada de duda, pero también de una nueva curiosidad.
Su abuelo lo miró fijamente, como si esperara la pregunta, y después respondió con serenidad.
—Los Zonotorh no solo son los emisarios de lo malo, hijo. Son portadores de equilibrio. En el caos hay también oportunidad, en la oscuridad hay luz. Como el fuego que purifica la maleza para que crezca nueva vida, el mal y el bien se entrelazan en un mismo ciclo.
Ragard sintió una extraña calma al escuchar las palabras de su abuelo. Desde pequeño, había temido el poder de los Zonotorh. Pensaba que eran responsables de las desgracias, de las pestes que arrasaban los cafetales, de la plaga que había desterrado a su familia. Sin embargo, algo en las palabras del anciano lo hizo dudar. ¿Acaso todo lo malo traía consigo algo de esperanza?
—Pero… —comenzó Ragard, vacilante— ¿cómo puedo usar lo que tengo para el bien, si lo que he visto hasta ahora solo trae sufrimiento?
Su abuelo se acercó un paso más, su mirada profunda, cargada de la sabiduría de años y años de lucha.
—Porque el Zonotorh que llevas dentro no es solo maldición. Es también una semilla de renovación. Tu don puede traer la tormenta, pero también la calma. Puede destruir, pero también puede sanar. La clave está en la intención con que se maneje. Si lo utilizas para hacer el bien, entonces, en algún lugar, ese equilibrio se restaurará. Las cosechas que ahora se ven destruidas por la plaga, en algún momento volverán a brotar, más fuertes, más resistentes. El ciclo de la vida se reanudará.
Ragard, aunque con el corazón aún pesado, sintió una pequeña chispa de esperanza al escuchar las palabras de su abuelo. No todo estaba perdido. Tal vez, en ese caos, aún existía un rayo de luz.
—Entonces, ¿cómo hago para encontrar esa luz en medio de todo esto? —preguntó, ya con un atisbo de resolución en su voz.
El abuelo sonrió, una sonrisa suave, como si hubiera estado esperando este momento desde el principio.
—Aunque te parezca increíble tuve tiempo de recuperar las cartas, sin sufrir un solo rasguño, hijo. Esto es prueba de que son magia pura. – el abuelo continúo pasándole las cartas al Joven Ragard – Acepta lo que eres, Ragard. No huyendo de tu don, ni escondiéndote de lo que eres capaz de hacer. Si aprendes a controlarlo, si lo entiendes, entonces podrás usarlo para dar esperanza a los que más lo necesitan. Y en cuanto a nosotros, yo me quedaré aquí, a tu lado, a entrenarte. No tenemos hogar, pero aún nos queda nuestra vida. Y ese es el mejor refugio que podemos encontrar.
Ragard lo miró sosteniendo las cartas con fuerza y con un sentimiento de gratitud y algo más profundo, algo que no había sentido en mucho tiempo: una verdadera conexión con su abuelo. A pesar de todo lo que había pasado, de los sacrificios y las pérdidas, todavía había algo por lo que luchar.
—¿Y si fracaso? —preguntó, el miedo a fallar aun acechando en su voz.
—No fracasarás, porque este no es un camino de éxito o fracaso, Ragard. Es un camino de aprendizaje. Si caemos, nos levantamos. Y aunque a veces la oscuridad nos parezca inmensa, siempre hay una chispa de luz esperando a ser encendida.
Ragard asintió, con la cabeza un poco más erguida, su paso más firme. Sabía que el futuro era incierto, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que tenía algo por lo que vivir. Su don no solo era un deber, sino también una oportunidad. Y si lograba comprenderlo, tal vez podría usarlo para devolver algo de la paz que el mundo había perdido.
—Entonces, hagámoslo —dijo, con determinación renovada.
El abuelo lo observó, viendo la nueva fuerza que nacía en él, y, sin decir una palabra, le dio una palmada en el hombro. Ambos continuaron su camino, sin un rumbo claro, pero con el peso de la esperanza sobre sus hombros. La oscuridad de la noche comenzaba a caer, pero en sus corazones, una pequeña llama de esperanza se mantenía viva.
—¿Sabes algo? – preguntó Dragen mirando atrás- me niego a abandonar del todo a Dragar, al fin y al cabo, es mi hijo… Dye, nos ubicaremos en Dye.
El viaje a Dye no fue solo una huida del dolor, sino también del recuerdo. La tierra de dónde venían, con sus cafetales antaño fértiles y sus valles cubiertos de verde, se desmoronaba lentamente. El hongo había hecho su trabajo: la peste que atacaba las hojas de los cafetos ahora se extendía como una plaga insidiosa que no dejaba más que polvo y devastación a su paso. Los campos que alguna vez habían sido una fuente de prosperidad, ahora yacían marchitos, con los cafetos desnudos y quebrados, las ramas secas como huesos expuestos al sol.
Dye, un refugio apartado de la tormenta que arrasaba los cafetales del valle, parecía la última esperanza para los que huían del desastre. La villa mercantil, otrora bulliciosa y llena de vida,
ahora parecía un recordatorio de la fragilidad del mundo que conocían. Las casas de madera, construidas por generaciones de comerciantes, ahora mostraban signos de abandono. Los estantes que alguna vez se habían llenado con finos granos de café y especias de las tierras lejanas, estaban vacíos, o solo contenían productos de una calidad que nadie quería. La gente hablaba en susurros, mirando de reojo a los forasteros, conscientes de que los tiempos difíciles ya habían llegado para quedarse.
Al llegar, Ragard no vio la ciudad vibrante que esperaba. Las calles estaban silenciosas, con pocos mercaderes de pie en los umbrales de sus tiendas, sus miradas sombrías reflejando la misma desolación que llevaba en su pecho. Los cafetales que rodeaban la villa, alguna vez en su apogeo, también comenzaban a sucumbir a la misma enfermedad que había golpeado a su propio hogar. Los cultivos ya no eran suficientes para abastecer a la villa. La economía, tan dependiente de la tierra, comenzaba a desplomarse.
El aire era denso, impregnado de una quietud opresiva que no parecía querer abandonarlos. Las hojas caídas de los árboles cubrían el suelo, como si la propia naturaleza estuviera en duelo por lo que se había perdido. El hongo, que había comenzado como una mancha imperceptible en los cafetales, ahora se había extendido a las tierras circundantes, comiéndose el futuro de la villa.
Ragard y su abuelo llegaron a la choza en silencio. Los pocos habitantes que aún se encontraban por allí parecían ocupar sus días sin esperanza, tratando de sobrevivir a lo que fuera que quedaba. No había sonidos de la típica actividad mercantil; solo el canto lejano de un ave y el crujir de los árboles.
—Este es el final del camino, Ragard —dijo su abuelo, señalando la choza frente a ellos, una construcción rústica de madera que parecía fusionarse con el paisaje como si hubiera sido parte de él desde siempre.
Ambos entraron sin pronunciar palabra. El fuego en la chimenea ya se había extinguido, y solo quedaban cenizas frías que parecían reflejar el vacío que llevaban dentro. Ragard se sentó en una silla junto a la mesa, mirando a su abuelo organizar los pocos enseres que trajeron consigo.
La quietud del lugar era un espejo perfecto de sus almas desmoronadas, aunque de alguna manera también ofrecía un consuelo extraño. En medio de la devastación, de la plaga que arrasaba su mundo conocido, Ragard sintió que, por fin, estaba en un lugar donde no tenía que huir más, donde la desesperación podía detenerse, aunque solo fuera por un momento.
—El hongo… —susurró Ragard, como si fuera un secreto prohibido—. Nos persigue. Está acabando con todo.
Su abuelo no dijo nada, pero su rostro, marcado por la experiencia, reflejaba lo mismo: una aceptación sombría. La tierra de Dye, aunque un refugio momentáneo, también cargaba la sombra de la enfermedad que se cernía sobre ellos. Y sin embargo, en esa quietud, ambos sabían que tenían la oportunidad de empezar de nuevo, de encontrar algo que no fuera la desesperación.
Por el momento, Dye les había dado un respiro. Un respiro que, como todo en ese mundo, estaba destinado a desvanecerse con el tiempo.
A medida que pasaban las lunas, Ragard veía cómo su vida tomaba una forma que nunca había imaginado. Escapando furtivamente al amanecer, a menudo se dirigía hacia la villa, deslizándose en las sombras entre los cafetales marchitos. El aire estaba impregnado del peso de las plagas, de la desolación que asolaba las tierras que alguna vez fueron fértiles. Cada paso hacia la villa lo llenaba de una mezcla de miedo y esperanza. Los rumores sobre su padre y su madre se habían esparcido como un veneno en la tierra, y cada vez que veía una figura conocida, el miedo a ser descubierto lo envolvía. La figura de su padre, ahora distante y severa, se desdibujaba en su mente, pero la necesidad de ver su rostro seguía siendo fuerte.
A escondidas, Ragard cruzaba el umbral de la villa en las horas más oscuras. Nunca se quedaba mucho tiempo, apenas lo suficiente para dar una mirada furtiva a lo que alguna vez fue su hogar. Pero no era suficiente. Siempre se quedaba con la sensación de que algo dentro de él deseaba reconectar con lo que había perdido, aunque no podía regresar.
Su abuelo Dragen, siempre sabedor de las escapatorias de su nieto, nunca le dijo nada. En lugar de eso, lo observaba con un toque de tristeza, pero también con una comprensión profunda. Durante ese tiempo, Ragard se sumergió en el entrenamiento de su don bajo la tutela paciente de Dragen. En las largas noches al lado del fuego, el abuelo le enseñaba a sentir los hilos invisibles que conectaban el destino de los seres y los elementos. Le mostró a Ragard cómo sus habilidades podían ser un puente entre los mundos, cómo podía escuchar la susurrante voz de las estrellas o las vibraciones de las criaturas nocturnas, todo sin que el hombre lo percibiera.
—Tu don no es solo para la destrucción – le dijo una noche Dragen, mientras las llamas danzaban frente a ellos, lanzando sombras sobre sus rostros. – También puede traer sanación, puede liberar almas atrapadas entre las grietas del tiempo y la muerte. Pero debes aprender a usarlo con sabiduría.
Ragard comenzó a comprender el significado de sus palabras. El don que había heredado, que antes le había asustado, era también una herramienta de esperanza, una oportunidad para reconstruir lo que se había roto. A veces, mientras recorría el paisaje devastado, podía sentir el latir de la vida aún en los cafetales moribundos, como una promesa de que todo podía renacer. Todo dependía de cómo lo usara.
Un día, mientras se dirigían al borde de un acantilado, Dragen se detuvo y miró a su nieto con una mirada profunda.
—Ya lo sabes, ¿verdad? Los Zonotorh no solo traen ruina. También son los mensajeros de lo que aún puede ser. La esperanza está ahí, en lo que aún no hemos visto. A veces, los cimientos deben quebrarse para que lo nuevo pueda emerger.
Ragard asintió lentamente, las palabras de su abuelo calando profundo en su alma. El don ya no era una carga, sino una bendición. Él podía ser la clave para algo más grande que él mismo.
La noche cayó sobre ellos como una manta, y en la intimidad de su campamento, con la fogata crepitando a su alrededor, abuelo y nieto se sentaron juntos a cenar. La silueta de los árboles oscilaba con el viento, y en el aire se mezclaba el aroma de las hierbas secas con el de la carne asada.
Dragen comenzó a cantar una canción suave, su voz quebrada pero llena de un cariño palpable. Ragard lo miró, sonriendo con una tristeza que no podía ocultar. El sonido de la melodía flotaba en el aire, una canción antigua de amores perdidos y esperanzas renovadas.
«El amor siempre regresa, hijo mío,» cantó Dragen, «siembra el viento, y cosecharás la paz.»
Ragard se unió a su abuelo en el canto, sus voces fundiéndose con el susurro de la naturaleza que los rodeaba. No tenían mucho, pero en esa noche, con el calor de la fogata abrazándolos y el eco de sus voces perdidas en la oscuridad, sabían que, a pesar de todo, había algo aún por venir.
III.
Llanto de Zonotorh.
Esa mañana, Ragard cabalgaba sin prisa alguna por los campos dorados de trigo y cebada. A lo lejos, distinguió a los labriegos trabajando en la recolección del cereal. También vio el gran conjunto de molinos de viento extendiéndose a lo largo de la llanura, con sus alas de madera y tela, generando agua. No supo cuánto tiempo pasó observando las majestuosas obras de los granjeros, tan absorto estaba en su admiración. Al sentirse un poco sediento, llegó a un pequeño lago de aguas quietas, que servía de pozo para los aldeanos y granjeros durante la sequía. Allí sació su sed y refrescó su cabeza; el calor ya se hacía intenso.
Al levantar la mirada, se topó con un angosto sendero que conducía a Ormux, el cual debía seguir. A lo lejos, una figura se hacía cada vez más grande con el paso del tiempo. Un jinete avanzaba veloz a lomo de un elegante corcel. Ragard intuyó que la prisa era la razón de esa corrida. El caballero, de armadura plateada y reluciente, se acercaba rápidamente. Al pasar cerca de él, Ragard, estrepitosamente, cayó en un mar de visiones confusas que lo sumieron en un desmayo, haciéndolo caer hacia el agua. Este evento hiso que la montura del hombre en agua, saliera despavorida corriendo sin rumbo fijo.
El caballero, al ver que este desconocido estaba en aprietos, detuvo su caballo con cuidado. Al notar que Ragard no reaccionaba, se lanzó al agua sin dudarlo. Nadó rápidamente hasta él y, con esfuerzo, lo llevó a salvo hasta la pequeña bahía que rodeaba el pozo. Allí vio cómo el desconocido lentamente volvía en sí, expulsando de su boca gran cantidad de agua.
—¿Qué te ha ocurrido? —preguntó el caballero, preocupado—. ¿No sabías lo profundo que era el pozo o no sabes nadar?
—No es eso —respondió Ragard, levantándose con dificultad—. Solo tuve un pequeño ataque. Fue algo repentino, y terminé cerca del pozo. – agregó Ragard viendo ya lo lejos que corría su caballo – oh, vaya, mi caballo me ha abandonado. Discúlpame, lamento que hayas detenido tu camino por ayudar a un desconocido. –
—Creo que hubieras hecho lo mismo en mi lugar – dijo el caballero, con una ligera sonrisa – Me presento. Soy Heve Kagel de Isara.
—Ragard de Enlil, a tus servicios. ¿Te diriges a Ormux o tienes otro destino?
—Más allá. Llevo un mensaje para el reino de Dofs. Se rumorea que habrá una gran batalla, la más grande de la historia. Los conflictos políticos y religiosos se han extendido por muchos reinos. Las grandes alianzas se han dividido, y unas se han vuelto contra otras. Desde el sur y el este, algunos gobernantes han sido desterrados, otros colgados. Y hay otros como yo con la tarea de impedir que esta pandemia se extienda. Debo continuar.
—Es cierto, la realidad a veces es más cruel de lo que imaginamos. Pero tú sabes que la única salida es afrontarla. Creo que nuestros destinos están fuertemente ligados, algo nos unirá en nuestras tareas.
—¿Qué quieres decir con eso de que nuestros destinos están ligados? —preguntó Heve, algo intrigado.
—Me dirijo a Ormux para intentar conseguir una audiencia con el rey Sul —dijo Ragard, observando el firmamento—. Para esta tarea necesitaré más ayuda de la que te imaginas. Soy
Zonotorh de las cartas, y un arcano se me ha sido revelado. Los rumores que has escuchado no son nada comparados con lo que se avecina. Heve, algo desconcertado, frunció el ceño.
—Tus palabras me ponen nervioso. ¿Acaso lo que estamos enfrentando es nada comparado con lo que descubriste en ese arcano? —dijo Kagel, incrédulo—. Si mal no recuerdo, tu estirpe ya no es confiable. ¿Cómo es que sigues vivo y aún haces este tipo de predicciones?
—Es lógico que desconfíes. Pero solo déjate guiar por tu instinto —respondió Ragard, con calma—. No soy un charlatán buscando engañar a los demás. El fin caerá del cielo, y las lágrimas de fuego lo cubrirán todo. Es cierto que se avecinan tiempos de violencia, pero nada se comparará con esta nueva calamidad. Llévame contigo a Ormux, y allí me dejarás.
—Hablas de manera enigmática, pero me estás convenciendo. —Kagel montó su caballo, mirando a Ragard con una expresión seria—. No usas tu don para embrujarme, ¿verdad?
—No —respondió Ragard, con una sonrisa fugaz—. Pero es mejor no subestimarnos. Vamos, Zonotorh de las cartas, Ormux nos espera.
—Gracias, podría decir, pero aún no es momento de ofrecerlas. Mira al cielo mientras cabalgas y guarda el significado de lo que veas para ti. No quiero respuestas ni comentarios, solo tus acciones hablarán por ti.
—En verdad hablas de forma extraña. Sube.
Cabalgaron rápidamente, el corcel no jadeó en su enérgica travesía. En un momento, el caballero desvió la mirada del horizonte y la fijó en el cielo azul. Su rostro adquirió una palidez funebre y, con un leve esfuerzo, pasó saliva. Después, bajó suavemente la mirada hacia el frente. Al cabo de dos noches de largo viaje, se adentraron en los terrenos boscosos de Ormux. Sus torres de vigilancia, inspiradas en los pilares que sostenían el mar antes de que los dioses invirtieran el mundo, eran altas y llenas de los pliegues de historias vividas mucho antes de la creación de los reinos. Blancas como las llamas de Mannur, el fuego de las almas en espera al borde del abismo. En su cúspide, dos vigías observaban cada movimiento dentro de esas regias tierras. Antiguamente, los sabios bautizaron este reino como la “cuna caída de los dioses” por su forma cóncava y sus límites rocosos. Solo había una entrada, custodiada por enormes torres de hierro Emúreo. Ormux, el reino de las torres blancas, también conocido como Enroque, pues nunca se sabía cuál era el aposento verdadero del rey.
Cerca de Dofs, una bifurcación separaba ambos caminos. Allí, Kagel permitió que Ragard se desmontara para seguir por su cuenta.
—Bien, es aquí donde nos separamos… —comentó Kagel sin mirar a Ragard.
—No sé, creo que esto es solo un respiro en nuestra cadena de sucesos. —respondió Ragard— No intentes ignorar lo que está escrito en las líneas de tu hado. No ignores al destino cuando él no te ignora a ti.
—Ve, la incógnita te espera. El día neblinoso está, y no quieras retrasarte por ello. – ultimo el soldado.
Ragard continuó su marcha hacia Ormux en busca de ayuda. Mientras tanto, Heve se dedicaba a encontrar una forma de apaciguar las mareas de la guerra. Desde el desvío, el Zonotorh debía
caminar durante dos noches. No pasó mucho tiempo antes de que Ragard sintiera una presencia cercana. Al volverse, se encontró con Kagel corriendo hacia él. No vestía su exuberante armadura ni llevaba consigo su corcel, esto que presenciaba, le proporcionó una sensación de tranquilidad.
Ambos caminaron en silencio, sin explicaciones ni preguntas, solo el sereno avance de los dos. Decidieron montar campamento y alimentarse. Aunque el día parecía propenso a la lluvia, esta nunca se hizo presente. Asaron algo de carne envuelta y filetes de tocino con hojas de laurel seco y orégano. El olor les abrió el apetito, que hasta ese momento había sido efímero, pero ahora les acosaba con fuerza.
Tras comer, Ragard se dispuso a preparar algo de café. Mientras lo hacía, intentó disipar sus dudas con las palabras de Heve.
—¿Por qué viniste conmigo y no terminaste tu tarea?
—Quizás soy un hombre que gusta de lo desconocido, o tal vez estoy bajo un hechizo, no lo sé. Veré qué me depara mi decisión.
—¿Y qué hay de tu tarea? ¿La has abandonado? —preguntó el vidente.
—No, por supuesto que no. Pero encontré la manera de hacerlo sin ser partícipe directo de ello. Después de nuestra separación, encontré tres cuerpos en las afueras de Dofs, también mensajeros, acompañados de sus escuderos. Sufrieron una muerte violenta. Sus extremidades fueron devoradas por los canes reales, y sus lenguas fueron extraídas con un gesto macabro, simulando un corbatín. Fueron apilados como advertencia para los futuros mensajeros. Leí muchas de las cartas que había en sus pertenencias. – Agrego Kagel después de u sorbo largo de café – Sabía que podría correr la misma suerte, por lo que envié a un escudero con mis prendas. En ella envié mi carta, aunque mantuve las otras conmigo, en caso que deba volver. Nada me asegura que lean la carta. Ató bien la carta de tregua de mi reino a su mano, aunque difícilmente lo reconocerían, pues ya estaba bastante maltrecho. Entre mis habilidades, se encuentra el hablar Equus, la lengua de los caballos. Instruí a Mellow, mi montura, para escapar de estas tierras sin ser herido, y para regresar a buscarme en Ormux antes de que caiga este día. Con suerte, lo tendré de vuelta en el solsticio, de lo contrario era un buen corcel.
—Por mi parte, debo insistirle al rey Sul que me conceda permiso para ir a ver a la pitonisa de la fuente. Solo él puede dar esa orden; de lo contrario, no podremos pasar. En el mundo existen muchos Zonotorh, y ella es una de las últimas de su estandarte. Nunca las he visto, pero dicen que son de una belleza inmaculada, y que sus voces son susurros celestiales.
—Ahora háblame del arcano. ¿Cómo te incluyó a ti, y ahora a mí?
—Hace mucho tiempo fui privado de mis dones, no porque los perdiera, sino porque eran una anomalía que desagradaba a todos. Hace varios días, no sé exactamente cuántos, leí un arcano después de muchos años. La sorpresa fue encontrar uno bastante aterrador, incluso para mí, que estoy acostumbrado a las malas noticias. Cuando se complete el eclipse trilunar, la muerte caerá sobre todos. Grandes catástrofes marcarán el inicio, y creo que esta guerra es solo el comienzo. Tú
estás presente en mi arcano, pero no eres el único. Hay otros entes que parecen ser parte de la única salida a este drama. Debo encontrarlos a todos.
Estaban cerca de Ormux, no les llevaría mucho llegar. La noche fue solo un parpadeo para ellos; a la mañana siguiente, alzaron el campamento y no tardaron en partir. El día ya los cobijaba, y el viento se convirtió en un acompañante más. En ese instante, Heve supo que la suerte de Mellow no había sido prospera, el corcel nunca llegaría. Cruzaban una vasta sabana, al final de la cual encontrarían una pequeña aldea. El casal era pacífico, con calles polvorientas y niños jugando con canicas de cristal. Las viviendas, con fachadas marcadas por el paso del tiempo, exhibían los colores apagados de su construcción rústica. Pasaron junto a un bar, una herrería y un establo. A las afueras del pueblo, un parque se extendía con un colorido abanico de flores descansando en su suelo.
Mientras caminaban distraídos, algo atrajo la atención de Kagel.
—Esa melodía la conozco —añadió el caballero— y solo una persona podría interpretarla de esa forma.
Caminó en busca del origen de la melodía, dulce, pero a la vez lejana, hasta que la encontró: una joven entonando la composición, sentada en la escultural fuente en el centro del parque.
—Perdón por mi interrupción, es solo que no pude evitar escuchar la melodía a lo lejos, y creo conocerla. Mi querido amigo Faros la interpretaba de esta forma.
Mientras hablaba, Heve contemplaba la belleza incomparable de la dama. Era una mujer de piel blanca, cabello rojizo, ojos claros, cejas finas, y labios delicados. El instrumento que sostenía era una ocarina tallada en mármol damés, uno de los más ligeros de su clase, grabado con tonos azules y rojos. En su parte inferior colgaba un ramillete de plumas multicolores.
La sorpresa de la mujer no pudo ser disimulada, y reaccionó de inmediato ante la intervención de Kagel.
—¿Cómo es que conoce usted a mi difunto esposo? —preguntó la mujer— ¿De dónde lo conoce?
—Permítame presentarme, soy Heve Kagel de Isara, el segundo comandante de las tropas de Karia. Faros era mi mejor amigo. Obviamente usted es parte de su mundo, nunca crei encontrarla aquí.
—Oh, es usted… Faros me mencionaba con frecuencia en las cartas que solía enviarme. Soy Etheldred de Haros, esposa de Faros de Aedoh. Después de que supe que Faros había perdido la vida en batalla. Espere su cuerpo y lo honramos, ya nada me ataba a mi labor. Dejé Waeth, donde fui instructora de historia. Volví a mi pueblo natal… Pero, ¿qué lo trae por estos lares?
—Por ahora tengo algo que cumplir, aunque la historia es extraña. Pero, por el momento, trataré de regresar para hablar con más calma.
—¿Es por la guerra? — pregunto La viuda
—En verdad debo irme, alguien me espera —añadió Heve señalando a Ragard— Regresaré pronto. Debo hacerlo.
Sin más palabras, regresó junto al Zonotorh, quien no tardó en preguntar sobre el inesperado encuentro.
—¿Quién era la mujer?
—La esposa de mi amigo —respondió Kagel—
—¿Prometiste volver, no es verdad?
—Es algo que debo hacer, tarde o temprano le debo la vida a Faros. Además, creo que así será, porque yo solo te llevaré hasta Ormux.
Salieron de la villa y continuaron su camino. Las palabras inciertas de Heve provocaban en el vidente una incomodidad creciente; no podía evitar dudar si lo acompañaría hasta el final o solo hasta Ormux, lo que lo hacía sentirse desamparado. No sabía si lo abandonaría a su suerte, aunque Heve regresaría a verla, pero no sabía exactamente cuándo.
Caminaron por campos verdes, rodeados por gigantescas montañas rocosas, y avanzaron hasta llegar al conocido Valle de las Dísir, famoso por ser la sede de las familias más influyentes de toda la línea septentrional.
Cayeron maravillados por la majestuosidad de aquellos parajes. Lo que en ese momento los envolvía, como el terrible destino que enfrentarían, se fue evaporando con la magnificencia de esas montañas que se cubrían de un resplandeciente marrón y blanco, destacándose a lo lejos. En medio de esas murallas de roca, se desprendían panales dorados de la montaña, cuyas formas se asemejaban a las colmenas de abejas. Los castillos principales se desplegaban, sectorizando pequeñas colmenas en una escala menor. A medida que se acercaban, más caían rendidos ante la belleza del lugar.
—Bienvenidos, extranjeros — dijo una Dísir, que vigilaba algunos Cérvidos.
Los Cérvidos eran animales mamíferos que proporcionaban la leche con la que preparaban sus dulces y otros alimentos.
—Bienaventurados sean. Cruzamos estas tierras con dirección a Ormux — respondió Heve.
—¿Con qué propósito se encaminan? — inquirió la Dísir.
—La verdad, a menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo. Es una urgencia — añadió Ragard.
—Créeme, en tu corazón brilla la estrella de tu destino. Pero deben tener autorización de Nosté, nuestra Avatar Dísir, para continuar.
—¿Es esto posible? — exclamó Heve, mostrando desconcierto.
—Sí. Últimamente, los Rakanish han intentado robar y saquear nuestros campos. Nosté ha señalado el período pendenciero. Todo aquel que entre en nuestros dominios debe atender una audiencia con el Avatar.
—Bien, será de gran valor que el Avatar me escuche — dijo Ragard. —
—Serás escuchado, pero te aconsejo que también sepas escuchar.
En ese momento, la Dísir emitió un agudo silbido que se deshizo entre las corrientes de aire de la tarde. Segundos después, aparecieron cuatro Dísir de vestiduras de cuero, con hombreras,
brazaletes y rodilleras de hierro Emúreo, todos bordados con hilos dorados. Llevaban coronas de plata Dísiria, que formaban enramadas de hojas de hierro Emúreo. Correas de cuero sostenían saetas Dísirianas y, en sus cinturas, cimitarras cortas de ataque ligero. En sus manos, empuñaban arcos con capas grabadas en lengua Dísiriana, hechos de una aleación de Hierro Emúreo y Plata Dísiria, que les conferían brillo y elasticidad. Eran jóvenes, como las nuevas lunas que cubrían el cielo. Piel pálida, orejas puntiagudas, cabellos rubios que brillaban con los rayos del sol. Sus movimientos eran precisos y elegantes.
Fueron escoltados por un sendero rocoso, rodeado de maraña. Cuando estuvieron más adentro, de una enorme montaña se desprendían tres peñas plateadas que relucían, y en su base se encontraba la bodega principal de Nosté. Un cubil plateado cubierto de una maraña verde y bañado por una lluvia interminable de mariposas reales. Al entrar, fueron conducidos por un extenso corredor lleno de bodegones que recreaban las historias de las edades de Cirthdísir, la Avatar de los antiguos días. Blancas cedas entrelazadas con árboles frutales envolvían el aire con tonos dulces y silvestres.
Doblaron a la derecha, donde encontraron un pórtico custodiado por dos elegantes Dísir. Al ver que venían acompañados, las guardias se abrieron, permitiéndoles el paso. Dentro, la grandeza de la estructura se hizo evidente. Frente a ellos, una dama habló con voz suave, pero llena de potencia.
—Sarreit sartseun ne nacsub euq — dijo el Avatar en su lengua ancestral, un saludo que resonó en la sala.
—Mi señora Nosté desea escucharlos, yo seré su intérprete — dijo una Dísir, vestida con túnicas blancas y verdes, que se acercó por un costado. — Ressé los saluda, viajeros. ¿Qué buscan en nuestras tierras?
—Con su permiso, mi lady, soy Ragard de Enlil, hijo de Dragar de Enlof, productor de Kahve, hoy conocido como café.
—Con su permiso, mi lady. Soy Heve Kagel de Isara, segundo comandante de las tropas de Karia — continuó. — Hemos venido hasta aquí para cruzar tus dominios y llegar a Ormux, sin saber que ahora debíamos pedir autorización.
—Dadiruges ed senoiseuc — dijo la Avatar con serenidad. —
—Son solo cuestiones de seguridad, los Rakanish ya no encuentran límites para sus fechorías.
—Xumro a negirides otejbo euqnoc rebas odeup.
—¿Qué los lleva a Ormux?
—Son solo cuestiones de seguridad — respondió Heve. — Noticias de la guerra desde el sur.
—Serbmoh sol ed sotnusa sol ne emriucsimni oreiuq on. —
—Eso es tema de los hombres, nosotros no tratamos en sus asuntos — añadió la Dísir, asimilando un gesto aprobativo de la Avatar. — Pueden continuar.
—Estamos en deuda con su gesto — concluyó Ragard.
Así, hicieron su camino a través de Ressé, el sendero rocoso se abría más a cada paso que daban. Intercambiaron un par de comentarios sobre la elegancia y la imponencia de las Dísir, e incluso sobre lo agradable que olían sus aposentos. Finalmente, llegaron al inicio de otro sendero, más boscoso. La caminata tranquila de los dos amigos fue interrumpida por una cortina de tensión que envolvió el ambiente. Kagel, que hasta ese momento había mantenido la serenidad, sintió que no estaban solos y que su presencia no era bienvenida. Delante y detrás de ellos, se escuchó un ruido acechante, y pronto se dieron cuenta de que estaban siendo emboscados.
Eran muchos Rakanish, que corrían hacia ellos, ansiosos por un festín. Estas criaturas, con cuerpos encorvados, piel arrugada, brazos alargados y velludos, orejas y narices largas llenas de verrugas, estaban cubiertas de pieles de cerdos y hierro Rakanish, un material débil y deformado. Gruñían, como jabalíes enloquecidos. Al ver este ataque, Kagel empuñó su arma con rapidez y derribó con fluidez a dos de las criaturas, continuando la lucha. Mientras tanto, Ragard se defendía, lanzando puños y patadas por doquier, logrando una defensa efectiva. No pasó mucho tiempo antes de que los atacantes fueran aniquilados.
La rapidez de la acción dejó a los dos hombres atónitos. Heve, con asombro, observaba cómo un grupo no tan prominente de Dísir había asistido en silencio a la batalla y, sin mucho esfuerzo, había exterminado a sus agresores.
—¿Se encuentran bien? — preguntó la líder del grupo. — Esto es casi un hecho cotidiano.
—Si estamos bien, aunque no era necesario, los teníamos controlados – comentó el soldado.
—Les recomendaría dejar este recorrido hasta mañana. Es tarde, y esas bestias no se detendrán hasta hacerse con su carne.
En esta ocasión, los Rakanish fueron controlados aún más rápido que en las anteriores oportunidades. Después de la pequeña lucha, regresaron a la villa, donde los valerosos guerreros fueron recibidos como héroes. Incluso los extranjeros fueron bien recibidos. La noche llegaba, y la celebración no se hizo esperar. Mientras Kagel tomaba un buen vino con algunas Dísir, Ragard contemplaba el firmamento, sumergiéndose en él como lo hace un enamorado al observar los ojos de su amada.
—Dice tu amigo que eres un Zonotorh – dijo una voz.
—Sí, lo soy – agregó el vidente, buscando el origen de la voz.
Una Dísir de ojos púrpuras y cabellos negros, de piel marmórea, labios cubiertos de escarlata oscuro y bañada en una exquisita fragancia de flores silvestres, semejante a una doncella de antaño, se sentó a su lado. Era la líder del grupo de vigías que cuidaban el extremo norte de la villa.
—También tienes un nombre poco usual. Los de tu estirpe siempre buscaron nombres extraños y demasiado largos. Soy Erline Lorelle de Abgar. Dicen que mi estrella, Abgar, traduce heredera de poderosos.
—En realidad, es un buen nombre. – Dijo Ragard. – Es raro que tan bellos astros nos castiguen enfurecidos, que su resplandor depare a nuestro destino y nos describa un fin tan sombrío.
—Te refieres a las lunas – añadió Erline. – Hace tiempo que no veía esta espectacular pintura, pues la neblina se posó por años en los cielos.
—Tanto ha cambiado el infinito… – respondió Ragard, con una mirada pensativa.
Ragard explicó en detalle cada arcano que lo estaba conduciendo en una incursión que hasta el momento no había tenido muchos éxitos. Dedico gran parte de su charla a explorar las facciones exactas de la Dísir. Sin mediar palabra, se sintieron agradables compañías el uno para el otro. La noche cruzó las horas hasta acogerlos en el sueño. Caminaban hacia las moradas escaleras arriba, desde el balcón donde estaban. Al despedirse, Ragard no pudo evitar el palpitar de su corazón, el cosquilleo en su vientre y el sudor frío recorriéndole la espina dorsal. Tras una sonrisa, ambos se internaron en sus aposentos. Esa noche, el vidente se perdió sutilmente en sus sueños y descansó como nunca.
Rápidamente, la luz llegaba, y el nuevo día nacía, cubriendo aquellos parajes llenos de montañas inigualables y pintorescas extensiones de verde claro. Estaban listos para continuar; las vigías se habían asegurado de que todo estuviera en calma y despejado para el viaje. Ahora tenían monturas que harían el traslado un poco más eficiente.
Partieron hacia el reino del rey Sul, y su despedida fue solo un pequeño suceso más para aquella villa. El vidente, tratando de ocultarlo, vio cómo se quedaba atrás un sentimiento que había nacido la noche anterior. Bañados por un futuro incierto, los dos jinetes se adentraron en el silencio y la soledad de las praderas altas de aquellos dominios.
Galoparon entre nubes de pesadumbre y los gritos melancólicos de los espíritus rocosos. La lejanía los invitaba, paso tras paso, a un eco eterno llamado destino. El atardecer, como sangre que cae por el filo de una espada, los envolvía, trayendo consigo la tronante y venturosa noche, con sus ojos plateados y sus cabellos negros.
Ragard en un impulso de cansancio pidio acampar. Esa noche acamparon y comieron huevos fritos con tocino. Mientras Ragard contaba sobre las diversas variedades de Café existentes, Kagel en su semblante rudo acudió a profundas remenbranzas. Kagel mencionó como su madre y su padre vivian solos en una casita calurosa fragante de canela. Su mamá preparaba un arroz en leche sin competencia. Cuando mencionó a su esposa, su voz se quebró. Su nombre Natt De Evig, lo esperaba al terminar sus servicios como soldado de Isara.
Al día siguiente, solo cabalgaron a paso ligero hasta que la luz matinal los saludó de nuevo. Así, sin detenerse ni un momento, avanzaron. Esto les permitió llegar a Ormux pasado el mediodía. Después de las tres de la tarde, llegaron a Ormux, un reino casi litoral. Al oeste, cerca de las costas, está la frontera con Áulicos, el desértico reino de Wóldun, cuyo rey es despistado, pero muy justo. Al este, las islas Arakneth, un círculo de islas bajo el mandato de Zahrimmir. Al sur, lindaba con Zenegh, dominios del rey Morvén. Al norte, se encontraba el reino de Narüh, después de atravesar un tramo del océano Antogia. Este reino se distinguía por sus estructuras coloniales: viejas construcciones de los antiguos viajes de emigración. Las narraciones de un mercader que se estableció allí con sus doce esposas y pobló gran parte de la zona urbana eran populares. El rey era un príncipe que emigró de las inundaciones de la isla Divhos, que formaba parte del círculo de islas al norte. Siendo la más grande, esa isla tuvo un rey separado de las demás. El castillo era pequeño, envuelto en pétalos de diente de dragón.
La flor insignia de esta casa se alzaba majestuosa, y los jardines adyacentes estaban atiborrados de estas flores. En las sagas de los vientos, se hablaba de cómo los pétalos de diente de dragón envolvían la morada del rey Sul, creando una escena majestuosa. Esta fue la bienvenida de Ormux para los jinetes del destino.
Al llegar al palacio, fueron recibidos por la guardia real. Fueron requisados y se les otorgó un manto de visitantes, con el fin de que fuera claro que eran forasteros. Heve, con su actitud impaciente pero pragmática, tomó la delantera en la visita, buscando que todo fuera rápido y así poder encontrar a la pitonisa cuanto antes. En el reino, era la hora del té.
El rey Sul compartía un té de Cedrón con su esposa e hijos, acompañado de galletas de avena y ciruelas secas. El aroma de las infusiones se extendía por la estancia, mientras los guardias irrumpían de forma discreta para anunciar la llegada de los visitantes.
—Su Majestad, los visitantes de Karia y Laugros solicitan audiencia – dijo el guardia con voz firme.
—Bien, dejen que pasen, pero que sea breve, estoy en compañía de mi familia —respondió el rey, sin apartar la mirada de la taza.
—Como usted diga, Su Alteza.
El guardia hizo una señal para que los invitados avanzaran, y pronto fueron guiados hasta la gran sala del té. Allí, una mesa estaba dispuesta con una variedad de dulces y bebidas. El rey, con una expresión reservada, invitó a los forasteros a acomodarse.
—Por favor, tomen lo que gusten —dijo el rey, observando cómo Heve y Ragard se sentaban. Luego, su mirada pasó de Heve a Ragard, calculadora—. ¿Qué los ha traído tan lejos de casa?
Heve fue el primero en responder, su voz serena pero autoritaria.
—Soy Heve Kagel de Isara, y este es mi compañero Ragard de Enlil, “Señor Diente De Dragon. La razón de nuestra visita es hablar con la pitonisa que vive en su jardín.
—¿La pitonisa, dices? —El rey Sul frunció el ceño ligeramente, curioso—. Hace tiempo que nadie me llama “Señor Diente de Dragón”, eso me complace. Es un halago que ya había olvidado. Pero díganme, ¿qué quieren con una conspiradora de esa calaña?
Ragard, con tono grave, añadió:
—Tenemos noticias muy negativas sobre lo que se avecina. Si hay forma de detenerlo, ella sabrá cómo.
—¿Con Belwën? — inquirió la princesa.
—¿Belwën es su nombre? —añadio Kagel
—Si, su nombre es Belwën de Cenith…— concluyo la joven— La pitonisa de los lienzos…
—Bien, entonces Belwën es quien puede ayudarnos— sumo Ragard en un tono muy tranquilo
Sul reflexionó por un momento, y sus ojos brillaron con un destello de astucia.
—Entiendo… Pero ustedes, ¿qué tan de acuerdo están con los concilios que se están generando? A mi parecer, la manera más prudente de salir victorioso en este evento es atacar de último, a los pilares más débiles: religión, milicia y concejo. Heve asintió lentamente, reconociendo la sabiduría del rey.
—Usted es un hombre sabio y prudente, majestad. Pero no podemos ser ciegos ante la posibilidad de contener esta vendimia. Lo que dos pobres diablos intenten hacer por detener estos eventos es poco comparado con lo que usted desea lograr, considerando los mismos hechos.
—Mi padre tiene mucho que ganar en este suceso —interrumpió el hijo mayor del rey con una voz segura—. Tenemos grandes alianzas con los Dofs, y yo estoy comprometido con la hija mayor del rey Zahrimmir. Eso significa que tenemos a sus élites a nuestra disposición.
—En ese caso, usted tiene mucho en qué enfocarse, Majestad —dijo Heve con una sonrisa contenida—. No desearía que invirtiera tiempo en planes de baja categoría como los nuestros.
La hija del rey soltó una risa ligera, y el ambiente se volvió un poco más relajado.
—Me lees la mente —comentó, mirando a su padre con una sonrisa divertida—. Mejor sigan. Tras la enramada de dientes de dragón, hay un portal que conduce a la fuente donde vive Belwën, la pitonisa.
—Estamos en deuda con ustedes, ladies, Su Alteza, Príncipe —dijo Heve, levantándose con prudencia.
El rey hizo un gesto con la mano, indicando que podían marcharse. Tras unos breves intercambios de cortesía, fueron guiados hacia el jardín.
Avanzaron por un largo corredor de roca, donde la humedad y el moho se apoderaban del aire, creando un olor denso. Tras varios intentos fallidos por encontrar el portal, Ragard finalmente encontró una abertura de tamaño reducido, por la cual debían pasar en rodillas. Cruzaron el pórtico, y ante ellos se reveló una enorme fuente, con una isla en el centro donde yacía una choza maltrecha.
Se acercaron al borde de la fuente y notaron que era bastante profunda. Sin muchas opciones, se prepararon para nadar. Pero antes de que pudieran hacerlo, una hojarasca los hizo retroceder.
—¿Qué hacen en tierras prohibidas, forasteros? —una voz grave resonó en el aire.
Ragard miró a su alrededor, intentando localizar el origen de la voz.
—No venimos a causar mal, solo deseamos reunirnos con Belwën —respondió, su tono firme pero respetuoso.
—Aquí hay una energía familiar… ¿alguno de ustedes es un Zonotorh, quizá? —preguntó la voz con curiosidad.
—Sí, uno viene —respondió Heve, sin dudar.
En ese momento, apareció un hombrecillo de orejas largas y puntiagudas, con un cuerpo cubierto de hojas y cortezas de árbol. Su piel era verde-azulada, y llevaba un cayado adornado con plumas multicolores en su extremo.
—Déjenme presentarme —dijo el hombrecillo con voz rasposa—. Soy Ihris de Mozarg, vigilante de mi señora Belwën.
—Perdón por nuestro interés —dijo Ragard con amabilidad—, pero necesitamos saber cómo podemos llegar hasta Belwën.
Irhis observó a los dos con una mirada penetrante, luego asintió lentamente.
—Creo que ella se encuentra un poco más adelante. Siento el deseo más grande de conocer a aquella mujer de la cristalina fuente. Si quieren llegar a su humilde morada, deben ir de frente. El camino parece ser profundo, pero deben estar seguros de sus intenciones. Si son sinceros, podrán cruzar sin problemas.
Ragard no dudó, avanzó hacia la fuente con determinación.
—Entonces, adelante —dijo, sus pasos firmes en la orilla.
Con una mente concentrada en el caos que los acechaba y con la fe alimentada por la certeza de su misión, Ragard se adentró en el agua. Para su sorpresa, no se hundió. Caminó con determinación hasta llegar a la playa que resguardaba la morada de Belwën.
Irhis observó en silencio, reconociendo la sinceridad de sus intenciones. Entraron a la choza sin esperar nada a cambio. Allí, una mujer de gran porte, vestida con una túnica blanca que cubría su cuerpo y su cabeza, los esperaba.
—Una visita inesperada —dijo Belwën, aún de espaldas.
—Soy vidente de las cartas —añadió el Zonotorh—. He venido en compañía de un amigo, un guerrero del reino de Karia, para pedir ayuda.
—Un Zonotorh de las cartas viene a mí —respondió Belwën, mientras descubría su rostro y se giraba lentamente—. Con fe de que mi ayuda sirva de algo… y más si soy ciega.
La Zonotorh, de piel morena y cabello lacio, de ojos pequeños sin pupilas, delgada y con facciones aborígenes, avanzó a tientas. Con curiosidad, la mujer palpó el rostro y la fisionomía de ambos viajeros. Tras unos segundos, su expresión cambió por completo. Belwën se dio vuelta con dificultad y observó un sinnúmero de pinturas en las paredes. Se acercó a una en particular, descubriendo que aún parecía fresca. La sorpresa para ambos personajes fue grande al ver que en cada pintura estaba retratado su propio rostro.
Estaban desconcertados. Estudiaron las obras, hasta llegar a la conclusión de que la Zonotorh, al no contar con su sentido de la visión, manifestaba sus visiones a través de las pinturas.
—¿Lees tus arcanos a través de la pintura, no es así? —preguntó Heve, algo asombrada.
—Sí, así lo he hecho toda mi vida. ¿Y tú? —respondió Belwën, mientras su mirada se posaba sobre Ragard, invitándolo a presentarse.
—Perdona mi descortesía. Mi nombre es Ragard de Enlil, y mi amigo es Heve Kagel de Isara.
—continuó Ragard—. Yo leo mis arcanos mediante cartomancia.
—Bien, déjame ver tu arcano —dijo Belwën, mirando a Ragard con una expresión serena—. Recréalo para mí, por favor.
—Lo intentaré —respondió el Zonotorh, llevándose la mano a la alforja. Después, su rostro se tornó pálido—. ¿Qué? ¡No están!
—¿Qué dices? —preguntó Heve, acercándose a él.
—Mis esquelas… el mazo no está en mi alforja —dijo Ragard, su tono cargado de incredulidad—. ¿Las habremos perdido? Pero… ¿en dónde?
La impotencia inundó sus corazones. Por más explicaciones que buscaban, no hallaban ninguna que aliviara su pesadumbre. El don de Zonotorh se complementaba con su mazo de cartas doradas, su herramienta más preciada. Sin él, la tarea encomendada parecía inútil. En ese momento, Ragard se sintió como el más débil aprendiz de Kriëgen, alguien que había sido un excelente Zonotorh… hasta ahora.
IV.
Lo Perdido y Lo Encontrado.
Belwën permanecía frente a ellos, con su rostro sereno y los ojos vacíos dirigidos hacia algún punto indefinido. Su voz rompió el denso silencio que había seguido a la revelación de la pérdida.
—Las cartas no se han perdido del todo, Zonotorh. Siento su eco. Están cerca, pero han elegido esconderse.
Ragard alzó la mirada, sus ojos reflejaban una mezcla de desesperación y fatiga.
—¿Esconderse? No entiendo. Son herramientas, no tienen voluntad propia.
—Eso es lo que crees, pero las esquelas llevan un fragmento de tu esencia. Si no las encuentras, será porque no sabes escuchar lo que te dicen —explicó Belwën con voz pausada. Luego, girándose hacia ambos, añadió—. Regresen sobre sus pasos, revisen los caminos andados. Allí encontrarán pistas, quizá incluso respuestas. Pero recuerden, no siempre lo perdido desea ser hallado fácilmente.
El vidente inclinó la cabeza, abatido. La idea de que su destino pendiera de una búsqueda tan incierta lo desbordaba. Por primera vez desde que habían emprendido su travesía, su fe tambaleaba. Kagel observó a su amigo en silencio, notando el brillo apagado en sus ojos. Era como si Ragard se hubiese convertido en la sombra de sí mismo.
—Vamos, amigo. Tenemos que movernos. No encontraremos nada quedándonos aquí —dijo Kagel con firmeza, colocándole una mano en el hombro.
Ragard se dejó guiar mientras el guerrero lideraba el camino hacia la salida del jardín. Su respiración era pesada, como si cada paso fuera una lucha contra su propia desesperanza.
El viaje de regreso comenzó, y con él, el peso de los pensamientos oscuros de Ragard se hizo cada vez más evidente. Kagel, consciente del estado de su compañero, intentaba mantenerlo enfocado.
—Esto no te define, Ragard. No eres menos Zonotorh sin esas cartas. Lo que importa es lo que llevas aquí —dijo, golpeándose suavemente el pecho—. Volveremos a encontrarlas, pero antes necesitas creer en ti.
Ragard lo miró, intentando esbozar una sonrisa que no logró alcanzar sus ojos. Sin embargo, las palabras de Kagel plantaron una pequeña chispa en su interior, una que, aunque tenue, comenzaba a luchar contra la oscuridad que lo rodeaba.
La senda que ahora recorrían parecía diferente, teñida por la incertidumbre y el temor de que todo fuese en vano. Pero ambos amigos, uno guiado por su instinto y el otro por un apoyo inquebrantable, estaban determinados a no rendirse. La despedida del santuario de Belwën estuvo envuelta en un silencio solemne, roto solo por el murmullo del agua de la fuente y el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Ragard y Kagel, aún atónitos por las revelaciones de la vidente, apenas podían encontrar palabras para expresar su gratitud. Belwën, con su mirada sin pupilas, se dirigió a ellos una última vez.
—No todo lo que parece perdido lo está realmente —dijo con voz pausada, acariciando el borde de una de sus pinturas—. A veces las respuestas se encuentran justo donde no miramos. Tengan cuidado en los caminos, pues no son tan seguros como creen.
Irhis, el peculiar guardián de la fuente apareció junto a ellos, llevando consigo una pequeña bolsa de cuero y un par de armas rudimentarias.
—Mi señora tiene razón, los caminos son traicioneros. No puedo acompañarlos, pero puedo darles algo de ayuda —dijo mientras extendía la bolsa—. Aquí tienen. Son amuletos de buena fortuna, hechos con madera del árbol sagrado de la Zonotorh. Llévenlos cerca del corazón. Y estas…
Irhis sacó un par de armas curiosas: un cuchillo largo y afilado con un mango de hueso y un arco pequeño con flechas hechas de espinas endurecidas.
—Son armas de la jungla, lo mejor que tengo. No serán elegantes, pero servirán si algo o alguien se interpone en su camino.
Ragard tomó el cuchillo con una reverencia silenciosa, mientras Kagel aseguraba el arco en su espalda.
—Gracias, Irhis —dijo Kagel con una leve inclinación—. Esto será de gran ayuda.
Irhis asintió, sus grandes orejas temblando ligeramente.
—Buena suerte, viajeros. Y recuerden, el valor no es la ausencia de miedo, sino seguir adelante a pesar de él. Con esas palabras resonando en su mente, Ragard y Kagel dejaron el santuario. La jungla que rodeaba la fuente parecía más densa y opresiva que antes. El aire estaba cargado de humedad, y cada sombra parecía esconder un peligro acechante. Ragard caminaba en silencio, con los hombros caídos y el semblante sombrío. Kagel, notando el estado de su amigo, intentó animarlo.
—Las cartas no están perdidas, Ragard —dijo, rompiendo el silencio—. Belwën lo dijo, y yo confío en ella. Solo necesitamos seguir nuestras huellas y mantenernos atentos.
—No lo entiendes, Kagel —respondió Ragard, deteniéndose de golpe—. Las cartas son más que herramientas; son mi legado, mi conexión con lo que soy. Sin ellas… no soy nada.
Kagel lo tomó firmemente del brazo, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—No eres nada sin las cartas, dices. ¿Y qué pasa con el Zonotorh que cruzó una fuente imposible? ¿Qué pasa con el hombre que ha enfrentado más peligros de los que puedo contar? Las cartas no te definen, Ragard. Tú defines las cartas.
Por un momento, Ragard no dijo nada. Luego asintió lentamente, aunque sus ojos seguían reflejando duda.
—Sigamos entonces —murmuró—. Pero no sé cuánto tiempo pueda mantener la fe.
—Por eso estoy aquí —respondió Kagel, dándole una palmada en la espalda—. Entre los dos lo lograremos.
Y así, los dos compañeros continuaron su camino, desandando cada paso, cada desvío, en busca de las esquivas cartas doradas.
El camino hacia el sur los llevó de regreso al vasto y áspero valle rocoso. Las imponentes formaciones de piedra, que antes les parecieron obstáculos en su travesía, ahora se alzaban como viejas memorias. El viento silbaba entre las hendiduras y grietas, arrastrando consigo un eco vacío que intensificaba el peso del silencio.
—¿Te has fijado? —dijo Kagel, rompiendo el mutismo mientras sus ojos barrían el terreno—. No hemos visto ni un solo Disir. Es como si esta zona estuviera completamente desierta.
Ragard, que había estado caminando con la mirada baja, levantó la vista hacia el horizonte pedregoso.
—Es extraño… pero tampoco quiero preguntarme demasiado por qué. Quizá sea un respiro que deberíamos aprovechar.
—Tal vez tengas razón. Pero no podemos confiar en que siga siendo así – respondió Kagel, ajustando el amuleto de madera que Irhis les había dado antes de partir.
Las herramientas que Irhis les había proporcionado resultaban valiosas en el terreno: los amuletos tallados, colgando de sus cuellos, parecían emitir una calidez tranquilizadora, y las varas afiladas hechas con madera resistente eran perfectas para abrirse paso entre las rocas y protegerse de cualquier amenaza inesperada.
Cuando llegaron al lugar donde habían enfrentado a los Rakanish, el ambiente se sintió diferente. Aunque el caos del enfrentamiento aún era evidente. Rocas rotas, surcos profundos y una arena revuelta, había algo más, algo que parecía brillar con vida entre los despojos.
—¿Ves eso?» —preguntó Kagel, señalando una grieta estrecha en la base de una de las grandes rocas. Un brillo dorado se asomaba desde el interior, reflejando la escasa luz del sol que se filtraba entre las formaciones.
Ragard entrecerró los ojos, conteniendo el aliento. «No puede ser… ¿verdad?»
Se apresuró hacia la hendidura, sus manos temblando ligeramente al inclinarse para inspeccionarla más de cerca. Al acercarse, confirmó lo que su corazón ya había comenzado a creer. Entre las sombras, asomaba una de sus cartas, su dorado inconfundible desafiando el gris opaco del valle.
—¡Es una de mis cartas! —exclamó, mientras alargaba la mano para tomarla con cuidado.
Kagel se colocó a su lado, observando cómo Ragard sacaba el objeto con una reverencia casi religiosa.
—¿Cuál es?
Con manos firmes, Ragard volteó la carta y la observó con detenimiento. Era La Estrella Creciente, uno de los arcanos más importantes de su mazo. «Es un símbolo de guía y esperanza,» dijo en voz baja, casi como si estuviera hablando consigo mismo.
Kagel sonrió. – Es la carta perfecta para este momento. Parece que el destino todavía tiene planes para ti.
Ragard asintió, guardándola en su alforja con delicadeza.
—Si esta estaba aquí, quizá las demás no estén lejos. Tenemos que seguir buscando.
Mientras se levantaban, el viento que cruzaba el valle trajo consigo un sonido lejano, algo entre un aullido y un crujido de piedras. Los dos intercambiaron una mirada de alerta.
—¿Ves lo que digo? Nunca es tan sencillo – dijo Kagel, ajustando su vara.
—Que venga lo que tenga que venir, – respondió Ragard con determinación. La primera carta estaba de vuelta, y con ella, un atisbo de esperanza.
La carta de La Estrella Creciente estaba guardada con mucho cuidado, pero la tranquilidad que brindó su descubrimiento no duró mucho. El viento se detuvo, y con él, la sensación de calma que había acompañado su búsqueda. Una pesadez indescriptible se coló en el aire, como si la misma atmósfera estuviera cargada de presagios. La luz del sol comenzó a desvanecerse, ensombreciendo el valle rocoso, mientras el suelo temblaba ligeramente bajo sus pies. Ragard y Kagel se miraron con preocupación, y antes de que pudieran intercambiar una palabra, un sonido gutural, arrastrado por el viento, se coló entre las rocas. Un estruendo de piedras rotas y rugidos distorsionados surgió desde las sombras de la montaña, como si las mismas entrañas de la tierra estuvieran retumbando.
—¡Rakanish! —gritó Ragard, reconociendo la oscura melodía de la horda que se avecinaba. La tierra temblaba con sus pasos, la promesa de sangre y caos en el aire.
El aullido de los monstruos resonó, y un centenar de formas oscuras surgieron de entre las grietas y fisuras rocosas, moviéndose como sombras voraces. Los Rakanish, sus cuerpos musculosos y deformados, avanzaban en su grotesca multitud. Su piel reseca y escamosa brillaba con un tono plateado bajo la luz que se desvanecía, y sus ojos, vacíos de humanidad, brillaban con una malevolencia insaciable.
—Prepara tu espada – dijo Kagel, su rostro una máscara de concentración.
Ragard asintió, desenvainando su espada con rapidez. La hoja, imbuida de la misma energía ancestral que él portaba, brilló brevemente antes de sumergirse en la oscuridad.
Los Rakanish comenzaron a rodearlos, avanzando sin prisa pero con una determinación asesina. Ragard y Kagel se enfrentaron a la horda con ferocidad, sus espadas brillando en el crepúsculo como estrellas fugaces.
La primera criatura se lanzó con un rugido cavernoso, intentando atrapar a Ragard con sus garras desgarradoras. Pero él reaccionó con la rapidez de un lince, esquivando el ataque y clavando su espada en el costado del monstruo, abriendo una herida profunda de donde brotó sangre negra como la brea. El Rakanish soltó un gruñido gutural, tambaleándose antes de caer al suelo, pero no sin antes dar un último rugido de desesperación.
Kagel, mientras tanto, estaba rodeado por un grupo de tres de esas bestias, cada una más peligrosa que la anterior. Su cuerpo se movía con la gracia de un guerrero experimentado, evadiendo los ataques con destreza. De un solo movimiento, su espada atravesó la garganta de uno de los monstruos, haciendo que su sangre brotara en un chorro oscuro y viscoso, que salpicó el aire y el suelo.
La batalla se volvió un torbellino de espadas, furia y sangre oscura que manchaba la tierra y el aire. Los Rakanish eran brutales, atacando en manada, pero Ragard y Kagel no flaquearon. Cada golpe de sus espadas cortaba carne y hueso, cada esquiva era una danza mortal entre la vida y la muerte.
El sonido de los cuerpos cayendo al suelo resonaba con ecos de muerte, y el aire, cada vez más espeso, olía a hierro y a podredumbre. La sangre negra de los monstruos, viscosa y espesa, se extendía como manchas en las rocas, haciéndolo todo más resbaladizo y peligroso.
Ragard empujó a un Rakanish hacia un lado, esquivando su garra en el último momento, solo para clavar su espada en el abdomen del monstruo siguiente. El ser soltó un alarido inhumano mientras la espada de Ragard se hundía profundamente en su interior.
Kagel, por su parte, desvió el golpe de otro monstruo, usando su espada como un escudo improvisado, antes de hundirla en la garganta del atacante. Con un rugido final, el monstruo se desplomó, su cuerpo convulsionando mientras la sangre negra brotaba en chorros espumosos.
—¡Hay que acabar con ellos rápido! —gritó Kagel mientras se movía rápidamente hacia Ragard, que aún luchaba contra otro monstruo.
En ese momento, una figura de gran tamaño emergió de las sombras, un Rakanish mayor, su piel más gruesa y con cuernos que sobresalían de su rostro. Su cuerpo era una masa de músculos y cicatrices, y en su mano, empuñaba una gigantesca espada que destellaba con la luz moribunda del día.
—¡Es el líder! —gritó Ragard, reconociendo al monstruo, su forma llena de una fuerza casi imparable.
Los dos amigos se acercaron, alineando sus ataques. El líder Rakanish rugió y los atacó con furia desmedida, deslumbrándolos con su fuerza bruta. Las espadas se encontraron, y el choque resonó en el aire. Los dos hombres se vieron forzados a retroceder momentáneamente.
Pero, como si el destino estuviera de su lado, Ragard aprovechó un descuido, esquivó la pesada espada del líder, y con un grito de furia y determinación, enterró su espada en el pecho del monstruo, atravesando su corazón. La criatura gimió una última vez, liberando un torrente de sangre negra que empapó a ambos, antes de desplomarse inerte al suelo.
El choque de acero continuó resonando entre las rocas del valle, mientras la horda de Rakanish cedía lentamente ante la furia de Ragard y Kagel. Aunque el joven guerrero no era un espadachín experimentado, la premura de la situación lo había obligado a defenderse con una agilidad sorprendente. Cada movimiento parecía premeditado por la desesperación y la rabia contenida.
Kagel, observando con una mezcla de admiración y sorpresa, no podía evitar alabar la resistencia de Ragard.
—No eres un espadachín, pero… ¡has estado luchando como uno!
Ragard, respirando con dificultad, solo podía sonreír entre jadeos.
—No me apasiona el combate… mi abuelo me enseñó las bases, pero nunca me atrajo… siempre preferí las cartas.
A medida que los dos hombres apilaban los cuerpos de los Rakanish caídos, Ragard recordaba los años en los que su abuelo le había enseñado a luchar, usando madera y hierro para forjar sus movimientos. Sin embargo, en su corazón, la espada nunca fue un amigo cercano. Aún así, en ese momento, la necesidad de protegerse y de avanzar lo había hecho superar sus propias limitaciones.
—Es impresionante cómo tus cartas también te han preparado para momentos como este – comentó Kagel, limpiando su espada y echando un vistazo a los cuerpos esparcidos.
Pero no había tiempo para celebraciones. Los ecos de los monstruos regresaban, y pronto, más Rakanish aparecieron, esta vez acompañados por unos temibles gorilas de las cavernas, criaturas aún más grandes y fuertes, con brazos que podrían aplastar a un hombre con facilidad.
El peso de la situación se sintió de inmediato. Los dos guerreros sabían que no podrían enfrentarse a los gorilas sin un plan. Su energía ya estaba al límite, y a pesar de su valentía, la amenaza era abrumadora. Los monstruos se acercaban, y en cuestión de segundos, estarían rodeados.
—Estamos perdidos – murmuró Ragard, mientras se preparaba para lo peor. La espada le pesaba en la mano, y la incertidumbre de la derrota los asfixiaba.
Sin embargo, justo cuando la oscuridad parecía cernirse sobre ellos, un destello de luz apareció en el horizonte. Un grupo elegante de Disir, guerreras majestuosas como sombras que danzaban entre las piedras, irrumpió en el campo de batalla. Cada una de ellas parecía irradiar una energía sobrenatural, y con una precisión mortífera, comenzaron a eliminar a los Rakanish y sus acompañantes, cortando a través de los gorilas con una gracia letal.
—¡Erline! – gritó Ragard, al reconocer la figura que lideraba a los Disir.
Erline, con su porte impecable y su mirada decidida, avanzó hacia ellos con la misma fluidez con la que había llegado, su espada brillando con un resplandor casi celestial. Con una sonrisa en sus labios, se deshizo de un Rakanish que se le acercaba.
—¡Ragard, lo siento por llegar tarde! Pero veo que aún estás de pie. – dijo Erline con un tono que mezclaba serenidad y complicidad.
La batalla, que parecía un caos desbordado, pronto se redujo a escombros, gracias a la destreza de las Disir. Los gorilas de las cavernas cayeron con estrépito, sus cuerpos desmembrados por la fuerza y habilidad de las guerreras.
Ragard, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, observaba a Erline mientras ella luchaba. Había algo en su presencia que lo atraía, algo puro y noble, que lo llenaba de una sensación indescriptible. El sudor de la batalla, el polvo y la sangre, se disipaban mientras un sentimiento comenzaba a tomar forma en su pecho.
—No, no sé cómo agradecerte,» dijo Ragard, entre jadeos. – Parece que siempre estás a tiempo para salvarme.
Erline lo miró con una sonrisa suave, una que parecía esconder tanto misterio como ternura.
—No es nada, Ragard. Solo hago lo que tengo que hacer.
Pero había algo en sus ojos que decía más de lo que las palabras podían expresar. Los dos se quedaron en silencio por un momento, con el sonido del viento y las criaturas derrotadas de fondo.
A pesar de la dureza del momento, Ragard sintió que un cambio sutil pero profundo se estaba gestando en su interior. Una atracción pura y noble, algo que podría haber sido tan efímero como el viento, pero que, en ese instante, sentía que era real.
El sentimiento de gratitud hacia Erline y su valentía comenzó a mezclarse con algo más. Algo que aún no comprendía completamente, pero que sabía que, de alguna manera, había comenzado a nacer en su corazón.
—Quizás… quizás aún no hemos terminado – dijo Erline, rompiendo el silencio. – Pero no te preocupes, Ragard. Los Disir siempre estarán cerca cuando los necesiten.
Ragard asintió, aún mirando a Erline, mientras la batalla se desvanecía detrás de ellos. La sensación de peligro había desaparecido, pero en su interior, algo nuevo se había encendido. Y, aunque no sabía qué significaría, sentía que su camino junto a ella estaba destinado a ser más que solo una batalla.
Mientras Ragard y Kagel apilaban los cuerpos de los Rakanish, el aire pesado de la batalla aún se sentía en sus pulmones. La tierra bajo sus pies estaba manchada con sangre negra, y el olor de la carne quemada y los ecos de los últimos gritos de los monstruos se desvanecían lentamente. Ragard, agotado, levantó otra de las pesadas figuras y la dejó caer junto a las demás, su cuerpo temblando por la tensión acumulada. Kagel estaba a su lado, trabajando con una eficacia silenciosa, su mirada fija en la tarea de asegurar que la zona estuviera despejada. Pero de repente, algo llamó la atención de Ragard.
Entre la maraña de cuerpos y despojos de las criaturas, una bola de trapos ensangrentada rodó hacia él, choca contra su bota. Al principio, pensó que era simplemente otro despojo, otro trozo de la batalla que quedaría atrás. Pero cuando se inclinó a levantarlo, el peso y la textura de los trapos cambiaron de forma inmediata, volviéndose más compactos, como si fueran algo valioso.
Con las manos temblorosas, Ragard deshizo la bola de trapos, descubriendo lo que había debajo. Un resplandor dorado brilló entre la suciedad y la sangre, deslumbrándolo. El mazo. El mazo de cartas doradas, perdido desde hacía tanto tiempo, ahora estaba ante él, cubierto de sangre, pero intacto.
La incredulidad lo invadió primero, como una ola que lo empujaba hacia atrás. Sus ojos se agrandaron mientras sus manos recorrían con urgencia cada carta, asegurándose de que todas estuvieran allí, de que su alma no había sido arrancada de él para siempre. Un grito de euforia, salvaje e incontrolable, salió de su garganta, y en ese mismo instante, el mundo parecía detenerse. Su corazón latió con fuerza, acelerado, casi como si quisiera escapar de su pecho, mientras un torrente de alivio lo arrasaba.
Kagel, que había observado la escena desde el principio, se acercó con una sonrisa satisfecha, sabiendo que ese momento había sido más crucial de lo que parecía. El mazo estaba de vuelta. Pero no fue solo el objeto lo que Ragard miró en ese instante, sino la vida misma. Se puso de pie, respirando con dificultad, y observó el mazo entre sus manos, como si fuera el ancla que lo mantenía en pie.
En medio de su emoción, una figura se acercó sin hacer ruido. Erline, hasta ese momento una figura algo distante, se inclinó hacia él. Con gesto sereno y firme, levantó su mano y, sin decir palabra, secó las lágrimas que caían de los ojos de Ragard. El contacto de su palma contra su piel fue un alivio palpable, como si la tensión que había acumulado en su interior durante toda la lucha se deshiciera en ese toque. La suavidad de su gesto lo sorprendió, y Ragard, en su vulnerabilidad, no pudo evitar cerrar los ojos por un momento, dejando que la calma de ese instante lo envolviera.
Erline no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Con un simple gesto, había mostrado más de lo que las palabras podrían haber expresado. Ragard la miró, la gratitud reflejada en sus ojos, y por primera vez, no fue solo por el mazo lo que sentía un nudo en su pecho, sino por la compasión que Erline le ofreció sin reservas. Un sentimiento puro, simple, y sin artificios, comenzaba a brotar en su interior, aún en medio de la guerra.
El viento, que antes parecía agitarse entre las rocas del valle, se calmó, como si todo a su alrededor también hubiera encontrado un respiro. Ragard no sabía qué significaba exactamente lo que sentía, pero en ese momento, con las cartas recuperadas y la vida recuperando su rumbo, algo en su corazón comenzó a cambiar.
El banquete que Nosté había dispuesto en honor a los guerreros había comenzado con una solemnidad que pronto se desvaneció bajo el calor de las llamas danzantes, la música suave y las miradas cargadas de gratitud. Las Disir, a pesar de su poder y misterio, eran generosas con aquellos que respetaban sus tierras. Ragard, aunque todavía envuelto en la adrenalina del combate, no pudo evitar sentirse algo desarmado ante la belleza de las Disir, su delicadeza y su fuerza a la vez.
Erline, como capitana de su armada, lideraba la mesa con una gracia que parecía desbordar su propia identidad. Cada gesto suyo hablaba de la profunda conexión que compartía con su tierra, con la naturaleza que la rodeaba. Lorelle era su reflejo, pero también su guardiana, su sostén. La conversación fluía lentamente, casi como una danza. Las voces se mezclaban con la música, pero Ragard no podía despejarse de la sensación de que algo, o alguien, lo llamaba.
Su mirada se cruzó con la de Lorelle varias veces durante la velada. En cada intercambio de sonrisas, en cada breve pausa entre palabras, sentía como si el tiempo se hubiera estirado y comprimido al mismo tiempo. Había algo en la manera en que ella lo observaba, algo que parecía entenderlo de manera más profunda de lo que jamás pensó posible. Un entendimiento silencioso, compartido sin necesidad de palabras.
Finalmente, después de un largo rato, Erline se levantó y con un gesto invitó a Ragard a caminar fuera de la carpa. Las estrellas brillaban en el cielo nocturno, iluminando el valle rocoso, el mismo valle que había sido testigo de sus luchas, pero ahora se sentía extraño, como si hubiera sido domesticado por la presencia de las Disir. El aire estaba fresco, un soplo tranquilo que llevaba consigo el eco de antiguas promesas.
—Es un honor tenerte aquí, Ragard —dijo Lorelle, acercándose lentamente, su presencia como una sombra que no asfixiaba, sino que invitaba. Su voz era suave, casi un susurro. – He estado observándote… en la batalla, en tus ojos vi algo más que coraje. Vi algo que aún no has entendido. Quizá sea la razón por la que no te rindes, por la que sigues adelante.
Ragard, incapaz de responder con palabras, solo asintió lentamente, permitiendo que sus emociones se derramaran sin tener que articularlas. Algo, en ese preciso instante, le decía que el sacrificio de la misión que había asumido ya no era lo único que lo definía. Su corazón se debatía, pero sus acciones le decían lo contrario.
Lorelle se acercó más, sus ojos tan profundamente azules que Ragard sintió como si se ahogara en ellos. Con suavidad, tomó su rostro entre sus manos, como si tratara de transmitirle todo lo que las palabras no podían. La calidez de su palma en su rostro lo dejó sin aliento, una simple caricia que parecía llenar todos los vacíos de su alma. El viento aulló en la distancia, pero el mundo en ese momento se redujo a dos personas en una noche clara y fresca, donde nada existía excepto la conexión que se estaba forjando. Pero al mismo tiempo, un peso pesado seguía acechando en su corazón. Dentro de él, la imagen de Belwën, la pintura aún vibrante en su mente, el destino que aún no había cumplido, todo lo que había prometido… Ragard cerró los ojos, deseando poder tomar una decisión, desearía que el corazón pudiera elegir con la misma facilidad con la que el cuerpo responde al impulso. A pesar del calor de la caricia de Lorelle, algo en su interior seguía girando y girando, como si una espiral lo arrastrara más y más profundo hacia la incertidumbre.
La luz de la luna iluminaba el suelo rocoso y las ruinas de la batalla, las bodegas elegantes y las estatuas de las antiguas guerreras, mientras Ragard permanecía junto a la fogata, mirando hacia las estrellas. El peso de la decisión se cernía sobre él como una sombra imparable, y su corazón luchaba contra la razón. Sus ojos recorrían la pintura de Belwën, la promesa de un futuro incierto, y sentía el calor de Lorelle cerca, su presencia como una suave caricia en su alma. Pero sabía que no podía ignorar su misión, el destino del mundo estaba en juego.
Lorelle se acercó silenciosamente, su mirada serena pero llena de comprensión. No necesitaba palabras para saber lo que él estaba sintiendo, lo que había decidido.
—Ragard… – su voz, suave y grave, rompió el silencio – Sé lo que vas a hacer. Y aunque mi corazón te pertenece, mi alma respeta tu camino. El deber te llama, y es un llamado que no puedes ignorar. Pero… – hizo una pausa, como si las palabras fueran a escapar en el último momento, – de algún modo, me gustaría que me tomaras en tu alma. Que, aunque la distancia y el tiempo nos separen, un pedazo de tu corazón siempre regrese a mí.
Ragard la miró fijamente, el alma llena de sentimientos encontrados. Un suspiro salió de su pecho, y vio en ella algo más allá de su belleza y su fuerza: una comprensión inquebrantable, una compasión sin límites.
—Te lo prometo, Lorelle – dijo con voz grave y solemne. – Si algún día el destino me permite regresar, te tomaré como mi prometida. Por ahora, mis pasos deben seguir el camino de Belwën. El mundo necesita salvarse, y mi alma… mi alma debe seguir esa llamada.
Lorelle sonrió con tristeza, pero también con una paz profunda. Entonces, con un gesto elegante, levantó su mano y la extendió al cielo. Con la mirada fija en las estrellas, una luz dorada comenzó a emanar de ella, y una estrella brillante, más luminosa que las demás, apareció en el firmamento. «Esta es mi estrella guardiana», dijo en voz baja, con una dignidad serena. «Te la ofrezco, Ragard. En honor al hombre que no solo es hombre, sino también el redentor de una estirpe perseguida. Que tu camino esté iluminado por mi luz, y que, si el destino lo permite, nos volvamos a encontrar.»
Ragard sintió cómo un torrente de emociones lo invadía al escuchar esas palabras. No podía negar lo que sentía por ella, pero también sabía que había algo más grande que debía cumplir. Sin embargo, en ese momento, Lorelle se acercó a él, colocando una mano suavemente en su rostro, como si quisiera borrar todas sus dudas.
—Te esperaré, Ragard – susurró, y con un gesto decidido, lo besó. El beso fue breve pero profundo, un toque que le prometía un amor que sobreviviría al tiempo y a la distancia. Era un beso de despedida, pero también de esperanza, de un futuro que, aunque incierto, estaba lleno de posibilidades.
El viento sopló suave entre ellos mientras Ragard se alejaba, con el corazón dividido pero lleno de propósito. Lorelle, con su estrella guardiana en el firmamento, se quedó allí, viéndolo partir, sabiendo que, aunque sus caminos eran diferentes, su amor siempre los uniría. Y en algún lugar, en algún tiempo, el destino los volvería a reunir.
V.
El Lienzo Clérigo.
Tras la despedida cargada de sentimientos encontrados en las moradas de las Disir, Ragard y Heve tomaron la difícil decisión de continuar con su misión. Aunque el alma de Ragard aún estaba tocada por el gesto sincero de Lorelle, sabía que el destino que les esperaba en las tierras de Belwën no podía esperar. Con la promesa de que algún día regresaría, partieron, dejando atrás el cálido resplandor de las guardianas, en busca de la verdad que aguardaba más allá.
El viaje fue silencioso. Aunque sus corazones se sentían más ligeros por la resolución, el peso del sacrificio personal seguía presente en las miradas intercambiadas entre Ragard y Heve. Sabían que el tiempo era esencial, pero también que lo que quedaba por venir era mucho más grande que cualquier duda que pudiera asaltar a Ragard.
Después de un largo camino, al fin llegaron a la fuente donde Belwën los esperaba. Los susurros del agua eran un presagio de lo que estaba por suceder. El aire vibraba con una energía etérea que parecía fluir desde el mismo corazón de la tierra.
—Has llegado – dijo Belwën sin girarse, su voz profunda y serena. – Ahora, el arcano puede ser leído.
Ragard, Kagel y Belwën se adentraron en la morada de la pitonisa, en busca del arcano perdido. El aire parecía cargado de una energía que pulsaba entre las hojas caídas y las ramas secas. Al llegar al lugar donde el arcano debía revelarse, ambos se sentaron frente al altar improvisado, un trono donde pinceles y pinturas de enigmáticas tonalidades se esparcían por doquier.
—El momento ha llegado – dijo Belwën, su voz teñida de respeto.
Ragard asintió, mirando los símbolos de la carta en su mano con incertidumbre. El vidente dejó que sus dedos acariciaran la carta, y de inmediato, el suelo bajo ellos comenzó a temblar suavemente, como si la tierra misma reaccionara al poder de la pintura oculta. La imagen que comenzó a formarse ante ellos era una gran mancha de colores irreconocibles, una mezcla difusa que no parecía tener forma, un caos de tonos que se fundían entre sí.
—Es una visión de caos – murmuró Belwën, observando con atención. – Pero… algo falta, algo crucial.»
Ragard frunció el ceño, mirando la pintura que se desplegaba frente a ellos, pero sin entenderla completamente. – ¿Qué significa esto? –
Belwën permaneció en silencio por un momento, parecía enfocada en los colores cambiantes que se estiraban y deformaban. Después, su rostro se iluminó con una revelación repentina, una vez dejo de esbozar su pincel sobre la piel del lienzo.
—¡El Árbol Clérigo! – exclamó, con rapidez. – Solo allí, en la corteza de ese árbol sagrado, puede plasmarse la pintura que completará la visión.
Ragard miró a Belwën, confundido pero decidido.
—¿Un árbol? ¿Por qué no lo mencionaste antes?
“Porque nunca lo supe, – respondió Belwën. – Es algo que debe surgir en el momento correcto, y este es el momento.” – ella prosiguió – hay algo que debes entender, a pesar de nuestros dones, no siempre seremos precisos… ¿a ti te pasó, ¿verdad?
—Si, es verdad, perdóname. – sabía perfectamente a que se refería ella.
Vengan, debemos saber dónde encontrar ese lienzo.
Los tres se acercaron a la orilla de la fuente. Belwën extendió sus manos sobre el agua, y los reflejos comenzaron a cambiar, dibujando símbolos en la superficie líquida. Con una lentitud hipnótica, los trazos en el agua se convirtieron en imágenes: visiones del futuro, pero también del pasado, de lo perdido, de lo que aún podía ser. Pero Belwën, al detener su mirada en el horizonte, se mostró pensativa.
—Hay algo más que debes saber – dijo mientras en el agua se reflejaba un árbol. Era un árbol clérigo, de gruesas raíces y corteza pálida que brillaba con una luz tenue.
—Este árbol es el único que puede recibir la pintura del arcano. Solo su madera es capaz de producir tal lienzo que puede conservar la imagen sin desvanecerse, sin perderse en el tiempo. Su paradero es en las remotas bóvedas de maraña en los bosques de Daifa.
Los dos miraron la inmensa figura del árbol, cuyas ramas se extendían hacia el cielo, cubiertas de extraños símbolos que solo se podían ver al acercarse.
—¿El arcano solo puede ser plasmado allí? – preguntó Ragard, desconcertado.
—Sí, respondió Belwën – es en su superficie donde se revelarán los últimos secretos. El lienzo del árbol clérigo no solo refleja la verdad, sino que la conserva para el futuro. Es la última pieza del rompecabezas, la que nos llevará a la siguiente etapa.
—¿No puedo creer que debamos irnos de nuevo, acaso esto será una maldición que se nos aferró como el sudor de nuestras frentes? – exclamó Ragard saliendo de la fuente.
Ragard y Kagel se prepararon para el arduo viaje que les aguardaba. Irhis, al ver la seriedad en sus ojos, les entregó un huevo clérigo. Este huevo, pequeño pero poderoso, se había forjado en el corazón de los árboles clérigos, seres mágicos que solo existían en los lugares más remotos del mundo. Eran amuletos que les permitirían encontrar el camino correcto, guiándolos por la ruta hacia el bosque de Daifa.
—Este huevo les ayudará a encontrar lo que buscan – dijo Irhis con su tono solemne y enigmático – No será fácil, pero les dará la protección necesaria en su travesía. Y si tienen suerte, tendrán una sorpresa.
Los dos guerreros se dirigieron al sur oeste, rumbo al desierto de Daifa, el primer gran obstáculo de su viaje. Sabían que debían atravesar vastos paisajes áridos y peligrosos antes de llegar al
bosque donde se encontraba el árbol clérigo. El sol del amanecer comenzó a arder sobre ellos, marcando el inicio de su difícil travesía.
Antes de adentrarse de lleno en el desierto, decidieron pasar por la villa de las Disir. Allí, las guardianas, con su presencia siempre elegante y misteriosa, les ofrecieron un refugio breve. Erline, que siempre mantenía su distancia, se acercó una vez más a Ragard, con una expresión que mostraba respeto y cierta admiración por el guerrero.
—Que su viaje sea fructífero, Ragard de Enlil – le dijo, sus ojos reflejando un brillo lejano.
Ragard, aunque agradecido, no dijo mucho. Con su mano sosteniendo la de ella, su mente ya estaba en otro lugar, en el próximo paso que debía dar. Después de una breve estancia, los dos guerreros continuaron su camino, abandonando la seguridad de las moradas de las Disir para enfrentar el desierto.
El desierto de Daifa era un lugar imponente, cubierto por dunas interminables que parecían devorar todo a su paso. El viento soplaba con fuerza, levantando torbellinos de arena que cegaban cualquier intento de ver más allá. Los dos guerreros, cubiertos hasta los ojos con capas y pañuelos para protegerse de la arena abrasante, caminaron en silencio, con el huevo clérigo guiándolos.
A medida que avanzaban, Ragard sintió que el calor del desierto se apoderaba de su cuerpo, pero la protección del huevo clérigo parecía mantenerlo firme. Kagel, aunque también agotado, seguía con paso decidido, siempre atento a cualquier amenaza que pudiera surgir. No era la primera vez que cruzaba un desierto, pero sabía que este era distinto. Cada grano de arena parecía lleno de antiguas historias y peligros olvidados.
El desierto de Daifa tenía una reputación por su naturaleza traicionera. Nadie que hubiera cruzado esos terrenos había vuelto sin haber sido marcado de alguna forma. Pero Ragard y Kagel no se dejaban amedrentar. Sabían que su misión era más grande que cualquier amenaza del desierto. Debían encontrar el árbol clérigo para poder cumplir con lo que les había sido encomendado. El sol golpeaba sin piedad el desierto de Daifa, y la atmósfera parecía estar viva, vibrante, como si todo estuviera esperando el momento de atacar. Los dos guerreros continuaban su marcha con firmeza, el suelo caliente debajo de sus botas y el viento abrasador cegándolos de vez en cuando. El huevo clérigo, aun resplandeciendo débilmente en sus manos, parecía guiarles, pero también les advertía del peligro inminente que acechaba en las profundidades del desierto.
Fue durante la quinta jornada, mientras avanzaban entre grandes dunas de arena, que algo rompió la quietud. Un sonido bajo, retumbante, que resonaba como un zumbido profundo en la tierra.
—¿Lo escuchas? – preguntó Kagel, su tono grave revelando que también lo percibía.
Ragard asintió, su mano sobre la empuñadura de su espada. El viento, que antes parecía su aliado, comenzó a cesar, y una espesa quietud cubrió el desierto. Unos segundos después, la tierra comenzó a temblar bajo sus pies, y el zumbido se intensificó, convirtiéndose en un rugido que parecía salir de las entrañas mismas del suelo. De repente, la arena se levantó a su alrededor, como si algo gigantesco estuviera a punto de emerger de las profundidades. Kagel, con los ojos bien abiertos, dio un paso hacia atrás, mientras Ragard se preparaba para lo peor.
Y entonces, las criaturas emergieron. Enormes mantis de la arena, con cuerpos escamosos y gigantescas patas de presa, surgieron de entre las dunas, sus ojos amarillos brillando como faros en la oscuridad. Eran criaturas de pesadilla, con mandíbulas afiladas como cuchillas y colas que se curvaban hacia el cielo, listas para atacar.
—¡Prepara tu espada! – gritó Kagel, su tono firme mientras sacaba su espada de la vaina.
Ragard, aunque no un espadachín experto, sacó su espada con determinación. Había entrenado lo suficiente con su abuelo para saber cómo mantenerse firme ante un combate. Pero no estaba seguro de si sería suficiente para enfrentar a estas bestias.
Las mantis se abalanzaron sobre ellos, levantando torbellinos de arena mientras corrían a toda velocidad, sus patas rasgando la tierra. Ragard esquivó por poco una de las enormes garras de una de ellas, mientras Kagel se enfrentaba a la otra con agilidad, cortando sus patas con movimientos precisos y rápidos.
—¡Apártate! – gritó Kagel cuando una de las mantis saltó hacia Ragard, su cola levantada lista para golpearlo.
Ragard reaccionó a tiempo, rodando por el suelo para evitar el golpe mortal. Sintió el aire moverse violentamente sobre su rostro cuando la cola de la mantis pasó a centímetros de él. Su corazón latía con fuerza, pero su mente se mantenía clara. Era el momento de luchar por su vida.
Con un grito de determinación, Ragard se levantó rápidamente y con un movimiento fluido, le clavó su espada en el costado de la criatura. La mantis chilló de dolor, pero no cayó. Era mucho más resistente de lo que parecía.
Kagel, con su espada en alto, no dudó en atacar. Con una velocidad impresionante, atravesó el cuerpo de una de las mantis con un golpe mortal, pero la segunda siguió atacando ferozmente. Ragard, aprovechando su oportunidad, dio un paso hacia adelante, deslizándose por el suelo cubierto de arena, y con una maniobra precisa, le cortó la cola a la criatura, debilitándola lo suficiente como para propinarle un golpe fatal.
—¡Lo hemos logrado! – dijo Ragard, respirando con dificultad, mientras la criatura caía inerte sobre la arena.
Kagel suspiró, aunque su rostro mostraba el cansancio de la batalla. Las mantis de la arena no eran simples enemigos, pero Ragard había demostrado que, aunque no fuera un espadachín experto, tenía la capacidad de defenderse con fiereza. Lo miró con una mezcla de admiración y respeto.
—Has mejorado, Ragard. – Kagel le dijo, limpiándose la sangre de la espada. — Tu abuelo te enseñó bien.
Ragard sonrió débilmente, aun temblando por la adrenalina.
—Lo único que he aprendido es que este desierto no perdona.
Mientras se recuperaban del combate, observando las enormes mantis caídas, el viento comenzó a soplar nuevamente, esta vez trayendo consigo una extraña calma. El huevo clérigo de Ragard comenzó a brillar débilmente, señalando que su travesía continuaba.
—Debemos seguir. – dijo Kagel, mirando a Ragard. – El árbol clérigo no está lejos, y esta batalla es solo el principio.
Ragard ratificó, tomando aire profundamente. Aunque el desierto de Daifa les había puesto a prueba, no había tiempo para rendirse. Su misión era más grande que cualquier criatura que pudieran enfrentar.
Juntos, dejaron atrás los cuerpos de las mantis, sabiendo que el verdadero desafío aún los esperaba en las profundidades del bosque.
La travesía fue larga y difícil. En varias ocasiones, tuvieron que hacer alto bajo la sombra de rocas gigantes, donde el calor era más soportable. Pero el tiempo no perdonaba. Al sexto ciclo de caminar sin descanso, llegaron al borde del desierto, donde la tierra se volvía menos árida y las primeras señales de vegetación comenzaron a aparecer.
Allí, en la distancia, los dos guerreros vieron lo que parecía una franja verde en medio del desierto, una promesa de vida en medio de la desolación: los bosques de Daifa. Sin embargo, no podía haber celebración aún. Sabían que el verdadero reto apenas comenzaba. La entrada a esos bosques era custodiada por fuerzas misteriosas, y no serían bienvenidos si no cumplían con los requisitos.
Cuando llegaron a las afueras del bosque, se dieron cuenta de que las voces del viento cambiaban. El aire parecía cargado de una magia ancestral, un poder que resonaba en cada hoja de los árboles. Y ahí, en ese límite entre la desolación y la vida, Ragard sintió que su destino se estaba acercando.
—Ya estamos cerca, Ragard. Solo queda un poco más. – dijo Kagel, mirando el horizonte donde los árboles de Daifa se alzaban majestuosamente.
Sin palabras, Ragard se sacudía levemente los hilachos de arena mientras su mirada se fijaba en el bosque que se abría ante ellos. Sabía que este viaje no solo significaba encontrar el árbol clérigo, sino también una parte fundamental de su destino. Algo dentro de él le decía que esta misión cambiaría el curso de todo lo que conocía.
Con el huevo clérigo firmemente en su mano y su compañero a su lado, Ragard dio el primer paso hacia el bosque, consciente de que pronto enfrentarían los mayores desafíos de sus vidas.
El bosque se desplegaba ante ellos como una magnífica galería de verde esmeralda, un espectáculo tan majestuoso que ambos guerreros quedaron momentáneamente inmóviles, sobrecogidos por la belleza y el misterio que los rodeaba. Las enramadas de árboles colosales se entrelazaban en arcos naturales, formando un dosel que apenas dejaba pasar la luz del sol, transformándola en un manto de tonos dorados y verdes que danzaban con cada movimiento del viento.
Los troncos de los árboles eran ancianos y gruesos, algunos cubiertos de musgo brillante que parecía emanar su propia luz tenue, mientras otros mostraban cicatrices de épocas olvidadas. Entre las raíces de estos gigantes, pequeñas criaturas fugaces, de formas imposibles y colores vibrantes, se deslizaban y desaparecían tan rápido como aparecían, dejando apenas un atisbo de su presencia.
En el centro del sendero, un arroyo fluía de forma antinatural hacia arriba, desafiando todas las leyes conocidas. El agua era cristalina y reflejaba el entorno como si fuese un espejo vivo, pero su flujo se dirigía hacia el cielo en lugar de seguir un curso terrenal. Cada gota brillaba como un fragmento de estrella mientras ascendía, evaporándose en el aire con un suave resplandor.
Hadas diminutas revoloteaban alrededor, con cuerpos translúcidos y alas que reflejaban el arcoíris. Sus risas eran como melodías de campanillas, y el movimiento de sus vuelos producía un silbido armónico que se mezclaba con el canto de las aves. Estas, a su vez, emitían sonidos que escapaban a toda descripción convencional; eran notas abstractas que parecían invocar emociones más que significados, llenando el aire de una serenidad mágica.
Ragard y Kagel intercambiaron miradas. Habían oído historias sobre el bosque de Daifa, pero ninguna narración había hecho justicia al espectáculo que presenciaban. Sabían que esta era solo la entrada, un umbral que prometía maravillas aún mayores… y, quizás, peligros más desafiantes.
El bosque se cerraba en torno a Ragard y Kagel como un inmenso tapiz viviente. Lo que comenzó como un cuadro de verdor brillante, lleno de vida, fue transformándose en un lienzo de penumbra conforme avanzaban. A medida que los árboles se alzaban más altos y las enramadas se entretejían, bloqueando la luz del sol, una suave sensación de inquietud comenzó a asentarse en sus corazones. Pero esa belleza, tan peculiar y sublime, seguía envolviéndolos, convenciéndolos de que en un lugar tan magnífico no podría acechar el peligro.
Las criaturas fantásticas que antes correteaban a su alrededor ahora apenas se vislumbraban, y los cantos abstractos de las aves se tornaron susurros distantes. El arroyo, que fluía hacia arriba como si desafiara las leyes de la naturaleza, había quedado atrás, y ahora los rodeaban los sonidos suaves del bosque: el crujir de ramas, el murmullo de hojas y el zumbido ocasional de las hadas que revoloteaban en las alturas.
La oscuridad era cada vez más densa, y pronto caminar sin luz se volvió un desafío. Kagel, siempre práctico, fue el primero en tomar acción.
—Necesitamos algo de luz. – dijo con determinación, sacando un pequeño frasco de aceite para cocinar de su mochila. Ragard, que observaba con atención, encontró un tronco caído entre las raíces de un árbol. Con algo de tela desgarrada de sus prendas y el aceite, improvisaron una antorcha. Kagel encendió el improvisado artefacto con un pedernal, y la tenue llama crepitante se alzó, proyectando sombras danzantes sobre los árboles cercanos.
La luz reveló una belleza oculta: el musgo que cubría las raíces brillaba con un tenue resplandor plateado, y pequeñas flores escondidas en los rincones del bosque se abrían como si respondieran al calor de la llama. Insectos alados con cuerpos translúcidos flotaban alrededor, como pequeños faroles vivientes que guiaban su camino. Incluso en la penumbra, el bosque no abandonaba su esplendor.
—¿Alguna vez habías visto algo tan… irreal? – preguntó Ragard, maravillado, mientras avanzaban con cautela.
Kagel meneo su cabeza, pero sus ojos seguían atentos al entorno. Aunque el ambiente era cautivador, sabía que la belleza del bosque podía ser tan engañosa como peligrosa. Ragard, sin embargo, parecía perdido en la maravilla del momento, sus pensamientos divididos entre la misión y la singularidad del lugar.
—Ragard, no bajes la guardia. La oscuridad también puede esconder cosas que no queremos encontrar – advirtió Kagel, ajustando su espada con firmeza.
Ambos continuaron su marcha, la antorcha iluminando su camino y sus mentes debatidas entre la maravilla y el instinto de supervivencia. A medida que se adentraban más, sentían que el bosque no solo los acogía, sino que también parecía vigilarlos.
Conforme Ragard y Kagel avanzaban con cautela, la penumbra del bosque empezaba a llenarse de una atmósfera inusitada. Entre los troncos se deslizaban figuras blanquecinas, vaporosas como neblina y etéreas como un susurro. Sus formas eran apenas humanas, pero sin rostro definido. Parecían más intrigadas que amenazantes, rodeando a los dos viajeros con movimientos suaves y fluidos, como si los observaran detenidamente, tratando de comprender su presencia.
—He oído historias sobre los Zonotorh Naarua. – comentó Ragard en voz baja, manteniendo sus ojos fijos en una de las figuras que se desvanecía al cruzar detrás de un árbol.
—¿Zonotorh qué? – preguntó Kagel, apretando la empuñadura de su espada por si acaso.
—Zonotorh Naarua – repitió Ragard – Son entidades etéreas, sin cuerpo tangible, pero con una percepción aguda. Se dice que habitan en bosques como este y que leen los arcanos de maneras únicas… Algunos en los sueños de los hombres, otros en sus palabras, en lo que esconden o en lo que callan.
Kagel lo miró con desconfianza y curiosidad a la vez, mientras una de las figuras parecía detenerse justo a su lado, tan cerca que pudo sentir un frío leve pero penetrante.
—¿Crees que sean peligrosos? – inquirió, sin apartar su vista del contorno translúcido.
—No lo sé —respondió Ragard, sinceramente – Pero son curiosos, y eso a veces puede ser más inquietante que la hostilidad.
El diálogo fue interrumpido cuando el camino entre la vegetación comenzó a ensancharse. Delante de ellos, el bosque se abrió revelando un claro donde las sombras se hicieron aún más profundas. En ese espacio vacío se alzaban ruinas de lo que alguna vez debió ser una estructura magnífica.
Columnas rotas cubiertas de musgo, bloques caídos y dispersos, y efigies de rostros enigmáticos vigilaban el lugar como guardianes olvidados.
Al acercarse, Ragard y Kagel notaron que las estatuas no eran simples ornamentos. Algunas representaban figuras con rostros humanos y alas, otras criaturas imposibles de definir, combinaciones de animales y formas geométricas que parecían desafiar las leyes de la lógica.
—Esto es más antiguo de lo que imaginaba. – murmuró Kagel, inspeccionando una estatua desgastada de lo que parecía ser una criatura con cabeza de león y cuerpo de serpiente.
Ragard se acercó a una efigie con inscripciones en un idioma desconocido. Pasó su mano sobre los grabados, sintiendo una extraña energía recorrer sus dedos.
—Los Naarua deben haber habitado este lugar desde tiempos inmemoriales. Quizás estas ruinas eran su hogar… o su altar.
Las figuras blancas seguían rodeándolos a la distancia, pero ahora parecían más estáticas, observándolos con lo que Ragard interpretó como una mezcla de expectativa y paciencia.
—Sea lo que sea, estamos en terreno sagrado – dijo finalmente Kagel, ajustándose su espada y mirando a su compañero—. No podemos bajar la guardia.
—No lo haré – aseguró Ragard, mientras ambos avanzaban hacia el corazón de las ruinas, donde una estatua de dimensiones colosales se alzaba, como esperando su llegada.
El corazón de las ruinas parecía latir con vida propia. La penumbra que envolvía la estancia se iluminaba tenuemente por un fulgor volátil que irradiaba de las figuras blanquecinas. Estas flotaban como nieblas vivientes, arremolinándose alrededor de Ragard y Kagel en un movimiento casi hipnótico.
En el centro de la cámara, un altar tallado en piedra antigua brillaba con destellos dorados, como si mil historias lo hubieran impregnado de una energía sagrada. El aire estaba impregnado de un perfume extraño, una mezcla de incienso y tierra húmeda, que les llenó los pulmones con un peso desconocido.
Las figuras blanquecinas comenzaron a cantar. No eran palabras, sino sonidos abstractos, corales, que se entrelazaban como si cada nota tejiera un hechizo. Sus formas intangibles se fundían en una danza casi ceremonial. Kagel empuñó su espada, desconfiado, pero Ragard, con los ojos clavados en las figuras, lo detuvo con un gesto.
—No parecen hostiles… pero algo sucede aquí.
De pronto, el canto cambió. La melodía se tornó envolvente, como si intentara acariciar sus sentidos. Ragard sintió cómo sus párpados se volvían pesados, cada respiración más lenta que la anterior. Kagel trató de mantenerse firme, sacudiendo la cabeza para despejarse, pero sus rodillas temblaron.
—¿Qué… qué nos están haciendo? —preguntó Kagel, mientras el sueño comenzaba a reclamarlo.
Ragard quiso responder, pero las palabras se desvanecieron en su garganta. Todo se tornó borroso, las figuras ahora parecían multiplicarse, rodeándolos en un círculo cada vez más cerrado.
El altar comenzó a brillar intensamente, y el canto alcanzó su clímax. En ese instante, ambos cayeron al suelo, sus cuerpos inertes, atrapados en un profundo sueño.
En la penumbra del antiguo tabernáculo, las figuras seguían danzando alrededor de ellos, mientras el aire se llenaba de visiones, fragmentos de sueños que ningún mortal podía controlar. Ragard y Kagel estaban en manos de los Zonotorh Naarua, en un lugar donde lo tangible y lo intangible se fundían en un misterio insondable.
Cuando Ragard y Kagel abrieron los ojos, una calidez extraña los envolvía, como si se hubieran sumergido en un sueño profundo del que ya no pudieran salir. La luz que los rodeaba era suave, de un resplandor difuso, que parecía no provenir de ninguna fuente palpable, sino de la misma esencia del lugar. Y al mirar a su alrededor, vieron lo que parecía un círculo de figuras, todas mujeres, sus rostros de una belleza única, como si fueran parte del aire, pero también de la tierra. Sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza y alegría, una emoción tan compleja que les resultaba casi imposible comprenderla. Todas eran de cabelleras negras, de tez pálida, con ojos profundos y negros. Delgadas y altas, mas de lo habitual. Sus cuerpos semidesnudos irradiaban luz de calma. Eran la propia encarnación de la belleza.
Las mujeres los observaban en silencio, sus miradas cargadas de algo antiguo, como si los estuvieran evaluando, reconociendo a los dos hombres ahora transformados, ahora parte de ellos.
Ragard, atónito, tocó su piel, su rostro, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Ya no era él mismo. Su piel, antes cálida y terrenal, ahora era translúcida, luminiscente, un reflejo de las figuras que lo rodeaban. Sintió cómo su ser se disolvía en la quietud de ese lugar, cómo su cuerpo perdía la solidez humana y se volvía incorpóreo. Era como si sus pensamientos ya no pertenecieran solo a él, sino a algo más grande, algo más allá de la comprensión humana.
Kagel, a su lado, intentó hablar, pero su voz se apagó en el aire, como un susurro que no podía alcanzar la realidad que conocían. Sin embargo, no sintió miedo. En lugar de eso, una calma infinita los abrazó. La ansiedad, las preocupaciones y el cansancio se desvanecieron por completo, reemplazados por un vacío sereno, profundo, que les permitía flotar en el espacio sin esfuerzo, como si fueran parte del viento.
Era una sensación de paz inquebrantable. No había conflicto, ni dolor, ni temor. Solo el peso de una quietud infinita que no se podía describir con palabras, algo que iba más allá de la vida, y de la muerte misma. Era como si el tiempo, al igual que sus cuerpos, hubiera dejado de existir.
Al mirarse entre sí, ambos comprendieron lo que les sucedía, lo que había sucedido a sus cuerpos: ahora eran como las figuras blancas que los rodeaban, como los Zonotorh Naarua, seres que ya no caminaban en el mundo físico, sino que se fundían con él. Eran parte de algo eterno, algo que no podían explicar, pero que sentían profundamente.
La quietud que los rodeaba los envolvía con tanto amor y serenidad que, por un momento, todo el dolor y la lucha de su viaje parecieron desvanecerse. Era como si, al abandonar la forma humana, hubieran alcanzado una comprensión total, un entendimiento perfecto de las cosas que solo se podía experimentar desde este estado trascendental.
Y entonces, en medio de este momento de calma, las figuras comenzaron a canturrear nuevamente. No era una canción dolorosa, sino una melodía suave que los envolvía aún más, como si todo el lugar estuviera cantando para ellos, una canción que los unía con el pasado, con el futuro, con los sueños y la realidad.
Ragard y Kagel ya no eran meros viajeros, guerreros en busca de algo. Eran ahora parte de algo mucho más grande. Y aunque sus cuerpos permanecían estáticos, sus almas danzaban con la melodía del universo mismo.
La figura de una de las mujeres blancas se acercó a ellos, sus ojos brillando con una serenidad que desbordaba calma. Su presencia era como una brisa suave que acariciaba las almas de Ragard y Kagel, trayendo consigo una quietud profunda, casi palpable. No habló con voz física, ni emitió sonido alguno, pero su mensaje llegó a sus mentes, claro y resonante.
Kagel, mirando a su alrededor con una mezcla de desconcierto y fascinación, finalmente se atrevió a preguntar, su voz apenas un susurro dentro de su propia mente.
—¿Acaso este es un sueño?
La mujer sonrió, una sonrisa que no era de alegría, sino de comprensión infinita, como si todo lo que pasaba por sus corazones ya fuera conocido por ella. Respondió en pensamientos, los suyos penetrando la mente de ambos como un suave susurro.
—No es un sueño, guerrero. Es la verdad que yace detrás del velo de la vida y la muerte. Un lugar donde los pensamientos y los sentimientos se hacen carne. Aquí, nada está oculto, nada se esconde.
Las palabras se disolvieron en el aire como un eco distante, y entonces, un frío sutil recorrió la espalda de Ragard. La mujer, con su mirada tranquila, se acercó un paso más y, sin tocarlos, penetró en lo más profundo de su alma. Como si fuera un espejo, ella desveló su mayor dolor, una pena tan profunda que Ragard no pudo evitar agachar la cabeza.
En su mente, la escena se desmoronó como un antiguo pergamino al viento.
—El dolor que cargas no es solo tuyo, Ragard —dijo la voz, ahora más clara, más cercana. No era un reproche, sino una verdad compartida—. La pérdida es parte de lo que eres. Has perdido a tu abuelo, a tu madre, a tu padre. Has visto sus finales en un arcano, y no pudiste
salvarlos. Ese es tu tormento, el que te persigue en cada despertar. El que has intentado ahogar en el polvo de la batalla.
Las lágrimas de Ragard caían sin poder controlarlas. El recuerdo de su abuelo, de su madre, de su padre, de cómo los había visto morir una y otra vez en sus sueños y visiones, lo inundó. El peso de no haber podido hacer nada, de no haber tenido la fuerza o el poder para salvarlos, lo aplastó. La rabia y el dolor se entrelazaban en su pecho, una tormenta de emociones que nunca había podido superar.
Entonces, la mujer se volteó hacia Kagel, quien había permanecido en silencio, observando con la mirada fija en la figura etérea que se acercaba. No era un simple espectador. Su alma también estaba siendo llamada, y su tristeza se desveló sin previo aviso.
—Y tú, Kagel, ¿qué peso llevas en tu corazón? ¿Qué sombra te persigue en silencio?
Kagel respiró profundamente, como si intentara contener una tormenta que estaba a punto de desbordarse. La voz de la mujer, tan llena de compasión, lo atravesó sin piedad. Él cerró los ojos, y en su mente, la imagen de aquel campo de batalla apareció, vívida como un recuerdo reciente. La carnicería, el sonido de los gritos, el rugir de las armas, y la visión de su amigo, gravemente herido, cayendo al suelo. La escena se repetía en su mente una y otra vez, cada vez más desgarradora.
—Dejaste que tu amigo muriera – dijo la mujer con voz suave, sin juicio, solo entendimiento— No fue tu culpa, pero el peso de esa impotencia te consume. ¿Por qué no pudiste hacer más por él?
Kagel, sintiendo un nudo en su garganta, respondió en su mente, como si hablara consigo mismo, pero con la mujer como testigo.
—No fue mi culpa… No pude llegar a tiempo… Él… él estaba tan lejos. La batalla… la confusión… el caos… pero no pude salvarlo. Y me quedé con la sensación de que no hice lo suficiente.
El peso de las palabras lo derrumbó. No era la culpa lo que lo destruía, sino la certeza de que había sido incapaz de salvar a alguien que, quizás, si hubiera tenido otra oportunidad, hubiera vivido.
El silencio entre ellos tres se alargó, y aunque las figuras blancas continuaron observando en silencio, Ragard y Kagel se dieron cuenta de algo: no podían cambiar lo que había pasado. Pero al enfrentarse a sus propios demonios, sus propias culpas y miedos, por primera vez, sentían una especie de alivio, como si, al reconocer sus tragedias más profundas, pudieran empezar a dejarlas ir.
La mujer, sonriendo con ternura, les dejó estas últimas palabras en sus corazones.
—Las sombras que arrastran sus almas no son un castigo. Son lecciones, son recuerdos. Y con cada uno de ellos, serán más fuertes, más sabios. El verdadero viaje no es hacia un destino, sino hacia la aceptación de todo lo que son, y todo lo que han vivido.
Con una mirada de despedida, la mujer se desvaneció lentamente, a medida que la mujer se contorneaba, su figura comenzó a transformarse de una silueta sutil a algo más sólido, más terrenal. Sus contornos se definieron, y de sus brazos comenzaron a brotar ramas delicadas, como si la naturaleza misma reclamara su ser. De esas ramas nacieron hojas verdes, finas y vibrantes, que se movían suavemente como si respiraran al ritmo del viento. Sus pies, antes levitantes, tocaron la tierra y de ellos comenzaron a brotar raíces, profundas y fuertes, que se entrelazaban con la tierra sagrada del bosque. Las raíces se extendían hacia el suelo, como si quisieran beber de la esencia misma de ese lugar antiguo y sagrado.
De su cuerpo, como si fuera un regalo del bosque, florecieron hermosas flores blancas, tan suaves como copos de nieve, pero tan puras como la luz misma. Las flores se desplegaron lentamente, como si al florecer, liberaran una esencia de paz inquebrantable, una fragancia que llenó el aire y penetró sus pulmones, calmando cualquier dolor o pesar residual que pudieran sentir. El coro de mujeres que los rodeaba comenzó a cantar, pero su canto no era de alegría, sino una melodía triste, melancólica, que se deslizaba entre sus corazones como una caricia que los envolvía. Sin embargo, a medida que la transformación de la mujer avanzaba, el coro se fue atenuando, como si la misma esencia de la canción se desvaneciera, absorbida por el proceso de su metamorfosis. Las otras figuras blancas, que antes los observaban en silencio, comenzaron a llorar suavemente, sus lágrimas flotando en el aire como pequeñas gotas de luz.
Estas lágrimas se deshicieron en lo que parecía polvo luminoso, y de ellas nacieron pequeñas partículas flotantes que se diseminaron por el aire, convirtiéndose en copos de luz que danzaban en la penumbra. Cada copo parecía tener vida propia, flotando lentamente, brillando con una pureza que iba más allá de lo material. La luz que emanaba de ellos parecía calmar el alma, como si en su fragor triste, se deshiciera también de todo lo que había sido tormenta en sus corazones.
La mujer, ahora completamente transformada en un árbol, sus ramas cubiertas de flores blancas y raíces que se hundían en la tierra, se desvaneció lentamente, dejando tras de sí una paz que se extendía por todo el espacio. Su figura, sólida como un árbol sagrado, se fusionó con el bosque, y las demás mujeres, ahora completamente desvanecidas, comenzaron a desaparecer, dejando tras de sí un susurro suave, como una despedida, una bendición sin palabras.
Ragard y Kagel, aunque aún sumidos en la calma de la escena, sentían que algo profundo se había transformado en ellos. No era solo el recuerdo de la mujer o la visión de su transformación. Era el encuentro con una verdad eterna, una aceptación de lo que habían sido y lo que aún podrían llegar a ser.
Y mientras la última de las figuras se disolvía en un copo de luz, una paz definitiva envolvió todo a su alrededor. Todo lo que quedaba era el susurro del viento entre las ramas del bosque, como si la propia tierra estuviera respirando.
Los ojos de Ragard y Kagel se abrieron lentamente, como si despertaran de un sueño profundo, pero al mismo tiempo, un suspiro de alivio los envolvía. Una sensación de ligereza invadía sus cuerpos, como si las pesadas cargas del pasado se hubieran disuelto en el aire que los rodeaba. No había dolor, no había remordimientos, solo una paz palpable, como si todo lo que habían vivido los hubiera llevado hasta ese exacto momento.
Ambos, aún con las lágrimas frescas en sus ojos, miraban a su alrededor, como si la realidad estuviera renovándose ante sus ojos. La serenidad de su despertar no podía ser más pura. Las emociones que antes los agobiaban se desvanecían, dando paso a una sensación de libertad indescriptible. Sin decir una palabra, se secaron las lágrimas, dejando que el aire fresco del bosque acariciara sus rostros, llevándose consigo los vestigios de tristeza.
La visión ante ellos, tan imponente como mágica, era el Árbol Clérigo. Majestuoso, con su corteza plateada que reflejaba la luz en un sutil resplandor, y sus ramas que se extendían como brazos protectores hacia el cielo. Alrededor de él, la vegetación parecía rendirse en una reverencia silenciosa. Era un árbol antiguo, lleno de sabiduría, y ante él, los dos guerreros sentían una presencia tan poderosa que se sentían diminutos, pero en el mejor de los sentidos. El Árbol Clérigo no solo estaba ante ellos, sino que era el punto culminante de su travesía, la llave a lo que tanto habían buscado.
Ragard miró a Kagel, sus ojos reflejando gratitud y entendimiento mutuo. Sabían que estaban allí no solo por el destino, sino por la fortaleza y las decisiones que habían tomado en el camino. El peso de las decisiones que antes los habían atormentado ahora parecía mucho más liviano, casi insignificante ante la magnificencia de lo que tenían ante ellos.
Ambos guerreros se acercaron al Árbol Clérigo con respeto, el aire aún impregnado de esa extraña y profunda calma. Al detenerse frente a él, algo dentro de ellos resonó, un susurro sagrado, como si el árbol los reconociera. El sol filtraba sus rayos a través de las hojas, creando patrones luminosos que danzaban sobre el suelo como un mapa que los guiaba hacia el futuro. Sin palabras, sin miedo, Ragard y Kagel sabían que su misión no terminaba allí, sino que acababa de comenzar.
Una última mirada entre ellos y una sonrisa, tan sincera como la paz que sentían, sellaron su destino en ese momento. El Árbol Clérigo esperaba, y con él, la verdad que tanto buscaban.
Por un momento Ragard sitio que algo les hacía falta, que no todos los que habían llegado, estaban allí presentes. El huevo, al no verlo en sus cercanías lo buscaba frenéticamente en la oscuridad, sus manos moviéndose sobre el suelo, sintiendo cada rincón en busca del huevo clérigo que Irhis les había dado. El aire parecía haberse vuelto denso, como si todo el bosque estuviera esperando algo. El brillo del huevo, que debería haber sido un faro en la oscuridad, simplemente no estaba allí. La frustración y la inquietud comenzaban a apoderarse de él, pero justo cuando estaba a punto de perder la calma, un leve ruido interrumpió el silencio.
De entre las sombras apareció un pequeño zorro de pelaje gris, tan fugaz como el propio bosque. Sus ojos brillaban con una intensidad misteriosa, y sus movimientos, ligeros y gráciles, daban la impresión de que el tiempo mismo se detenía a su paso. A pesar de su tamaño, el zorro parecía poseer una presencia que cargaba al aire de una energía especial.
El zorro se acercó al tronco del Árbol Clérigo, y con una destreza sorprendente, rasgó la corteza del árbol. Con sus patas delanteras, arrancó un trozo de la corteza, transformándolo en un lienzo, suave y pulido como si la magia del bosque mismo lo hubiera tejido. Al observarlo, Ragard sintió que ese trozo de corteza estaba lleno de poder, como si toda la sabiduría del Árbol Clérigo se concentrara en él.
El zorro corrió hacia Ragard, llevando el lienzo en su boca. Sin titubear, lo dejó caer frente a él. En ese momento, Ragard sintió una ligera vibración en su mente, como un susurro infantil. La diminuta voz resonó en su conciencia, suave y clara:
«El ciclo de la vida es infinito. El sacrificio es la semilla de la creación, y la creación, la semilla de la eternidad.»
Ragard observó al zorro, que lo miraba con esos ojos brillantes. En un parpadeo, la pequeña criatura se transformó en algo aún más asombroso: una crisálida. La figura del zorro había sido una manifestación de la ninfa que había dado su vida para dar a luz al árbol, un ciclo sin fin, una esencia que se regeneraba eternamente.
Pero, a diferencia de lo que Ragard había imaginado, el zorro no desapareció. En lugar de desvanecerse, comenzó a solidificarse lentamente, tomando forma nuevamente, pero con una energía renovada. Ahora, el zorro era más que una simple criatura; se había convertido en un ser eterno, un compañero de viaje, que llevaría consigo la sabiduría y el sacrificio de la ninfa que lo había creado. Su pelaje gris resplandecía suavemente, como si absorbiera la luz del árbol, y sus ojos ahora mostraban una serenidad profunda, como si comprendiera más que cualquier ser humano.
Ragard, sintiendo el peso de la escena, se agachó y acarició al zorro, agradecido por su presencia. La magia que había presenciado no era solo un sueño ni una ilusión, sino un reflejo de un ciclo más grande, un ciclo que continuaba a través de la vida, la muerte y el renacimiento.
Kagel, que había estado observando en silencio, asintió, reconociendo que el zorro no era solo un animal más. Era una manifestación de algo más profundo, una conexión entre el pasado, el presente y el futuro, que los acompañaría en su viaje.
Ragard sostuvo el lienzo entre sus manos, ahora consciente de que no solo estaban ante un árbol sagrado, sino también frente a la esencia misma del ciclo de la vida. El zorro, que ahora era su compañero de viaje, los guiaba a través de este camino, cargado de magia y sabiduría. El ciclo de la vida, el sacrificio y la creación se entrelazaban en ese lienzo que ahora tenía un propósito mucho más grande que simplemente cumplir con una misión.
Con una mirada profunda, Ragard miró a Kagel, quien parecía entender lo que ambos sentían. Sabían que este viaje no solo era físico, sino también espiritual, que la presencia del zorro, ahora su compañero, les recordaría el sacrificio y la eternidad de la vida en cada paso que dieran hacia adelante. El ciclo no había terminado, solo acababa de comenzar.
El sol del atardecer bañaba el cielo con tonos dorados y carmesíes, como si el mismo cielo estuviera celebrando con ellos este momento. Ragard, de pie junto a su hijo, en lo alto de aquel árbol majestuoso, miraba al horizonte. El viento acariciaba sus rostros, y los campos de café que se extendían a lo lejos parecían susurrar secretos a través de las hojas de los árboles.
El niño, con su risa contagiosa, miró hacia arriba, deslumbrado por la vista, y sin pensarlo, se subió a la siguiente rama, sin ningún temor. Su padre lo siguió con la mirada, con ese sentimiento cálido y protector que solo los padres conocen. A pesar del tiempo, las cicatrices y las luchas del pasado, en ese preciso instante, todo parecía haberse detenido.
—Papá, ¿quién crees que ha sido el más valiente del mundo?», preguntó su hijo, con los ojos llenos de curiosidad y admiración.
Ragard sonrió, mirando al niño que se balanceaba ligeramente sobre la rama. «Creo que quien sabe cuándo ser valiente, pero también cuándo ser vulnerable… El que nunca abandona su corazón.»
El niño lo miró fijamente, sus ojos brillando con la pureza de la inocencia. Luego, con un brillo juguetón, levantó sus manos al aire. «¡Lo haremos juntos, papá! ¡Vamos a gritar hasta que el viento nos escuche!»
Y, sin previo aviso, ambos, en un impulso compartido, alzaron sus voces al unísono, sus nombres saliendo en un eco tan fuerte que resonó a través de los valles y colinas que rodeaban el árbol.
—¡Ragard! ¡Ragard!» exclamaron, y el viento, con su fuerza misteriosa, recogió sus voces y las hizo viajar, surcando los campos de café como un canto ancestral. Las montañas respondieron con el murmullo de la tierra, y los árboles a su alrededor parecieron inclinarse como si también ellos, en su silencio eterno, compartieran la alegría del momento.
El niño reía, y Ragard, con los ojos brillosos, lo abrazó fuerte, sintiendo que en esa risa inocente, en ese eco que se deslizaba por los campos de café, había un amor que trascendía todo. No importaba lo que viniera después, ni el peso de las batallas ya libradas. En ese instante, todo se reducía a esa simple y profunda verdad: el amor, la vida, y la conexión que se comparte entre un padre y su hijo, en una tierra que, por una vez, parecía estar en paz.
La imagen del árbol, sus ramas firmes y protectoras, se grabó en la memoria de Ragard como un recordatorio eterno de la pureza del amor familiar. Todo lo demás podía desvanecerse, pero eso quedaría para siempre. En ese grito, en esa unión con la naturaleza, encontró la respuesta a tantas preguntas, la razón para seguir adelante, la esperanza para los días que aún estaban por venir.
Y cuando el eco se desvaneció, cuando el último susurro se esfumó en el aire, Ragard cerró los ojos un momento, sintiendo que, finalmente, todo estaba bien. Y entonces, con un suspiro de alivio, comprendió que era en esos momentos, en los sueños compartidos, donde la vida encontraba su verdadero sentido.
Fin Primera parte
Parte 2
En La Piel Del Tormento.
I.
El crepúsculo de oro.
Regresaban a Ormux con un lienzo clérigo cuyo origen los había estremecido. Poco les importaba el desierto y el sofocante calor que teñía el inmenso firmamento de un dorado aplastante. La noche, con su gélido abrazo, no tardó en llegar. Las frescas brisas nocturnas adormecieron sus cuerpos, llevándolos al descanso hasta el nuevo amanecer. Pocas preocupaciones perturbaban la tranquilidad del vidente y de Kagel. Su única tarea era esperar el arcano de las cartas y la revelación de la pintura de Belwën.
El amanecer dorado los recibió con un aire inquietante, como si el mundo intuyera lo que estaba por acontecer. Al llegar a Ormux, el vidente y Kagel fueron convocados a una audiencia con el rey Sul, esta vez para tratar un asunto más sombrío: la sombra de la guerra se cernía con fuerza sobre el reino.
En la sala del trono, el monarca, rodeado de su guardia de élite y los estandartes del reino, expuso la gravedad de la situación. Las tierras fronterizas ardían bajo las llamas de incursiones enemigas, y los pueblos leales sufrían emboscadas y saqueos sin tregua. El rey habló de aliados que, en un principio, se habían comprometido a defender Ormux, pero ahora permanecían en un ambiguo silencio. Las alianzas y treguas, que alguna vez prometieron estabilidad, se habían visto opacadas por el ruin manto de la traición. El eco de sus palabras retumbó en el salón como un presagio de desdicha.
Sin embargo, mientras los nobles discutían estrategias y emisarios compartían noticias de los frentes, Kagel sintió un peso extraño en el ambiente. También pudo ver que el pequeño zorro no estaba a gusto en la compañía de los anfitriones. Una tensión invisible recorría la sala, como si la misma piedra del castillo guardara secretos oscuros. Las miradas fugaces entre algunos consejeros, los murmullos ahogados entre discursos oficiales… Algo no estaba bien.
Esa noche, la inquietud no dejó a Kagel descansar. Mientras el castillo dormía, decidió recorrer sus pasillos, guiado por su instinto, el Zorro lo siguió. Las sombras se alargaban bajo la luz temblorosa de las antorchas, y los muros antiguos parecían susurrar verdades ocultas. Fue en las mazmorras donde escuchó, al principio, apenas un murmullo: voces bajas, conspiradoras, hilando planes oscuros.
—Si el rey muere antes del amanecer, el trono estará en nuestras manos, – dijo una voz ronca y firme. Kagel se ocultó tras una columna, con el corazón latiendo con fuerza. Los conspiradores, hombres encapuchados y armados con engaños y tretas, tramaban un golpe que pondría en jaque no solo al rey, sino al destino del reino entero.
Kagel, sin perder tiempo, regresó junto al vidente para alertarlo. Sin embargo, la red de intrigas no tardó en envolverlos también. Descubrir quién estaba detrás de la traición requeriría caminar una línea peligrosa entre la lealtad y el engaño. Ormux no solo estaba bajo la amenaza externa de la guerra, sino que el veneno del descontento corroía sus cimientos desde adentro.
Ahora, el vidente y Kagel debían decidir: ¿arriesgarían sus vidas para proteger al monarca y al reino? O, ¿acaso los secretos que descubrirían cambiarían su percepción de la justicia y la lealtad?
La decisión estaba tomada: escapar del castillo de Sul era lo mejor para todos. Después de deliberar largo rato, Kagel y el vidente concluyeron que perder más tiempo en intrigas ajenas solo desviaría su atención de la misión principal. Conscientes de los riesgos, decidieron actuar bajo el amparo de la noche, cuando la vigilancia era más laxa y los guardias estaban demasiado cansados para notar sus movimientos.
El castillo dormía bajo un silencio denso, roto solo por el zumbido ocasional del viento al rozar las almenas. Los pasillos, largos y vacíos, parecían murmurar advertencias en su eco. Con pasos calculados, el vidente guiaba el camino, mientras Kagel, siempre alerta, cubría la retaguardia con una mano lista en la empuñadura de su espada, entre ellos serpenteaba el pequeño can.
La luz tenue de las antorchas en las paredes apenas iluminaba los rostros de los guardias que dormitaban en sus puestos. Algunos cabeceaban, abrazando sus armas como si fueran un consuelo contra el frío nocturno. Otros simplemente habían dejado caer sus cabezas sobre mesas improvisadas, completamente ajenos a su entorno.
El vidente levantó una mano, deteniéndose al escuchar el sonido de unas botas arrastrándose sobre el suelo cercano. Desde una esquina, un guardia apareció, tambaleándose mientras inspeccionaba el pasillo con los ojos entrecerrados. Ambos hombres se pegaron contra la pared, conteniendo la respiración hasta que el hombre desapareció por otra puerta, murmurando algo inaudible.
Continuaron avanzando hasta llegar a una bifurcación. Allí, Kagel señaló un estrecho pasaje detrás de un tapiz viejo y polvoriento. Era un acceso de servicio, oscuro y olvidado, pero efectivo para evitar los ojos vigilantes. Se movieron por el estrecho conducto, cuidando cada paso para no hacer crujir las tablas del suelo o golpear las paredes de piedra.
El pasaje desembocaba en una escalera de caracol que conducía a una torre lateral. Desde allí, una pequeña puerta daba al patio trasero, una zona apenas vigilada. El aire fresco de la noche golpeó sus rostros cuando abrieron la puerta, pero su alivio fue breve: un guardia, aunque adormilado, custodiaba la salida.
Kagel miró al vidente y señaló un pequeño montón de piedras cercanas. Tomó una de ellas y la lanzó hacia un rincón opuesto, provocando un ruido sutil pero suficiente para distraer al guardia. Este giró la cabeza, confundido, y con movimientos rápidos y silenciosos, los dos hombres cruzaron la puerta y se deslizaron hacia las sombras del exterior.
Finalmente, al estar lejos de las paredes del castillo, Kagel respiró profundamente, dejando escapar la tensión acumulada.
—¿Crees que fue lo correcto? —preguntó, mirando hacia las torres que desaparecían en el horizonte.
—La verdad, no lo sé —respondió el vidente sin detenerse—. Pero lo que importa ahora es que seguimos adelante.
Sin más palabras, se adentraron en la noche, dejando atrás el castillo y sus secretos, aunque una sensación incómoda les susurraba que este no sería el final de los problemas que Sul pondría en su camino.
Cruzaron el pequeño estrecho que conectaba los dominios del Rey Sul, con la fuente de la pitonisa Belwën. Allí, con ansiedad y algo de inquietud, los esperaba Irhis. La preocupación se reflejaba en su rostro, aunque no decía una palabra más de lo necesario. Entrar en los aposentos de Belwën sería su única entrada digna de mención en aquel lugar, pero la atmósfera pronto se volvió densa y cargada. Todo parecía estar en orden hasta que llegaron a la fuente central del recinto.
El agua, que en otras ocasiones brillaba cristalina, ahora tenía un inquietante color rojizo. Un extraño silencio se extendía por los alrededores, roto solo por el murmullo del agua que caía lentamente, como si la fuente llorara. La vista del líquido carmesí sumió al grupo en una sensación de mal augurio. El ambiente, de pronto, parecía respirar misterio.
Irhis, con voz contenida, comenzó a recitar unas palabras que, a su parecer, parecían más dictadas que recordadas:
«Bajo el fulgor de una estrella, las cartas señalaron la falsa profecía,
la sangre real vestida de batalla y nacerá una nueva poesía.
El Zonotorh, el guerrero y la pitonisa,
buscarán el remoto crepúsculo de oro, y la luna que surge con fulgida belleza,
mientras el cantar de la muerte se vuelve sonoro.
Todo habla de ello, la profecía es falsa, es hora de surgir, entre el eco del alba.
Bajo la sombra del ilimite de la noche, las lágrimas de fuego lo cubrirán todo, pero en pos de un derroche,
el horizonte calmado y dorado,
traerá el lento caer de los ángeles del viento.»
Cada verso flotaba en el aire como si tuviera peso propio, cargando el lugar con una tensión palpable. Las palabras de Irhis parecían revelar una profecía desconocida, un presagio de lo que estaba por venir. Kagel y el vidente se miraron en silencio, intentando descifrar el significado de aquella poesía ominosa.
Fue entonces cuando, desde las sombras más profundas, emergió una figura. Un hombre alto y delgado, envuelto en un manto negro, se acercó con pasos calculados. Su rostro permanecía parcialmente oculto bajo una capucha, pero la intensidad de su mirada penetrante era suficiente para inquietar incluso a los más valientes.
—¿Quién osa perturbar el destino que yace oculto? —preguntó con voz grave, que resonaba como un eco en la sala.
Kagel, con la mano lista para empuñar su espada, avanzó un paso. Pero Irhis levantó un brazo para detenerlo.
—Esperábamos a alguien, pero no a ti —respondió Irhis, con una mezcla de desafío y respeto en su tono.
El hombre sonrió ligeramente, aunque su expresión estaba cargada de un siniestro misterio.
—El destino no espera, y tampoco yo. Vengo a hablarles de lo que ustedes ya intuyen: la verdad que se esconde tras la profecía… y lo que realmente aguarda bajo el crepúsculo dorado.
Ragard, que apenas podía creer lo que veía, se detuvo en seco. Sus ojos se entrecerraron mientras intentaba confirmar lo que parecía imposible.
—¿Kanthus? —preguntó con una mezcla de incredulidad y nostalgia.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza, dejando que una tenue sonrisa cruzara su rostro.
—El mismo, viejo amigo. Aunque parece que has envejecido peor que yo —respondió Kanthus con un tono burlón, mientras sus ojos chispeaban con el reconocimiento de un vínculo que el tiempo no había logrado borrar.
Kagel observó la escena con cierta confusión. Aunque podía percibir el peso de la historia entre ambos, no entendía quién era este hombre ni por qué Ragard parecía tan afectado por su aparición.
—¿Quién es él? —preguntó Kagel, colocando instintivamente una mano en la empuñadura de su espada.
Ragard respiró profundamente antes de responder, su voz teñida de una emoción que rara vez dejaba ver.
—Kanthus y yo compartimos otro tiempo, otra vida… mucho antes de que los Zonotorh fueran algo más que un mito para nosotros.
Kagel frunció el ceño, sin bajar la guardia, mientras Ragard continuaba, su mente viajando a épocas pasadas.
—Éramos simples hombres al servicio de los duques. Él dibujaba las tierras de La Reina Divesh, mientras yo servía en la corte de Laugros. Éramos conserjes, hombres sin rango ni destino, encargados de tareas menores, pero siempre con un ojo atento a las intrigas de la nobleza.
Ragard hizo una pausa, como si estuviera viendo las imágenes de esos días reflejadas en la oscuridad del bosque.
—Recuerdo los largos días recorriendo pasillos interminables, vigilando que las lámparas permanecieran encendidas y que los documentos llegaran a donde debían ir. Pero lo que más recuerdo son las noches… las largas conversaciones sobre los sueños que nunca confesábamos en voz alta. Nunca mencionábamos el don. Nunca reconocíamos lo que éramos, ni siquiera entre nosotros mismos.
Kanthus soltó una breve carcajada.
—Porque éramos jóvenes e idiotas. ¿Recuerdas cuando me convenciste de entrar en la cámara de mapas de Fahidi para buscar “el secreto de los cielos”? Casi me cortan la cabeza por aquello.
—¿Y qué tal cuando insististe en que podíamos domar a un corcel salvaje con solo mirarlo fijamente? —replicó Ragard con una sonrisa que hacía años no mostraba.
Ambos rieron, aunque la risa llevaba consigo el peso de lo que habían perdido con los años. Kagel, que hasta entonces había permanecido en silencio, no pudo evitar intervenir.
—¿Entonces compartieron toda una vida antes de esto? Antes de los títulos, las misiones y.… todo lo demás.
—Antes de que entendiera lo que significaba ser un Zonotorh, sí —dijo Ragard con seriedad—. Pero esos días quedaron atrás, aunque me alegra saber que Kanthus no ha olvidado tanto como yo.
Kanthus lo miró fijamente, su expresión más seria ahora.
—Algunos recuerdos son imposibles de borrar, Ragard. Pero ahora no estamos aquí para recordar. Hay asuntos que deben atenderse, y aunque no lo creas, mi aparición no es casualidad.
El aire entre ellos cambió, y Kagel sintió cómo el peso del pasado daba paso a un presente lleno de incertidumbre.
—Entonces, ¿a qué debemos tu aparición? —preguntó Kagel, su desconfianza aún presente.
Kanthus dio un paso al frente, sus ojos brillando con la intensidad de quien guarda secretos importantes.
—A una advertencia, y a un destino que no pueden evadir. —Kanthus hizo una pausa antes de continuar – Muy bien, amigo, es mejor que te des prisa, Los ejércitos de ambos bandos ya están siendo formados.
El vidente, aun intentando asimilar la revelación, no pudo evitar exclamar:
—¿Kanthus, ¿qué haces aquí? ¿Qué ha pasado con la gente de Laugros?
Kanthus, en un gesto tranquilo pero firme, respondió con una calma que solo alguien tan experimentado como él podría tener.
—Están mucho mejor, solo quise acudir con Belwën, pero no pude. La fuente no me lo permitió.
Kagel, que no comprendía del todo la situación, frunció el ceño.
—Entonces el ejército real está formándose… —musitó, asimilando las palabras de Kanthus. Luego, mirándolo con una mezcla de desconfianza y curiosidad, añadió—: ¿cómo es que sabes todo esto?
Kanthus levantó una mano en señal de tranquilidad.
—Oh, permítanme presentarme —dijo con una ligera inclinación de cabeza—. Mi nombre es Kanthus de Mentho, a tus servicios. He estado deambulando de aquí para allá, rezagándome en la sombra de la guerra. Si es como se lo que sé…
Ragard, que había estado observando la interacción con creciente interés, dio un paso hacia adelante y habló con un tono de voz que mezclaba sorpresa y reconocimiento.
—Él y yo éramos camaradas de hace años —añadió el Zonotorh, su voz cargada de reminiscencias—. Él también es un Zonotorh, además, también es un Kriëgen.
El Kriëgen asintió solemnemente, como si ese detalle fuera una explicación suficiente para aquellos que conocían la importancia de los Zonotorh.
En ese momento, Belwën, que había estado observando en silencio desde las sombras de su morada, se acercó con paso decidido.
—No les hagas perder más tiempo, Kriëgen. Los necesito aquí —dijo con firmeza, su presencia dominando el ambiente.
Kagel, que seguía siendo escéptico, intentó intervenir.
—Espera, Belwën, pido amablemente diálogo con Kanthus. La veo necesaria…- Dijo Ragard
—Pero Belwën te necesita —replicó Kagel con una nota de urgencia—. ¿Qué noticias crees que afloren de un mendigo?
Kanthus no pareció ofenderse; por el comentario, sino que, con una mirada fría y calculadora, respondió:
—Seré breve, lo prometo, Kagel. No te impacientes por lo que ya ha tocado a tu puerta…
En esos momentos la enigmatica aparicion de Kanthus habia robado todo el foco de atencion de los prsentes, que el pequeño zorro habia quedado alla entre las piernas de Kagel, casi que olvidado. Kagel casi que tropezando con el Zorro, lo hizo notar ante Belwën que pudo oir el peeño quejido.
—No habian mencionado que traian otra compañia-. Dijo la Zonotorh adivinando. La ubicacion del pequeño animal.
—Ah, este pequeñuelo… ven, vamos adentro. Te contaré como es que este muchachón se nos unió…
Con esas palabras, Belwën, Kagel y el nuevo acompañante se retiraron hacia la casa, dejando a los dos Zonotorh solos. La atmósfera se cargó de misterio mientras los dos hombres se preparaban para discutir las incógnitas que los rodeaban, cada uno sabiendo que las respuestas que buscarían podrían cambiar el curso de la guerra que ya se estaba gestando. Además de la guerra, Kanthus ocultaba una verdad que solo Ragard podía ver a través de su mirada.
El viento, que había cesado por un momento, volvió a moverse, como si el mismo bosque estuviera aguardando lo que sucedería a continuación. La verdad, tan esquiva como siempre, parecía estar al alcance de sus manos, pero el precio por conocerla podría ser más alto de lo que estaban dispuestos a pagar.
Los dos Zonotorh se adentraron en la penumbra de la casa, donde la luz apenas se filtraba a través de las rendijas. El aire estaba cargado de la tensión del momento, y Kanthus, con sus ojos firmes y penetrantes, comenzó a hablar en voz baja, como si las palabras que estuvieran por salir de su boca tuvieran el poder de cambiarlo todo.
—Los ejércitos… —comenzó, con la voz grave —, alcanzan números inimaginables. Los reinos se están armando como nunca antes, y la guerra ya no es una cuestión de tierras, sino de supervivencia. Cada ejército está siendo fortalecido por el deseo de poder, pero también por la desesperación.
Kanthus hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo en los corazones de quienes lo escuchaban. Sabía que el peso de la guerra recaía sobre todos, pero lo que estaba por contar cambiaría el rumbo de la conversación, y quizá el destino de los que escuchaban.
—La profecía… —continuó, su voz aún más sombría—, la caída de las lágrimas de fuego no es un fenómeno aislado. No es un castigo divino ni una simple señal del cielo. Es el presagio de la catástrofe, el comienzo de algo mucho mayor. En cada rincón del mundo, desde las tierras heladas de Tonnarak hasta las ardientes dunas del desierto de Daifa, esas esferas han caído, y con ellas, la muerte ha seguido.
Ragard frunció el ceño, sintiendo que algo aún mayor acechaba tras las palabras de Kanthus.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó con voz grave—. ¿Todo el mundo está… ¿implicado?
Kanthus asintió, su expresión oscura y preocupada.
—Sí. Las esferas no han caído solo en lugares distantes, sino también en las ciudades más cercanas. Algunas cayeron sobre los reinos de Ormux y de Laugros, otras sobre ciudades pequeñas que ni siquiera sabían de la guerra hasta ese momento. No es un fenómeno natural, sino una señal de que la gran guerra no es una cuestión de intereses locales. Es un conflicto cósmico. La destrucción está siendo orquestada por fuerzas mucho más grandes que simples hombres o reinos.
La noticia se hizo eco en los corazones de los presentes, pero Kanthus no detuvo su relato, sus ojos brillando con una mezcla de angustia y determinación.
—La razón por la que busco respuestas, la razón por la que he venido hasta aquí, es porque algo dentro de mí sabe que la profecía no está completa. Las esferas caídas no solo marcan el fin de los reinos, sino también el comienzo de algo mucho más oscuro. En las sombras, hay fuerzas trabajando para que esa oscuridad se extienda por todo el mundo. – Kanthus suspendió su charla por un suspiro largo y lleno de resignación – En este momento, en esta encrucijada he venido a ustedes para dar algo de claridad a algunos puntos que andan en la penumbra. Uno de ellos es que debo iniciar a Ragard.
—¿Iniciar? – preguntó Belwën con acento presuntuoso
—Si, es un regalo que debí hacer hace mucho, obvio claro está si él lo desea así.
—Pero como puedes hacer Una iniciación en estos momentos… ¿en verdad servirá de algo?
—Déjalo, Belwën. – continuo Ragard – Es algo a lo que debo enfrentarme. Vamos Kanthus, no lo hagamos aquí adentro. – Ambos salieron
—Nunca creí llegar a ser un Kriëgen, quien lo creyera…
—¿No ves la coincidencia? Aquella vez me dijiste lo mismo. Solo que, en ese entonces, el miedo y la zozobra me paralizaron —dijo el Kriëgen, haciendo una pausa antes de preguntar—
—¿Aún tienes lo que te di?
—Sí, y te prometo llevarla siempre conmigo. Nunca la perderé.
—Déjame mostrarte mi gratitud, amigo Zonotorh —respondió, caminando lentamente frente al vidente mientras pronunciaba palabras en el idioma ancestral de los Zonotorh.
“. adallac arbmos al ne etrepsed dahterv al Y
,odasevartsa aes onitsed led larbmu le euQ
,odaziarne otiítripse led azreuf al edecnoC
,odnuforp ol ne edra euq onrete ogeuF»
Con una llama que se extingue rápidamente, Kanthus desapareció ante los ojos del vidente. Su voz, transformada en un susurro incorpóreo llegó a los oídos de Ragard, quien permanecía suspendido en un estado donde la realidad parecía desvanecerse ante sus ojos.
Los sentidos del vidente se alteraron de manera extraordinaria, atrapándolo en un ciclo de ilusiones y alucinaciones. Entre recuerdos vívidos y confusas visiones del futuro, la experiencia parecía llegar a su fin. Cuando el vidente finalmente recuperó la conciencia, su cuerpo fue sacudido violentamente y lanzado hacia la fuente.
Instantes después, Kanthus reapareció, aunque solo como una ilusión óptica. Caminando frente a la fuente, se acercó a ayudar a su compañero a salir del agua. Ragard, completamente empapado,
observó cómo Kanthus miraba su reflejo en el agua. Para su sorpresa, el color rojizo que antes teñía la fuente había desaparecido. Ahora, ambos caminaron sobre el agua con facilidad y, poco después, se reunieron con los demás.
Al entrar en la estancia de Belwën y Kagel, ambos notaron de inmediato que Ragard estaba empapado, pero lo que realmente llamó su atención fue la expresión de profundo letargo en su rostro. Sus ojos carecían de vida, su piel estaba pálida, y sus movimientos eran torpes e inusuales.
—¿Qué le ha sucedido? —preguntó Kagel con preocupación.
—Está en trance —explicó Kanthus, depositando con cuidado a su compañero sobre una cama—Es parte de la iniciación para convertirse en un Kriëgen Zonotorh. Solo debemos esperar a que despierte.
—¿Pero por qué ahora? —interrumpió Belwën, molesta—. Necesitamos agilizar la lectura del arcano. ¿Acaso estás maquinando todo esto para retrasarnos?
—No, simplemente he aceptado el curso natural de las cosas. Mi vida ya no me pertenece; ahora pertenece a quienes enfrentan esta ardua travesía. Aunque mi final sea triste, lo acepto con orgullo —respondió Kanthus con serenidad—. En cuanto a Ragard, si es lo suficientemente fuerte, despertará en menos de seis días. Si no, podría tomar aún más tiempo.
El silencio se apoderó del lugar, asemejándolo a un cementerio. El tiempo, con su peso, traía consigo el acecho de la angustia y la desesperación. Kagel, que se había mantenido siempre cerca del vidente, se levantó de súbito y salió de la cabaña. Observó con detenimiento las lunas y los resplandores naranjas, que lo alertaron con un mensaje desgarrador.
—Tengo que entregar la carta de tregua a Dofs —dijo Kagel, inquieto. —Pero mi amigo, tu arcano… maldición.
—¿Por qué dudas? —respondió Belwën, tomando la mano de Kagel. —Ve y cumple con tu encomienda. Además de ayudar a tu amigo, entregar esa carta también es parte de su destino. No te aflijas cuando la duda asome; recuerda que ninguna decisión es tomada por error, por más descabellada que parezca. Ve, y ten la certeza de que estarás aquí cuando él despierte. Yo lo presiento así, así debe ser, si es tu decisión que así ocurrirá.
—¿Y si no pasa así? ¿Y si no logro regresar? —preguntó Kagel, con pesar. —Les habré fallado.
—Entonces tu destino estará escrito, y ningún Zonotorh podrá verlo.
—No prometo regresar, pero es mi decisión regresar aquí —respondió el caballero, avanzando con determinación. —Cuida de él en mi ausencia.
—Ve, y que los arcanos te protejan. —En ese solitario y silencioso paraje, el canto de una Zonotorh hizo llorar las estrellas.
“Los días azules te bañarán,
Las leguas de jardines te perfumarán, Como los días de antaño,
En castas de valientes mancebos, Revivirán las nanas
Sobre un guerrero
Fiel servidor de los arcanos Misteriosos”
Kagel corría, impulsado por un afán descomunal. No prestó atención al cansancio ni al sueño. Solo se envolvió en la idea desafiante de regresar a donde lo necesitaban, esa fue su convicción, su más grande anhelo: ser el hombre que un día juró ser. Ensimismado, al llegar a las afueras del bosque, Irhis detuvo su avance con un gesto abrupto.
—¿A dónde te diriges con tanta prisa? —preguntó Irhis, acercándose al caballero. —Pensé que estarían revelando un arcano.
—No, simplemente parto a cumplir con una tarea que abandoné torpemente.
—Bien, siento que tus palabras son sinceras, y como veo que llevas prisa, te ayudaré a remediarlo —dijo Irhis, mientras se ocultaba entre la maleza. —Te otorgaré el corcel más rápido, uno alimentado por la vitalidad y fuerza de la naturaleza. Cree en él y avanzarás más rápido que el viento.
Al salir de la muralla de dientes de dragón, Irhis sostenía un hermoso caballo. El corcel, tranquilo, de piel verde como la selva. De orejas cortas, con un cuerno en la parte inferior de su hocico, se doblegaba ante las caricias del guerrero antes de montarlo. Tal como había prometido Irhis, el rocín corrió como una tormenta, dejando tras de sí una estela de polvo. Kagel, maravillado por la extraordinaria criatura, cruzaba paisajes nunca antes vistos, parajes que jamás creyó que existieran. En ese momento, no sabía en qué lugar se encontraba.
Cruzó un rocoso valle, muy inusual, que conectaba las regiones de Laugros y Zeid-Lim. A medida que se adentraba más en el valle, la tensión en el ambiente aumentaba. Su fugaz avance fue detenido por una lluvia de rocas que caían desde lo alto de los riscos. Desenfundando su espada, avanzó lentamente, con los cinco sentidos alerta. Unos bufidos, agudos y graves, comenzaron a resonar por el valle, creando un eco espantoso. Un sonido aún más agudo se dirigió hacia él, lo que lo hizo reaccionar. Una flecha voló hacia su pecho, pero gracias a sus reflejos, pudo desviar su trayectoria.
Con un golpe rápido de sus talones al corcel, Kagel aumentó la velocidad. De un pequeño galope, el caballo pasó a correr como el viento. A su paso, se encontró con un gran número de trasgos, cuyo único objetivo era robar y matar sin piedad. El primer adversario intentó detener el avance de la montura, pero fue arrollado, quedando destrozado. Los siguientes atacantes tuvieron un encuentro cercano con el acero de la espada de Kagel. El valle era largo y los trasgos aún atacaban. Un gran número de ellos se preparaba para resistir el avance del guerrero.
A gran velocidad, el caballo se lanzó sobre la muralla de trasgos que bloqueaban su camino. El golpe fue fuerte y estruendoso. Trasgos volaron por los aires como muñecos de trapo. Kagel, con un solo tirón, salió disparado, elevado por los aires, lejos de su montura. Empuñando su espada, no prestó atención a las heridas en su rostro. Forcejeó con una criatura que lo atacó con furia. Su sable se incrustó en el pecho del trasgo, haciendo que exhalara un chillido de sacrificio.
Pronto se vio acorralado por tres más de las hambrientas bestias. El primero intentó un corte a su costado, pero la espada de Kagel desvió su ataque, dejándolo desprotegido, lo que permitió al guerrero acabar con él de un golpe certero al pecho. Con destreza, Kagel descargó su espada sobre
el segundo trasgo, cortándole el brazo y luego lo apartó con una patada. El tercer trasgo cayó rápidamente, atravesado por la espada del caballero. Con agilidad, Kagel se levantó y corrió para volver a su montura.
El viento se alzó con fuerza, como si la tierra misma reaccionara al furor de la batalla que se desataba en el valle. Kagel, aunque agotado, no permitió que el cansancio nublara su mente. Cada movimiento de su espada era calculado, cada golpe, mortal. La adrenalina fluía por sus venas, y la furia de los trasgos, aunque feroz, no era suficiente para detener su avance.
Tras una última serie de movimientos rápidos y certeros, Kagel observó cómo el último trasgo caía al suelo, inerte. El valle quedó en silencio, solo el viento y el eco lejano de las rocas caídas acompañaban su respiración entrecortada. De nuevo montó el corcel, que, aunque agotado, permanecía firme y fiel bajo él. El caballo, relinchó en lo alto, como si entendiera la magnitud del desafío.
Kagel observó a su alrededor, su corazón palpitaba con fuerza, pero el impulso de continuar no lo abandonaba. Sabía que su misión debía cumplirse, que la carta de tregua debía llegar al Dofs, y con ella, el futuro de la guerra podría tomar otro rumbo. Sin embargo, el paisaje ya no era solo un telón de fondo para su viaje. El eco de las esferas caídas y la presencia de las fuerzas oscuras lo seguían, como una sombra inquebrantable.
—Este valle… —murmuró para sí mismo, mientras el corcel avanzaba con determinación—, parece un lugar que guarda secretos más oscuros que los que conozco. No es solo un paso hacia Laugros, sino hacia algo más grande, algo que va más allá de esta guerra.
Con el pensamiento fijo en la misión, Kagel se sumió en sus propios pensamientos, preguntándose si las decisiones que estaba tomando serían suficientes. La profecía, el caos desatado por las esferas de fuego, las tierras que se caían a pedazos… todo estaba entrelazado en un juego que escapaba a su entendimiento. A pesar de la incertidumbre, sentía que su camino estaba alineado con el de aquellos que, como él, buscaban detener lo inevitable.
Sin embargo, mientras avanzaba por el valle, el eco de las palabras de Belwën resonaba en su mente: Ninguna decisión es tomada por error, por más descabellada que sea. El peso de esa verdad lo acompañaba mientras la oscuridad del valle parecía envolverlo aún más.
Con un suspiro profundo, Kagel apretó los talones al corcel, acelerando el paso. Sabía que el futuro era incierto, pero la carta debía llegar. No solo para cumplir con su misión, sino para asegurarse de que las decisiones tomadas en las sombras no fueran más poderosas que la luz de la esperanza.
Mientras su montura galopaba con fuerza, cruzando paisajes que nunca imaginó, Kagel no podía dejar de pensar en las palabras de su amiga Belwën y el destino que lo aguardaba. Pero algo más se despertaba en su interior: la certeza de que, aunque los vientos de la guerra soplaran con furia, él no fallaría. Porque su destino no era solo un acto de supervivencia, sino un compromiso con aquellos a quienes debía proteger.
—Voy a regresar, lo prometo —dijo en voz baja, como si las estrellas mismas pudieran escucharle.
El eco de su juramento se perdió en el viento, pero su corazón latía con la certeza de que no había marcha atrás. El silencio que siguió a sus palabras fue pesado, pero también lleno de resolución. Kanthus había hecho su declaración, y el futuro, con todo su caos y oscuridad, estaba frente a ellos. Dejaba atrás las criaturas salvajes, pues tenía un propósito: llegar a Dofs. Aquel valle se volvía menos espeso, y el horizonte se tornaba más denso. Llevaba varias horas galopando entre pintorescos valles. Pronto, vio la villa de los Eldarianos, pero no pensó en detenerse. Sabía que le quedaba poco para llegar a su destino. Tiempo después, los pueblos que conformaban los dominios de Dofs se hicieron más visibles. A través de Batán, uno de los pueblos más grandes de esos territorios, pudo observar cómo la urbe se congregaba para presenciar un extenso desfile de caballeros y soldados que caminaban con rumbo al castillo real.
—¡Abran el paso! El tiempo de la despedida ya ha terminado —añadió un guardia real—. Sus esposos, hermanos, hijos y nietos han sido llamados ante el rey. Ellos lucharán contra los invasores y defenderán con su vida estas tierras.
Las frívolas palabras caían sobre las familias de los guerreros. La tristeza, más que cualquier otra emoción, sobresalía en ese instante. Los jinetes sólo saciarían su tristeza y desconsuelo con ese deplorable homenaje. Las murallas y los imponentes portones mostraban un inquietante suceso frente al castillo. Ante sus muros, ante su rey, el más majestuoso ejército se agrupaba. El guerrero fue sacudido violentamente por el sinnúmero de miradas perdidas, carcomidas por la peste del miedo. Se acercó rápidamente al rey, pero fue detenido por dos soldados reales.
—¡Detente, forastero! —ordenó uno de los guardias.
—No entiendo qué pasa —añadió Kagel, deteniendo su montura.
—¿A dónde crees que vas? —respondió el soldado.
—Vengo a traer un mensaje del rey Diagho.
—Si dices la verdad, muéstranos tu insignia real.
En las costumbres de este reino, cada miembro del Consejo, la milicia o los grandes monasterios debía llevar una insignia que lo identificara. Kagel no era la excepción. De su cuello colgaba una liviana cadena de plata Emúrea, que sostenía un anillo plateado con un brillante Circón púrpura en el centro. Al mostrarla, los guardias comprendieron la casta protectora de este guerrero y no interrumpieron más su camino.
Desmontó de su montura, que llamaba la atención, y caminó hacia donde permanecía el rey. Un hombre de aspecto rígido e imponente, cuya melena castaña llegaba más allá de su cuello. Un rey a quien los años ya habían dejado huellas. Estaba dando palmadas y tocando hombros como muestra de agradecimiento. Entonces, Kagel se acercó con pasos firmes y habló con voz tronante.
—Su majestad, disculpe mi intromisión, pero he hecho un largo viaje desde el vecino reino de Saria para traer un mensaje. Además, debo hacerle saber que, como camarada de este reino, deseo unirme a sus filas y cumplir con sus órdenes. Aunque sorprendido estoy, hace un
tiempo quise incursionar para traer esta carta de tregua, pero el mensaje fue claro a las afueras de sus tierras, creí que no aceptaría tregua con ningún otro reino.
—He leído sobre ti y tu carta. No soy quien, para dar explicaciones, pero toda esta trama de poner cuerpos como señal de advertencia, no fue más que un juego de mis contendores, para desviar mis ayudas lejos de mis intentos de dar por acabada esta bélica contienda. Estoy arrepentido de no haber asimilado los mensajes que traían para mí. Me ensimismé, que casi pierdo mis mejores aliados. Honorable caballero, doy gracias a los dioses por tu vida, y por haber traído tan buenas y altas noticias para nuestro reino —dijo el rey dirigiéndose hacia Kagel—. Y tú, caballero Heve Kagel de Saria, por tu ofrecimiento, déjame hacerte uno de mi parte. Este inmenso ejército es demasiado extenso para mis tres últimos comandantes. Habiendo perdido a los demás en las constantes batallas, quiero que seas el cuarto comandante al frente del ejército imperial. De esta manera, creo que saldaré una deuda con los tuyos.
—Es un honor para mí servirle, majestad —dijo Kagel—, aunque debo advertirle de antemano, su alteza, que cuando todo esto termine, regresaré a mi tierra, donde hay un problema que debo resolver.
—Por supuesto que sí, incluso déjame decirte —respondió el rey—. Todos ustedes, valientes, el día de la muerte de cada uno no es hoy ni mañana, eso no lo sabemos. Pero lo que quiero que sepan es que, si vamos a morir, lo hagamos con dignidad, valentía y el orgullo de ser guerreros. También les debo una disculpa y una promesa: si fallamos en nuestra misión de proteger estas tierras, prometo que estaré aquí, justo frente a mi castillo, y esperaré con espada en mano a todos aquellos que quieran arrebatarnos lo que es nuestro. Daré mi vida por ello.
Tras las célebres palabras del rey, un coro de gritos tronó por el cielo:
—Amigo, creo que te he fallado…
—Esto es el principio del fin…
—Perdóname, pero te prometo que…
—¡Lucharé!
II.
Promesa de Muerte.
La noche cayó, y la oscuridad comenzó a apoderarse de todo. Las hadas nocturnas ya salían a cazar, y los dragones regresaban a sus nidos para cuidar sus huevos. Solo en las vastas llanuras que llenaban el horizonte se oían los insectos nocturnos y el zumbido de los peldaños de arroz, un cereal que danzaba al ritmo del viento, creando una coreografía alimentada por el sonido de los insectos. El guerrero, confundido, pasaba los minutos observando esas danzas, pensando en su amigo, preguntándose cómo estaría y si la decisión que había tomado había sido la correcta. Sabía con certeza que su amigo lo necesitaba, especialmente ahora que se encontraba en un estado de quietud y trance.
Belwën
Belwën no dejaba de observar al vidente con atención. Su preocupación la apartó de cualquier pensamiento sobre el destino de Kagel. Solo encontraba consuelo al peinarse el cabello bajo la luz de las lunas, en medio de la fuente. En su habitual tarea de acicalarse, pensaba en sus amigos y susurraba poemas de fe y esperanza, aunque en su interior esas palabras le parecieran lejanas. Noche tras noche, su cabello parecía crecer más, al igual que su cabello, que se expandía mientras se peinaba.
Ragard
—Mira, Thonor, esta es la casa en la que naciste. Lo más increíble es que yo también nací aquí. Si algún día tienes un hijo, dile a tu esposa que lo conciban aquí; de esta forma, mantendremos nuestro legado —añadió el vidente, corriendo colina arriba—. Ven, es hora de que recibas tu obsequio de cumpleaños.
Juntos llegaron a un inmenso y viejo árbol en la cima de la colina. Thonor, un niño de ojos plateados, con el cabello castaño ondulado hasta los hombros y la piel tan pálida como la de un hada, caminaba detrás de Ragard. Treparon el árbol hasta llegar a la rama más prominente.
—Oye, ahí está mamá buscándonos. Haremos saber dónde estamos —dijo el vidente, acariciando los cabellos de su hijo—. Abre los brazos lo más que puedas, toma una bocanada de aire y mantenla unos segundos en tu estómago. Piensa en un deseo y, con todas tus fuerzas, grita tu nombre.
Ambos abrieron los brazos y luego gritaron sus nombres. La exclamación resonó por toda la colina. La mujer, al fondo, pudo ver a su esposo e hijo compartiendo juntos.
Kanthus
Las pocas veces que logró dormir, lamentó no haberlo hecho junto a su amada. Nunca se perdonó la miseria en la que se hundió. Desangró su llanto en callejones húmedos y dejó que su nombre se desvaneciera en los fiordos del olvido. Mientras veía a Belwën calmar su incertidumbre peinando su cabello, él alimentaba un sentimiento que había apagado en su último arcano.
Kagel
La luz comenzaba a propagarse más y más con cada segundo. La mañana era próspera y tranquila. Todo transcurría en calma, y los comandantes ya se habían levantado, dispuestos a ponerse al frente de cada fila. Las escuadrillas se movilizaban uniformemente hacia la parte frontal del castillo. Sir Dragen lideraba la escuadrilla de lanceros, Sir Noph comandaba a los arqueros, y Sir Krazeidu acompañaba a los arqueros con los escuderos y las catapultas. El resto de los guerreros, los más cruciales para el ejército, estaban bajo la responsabilidad de Sir Kagel. Estos cuatro hombres encarnaban sus roles con tal destreza que el ejército parecía ser una fuerza imparable.
Un elegante guerrero se acercó a Kagel, quien, al descubrir su rostro, empezó a hablar.
Pero en su interior, un nudo comenzó a formarse, una presión que se iba haciendo más densa con cada respiración. Kagel no veía, ni escuchaba claramente a quienes le hablaban; sus ojos se clavaban en el horizonte, donde el paisaje comenzaba a oscurecerse con el peso de lo que se avecinaba. La calma que reinaba al inicio de la mañana no era más que una burla cruel, una ilusión pasajera.
Primero, su mente lo llevó a la guerra, ese monstruo sin rostro que siempre estuvo al acecho, esperando el momento de engullirlo. La violencia que se avecinaba era palpable. Sabía que la batalla no se libraba únicamente con espadas y lanzas, sino también con los miedos que los hombres ocultaban bajo sus armaduras. En su pecho, el eco de un antiguo temor comenzó a resurgir, uno que llevaba tanto tiempo guardado que ni él mismo recordaba cómo se llamaba. La guerra era un agujero profundo, un vacío que devoraba todo lo que tocaba. Era la sensación de perderse, de no ser más que un cuerpo sin voluntad, arrastrado por el frenesí de un caos sin sentido. En su mente, veía las figuras de sus soldados como sombras, sus rostros desapareciendo en la niebla de una lucha que no perdonaba. Los recuerdos de aquellos caídos en batallas pasadas volvieron, y con ellos, una angustia que le apretaba el corazón.
Pero ese no era su único temor. No, en ese momento, había algo más. Algo mucho más oscuro.
Ragard había hablado de una profecía, un susurro lejano de un futuro incierto. La voz de su amigo resonaba en su cabeza, la misma voz que se había perdido en el abismo del trance, la que lo había advertido de lo que estaba por venir. «El sacrificio será inevitable», había dicho. «El destino se consume en la sombra del futuro». Esas palabras flotaban en su mente como una condena, y por más que intentaba concentrarse en la batalla, las imágenes de la profecía comenzaban a envolverlo,
a tragarse su ser. Su mente se debatía entre la lucha y la amenaza intangible de la predicción. ¿Era esa la razón por la cual estaba allí? ¿Para cumplir con un destino que no podía evitar?
En sus manos, Kagel sentía el peso de la espada, pero en su corazón, sentía el peso mucho más grande de lo que aún no había sucedido. La sensación de ser una pieza, una pieza más dentro de un tablero que ya no podía entender. No había forma de evadir esa verdad que lo acechaba, y la ansiedad le arrancaba la respiración, acelerando el pulso en sus venas.
Pero incluso en medio de este mar de dudas, su deber lo arrastró de nuevo al presente. La batalla lo esperaba, y no podía permitirse ceder al pánico. De alguna forma, a pesar del terror que sentía, Kagel sabía que debía enfrentarse a los dos demonios que lo consumían: el de la guerra, que le recordaba que todos eran presas de una inevitable tragedia, y el de la profecía, que le recordaba que su vida no era más que un suspiro dentro de un ciclo mucho mayor.
A medida que la batalla se acercaba, un estremecimiento recorrió su cuerpo, y con ello, su resolución se forjó. No sabía qué le depararía el futuro, ni si saldría vivo de esa lucha, pero una cosa sí era cierta: lucharía, aún si todo lo que amaba desapareciera ante sus ojos. Mientras las escuadrillas avanzaban, el horizonte se llenaba de nubes oscuras que presagiaban la tormenta. El miedo no se desvaneció, pero lo abrazó, lo mantuvo alerta. La lucha no solo era contra el enemigo tangible; también lo era contra las sombras que se alzaban dentro de su propio ser.
Un viento frío sopló sobre el campo, trayendo consigo la fragancia de la guerra, la fragancia de lo irremediable, su reflexiva postura fue abordada de repente.
—Con su venia, Sir Kagel, permítame informarle que yo, Sir Drakkar de Gheinhem, seré el segundo comandante de esta escuadrilla, bajo sus órdenes, según las directrices del rey Thinarion.
—Me reconfortan tus palabras – respondió Kagel, volviendo casi de golpe a la realidad —¿De dónde provienes, muchacho?
—Vengo del norte.
—¿Y a qué reino sirves ahora?
—En este momento, al reino de Dofs – contestó Drakkar.
—Pero debes tener un reino natal – replicó Kagel con tono sarcástico. – ¿O acaso te avergüenza tu pasado?
—No es eso – respondió Drakkar con seriedad. – Simplemente prefiero no recordar ese pasado tan sombrío que he vivido.
—Entiendo… Ya veo por qué estás aquí y no allá.
—Sí, sé que no es algo importante, pero he sido desterrado por mi propio hermano, de la tierra que se me había heredado. Es una experiencia que no deseo a nadie – añadió Drakkar, mientras revivía su niñez. – A los siete años fui desterrado. Un año después, la reina Jinwë, ya fallecida, me adoptó. En ese entonces, ella solo era prometida del rey Thinarion, pero me acogió como hijo suyo. Antes de morir, la verdad fue revelada. Mi madre le contó todo a mi padre, quien, al enterarse, cambió radicalmente su trato hacia mí. Ahora, sólo me utiliza para su beneficio personal, y no puedo creer que lo haga con tal desvergüenza.
—Pero no comprendo… ¿Cómo sigues aquí después de que te haya tratado de esa manera?
—Te diré algo, amigo – dijo Drakkar con determinación. – Es más fuerte la voluntad soberana que el orgullo plebeyo.
Tras estas palabras, el joven Drakkar regresó a su lugar en las primeras filas de la escuadrilla. Al observar el horizonte, se colocó su yelmo. Era temprano en la mañana, y los rumores comenzaron a circular rápidamente entre los soldados, hasta llegar a los oídos de los cuatro comandantes. Sir Dragen, Sir Krazeidu, Sir Noph y Sir Kagel se reunieron para discutir estos rumores.
—Según dicen, el ejército enemigo está a cinco días de aquí – informó Sir Dragen.
—Entonces, debemos partir inmediatamente – añadió Sir Draken. – Si esperamos aquí, corremos el riesgo de que el pueblo sufra daños, lo que sería una calamidad.
—Es cierto – asintió Sir Krazeidu. – Es hora de prepararnos.
—Los rumores, lamentablemente, son ciertos – intervino Kagel. – Por ello, hemos tomado una decisión extrema: las cuatro escuadrillas marcharemos hacia el suroeste para tender una trampa al ejército enemigo. Mientras tanto, aquellos hombres dispuestos a dar su vida por esta tierra se quedarán aquí. No estarán solos; ya está en camino un mensajero hacia Zenegh, donde se reunirán más tropas. Cuando regresen, estaremos listos para continuar. La siguiente orden es que vayan a sus hogares y se despidan. Nosotros también lo haremos, y al mediodía estaremos aquí para partir.
El tiempo pasó rápidamente, y los soldados encontraron a Kagel en el mismo lugar en el que lo habían dejado, con la escuadrilla lista para marchar. Sin embargo, Sir Noph pidió una breve reunión entre los comandantes antes de salir.
—Caballeros – comenzó Sir Noph – los reúno aquí antes de marchar porque quiero que hagamos una promesa. Aunque no nos conocemos bien, debemos trabajar juntos en armonía y ayudarnos mutuamente en el campo de batalla. Quiero que, si algo me sucediera durante la contienda, cremen mi cuerpo con leña verde, y que mis cenizas sean esparcidas por mi tierra natal, los grandes campos de Genea.
Los demás comandantes asintieron solemnemente, aceptando la promesa.
—El momento ha llegado – dijo Sir Kagel con voz firme. – Es hora de marchar hacia nuestro destino. Será un honor combatir junto a ustedes, compañeros.
Mientras los jinetes avanzaban al frente de sus escuadrillas, Kagel añadió:
—Que la magia de esta música, junto con sus corazones y espadas, haga temblar a nuestro enemigo. ¡Cabalguemos!
Mientras el ejército, perfectamente ordenado, se desplazaba hacia el suroeste, en Ormux el Zonotorh aún no despertaba. Kanthus y Belwën no se apartaron ni un solo momento de su amigo, que no parecía mejorar.
El ejército avanzaba con la tensión creciente de quienes marchan hacia lo desconocido. Cada día, las columnas de soldados se adentraban más en la tierra hostil, mientras el sol se alzaba y se ocultaba sobre sus cabezas, marcando el paso del tiempo con una inexorable regularidad. A medida que avanzaban, las paradas para acampar se sucedían. El sonido de las ruedas de los carros sobre el terreno, las voces de los hombres preparando las fogatas, y el olor a metal y sudor impregnaban el aire. Los hombres hablaban en susurros, sus voces llenas de inquietud. Rumores se esparcían como un fuego que no se puede apagar. El enemigo era más numeroso, mucho más numeroso. Nadie sabía con certeza cuántos eran, pero el murmullo entre las filas era claro: los contrincantes superaban en número, y la batalla que les esperaba podría ser su última.
Sin embargo, cuando las primeras sombras de duda comenzaban a asentarse sobre el ánimo del ejército, un grito firme de Sir Drakkar retumbó en el campamento, disipando el aire pesado de temor. Su voz, profunda y llena de convicción, alcanzó los oídos de todos. «Somos más que números», dijo, con una seguridad que sorprendió a todos, «la victoria no se mide solo por el tamaño de un ejército, sino por el coraje de aquellos que lo componen. No importa cuántos sean, si estamos unidos, somos imparables».
Aquellas palabras calaron en los corazones de los guerreros. La mirada desafiante de Drakkar iluminó el campamento, trayendo consigo una chispa de esperanza que había estado apagada por el miedo. A medida que los hombres se reagruparon alrededor de las fogatas, las conversaciones se volvieron más vivas, y el ánimo comenzó a renovarse. El joven comandante había restaurado la confianza perdida.
Sin embargo, algo en la figura de Drakkar seguía inquietando a Kagel. No era desconfianza lo que sentía, sino una extraña sensación de incomodidad, como si el joven comandante estuviera demasiado fuera de lugar en ese entorno de hierro y muerte. Kagel lo observaba en silencio, viendo cómo el muchacho se movía con una naturalidad que contrastaba con la dureza de la vida militar. Drakkar era joven, tal vez más joven de lo que su rostro dejaba ver, y sin embargo, su presencia en ese ejército era inquebrantable. El dominio con el que dirigía a sus hombres, la manera en que se imponía sobre sus iguales, le hacía pensar a Kagel en algo más profundo.
No podía evitar preguntarse cómo alguien tan joven había logrado hacerse un lugar en un ejército tan brutal, tan lleno de violencia y codicia como el de su padrastro. ¿Qué sacrificios había tenido que hacer para ganarse su puesto entre esos hombres endurecidos por la guerra? ¿Qué le había costado alcanzar ese estatus, y qué tipo de vida había tenido que llevar para estar allí, ahora, rodeado de ese círculo de poder y oscuridad?
Kagel no podía dejar de vigilarlo, no por desconfianza, sino porque veía en Drakkar una vida rota, una vida que, a pesar de su aparente fortaleza, había sido marcada por las sombras de un destino incierto. En sus ojos, Kagel podía ver lo que otros no parecían notar: la falta de algo que nunca se podía devolver. Los demás lo veían como un líder nato, pero Kagel sentía que algo esencial le había sido arrebatado al joven, algo que no podía ser ganado en batallas ni en conquistas. Drakkar parecía haber llegado allí no por sus victorias, sino por un tipo de sacrificio más profundo, uno que le había costado lo que no podía comprender.
Durante las noches, cuando el ejército se detuvo para descansar, Kagel se acercó varias veces a la fogata donde Drakkar se mantenía alerta. Aunque el joven comandante parecía ser el pilar que mantenía el ánimo de sus soldados, Kagel sabía que las cicatrices de su alma no se veían a
simple vista. Había algo en la forma en que Drakkar evitaba hablar de sí mismo, algo en su rostro, en sus gestos, que sugería que su vida no había sido sencilla. Cuando los hombres se retiraban a sus tiendas, él permanecía junto al fuego, observando las llamas como si estuviera buscando algo, como si en cada chispa se ocultara una respuesta.
Una noche, mientras la brisa fría rozaba las comisuras de sus rostros, Kagel no pudo resistir más. Se acercó a Drakkar, quien levantó la vista hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y sabiduría que lo dejó momentáneamente sin palabras.
—¿Por qué sigues aquí?, – preguntó Kagel, no de manera brusca, sino como si tratara de desentrañar algo oculto. – Sé que esto no es lo que querías, ni lo que buscaste. No eres como ellos… no deberías serlo.»
Drakkar lo miró largo rato, sin responder de inmediato. Por un instante, Kagel creyó que su pregunta había sido en vano, pero luego, con una leve sonrisa que no alcanzó a iluminar por completo su rostro, Drakkar respondió en un susurro.
—Porque aquí es donde debo estar, – dijo, con una calma inquietante. – El precio de la lealtad no siempre es la recompensa, y las recompensas no siempre llegan a quienes las buscan.
Kagel no respondió. No necesitaba más palabras. Sabía que había algo más en juego, algo que solo el joven comandante podía entender. Aunque Drakkar nunca lo diría, el peso de su sacrificio se mantenía en las sombras de su alma, algo que lo unía a la causa con una fuerza que los demás jamás comprenderían.
El ejército avanzó al día siguiente con renovada determinación. El miedo ya no era tan palpable, pero dentro de Kagel, una sombra persistía, una sombra que le decía que el destino de Drakkar, aunque parecía brillante y lleno de promesas, estaba marcado por una tristeza que no podía ser deshecha. Y así, mientras la marcha continuaba, Kagel se mantenía alerta, no solo por los peligros de la guerra, sino también por las cicatrices invisibles de aquellos a quienes la vida les había dado mucho más que una espada.
El ejército avanzó sin descanso durante casi cuatro días completos. Al caer la noche, hicieron una parada en un remoto paraje de Jutonheim, cerca de los dominios del rey Ghenil, soberano de Zenegh.
Descansaron, durmieron y comieron hasta saciarse. En un rincón apartado, solo, se encontraba un hombre haciendo guardia. Un joven desdichado por su vida, por su padre: Drakkar, el segundo comandante a cargo de la escuadrilla de Kagel. Al verlo, Kagel decidió acercarse para hablar con él.
—Drakkar, ¿cómo está todo? —preguntó Kagel.
—Muy quieto y tranquilo —respondió Drakkar.
—¿Y tú, muchacho? —inquirió Kagel.
—¿Escuchó usted, señor, esa pequeña brisa?
—Sí, la escuché.
—Así está todo dentro de mí —añadió Drakkar—, como esa pequeña brisa. Aunque, en el mes de vientos, esa brisa pasa a ser una corriente fuerte de aire. Pero a mí no me pasa así, a mí me pasa en cualquier momento. —Hizo una pausa—. Ahora, si me disculpa, debo seguir con mi rutina.
Drakkar dejó a Sir Kagel allí, parado. A Kagel, este joven le reflejaba sus propios problemas, y una sensación de angustia lo invadió. La compañía de la noche no fue duradera. El amanecer llegó en un abrir y cerrar de ojos. Todo estaba listo para seguir adelante, y así lo hicieron. Cabalgaron al ritmo de los Abius y Atalías, cuyas melodías llenaban sus corazones, temerosos, pero con una renovada energía y valor para dar el siguiente paso.
Ya casi al atardecer, el halcón vigía llegó a los brazos de su amo, Sir Krazeidu, quien entendió que era la hora. Los comandantes se reunieron y trazaron un plan ofensivo. Minutos después, mientras el sol se ocultaba, las banderas enemigas se reflejaban en la distancia.
—¡Soldados, ha llegado la hora de enfrentarnos a esto! —exclamó Sir Dragen con fuerza—. ¡Nunca les entregaremos nuestras tierras! ¡Seremos amos de nuestros predios, pero nunca esclavos de otros reinos!
Los Abius y Atalías cambiaron su tonalidad, y, al ritmo de una enérgica melodía, los soldados se lanzaron al ataque con un fervor casi suicida. Los guerreros, que avanzaban hacia la ofensiva, no tenían una noción clara de cuántos eran sus enemigos, pero sabían que su número los superaba ampliamente, una aplastante proporción de cuatro a uno. A pesar de la incertidumbre y el miedo que se ocultaba tras sus miradas, ninguno dudó en empuñar su arma con determinación.
El campo de batalla pronto se convirtió en un caos incontrolable. Gritos, choques de espadas y el silbido mortal de las flechas llenaban el aire. La tierra temblaba bajo el peso de la lucha, como si se resistiera a ser escenario de tanta violencia. Cada golpe de acero parecía robar no solo vidas, sino fragmentos del alma de quienes permanecían de pie. Los guerreros, atrapados en una vorágine de sangre y muerte, apenas distinguían aliados de enemigos.
El ataque inesperado tuvo consecuencias devastadoras. Tres de los cuatro comandantes apenas podían sostenerse en combate, abrumados por la ferocidad del enemigo, mientras que más de la mitad del ejército había sido aniquilado en cuestión de minutos. Los que aún luchaban lo hacían con un vigor desesperado, conscientes de que cada segundo ganado era una victoria efímera.
Entonces, como si el cielo mismo se revelara contra la locura de los hombres, algo extraordinario ocurrió. El aire, cargado de polvo y ceniza, se volvió denso y eléctrico. A lo lejos, una esfera incandescente apareció en el horizonte, brillando como un segundo sol, pero cargada de una amenaza indescriptible. Los combatientes detuvieron sus movimientos, sus cuerpos congelados entre el ataque y la defensa. Por un breve instante, el campo de batalla quedó en un inquietante silencio, roto solo por el siseo de la esfera al atravesar la atmósfera.
El pánico se apoderó de ambos bandos. Los gritos de guerra fueron reemplazados por alaridos de terror. Algunos cayeron de rodillas, incapaces de procesar lo que sus ojos veían. Otros soltaron sus armas y corrieron sin rumbo, como animales atrapados en una trampa. La esfera se acercaba cada vez más, su fulgor iluminando los rostros desencajados de los soldados, reflejando en ellos un horror ancestral, como si el fin del mundo estuviera descendiendo sobre ellos.
Cuando la esfera impactó, la explosión fue colosal. El suelo pareció desmoronarse bajo los pies de los combatientes, y una onda de calor abrasador los golpeó como una bofetada del destino. El horizonte se encendió en llamas, y la tierra misma rugió en protesta. Las llamas devoraron la vegetación y a los caídos por igual, transformando el campo de batalla en un infierno viviente.
Kagel, incapaz de dominar el pánico, se unió a la estampida, corriendo con desesperación entre la masa de hombres que buscaban refugio. En su huida, no reparó en los gritos de los que aún luchaban, ni en los cuerpos que caían bajo las flechas que cruzaban el cielo como lluvia mortal. Su desconcierto creció cuando, entre los caídos, vio al valiente Sir Krazeidu, derrumbado con la mirada fija en él, como si en ese último instante buscara entregarle un mensaje que las palabras ya no podían expresar.
El caos lo envolvía todo, y fue entonces cuando el destino alcanzó a Kagel. Una flecha cazadora atravesó su pecho con precisión letal, arrebatándole el aliento y llevándolo de rodillas al suelo. Su visión, borrosa por el dolor, captó los últimos instantes de la batalla. La luz se extinguía en sus ojos, pero en su mente no era su vida la que se desvanecía, sino la de los Zonotorh, a quienes imaginó siendo abandonados en un destino incierto.
En un último esfuerzo, exclamó el nombre de su amigo, su voz cargada de impotencia y desesperación. Luego, su cuerpo cedió al peso de las heridas, desplomándose contra la tierra abrasada. El campo de batalla, indiferente al sufrimiento de los hombres, continuó siendo escenario de muerte y destrucción, mientras el alma de Kagel se debatía entre la vida y la oscuridad, oscuridad en la que se dibujo la figura de su amigo, aquel aun flotaba en ella…
Ragard flotaba en un vacío que no era oscuridad, sino un abismo compuesto de formas imposibles. El espacio a su alrededor parecía líquido, pero también sólido, como un océano de ramas retorcidas y hojas danzantes que se fragmentaban en gotas brillantes antes de recomponerse. Cada movimiento era una contradicción de lo que conocía, un caos ordenado que le susurraba verdades que su mente luchaba por comprender.
Entonces llegó la voz.
Era un sonido que no debería existir, como un coro de tonos disonantes que cambiaban constantemente, deslizándose de un murmullo profundo a un canto agudo. Ragard sintió que la voz no provenía de ningún lugar en particular, sino que surgía de todo lo que lo rodeaba, y al mismo tiempo, de dentro de sí mismo. Cada palabra parecía desgarrar las fronteras de su percepción, dejando cicatrices invisibles en su mente.
«Viajero… tú que portas la chispa efímera de la humanidad, observa. Tú existes en la periferia de un ciclo que se cierra.»
A su alrededor, las ramas líquidas comenzaron a extenderse, formando una gigantesca figura antropomorfa que era imposible de mirar directamente. Sus extremidades eran como raíces que perforaban el vacío, ramificándose en fractales infinitos que desaparecían en la distancia. La figura cambiaba constantemente, deshaciéndose en gotas que caían y se elevaban nuevamente, mientras su voz resonaba en una amalgama de tonalidades, cada una más inquietante que la anterior.
«Yo no soy un dios. Los dioses son un concepto pequeño, creado por mentes diminutas para llenar su miedo. Yo soy el equilibrio que fluye, la esencia que respira entre la creación y la disolución. Lo que llamas destino no es más que una grieta en la estructura de lo inevitable.»
Ragard quiso hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Sentía como si estuviera ante algo tan vasto que su insignificancia lo aplastaba. Sin embargo, la voz continuó, indiferente a su angustia.
«El equilibrio que ansías no vive en la voluntad del destino. Esa voluntad no existe. Todo lo que eres, todo lo que tus amigos son, no es más que una mota pasajera en la inmensidad. Pero lo efímero no es inútil. En la paz de la eternidad, se encuentra la verdad.»
De repente, el entorno cambió. Las ramas y gotas comenzaron a girar a su alrededor, creando un torbellino de formas que no podían existir en su mundo. Ruidos como gritos distantes —o tal vez risas— llenaron el aire inexistente, y Ragard sintió que su propia mente estaba al borde de quebrarse.
«Tu mundo se tambalea en el filo. No por castigo, sino porque cada ciclo debe llegar a su fin. Lo que ves caer desde los cielos no es ira. Son mis lágrimas, derramadas por lo que debe ser sacrificado. Cada una lleva dentro la chispa de lo que será.»
Ante sus ojos, Ragard vio las esferas ardientes descendiendo, cada una rodeada por destellos de colores que no pertenecían a ningún espectro conocido. Eran lágrimas, pero al mirarlas de cerca, cada una contenía un pequeño mundo, girando y cambiando, como si todo el universo pudiera ser contenido en una gota.
«Llorar no es debilidad, viajero. Es el pulso que mantiene vivo el equilibrio. Tú no puedes detenerlo. Pero puedes ser su puente, el eco que resuena entre lo que fue y lo que será.»
Ragard vio entonces una imagen clara: Drakkar, su cuerpo cubierto de sangre, caía al suelo, herido de muerte. La visión lo desgarró, un dolor más profundo que cualquier herida física, y gritó el nombre de su amigo.
Las ramas líquidas comenzaron a deshacerse, el coro se desvaneció en un susurro, y Ragard cayó, o quizás fue expulsado, de aquel lugar fuera del tiempo.
Despertó con un sobresalto, empapado en sudor. Las palabras de la entidad aún resonaban en su mente, y el peso de su advertencia era más claro que nunca: Drakkar estaba muriendo. Y el mundo pronto seguiría su destino.
—¡No, no… no! —exclamó Ragard al despertar de golpe—. Algo malo le ha ocurrido a Kagel.
—¡Kagel puede morir!
III.
Mágia y profecía al caer el sol.
Aunque Ragard se veía invadido por un sentimiento mortal, Belwën y Kanthus lograron calmar la fiebre de su consternación. El amigo, el compañero, el hombre cuya amistad se ofreció sin esperar nada a cambio, se sumergía en una inquietante idea de muerte.
Ragard se encontraba en un estado de confusión febril, atrapado entre la niebla de su propia mente y el calor que lo envolvía, como si su cuerpo estuviera en llamas. A su alrededor, todo parecía girar, distorsionándose hasta convertirse en sombras que se desvanecían con el viento. Había algo mortal, algo inevitable que lo acechaba, y el miedo a la muerte parecía instalarse en su pecho, llevándose consigo todo lo que había sido, todo lo que podría ser.
En su mente, las voces del pasado resonaban, mezcladas con los ecos de un futuro incierto. Pero lo peor de todo era la quietud. La sensación de estar detenido en el tiempo, de no poder avanzar ni retroceder, como si una oscura presencia lo hubiera atrapado en un limbo eterno.
Belwën y Kanthus estaban a su lado, sus rostros borrosos y distantes, pero claramente presentes. A pesar de la fiebre que lo envolvía y de la desesperación que amenazaba con consumirlo, sus amigos no lo dejaban caer en la oscuridad completa. Había algo reconfortante en la presencia de ambos, algo que le recordaba que aún no todo estaba perdido. Belwën, con su calma habitual, le susurraba palabras de aliento, mientras Kanthus, con su fuerte brazo, lo sostenía como un ancla en medio del caos interno que lo devoraba.
Aun así, la inquietud no lo abandonaba. Ragard sentía que su corazón latía a un ritmo errático, como si algo lo estuviera empujando al abismo, arrastrándolo sin piedad. La muerte, esa idea que siempre había sido tan lejana y distante, se había hecho tan presente, tan palpable, que le resultaba imposible apartarla de su mente. No solo el fin de su vida le aterraba; era la idea de no cumplir con lo que se le había encomendado, de no ser capaz de liderar a sus compañeros, de no ser lo que necesitaban.
«No es mi momento», pensó, pero las palabras se sentían vacías, carentes de fuerza. Sabía que dentro de él había algo que le decía que no podía caer en esa espiral de desesperación. No podía dejarse consumir por la fiebre y la angustia, no cuando tanto estaba en juego. Sin embargo, en lo profundo de su ser, una sombra oscura lo acechaba, el presagio de algo que aún no comprendía.
A pesar de la fiebre que lo mantenía en ese estado entre la vigilia y el delirio, Ragard sentía la presión de un futuro incierto, uno que ya no dependía solo de él, sino de todos los que caminaban a su lado. La muerte, aunque latente, ya no parecía ser la mayor amenaza. Había algo mucho más grande, una verdad que lo trascendía, y que, de alguna forma, conectaba a todos los hombres que luchaban a su lado.
Mientras la fiebre lo mantenía al borde de la conciencia, Ragard sabía que debía aferrarse a la fuerza que le quedaba. A pesar de la incertidumbre y la presencia de la muerte, algo le decía que debía resistir. La guerra no estaba perdida. Y mientras Belwën y Kanthus seguían a su lado, luchando por mantenerlo anclado en la vida, Ragard se sumergía en la reflexión de lo que vendría. El futuro era incierto, pero no estaba dispuesto a abandonarlo sin luchar. No cuando aún quedaban decisiones que tomar, decisiones que podrían cambiar el rumbo de todos.
La fiebre no lo dejaba en paz, pero su mente, a pesar de la inflamación y el dolor, se encontraba más viva que nunca. En medio de su agotamiento, las decisiones que debía tomar se apresuraban en su mente, como hilos invisibles que lo ataban a las personas a su alrededor. Cada uno de ellos, cada rostro conocido, cada compañero en la lucha, parecía estar entrelazado con el destino de manera irremediable, como si fuera imposible separar sus caminos sin que algo colapsara en la vasta red de existencias que los unía.
“Cada uno está involucrado”, pensó Ragard, su mirada fija en el techo, donde las sombras de la tormenta nocturna jugaban con las luces del fuego que se filtraban desde afuera. Sentía que las decisiones que tomara no serían solo suyas, sino de todos aquellos a quienes había tocado su vida.
Se preguntaba, con amargura, si aún tenía poder sobre su propio destino. Los Zonotorh, sus hermanos y hermanas en la causa, parecían haber trascendido más allá de los hilos del destino y el pasado, como si sus almas pudieran moverse por dimensiones que escapaban incluso a los dioses. En ese estado febril, Ragard se sentía más cercano a esa fuerza cósmica que a las realidades terrenales que antes había conocido. El mundo que conocía, los dioses que alguna vez habían sido figuras veneradas, ahora se sentían como dogmas rudimentarios. Era como si todo lo que había aprendido fuera una ilusión que se desvanecía con cada suspiro de la fiebre.
Los dioses, esos seres que una vez parecieron tan cercanos, tan reales en su omnipotencia, eran ahora meros ecos, casi irrelevantes, ante la magnitud de lo que estaba por venir. Ragard podía sentirlo en su piel, el destino no era un camino marcado por las estrellas ni por los antiguos cantos de los sacerdotes. Era un laberinto sin rumbo, lleno de decisiones que nadie más podía tomar por él. Kagel era lo que importaba más ahora, esa era la decisión correcta.
Los cuerpos inertes cubrían gran parte del campo de batalla, como una marea de carne rota y sangre derramada. Eran hombres de diferentes razas, pero su sangre los unía en nombre de la guerra. Algunos yacían de espaldas, con los ojos vacíos mirando al cielo, mientras que otros, aún en sus últimos suspiros, mantenían la mirada fija en el horizonte, como si pudieran ver más allá de la muerte. Alaridos fúnebres y cantos mortales resonaban por todo el paisaje, ahora teñido de un rojo tan profundo que parecía derretirse con el fuego que aún seguía ardiendo.
La esfera de fuego, en su descenso devastador, había dejado un rastro de destrucción que ni la muerte misma podía borrar. El aire estaba pesado con el humo y el olor a carne quemada, y aunque la explosión había arrasado gran parte del campo, algunos guerreros, cegados por la cólera y el honor a sus casas, seguían luchando. Aunque el mundo a su alrededor se había desvanecido en ruinas, sus corazones, atormentados por la ira, no les permitían abandonar el campo. Eran como sombras en la guerra, persistiendo sin razón alguna, buscando una justicia que ya no existía.
Aquellos que alguna vez fueron parte de una historia, ahora eran el fin de ella. El viento arrastraba los ecos de las últimas palabras de los caídos, mezclándolas con los gritos de los sobrevivientes, que comenzaban a acumular los cadáveres, como si con cada uno de esos cuerpos honraran lo que alguna vez fue su lucha. Sin embargo, más que honor, lo que quedaba en el aire era la desolación de un conflicto que no distinguía entre amigos y enemigos, entre justos e injustos.
El ejército de Dofs había sido aniquilado casi por completo. Apenas quedaban algunos cuerpos retorciéndose, sus miembros inútiles por los golpes recibidos o la desesperación. En el campo, uno de los guerreros luchaba aún con la muerte. Kagel, retorciéndose de dolor, trataba de avanzar con dificultad sobre el fango de sangre que lo cubría hasta las rodillas. Su cuerpo, marcado por heridas profundas, parecía a punto de ceder, pero su voluntad, alimentada por el honor y la rabia, lo mantenía en pie. Desconociendo que los sobrevivientes que lo rodeaban pertenecían al ejército enemigo, para ellos él era solo otro motivo de venganza, otro trofeo a conseguir. Con cada paso, Kagel sentía el peso de la derrota, pero su mente se mantenía firme, como si aún creyera que podría cambiar el curso de todo lo que ya había caído.
Un soldado, que cabalgaba cerca del lugar, vio al moribundo arrastrándose por el campo.
—¡Hey! ¡Hay uno con vida! ¡Es un Dofsiano! —gritó.
Sigilosamente, el soldado se acercó a Kagel con su lanza en mano, listo para acabar con la agonía del doliente. Sin embargo, su conquista fue interrumpida por un extraño salvador. El atacante cayó al suelo con un grito ahogado, atravesado por la misma lanza que pensaba usar. Una sombra cubrió a Kagel, quien, debilitado, apenas pudo notar la presencia de su rescatador. Lo tomó por un brazo y lo pasó sobre el lomo de su corcel. A gran velocidad, ambos se alejaron del peligro, dejando atrás una lluvia de lanzas y flechas.
Cuando finalmente estuvieron a salvo, el jinete y Kagel permanecieron en silencio. El guerrero moribundo sentía cómo su vida se desvanecía, pero algo, alguien, lo mantenía aferrado a la realidad. Débilmente, Kagel intentó reconocer a su salvador. No fue necesario pensar mucho. Era él, el muchacho. Drakkar.
El joven había dirigido su caballo hacia Ormux, buscando refugio tras la devastadora batalla. La noche había caído rápidamente, y el aire frío de la montaña se sentía como una navaja contra las heridas aún frescas de Kagel. En una pequeña parada, donde las luces de la luna apenas iluminaban el terreno rocoso, Drakkar logró detener el sangrado de la herida de Kagel, pero no pudo evitar que su gravedad avanzara. A pesar de los esfuerzos, la sangre seguía fluyendo en pequeñas gotas, como si la vida misma intentara escapar.
—Lo siento…-, murmuró Drakkar, mirando a Kagel con una mezcla de frustración y pesar, – No puedo hacer más por ti, pero no te dejaré morir aquí.»
Kagel, con el rostro cubierto de sudor y los ojos entrecerrados por el dolor, apenas podía responder. La fiebre lo consumía, y cada respiración era un esfuerzo. Sin embargo, cuando escuchó las palabras de Drakkar, un suspiro se escapó de sus labios.
—¿Qué… haces aquí, muchacho? ¿Por qué… no… no huyes? – La voz de Kagel sonaba rasposa, rota, como si la vida se le escapara junto a las palabras.
Drakkar se quedó en silencio por un momento, observando las estrellas, como si ellas pudieran darle alguna respuesta. Finalmente, su voz salió baja, pero firme. «Porque… no soy solo un soldado. Mi padre… mi padrastro… alguna vez me quiso como hijo. Pero ya no. Ahora soy solo un espectro para él, un recuerdo que ya no le importa.»
Kagel, con un esfuerzo tremendo, levantó la mirada hacia él.
— No digas tonterías… Lo que te mueve no es… el reconocimiento. Es algo más… más profundo.
Drakkar suspiró, su rostro iluminado brevemente por la luz de la luna. «¿Sabes? Pensaba que si demostraba mi valía en la guerra, quizás… quizás él me vería otra vez, me valoraría como a un verdadero hijo. Pero ahora, mirándote, sé que la guerra no me va a devolver eso. No a mí ni a nadie.» Su voz temblaba, pero la fortaleza seguía allí, como un grano de arena resistiendo el mar.
Kagel, pese al dolor que lo devoraba, intentó sonreír, aunque la mueca le dolió. «Nada… nada en este maldito mundo… te dará eso. Ni la guerra, ni el poder. Lo único que puede salvarte es… encontrarlo por ti mismo.»
El silencio cayó entre ellos, solo roto por el viento que movía las hojas secas y el suave goteo de la sangre que aún manchaba la tierra. Drakkar, al ver la lucha de Kagel por mantenerse despierto, se agachó cerca de él, intentando hacer todo lo posible para aliviar su sufrimiento.
Kagel, el hombre que siempre había sido exitoso como soldado, como comandante de Isara, había visto la guerra desde todos sus ángulos. Había liderado ejércitos y obtenido victorias, pero nada de eso lo había preparado para el peso de la culpa. El peso de haber dejado a su amigo morir en las garras de la guerra. Fue esa experiencia la que le impuso una voluntad inquebrantable de ayudar a todos aquellos que lo necesitaban, sin importar las circunstancias. No importaba cuán difícil fuera, ni cuán sola fuera su lucha, siempre estaría dispuesto a darlo todo. Aunque las fuerzas lo abandonaran en la mínima instancia, su determinación era lo único que no podía quebrantar. Ahora, mientras la fiebre lo consumía, lo único que podía hacer era aferrarse a esa voluntad, esa fuerza interior que lo había definido como líder, como amigo.
—Yo te devolveré a Ormux, Kagel. No morirás aquí. Aunque sea lo último que haga -, dijo Drakkar, su voz cargada de promesas que, aunque vacías en este momento, mostraban la determinación que Kagel había visto en él.
Kagel cerró los ojos, dejando que el cansancio lo invadiera. Las palabras de Drakkar le resonaban en la mente, como ecos perdidos en la niebla de su dolor. La fiebre lo consumía, y aunque su cuerpo aún luchaba por mantenerse consciente, su alma comenzaba a ceder ante la oscuridad que lo rodeaba. Las últimas imágenes de la guerra, las batallas, las pérdidas, todo se disolvía lentamente, dejándolo sumido en un trance.
A la mañana siguiente, Kagel seguía allí, vivo, pero inconsciente. Su cuerpo estaba cubierto de sudor frío, su respiración entrecortada y su rostro pálido como la nieve. Drakkar, exhausto,
vigilaba su respiración, preocupado por la fragilidad de la vida de Kagel, pero aferrándose a la idea de que aún quedaba esperanza. En medio del caos de la guerra, un destello de humanidad y propósito brillaba entre ellos, aunque todo parecía perdido.
Cabalgaron durante dos días completos hasta llegar a Ormux, mientras la lluvia, que había comenzado la noche del primer día, no cesaba. El bosque, bañándose en la suave brisa, saludaba a los jinetes. La quietud del paisaje fue un buen presagio para Kagel, quien, sin importar su estado, saltó de su montura y, a gatas, se dirigió hacia la cabaña. Esto no pudo ser esquivo ante el pequeño Irhis que se aventó de un salto a ayudar a Kagel.
—Ve por mi señora y por los demás
Adentro de la vieja casona la corriente de energía se transformaba y el primero en sentirlo fue Kanthus.
—Está aquí —exclamó Kanthus.
—¿Quién? —preguntó Belwën.
—Kagel, está de vuelta…
Sin esperar más, el vidente saltó de su litera y abrió la puerta, encontrándose cara a cara con el joven Drakkar y con el gravemente herido. Al verlo, su rostro se llenó de preocupación. Alarmado por el estado de Kagel, el vidente se lanzó en su auxilio, viendo cómo, gota a gota, se desangraba. Rápidamente, lo llevaron al interior y lo colocaron sobre la cama, donde el vidente comenzó a cubrir su trance. Al notar la gran cantidad de sangre perdida y ver la flecha aún clavada en su pecho, no perdieron tiempo en examinarlo y tratar de extraerla. Fue entonces cuando encontraron una sorpresa inesperada.
—No debemos extraer la flecha —dijo Kanthus—. He notado, por algún motivo, estas son saetas hechas con mineral Emúreo.
—¿Y eso qué significa? —inquirió Drakkar, frunciendo el ceño.
—El hierro Emúreo es fundido de una forma especial —explicó Kanthus, tras una breve pausa—Es bañado en lejías mezcladas con bermellón para crear una herida abierta sin cicatrización. Los tejidos abiertos por este hierro no se volverán a cerrar. Para neutralizar la herida, necesitamos ese mineral; es la única manera. Ni siquiera mis dones como Kriëgen podrían salvarlo.
—¿Entonces Kagel morirá? —preguntó Belwën, preocupada.
—No, eso no lo permitiré —respondió Ragard con tono sereno—. Así me cueste la vida, tenemos que cumplir nuestro cometido. Yo me encargaré.
—Permíteme acompañarte, esa región es peligrosa —dijo el joven.
—Gracias, caballero —inquirió Belwën—. ¿Cómo te llamas, valeroso mortal?
—Mi nombre es Drakkar de Gheinhem, hijo de Draugen, rey de armas de Melheim.
—Por tu voz, puedo sentir que eres un hombre muy joven. Te repito mis agradecimientos por traer de vuelta a Kagel. ¿Luchabas a su lado, es cierto?
—Sí, era el segundo comandante a cargo de su escuadrilla —respondió Drakkar—. ¿Quiénes son todos ustedes y por qué Kagel es tan importante?
—Mira, estamos en Noth, mi hogar. Mi nombre es Belwën, y él —señaló cortésmente a Ragard, a quien tenía de la mano— es un Zonotorh, su mejor amigo. En cuanto al tercer miembro que ves, es un antiguo Kriëgen oscuro que ya ha dejado su pasado atrás y ahora nos ayuda en nuestro propósito. Su nombre es Kanthus de Mentho. Ahora, Kagel es tan importante para nosotros porque el destino ha sido escrito. Él es una pieza clave en el destino de los que estamos aquí, incluso para ti.
—No sé por qué, pero estas palabras me las esperaba. Cuando conocí a Kagel, tuve un presentimiento muy extraño, una sensación… no sé, como una sensación de confianza, aún después de que mi actitud con él no fue la mejor.
Después de esto, Drakkar se dirigió hacia la mesa, posando sobre ella un pergamino que extendió y habló para todos.
—Las minas Emúrea, son las minas de los enanos Braldurim, que dominan gran parte de la región noroeste. A cuatro lunas de aquí, podemos encontrar las grandes puertas hacia sus dominios.
—Esto nos servirá demasiado. No permitiré que vayas conmigo, no porque no quiera, sino porque quiero que me ayudes de otra manera.
Mientras Ragard daba las indicaciones a Drakkar, Kanthus y Belwën escuchaban con atención y poco a poco se enteraban del plan. Mientras tanto, el vidente buscaría las minas, Drakkar debía averiguar la ubicación de los dos ejércitos. La tarde se extinguió con un viejo velón de iglesia. La noche se acercaba, tocando la antigua puerta acompañada de la lluvia que había comenzado a caer después de una prolongada ausencia. Ragard y Drakkar irrumpieron bajo la lluvia, encaminándose a sus destinos. Al salir del bosque, un ligero y esperanzador apretón de manos separó sus caminos. Tras esto, tanto Ragard como Drakkar se sumieron en sus respectivas travesías.
La lejanía pronto los cubrió con su manto. Ambos se dirigían con esmero, ansias y vehemencia hacia sus destinos. Drakkar, sin embargo, alimentaba un presagio que venía acompañado de un pequeño temor, pues sabía que su tarea no sería nada fácil. Su origen y las intenciones hacia su reino y su padre lo perseguían. Quería saber cuál había sido el destino de su padre, de su pueblo, del lugar donde creció, donde forjó amistades y amores. Las divulgaciones apremiaban su prisa, pues varios inmigrantes lo reconocieron, trayéndole malas noticias.
—El ejército fue arrasado – comentó un viejo guerrero, acompañado de sus dos pequeños hijos a lomos de un Koyak.
—No podemos hacer nada para evitar el deceso de tu padre. Fue un excelente rey, -continuó el guerrero, apoyado en unas muletillas, avanzando a paso lento y torpe-, y concluyó con estas palabras:
—No regreses allí, hijo. Es el infierno sobre lo viviente. Sólo encontrarás muerte, buitres y cuervos alimentándose de ella. Empieza de nuevo, tu padre así lo hubiera querido.
Desconcertado y aún más enfurecido, Drakkar corrió. Sin pensarlo, al anochecer ya se encontraba cerca del reino de Dofs, su hogar. Pasó la noche bajo los árboles de Mayka, cuyas alturas eran exorbitantes y cuyas ramificaciones, en su inmensidad, se asemejaban a las poderosas telarañas de las viudas negras del Este.
No logró cautivar a la diosa del sueño, por lo que la mayoría de la noche permaneció contemplando el cielo, colmado de estrellas y lágrimas de fuego. Pensaba y recordaba que su mayor pasión cuando era niño era observar las estrellas e imaginar figuras ocultas entre ellas. Sentado allí, Drakkar regresó a su infancia, y por un largo rato olvidó su propósito. Fue un descanso cómodo, y pronto se sumió en el suave algodón de los sueños.
Mientras tanto, Ragard se adentraba en caminos rocosos y montañosos. Un trayecto adornado por estrechos pendientes de afilados bordes que caían hacia grandes profundidades. A su alrededor, inmensos murallones de roca tan finos como el diamante y tan altos como el cielo parecían vigilarle a cada paso ganado. Un gran cañón fue su guardián, desafiándole en cada avance. El murmullo del viento, que se filtraba entre las pequeñas grietas de los riscos, resonaba como cantos de doncellas danzantes al ritmo del aire. Al caer el día, el vidente se resguardó en una pequeña cueva, un refugio que nutría crudos recuerdos de sus años en las mazmorras. Aquella cueva le recordó su condena y la falta que lo había llevado a ese trémulo encierro.
Su don, otorgado en dos formas distintas, se unió con el tiempo para funcionar a la perfección. Los relatos de su abuelo le ofrecían nuevas realidades cada vez que se sentaban juntos a hablar. Cuando Ragard comprendió la naturaleza de su don, decidió explorarlo, guiado por los indicios de su intuición y su deseo de dominarlo.
—Un niño que nace con un don tan peculiar como el tuyo, hijo, es una eventualidad que debe ser manejada de la mejor manera posible —le dijo su abuelo un día—. Por eso, mi querido nieto, no hables a nadie sobre tu habilidad.
Así, el vidente y su abuelo fueron los únicos en conocer ese secreto. Con el paso de los años, mientras su abuelo envejecía y su salud se deterioraba, fue él quien ayudó a Ragard a dominar su don, que, a veces, parecía una llama viva e incontrolable dentro del joven.
—Abuelo, veo cosas que me confunden mucho —dijo el niño, con lágrimas en los ojos—. Trato siempre de dormir, pero es en vano, abuelo. Ellas siguen persiguiéndome.
—Es tu don, que trata de apoderarse de ti. Por eso, debes encontrar la manera de controlarlo — respondió el abuelo, con una tos seca—. Mi tiempo está llegando a su fin. Por muy cruda que sea la verdad, dila sin miedo. No te sientas mal por saberla ni por compartirla. Todos nuestros actos conllevan una consecuencia. Procura actuar con franqueza, y cuando enfrentes las consecuencias, hazlo con serenidad.
Fue entonces cuando el abuelo de Ragard falleció. Ya lo habían hecho su madre y su padre, así como todas las personas que lo rodeaban, también se fueron marchando. Durante varios meses, Ragard se dedicó a encontrar una forma de mantener bajo control las visiones que lo atormentaban. Finalmente, un día, el vidente creó un mazo de cartas que lo acompañaban desde hacía meses. Mientras intentaba verlas una por una, e incluso cuatro seguidas, descubrió lo que le deparaba el futuro si tomaba el camino de un Zonotorh. También supo que existía otra opción de vida.
Allí en medio de su introspección, algo le hiso regresar de nuevo a su fría realidad. El eco de unas voces y pasos acercándose hizo que Ragard tensara la mandíbula. Se puso en pie, su mano rozando la empuñadura de su espada, pero esperó.
—¡Hola ahí! —llamó una voz áspera desde la entrada. Eran tres hombres, envueltos en capas mojadas y con una apariencia tosca, aunque no abiertamente hostil. El que lideraba el grupo, un tipo alto con barba desordenada, levantó las manos en señal de paz—. ¿Nos permitirías compartir el fuego? La tormenta nos está matando.
Ragard dudó, pero asintió finalmente. Sabía que, aunque peligrosos, tres hombres empapados y cansados no eran un riesgo inmediato si jugaba bien sus cartas.
Los hombres entraron, agradeciendo con sonrisas que no llegaban a sus ojos. Se acomodaron cerca de las llamas, estirando las manos para absorber el calor. Uno de ellos, más joven y con ojos vivaces, sacó un pequeño recipiente.
—Café —dijo, mostrando el contenido—. Lo hemos llevado durante días. Compartamos.
Ragard aceptó, observando con cautela mientras el aroma del café llenaba la cueva. La conversación comenzó, ligera al principio, como el fuego que se animaba con cada palabra.
—Así que, viajero, ¿de dónde vienes? —preguntó el barbudo, Halvik, mientras sorbía su café con exagerado entusiasmo.
—De lejos. Más lejos de lo que podrías imaginar —respondió Ragard con vaguedad, sin apartar la mirada de ellos.
—Ah, todos venimos de lejos —intervino el más joven, que se llamaba Korr—. Yo, por ejemplo, vengo de Dofs. O bueno, lo que queda de Dofs.
Ragard alzó una ceja, fingiendo interés.
—¿Y qué queda de Dofs?
Korr soltó una carcajada amarga.
—No mucho, amigo. Lo han barrido casi por completo. Un ejército colosal, cientos de ellos, con máquinas de guerra que rugen como tormentas. Las llamas lo arrasaron todo en cuestión de días. Fue un espectáculo, aunque… bueno, uno mejor visto desde lejos.
—¿Cientos? —preguntó Ragard, sintiendo que por fin algo de valor emergía de la charla.
—Más de lo que podrías contar. Drakkar, ¿no? Así se llama el hombre que dijiste que iba hacia allá. Espero que tenga buena suerte. La necesitará —Halvik añadió esto último, lanzando una mirada a Ragard que parecía medir su reacción.
La conversación continuó, pero pronto derivó en temas más mundanos: los peligros del camino, historias sobre mujeres en aldeas lejanas y cuentos exagerados de valentía. Ragard escuchaba con atención, pero cada minuto lo convencía más de que estos hombres no eran simples viajeros. Sus risas eran demasiado huecas, y sus gestos, demasiado calculados.
Fue entonces cuando Korr, distraído, soltó lo que no debía.
—Claro que no todo fue tan malo. El botín que conseguimos hace unos días nos dejó bien abastecidos, ¿no, Halvik?
El silencio que siguió fue ensordecedor. Halvik le lanzó una mirada que podría haberlo atravesado, pero Ragard ya había captado la palabra clave: botín. Las piezas encajaron de inmediato.
—¿Botín? —preguntó Ragard, con calma fingida, mientras su mano se acercaba disimuladamente a su espada.
Halvik intentó reír, pero el sonido fue forzado.
—Ah, ya sabes cómo son los cuentos en la carretera. Historias para pasar el rato.
Ragard no respondió. La tensión en la cueva era palpable. El joven comenzó a inquietarse, y uno de los hombres al fondo se movió, como buscando una mejor posición. Ragard vio venir el ataque antes de que ocurriera.
Con un movimiento rápido, desenvainó su espada, el brillo del acero reflejando las llamas. La cueva estalló en caos. Halvik lanzó un golpe con su daga, pero Ragard lo bloqueó, empujándolo contra la pared. El joven intentó abalanzarse sobre él, pero un giro de muñeca lo dejó desarmado y gimiendo en el suelo.
El último hombre salió corriendo hacia la lluvia, pero Ragard lo siguió. Afuera, bajo la tormenta, el combate continuó. Cada golpe era acompañado por el rugido de los truenos y el lodo que salpicaba con cada movimiento. Finalmente, Ragard derribó a su adversario, dejándolo inconsciente en el barro.
De pie bajo la lluvia, respirando con dificultad, Ragard miró hacia la cueva. El fuego seguía chisporroteando, indiferente al caos. Había sobrevivido a la noche, pero sabía que no sería la última vez que el peligro lo acechara en la oscuridad.
A la mañana siguiente, el vidente salió al mundo exterior con más ansias que nunca de encontrar aquellas minas. Así, comenzó su caminata…
Ragard avanzaba con paso firme, las minas de Emúrea a la vista, cuando de repente un bullicio inesperado lo sacó de sus pensamientos. Decidió acercarse con cautela, pensando que quizás
sería una banda de mercaderes o algún grupo de viajeros perdidos. Sin embargo, cuando entró en el claro, se encontró con una colorida caravana de gnomos, entre risas y canciones. Su pequeño campamento estaba lleno de brillo, como si cada rincón estuviera adornado con luces diminutas. Algunos gnomos corrían entre los carros, y otros se aprestaban a preparar lo que parecía una función de teatro improvisada.
Antes de que Ragard pudiera siquiera decidir si se acercaba o se retiraba, un grito lo detuvo. Un grupo de Trasgos irrumpió en el campamento, su presencia feroz y malintencionada claramente destinada a saquear lo que pudieran. Ragard no pensó mucho. La adrenalina le corrió por las venas, y antes de que los gnomos pudieran organizarse, su cuerpo ya se había movido con la rapidez de un guerrero entrenado.
En un momento de pura intuición, algo extraño sucedió: unas chispas de energía comenzaron a formar una esfera luminosa en sus manos. Sin comprender del todo lo que estaba sucediendo, lo lanzó hacia uno de los Trasgos, derribándolo al instante con un destello de pura fuerza. Los gnomos quedaron boquiabiertos, y Ragard, respirando con pesadez, observó cómo los Trasgos fueron derrotados rápidamente, ante la sorpresa de todos.
Cuando la batalla terminó, el campamento se llenó de risas nerviosas y un aire de alivio. Uno de los gnomos se adelantó, el rostro iluminado por una gran sonrisa.
—¡Vaya, vaya! No esperaba encontrarme con un héroe tan pronto por estos lares,” dijo un gnomo con barba de colores brillantes.
—Yo soy Vid, el mejor narrador de historias en todo el oeste, pero seguro que ahora ni mis historias pueden igualar lo que acabamos de ver.
—¡Y yo soy Chana! – gritó una gnoma de ojos chispiantes, levantando un pequeño tambor. “¡Yo hago la música para las historias! Siempre estoy lista para crear una melodía épica para los héroes que surgen del viento. –
—Soy Daya, —añadió una gnoma con trenza larga, sonriendo de oreja a oreja. “Estoy aquí para los trucos y bromas, no hay nada mejor que hacer reír a la gente en momentos como estos. –
Finalmente, una figura mayor dio un paso hacia adelante. Era Mara, la líder del grupo. Su presencia, aunque pequeña, era imponente.
—Encantada de conocerte, viajero, —dijo, extendiendo una mano con firmeza. – No podemos dejar de agradecerte por salvarnos de esos Trasgos. ¿Cómo te llamas? Ya sabes, como es costumbre entre nosotros, todos nos presentamos, ¡y después te contamos una historia para honrar tu valentía! –
Ragard, aún con la adrenalina corriendo por sus venas, sonrió con amabilidad. No estaba acostumbrado a ser tratado como héroe, pero no quería romper el ambiente que los gnomos tan alegremente habían creado.
—Soy… Ragard -, respondió con humildad, – pero no soy un héroe, solo un viajero.
—¡Ragard! – exclamó Daya. – ¡Qué nombre tan grandioso para un héroe! Me gusta, me gusta.
¡Nosotros somos solo humildes gnomos, pero tenemos mucho que ofrecer!-
Mara, al escuchar el nombre, asintió con una sonrisa y un brillo en sus ojos.
—Bueno, Ragard, parece que el destino ha cruzado nuestros caminos por una razón. ¿Nos acompañas a descansar un rato? Te debemos una buena historia, ¡y no te preocupes, será algo memorable!
—Lo haré, con gusto, – dijo Ragard, aliviado por la atmósfera relajada que los gnomos creaban a su alrededor. – Aunque no soy de los que buscan celebraciones, una pequeña pausa nunca viene mal.
Mientras los gnomos preparaban una celebración improvisada, Ragard se encontró rodeado de un ambiente tan ajeno a las preocupaciones y tensiones de su viaje que no pudo evitar relajarse un poco. Risas, música, y bromas llenaban el aire, pero al mismo tiempo, algo dentro de él se mantuvo alerta.
—¡Hoy, Ragard, serás nuestro gran protagonista! – exclamó Vid, señalando un espacio en el centro del campamento. “¡Preparémonos para la obra de teatro más épica que jamás hayas visto!
Mara, con gran teatralidad, se adelantó y se inclinó ante él.
“¡Oh, gran Ragard! Has derrotado a los Trasgos, has salvado a los más pequeños entre nosotros. ¡Y ahora, con este humilde gesto, te ofrecemos una obra para recordar tu valentía!”
Los gnomos comenzaron la representación con tal entusiasmo que Ragard no pudo evitar dejarse llevar, incluso olvidando, por un breve momento, las preocupaciones que lo asolaban. En medio de los movimientos exagerados y los gestos absurdos, Ragard se dio cuenta de algo: que quizás, por un momento, solo un momento, no todo en el mundo era tan serio.
Al terminar la obra, entre aplausos y risas, Mara se acercó a él con una mirada más seria.
—Ragard, aunque tus viajes son largos y el peso que llevas es más grande que tus hombros, recuerda siempre esto, – dijo Mara, en tono más suave. – No puedes cargar solo con todo el
destino. A veces, los grandes guerreros necesitan descansar, reír, y dejar que otros también lleven un poco del peso. Si no lo haces, te arrastrarás con la misma carga que te ha hecho fuerte, pero también te destruirá.
Las palabras de Mara, tan sencillas pero profundas, se clavaron en Ragard como una flecha certera. Su corazón, que había estado dividido entre deber y miedo, encontró por un breve momento una quietud.
—Gracias, Mara,- murmuró. – No solo me has dado un buen espectáculo, también me has dado una lección que no olvidaré.
Con un último vistazo a la alegre caravana de gnomos, Ragard continuó su viaje hacia las minas, con el alma un poco más ligera y una extraña sensación de esperanza, algo que hacía tiempo no sentía.
El sol descendía lento, como si el cielo intentara aferrarse al último destello de luz antes de ceder a la noche. Ragard se sentó sobre una roca, con el mapa desplegado sobre sus piernas. El pergamino, desgastado y tachonado de anotaciones hechas por manos que ya habían desaparecido del mundo, marcaba el sendero hacia las minas Emúrea y el inicio de los dominios
de los enanos Braldurim. Sus dedos recorrieron los trazos con una mezcla de urgencia y reverencia, deteniéndose en las runas grabadas en los bordes, pequeñas marcas de un idioma antiguo que hablaban de territorios olvidados y secretos bajo tierra.
Ragard suspiró, dejando que el peso de los días pasados resbalara de sus hombros por un momento. En su mente, las palabras de Mara seguían resonando, un eco que lo anclaba a la realidad y lo empujaba hacia adelante. No podía permitirse flaquear ahora; no después de lo que había enfrentado. La flecha incrustada en el pecho de Kagel, la incertidumbre que rodeaba a Drakkar en su misión hacia las ruinas de Dofs, y el tenue brillo de la profecía incompleta que lo perseguía como una sombra; todo convergía en ese mapa y el propósito que sostenía su viaje.
A lo lejos, las siluetas de las montañas empezaban a teñirse de rojo y púrpura, una promesa de lo que estaba por venir. Ragard cerró el mapa con cuidado, sus ojos brillando con una determinación renovada.
El hierro Emúreo. Su próximo objetivo, y tal vez la llave para resolver el enigma de su fe tambaleante y su amor por los que aún dependían de él. Mientras se levantaba, su mente ya no era un torbellino de pensamientos dispersos. Ahora, todo estaba enfocado en lo que tenía que hacer.
El camino hacia los Braldurim lo esperaba, y con él, una nueva página de su destino estaba a punto de ser escrita.
IV.
El Mensaje Omnipresente.
El viento cambió sin previo aviso.
No fue un movimiento violento, sino una desviación sutil, casi imperceptible, como si el mundo hubiese contenido la respiración y luego decidido exhalar en otra dirección. Ragard lo sintió en la piel antes que en el oído. Una advertencia sin palabras. Se detuvo.
Algo en su interior —ese mismo instinto que lo había mantenido con vida más veces de las que podía recordar— se tensó como una cuerda a punto de romperse. Giró lentamente la cabeza.
El horizonte seguía allí, inmenso y silencioso, pero ahora había algo distinto en él. Las montañas, que antes parecían firmes y lejanas, ahora se erguían como testigos. O guardianes. El rojo del atardecer se había vuelto más denso, más oscuro… como si la luz misma estuviera siendo absorbida por una presencia invisible. Ragard entrecerró los ojos.
—No estoy solo… —murmuró, más para sí mismo que para el mundo.
Su mano descendió instintivamente hacia el arma, pero no la desenvainó. Aún no. Había aprendido que no toda amenaza se revelaba con acero. Un sonido. Leve. Irregular. Como pasos… pero no sobre tierra firme. Ragard giró por completo esta vez.
Nada.
Sin embargo, el silencio que siguió no era natural. Era un silencio denso, expectante, como si algo estuviera observando desde el borde de lo visible, esperando… evaluando. Entonces lo comprendió. No era que algo lo estuviera siguiendo, era que algo ya lo había encontrado. El mapa, aún bajo su brazo, pareció pesar el doble. El hierro Emúreo… los Braldurim… la profecía incompleta. Todo comenzaba a entrelazarse con una precisión inquietante, como piezas de un diseño que él apenas empezaba a percibir. Y en el centro de ese diseño…Él.
Un susurro cruzó el aire, no venía de ninguna dirección concreta, y aun así, atravesó su mente con una claridad imposible.
“Llegas tarde.”
Ragard no respondió. No podía. No porque no quisiera, sino porque en ese instante comprendió algo más profundo que el miedo: El camino que tenía por delante ya no le pertenecía por completo. Apretó la mandíbula, clavó los pies en la tierra y, finalmente, dio el primer paso hacia las montañas. Si aquello que lo esperaba creía conocer su destino…
Entonces estaba a punto de descubrir cuán equivocado podía estar. El terreno comenzó a quebrarse a medida que avanzaba.
Los valles se abrían como cicatrices antiguas entre la tierra, y los cañones rocosos se alzaban a ambos lados, como si susurraran historias olvidadas. No era un camino hecho para hombres de campo. No para alguien que había crecido entre tierra fértil, estaciones predecibles y horizontes abiertos. Aquí, el mundo no ofrecía consuelo… solo prueba.
Ragard descendía con cautela, midiendo cada paso. Las piedras sueltas traicionaban al más confiado, y el viento, canalizado entre las formaciones rocosas, aullaba como si quisiera empujarlo de regreso. Pero él no retrocedía. No esta vez.
El viaje hacia los dominios de los Braldurim se extendía como una promesa lejana, casi irreal. Cada jornada parecía estirar la distancia en lugar de acortarla, como si aquel lugar no existiera en el espacio, sino en la creatividad de un dios curioso.
El día murió sin ceremonia. La noche cayó con una frialdad seca, afilada. Ragard encontró refugio entre dos grandes rocas, lo suficiente para cortar el viento y encender una pequeña hoguera. Las llamas temblaban, luchando por mantenerse vivas, igual que algo en su interior. Se sentó frente al fuego, en silencio. Por primera vez en días, no sacó el mapa. No pensó en Kagel. Ni en Drakkar. Ni siquiera en la profecía. Pensó en sí mismo.
El crepitar de la madera fue el único sonido que acompañó su reflexión. Las sombras danzaban sobre las rocas, deformándose, creciendo… como versiones distorsionadas de lo que uno teme ver. Había pasado demasiado tiempo reaccionando, siguiendo, sobreviviendo bajo la sombra de otros nombres, de otras decisiones. Apretó los puños.
—No más… —susurró, con una firmeza que no necesitaba ser elevada.
El viento pareció detenerse por un instante, y el mundo mismo atendió a su declaración. Ragard alzó la mirada hacia la oscuridad que se extendía más allá del fuego.
—No volveré a escudarme detrás de nadie.
Las palabras no fueron un arrebato. Fueron un juramento, una ruptura.
Sintió algo desplazarse en su interior, como una pieza que finalmente encajaba donde debía. El miedo no desapareció… pero cambió. Ya no lo paralizaba. Ahora lo acompañaba, como un recordatorio de lo que estaba en juego. Se puso de pie lentamente. La hoguera iluminó su rostro, endurecido, definido por algo más que la fatiga del viaje. Había decisión allí. Y algo más peligroso: aceptación. Si el destino había estado escribiéndose sin él… entonces era momento de tomar la pluma.
El viento regresó, más frío, más constante. Pero ya no parecía una advertencia. Parecía un llamado. Y Ragard, por primera vez, estaba listo para responder. Con una leve sonrisa en su rostro, asumió que la verdad del destino y sus venideras consecuencias ya no le asustaban.
Acomodó sus alforjas y abrió el mapa; Kagel era el primer capítulo de este nuevo episodio, pero apenas sus ojos rozaron las marcas trazadas sobre el pergamino, el mundo cedió.
No fue un desvanecimiento ni un sueño, fue una disolución. El frío, el viento, la aspereza de la roca… todo se deshizo como ceniza en agua, y en su lugar emergió una vastedad imposible de medir. No había suelo bajo sus pies ni cielo sobre su cabeza. Solo una extensión silenciosa, viva en su quietud, como si el vacío respirara. Ragard no se movió. Esta vez, no.
—Has aprendido a no huir —dijo una voz. Aquella que lo había acompañado desde su iniciación como Kriëgen.
No provenía de un punto. No viajaba… simplemente era. Ragard entrecerró los ojos, buscando forma en lo informe.
—Y tú has aprendido a esperar —respondió, con una calma que habría sido impensable días atrás.
El silencio que siguió no fue ausencia, sino aprobación. Entonces, la presencia se manifestó… no como figura, sino como peso. Una conciencia antigua, vasta, que parecía sostener fragmentos de todo lo que había sido y todo lo que aún no encontraba forma. No era luz ni sombra. Era la idea de ambas antes de existir.
—Has tomado una decisión —continuó la voz—. Y con ella, has quebrado una línea que otros siguieron sin cuestionar.
Ragard sostuvo la respiración, aunque allí pareciera no necesitar respirar.
—No seguiré siendo arrastrado.
—No —corrigió la entidad, con una sutileza casi imperceptible—. Ahora serás quien arrastre. Todo lo que, en conciencia o inconsciencia, se ejecute será una sentencia.
El vacío vibró levemente, y entonces Ragard vio. No con los ojos, sino con algo más profundo. Sombras de hombres y mujeres. Rostros desconocidos. Caminos que se abrían y se cerraban como venas vivas. Algunos caerían. Otros resistirían. Y en cada uno de esos destinos había un hilo… tenue, pero innegable, que nacía de él.
—Quienes crucen tu sendero —dijo la voz— no lo harán por azar. Serán probados… expuestos a aquello que tú has elegido enfrentar.
Una figura cayó: era él mismo, con una debilidad de vivir, con unas penas que no eran propias. Otra se levantó con dificultad.
Un niño observaba desde la distancia, sin comprender aún el peso de lo que se avecinaba.
—Thonor —exclamó Ragard, apretando la mandíbula—. No pedí eso.
—No —repitió la entidad—. Pero lo aceptaste.
El silencio volvió a expandirse, más denso esta vez.
—El destino no es una carga que se impone —continuó—. Es una llama que se transfiere. Y tú… has decidido sostenerla sin apartar la mirada.
Ragard sintió el peso de esas palabras asentarse en lo más profundo de su ser. Ya no era solo su vida. Nunca lo había sido. La incógnita era: ¿en qué momento sus decisiones eran el
mundo para otros?
—Kagel… —murmuró, como si ese nombre pudiera anclarlo de nuevo a lo tangible. El vacío pareció reaccionar.
—El primer capítulo —afirmó la voz—. Donde la intención se pondrá a prueba. Donde descubrirás si tu voluntad es tan firme como crees… o si aún quedan sombras que te gobiernan.
Una pausa. —Y donde otros comenzarán a pagar el precio de tu decisión.
Ragard cerró los ojos, no para escapar, sino para aceptar. Cuando los abrió, el frío regresó de golpe. El viento volvió a aullar entre los cañones, y el mapa descansaba otra vez en sus manos, temblando levemente. Pero él no. Guardó el pergamino con cuidado, ajustó sus alforjas y alzó la mirada hacia el camino que lo esperaba. Kagel, el primer capítulo. Y esta vez… no sería escrito por nadie más.
Una noche más superada, y los dominios de los Braldurim aún yacían distantes. Mientras Ragard avanzaba por el angosto sendero que serpenteaba entre las rocas, una sensación de urgencia lo empujaba hacia adelante. Cada paso lo acercaba más a las minas de Emúrea, donde esperaba encontrar el mineral necesario para salvar a Kagel. Sin embargo, el camino estaba lejos de ser sencillo.
De repente, un rugido atronador resonó desde lo alto de un acantilado cercano. Ragard levantó la vista justo a tiempo para ver a una criatura imponente descender entre las sombras. Era una bestia de escamas negras y ojos llameantes, que se lanzó sobre él con una velocidad que dejó poco tiempo para reaccionar. El vidente, en su reacción, se dijo a sí mismo que no sería el almuerzo de la bestia.
Ragard esquivó por poco, rodando por el suelo y levantándose rápidamente. No era la primera vez que enfrentaba a una bestia, pero la ferocidad de este ser lo sorprendió. Con agilidad, sacó su espada y se preparó para el enfrentamiento. La criatura atacó con garras afiladas, pero Ragard esquivó y contraatacó, encontrando brechas en su defensa.
La batalla fue intensa, pero Ragard finalmente logró herir a la bestia, obligándola a retirarse con un último rugido. Exhausto, pero determinado, continuó su camino, sabiendo que cada obstáculo solo fortalecía su propósito.
Más adelante, enfrentó un laberinto de cuevas oscuras, donde los ecos de sus pasos lo acompañaban en una danza de incertidumbre. Cada giro y cada sombra parecía esconder un peligro, pero también una lección. Mientras Ragard se adentraba en el laberinto de cuevas, el aire se volvía más denso y la oscuridad más impenetrable. Cada paso resonaba en las paredes de piedra, creando ecos que se mezclaban con sus propios pensamientos.
De repente, un estruendo sacudió el silencio. Una roca se desprendió del techo y cayó justo en el camino frente a él. Ragard saltó hacia un lado apenas a tiempo, esquivando la roca que rodaba peligrosamente hacia el abismo. Sin perder tiempo, continuó su camino, solo para encontrarse con un estrechamiento que bloqueaba el paso. Sin pensarlo, comenzó a mover las piedras, pero pronto se dio cuenta de que necesitaba algo más que fuerza física. Con una determinación renovada, usó su ingenio para encontrar una ruta alternativa, trepando por las paredes de la cueva y sorteando obstáculos. Cada desafío solo fortalecía su resolución y lo acercaba más a su objetivo.
Finalmente, después de superar innumerables peligros, Ragard llegó a una apertura que ofrecía una vista panorámica del valle. Allí, en la distancia, las montañas de Emúrea se alzaban majestuosas, recordándole que su misión aún continuaba.
Con cada paso hacia las minas, Ragard sabía que cada prueba superada no solo fortalecía su vínculo con Kagel, sino también su propio destino.
El vidente llegó ante una imponente pared de montaña, una barrera natural que parecía desafiar su avance. Sin embargo, sabía que debía escalarla para alcanzar el siguiente tramo de su destino. Con determinación, comenzó a escalar, aferrándose a las grietas y usando cada músculo para avanzar. Pero, de repente, una piedra se soltó bajo sus pies, y en un instante, Ragard sintió cómo caía hacia el vacío, su cuerpo siendo arrastrado por la gravedad.
Pero, en lugar de encontrarse con la oscuridad total, una vez más, la presencia lo envolvió, como si estuviera suspendido en un lugar donde el tiempo y el espacio se entrelazaban.
—No temas, Ragard —dijo la voz, resonando en su mente como un eco antiguo—. Has caído, pero no has fallado.
Ragard, suspendido en la inmensidad, se encontró con las mismas imágenes cualiformes en un salón de infinita blancura y, a su vez, oscuridad.
—Cada error, cada caída, es una oportunidad para aprender y crecer —continuó la voz, envuelta en la vastedad de la existencia—. No temas cometer errores, porque en ellos reside la verdadera humanidad.
—¿Cómo puedo cumplir con mi misión si sigo tropezando? —preguntó Ragard, con una mezcla de frustración y esperanza en su voz.
—Porque cada caída te enseña algo que necesitas para avanzar. Y es en esos momentos de vulnerabilidad donde realmente encuentras tu fuerza.
Ragard asintió, sintiendo una extraña paz en medio del caos.
—Entonces, seguiré adelante, aprendiendo de cada error, y con la esperanza de que cada paso me acerque más a la redención.
—Así es, Ragard. En tu humanidad encontrarás la clave para salvar no solo a tus amigos, sino a todo el mundo. Recuerda por qué se ejecutan estos designios, porque en muchas maneras los huéspedes de este mundo han olvidado su propia naturaleza de ser humanos, el verdadero significado de la humanidad.
Aunque la caída parecía inevitable e interminable, de repente Ragard abrió los ojos y se encontró de nuevo sobre la pared de la montaña, como si nada hubiera ocurrido.
Confuso, miró a su alrededor. No había caída, solo la altura que había alcanzado. Con una renovada determinación, Ragard continuó su ascenso, sintiendo que cada paso lo acercaba más a su verdadero propósito.
Mientras él se asomaba sobre el final de la montaña, el sol se ocultaba tras la misma. Sus músculos estaban un tanto maltratados por el esfuerzo de la escalada, y titubeó en avanzar. Quería café.
El pensamiento le cruzó la mente como un suspiro ajeno a todo aquello, un gesto humano, frágil… casi olvidado.
Esa noche, Ragard encontró un pequeño claro en la montaña, un refugio modesto donde podría finalmente encontrar algo de paz. Se sentó junto a una pequeña hoguera, observando cómo las llamas danzaban, lanzando destellos de luz en la oscuridad.
Sacó de su mochila un pequeño filtro de tela y una bolsa de café molido, un lujo que había guardado para un momento especial. Con manos hábiles, preparó su café, vertiendo agua caliente sobre el filtro y dejando que el aroma envolviera el aire.
Mientras el café goteaba lentamente en su taza, Ragard cerró los ojos por un momento, permitiéndose saborear la calma que tanto había anhelado. La simpleza del momento, el calor de la bebida y la quietud de la noche le ofrecieron un respiro, un espacio para reconectar consigo mismo antes de enfrentar lo que estaba por venir.
Cuando el café estuvo listo, lo tomó con ambas manos, sintiendo el calor reconfortante traspasar sus dedos. Cada sorbo fue un recordatorio de la resistencia que había encontrado dentro de sí. Esa noche, bajo un manto de estrellas, Ragard permitió que el silencio lo envolviera, recuperando fuerzas para el desafío que le esperaba al amanecer. El clarear del nuevo dia llegaba sin demora. Alzaba su pequeño campamento y retiro los escombros de la ya extinta hoguera. Alli mientras guardaba sus pertenencias algo tras suyo se maquinaba, El aire cambió. Denso. Corrupto. Ragard alzó la mirada lentamente, y entonces los vio descender desde las grietas de la roca como si la montaña los hubiese parido. Trasgos hambrientos y rakanish, retorcidos, con movimientos nerviosos y erráticos, rodeándolo en un cerco que no necesitaba cerrarse del todo para ser amenaza.
Y entre ellos…Erguida. Inmutable. Observando.
El sonido llegó antes que la forma: un rugido grave, profundo, que vibró en la piedra misma. La bestia emergió desde un saliente más alto, pesada, viva, reconocible… la misma que había irrumpido tiempo atrás. Pero ahora no era un encuentro fortuito. Era caza. Ragard no retrocedió. Sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la espada, pero algo distinto se agitaba bajo su piel. No era miedo. Era una sensacion de adrenalina y de ansias por saber si su iniciacion como Kriëgen iria a servir o no.
El inicio se manifestó como un pulso sordo en su pecho. Luego, la luz. No una luz que iluminara… sino una que irrumpía. Que desgarraba la penumbra como si esta no tuviera derecho a existir. Brotes luminosos surgieron desde sus manos, irregulares, intensos, como fragmentos de algo mayor intentando abrirse paso a través de él. Los trasgos chillaron.
Algunos se lanzaron de inmediato, cegados por el hambre. No alcanzaron a tocarlo. Ragard avanzó. La espada descendió con precisión, pero cada movimiento estaba acompañado por destellos que estallaban al contacto, dispersando cuerpos, quebrando el avance enemigo, limpiando el espacio a su alrededor como una fuerza que no admitía oposición. No luchaba como antes, imponía su voluntad.
La bestia cargó, furiosa, abriendo su camino entre los suyos. Ragard giró sobre sí mismo, y por un instante el tiempo pareció tensarse. Extendió la mano libre, la luz respondió. Un estallido contenido, violento en su pureza, impactó de frente contra la criatura, deteniendo su embestida y obligándola a retroceder con un rugido que ya no era solo de ira… sino de desconcierto.
La Bestia dio un paso al frente, solo uno y se detuvo. Comprendía entre su accionar salvaje que se encontraba en desventaja. Ragard alzó la mirada hacia él, respirando con fuerza, pero sin vacilar. En ese instante, algo quedó sellado sin necesidad de palabras. Por fin… el Zonotorh no necesitó quien lo defendiera. El viento volvió a recorrer la cima, La bestia retrocedió apenas un instante…mas nunca se retiró.
El impacto de la luz había quebrado su avance, no su instinto. Sus ojos ardían con una furia animal, sin pensamiento, sin duda, sin otra cosa que no fuera destruir lo que tenía enfrente. El aire se tensó con su respiración pesada, como si la montaña misma se viera obligada a soportarla. Ragard lo sintió. No era estrategia, era hambre. Fue entonces, cuando la criatura volvió a lanzarse. No había cálculo, solo masa y velocidad. Sus garras descendieron con violencia brutal, obligando a Ragard a apartarse en el último instante. La roca detrás de él se abrió en fragmentos, despedida como si hubiera sido golpeada por un ariete.
Trasgos y Rakanish —las alimañas mayores, deformes, nerviosas— vacilaron alrededor, pero no intervinieron. Solo esperaban, rodeando, midiendo el derrumbe posible.
Ragard respiró hondoy el pulso en su pecho se encendió. La luz volvió a brotar bajo su piel, más contenida ahora, más precisa, como si comenzara a obedecer su voluntad en lugar de desbordarse. La bestia cargó de nuevo pero esta vez, Ragard no retrocedió…Avanzó.
El choque fue seco.
La espada se encontró con el cuerpo de la criatura, deteniendo el impulso apenas un instante antes de ser empujado hacia atrás por la fuerza del impacto. El brazo le ardió, el suelo crujió bajo sus botas desgarrandolo.
La bestia rugió, levantando una garra para aplastarlo. En precisa reacción, Ragard giró el cuerpo con un movimiento corto, aprovechando el peso del ataque y entró. Demasiado cerca, demasiado tarde para la bestia. La luz no explotó. Un único destello recorrió el filo de la espada, Ragard cortó. El movimiento fue limpio, decisivo. La cabeza de la criatura se separó del cuerpo en un solo arco y pesado, rodando por la roca mientras el resto del cuerpo quedaba de pie un segundo más, como si aún no entendiera que había terminado. Luego cayó. El silencio fue inmediato. Los trasgos y Rakanish se dispersaron con un chillido irregular, perdiéndose entre las grietas de la montaña sin insistir más. Ragard permaneció inmóvil unos segundos, respirando con fuerza. La luz bajo su piel se fue apagando lentamente, como brasas bajo ceniza. Miró el cuerpo. Sin triunfo, esto para el no era de celebrar. Lo único que importaba era que el camino hacia Emúrea seguía abierto.
El estupor de la pelea se desvanecio en el viento, llevándose consigo los últimos ecos del enfrentamiento. Los trasgos que quedaban se dispersaron, arrastrándose de regreso a las sombras de donde habían venido. La bestia no volvió a avanzar.
Ragard permaneció de pie, firme, con la luz aún palpitando débilmente en su interior, como brasas que no se apagarían fácilmente. Detrás de él, el camino descendía. Al frente… las minas de Emúrea aguardaban y esta vez, no llegaría como alguien que busca ayuda, sino como alguien enla capacidad de darla. Con los primeros rayos de sol filtrándose entre las montañas, Ragard se puso en marcha. La jornada era larga y el camino, arduo. Cada paso hacia las minas de Emúrea le recordaba la magnitud de su misión. Pero también era un camino de autodescubrimiento. Mientras avanzaba, su mente se llenaba de pensamientos sobre su don de vidente. La profecía que había leído, las tragedias que había presenciado, todo parecía converger en este momento. ¿Era él simplemente un emisario de tragedias, un portador de oscuridad?. La voz que había encontrado en su mente, la misma que le había mostrado su propia caída, había hablado de aprendizaje y crecimiento. No eran solo las
tragedias las que definían su camino, sino también las oportunidades de cambio, de luz.
En medio de su viaje, Ragard se detuvo, sentado en una roca, y cerró los ojos. Permitió que la serenidad de la naturaleza lo envolviera. En ese silencio, aceptó que su papel como Zonotorh no era solo enfrentar la oscuridad, sino también ser un faro de esperanza.
—No soy solo un vidente de las sombras —se dijo a sí mismo—. Soy un portador de luz, un guía en la oscuridad.
Bebio agua , ojeo el mapa y con determinación, Ragard continuó su camino hacia las minas de Emúrea, no solo como un vidente, sino como un verdadero representante de su raza, dispuesto a llevar tanto las lecciones del pasado como la esperanza del futuro.
Interludio
I.
El Río del Olvido.
Una sombra, esculpida por la tenue luz del atardecer, acompañaba a Ragard mientras observaba cómo las llamas abrazaban el cuerpo de su abuelo. Ese día, el solo, sin ayuda ni compañía, preparó lo último que quedaba de su legado. Con manos temblorosas y el alma rota, recogió leña seca, extendió la tela que cubriría el cuerpo y construyó la pira que ahora devoraba la figura que lo guio en su niñez.
El crepitar del fuego llenaba el aire, un sonido que para otros podía ser cálido, pero que para él era el eco de un adiós imposible de aceptar. A su alrededor, el mundo parecía detenerse. Los árboles permanecían inmóviles, y el río cercano apenas susurraba su marcha eterna, como si hasta la naturaleza se rehusara a perturbar ese momento.
Ragard permaneció inmóvil, sus ojos fijos en las llamas mientras los recuerdos comenzaban a inundarlo. Su abuelo, su tutor, su maestro, había sido todo lo que él conocía del mundo. Con él aprendió no solo a usar su don de vidente, sino también a temerlo, a comprender las repercusiones que traía consigo. Y ahora, sin su guía, ese don parecía más un peso que un regalo.
—No mires atrás, Ragard—, le había dicho su abuelo en más de una ocasión. Pero, ¿cómo no hacerlo?
¿Cómo no sentir que su espíritu quedaba encadenado a ese pequeño claro en el cafetal, donde las cenizas pronto se mezclarían con la tierra?
Allí parado, sumido en una lenta y profunda respiración, Ragard recordó como él y su abuelo habían sido desterrados de su finca hacía años, condenados al exilio por razones que él de niño apenas entendió. Todo lo que sabía era que su don de vidente, algo que debería haber sido un regalo, se había convertido en una carga. Las cartas videntes hablaban con una certeza que aterrorizaba, y el miedo de sus padres los había empujado al borde del mundo conocido, a un pueblo olvidado en medio de los campos de café.
Sin embargo, el vínculo de Ragard con sus padres no se rompió del todo. En las noches, cuando el abuelo dormía, él escapaba, siguiendo los senderos que lo llevaban de vuelta a la finca. Desde la distancia, vigilaba el deterioro de su madre y su padre. Sus cuerpos, otrora robustos, se marchitaban día a día bajo el peso de la enfermedad y el abandono. Ragard sabía lo que las cartas habían mostrado: su destino ya estaba escrito, y nada de lo que hiciera cambiaría lo que venía. El arcano era fulminante:
“De las vivas raíces de la sangre labriega, dos mas uno y la estirpe de yugo, persecución y enfermedad. La fatiga de un mal enfurecido sobre cuerpo callosos de la vidente maldición”
Pero el saber no hacía más ligera la carga. La impotencia lo consumía, una sombra constante que crecía con cada escapada. Ver a sus padres sufrir, oír los débiles gemidos que el viento traía hasta su escondite, era un tormento. «¿Por qué no puedo salvarlos?», se preguntaba, aun cuando conocía la respuesta. Las cartas no mienten, su abuelo le había dicho, y por eso nunca debía jugar a ser más grande que el destino.
El día que supo que ambos habían muerto, Ragard sintió que algo en su interior se rompía. No lloró; no podía. El remordimiento se acumuló como una marea, silenciosa pero devastadora, dejándolo paralizado. Esa misma noche, mientras el abuelo tallaba un pequeño amuleto en madera, Ragard se sentó junto a él y preguntó, con voz temblorosa:
—¿También tú… morirás pronto?
El abuelo, sin levantar la mirada del amuleto, respondió con una calma que sólo alguien que había hecho las paces con su destino podía tener.
—Todos lo haremos, chico. La diferencia está en cómo nos encontramos con el final.
Y aunque esas palabras pretendían consolarlo, Ragard no pudo evitar sentirse ahogado por el peso de todo lo perdido y lo que aún estaba por perder.
La noche en que el abuelo exhaló por última vez, la pequeña casa quedó envuelta en un silencio sepulcral. Las llamas de la pira aún titilaban cuando Ragard recogió las cenizas con cuidado, colocándolas en una pequeña urna de madera que su abuelo había tallado mucho tiempo atrás. “Para mí”, había dicho en una ocasión con una sonrisa amarga. Ahora, ese recuerdo era un eco más entre los fragmentos de su corazón.
No quedaba nada para él en aquel pueblo. Los cafetales que habían sido su refugio parecían ahora una cárcel, y la cabaña que alguna vez había sido un hogar, un recordatorio de su soledad. Pero más que nada, era el silencio el que lo empujaba a partir. Un silencio que no podía llenar, un vacío que ni siquiera sus cartas se atrevían a romper.
Esa misma mañana, Ragard tomó la decisión que su abuelo había anticipado: debía marcharse. Sin embargo, lo haría bajo sus propias reglas. No más cartas. No más visiones. Se juró que encontraría la forma de ganarse la vida como un hombre cualquiera, lejos de los murmullos del destino. Pero el remordimiento que cargaba con él era un compañero difícil de ignorar, un deber constante que hacía que cada paso se sintiera más pesado que el anterior.
Caminó durante días, siguiendo senderos que lo llevaban cada vez más lejos de Dye. La primera noche fuera de su casa fue la más dura. Sin un fuego que lo protegiera, sin un techo bajo el cual descansar, Ragard se acurrucó bajo un manto de estrellas, aferrándose a la urna de su abuelo como si fuera lo único que mantenía su espíritu unido.
Fue entonces, en medio de esa oscuridad, cuando escuchó el ruido de pasos. No animales, no criaturas salvajes, sino pasos humanos. La voz que lo llamó desde la penumbra era ronca, con un deje burlón.
—Vaya, ¿qué hace un chico como tú en un lugar como este?
Era un hombre un poco mayor que él. Su primera impresión fue la de un ladrón o un mercenario, un hombre de pocas palabras, pero con una sonrisa que parecía tan peligrosa como fascinante. El desconocido no hizo muchas preguntas, ni Ragard ofreció muchas respuestas, pero aquella noche compartieron un fuego, y el anónimo se aseguró de que Ragard no muriera de frío.
Aunque Ragard no lo sabía aún, ese encuentro marcaría el inicio de una conexión que desafiaría todo lo que él creía sobre confianza, lealtad y destino.
El sol caía con fuerza sobre el mercado de Laugros, iluminando las calles de la ciudad con una luz cegadora. Los carteles de ofertas de trabajo colgaban de las paredes, pero Ragard no encontraba en ellos más que promesas vacías. Su mirada recorría las opciones, pero algo en su interior le decía que no debía conformarse con lo que esos anuncios ofrecían. Había tomado una decisión: vivir su vida sin depender de su don, sin recurrir a las cartas que le mostraban siempre el mismo futuro sombrío. Pero la incertidumbre de estar fuera de su zona de confort lo hacía dudar. Lastimosamente este reino no dependía de la agricultura, era más un territorio industrial. Ser caficultor aquí, era obsoleto.
Fue entonces cuando escuchó la voz de su acompañante hasta entonces desconocido.
—¿Vas a quedarte mirando esos carteles todo el día, o vas a hacer algo con tu vida?
Ragard giró hacia él, encontrándose con un hombre de mirada desafiante y postura relajada, como si todo el mercado fuera suyo. El hombre no parecía preocupado por nada, ni por el calor abrasante ni por el futuro incierto que ambos compartían.
—¿Y tú qué sabes de hacer algo con la vida?, respondió Ragard, medio molesto por la interrupción. ¿Buscas empleo también? – Su acompañante soltó una risa y se cruzó de brazos.
—Empleo… bueno, depende de qué consideres empleo. Yo busco algo más… interesante, algo que me permita no pasarme toda mi vida pegado a una mesa o como esclavo de alguien.
Ragard lo miró con escepticismo.
—Yo sólo busco un trabajo honesto. Algo que me permita vivir.
Su compañero lo observó por un momento, como si estuviera evaluando a un extraño y curioso espécimen.
—Honesto, dices. Mira, yo vengo de una familia de seis hermanos. El pequeño, siempre el problema, siempre el que no encaja. – Sus ojos brillaron con un destello de rebeldía. – Mis padres querían que fuera como el resto, que me quedara en casa, que tomara un oficio. Pero no, yo no nací para ser uno más, ¿entiendes? Decidí que, si no me iban a dejar ser algo, iba a buscar mi propio camino. Aquí estoy, buscando algo que me dé la libertad que siempre quise. De profesión soy cartógrafo al igual que mi padre lo fue. ¿pero a quien le importa hoy por hoy mi destreza?
Ragard afirmó lentamente, reconociendo la lucha interna que ambos compartían.
—Soy el último de mi familia también… pero no por elección. Mis padres… murieron, hace tiempo. El trabajo, el sustento, todo cayó sobre mi abuelo. Él fue quien me enseñó a ser lo que soy.» Su voz se apagó un poco, como si la mención de su abuelo lo debilitara. – Ahora, lo único que quiero es encontrar algo que me permita seguir adelante, sin depender de mis… habilidades, pues bien mira soy Caficultor.
El hombre lo miró por un momento, como si las palabras de Ragard le dijeran algo que no había esperado.
—Eso suena a que no tienes muchas opciones, amigo – Su tono fue menos burlón esta vez, más comprensivo. – No todos tenemos la suerte de escoger el camino que tomamos, pero al menos te queda una cosa: el poder de seguir adelante, a tu manera.
Ragard no pudo evitar sentir una leve molestia. No quería que nadie supiera que él, más que nadie, estaba destinado a algo mucho más grande que lo que esa ciudad podía ofrecerle. No quería que el extraño supiera nada sobre él ni sobre los secretos que cargaba sobre sus hombros. Zonotorh. Ese término lo perseguía, como una sombra que lo observaba constantemente, pero no era algo que quisiera compartir con nadie, al menos no en este momento. El futuro aún era incierto, y la vida de los Zonotorh no siempre era vista con buenos ojos.
—¿Y tú, ¿cómo te llamas? preguntó su compañero, rompiendo el silencio.
Ragard lo miró un instante, evaluando si debía decirle su verdadero nombre. No tenía por qué ocultárselo, pensó, pero algo en su interior le decía que debía ser precavido.
—Me llamo Ragard, Ragard De Enlil – dijo, dándole su nombre de nacimiento – ¿Y tú?”
—Kanthus De Mentho – respondió el otro con una sonrisa amplia – Su tono era tan despreocupado como siempre, y Ragard no pudo evitar notar que su confianza tal vez podría ser depositada y apropiada para alguien como Kanthus.
—Es… un buen nombre, – dijo Ragard, tratando de que la conversación fluyera sin ahondar demasiado.
Ambos quedaron en silencio por un momento, cada uno procesando las palabras del otro. Aunque sus historias eran diferentes, había algo en sus miradas que los unía: una sensación de ser forasteros, de estar en una ciudad que no los esperaba, buscando lo mismo, pero de maneras completamente distintas.
—Supongo que vamos a tener que trabajar juntos por un tiempo—, dijo Kanthus, rompiendo el silencio. A menos que quieras seguir mirando esos carteles.
Ragard confirmó, aceptando el cambio de rumbo.
—Me parece bien. Busquemos algo que realmente valga la pena.
La brisa cálida soplaba entre las calles del mercado, moviendo los papeles viejos y arrugados de los carteles de trabajo. Ragard y Kanthus seguían caminando entre los puestos, el bullicio de la gente a su alrededor era una mezcla caótica de voces, gritos, y el estrépito de las mercancías que se vendían a toda prisa. Pero ninguno de los dos parecía estar del todo involucrado en el ajetreo; ambos estaban atrapados en sus pensamientos, caminando en un mundo paralelo. Kanthus rompió el silencio, como si hubiera estado esperando el momento adecuado para hablar.
—Deberías establecer tu propio café – dijo Kanthus en medio de un energético bostezo- me caerían bien un café o una cerveza de arroz.
—No es tan deschavetada la idea, para una localidad tan movida como esta, un café seria un buen lugar donde recuperar fuerzas. Pero ahora la producción si apenas puede mantenerse y los insumos están de un costo altísimo. Comprar café hoy por hoy es una tarea que solo los duques, reyes o terratenientes pueden hacer… de resto es solo un vasto sueño.
Kanthus levanto sus hombros en un ademan de no entender nada y prosiguió. Ambos continuaron caminando entre los puestos, hasta que encontraron un pequeño bar donde se anunciaba la búsqueda de personal. Kanthus, sin pensarlo dos veces, entró primero, y Ragard lo siguió, aunque con menos entusiasmo. El dueño de la taberna, un hombre alto con una mirada que parecía atravesar a quien lo mirara, los observó desde su silla. Kanthus fue el primero en hablar.
—Estamos aquí por el anuncio. ¿Qué tipo de trabajo ofrecen?
—¿Trabajo? Depende de lo que puedan hacer. – respondió el hombre con tono desinteresado, como si ya estuviera cansado de oír las mismas palabras una y otra vez.
—Soy buen cocinero, sé moverme rápido y no tengo miedo de ensuciarme las manos. Soy versátil. – dijo Kanthus recostado contra el mostrador, cruzando los brazos con una actitud relajada.
—Puedo hacer varios trabajos, aunque no tengo experiencia en este tipo de cosas – dijo Ragard sin muchas expectativas. No quería destacar, no quería ser el centro de atención, y mucho menos que el hombre notara algo peculiar en su manera de hablar.
—¿Están dispuestos a trabajar sin hacer preguntas? Aquí nadie tiene lujo de elegir qué hacer. Si aceptan, será lo que haya. No hay promesas. – El dueño del bar los miró, evaluándolos.
Kanthus asintió sin titubear, mientras Ragard permaneció en silencio, dándole una última mirada al hombre. Al final, el trabajo no parecía ser importante; más que nada, necesitaban cualquier cosa que les permitiera seguir adelante.
—Está bien, – dijo Ragard finalmente. – Aceptamos.
El dueño confirmó, señalando una esquina del local donde un grupo de hombres y mujeres parecía estar limpiando y preparando las mesas.
—Los trabajos comienzan al anochecer. Si están listos, empiecen a mover esos muebles.
—Kanthus sonrió, mientras Ragard simplemente asintió con la cabeza, sin mostrar emoción alguna. Ambos salieron del mostrador, y aunque no intercambiaron palabras, ambos sabían que en ese instante algo había cambiado entre ellos.
—Aquí estamos, al menos hasta que podamos encontrar algo mejor – dijo Kanthus, mientras comenzaba a mover una mesa de madera. A veces, la vida no te da lo que quieres, pero lo que te da, es lo que tienes que aprovechar.
Ragard no respondió. Mientras observaba a Kanthus trabajar con esa energía desbordante, se sintió un poco más distante, pero también algo más aliviado.
Enfocados en su quehacer cotidiano, Ragard fue atraído de provisto por un aroma dulce que para sus adentros resultaba ser muy familiar. Indiscutiblemente era el olor a café recién tostado que provenía de la parte trasera del establecimiento. Dejo su labor para caminar como un hipnotizado hacia el lugar que lo llamaba con sumiso encanto. Allí vio por primera vez en persona al maestro tostador, quien manipulaba una máquina de noble diseño, forjada en hierro y bronce, cuyo cilindro giraba lentamente sobre una hoguera ardiente. Recubierto de runas y símbolos misteriosos, el cilindro giraba alimentado por un gran brazo de madera que un artesano de la villa accionaba con destreza. En su interior, los granos de café se encontraban en canastas de mimbre, adquiriendo lentamente una fragancia que solo la magia del fuego podía otorgar.
La máquina estaba firmemente asentada sobre una mesa de roble, con compuertas en los costados que permitían a los maestros del arte del tostado verificar la perfección del proceso. Ragard observó fascinado cómo los granos, dorados por el calor, eran cuidadosamente retirados del cilindro y listos para ser molidos en los morteros de piedra. El aire estaba impregnado de la esencia que lo transportaba a tiempos de paz y calma, donde cada sorbo de café era un pequeño momento de deleite. El aire estaba impregnado de la esencia que lo transportaba a tiempos de paz y calma, donde cada sorbo de café era un pequeño momento de deleite.
El dueño del café bar, un hombre de rostro curtido por los años y con un porte orgulloso, lo observó de reojo antes de acercarse rápidamente, su tono serio como la madera de un roble:
—¡Eh, tú! —gritó, deteniendo a Ragard con un gesto firme—. ¿Por qué abandonas tu labor sin previo aviso? Aquí no toleramos distracciones.
Ragard, aún atrapado por el aroma del café, se giró para enfrentar al hombre. Con una calma que no era propia de alguien en su situación, respondió:
—Vengo de familia caficultora —dijo, su voz grave resonando en el aire—. Hace mucho que no veía café, y casi había olvidado lo exquisito que es su olor. Discúlpeme usted, señor.
El dueño, aparentemente sorprendido por las palabras del joven, lo observó de manera diferente, una chispa de interés brillando en sus ojos.
—¿De verdad? —preguntó, su tono suavizándose—. ¿Y qué sabes de este arte ancestral? Tal vez te gustaría aprender a preparar café como los mejores. Muchos en esta zona, e incluso en el reino entero, viajan hasta aquí solo para saborear lo que tenemos.
Ragard respondió, sabiendo que no podía rechazar la oportunidad.
—Si me enseñas, aprenderé rápidamente. El conocimiento es algo que adquiero con facilidad.
El dueño sonrió, intrigado por la confianza de Ragard, al enterarse que venía de una familia caficultora, se acercó a él con una sonrisa sabia, como si hubiera intuido algo en su mirada.
—En nuestra tierra, el arte de preparar café no es solo un oficio. Aquellos que dominan este arte son conocidos como Zilfar, —dijo, mientras observaba con atención el movimiento de Ragard alrededor de la máquina—. Zilfar no es simplemente un título, sino una tradición ancestral que se remonta a los primeros cultivadores del café. En su lengua ancestral, «Zilfar» significa «El Guardián del Fuego», pues, como el fuego transforma los granos en el elixir que todos veneran, así el Zilfar debe dominar la esencia misma del fuego, el calor y la fragancia. Es el nombre dado a quienes no solo preparan, sino que entienden la magia que hay detrás de cada grano que pasa por sus manos.
Ragard, curioso, afirmó. Su corazón latía con más fuerza mientras absorbía cada palabra del hombre. ¿Sería esto lo que había estado buscando durante tanto tiempo, una manera de canalizar su propio poder a través de algo tan simple y complejo como el café?
—Si deseas, puedes aprender el arte del Zilfar. Pero no será fácil, y muchos fracasan antes de llegar a dominarlo por completo —advirtió el dueño, con una mirada que dejaba claro que el camino sería arduo.
Ragard miró la máquina, sus ojos brillando con una determinación renovada. Quizás su destino no solo se encontraba en los pasillos oscuros de las conspiraciones y las traiciones, sino también en el dominio de este arte ancestral. Un Zilfar no solo servía cafés; transformaba vidas con cada taza servida. Pronto, el café bar se ganó la fama de tener los mejores cafés de la zona, y no solo eso, sino que los rumores comenzaron a extenderse por todo el reino. Aquellos que buscaban un café perfecto sabían que debían dirigirse allí, donde la experiencia de Ragard, ahora conocido por su maestría en el arte de la bebida, se encontraba al alcance de todos.
El bar donde Ragard servía su café no era un lugar cualquiera. Se encontraba en el centro de la ciudad, oculto entre las callejuelas más exclusivas de la región, en un rincón frecuentado solo por aquellos que podían permitirse el lujo de degustar lo mejor que la vida tenía para ofrecer. Los nobles, comerciantes de tierras lejanas y artistas influyentes se mezclaban entre las mesas, sus voces susurradas quedaban ahogadas por la suavidad del ambiente, mientras el aroma del café recién preparado se mezclaba con las conversaciones de alto nivel.
En este lugar, Ragard no era solo un Zilfar; era un alquimista del sabor, un maestro de la infusión, un guardián de secretos que se transmitían por generaciones. La receta que él seguía era un arte en sí mismo, un proceso meticuloso que transformaba cada grano de café en una experiencia sensorial única.
La Reina de Laugros había entrado en el bar esa tarde como cualquier otra persona, buscando algo diferente.
—¿Es decir de los rumores que aquí sirven una bebida que puede derrocar al te de especias que exporto desde el mismo oriente? – Continuo La Reina con sutil arrogancia. – Quiero averiguar si es verdad que esta famosa bebida llamada Café, es capaz de superar el te que mi amado prometido envía desde tan lejos.
—Mi señora, la venia para usted. Soy Ragard y seré quien le prepare su bebida – sumó El vidente con cautela – hoy nuestro origen es de Dye. Una variedad llamada Karaban, de notas muy aromáticas mi señora.
—Querido, basta de explicaciones, prepárame tu dichosa bebida, estoy solo de paso.
Con un gesto tranquilo, Ragard tomó una balanza de precisión Emúreo, tan delicada y fina como un instrumento musical, y pesó 18 gramos exactos de café. Cada grano era una promesa, una historia encapsulada en su forma pequeña y oscura. Estos no eran granos comunes, sino seleccionados de las mejores fincas de café de la región de Dye, cultivados a mano y procesados con el máximo cuidado. Su color pardo y su superficie mate reflejaban la calidad que solo los paladares más refinados podían distinguir. Con las manos acostumbradas al ritual, Ragard vertió el café molido en un fino lienzo de algodón, que había sido tejido con hilos tan delicados que parecían casi invisibles al tacto. Este lienzo servía de filtro, un sustituto perfecto para el papel que muchos usaban, pero con la particularidad de que no interfería con los aceites naturales del café, permitiendo que los sabores más profundos y complejos se desarrollaran por completo.
El café tenía notas complejas que se desplegaban a medida que se vertía el agua caliente sobre él. El aroma inicial era una mezcla de notas florales, con un toque suave de cacao, que evocaba una sensación dulce y fragante. Mientras el agua caía lentamente sobre el café, el aire se llenaba con una fragancia dulce y floral, un rastro sutil de jazmín y cereza madura que daban la bienvenida a la suavidad del cuerpo de la bebida. Con precisión, Ragard permitió que el agua se deslizara lentamente, en círculos, para que cada grano fuera impregnado en su totalidad. La temperatura del agua no debía ser ni demasiado caliente ni demasiado fría, lo que permitía que el café liberara su sabor sin volverse amargo. A medida que el agua absorbía la esencia del café, una capa fina de aceites naturales se formaba sobre la superficie, creando una crema elastica y dorada que sellaba las promesas de la bebida.
El proceso no era rápido, ni mucho menos. Ragard respetaba el tiempo, cada segundo invertido en ese ritual era crucial para conseguir el equilibrio perfecto. Cuando el café estaba listo, lo sirvió en una copa de porcelana delicada, fina como la niebla de la mañana, asegurándose de que cada gota fuera perfecta.
Al probar el café, la Reina de Laugros cerró los ojos por un momento, dejando que el sabor inundara su paladar. El cuerpo era suave pero denso, con una acidez balanceada que se desvanecía en un toque cremoso. Las notas a frutas rojas, como la mora silvestre, se mezclaban con un residual a nuez tostada, y una ligera insinuación de especias en el fondo que la hacía intrigante, compleja.
Era un café que no solo despertaba los sentidos, sino que los cautivaba, que invitaba a ser saboreado lentamente, con cada sorbo más revelador que el anterior.
—Este es un café que no se puede apresurar, – dijo Ragard, sin mirar a la Reina, sabiendo que sus palabras no solo describían el proceso, sino también su propia forma de entender la vida.
– Cada paso, cada grano, tiene su propio tiempo. –
La Reina, sorprendida por la profundidad de su sabor y la complejidad de su aroma, sonrió ligeramente. Sabía que había encontrado algo raro, algo que merecía su atención. Pero lo que más le intrigaba era el hombre que estaba frente a ella. Sabía que Ragard no era solo un simple Zilfar; él tenía algo que le interesaba más allá de su habilidad con el café.
—Has hecho un buen trabajo, – dijo finalmente, tomando un sorbo más largo, sus ojos fijos en él. – Tu talento no debe quedarse oculto en este bar. Te quiero en mi corte.
Ragard, sin saber si debía sentirse halagado o atrapado, ratificó lentamente, mientras una parte de él, esa que nunca se deja llevar por la corriente, se resistía. Sin embargo, el destino había hablado, y no podía simplemente ignorarlo. Al igual que el café que había preparado, ahora su vida daría un giro que no podía predecir.
II.
Los Conserjes.
El aire del castillo de Laugros, pesado por la opulencia y los ecos de antiguos tronos, era tan denso como los velos de intriga que se tejían entre sus muros. Ragard se encontraba allí ahora, no como un simple forastero, sino como uno de los Conserjes de la Reina Divesh. La Reina, reconociendo en él una destreza que trascendía la simple preparación del café, lo había reclutado para manejar las importaciones y exportaciones de café desde Dye y las tierras circundantes hasta la capital. Él había contado toda la sabiduría que había adquirido de su abuelo y de su padre. Las conexiones comerciales que había forjado en sus viajes le otorgaban un lugar importante en la corte. Ragard ahora tenía acceso a los más finos cultivos, a los comerciantes más respetados, y a las decisiones que influenciaban la economía de todo Laugros. Sin embargo, el peso de su posición no lo liberaba de la sensación de estar atrapado en una red de políticas y traiciones que se tejían en las sombras del palacio. Su mente, acostumbrada a la libertad de los caminos y los mercados, luchaba por encontrar su lugar entre las paredes doradas del castillo.
Uno de los pocos puntos de estabilidad en ese mar turbulento era Kanthus. Al principio, Ragard había renuente en llevar a su amigo a la corte. Kanthus, tan intrépido y desbocado como siempre, había sido un cartógrafo excepcional. Su habilidad para trazar mapas con una precisión casi mística era desconocida pero palpable en el. Kanthus, siempre en busca de aventuras y nuevos horizontes,
había aceptado encantado, convencido de que la corte era solo otro desafío por conquistar y la Reina, como no podía ser de otro modo, lo había reclamado para ayudarle a delinear los mapas de sus excursiones comerciales y territoriales. Pero Ragard, temeroso de que su amigo se perdiera en el entramado político del castillo, decidió interceder.
Una tarde, tras las primeras reuniones con la Reina Divesh, Ragard le pidió una audiencia privada. La Reina, que ya estaba acostumbrada a su presencia y que confiaba en su juicio, lo recibió con un aire de expectación.
—Mi Reina, – comenzó Ragard con respeto, pero también con una sincera petición en su voz.
—Si puedo pedir algo más, me gustaría que Kanthus fuera recibido también en la corte. Es un cartógrafo sin igual y su talento podría ser útil para las expediciones de este reino.
La Reina lo observó, evaluando sus palabras. Había notado la relación entre Ragard y Kanthus, la amistad tan sólida como la propia lealtad que Ragard le brindaba. Pero lo que más le intrigaba era la razón detrás de la petición.
—Kanthus, ¿eh? El joven rebelde y audaz. ¿Por qué deseas que esté aquí, Ragard? – preguntó la Reina, sus ojos entrecerrados mientras jugaba con un anillo en su dedo.
Ragard vaciló por un momento, consciente de las implicaciones de sus palabras. No quería que la Reina viera a Kanthus como solo un “joven rebelde”, sino como alguien capaz de aportar mucho más al reino.
—Es más que un hombre de mapas, mi Reina. Su visión del mundo, su forma de interpretar los territorios, podría enriquecer nuestras fronteras y nuestros dominios. Creo que su presencia aquí beneficiará no solo a la Reina, sino a todos los que dependemos de la precisión y la sabiduría para expandir y proteger nuestras tierras.
La Reina lo miró fijamente por un largo rato. Finalmente, sonrió de forma sutil, como si hubiera descifrado algo más allá de las palabras.
—Muy bien, Ragard. Kanthus será bienvenido. Quiero ver su trabajo. Si realmente es tan excepcional como tú dices, encontraré un lugar para él.
Ragard asintió, agradecido, pero también consciente de que la Reina no hacía promesas a la ligera.
A medida que los días pasaban, los dos amigos se adaptaban a sus nuevos roles dentro de la corte. Kanthus, disfrutando de la libertad que le ofrecían las vastas bibliotecas del castillo y la posibilidad de crear mapas que representaran no solo el mundo conocido, sino también aquellos territorios que aún se encontraban en las sombras, se sumergió en su trabajo con entusiasmo. Mientras tanto, Ragard se dedicaba a manejar las importaciones y exportaciones de café, asegurándose de que los suministros llegaran a tiempo y sin contratiempos, manteniendo siempre una imagen impecable ante la Reina.
Pero había algo más en la corte, una tensión creciente que se manifestaba cada vez que se mencionaba el nombre de Fahidi, el prometido de la Reina. Aunque su estatus y su riqueza lo hacían parecer la elección perfecta, Ragard pronto descubrió que su comportamiento era tan volátil como sus negocios. Fahidi, un hombre de negocios astutos, pero de actos un tanto turbios, se había embarcado en un largo viaje por mar y tierra, para dar por cumplidas las nupcias matrimoniales con la reina Divesh.
Ragard y Kanthus coincidían en algo: el prometido de la reina ya comúnmente citado, parecía de fiar. Aunque la Reina Divesh se mantenía siempre encantadora y persuasiva al referirse sobre su prometido, ambos sentían que algo no encajaba. Ragard había sido testigo de las discusiones acaloradas entre la Reina y los mensajeros del príncipe, donde la arrogancia del prometido se reflejaba a través de sus súbditos, y Kanthus, siempre perspicaz, había notado los susurros entre los sirvientes que hablaban de negocios oscuros y de acuerdos secretos.
—La Reina no es tonta, – murmuró Kanthus una noche, mientras ambos se encontraban en los pasillos del castillo, compartiendo un momento de descanso. – Pero algo no está bien con él. Esas nupcias tienen un aire más denso que el del amor, como si hubiera más de lo que quiere demostrar.
Ragard estuvo de acuerdo. Aunque la Reina le había otorgado su confianza, la sombra de Fahid se cernía, sobre todo. Los dos sabían que algo tendría que suceder pronto, y no serían simples espectadores de lo que estaba por venir. El castillo de Laugros había estado en calma durante semanas. El suave murmullo de la corte, los rumores entre los sirvientes, los pasos callados en los pasillos, todo parecía seguir su curso sin alteraciones. Sin embargo, la llegada de Fahidi De Shalal trastocó esa serenidad. De origen oriental, su viaje desde tierras lejanas había sido largo, y su presencia ahora en la corte era un susurro en cada rincón.
Desde el momento en que atravesó los muros del castillo, una sombra parecía haberse instalado en el aire. La Reina Divesh, con su porte altivo y elegante, lo recibió con la sonrisa que siempre ofrecía a sus visitantes, pero en sus ojos se reflejaba algo distinto. Ragard, quien había aprendido a leer los gestos y las posturas más sutiles, vio la tensión en los hombros de la Reina, esa ligera rigidez que no podía disimular. Kanthus, por su parte, notó el cambio inmediato en la atmósfera. El aire ya no era tan limpio y fresco como antes. Había algo pesado en el entorno, algo que los rodeaba y se extendía como un perfume invisible.
Fahidi De Shalal, hombre de mirada intensa y porte regio, parecía seguro de sí mismo. Su cabello, una cascada de ondas negras como la noche, caía hasta su cadera, con mechones que parecían esculpidos por manos divinas. Su piel, de un tono bronceado profundo, irradiaba la calidez de los desiertos orientales, mientras que sus pómulos altos y bien definidos conferían a su rostro un aire noble. Tenía ojos almendrados de un gris acerado, bordeados por pestañas largas y oscuras, que parecían ocultar secretos y promesas peligrosas. Su nariz era recta y ligeramente prominente, un rasgo que reforzaba su aspecto imponente, mientras que su boca, de labios llenos y bien delineados, podía curvarse en una sonrisa tan encantadora como venenosa. Una barba corta y perfectamente arreglada enmarcaba su mandíbula fuerte, añadiendo un toque de madurez y control a su semblante. La primera vez que Ragard se encontró con él, fue durante una audiencia en la sala principal del castillo, donde los nobles y consejeros se reunían con la Reina. Fahidi lo observó.
desde el principio, sus ojos como cuchillos afilados, midiendo cada detalle. Kanthus, por su parte, no podía dejar de notar la frialdad de su presencia, como si todo lo que rodeaba a Fahidi fuera, en su esencia, calculado y vacío.
—Así que eres el hombre que maneja las importaciones de café en Laugros, – dijo Fahidi a Ragard con una sonrisa apenas perceptible. – He oído hablar de ti, Mi amada te menciona con frecuencia. Es interesante cómo alguien como tú logra algo tan… complejo, por decirlo de alguna manera. No he de negar que los envíos que haz hecho han enamorado a muchos en mis tierras…te lo agradezco Sir Ragard.
Ragard, acostumbrado a las falsas amabilidades de quienes solo buscaban sacar provecho, respondió con cortesía, pero sin dejarse impresionar.
—Mi Señor, el café es solo una de las riquezas de esta tierra. El comercio en Laugros es vasto, y cada negocio tiene su propio valor.
Fahidi se acercó un poco más, su mirada fija en los ojos de Ragard.
—Claro, claro. Pero algunos negocios tienen más valor que otros, ¿no es así? El café, por ejemplo, es el elixir de la nobleza. Los que dominan ese arte también dominan algo más… algo más poderoso…
Ragard frunció el ceño levemente, sintiendo la amenaza velada en sus palabras. Kanthus, a su lado, levantó una ceja y observó a Fahidi en silencio. Sin embargo, sabía que no debía subestimar a un hombre que había logrado llegar tan lejos desde tierras tan distantes. Algo en su mirada sugería que su poder no provenía solo de su riqueza, sino de algo mucho más oscuro y calculador.
La Reina Divesh intervino, como si percibiera la tensión entre ambos.
—Querido, Ragard, Kanthus… ¿por qué no nos acompañan a la terraza? La vista nocturna de Laugros es espectacular, y creo que un cambio de escenario nos hará bien.
Con un gesto, los guió hacia una de las terrazas del castillo, donde el aire fresco de la noche, lleno de la fragancia de los jardines, contrastaba con la atmósfera densa que había dejado la llegada de Fahidi. La Reina se mantuvo en el centro, conversando con su prometido mientras Kanthus y Ragard intercambiaban miradas inquietas.
Cuando Fahidi habló, su voz era baja, pero la Reina, observando su conversación, no pudo evitar percatarse de cómo el ambiente se volvía más denso.
—¿No es curioso, Ragard, ¿cómo las alianzas entre los reinos a veces no se hacen solo a través del comercio, sino por otros… acuerdos? – Fahidi lanzó una mirada rápida a Kanthus, que se mantenía al margen, antes de añadir, – Las alianzas de sangre también son poderosas.
Esas palabras, aparentemente casuales, cayeron pesadas como una losa. Ragard sintió un escalofrío, mientras veía a la Reina desviar la mirada hacia el horizonte, como si esas palabras no
pudieran tocarla. Pero Ragard sabía que algo oscuro y peligroso se estaba gestando, algo que no podría ignorar por mucho más tiempo.
La Reina Divesh, aunque elegante en su fachada, se encontraba ahora atrapada en la telaraña de intereses ajenos a su voluntad. Y Ragard, aunque aún sin comprender por completo las intenciones de Fahidi, sabía que algo siniestro se movía en las sombras, preparado para alterar la paz frágil que Laugros había disfrutado hasta ahora.
Tarde esa noche en el lago cercano al castillo de Laugros, ambos conserjes observaban sus aguas que eran un espejo oscuro bajo la luz de la luna. El viento susurraba entre los juncos y el murmullo del agua era un alivio tras las agitadas semanas de arduo trabajo. Ragard y Kanthus habían encontrado un momento de calma lejos de los muros del castillo, donde las responsabilidades y los secretos parecían más fáciles de llevar.
—Es curioso, – comentó Kanthus, mientras arrojaba una pequeña piedra al agua, observando las ondas que se formaban, – cómo la vida nos lleva por caminos tan extraños. Nunca pensé que terminaría aquí, trabajando para una reina, trazando mapas para comerciantes y mercaderes.»
Ragard, sentado en una roca cercana, parecía distante, con la mirada fija en el reflejo tembloroso de la luna en el lago. Había un peso en su corazón que llevaba mucho tiempo evitando, un secreto que había jurado nunca compartir, pero que ahora lo consumía desde dentro. En ese momento un frio subió por su espina dorsal y el tiempo se detuvo. De repente, lo golpeó una visión: una taza de porcelana llena de vaporoso café, la reina Divesh levantándola con gracia antes de dar un sorbo. Luego, el veneno. Un líquido oscuro y letal que se deslizaba en su interior como una sombra, apagando su vitalidad. La imagen de su cuerpo desplomándose sobre el trono fue tan vívida que Ragard tropezó y cayó de rodillas.
Su respiración era errática, su pecho oprimido por un dolor indescriptible. Entonces, las visiones se multiplicaron. Vio el rostro de Fahidi, sus ojos llenos de desprecio y ambición, la sonrisa cruel que dejaba entrever su traición. Vio el castillo envuelto en caos, los soldados corriendo, y finalmente, su propia caída en un abismo sin fin.
La última imagen lo hizo gritar: la reina Divesh tendida en su lecho, inmóvil, mientras él sostenía sus manos frías e inertes.
Cuando despertó, Ragard estaba en su habitación. Su cuerpo estaba empapado de sudor frío, y su mente aún estaba atrapada entre las visiones y la realidad. Frente a él estaba Kanthus, con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—¿Qué demonios te pasó? – preguntó Kanthus con una mezcla de preocupación y reproche.
Ragard intentó levantarse, pero sus piernas temblaron.
—Kanthus… vi algo… vi su muerte. La reina. Vi cómo la envenenaban. Fahidi está detrás de esto. Lo sé.
Kanthus se arrodilló junto a él, apoyando una mano firme en su hombro.
—¿Cómo lo sabes, Ragard? ¿Qué viste realmente?
Ragard cerró los ojos, su corazón latiendo con fuerza. Había llegado el momento de contarle la verdad, de explicarle lo que le había ocurrido y por qué sus visiones lo estaban consumiendo.
Ragard dudó por un momento más, pero finalmente, como si las palabras hubieran sido arrancadas de su alma, confesó:
—Soy un Zonotorh. Un vidente. Veo el destino a través de las cartas. – Ragard continuó con los ojos apretados – Lo que vi esta noche no es solo un presentimiento, es un futuro que está escrito, a menos que lo detengamos.
Kanthus no parecía sorprendido. En cambio, ratificó lentamente, como si ya hubiera intuido algo.
—Eso explica mucho, – murmuró.
Ragard lo miró, buscando desesperadamente en sus ojos algún indicio de rechazo o miedo, pero solo encontró determinación.
—¿Crees que digo mentiras? – preguntó Ragard, con voz temblorosa.
—Amigo mío, al contrario, – Kanthus se volvió hacia él, con una expresión seria, pero no menos cálida. – Lo sé, Ragard. Lo sé porque yo también llevo esa carga.
Ragard parpadeó, incrédulo. – ¿Qué estás diciendo? – Ragard lo miró, confundido – ¿Cómo puedes tomarte esto tan a la ligera? Soy un Zonotorh, Kanthus. Mi don… mi maldición, me ha causado más dolor del que puedo soportar. Por él, perdí a mis padres. Por él, mi abuelo murió con el corazón lleno de pena.
Kanthus sonrió con tristeza, sacando de su bolso un pequeño mapa, descolorido y cubierto de marcas enigmáticas.
—Yo también soy un Zonotorh, Ragard. Un Hüyük. Veo el destino a través de los mapas que trazo. Cada línea, cada curva, cada punto que marco… todo revela un camino, una posibilidad, un desenlace.
El corazón de Ragard se detuvo por un instante. Había temido tanto el rechazo, y ahora se encontraba frente a alguien que no solo entendía su dolor, sino que lo compartía.
—¿Por qué nunca lo mencionaste? – preguntó Ragard, todavía aturdido.
—Porque no sabía si confiar en ti, – respondió Kanthus con sinceridad. – El mundo no es amable con los Zonotorh. Nos temen, nos odian, nos culpan por cosas que no podemos controlar. Pero ahora que lo sé, ahora que tú lo sabes, creo que podemos cargar esto juntos. Y si te sirve de consuelo, yo también he pasado pesadumbres gracias a mi don, pero para serte franco, no me gusta quedarme desandando tragedias innecesarias.
Ragard miró el mapa en las manos de Kanthus, con sus intrincados trazos y marcas misteriosas, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba solo. Había encontrado a un aliado, un amigo, alguien que entendía la oscuridad y la luz que venía con ser un Zonotorh. Ragard lo miró, buscando desesperadamente en sus ojos algún indicio de rechazo o miedo, pero solo encontró determinación.
—¿Me crees entonces? – preguntó Ragard, de nuevo.
—Por supuesto que te creo, – respondió Kanthus, poniéndose de pie. – Somos Zonotorh, Ragard. Tú lees el destino en las cartas, yo lo veo en los mapas. Juntos, podemos cambiar lo que parece inevitable.
La fuerza en las palabras de Kanthus le devolvió a Ragard algo de claridad. Aunque todavía estaba sacudido por las visiones, sabía que debía levantarse y enfrentar lo que venía. Fahidi De Shalal no solo era una amenaza para la reina, sino también para todo lo que habían construido en el castillo de Laugros.
Esa noche, los dos amigos hicieron un juramento silencioso: protegerían a la reina Divesh a toda costa, incluso si ello significaba enfrentarse a los horrores del destino.
Día tras día, Ragard y Kanthus dedicaban sus esfuerzos a observar los cautelosos movimientos de Fahidi. Era un hombre astuto, de pasos firmes y una mirada que apenas revelaba algo más allá de lo que deseaba mostrar. A simple vista, cumplía diligentemente sus deberes como prometido de la reina, pero ambos sabían que su aparente lealtad era una máscara cuidadosamente tejida.
Mientras el palacio seguía su incesante ritmo de ceremonias, audiencias y reuniones de la corte, Ragard y Kanthus se mantenían atentos, como dos sombras, siempre al acecho. La reina Divesh, por su parte, continuaba con su vida sin percibir la creciente amenaza que se cernía sobre ella. Su andar majestuoso, vestido en sedas que reflejaban la luz del sol como un río dorado, inspiraba respeto y devoción entre sus súbditos.
Sin embargo, para Ragard y Kanthus, cada gesto de Fahidi cerca de la reina era un recordatorio del peligro inminente. No podían confiar en nadie; el enemigo podía esconderse en cualquier rincón del palacio. Quizá un guardia distraído, un sirviente con secretos oscuros, o incluso uno de los nobles que rodeaban a Divesh en su círculo más cercano. El complot que se gestaba en las sombras no era algo que pudieran gritar a los cuatro vientos.
Y Fahidi no era cualquier hombre: era el prometido de la reina. Su posición como futuro consorte real le otorgaba un acceso irrestricto al palacio y a la vida de Divesh. A ojos de todos, era un compañero digno de confianza, un hombre de honor. Pero Ragard y Kanthus sabían que detrás de su fachada se escondía un traidor.
—No podemos permitirnos un solo error —murmuró Kanthus una noche, mientras ambos estaban ocultos tras una columna en el Gran Salón. Desde allí, observaban a Fahidi inclinarse con reverencia ante la reina mientras le entregaba un documento lacrado. Su actitud impecable ocultaba cualquier rastro de su verdadero propósito.
—Lo sé —respondió Ragard, con el ceño fruncido—. Pero, ¿cómo detenerlo sin pruebas contundentes? Si fallamos, no solo él saldrá indemne, sino que nuestras cabezas estarán en la pica.
El aire de la sala era pesado, cargado de perfume y la resonancia de conversaciones entre los nobles que asistían al banquete de esa noche. La reina, ajena a la preocupación de sus dos protectores encubiertos, sorbía lentamente una taza de café negro, cuyo aroma se mezclaba con el de las velas perfumadas y los manjares servidos en las mesas. A Ragard le dolía verla tan expuesta, confiando en quienes probablemente anhelaban verla caer.
La situación era desesperante. Eran ellos dos contra Fahidi y, tal vez, un centenar de colaboradores ocultos. ¿Cuántos más compartían su plan? ¿Cuántos se escondían tras sonrisas corteses y palabras dulces?
Esa noche, mientras el banquete llegaba a su fin, Ragard y Kanthus decidieron tomar medidas. El tiempo apremiaba, y cada día que pasaba, el peligro para la reina se hacía más real.
—Si no podemos hablar con ella directamente, tendremos que buscar aliados entre las sombras, como lo hace Fahidi —dijo Kanthus, con voz grave.
—¿Aliados? —Ragard arqueó una ceja—. ¿Y quién podría estar dispuesto a enfrentarse a alguien tan peligroso como él?
Kanthus sonrió levemente, aunque en sus ojos no había rastro de alegría.
—Alguien con tanto que perder como nosotros.
—¿De quién estamos hablando? – Pregunto Ragard intrigado. –
—Thory… no hay persona quien confíe mas Divesh que en esa chica.
—¿Es buena idea? – aun aséptico Ragard replicó – Creerá que somos los conspiradores y no su prometido.
—Déjamelo a mi – concluyó Kanthus con determinación.
En su hora de receso Kanthus al son de un buen café, conversó con Thory. Inventando rumores venideros de afuera de las instalaciones del castillo, sobre el intento de usurpar la corona y los vastos negocios de café de la soberana. Thory pareció creer firmemente sobre los argumentos de Kanthus.
—Está hecho, ella nos ayudará a vigilar a Fahidi.
—Espero no nos equivoquemos Kanthus, tengo un mal presagio de todo esto.
—Amigo mío, ¿cuándo empezaste a dudar de tus dones? – Concluyó Kanthus caminando corredor abajo. – todo será como esperamos que sea… deja de ser pesimista.
III.
La Inherente Traición.
Esa tarde, la atmósfera en el palacio parecía diferente. Los pasillos resonaban con ecos vacíos y la luz se filtraba débilmente a través de las ventanas, como si todo estuviera sumido en una penumbra silenciosa. Ragard y Kanthus, atentos como siempre, notaron algo extraño: la reina Divesh, normalmente rodeada por su séquito y siempre acompañada por su inseparable asistente Thory, estaba sola en su jardín privado a las afueras del castillo, dormitaba su soledad. La joven asistente, con su semblante similar al de la reina, su sombra inseparable, nunca se apartaba de Divesh. Thory era la encargada de protegerla en todo momento, y su ausencia era una señal extraña.
Kanthus frunció el ceño y, con la astucia que lo caracterizaba, comenzó a caminar por los pasillos en busca de la joven. Mientras tanto, Ragard permaneció a la distancia, observando cuidadosamente a la reina en su quietud, como si en cualquier momento la sombra de una traición fuera a caer sobre ella.
Kanthus encontró lo que temía. La puerta entreabierta del aposento de la reina lo atrajo hacia sí como una fuerza invisible. Sin hacer ruido, se acercó, y al asomarse por el umbral, sus ojos se encontraron con una escena que lo paralizó por un instante. Thory, la mujer a quien confiaban la seguridad de la reina, estaba allí. No en su papel habitual de guardiana y sombra, sino de manera muy diferente. Su cuerpo estaba desnudo, entrelazado con Fahidi, el prometido de la reina. Los dos se movían con desesperación, una danza sensual y peligrosa, como si la habitación fuera su único refugio.
El brillo de la piel desnuda de Thory contrastaba con la penumbra del cuarto, su cuerpo ahora una extensión del deseo compartido entre ella y Fahidi. Los senos de Thory, firmes y expuestos, se movían al ritmo de los cuerpos que se fundían, mientras Fahidi, sin importarle la traición que estaba cometiendo, la abrazaba con fervor. Kanthus retrocedió lentamente, incapaz de procesar lo que había visto. Su mente no podía asimilar la profundidad de la traición. Thory, quien se había ganado su confianza y la de Ragard, ahora era una pieza más en el tablero de un juego mucho más grande y peligroso. Un traidor que no solo amenazaba la vida de la reina, sino también la estabilidad de todo el reino.
Kanthus volvía con pasos derrotados y con gran desilusión en sus adentros. Ragard se acercó y, al ver el rostro de Kanthus, entendió que algo terrible había ocurrido.
—¿Qué has encontrado? —preguntó en un susurro, temeroso de lo que pudiera oír.
Kanthus, con los ojos fijos en el suelo, respondió con voz grave:
—No es solo Fahidi. Thory también está involucrada.
El castillo estaba envuelto en un frenesí de celebraciones y preparativos. La boda de Divesh y Fahidi estaba a punto de comenzar, pero para Ragard y Kanthus, no existía lugar para la alegría. La revelación de Thory, involucrada en el complot para envenenar a la reina, había sembrado la semilla de la desconfianza. Ahora, más que nunca, debían estar alerta, cuidando no solo sus espaldas, sino también la de Divesh. En las sombras del bullicio, los dos Zonotorh intercambiaban miradas tensas, cada uno consciente de que el peligro acechaba en cada rincón. Mientras el castillo se preparaba para la celebración, la atmósfera para ellos se había transformado en una trampa envenenada, donde cualquier paso en falso podría significar el final. La boda, para ellos, no era más que una cortina de humo para la traición que se cernía sobre el reino. El recinto donde se celebraría la boda de Divesh y Fahidi era un derroche de opulencia y tradición. Las grandes puertas de hierro forjado se abrieron de par en par, revelando un salón colosal adornado con tapices antiguos que narraban las gestas pasadas de la realeza. Las paredes, cubiertas por maderas oscuras y barnizadas, brillaban con la luz de los candelabros que colgaban en cada rincón, lanzando destellos dorados sobre los rostros expectantes.
Los invitados llegaban de todos los rincones del reino y otros reinos más: Dofs, Daifa, Dye, Ghenil, Ormux y Zenegh. Cada uno portaba exuberantes regalos de bodas, desde joyas de gran valor hasta telas raras, que se apilaban en montones dorados y plateados, reflejando una riqueza que rivalizaba con la de los propios dioses.
La música ancestral resonaba en el aire, suave pero envolvente, como una melodía que parecía conectar a todos con los antiguos espíritus de la tierra. Los músicos tocaban instrumentos de cuerdas y viento, cuyas notas tejían un hilo invisible que mantenía el salón bajo un hechizo sutil.
Los súbditos corrían como hormigas en todas direcciones, llevando bandejas llenas de delicias, lujosos adornos florales y copas de vino, mientras la temperatura en el aire se mantenía pesada, como una niebla densa. El aroma a café recién tostado y preparado invadía el recinto, ofreciendo un toque reconfortante en medio del lujo. La mezcla de ese aroma cálido con la fragancia de las flores exóticas era casi embriagadora, pero, en ese momento, para Ragard y Kanthus, solo servía como un contraste con la creciente tensión que se cernía sobre ellos. El bullicio de los festejos no hacía sino aumentar la sensación de que algo terrible estaba por desatarse.
La puerta del gran salón se abrió, y una silente expectación se apoderó de todos los presentes. En ese instante, la novia hizo su entrada, una visión que parecía arrancada de los mismos cielos. Su vestido, hecho de sedas etéreas y transparentes, caía suavemente sobre su figura, dejando mucho a la imaginación, pero revelando lo suficiente como para robarle el aliento a quien la mirara. La tela traslucida, delicada y brillante, fluía como agua, acariciando su piel en cada paso.
La cola de seda, tan larga como la misma eternidad, se desplegaba detrás de ella, siendo asistida con gracia por tres doncellas de honor, cada una sosteniendo un extremo de la tela con un cuidado reverente. El vestido era una obra de arte en sí mismo, pero lo que realmente deslumbraba era la manera en que su cabello caía en cascada, bordado con lentejuelas que captaban la luz en destellos plateados, y entrelazado con hojas de laurel, el emblema real de su familia.
Su rostro estaba oculto bajo un velo de seda tan fino que parecía un suspiro en el aire, pero incluso en esa penumbra impalpable, el brillo de sus ojos parecía cortar la oscuridad. La reina, la soberana del reino, caminaba con una serenidad que contrastaba con la creciente tensión en el aire.
Fahidi la esperaba junto al clérigo, quien estaba dispuesto a unirlos en matrimonio. El ambiente estaba cargado de solemnidad, aunque una sombra de inquietud parecía bailar en los rincones de la sala, disimulada entre las sonrisas y la pompa de la ceremonia.
La ceremonia avanzaba con una calma inquietante, como si el propio aire hubiera decidido mantener su aliento. El clérigo, con una voz profunda y resonante, comenzó el ritual. El lazo de unión fue colocado con precisión sobre sus manos, símbolo de un compromiso eterno, y la bebida ceremonial, un café oscuro como la noche misma, fue llevado ante la pareja, como el último paso para sellar el pacto.
Pero en ese instante, algo sucedió dentro de Ragard. Un estruendoso golpe en su mente lo hizo caer en trance, un dolor punzante y cegador que lo arrastró hacia una visión que no podía controlar. En su mente, el café ceremonial se transformó en veneno puro, una mezcla mortal que, una vez ingerida, mataría a la reina sin piedad alguna. La muerte de Divesh no importaba una vez casados, porque el trono pasaría directamente a Fahidi. El complot era real, y Ragard, en su desesperación, luchó por despertar.
Pero cuando finalmente salió del trance, vio con horror cómo Divesh levantaba la copa y bebía el café ceremonial. En su pecho, un grito mudo de desesperación. No podía hacer nada. Corrió hacia ella, pero el tiempo, implacable, ya le había jugado una cruel pasada.
La reina, después de tragar el último sorbo, comenzó a temblar violentamente. Unos segundos más tarde, la sangre comenzó a brotar de sus ojos, nariz, oídos y boca, como si su cuerpo estuviera siendo despojado de la vida misma. Pero eso no fue lo peor. De su boca, un vapor espeso y una baba blanca comenzaron a emanar, rodeándola en una nube mortal mientras su cuerpo se desplomaba. El café había cumplido su propósito, y Divesh, la reina, ya no respiraba.
Fahidi, observando desde el altar, no mostraba ni sorpresa ni miedo. Un destello de satisfacción iluminaba su rostro. Era demasiado tarde para hacer algo, demasiado tarde para salvarla. La reina había caído, y el destino del trono ya estaba sellado.
El caos en el salón alcanzó su punto máximo, y en medio de los gritos de desesperación, Ragard señalaba a Fahidi como el único culpable, acusándolo de ser el autor de la muerte de la reina.
—¡Fahidi, tú eres el culpable! – susurraba entre lágrimas y furia.
No entendía, ni podía comprender cómo un hombre, que había estado tan cerca de Divesh, había logrado llevar a cabo su vil plan sin que nadie lo sospechara.
Los guardias, decididos a calmar el desorden, intervinieron, reduciendo a Ragard con fuerza. Él, en su desesperación, luchaba por liberarse, pero la resistencia era inútil. Cada vez que se zafaba de los soldados, otro lo empujaba al suelo, y las acusaciones continuaban con fuerza, reverberando en las paredes de la sala. En ese momento, la tensión era palpable, y la sala parecía estar al borde de un colapso. Por otro lado, Kanthus se sumió en un temor profundo que paralizo sus músculos. No comprendía este giro de eventos, que a pesar de ser ellos conocedores de lo que iba a ocurrir, no pudieron hacer nada, un suceso que los derroto sin mesura.
Pero entonces, una solemne voz emergió llevando a la galería de voces al silencio total, cortando el caos como una espada afilada. Todos se voltearon en un movimiento sincronizado hacia la entrada del salón. La figura que apareció allí era imponente, su presencia arrebató todo el aire de la habitación. Era una mujer.
Al principio, Ragard y Kanthus pensaron que era Thory, pero no. La mujer que se encontraba ante ellos, majestuosa y serena, no era la joven asistente, sino Divesh. La reina, que había caído de manera tan dramática, estaba ahora erguida ante ellos, viva, con su porte real intacto.
La sala enmudeció por completo, y los murmullos crecieron como un bisbiseo espeso. Ragard no podía creer lo que veía, y de pronto todo cobró sentido, pero de una forma espantosa. La mujer que yacía muerta en el suelo no era Divesh, sino Thory. Fahidi, con su astucia, había manipulado todos los hilos para llevar a cabo un jaque mate contundente.
Thory había sido simplemente una pieza más en el juego de Fahidi. Un señuelo, un artefacto de distracción, usada y desechada sin remordimientos. Su belleza y su relación con la reina solo fueron las cortinas que escondían una verdad mucho más oscura. El veneno no estaba destinado para Divesh, sino para Thory, quien había muerto sin saber su destino, víctima de su propio rol en este plan macabro.
Fahidi, conocedor de las intenciones de los Zonotorh, había logrado hacer que todos cayeran en su trampa. Usó a Thory como un simple desfogue sexual, para luego ubicarla en el corazón de la conspiración, creando la distracción perfecta. Mientras tanto, su verdadero objetivo era siempre el trono y la reina. Manipuló a Divesh, haciéndola creer que Ragard, Kanthus y Thory estaban tramando usurpar el matrimonio que prolongaría la prosperidad de su reinado.
La sonrisa de Fahidi se volvió más palpable cuando, al ver la reacción de Ragard, comprendió que su victoria estaba asegurada. La reina estaba viva, pero la traición ya se había consumado, y él había ganado.
Divesh, en su indomable astucia, se mantenía como una sombra en el salón, sabedora de que todo había salido según su diseño. La tragedia de la muerte de Thory no era más que una parte del sacrificio que había tenido que hacer, para asegurar su propia supervivencia.
Fahidi se levantó frente a los asistentes de la boda real, sus palabras tan suaves como veneno, pero tan precisas que todos se vieron atrapados en su red. Con una elocuencia que solo los verdaderos maestros del engaño poseen, habló de la unión entre él y Divesh, pintando una historia de amor y prosperidad que, en realidad, no era más que una farsa bien tejida. Su voz, cargada de confianza, alcanzó cada rincón del salón, donde todos escuchaban con atención, convencidos por su destreza retórica.
—Esta unión – comenzó Fahidi, – será el pilar sobre el que erigiremos un reino sin rival, una era de estabilidad que será recordada en las crónicas de nuestros hijos e hijos de hijos.
Mientras sus palabras fluían, Ragard observó cómo sus manos, temblorosas, se apretaban con fuerza. Lo que había sido un sueño de justicia y redención se desmoronaba ante sus ojos. La traición había alcanzado su punto álgido, y la sombra de la prisión se cernía sobre él.
A los pocos momentos, Ragard fue arrestado bajo la acusación de atentar contra la vida de la reina. Con una esperanza casi apagada, y solo con sus ojos esperaba ver salir de su escondite su mejor amigo, esto sin renunciar a tratar de oponerse. A pesar de sus protestas y de las miradas de confusión de algunos, la evidencia fabricada por Fahidi, apoyada por Divesh parecía aplastante.
El juicio del Zonotorh no tardó en llegar. En el mismo salón mientras recogían el cuerpo inerte de Thory, Divesh, sin perder la compostura con su recién esposo a su lado, presentó su sentencia con una calma inquietante:
—El castigo será el encierro de los mil y un ciclos, el tiempo necesario para borrar sus recuerdos y su existencia. – Sumó Divesh señalando algunos guardias reales – En cuanto a tu amigo Kanthus, le daremos persecución y una vez lo apresemos se unirá a tu encierro.
Los murmullos entre los asistentes se apagaron, y la sala quedó en un silencio sepulcral mientras la condena caía sobre los hombros del quien una vez fue su mejor conserje. Pero antes de ser arrastrado a la oscuridad, Fahidi se acercó a Ragard, sus palabras susurradas al oído como un eco de triunfo:
—Nunca estuviste solo, Ragard. Los pasillos de este palacio siempre fueron los anunciantes de tus pasos. ¿Cómo tú y Kanthus hubieran imaginado interferir en mis planes?
Ragard permaneció en silencio, su rostro endurecido por la rabia contenida. Solo las sombras lo acompañaban ahora, pero encontró la fuerza para responder con voz firme, aunque quebrada:
—Tus hijos y los hijos de tus hijos llevarán tu mancha de veneno. El veneno que asesinó a Thory, viajará como sabia en un árbol por los torrentes de tu sangre venidera.”
Fahidi sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos. Apenas si la notó, pues su mente ya estaba más allá de Ragard, en su victoria definitiva.
Ragard fue arrastrado a las celdas del palacio, el eco de sus palabras resonando en su mente. Cada paso que daba hacia su confinamiento era un recordatorio de lo que había perdido y de lo que aún podía perder. Mientras le daban la vuelta a Ragard, para conducirlo a los calabozos Fahidi clamó victorioso…
—Queridos míos, no dejemos que el momento tan infausto que hemos presenciado apague el fulgor de esta celebración. Vamos, vamos a celebrar la vida – Dijo el Rey en medio una gran carcajada…
La música de fiesta y danza corría en ecos sobe los pasillos del castillo, mientras el hierro de las rejas caía con estruendo. Ragard se quedó en la oscuridad de su prisión. En ese momento, solo en la fría quietud, algo dentro de él comenzó a quebrarse. La idea de olvidar lo que era, de someterse al olvido de ser un Zonotorh, de borrar los recuerdos y las cartas que le habían sido entregadas… se volvió más tentadora con cada respiro. La furia lo inundaba, pero también una profunda tristeza, como si el destino le hubiera arrebatado su verdadera esencia.
¿Valía la pena seguir luchando cuando el futuro parecía tan sombrío?
Y, sin embargo, algo persistía en su interior, como una chispa que aún no se extinguía por completo. Quizá la historia no terminaría en ese abismo. Quizá…
Pero eso lo sabría solo cuando decidiera recordar quién era, en medio de las sombras que lo rodeaban.
Fin Parte 2.
Parte 3
Los Complices De La Tragedia.
I.
Augurio Silencioso.
Ragard, ya anciano, caminaba por los campos fértiles de café con una solemne tranquilidad. La luz del amanecer bañaba la tierra con un resplandor dorado, suavemente filtrado a través de las hojas de los cafetales, que se extendían como un mar interminable de verde profundo y flores blancas. El aire, fresco y ligero, acariciaba su rostro con una caricia sutil, como si la misma naturaleza le ofreciera su abrazo. No había prisa en su andar, ni en su respiración. El tiempo parecía haberse detenido en ese instante perfecto.
Cada paso que daba sobre la tierra fértil sonaba con una suavidad reverente, como si el suelo, testigo de su paso por el mundo, lo recibiera con gratitud. La quietud que lo rodeaba era absoluta, tan pura y serena que incluso los pájaros, al cantar, lo hacían en susurros, como si temieran interrumpir la paz del momento. Ragard alzó la vista al cielo, notando cómo el azul profundo se expandía por encima de él, sin una sola nube que lo manchara. Era como un lienzo inmaculado, en el que no cabía ningún vestigio de conflicto, de dolor ni de sombra.
El anciano sentía la paz que se tejía entre las ramas de los cafetales, el suave movimiento de las hojas danzando al ritmo de la brisa, que cantaba una melodía que solo él parecía entender. La tierra bajo sus pies parecía vibrar con una energía sutil, como si todo el campo le hablara en un lenguaje que solo un alma que ha vivido mucho podría comprender. Cada grano de café que descansaba en las ramas estaba impregnado con la misma calma, con la misma quietud que ahora lo rodeaba.
Ragard no se detenía. Sabía que en este era su hogar, este lugar era el final de su largo viaje, donde finalmente la paz y la armonía se habían establecido. Ya no había guerra, ni voces disonantes, solo el murmullo de la naturaleza, el canto de los pájaros y el suave susurro del viento que parecía hablar de tiempos lejanos, de aquellos días de lucha y sacrificio, pero sin la amargura de antes. Ahora, la serenidad era todo lo que quedaba, y esa serenidad llenaba su corazón con una quietud que nunca había conocido.
Los años, las batallas, las pérdidas, todo se desvanecía en la vastedad de ese campo. Ragard alzó los ojos al sol, que ascendía lentamente, bañando su rostro con su luz cálida y reconfortante. En ese momento, el vidente entendió lo que nunca antes había comprendido: que, al igual que las plantas de café que crecen con paciencia y sin prisa, él también había sido parte de un ciclo mucho mayor, uno que no se detiene, que siempre continúa, como el flujo tranquilo de un río que nunca deja de correr.
No hubo lágrimas, ni lamentos, solo una profunda sensación de gratitud. El mundo, aunque largo y tortuoso, había sido su maestro. Y ahora, finalmente, Ragard comprendía que la paz era posible, incluso en los momentos más oscuros. La vida, como el café, seguía su curso, y él había alcanzado el descanso que tanto había buscado. En ese instante, ya no había más que armonía, una calma que abrazaba todo, como el suave abrazo del viento entre las hojas de los cafetales.
Ragard siguió caminando, sin prisa, hasta que sus pasos se desvanecieron en la vasta extensión de los campos, bajo la luz dorada del amanecer. Y en ese momento, todo estaba bien.
Ragard avanzaba por los caminos rocosos, inquieto y con la mente cargada de pensamientos. Su amigo, perdido en las sombras de un destino incierto, lo preocupaba más que cualquier otra cosa. No sabía qué depararía el futuro, pero las dudas lo arrastraban sin piedad. Sin darse cuenta, se encontró en las cercanías de los dominios de los enanos, conocidos tanto por su inquebrantable fortaleza como por su insaciable sed de guerra. Aunque buscaba llegar a su destino, el destino parecía no tener la intención de ser tan directo.
—Oye, forastero, ¿qué haces? – gritó un pequeño enano con una barba larga, tan roja como la sangre derramada en las viejas batallas. Estaba montado sobre su halcón montés, una criatura imponente que separaba al vidente de su objetivo. La amenaza era clara, incluso el más valiente dudaría antes de desafiarla.
—Necesito llegar a las minas de Emúrea. Según tengo entendido, están en medio de esta área,- explicó Ragard con la voz tensa, el corazón palpitante por la urgencia.
—Es cierto, las minas de Emúrea están a unas pocas horas de aquí, pero te lo dije antes… ¿qué haces aquí?, – respondió el enano, su tono firme como el metal forjado en sus propios hornos.
Ragard, desconcertado, no supo qué hacer. Su necesidad de avanzar lo empujaba hacia el límite de su resistencia.
—He venido porque tengo una vida que socorrer y solo lo lograre obteniendo algo que yace en esas minas
—Ah, otro saqueador… – el enano reflexiono por un momento – no, tu no tienes cara de saqueador.
—Entonces, dime, mi amigo, ¿qué puedo hacer para poder pasar? – la desesperación se dejaba entrever en su mirada.
El enano lo observó, su rostro implacable como una roca. Después de un largo silencio, respondió:
—No hay nada que puedas hacer.
La impotencia lo envolvió como una corriente helada que lo calaba hasta los huesos. Ragard, vencido por la frustración y la sensación de estar atrapado, se dejó caer de rodillas ante el guardia. La idea de rendirse ante la dureza de ese obstáculo lo golpeó con fuerza. No era su estilo, no era su camino. Pero, en ese momento, el peso de la situación era demasiado para resistir.
Las minas de Emúrea, ese lugar lleno de misterio y de promesas por descubrir, se mantenían fuera de su alcance. Pero la fuerza de su voluntad, aunque tambaleante, no se extinguió. No aún.
La respuesta del enano resonaba en su mente, pero Ragard sabía que, en el fondo, la verdadera prueba apenas comenzaba.
—Por favor, déjame pasar, tengo que llegar lo más pronto posible, te lo pido, es una cuestión de vida o muerte.
—¿Qué haces aquí?
En esa posición, el vidente solo pudo inclinar su cabeza para quedar a la altura del enano. Su conciencia pudo haber sido removida, pero no su desconfianza. Con ambas manos sobre su afilada hacha, el enano caminó con paso firme y estudiado.
—¿Qué vas a buscar allí?
—Necesito un poco de hierro Emúreo para neutralizar una herida.
—Pero tú no estás herido. – Exclamó el enano, observando al hombre de pies a
cabeza.
—No, yo no estoy herido. El herido es un compañero de viaje, y te aseguro que es
cierto.
—De todas formas, no puedo.- Insistió en su negativa-. Y ahora vete. Es mejor que te
vayas. Por aquí abundan los trasgos y los Rakanish, así que deberías marcharte.
La impotencia no logró doblegar al vidente. A pesar de las negativas del enano, no se levantó de allí. Así, las horas pasaron una tras otra. Sus nervios ya no daban más, pero su voluntad lo mantenía despierto y alerta. El sol comenzaba a descender por el horizonte, quemando todo a su paso. Sin embargo, él seguía allí, frente a las compuertas de un extraño predio gobernado por enanos.
La noche, manto de impenetrable oscuridad, cobijó tanto al enano como al visitante, quien permaneció inmóvil. Respiraba tenuemente, pensando en el tiempo perdido y deliberando sobre la suerte de su amigo. Reflexionaba sobre cómo podría remediar aquella situación.
La mudez reinaba como un monarca implacable, opacando cualquier sonido con el paso del tiempo. Estaba desprevenido, sumido en pensamientos que buscaban un augurio silencioso. El aire oscuro comenzó a degradarse, tornándose peligroso. A pesar de la creciente tensión, el vidente no se percató del riesgo que lo envolvía.
Unos ojos misteriosos lo observaban, acercándose a él con cada instante. Una respiración rocosa atravesó el silencio, apuñalando los sentidos del hombre. Sin embargo, su reacción fue lenta y torpe, ya que la criatura estaba sobre él. La bestia se preparaba para atacarlo, pero un viento cortante la derrumbó. Solo un grito ahogado y seco alertó al vidente.
—¡Trasgos! – exclamó el enano – ¡Corre, ven hacia aquí!
Una manada de alimañas atacó el despoblado portón, donde solo se encontraban el enano y un hombre, sacudido por la tensión del combate. El Enano guardian, corrió con determinación hacia aquellos portones, girando la cabeza hacia atrás. En cuanto llegó frente a las puertas, estas se cerraron, y el halcón se posó frente al Zonotorh, quien, con el espada en mano, se preparaba para resistir. El Braldurim, se sembro sobre el suelo como una mas de las murralas de este portal. El sinfín de trasgos se abalanzaba con desdén sobre los tablones de madera de la gran muralla. Sus sentidos estaban agudizados; la situación lo empujaba a un estado de alerta absoluta, donde cada movimiento debía ser preciso.
La ofensiva de las bestias apenas era contenida por el guardián, quien, en un descuido, fue derribado por una flecha perdida que surgió de las sombras y se incrustó en su brazo. Al caer, quedó aturdido por unos momentos, incapaz de reaccionar. Su hacha, al caer al suelo, rebotó y giró ante los pies del vidente. Sin vacilar, el hombre tomó el arma. La agarró con firmeza y, al observar la inercia con la que luchaba el enano, se lanzó hacia adelante. No necesitó palabras. Inició una lluvia certera de hachazos y espadazos.
Los atacantes eran repelidos por enormes cortes en sus cuerpos, pero el número de alimañas no dejaba de aumentar. La situación exigía más de lo que el cuerpo podía sostener, pero el vidente no cedía. Sus movimientos comenzaron a volverse más pesados, más lentos, aunque su voluntad se mantenía firme. Trataba de canalizar aquella luz, esa energia que lo habia hecho vencer a la bestia en lo alto de la montaña, pero no llegaba, no surgia. – debe ser por el agotamiento del viaje y de la misma contienda con la bestia, penso – Sin previo aviso, un extraño silbido irrumpió en el caos, haciéndolo retroceder apenas un paso para recuperar posición. El combate se cerraba sobre él, cuando, de repente, el crujir estruendoso de la madera añeja de las puertas anunció la llegada de refuerzos. Un centenar de enanos armados salió como una ola furiosa, contraatacando con fuerza. La lucha fue feroz, pero en un breve lapso de tiempo, los trasgos fueron finalmente ahuyentados.
Cuando la batalla terminó, los enanos regresaron a sus hogares, dejando atrás un montón de víctimas caídas. Después de completar la tarea, dos enanos, con armaduras de mocetón y barbas blancas entretejidas en elegantes trenzas, llegaron sosteniendo antorchas cuyas llamas danzaban al ritmo de las ocarinas de roble. El ambiente se llenó con el sonido de las melodías que marcaban la victoria, mientras ellos derramaban vino de barro sobre los cuerpos inertes y luego prendían fuego a la pila de cadáveres.
De vuelta en el portal, los enanos notaron al vidente, quien se encontraba junto al enano herido, con las espaldas apoyadas una contra la otra, esperando la ayuda. El Zonotorh también había recibido una herida en la pierna. Los enanos no dijeron palabra alguna al extraño, ni siquiera lo miraron. Solo recogieron el hacha que había quedado en el suelo y, sin más, continuaron. Tomaron al enano herido, lo ayudaron a entrar al refugio y cerraron las puertas tras ellos.
A lo lejos, las voces, las risas y las agudas melodías de las ocarinas se desvanecían, mientras el vidente se quedaba allí, solo, viendo cómo lo abandonaban a su suerte. Los grandes portones se cerraron detrás de él, y fue dejado atrás, olvidado.
Allí estaba, cabizbajo, observando los vestigios de la batalla. La gran llama frente a él se erguía como una muralla imponente, su resplandor iluminaba los restos de aquella contienda. La llamarada danzaba al viento, oscilando como un ebrio tras una noche de celebración. Aunque el fuego ofrecía luz y algo de consuelo, Ragard no podía bajar la guardia. La certeza de que los trasgos volverían por él lo mantenía en tensión. Imaginaba esos ojos brillantes y feroces acechando desde cada rincón de los riscos que marcaban el paisaje.
Un sonido repentino rompió el silencio: unas pisadas suaves que chispeaban sobre la roca. Ragard alzó la mirada, intentando encontrar al intruso entre las sombras. Su atención estaba fija al frente, pero pronto se vio distraído por un leve crujido detrás de él. Las grandes puertas, que antes habían sellado su destino, se movieron apenas, dejando escapar un gemido metálico.
— Oye, extraño —retumbó una voz gruesa y potente.
Girando lentamente, Ragard encontró la fuente de aquellas palabras. Era un enano de aspecto rústico, con una barba espesa adornada con pequeñas trenzas que caían desde su mentón hasta su pecho. Llevaba un casco de madera que parecía tan sólido como cualquier metal, y una armadura compuesta por fragmentos de acero que cubría su pequeño pero robusto cuerpo.
—Entra. Si te quedas aquí, en poco tiempo serás el festín de los coyotes… o de los mismos trasgos.
La invitación, tan inesperada como bien recibida, llegó como una bendición divina. Ragard sintió un ligero alivio al pensar en refugiarse tras los muros de los enanos. Sin embargo, al intentar levantarse, titubeó. La herida en su pierna y el agotamiento acumulado eran un peso abrumador que parecía querer mantenerlo anclado al suelo.
A duras penas, logró ponerse en pie, tambaleándose de un lado a otro mientras el enano lo miraba con cierta impaciencia. La llama a sus espaldas seguía rugiendo, como si le recordara que su tiempo fuera del refugio se agotaba.
Con pasos torpes y debilitados, pronto se encontró al otro lado de la puerta, junto al enano.
Sus movimientos estaban cargados de inseguridad, como si cada paso lo acercara al borde de un abismo. Aunque ya había cruzado el umbral, se sintió completamente solo. El enano que lo había invitado a ingresar se había escabullido con la rapidez de un roedor, dejando tras de sí solo el eco de sus pisadas.
En la penumbra, Ragard distinguió unos resplandores a lo lejos, los cuales parecían ser la única guía en aquella negrura insondable. Con precaución, descendió por una pendiente que se adentraba en las entrañas de la tierra. Las pequeñas putuberancias de roca se transformaban en afilados riscos a medida que avanzaba, mientras la oscuridad se hacía cada vez más opresiva. Solo los débiles destellos le señalaban el camino, revelando finalmente una pequeña villa enana que parecía un bastión guerrero incrustado en las profundidades.
El centinela herido, que lo había defendido horas antes, estaba siendo atendido cerca de una fogata. Un chamán, de aspecto austero y místico, agitaba unas ramas que desprendían un tenue brillo, mientras pronunciaba palabras en un dialecto arcano que retumbaba como un eco ancestral en las cavernas. El chamán vestía atuendos litúrgicos compuestos de pieles y adornos metálicos, o cómo su voz resonaba como un eco grave y solemne.
Los habitantes de la villa continuaban con sus tareas, ajenos a la presencia del forastero. Ragard, sintiendo la indiferencia de sus anfitriones, avanzó lentamente hacia la gran hoguera en el centro del pueblo. Allí, buscó algo de calor para aliviar el frío cortante de la noche, mientras presionaba su herida con fuerza para detener el flujo de sangre. Aunque el dolor crecía con cada minuto, aún no era suficiente para doblegar su voluntad.
Instantes después, un enano se acercó portando una jarra de cerámica y un trozo de pan rudimentariamente cortado.
—Debes de estar hambriento —dijo el enano, ofreciéndole el pan y fijándose luego en la pierna herida de Ragard. Sus ojos se abrieron con alarma al notar la sangre—. ¡Pero estás herido! ¡Viyan! Ve y trae a Aldarion, dile que este hombre también necesita ayuda.
Sin demora, Viyan regresó acompañado por el chamán, quien observó la pierna de Ragard con gesto analítico.
—Es una herida leve —dijo Aldarion con voz grave, mientras inspeccionaba la lesión—. Pero el sangrado no ha cesado, y eso es peligroso.
—Por favor, necesito que me ayude —imploró Ragard con voz debilitada—. Tengo una misión importante que cumplir… una promesa que debo honrar.
Aldarion, sin responder, inició una especie de liturgia mística. Con movimientos precisos, agitó unas ramas que parecían estar imbuidas de algún poder sobrenatural. Emitían un tenue fulgor verde y desprendían un aroma terroso, como si hubieran sido arrancadas de un árbol milenario cargado de magia. Mientras el chamán pronunciaba palabras incomprensibles, el dolor de Ragard comenzó a disiparse y el flujo de sangre se redujo hasta detenerse por completo. Sintiéndose mejor, Ragard se giro en si mismo para dar una ojeada al pequeño terruño de enanos.
La aldea de los enanos, encajada en lo profundo de la tierra, era un reflejo de la fortaleza y la creatividad de su pueblo. Estaba construida al amparo de una gran caverna natural, cuyas paredes relucían débilmente gracias a minerales incrustados que reflejaban la luz del fuego. Las llamas de múltiples antorchas y hogueras iluminaban la oscuridad con un cálido resplandor anaranjado, creando un ambiente que oscilaba entre lo acogedor y lo indomable. Los hogares de los enanos estaban tallados directamente en las paredes de la caverna. Eran pequeñas estructuras cúbicas, con fachadas de piedra pulida adornadas con intrincados grabados que representaban escenas de batalla, símbolos rúnicos y árboles robustos, un homenaje a la naturaleza y la historia de su pueblo. Las puertas eran de madera maciza, reforzadas con hierro, y sobre cada marco colgaban linternas de cristal coloreado que proyectaban suaves destellos.
En el centro de la aldea se encontraba una plaza amplia, donde ardía una gran hoguera ceremonial, rodeada de bancos y mesas de piedra donde los enanos se reunían a discutir, beber y festejar. A un lado de la plaza había un mercado improvisado, con puestos de madera y hierro que exhibían armas, herramientas y joyas fabricadas por hábiles artesanos. El sonido constante del martillo y el yunque resonaba en la caverna, mezclándose con las conversaciones y los cantos graves que los enanos entonaban mientras trabajaban.
Eran habitantes robustos, de complexión ancha y musculosa, con piel curtida por los años y los rigores del trabajo en la forja. Sus rostros estaban enmarcados por largas barbas trenzadas, cada una decorada con pequeñas anillas de metal o piedras preciosas, símbolo de su linaje y hazañas personales. Sus ojos, generalmente de tonos profundos como el ámbar, el esmeralda o el ónix, brillaban con una intensidad que revelaba tanto sabiduría como desconfianza hacia los extraños.
Vestían ropas funcionales: túnicas de cuero grueso, chalecos reforzados con placas metálicas y botas de suela gruesa para soportar las largas jornadas sobre piedra. Las mujeres enanas, igual de fuertes y decididas que los hombres, portaban barbas más cortas o decoraban su cabello con intrincados peinados y ornamentos que brillaban a la luz de las llamas. El aire en la aldea olía a fuego, hierro y piedra húmeda, con un leve toque a hierbas que colgaban secándose en los balcones. A pesar de su apariencia severa, los enanos eran un pueblo comunitario, siempre ayudándose entre sí. No eran particularmente hospitalarios con forasteros, pero la disciplina y el respeto a sus leyes eran pilares fundamentales de su sociedad.
La vida cotidiana giraba en torno a la forja, la minería y el comercio de sus productos más preciados: armas y joyas de calidad inigualable y obviamente a su metal preciado, El hierro Emúreo. Sin embargo, también valoraban la música y la narración de historias. En las noches, tras una jornada de trabajo, los enanos se reunían alrededor de la hoguera principal, donde las melodías de las ocarinas y los relatos de antiguas hazañas resonaban, avivando el espíritu de la comunidad.
A pesar de su apariencia humilde, la aldea estaba diseñada como una fortaleza defensiva. Cada hogar tenía pasadizos secretos y compartimentos ocultos. Las paredes de la caverna estaban perforadas con troneras para arqueros y puntos estratégicos donde catapultas y otras armas estaban listas para repeler cualquier ataque. Los caminos hacia la aldea eran confusos y estaban plagados de trampas, haciendo casi imposible que los enemigos llegaran sin ser detectados.
Era un lugar donde la tradición y la funcionalidad se entrelazaban, un testamento a la resiliencia de los enanos y su habilidad para prosperar incluso en las condiciones más adversas.
—Toma este vino—, dijo el enano, ofreciéndole una jarra que despedía un aroma dulce y terroso. —Las uvas que lo producen son curativas y solo crecen durante los solsticios de invierno. No desconfíes; te ayudará en medio de la desgracia.
Ragard aceptó la bebida con manos temblorosas. Al primer sorbo, sintió un calor reconfortante que se extendió por su cuerpo. —Gracias— murmuró con voz quebrada. Después de recobrar algo de fuerza, recibió un nuevo vaso de vino y un trozo de pan denso y aromático. Con avidez, devoró el pan en apenas unos segundos, alternando bocados con largos tragos de la bebida. Su rostro, antes pálido y endurecido por el dolor, se iluminó con una sonrisa. Por primera vez en horas, una chispa de esperanza asomaba en sus ojos.
El enano, que lo observaba con gesto grave, rompió el silencio. —No tuve oportunidad de agradecértelo antes. Fuiste un insensato, pero valiente, al protegerme. Por ello, el Aula Máxima te ha concedido libre albergue en todo nuestro territorio.
Ragard alzó la mirada, sorprendido. —¿Eso significa que puedo dirigirme a las minas sin impedimento?
—Así es—, confirmó el enano con solemnidad. —Este lugar es solo una pequeña parte del Casal de los Enanos. Sin embargo, para llegar a las minas, deberás usar un sistema funicular que te llevará en unos diez minutos. Ven, te mostraré el camino. Me encantaría acompañarte, pero como has visto, aún tengo a mi cargo la guardia del portón principal.
El enano hizo un gesto con la cabeza, invitándolo a seguirlo por un corredor de piedra tallada que descendía en espiral. Las paredes estaban marcadas con runas antiguas, algunas apenas visibles por el paso del tiempo, otras aún brillando con una tenue luz ámbar.
—Por aquí —murmuró.
A medida que avanzaban, un murmullo creciente comenzó a filtrarse entre los pasadizos. No era el sonido habitual del trabajo ni de la vida en el casal. Era algo distinto. Más denso. Más cargado. Ragard lo notó de inmediato, el enano también. Entonces, ambos se detuvieron.
—El Aula Máxima… —susurró el guardián, frunciendo el ceño—. No es común que alcen la voz de ese modo.
Ragard intercambió una mirada breve con él. No hizo falta decir nada.
Se acercaron con cautela hasta una gran abertura semicircular, parcialmente cubierta por pilares de piedra. Desde allí, sin ser vistos, pudieron observar el interior. El Aula Máxima. Un vasto recinto sostenido por columnas colosales, donde decenas de enanos se encontraban reunidos en un semicírculo. En el centro, sobre un estrado elevado, se erguía el rey.
—El es el rey Thargrim De Guhk, Barba de Hierro. Hijo de Thedrumh De Guhk-, dijo el enano con un tono de respeto –
Su presencia imponía silencio incluso en medio del caos. Su barba, entrelazada con anillos de metal oscuro, descendía como un estandarte de guerra sobre su pecho. Sus ojos, profundos y endurecidos por los años, recorrían a cada miembro del concejo con una mezcla de juicio y cansancio.
—¡No podemos permanecer al margen! —exclamó uno de los consejeros, golpeando el suelo con la empuñadura de su martillo—. Esta guerra no distingue razas. Si el mundo exterior cae, nuestras montañas no serán refugio suficiente.
– ¡Y tampoco seremos sus peones! —replicó otro, con voz grave—. Hemos resistido siglos precisamente porque no nos arrodillamos ante conflictos ajenos.
Un murmullo áspero recorrió el salón. Thargrim levantó la mano y el silencio cayó, pesado, soberano, como el que lo habia pedido.
—Hablan de guerra como si fuera una decisión sencilla —dijo el rey, con voz firme, contenida—. Como si no conociéramos ya el costo de derramar sangre en nombre de causas que no nacen en nuestra tierra.
—Majestad —intervino un tercero, más anciano—, esta vez es distinto. Las señales son claras. Las rutas comerciales han colapsado. Las otras razas ya se están movilizando. Si no elegimos un bando… seremos el campo de batalla.
Ragard sintió cómo esas palabras se asentaban en su interior. ppor su lado, el guardián a su lado apretó los dientes, en silencio.
—¿Y qué proponen? —continuó Thargrim, avanzando un paso—. ¿Enviar a nuestros hijos a morir por un mundo que rara vez recuerda que existimos?
Nadie respondió de inmediato.
—Propongo —dijo finalmente una voz desde el fondo— que no decidamos desde el miedo… sino desde la inevitabilidad. Esto no es una guerra que podamos evitar. Es una que, tarde o temprano, llegará a nuestras puertas.
El silencio que siguió fue distinto. Ragard desvió la mirada apenas un instante. Su mente, que hasta hacía poco estaba anclada en el Emúrea y en Kagel, comenzaba a abrirse a algo mucho más grande. Más inevitable, Drakkar estaba en una mancha oscura a la cual el estaba inabilitado acudir. La guerra habia avanzado has lugares nunca imaginados por el Zonotorh.
El guardián susurró, apenas audible:
—Esto no debería ser escuchado por forasteros- Pero no se movió.
Ni él.
Ni Ragard.
Porque ambos sabían…
Que aquello ya los involucraba.
II.
Emúrea, la pared roja.
Las voces, las dudas, el peso de una guerra inminente… todo seguja latiendo en la mente de Ragard mientras se alejaba en silencio junto al guardián. Cada palabra escuchada habja dejado una marca, una grieta más en la aparente claridad de su camino. Por un instante, vaciló. El Emúreo… Kagel… la profecja.
Y ahora, la guerra.
El mundo no se quebraba en partes aisladas. Todo parecja converger, entrelazarse, empujándolo hacia algo mayor de lo que habja previsto. Ragard cerró los ojos un breve instante mientras caminaba. No, no podja desviarse. Si el destino de muchos pendja de decisiones como las que acababa de presenciar, entonces su tarea era aún más urgente. Kagel no era solo un nombre en su camino. Era una pieza. Y si caja, algo más grande podrja fracturarse. Abrió los ojos. Su paso se afirmó.
—Vamos —dijo finalmente, con voz firme.
El guardián no respondió, pero asintió levemente, retomando la marcha.
Ambos caminaron hasta un acantilado que se extendja hacia una oscuridad insondable. Desde lo alto, Ragard escuchaba el traqueteo de poleas y piñones, cuyos ecos resonaban de forma inquietante en las profundidades. Pronto, una plataforma emergió de las sombras, impulsada por el mecanismo. Aunque el abismo parecja interminable, la estructura se veja sólida y lo suficientemente amplia como para acomodar a dos personas con seguridad.
—Sube—, dijo el enano con un gesto, mientras se acercaba a una palanca situada junto al sistema de poleas. Ragard obedeció, y tras un leve temblor que sacudió la plataforma, esta comenzó a descender lentamente.
Desde la orilla, el enano levantó la mano en un gesto de despedida. —Gracias por todo, Vermin—, dijo Ragard, al tiempo que el abismo se tragaba la luz de la superficie. — Soy Ragard. Tus servicios me han sido invaluables.
—Y yo soy Vermin de Asrot, hijo de Vromir De Asret, a los tuyos—, respondió el enano con orgullo.
Antes de que Ragard pudiera desaparecer de su vista, Vermin buscó algo en sus ropajes. De entre los pliegues de su vestimenta sacó un pergamino y lo lanzó hacia la plataforma con precisión. Ragard lo atrapó al vuelo.
Al desplegarlo, descubrió que era un mapa detallado de la comarca, donde se indicaba la ubicación del sistema de túneles que conectaba las minas. Parecja un intrincado laberinto subterráneo. Ragard apenas pudo estudiarlo unos instantes cuando las antorchas comenzaron a aparecer, iluminando su descenso y marcando nuevamente el camino. Al tocar tierra, Ragard pudo observar que la comarca era aún más grande, segura y ordenada de lo que habja imaginado. Los aldeanos lo miraban con curiosidad, aunque ninguno se acercó. Sin otra opción, Ragard caminó hacia las minas, con el mapa en mano y la mente concentrada en descifrarlo.
Avanzó a paso lento, absorto en los detalles del pergamino. El tiempo pareció diluirse mientras estudiaba las marcas y caminos indicados, hasta que un golpe brusco lo sacó de su ensimismamiento. Habja tropezado con el muro que rodeaba un pozo en el centro de la aldea. Perdiendo el equilibrio, cayó hacia el interior del pozo de forma aparatosa, aunque logró aferrarse a la cubeta utilizada para extraer agua. Con dificultad, se sostenja con una mano mientras con la otra protegja el mapa que habja hecho todo lo posible por no soltar.
—¡Ayuda! ¡Alguien, ayúdeme!— gritó, sus alaridos resonando en el vacjo del pozo.
Por un instante, parecja que nadie le prestarja atención, hasta que un par de niños curiosos se acercaron para ver la escena. Sin embargo, en lugar de ayudar, comenzaron a burlarse del extraño que pendja del aire. Uno de los niños, con una sonrisa pjcara, recogió una piedra del suelo y la lanzó con fuerza, acertándole en el rostro. Al ver la reacción del hombre, los demás niños estallaron en risas y comenzaron a arrojar más piedras, divirtiéndose con su sufrimiento.
—¡Basta, aléjense! — exclamó Ragard, eufórico, mientras intentaba esquivar los proyectiles. —¡Alguien, por favor, ayúdeme! —
Cuando ya estaba perdiendo las esperanzas de ser rescatado, sintió cómo la cuerda comenzaba a tensarse. La lluvia de piedras cesó, y poco a poco fue siendo izado fuera del pozo. Una vez en tierra firme, se derrumbó en el suelo, jadeando. Lo primero que hizo fue asegurarse de que el mapa estuviera a salvo. Luego, levantó la vista en busca de su salvador.
Frente a él se encontraba un joven enano, que habja ahuyentado a los pequeños agresores.
—¿Estás bien? — preguntó el enano, con un tono de preocupación. —Discúlpales, no es común ver a un Gräal en nuestros territorios.
—Estoy bien, gracias— respondió Ragard, recuperando el aliento entre toses secas.
—¿Conque Gräal? Asj llaman a los hombres en tu linaje. Hace tiempo que no escuchaba ese apelativo.
—Me llamo Arakh, hijo de Arokh, a tus servicios—, dijo el enano, inclinándose ligeramente en un gesto de respeto.
—Yo soy Ragard de Enlil, a los tuyos—, replicó el vidente, intentando recobrar algo de compostura.
—¿Puedo preguntarte qué haces aquj? ¿Cómo es que has llegado a los dominios de Emúrea?
—Es una larga historia—, respondió Ragard con una leve sonrisa irónica. —Ya ves, tu pozo me atrajo como un imán.
Arakh esbozó una sonrisa fugaz. —Desde la entrada nos informaron de tu llegada y que te dirigjas hacia las minas en busca del hierro Emúreo.
—Asj es—, confirmó Ragard, alzando el mapa. —Pero, siendo honesto, todo esto me parece un laberinto. ¿Podrjas ayudarme? La verdad es que no sé interpretar muy bien las indicaciones de este plano.
Arakh tomó el mapa y lo estudió por un momento. —Haré lo que pueda para orientarte—, dijo finalmente, devolviéndoselo. —Aunque será mejor que no nos vean conversando demasiado. No todos aquj son tan hospitalarios como yo.
Caminaron hacia las afueras del Casal, donde el enano le señaló la entrada a los túneles que llevaban a las minas de Emúrea. El Zonotorh contemplaba la idea de adentrarse en aquellos pasajes subterráneos, imaginándolos angostos, húmedos, oscuros y llenos de peligros. En silencio, alimentaba estas conjeturas, pero el enano ofreció una solución. De su mano surgió una antorcha que iluminó parcialmente los canales que se extendjan en la penumbra. Aunque la reputación de los enanos los tachaba de arrogantes, el vidente los consideraba, hasta ahora, amables y generosos.
Con la antorcha en una mano y el mapa en la otra, avanzó con pasos cortos e inseguros, descendiendo por unos escalones tallados directamente en la roca. Dentro, quedó maravillado ante la obra majestuosa de los enanos: túneles perfectamente diseñados, que se extendjan como serpientes gigantes a través de la roca. Caminó sin mirar atrás, acompañado solo por sus pensamientos y la urgente idea de llegar lo más pronto posible a las minas. Durante su avance, el entorno se transformaba en un desfile de roca caliza y antorchas con llamas que parecjan escapar del tiempo.
De improviso, se detuvo frente al borde de un abismo que dividja el túnel en un largo tramo. Tras observar el lugar, notó que contaba con un sistema funicular similar al que habja utilizado antes. Accionó la palanca, y de inmediato la plataforma del otro extremo comenzó a desplazarse hacia él, lenta y temblorosa. Una vez cerca, se impulsó y saltó sobre ella. Cuando llegó al otro lado, sus dudas volvieron a asaltarlo: la oscuridad era más densa, y la luz de las últimas antorchas apenas alcanzaba a iluminar el trayecto.
La llama de su antorcha, casi extinta, se desvanecja lentamente. Ahora se volvja necesaria nuevamente. Buscó dos trozos de roca para generar chispas y reavivar el fuego. Avanzó con cautela, y de pronto sintió en el rostro una suave brisa que lo refrescaba. Sin darse cuenta, habja llegado a las minas.
Delante de él se extendja un vasto socavón, donde se abrjan las imponentes minas de hierro Emúreo. Entusiasmado, aceleró el paso, mientras la luz de su antorcha se unja al resplandor de las múltiples antorchas que formaban largas hileras iluminando el lugar. Sin embargo, el aire pronto se tornó pesado; el agudo olor del bermellón se alzaba en pequeñas nubes gaseosas, dificultándole la respiración. Con el sudor resbalando por su rostro, logró atravesar la capa venenosa y alcanzar una zona donde el aire volvja a ser fresco.
Ante él, se alzaba una colosal pared de hierro Emúreo, que destacaba con un rojo profundo, como una gigantesca muralla de sangre que se extendja hasta perderse de vista. De sus paredes pendjan tarimas de madera y escalinatas diseñadas para trepar la roca. Vagones se alineaban en la parte inferior, junto a cubetas de madera para transportar el mineral. Un complejo sistema funicular cruzaba los aires en todas direcciones, movilizando herramientas y obreros.
El Zonotorh se detuvo por un momento, maravillado ante la magnitud y perfección de las minas. Pero su admiración no duró mucho; tras unos segundos, recordó su misión y se dispuso a culminar su tarea. Por más que buscaba la manera de desprender el preciado hierro, no lograba encontrar una herramienta útil para extraerlo. A su alrededor solo habja palas desgastadas y cubetas vacjas. Con desesperación, palpó el suelo en busca de algo que sirviera, hasta que sus manos toparon con un objeto que podrja funcionar como una pica.
Sosteniéndolo con ambas manos, dobló los brazos para reunir la fuerza necesaria y golpear el mineral. Dejó que la improvisada herramienta impactara con tal potencia que, al hacerlo, una estela de fuego se expandió como un majestuoso espectáculo de fuegos artificiales estallando en el cielo. Los repetidos golpes resonaban como ecos profundos en el túnel hasta que, tras varios intentos, un fragmento del hierro se desprendió. La tarea encomendada al fin estaba cumplida.
Sacudió sus brazos adoloridos y se inclinó para recoger el preciado trozo de mineral. Como si cargara un tesoro invaluable, lo guardó con cuidado en su alforja. Sin embargo, algo habja cambiado en el ambiente: la fresca brisa que envolvja el lugar se volvió áspera, y pequeños chirridos comenzaron a llegar, apenas perceptibles, a sus ojdos.
Momentos después, los sonidos se hicieron más claros y cercanos. De súbito, un trasgo rugoso y maloliente emergió de las sombras.
—¡Aquj estás! —gruñó el trasgo con voz gutural—. ¡Eres mjo, porquerja humana!
Sin dudarlo, el trasgo blandió su arma y destrozó la antorcha de Ragard, consciente de que, más allá de las nubes venenosas que flotaban sobre el lugar, no habja luz alguna. Ragard, sin más opción, emprendió una frenética huida hacia la gran masa gaseosa que, en la oscuridad, se hacja casi invisible.
Se internó en la nube de gases asfixiantes con rapidez, corriendo en la única dirección que su instinto le marcaba, sin detenerse a pensar si era la correcta. Sus largas zancadas le otorgaban una ventaja considerable frente a sus perseguidores, quienes corrjan tras él gruñendo y maldiciendo.
Cuando menos lo esperaba, se encontró en el lugar donde debja ser transportado por la plataforma. Pero ahj, en la boca del túnel, lo aguardaba un trasgo más, ansioso de carne fresca. Ragard supo al instante que su camino estaba bloqueado. Sin otra opción, decidió llevarse por delante a la criatura.
Tomó impulso, cargando con aún más jmpetu al escuchar el bullicio de los trasgos que lo persegujan, cada vez más cerca. Corrió desenfrenado y arrolló al pequeño ser colmilludo, que cayó rodando al suelo. En su asalto desesperado, logró alcanzar la plataforma justo cuando esta se encontraba a medio recorrido.
Con un rápido vistazo hacia atrás, Ragard comprobó que no era seguido, pero los trasgos, al verlo escapar, optaron por cortar la gruesa cuerda que sostenja la plataforma en movimiento. Las fibras se fragmentaron, dejando apenas unos hilos insignificantes que se tensaban peligrosamente.
Desde el borde del túnel, el resto de las alimañas intentaban alcanzarlo con flechas lanzadas con furia. La plataforma aún estaba lejos del otro extremo, y Ragard sabja que el peligro no habja terminado…Esperaba con ansias llegar pronto, aunque esa no era su única preocupación. La cuerda cedja, cada vez más, como si fuera a romperse en cualquier momento. Y justo cuando menos lo esperaba, sucedió.
La cuerda se rompió, y la plataforma, junto con su ocupante, cayó al vacjo. En plena cajda libre, el vidente dejó de luchar contra su destino. Sus pensamientos se disiparon, sumidos en la inmensidad de su fracaso. Cerró los ojos, y con un suspiro resignado, esperó lo inevitable: la muerte.
III.
Poetas del Ministerio.
La muerte, pensó Ragard, no es algo que se pueda comprender, ni mucho menos evitar. En algún rincón de su alma siempre había existido la sospecha de que llegaría, como un visitante inesperado, pero siempre distante, como si las sombras de la vida pudieran aplazar su llegada indefinidamente. Sin embargo, la certeza de su presencia se hacía más palpable con cada día que pasaba. A lo largo de los años había visto muchos caer, algunos sin razón, otros con una desesperada calma. Todos, finalmente, sucumbían.
¿Cuál era el propósito de todo esto? La existencia parecía un ciclo sin fin, una lucha interminable contra el paso del tiempo, contra lo inevitable. ¿Es que acaso vivir no era simplemente una forma de prepararse para morir? La muerte no preguntaba, no perdonaba; se llevaba a los fuertes y a los débiles por igual, como un río imparable que arrastra todo a su paso.
Ragard cerró los ojos por un momento, dejando que el pensamiento se deslizara en su mente. No sentía miedo, al menos no el miedo visceral que una vez había conocido. Ahora, la muerte era solo una sombra que caminaba junto a él, presente pero distante, casi una amiga invisible. La verdadera pregunta no era cuándo llegaría, sino cómo sería ese momento. ¿Sería una caída silenciosa, como un sueño profundo?
¿O una lucha feroz, donde su alma se retorcería en sus últimos momentos de resistencia?
Lo único que sabía con certeza era que no podía escapar de ella. Y si no podía escapar, tal vez la clave estaba en aceptar su presencia, en reconocer que todo lo que había hecho y lo que aún haría estaba irremediablemente marcado por ese final. Aceptarlo no significaba rendirse, sino encontrar la paz en medio de la tormenta, en medio de esa ineludible realidad. La muerte, entonces, no sería su enemiga. Sería simplemente el cierre natural de lo que había sido, el último verso de una historia cuyo contenido había elegido con cada acción.
Ragard suspiró profundamente, dejando que su alma se aligerara con ese pensamiento. La muerte no tenía por qué ser el fin, pensó. Tal vez, solo tal vez, era solo otro comienzo.
Un frío helado, combinado con la sensación de estar flotando, se le escurría por todo el cuerpo. Una suave brisa acariciaba su rostro, mientras mantenía los ojos cerrados. El ruido que invadía el ambiente, junto con un rugir estruendoso que agitaba su cuerpo, lo obligó a abrirlos. Estos, algo maltratados por la luz del día, se veían nublados y cansados por el calor.
El hombre, sacudido por las aguas algo turbulentas, trataba de orientarse, pero la corriente avanzaba tan rápidamente que jamás logró ubicar la región en la que se encontraba. Flotaba, meciéndose como una hoja arrastrada por el río.
Entonces, giró su cuerpo en el agua fría, quedando boca abajo. Trató de nadar hacia alguna orilla, pero las olas se volvían un engañoso vaivén, burlando sus esfuerzos de náufrago. Cada intento de alcanzar la orilla se convertía en una lucha desesperada que agotaba al Zonotorh, empujado por las fuertes corrientes.
En un último esfuerzo, se aferró a una roca golpeada con furia por las olas de agua. Con gran determinación, logró mantenerse a su lado, aferrándose con todas sus fuerzas hasta que, finalmente, consiguió treparse sobre ella. Allí, exhausto, aguardó un par de minutos, tratando de localizar algún camino de salida. Aparte del rugir del río, unos graznidos lejanos se entrelazaban entre los árboles, llegando suaves pero claros a los oídos del vidente. Al mirar a su alrededor, dedujo que con otro salto fuerte podría alcanzar la orilla en su lado izquierdo. Su salto concluyó en tierra firme, pero al aterrizar, notó que su jubón estaba completamente empapado.
A pesar de su estado, continuó buscando una salida, pero lo único que veía eran árboles y más árboles, formando interminables hileras que delineaban un áspero bosque. En el aire se oían los graznidos de las aves del paraíso, el murmullo de pequeños roedores, las exclamaciones de siervos dorados y, más allá, en la penumbra del bosque, los cuervos azules cantaban sin cesar. La selva era un mar de tallos que se entrelazaban como una telaraña, y Ragard, desorientado, caminaba hacia el norte, aunque no estaba seguro de si ese era el rumbo correcto.
Mientras avanzaba distraído, una red cayó sobre él con fuerza, inmovilizándolo. Sus manos comenzaron a moverse frenéticamente, luchando en vano por liberarse. Tras unos momentos de desesperación, un extraño silencio lo rodeó. Un sinfín de voces surgieron entre las ramas más altas de los árboles, como hojas cayendo suavemente en la primavera tardía. Las ramas comenzaron a agitarse, inquietando al Zonotorh, quien se quedó quieto, conteniendo la respiración, esperando.
—No, no es un Karpo… — negó una de las voces en lo alto. — Es un hombre.
—¿Qué hace un hombre en estos lares? Pensé que todos irían a la guerra… — exclamó otra voz.
—¡Por favor, no soy una amenaza! — gritó el prisionero, al reconocer que las voces parecían humanas, o al menos comprensibles. — Les pido que me liberen…
Tras sus palabras, un profundo silencio cayó sobre el bosque. Ragard, ahora a punto de entrar en pánico, continuó forcejeando con la red, desesperado por encontrar algo en su alforja que pudiera usar para liberarse. De repente, una sombra lo cubrió, y una voz profunda lo calmó.
—No te apures en liberarte. Lo haremos por ti…
—Gracias a los dioses… — susurró el Zonotorh, aliviado.
Permaneció inmóvil mientras las criaturas lo deshacían de la red. Al recuperar su libertad, inhaló con fuerza el aire fresco y solo entonces levantó la vista para observar a sus libertadores. Ante él, se encontraba una criatura que, aunque parecía humana, no lo era en absoluto. Su piel era la corteza de un árbol, sus brazos y piernas estaban adornados con ramas que se extendían desde sus codos, dedos y pantorrillas, creando una estructura como si la naturaleza misma hubiera moldeado su cuerpo. En su cabeza, un conjunto de ramas formaba una cresta que se elevaba desde la raíz de su cuello. Su rostro alargado, con mandíbulas pequeñas pero llenas de dientes afilados, estaba adornado por más ramificaciones que descendían hasta su pecho.
Vestían pieles y cortezas de árboles, y en su espalda llevaban alforjas con saetas. En sus manos, empuñaban arcos de lianas azules, tallados con una perfección que parecía divina. La daga que había liberado al vidente se encontraba siendo infundida con una energía misteriosa cuando, de repente, un grupo de estas criaturas emergió entre los árboles. Su flotilla de orejas largas saltó al terreno, rodeando al Zonotorh.
—Por su apariencia, parece venir del sur – observó el ser que lideraba el grupo.
—Es un Yurenio, miren sus ojos opacos – añadió uno más.
—Tal vez, pero también podría ser un Kriëgen – comentó el mismo ser verdoso. Son los únicos con ojos opacos. Debemos tener precaución.
—Mi nombre es Ragard de Enlil. Vengo del sur, pero no soy un Kriëgen, aunque aún no
estoy completamente seguro. – Tras un breve silencio, el Zonotorh continuó. – Lo único que les aseguro es que soy un vidente, un simple vidente de las cartas, perdido en este lugar. No soy una amenaza.
—¿Qué has dicho? – Se elevó una voz, firme y autoritaria. Una figura comenzó a acercarse.
—Los Zonotorh son seres maléficos, demonios de aspecto humano. Son la proliferación de la maldad, una peste que se esparce sin control. Los Zonotorh representan la encarnación de la maldad ancestral, un legado oscuro que se manifiesta en su forma. Son distorsiones que desestabilizan la paz que hemos logrado proteger.
Al escuchar estas acusaciones, Ragard se encogió ligeramente de hombros, mientras observaba la figura de quien le hablaba. A pesar de ser similar a los demás seres verdes, este individuo era significativamente más grande. Su complexión musculosa y su cuerpo surcado por cicatrices sugerían una vida llena de batallas. En sus ojos ardía un deseo de destrucción incontrolable.
La tensión en el aire aumentó cuando Ragard vio cómo el gigantesco ser se acercaba con intenciones de matarlo. Sin embargo, al hacer contacto visual, algo cambió en el atacante, que de repente se desplomó frente a él. Ragard se apartó instintivamente, sorprendido por lo sucedido. El ataque de la criatura había fallado, y el atacante, al intentar retirar su daga del tronco de un árbol, no consiguió la satisfacción de su propósito.
—Alimaña efímera, acabas de sellar tu destino con la marca de la muerte – rugió el gigante, avanzando con rapidez, sus pasos resonando en el suelo. – Te hundirás en el río de lava de los muertos, y tu carne, huesos y espíritu se desintegrarán en su fuego abrasador.
Ragard, paralizado por el miedo, cerró los ojos esperando lo inevitable. Su cuerpo, aturdido por el impacto, no respondía, y la presión de los pasos del gigante creaba una sensación de desesperanza.
De repente, una voz grave, aunque afilada, cortó el aire, deteniendo la furia del atacante.
—Derzen… – la voz resonó con firmeza, aplacando la furia que amenazaba con desbordarse. – No cometas un error. Serías un absoluto necio si lo asesinas…
De esta manera, la cólera del agresor se apagó. Dejó de fijarse en el vidente y centró su atención en un ser extraño, imponente, lleno de poder, malevolencia, respeto y oscuridad.
—Retírense. Creo que tienen asuntos que atender – dijo, moviendo levemente la cabeza hacia el enorme mocetón de músculos. – ¿No es cierto, Derzen, mi querido hijo?
—Espero que no seas tú quien cometa el error… querido padre.
La ironía en la relación entre padre e hijo se desvaneció ante la presencia del Zonotorh. El llamado «padre» tenía cierta semejanza con estas criaturas. Su piel era tan blanca como la nieve invernal, y sus orejas, más largas que las de sus hijos, destacaban en su rostro. Sus ojos, completamente negros, se fundían con su cabello y sus uñas. Los labios, también teñidos de negro, daban paso a unos dientes puntiagudos que brillaban por su blancura al hablar.
—Ven, levántate, y no me des las gracias – añadió, mientras Ragard era manipulado mágicamente por él. – Aún no es hora.
El vidente obedecía como si su voluntad se hubiera fundido con la del hombre, moviéndose involuntariamente al compás de cada palabra de este ser extraño. Mientras el hombre se daba la vuelta, invitando al vidente a pasar a un cubil en lo profundo del espeso bosque, manipulaba al Zonotorh como si fuera una marioneta.
El cubil, en su interior, estaba lleno de sombras y ecos distorsionados, como si el mismo bosque respirara en su interior. Las paredes, cubiertas de musgo, parecían susurrar secretos antiguos, mientras una luz tenue se filtraba a través de las copas de los árboles, creando un ambiente opresivo y místico.
—Espero que comprendas lo que está sucediendo, porque, si no lo haces, poco me importará lo que mi hijo haga contigo – dijo el ser pálido, señalando una silla. El vidente obedeció de inmediato, ocupando la silla sin dudar, como si cada palabra del gigante fuera ley. – No quisiera malgastar mi tiempo con alguien tan insignificante como tú.
Trataré de comprenderlo – respondió, su voz temblorosa, como la de un muñeco de ventrílocuo. – Aunque, por ahora, aún no lo entiendo…
—¡Peste tremebunda! – exclamó, frunciendo el ceño con furia el alto jefe. – ¿Qué fue lo primero que te advertí?
—Es imposible que entienda algo que desconozco – replicó el Zonotorh, defendiendo su posición. – No comprendo tu lenguaje enigmático…
—Pensé que eras más inteligente y astuto, pero veo que no eres más que un pequeño parásito entorpecido por el miedo – respondió con desdén el gigante, dejando que sus palabras calaran profundo
—¿Por qué me tratas de esta forma? ¿Qué he hecho para merecer tal trato, y más aún, de un desconocido?
—En verdad, eres un patético imbécil – gritó el imponente hombre, furioso. – ¿No te parece suficiente coincidencia que estés frente a un desconocido que, por desgracia, te conoce a fondo debido a su infinita vida? – añadió, un poco más calmado. – Yo… Reki, soy un Kriëgen, nigromante, o también conocido en las tierras altas como Zonotorh oscuro.
Esa relación no era comprendida del todo por el Zonotorh, quien pensaba que estaba conversando con un desconocido. De pronto el rostro de Reki, o mejor dicho, el hombre que en su vida pasada había sido Seigurh Aeduur, apareció ante él. Su figura era más imponente que antes, pero su mirada aún conservaba el mismo brillo enigmático que lo había caracterizado.
—¿Qué es esto? Ragard tartamudeó, sintiendo cómo el miedo lo envolvía. “¿Por qué… por qué ahora?”
Reki, o Aeduur, se quedó en silencio por un momento. Sus ojos fijos en los de Ragard, como si estuviera buscando algo en su alma. De repente, se adelantó y, con un suave movimiento, retiró su capa, dejando ver un símbolo antiguo grabado en su piel, un emblema que Ragard había visto en el mazo, cuando él le había entregado las cartas de manera inusual.
—Esto es lo que he sido durante todo este tiempo, – dijo Reki, con una sonrisa triste. – El Duque de Assos, Seigurh Aeduur, fue solo un nombre, una máscara. Yo soy Reki, y mi propósito siempre estuvo en las sombras, observándote, guiándote, esperando el momento en que la verdad se revelara.
Ragard no podía creer lo que escuchaba. Su mente parecía estallar con la información que caía sobre él como un torrente.
—Pero… ¿cómo? ¿Por qué no me lo dijiste antes?”
Reki lo miró fijamente, y sus palabras fueron un susurro que cortó el aire entre ellos.
—El exilio fue mi elección, Ragard. Necesitaba que te encontraras por ti mismo, que fueras tú quien decidiera tu destino, sin influencias, sin un guía que te dijera qué hacer. Mis acciones, aunque discretas, siempre estuvieron encaminadas a llevarte hacia este momento. Lo que no esperé es que el destino fuera tan cruel. De igual manera, ya de Aeduur poco o casi nada queda. Ahora soy Reki y así será por el resto de mis días.
Ragard se tambaleó, ahora su vida parecían pesar más de lo que nunca habían hecho. Todo lo que había vivido hasta ese momento cobraba un nuevo sentido, pero la verdad le quemaba como una llama viva.
—Entonces… ¿todo esto fue parte de tu plan? ¿Toda mi vida?
—No, Reki respondió con firmeza, un brillo de dolor en sus ojos. – Nunca fue parte de un
plan. Lo que quise fue evitar que el destino se cumpliera a la fuerza, pero el tiempo, Ragard, es un maestro cruel. Todo lo que hice fue por ti, para darte la oportunidad de ser quién eres ahora. Pero al final… el destino te pertenece solo a ti.”
—El silencio llenó la sala, pesado como una losa. Ragard, por fin, entendió que las respuestas que había buscado siempre estuvieron más cerca de lo que pensaba, pero también entendió que no todas las respuestas eran fáciles de digerir.
—Reki dio un paso atrás, su figura ahora más distante. – El tiempo de tus preguntas ha terminado, Ragard. Ya es hora de que te enfrentes a lo que realmente eres. Y ya que nos hemos encontrado nuevamente, tal vez sea el momento de que tomes el control de tu futuro. Pequeño e inútil Zonotorh, cuya raza acumula sendos fracasos, no me sorprende tu existencia. Pero esta vez, lo que haré te servirá de mucho – agregó el Zonotorh oscuro, con tono de resignación. – No quiero hacer mucho, pero tú eres la fuente de mi supervivencia.
Inmediatamente, levantó su mano armada y, con un pequeño gesto de su rostro, atrajo al desconcertado Zonotorh hacia él. Usando su magia, el Zonotorh se vio forzado a colocar sus manos sobre el suelo mientras recitaba en unísono.
«En un versado y agudo lamento, la oscuridad vuela junto a mi voz,
que famélica se arrastra a ciegas, en aras de un aliento. Áspero y seco se levantan polvos,
que el erguido está, y corroído, Absorto mirando tras la montaña,
y que, beligerante, exhorta un augurio en silencio.»
Momentos después, su cuerpo comenzó a agitarse de un lado a otro, zarandeado por gestos de dolor. Al terminar el pequeño ritual, el Zonotorh oscuro cayó de rodillas al suelo, cubriéndose el rostro con la mano.
El aire se tornó denso alrededor de Ragard, como si los árboles cercanos respiraran a la par de él, resonando en su pecho con cada palabra de Reki. El tiempo parecía haberse detenido mientras la sombra de su antiguo mentor se alzaba sobre él, una presencia familiar pero distante. Reki, ya de pie ante él, con su mirada penetrante, reveló la verdad que Ragard había estado buscando sin saberlo. Un secreto que había permanecido oculto en las sombras, hasta ese momento.
—Lo que Kanthus comenzó… —dijo Reki, su voz grave y resonante— fue solo el principio. La liturgia que él desató en ti, Ragard, abrió el portal a lo que eres ahora. Pero yo… yo sellé ese destino. Fui quien completó el ciclo. Fui quien trajo el último suspiro de poder que convertía tu alma en la de un Kriëgen.
Ragard sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, como si algo en su interior se hubiera despertado. La magia corría ahora por sus venas, una corriente de poder que lo transformaba desde dentro, ineludible, antigua.
—¿Por qué? —preguntó Ragard, aunque ya intuía la respuesta. Sus ojos brillaban con una mezcla de incertidumbre y una nueva comprensión. Sabía que lo que sentía en su cuerpo, ese ardor pulsante, era la marca de algo mucho más grande.
Reki sonrió, una sonrisa cargada de una tristeza amarga, pero también de una fuerza que solo los más antiguos poseían.
—Porque era necesario. Los Kriëgen no son meros nekros, Ragard. Son la raíz misma de la oscuridad. Lo que Kanthus comenzó, yo lo completé. Los poderes de un Kriëgen fluyen como la sabia en un árbol, inquebrantables, vitales. Ahora, esa energía corre por tus venas, entrelazada con tu ser, invadiendo tu alma. No hay vuelta atrás, pero tampoco hay nada más poderoso que esto.
El viento comenzó a soplar con más fuerza, y Ragard cerró los ojos, sintiendo la profundidad de las palabras de Reki calar en su ser.
—Entonces… ¿ya no soy yo mismo? —murmuró, una angustia sutil en su voz, aunque la fuerza en su interior era innegable.
Reki dio un paso hacia él, colocando una mano sobre su hombro con una fuerza que transmitía siglos de conocimiento.
—Eres más que tú mismo, Ragard. Has cruzado el umbral. Ahora eres parte de algo que ha existido mucho antes que tu carne, mucho antes que este mundo. Los Kriëgen son la oscuridad y la luz, el fin y el principio. Y tú, hijo mío, eres la semilla de esa era nueva.
El silencio se instaló entre ellos, pesado, mientras Ragard procesaba la magnitud de sus palabras. Ya no había duda. La iniciación estaba completa. Ragard era ahora un Kriëgen, marcado para siempre.
—Ya puedes marcharte —dijo Reki, tomando fuerzas para mantenerse en pie—. Estos dones son todo lo que te queda, pero te serán útiles. útiles.
—¿Pero te encuentras bien? —Solo vete.
El Zonotorh oscuro se notaba débil, aún sin ganas de hablar más. Por su parte, Ragard sentía cómo el color oscuro de sus ojos se desvanecía lentamente.
—¿Qué me miras? —añadió, mientras controlaba su ira, que se desbordaba hacia el suelo con solo mover la cabeza—. ¡Lárgate de una vez!
El incontrolable genio volvía a aflorar; parecía no haber forma de que éste abandonara su ser. La sacudida lo hizo volar varios metros, cayendo estrepitosamente al suelo. Tras levantarse, el Zonotorh solo dio media vuelta y comenzó a caminar. Mientras avanzaba, el eco tronante de su voz resonó sobre él, como una red.
—Debes cumplir, debes concluir tu tarea —retomó la voz, haciendo una última advertencia—. Estarás siendo vigilado, Zonotorh. Te estaré observando…
Ragard detuvo su avance, dándose media vuelta para observar cómo aquel cubil se extinguía entre la maleza, la maraña y el espeso bosque. De nuevo, su objetivo era llegar a Ormux, de cualquier forma. Traía consigo el mineral Emúreo, pero había perdido mucho tiempo. Apresuró el paso, guiado por la desorientación, que funcionaba como brújula. La espesura del bosque no cesaba; era alimentada por pantanos, fosas vegetales, cementerios de maleza y maraña. Todo esto agotó por completo sus fuerzas y aliento, llevándolo a sentarse un momento a recuperar el respiro. Inconscientemente, suplicaba por un mapa, como si fuera una señal que lo sacara de este aprieto. Sus plegarias fueron escuchadas cuando, cerca de allí, pasó un pequeño pelotón de soldados, guiados por un joven que comandaba a sus seguidores.
—¡Eh! ¡Ayuda aquí!
Los aullidos del Zonotorh llamaron la atención de los soldados, quienes detuvieron su marcha de inmediato. El joven al frente del pelotón reunió un pequeño grupo de soldados, quienes fueron enviados hacia el lugar donde Ragard yacía, aun recuperándose del agotamiento.
—¿Eres tú quien pide ayuda? —preguntó un soldado grande, pero con voz pequeña.
—Sí, creo que estoy perdido. Necesito que, por favor, me indiquen en qué parte de las regiones me encuentro o al menos saber mi ubicación aproximada.
—Venimos del suroeste y nos desplazamos hacia el norte —aclaró el soldado, mirando a los otros tres que, a su vez, se observaban entre sí—. Pero creo que el comandante Absu es quien tiene la brújula y el mapa. Él es quien sabe bien nuestra ubicación.
—Capitán, es común que el comandante Absu nos facilite el mapa y la brújula —añadió otro soldado.
El comandante parecía ser alguien frío, calculador, extraño, versado, loable y de expresión rígida. Desde su posición, examinó al Zonotorh con gestos de desconfianza. Sin previo aviso, envió a un quinto soldado con la brújula y el mapa. El quinto soldado, que había comenzado su marcha hacia el grupo, pronto se encontró con el capitán, quien iba en busca de los instrumentos de guía. Tras un par de diálogos, ambos miraron en dirección al Zonotorh en repetidas ocasiones y luego, con una elegante pluma, escribieron algo en el mapa. Uno de ellos regresó a su fila, y el dato fue entregado a quienes pacientemente esperaban la útil herramienta.
Cuando el mapa fue finalmente entregado, Ragard lo observó detenidamente. Con sorpresa, se dio cuenta de que estaba cerca de casa. Luego de estudiarlo, levantó la cabeza para agradecer, pero los soldados ya no estaban. Se habían regresado a sus filas.
—Gracias, buenos hombres —agregó, elevando el tono de su voz—. Que la dicha y la suerte siempre estén con ustedes.
IV.
El Pago del Vidente.
Después de que aquellos soldados le habían otorgado un mapa, que lo conduciría de vuelta a Ormux, puso su fé agotada en que nada más iria a retrasar con su tarea de llegar con Kagel, a tiempo. El peso del hierro Emúreo golpeaba su costado al ritmo de sus pasos, una presencia constante y tibia que le recordaba por qué sus pulmones aún se esforzaban en extraer aire de aquel aire viciado por la ceniza lejana. Las minas habían quedado atrás, igual que el rostro de Reki, igual que la certeza de quién era él antes de que aquellas cartas llegaran a sus manos.
El mapa que los soldados le habían entregado estaba enrollado en su cinturón, pero apenas lo miraba. Conocía la ruta hacia Ormux, al menos en teoría: bordeando las estribaciones de las montañas detras de Daifa, cruzar el valle de los Vientos Secos y ascender por el Paso del Eco. Tres jornadas, quizá cuatro si el cuerpo le fallaba. Pero el cuerpo no podía fallar. Kagel no disponía de cuatro jornadas. Ragard se detuvo un instante para ajustar la correa de su zurrón. El sol comenzaba a declinar hacia el oeste, tiñendo las nubes de un color anaranjado que le recordó a las Lágrimas de Fuego cayendo sobre los bosques de Isara en sus visiones. Sacudió la cabeza para espantar la imagen. No ahora. Ahora no. Reanudó la marcha. El sendero serpenteaba entre peñascos cubiertos de liquen plateado, una variedad que solo crecía en terrenos donde antiguamente había fluido magia Kriegën, o al menos eso decían los viejos textos que su abuelo le había leído antes de que las plagas llegaran a su aldea.
Sus botas crujían sobre la grava suelta. El silencio del paraje era casi absoluto, roto únicamente por el silbido intermitente del viento entre las rocas. Demasiado silencio, pensó de pronto. Incluso los cuervos azules de las cumbres, siempre presentes en aquella región, parecían haberse esfumado. Fue entonces cuando el viento cambió. No fue un cambio gradual. Fue como si una mano invisible hubiera girado la veleta del mundo. La brisa fresca de la montaña se tornó densa, cargada de un olor que Ragard reconoció al instante, porque lo había olido demasiadas veces en sus visiones: carne quemada y resina amarga, el perfume de la muerte cuando llega envuelta en fuego mágico. Se detuvo en seco. Su mano derecha fue instintivamente al interior de su capa, en esta ocasion no fue a empuñar su espada, dirigio su mano a donde guardaba el mazo de cartas envuelto en paño de lino. Lo sintió vibrar. No era una vibración física, sino algo más profundo, una resonancia que le recorría los huesos como el tañido de una campana sumergida.
—Algo ha ocurrido aquí. Algo que las cartas reconocen. – dijo para si mismo.
Avanzó con cautela, agazapándose tras los peñascos. El sendero giraba hacia la izquierda y descendía hacia una pequeña hondonada donde, en tiempos mejores, los viajeros solían acampar antes de afrontar el Paso del Eco. Lo que vio al asomarse le heló la sangre en las venas. Tres carromatos volcados. Cuatro, quizá cinco cadáveres esparcidos por el suelo como muñecos rotos. No eran soldados; vestían ropas de mercaderes y refugiados, telas bastas y coloridas que ahora estaban manchadas de hollín y algo más oscuro. El fuego aún humeaba en los restos de una hoguera central, pero las llamas eran de un color violeta enfermizo que no se extinguía del todo, como si el propio aire se negara a dejar morir aquella ponzoña.
Ragard descendió con sigilo. Sus ojos de vidente, entrenados para leer lo invisible, captaron detalles que cualquier otro habría pasado por alto: no había heridas de espada ni flechas clavadas en los cuerpos. Las víctimas yacían con expresiones de terror congelado, las bocas abiertas en un grito que nunca llegó a sonar, y en sus sienes… quemaduras circulares, como si alguien les hubiera apoyado monedas al rojo vivo justo sobre las arterias temporales. Magia de sugestión forzada. Magia que quema la mente desde dentro.
Se arrodilló junto a uno de los cuerpos, el de una mujer mayor que aún aferraba un hatillo de hierbas medicinales. Sus dedos estaban rígidos, crispados alrededor del hatillo. No había luchado; había muerto intentando proteger algo, o a alguien. Ragard le cerró los ojos con suavidad y musitó una breve oración en la antigua lengua de Kriegen, la que en su iniciacion recordo pese a nunca haberla estudiado.
Al incorporarse, su pie tropezó con algo metálico bajo una rueda del carromato principal. Se agachó y extrajo un pergamino enrollado sujeto con un cordel de cuero ennegrecido. Alguien lo había escondido allí con desesperación, metiéndolo bajo la rueda justo antes de que los atacantes llegaran. El cordel estaba caliente al tacto, como si acabara de ser expuesto a una fuente de calor intensa, pero el pergamino parecía intacto. Lo guardó en su zurrón sin desenrollarlo. No era el momento. Entonces lo oyó.
Un llanto débil, casi un gemido animal, proveniente del carromato volcado más alejado. Ragard se tensó. Desenfundó su espada y se aproximó con el sigilo de un depredador.
Bajo el carromato, acurrucado entre mantas sucias y restos de provisiones, había un niño. No tendría más de diez años. Su rostro, cubierto de hollín y lágrimas secas, estaba surcado por regueros de piel limpia. Se aferraba a un colgante de piedra negra que colgaba de su cuello, una gema opaca con vetas rojizas, un fragmento,una herencia diminuta. Quiza una joya ancestral en alguna época remota.
—Tranquilo —susurró Ragard, envainando su espada y alzando las manos—. No voy a hacerte daño. Ya pasó. Ya pasó…
El niño lo miró con ojos vidriosos por la fiebre. Temblaba, pero no de frío. Su brazo derecho, desnudo y sucio, mostraba un arañazo superficial cerca del codo, pero las venas circundantes se habían tornado de un negro brillante, como si estuvieran llenas de tinta de obsidiana en lugar de sangre. Veneno de los Hombres de Reki. El mismo que mató a los demás, pero en ellos fue directo a la mente. En este niño solo fue un roce… y aun así está muriendo. Ragard palpó el trozo de Hierro Emúreo en su zurrón. El mineral estaba caliente, casi como si supiera que se lo necesitaba. Kagel se muere al norte. Este niño se muere aquí. El Hierro Emúreo apenas alcanza para una sola herida mortal. Si lo gasto aquí, Kagel muere. Si lo guardo, este niño muere.
Cerró los ojos. El rostro de Kagel apareció en su mente: Heve Kagel De Isara, el guerrero que le había salvado la vida en infinidad de veces. Le debía lealtad. Le debía la vida.
Pero las palabras de Reki resonaron en su memoria como un eco maldito: «El arcano final no se lee con las cartas. Se lee con las elecciones.»
—Maldito seas, Reki —murmuró Ragard.
Extrajo el Hierro Emúreo. Era un trozo irregular, del tamaño de un puño pequeño, con vetas escarlata que palpitaban débilmente como un corazón aletargado. Lo sostuvo entre ambas manos, sintiendo su calor ancestral, y lo partió en dos con un golpe seco contra una piedra cercana. El mineral no se astilló como una roca normal. Se dividió limpiamente, como si una voluntad interna hubiera decidido por dónde debía quebrarse. Y en el instante de la partición, un pulso de luz rojiza emergió del Hierro y envolvió a Ragard por completo. El mundo desapareció. Una puerta de piedra negra. Colosal. Grabada con el símbolo del Arcano Final: El Mundo, pero invertido, la doncella mirando hacia abajo en lugar de hacia arriba, los cuatro querubines de las esquinas convertidos en cuervos de ojos plateados. El corredor subterráneo. Húmedo, iluminado por cuencos de fuego azul sostenidos por estatuas de Zonotorh antiguos, sus rostros erosionados por el tiempo pero sus manos aún extendidas en gesto de advertencia.
Una figura encapuchada avanza por el corredor. Porta un bastón de cristal humeante, cuyo interior alberga una neblina violeta idéntica a la de los fuegos de la caravana. Es alto, de andar decidido, y al pasar junto a las estatuas, éstas le susurran en una lengua que Ragard entiende a medias: «Gardarh… el que busca sin derecho… Gardarh… el que despertará lo que debe dormir…» La figura se detiene frente al sarcófago de un Zonotorh. Levanta el bastón. Y entonces Ragard ve la mancha de sangre fresca en el suelo, justo delante del sarcófago. Una sangre que aún humea. Una sangre que…Ragard volvió en sí con un jadeo violento. Estaba de rodillas, las manos aún aferrando los dos trozos de Hierro Emúreo. El niño lo miraba con los ojos muy abiertos, aterrorizado.
—¿Qué… qué te ha pasado? —balbuceó el niño—. Tus ojos… brillaban como los de ellos.
—¿Ellos? —Ragard se obligó a centrarse. Tomó uno de los trozos de Hierro, el más pequeño, y lo acercó con cuidado al brazo herido del niño—. Cuéntame qué viste. Mientras te curo, cuéntamelo todo.
El Hierro Emúreo tocó la herida y el niño gimió. Un líquido negro y espeso comenzó a brotar del arañazo, como si el mineral lo estuviera extrayendo de sus venas. El veneno burbujeó al contacto con el aire y se evaporó en una voluta de humo violeta.
El niño, con voz entrecortada, habló mientras Ragard sostenía el Hierro contra su piel:
—Eran cinco. Altos. Sus caras… sus caras eran como ramas y hojas . Eran como silfos, y sus ojos, no reflejaban nada, solo… solo oscuridad. No hablaban con la boca. Sus voces estaban dentro de mi cabeza. Preguntaban por alguien. Preguntaban: «¿Dónde está el que ve con cartas viejas? ¿Dónde está el último Zonotorh?» Mi madre les dijo que no sabía de qué hablaban, y entonces… entonces ella…
El niño rompió a llorar. Ragard apartó el Hierro. La herida estaba limpia, las venas habían recuperado su color normal.
—Ya está —dijo Ragard con una suavidad que no sabía que poseía—. Ya no te harán daño.
El veneno había desaparecido, pero el Hierro Emúreo que había usado estaba ahora opaco, sin brillo, como una roca común, luego de unos momentos se desvanecio en copos de cenizas. Había entregado su poder para salvar al niño. El otro trozo, el que reservaba para Kagel, aún conservaba sus vetas carmesi y su calor ancestral. Debe ser suficiente. Tiene que serlo. Se incorporó y ayudó al niño a salir de debajo del carromato. El pequeño se aferró a su capa con una mano, mientras con la otra sostenía el colgante de piedra negra.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Ragard.
—Orin De Bihrut —respondió el niño.
—Bien, Orin. Ahora vamos a enterrar a los tuyos. No podemos dejarlos así. Y después… después hablaremos de ese Zonotorh y de por qué lo buscan ellos.
Mientras cavaban tumbas poco profundas con tablones rotos de los carromatos, Ragard no dejaba de pensar en la visión. Gardarh. Aquel nombre le resultaba vagamente familiar, como una palabra oída en sueños. Y la cripta del Zonotorh… sabía de su existencia por las viejas leyendas. Era el lugar donde reposaba el más grande de los avatares de la videncia, el único que había logrado leer el Arcano Final sin morir en el intento. O al menos eso contaban. Pero dudaba que todo esto que sucedia ahora, tuviera conexion con estas leyendas sin clarificar.
Terminaron al anochecer. Ragard encendió una pequeña hoguera lejos del campamento destruido, utilizando madera limpia que no hubiera sido contaminada por los fuegos violetas. Orin se acurrucó a su lado, agotado. Ragard recordó el pergamino. Lo extrajo de su zurrón y lo desenrolló con cuidado, acercándolo a la luz de la hoguera.
El texto estaba escrito en una caligrafía antigua, la variante Zonotorh que solo los iniciados en los Arcanos aprendían a descifrar. Ragard entrecerró los ojos y leyó en voz baja, más para sí mismo que para el niño:
«…y aquel que busque al Avatar en su sueño de piedra deberá presentar tres llaves: la Sangre del Último, el Hierro de las Lágrimas y la Voz del Primero. Sin ellas, la cripta será su tumba, y el despertar… incompleto. Mas guárdate, buscador, pues la tercera llave no se halla en este mundo, sino en el eco de aquel que habló antes de que los hombres aprendieran a callar…»
El pergamino estaba incompleto. El borde inferior estaba rasgado de forma irregular. Faltaba la mitad del texto, la que explicaría cómo obtener o utilizar esas tres llaves.
Ragard se quedó mirando las palabras con el ceño fruncido. Sangre del Último. Él. El último Zonotorh vivo. Su sangre era una de las llaves. No comprendia, el no era el ultimo Zonotorh vivo, ¿que habia con los demas? – penso en silencio –
Hierro de las Lágrimas. ¿El Hierro Emúreo? ¿O se refería a las Lágrimas de Fuego que caían del cielo anunciando el castigo mundial? Quizá ambas cosas: el Hierro Emúreo era un mineral formado en las profundidades del mundo cuando una divinidad impactó su martillo en tiempos primigenios y su esencia se fundió con la roca viva.
Voz del Primero. ¿El primer Zonotorh? ¿El primer vidente? ¿O algo más antiguo aún, algo que existía antes de que los hombres aprendieran a callar?
—¿Qué dice? —preguntó Orin, con la voz aún débil.
—Dice que alguien muy peligroso está buscando algo que debería permanecer enterrado —respondió Ragard, guardando el pergamino—. Y dice que yo, quiera o no, estoy en medio. Resulto ser lo que mas temia, su tarea se retrasaria.
Orin se llevó la mano al colgante de piedra negra.
—Mi madre me dijo que esto era de mi abuelo, y el abuelo de mi abuelo. Que un día, alguien vendría a buscarlo, y que yo debía dárselo a la persona correcta.
—¿Y quién es la persona correcta?
Orin lo miró fijamente, con una sabiduría impropia de su edad.
—El que ve con cartas viejas.
Ragard sintió un escalofrío, esa pequeña joya pertenecio a un estirpe antiguo de su raza. Esa era la lagrima de Hierro. Y el que aun vive y lee con cartas viejas… no, no podria ser tanta coincidencia.
—¿Quieres decir que…?
—Quédate el colgante —dijo Orin, desabrochándoselo del cuello y tendiéndoselo—. Mi madre dijo que te ayudaría. Dijo que las Lágrimas de Fuego no son un castigo. Son una advertencia. Y que el último Zonotorh debía entenderlo antes de que fuera tarde.
Ragard tomó el colgante. La piedra negra estaba fría, pero al contacto con su piel, las vetas rojizas en su interior brillaron débilmente, como brasas a punto de extinguirse.
Hierro de las Lágrimas. Quizá el pergamino no hablaba del mineral, sino de esto: un fragmento de mineral Emúreo puro, creado en el ceno de la misma tierra.
—Te llevaré conmigo hasta la próxima aldea —dijo Ragard, guardando el colgante junto a sus cartas—. Allí te dejaré a salvo. Pero antes… ¿viste hacia dónde fueron los hombres de la maraña? Orin señaló hacia el norte.
—Hacia el Paso del Eco. Dijeron algo sobre una cripta. Dijeron que el padre «Reki» los recompensaría si la encontraban antes que el vidente.
Ragard apretó los dientes. El norte lo esperaba con la promesa de una cura para Kagel. Pero ahora sabía que también lo esperaba con la promesa de una tumba que aún no estaba listo para abrir, y con un enemigo que parecía saber más sobre su destino que él mismo.
—Descansa, Orin —dijo al fin, arropando al niño con su propia capa—. Mañana al alba partimos. Y que los ecos de Enlil nos guíen, porque hemos entrado en una partida donde las cartas ya no bastan.
Las estrellas comenzaban a titilar sobre sus cabezas. En la distancia, el resplandor violeta de los fuegos malditos se extinguía lentamente, dejando solo la oscuridad y el susurro del viento entre las rocas.
Ragard no durmió. Toda la noche permaneció en vela, con el mazo de cartas en una mano y el colgante Emúreo en la otra, sintiendo cómo ambos objetos resonaban al unísono, como si reconocieran en él algo que ni siquiera él mismo había descubierto aún.
El Arcano Final estaba en marcha. Y el Pago del Vidente, aquel precio que Reki le había advertido, acababa de empezar a cobrarse.
V.
El Paso del Eco.
La aldea de Wollam quedó atrás con el amanecer, envuelta en una bruma baja que olía a estiércol y pan recién horneado. Ragard no se volvió para mirarla. Había dejado a Orin en la posada de una viuda que aceptó acogerlo a cambio de tres Surias y la promesa de que el niño trabajaría en el establo. El chico había llorado al despedirse, aferrándose a su capa con aquellos dedos pequeños y sucios.
—¿Volverás? —le había preguntado.
—Si las cartas lo permiten —mintió Ragard.
Ahora caminaba solo, con el zurrón golpeándole el costado y el colgante Emúreo oculto bajo la camisa, frío contra su pecho. El medio Hierro Emúreo que reservaba para Kagel pesaba más que antes, como si supiera que cada paso hacia el norte lo alejaba de ella.
El sendero se estrechaba a medida que ascendía hacia las estribaciones del Paso del Eco. Las rocas a ambos lados se alzaban como costillas de un gigante petrificado, negras, veteadas de un liquen gris que parecía ceniza congelada. El viento soplaba en ráfagas erráticas, y cuando atravesaba ciertas grietas, producía un silbido agudo, casi vocal, que se desvanecía antes de convertirse en palabra. Ragard se detuvo al pie del desfiladero. La entrada del Paso era una brecha angosta entre dos paredes de basalto que se inclinaban la una hacia la otra, como si quisieran tocarse. El suelo estaba cubierto de guijarros sueltos y algún hueso pequeño, quizá de cabra montesa, quizá de algo que no había tenido tanta suerte. Alzó la vista. En lo alto, los bordes del desfiladero se recortaban contra un cielo pálido, lavado por el frío de la altura. Nada se movía. Ni un pájaro. Ni una alimaña. Demasiado silencio. Alli recordó a alguien, ese alguien que habia dado una luz de esperanza en su corazón. Erline Lorelle de Abgar, la dueña de su pensamiento en ese silencio. Ajustó la correa del zurrón y entró.
Los primeros cien pasos fueron solo roca y viento. Luego, el eco comenzó. No era un eco normal, de esos que devuelven el sonido retrasado y distorsionado. Era un eco invertido: Ragard oía sus propios pasos antes de darlos. El crujido de la grava bajo sus botas resonaba primero en las paredes, luego bajo sus pies. Como si el tiempo dentro del Paso fluyera en dos direcciones a la vez. Se detuvo. El eco de su detención llegó un instante después, pero desde delante de él, no desde atrás.
—Magia residual —murmuró para sí mismo, y su voz regresó desde el fondo del desfiladero con un timbre más grave, como si otro Ragard, más viejo, le hablara desde el otro extremo—. …residual… residual…
Reanudó la marcha. El Paso se angostaba aún más, obligándolo a caminar de lado en algunos tramos. La roca estaba fría al tacto, pero en ciertos puntos, donde el liquen gris era más espeso, palpitaba débilmente, como si tuviera pulso. Sangre Zonotorh, pensó. Aquí murieron los míos. Aquí los acorralaron. Sus dedos rozaron el mazo de cartas dentro de la capa. Estaban calientes. Vibrantes. Como si reconocieran el lugar. Fue entonces cuando oyó el primer susurro verdadero.
—…último…
Se giró en redondo. Nada. Solo roca y sombra.
—…portador del Arcanos…
La voz no venía de un punto fijo. Flotaba en el viento, se filtraba por las grietas, rebotaba en las paredes. Era una voz femenina, antigua, quebrada por siglos de repetición.
—¿Quién habla? —preguntó Ragard, y su propia voz le fue devuelta desde todas direcciones: ¿Quién habla? ¿Quién habla? ¿Quién habla?
—…aquel que busca sin saber…
Ragard cerró los ojos. Respiró hondo. Las cartas ardían contra su pecho. Concéntrate. Eres Zonotorh. La magia de tu sangre responde a la magia de este lugar.
Extendió la mano izquierda y tocó la pared de roca. Al instante, una sacudida le recorrió el brazo, no de dolor, sino de conexión. Imágenes fragmentadas brotaron en su mente como naipes lanzados al aire:
Hombres encapuchados con antorchas. Gritos en lengua Zonotorh. Una mujer de cabello blanco alzando las manos al cielo mientras las llamas la consumen. Un niño escondido entre las rocas, mirando, recordando. El símbolo del Arcano Trilunar grabado en la piedra con sangre.
Retiró la mano como si se hubiera quemado. Jadeaba.
—Los ecos de los muertos —dijo en voz alta—. Están atrapados aquí.
—…no atrapados… —corrigió la voz femenina, ahora más clara—. …elegidos… guardianes del umbral…
Ragard alzó la vista. Al final del tramo angosto, el Paso se ensanchaba en una pequeña explanada circular, como un anfiteatro natural esculpido por el viento y el agua. En el centro, una estela de piedra negra se alzaba solitaria, cubierta de musgo y de algo que parecían marcas de garras.
Se acercó con cautela. La estela tenía grabados unos símbolos que reconoció: era el Arcano Mayor. Estando en Dye, su abuelo habia acudido a la biblioteca de la aldea para investigar sobre los Zonotorh. Su abuelo habia encontrado unos papiros antiguos que -hablaban del Arcano Mayor, este segun los escritos seria el arcano de la iluminacion vidente, quien lo lograse leer e interpretar, trascenderia a ser un Avatar Zonotorh, Ragard habia visto ese arcano en esos papiros. Este estaba dispuesto en espiral ascendente. Pero había algo extraño en ellos. Las figuras estaban invertidas. El Mundo, pero invertido, con la doncella mirando hacia abajo, los querubines de las esquinas convertidos en cuervos de ojos de obsidiana y la muerte sosteniendo su oz conla mano izquierda.
—El Arcano Invertido —murmuró—. La lectura de la catástrofe. Siempre temi toparme con un arcano invertido.
—…la lectura de la verdad… —susurró la voz—. …tus cartas no mienten, Zonotorh… pero tú aún no sabes leerlas…
Ragard rodeó la estela. Al otro lado, la piedra estaba partida, como si algo la hubiera golpeado desde dentro. Una fisura vertical, estrecha pero profunda, dejaba ver un interior hueco donde algo brillaba débilmente.
Se inclinó para mirar. Dentro de la fisura, incrustado en la piedra viva, había un fragmento de hueso humano. Un hueso que emitía luz dorada, pulsante, como un corazón diminuto.
—…Gardarh… —pronunció la voz, y esta vez no fue un susurro, sino un lamento el Avatar que quiso detener el fuego… el que duerme bajo la montaña… el que soñó contigo antes de que nacieras…
Ragard retrocedió un paso. El colgante de Emúreo bajo su camisa comenzó a arder contra su piel, no con calor dañino, sino con una energía que le erizaba el vello de los brazos.
—Gardarh —repitió, y el nombre resonó en el anfiteatro como un tañido de campana—. El Avatar Zonotorh.
—…el primero… y el último… hasta ahora…
Una ráfaga de viento helado barrió la explanada. Ragard se cubrió el rostro con el brazo. Cuando el viento amainó, la voz había cambiado. Ya no era femenina. Era una voz masculina, profunda, antigua, que parecía surgir de la propia estela.
—Ragard de Enlil. Último de los Zonotorh. Portador del Arcano Final. Acércate.
El corazón de Ragard se desbocó. Esa voz no era un eco residual. Era una presencia. Algo consciente, atrapado en la piedra, o proyectado desde algún lugar más profundo.
—¿Eres Gardarh? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.
—Soy lo que queda de él. Su memoria. Su advertencia. Su designio.
La luz dorada dentro de la fisura se intensificó, y por un instante, Ragard vio un rostro formarse en el interior de la piedra: facciones alargadas, ojos sin pupilas que brillaban con luz propia, una corona de ramas secas en la frente. No era un rostro humano. Era el rostro de un Zonotorh en su plenitud, antes de la persecución, antes de la extinción.
—Tú no eres solo el último de nuestra sangre, Ragard. Eres el último Avatar. El que debe completar lo que yo no pude.
—¿Avatar? —Ragard negó con la cabeza—. Yo solo soy un vidente. Leo las cartas. Intento salvar a mis amigos. No soy…
—Eres el que las cartas eligieron. El que Reki marcó. El que porta el Hierro de las Lágrimas y la Sangre del Último. Reúne las tres llaves, Ragard. Abre la cripta. Despierta lo que duerme. Solo así el fuego del cielo se apagará.
—¿La tercera llave? —preguntó Ragard, recordando el pergamino—. ¿La Voz del Primero? ¿Qué es? La luz dentro de la fisura parpadeó, como una vela azotada por el viento.
—La Voz del Primero es el silencio que habla. El eco que no se oye. La palabra que existió antes de que los hombres aprendieran a mentir. Búscala en la cripta. Allí te espera.
—¿Y si no quiero? ¿Y si solo quiero salvar a Kagel y que todo esto acabe?
Un silencio denso llenó el anfiteatro. Luego, la voz de Gardarh resonó con una tristeza infinita:
—Entonces el castigo estelar se completará. Las Lágrimas de Fuego arrasarán el mundo. Y tus amigos… morirán contigo.
Ragard apretó los puños. Quería gritar, romper la estela, negar aquella carga que no había pedido. Pero las cartas bajo su capa vibraban, y el colgante de Emúreo ardía, y en el fondo de su ser, una verdad innegable se abría paso:
Siempre lo supe. Desde que Reki me dio las cartas. Desde la primera visión. No soy solo un vidente. Soy el último engranaje de una maquinaria que se puso en marcha hace siglos.
—Está bien —dijo al fin, con voz ronca—. Iré a la cripta. Encontraré la tercera llave. Pero primero debo llegar al norte. Kagel se muere.
—Lo sé. Y por eso debes darte prisa. Pero antes…
La voz de Gardarh se interrumpió bruscamente. La luz dorada dentro de la fisura se apagó de golpe. Ragard alzó la vista. En lo alto de las paredes del anfiteatro, recortadas contra el cielo pálido, tres figuras lo observaban en silencio. Eran los Centinelas de Reki. Pero uno de ellos era diferente. Las tres criaturas descendieron por las paredes de roca con una agilidad imposible, sus miembros de corteza y ramas encontrando asidero en las grietas más mínimas. No caían: fluían, como si la piedra fuera una extensión de su naturaleza arbórea. Dos de ellos eran como los había descrito Orin: siluetas humanoides de corteza oscura, ramificaciones brotando de codos y pantorrillas, rostros alargados con mandíbulas de dientes afilados. Vestían pieles y portaban arcos de lianas azules tensados con saetas de madera negra. Pero el tercero…El tercero era Derzen.
Ragard lo supo sin necesidad de presentaciones. Era más alto que los otros, más corpulento, con un torso ancho como el tronco de un roble centenario. Sus brazos, gruesos como vigas, estaban cubiertos de una corteza más clara, casi plateada, surcada por vetas de un verde luminoso que palpitaba como savia fosforescente. Las ramas que brotaban de sus codos y hombros no eran delgadas y flexibles como las de sus compañeros: eran gruesas, nudosas, rematadas en espinas del tamaño de puñales.
Su rostro era el de una bestia ancestral. Mandíbulas poderosas, dientes como estacas de madera petrificada, y unos ojos sin pupilas que brillaban con una luz ámbar, como resina ardiente. En su cabeza, una cresta de ramas retorcidas formaba una corona irregular, y de su espalda colgaba una capa hecha de musgo negro y líquenes grises que ondeaba sin viento, como si estuviera viva.
No portaba arco. Sus armas eran sus manos, enormes, con dedos que terminaban en garras de raíz endurecida, capaces de desgarrar carne y hueso como quien arranca malas hierbas.
Derzen saltó desde la pared y aterrizó en la explanada con un impacto sordo que hizo temblar los guijarros del suelo. Los otros dos Centinelas se quedaron en las alturas, flanqueando la salida del anfiteatro, bloqueando cualquier posible huida.
—El vidente —dijo Derzen, y su voz era el crujido de un bosque viejo, profunda, lenta, cargada de savia y tiempo—. El último Zonotorh. Mi padre tenía razón. Hueles a estrella muerta y a hombre asustado.
Ragard retrocedió un paso, buscando con la mirada una salida. No la había. Estaba atrapado en el anfiteatro, con la estela a su espalda y el coloso de corteza y espinas frente a él.
—Reki es tu padre —dijo, intentando ganar tiempo mientras su mano derecha se deslizaba hacia el cuchillo de hoja curva—. Así que eres…
—Derzen. El primogénito. El guardián del cubil de la maraña. —La criatura inclinó la cabeza, y sus ojos ámbar brillaron con algo parecido a la curiosidad—. Mi padre te dio las cartas. Te marcó. Te observa. Pero yo… yo quiero ver por qué.
—No tengo nada que mostrarte— Dijo Ragard con un brillo de rencor en sus ojos— No tenían por que asesinar a esos inocentes de la caravana…
—Ah, los Surenios, se negaron a cooperar— Agregó Derzen con un ademán de asco— Todo Zonotorh tiene algo que mostrar. Tu sangre es fuego líquido. Tus huesos cantan cuando el cielo llora. Mi padre cree que eres la llave. Yo creo que eres un error. Derzen avanzó un paso. El suelo crujió bajo su peso.
—Demuéstrame que mi padre tiene razón. O muere aquí, y que el castigo estelar encuentre a tus amigos sin su precioso vidente.
Ragard desenfundó su espada. Era un arma ridícula contra aquel coloso de corteza y espinas, pero era lo único que tenía. Las cartas no servían para combatir. El Hierro Emúreo era para Kagel, no para él. Y el colgante Emúreo…El colgante. Lo sintió arder contra su pecho. No con calor dañino, sino con una pulsación frenética, como un corazón asustado que quisiera salir de su jaula. Derzen cargó. No fue una carrera humana. Fue un desplazamiento, un avance fluido y devastador, como un alud de tierra y raíces. Sus brazos se abrieron para abarcar más espacio, y sus garras de raíz describieron un arco mortal hacia el pecho de Ragard.
El vidente se arrojó a un lado. Las garras pasaron a un centimetro de su rostro, y el viento del golpe le alborotó el cabello. Rodó sobre los guijarros, se incorporó de un salto y buscó un flanco. Derzen ya se había girado. Sus ojos ámbar lo seguían sin esfuerzo.
—Rápido para ser carne blanda —concedió—. Pero no lo bastante.
Las ramas de sus hombros se agitaron, y tres espinas se desprendieron, disparándose como proyectiles hacia Ragard.
El vidente se agachó tras la estela. Dos espinas se clavaron en la piedra negra con un chsssk sibilante. La tercera le rozó el hombro, desgarrando la tela de su capa y abriendo un corte superficial en su piel. El dolor fue inmediato, pero no insoportable. Lo peor fue el escozor, como si la espina hubiera inyectado algo en la herida. Savia venenosa. La misma que había matado a los refugiados de la caravana.
—Sientes el fuego verde, ¿verdad? —dijo Derzen, avanzando lentamente, disfrutando de la cacería—. No mata rápido. Primero entumece. Luego quema. Luego… apaga.
Ragard se llevó la mano al hombro herido. La piel alrededor del corte ya empezaba a teñirse de un verde oscuro, y sus dedos hormigueaban. El Hierro Emúreo. Puede extraer el veneno.
Pero si lo usaba en sí mismo, no quedaría suficiente para Kagel. El trozo que reservaba ya era pequeño. Apenas bastaba para una herida grave. Si lo gastaba ahora…Maldición. Derzen alzó un brazo para asestar el golpe final. Y entonces, el colgante Emúreo explotó de luz. No fue una explosión destructiva. Fue una onda de energía dorada que brotó del pecho de Ragard y barrió la explanada como un viento solar. Los dos Centinelas de las alturas chillaron, cegados, y se aferraron a las rocas para no caer. Derzen retrocedió un paso, alzando un brazo para protegerse los ojos.
Ragard sintió que el mundo se detenía. La luz del colgante lo envolvía, cálida, familiar, como si reconociera su sangre Zonotorh. Y en medio de aquel resplandor, oyó de nuevo la voz de Gardarh, pero esta vez no desde la estela, sino desde dentro de su propia mente:
—No eres solo el último Zonotorh, Ragard. Eres el último Avatar. Mi poder vive en ti. Mi designio es tu designio. Y ningún hijo de Reki, por muy primogénito que sea, puede detener lo que las estrellas han decretado.
La luz se condensó alrededor de su mano derecha, la que sostenía la espada. La hoja, antes opaca y vulgar, comenzó a brillar con el mismo tono dorado, como si el metal recordara un fuego olvidado.
—Golpea. Y que la savia sepa lo que es el fuego intenso. Ragard no lo pensó. Se lanzó hacia adelante, espada en alto.
Derzen, aún cegado por la luz, intentó bloquear con sus brazos de corteza. La hoja dorada impactó contra su antebrazo izquierdo.
El efecto fue instantáneo.
Donde la espada tocó la corteza, ésta crujió y se resquebrajó, como madera seca expuesta a un calor imposible. Una grieta profunda se abrió desde el codo hasta la muñeca, y de ella brotó un líquido verde fosforescente que humeaba al contacto con el aire.
Derzen rugió. Un sonido ancestral, de bosque herido, de raíces arrancadas.
—¡Padre! —bramó, retrocediendo con pesadez—. ¡Traes fuego profano en la sangre! ¡Mi padre no dijo…!
Ragard no le dejó terminar. Volvió a golpear, esta vez apuntando al pecho. Derzen, pese a su tamaño, fue más rápido de lo esperado: giró el torso y la hoja solo rozó las ramas de su hombro, seccionando varias de ellas. Los otros dos Centinelas ya se recuperaban de la ceguera y tensaban sus arcos de lianas azules.
—¡Detenganse! —ordenó Derzen, alzando una mano. Los arqueros obedecieron al instante.
El primogénito de Reki se irguió, sosteniendo su brazo herido. La savia verde aún manaba de la grieta, pero la luz dorada de la hoja de Ragard empezaba a desvanecerse, consumida por el esfuerzo.
—Has demostrado lo que quería ver —dijo Derzen, y su voz, aunque aún profunda, había perdido algo de su ferocidad—. Eres Avatar. El último. El que Gardarh soñó.
—¿Y ahora qué? —jadeó Ragard, sin bajar la espada—. ¿Me dejas pasar o me matas?
Derzen lo observó largamente con sus ojos ámbar. Luego, para sorpresa del vidente, sonrió. Una sonrisa de dientes como estacas, terrible, pero curiosamente… respetuosa.
—Mi padre dijo que te observara. No que te matara. Yo… quería comprobarlo por mí mismo. —Hizo una pausa—. Pasa, Ragard de Enlil. El norte te espera. Tu amigo te espera. Pero recuerda: el fuego Avatar que arde en tu sangre no es un regalo. Es una condena. Como lo fue para Gardarh. Como lo será para ti. Hizo un gesto a los otros Centinelas. Los tres, al unísono, comenzaron a trepar por las paredes de roca, fundiéndose con las sombras de las grietas altas. En segundos, desaparecieron de la vista. Solo quedó Derzen un instante más, en lo alto de la pared sur.
—La cripta de Gardarh te espera, Avatar. Pero antes, salva a tu amigo. Las cartas no mienten… pero a veces callan lo que más necesitas oír. Y con un último crujido de ramas, desapareció. Ragard se dejó caer de rodillas. La espada se le escapó de los dedos y tintineó contra los guijarros. El hombro le dolía, y el veneno verde seguía extendiéndose bajo su piel, lento pero persistente. Se llevó la mano al zurrón y extrajo el medio Hierro Emúreo. Lo sostuvo frente a sus ojos. Aún conservaba sus vetas escarlatas, aunque más tenues que antes.
—…Kagel.
Si lo uso ahora, el muere. Si no lo uso, yo muero aquí, y el muere igual. Cerró los ojos. Las palabras de Derzen resonaban en su mente: «Las cartas no mienten… pero a veces callan lo que más necesitas oír.» Recordó la visión en la estela. El rostro de Gardarh. La advertencia. Eres el último Avatar. El que debe completar lo que yo no pude. Abrió los ojos. Tomó el Hierro Emúreo y, con mano temblorosa, lo acercó a la herida de su hombro. Al contacto, el mineral se calentó. El veneno verde comenzó a ser extraído de la herida, burbujeando al contacto con el aire y evaporándose en volutas de humo acre. El proceso fue rápido, pero doloroso, como si le arrancaran astillas de debajo de la piel.
Cuando terminó, el Hierro Emúreo estaba completamente opaco. Sin brillo. Sin vetas rojizas. Una piedra muerta, en un momento copos de ceniza al viento.
Ragard lo miró con desolación.
—Kagel… —susurró.
Había fallado. Había gastado la única cura en sí mismo. La verguenza lo inundaba y lo hacia reprocharse a si mismo muchas veces. Debia Volver a Emúrea, Quizá… quizá aún hay esperanza. Se incorporó con dificultad. El hombro le dolía, pero el veneno había desaparecido. Estaba débil, hambriento, agotado. Pero vivo. Y ahora sabía la verdad. Era el último Avatar Zonotorh. El heredero del designio de Gardarh. La única esperanza de detener el castigo estelar. El norte lo esperaba. Kagel lo esperaba. Y más allá, la cripta del Avatar, con sus tres llaves y su misterio. Ragard recogió su espada del suelo, la envainó, y echó a andar hacia la salida del anfiteatro. El Paso del Eco quedó atrás, con sus susurros y sus muertos. Pero las palabras de Gardarh lo acompañaron durante el resto del camino, como un eco que ya nunca se apagaría:
—Eres el último Avatar. Mi poder vive en ti.
Y por primera vez desde que Reki le entregó las cartas, Ragard sintió que aquella carga, por terrible que fuera, tenía sentido. El Arcano Final estaba a punto de ser revelado. Pero quién lo leería… aún estaba por decidir.
VI.
Emúrea, el segundo descenso.
El polvo del camino se adhería a sus botas como una segunda piel. Ragard caminaba con la mirada baja, los hombros encorvados bajo un peso que no era físico. Habían pasado dos días desde que abandonó el Paso del Eco, y en todo ese tiempo no había pronunciado una sola palabra en voz alta. El silencio se había convertido en su compañero, un manto denso que lo envolvía y lo aislaba del mundo exterior. Eres el último Avatar.
La frase de Gardarh seguía resonando en su cráneo, pero ya no con la fuerza de una revelación, sino con la persistencia de una herida que no termina de cerrar. La había encerrado en algún rincón de su mente, bajo llave, junto con el recuerdo de Derzen y el fuego estelar que brotó de sus manos. No podía permitirse pensar en ello. No hasta que Kagel estuviera a salvo.
El sendero serpenteaba entre colinas de roca gris, salpicadas de matorrales espinosos que parecían manos esqueléticas arañando el cielo. A lo lejos, las primeras estribaciones de las montañas que albergaban Emúrea se recortaban contra un horizonte plomizo. El aire olía a tormenta lejana, a tierra mojada y a algo metálico que Ragard reconoció de inmediato: el olor del Hierro Emúreo, ese perfume sutil a sangre mineral que se filtraba desde las profundidades de la tierra. Otra vez aquí.
Se detuvo un instante para contemplar el paisaje. La última vez que había recorrido ese camino, lo acompañaba la urgencia desesperada por salvar a Kagel. Ahora la urgencia seguía allí, pero teñida de algo nuevo: culpa. Culpa por haber gastado el Hierro en sí mismo. Culpa por cada hora de retraso. Culpa por el secreto que ya había decidido guardar.
Reanudó la marcha. La entrada a la comarca enana se abrió ante él al cabo de una hora: un arco de piedra toscamente tallado, flanqueado por dos faroles de aceite que ardían incluso a plena luz del día. No había guardias visibles, pero Ragard sabía que lo observaban. Lo sintió en el hormigueo de su nuca, en la forma en que el viento parecía contener la respiración.
—Has vuelto.
La voz llegó desde la sombra del arco. Una figura baja y ancha se adelantó, y Ragard reconoció el rostro joven y barbudo de Arakh, hijo de Arokh, el enano que lo había rescatado del pozo en su primera visita.
—Arakh —saludó Ragard, inclinando levemente la cabeza—. A los tuyos.
—A los tuyos, Ragard de Enlil —respondió el enano, pero su tono carecía del calor de la primera vez. Sus ojos, pequeños y brillantes como cuentas de obsidiana, lo escrutaron con una intensidad que incomodó al vidente
—. No esperaba volver a verte. La última vez… bueno, la última vez te dieron por muerto.
—Casi lo estuve.
Arakh asintió lentamente, sin dejar de observarlo.
—Algo ha cambiado en ti —dijo al fin, con esa franqueza sin adornos que caracterizaba a los de su raza—. No sé qué es. Pero no eres el mismo Gräal que cayó al pozo.
Ragard sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Tanto se le notaba? ¿Acaso el peso del Avatar se reflejaba en su rostro como una marca visible?
—El camino ha sido duro —respondió, eligiendo las palabras con cuidado—. Perdí el Hierro Emúreo que extraje. Necesito más. Mi amigo se muere.
—¿Perdiste el Hierro? —Arakh enarcó una ceja poblada—. ¿Cómo se pierde un mineral que vale más que la vida de diez hombres?
—Me atacaron. En el Paso del Eco. Tuve que usarlo para sobrevivir.
Era verdad. No toda la verdad, pero verdad al fin y al cabo. Arakh lo miró durante un largo momento, sopesando sus palabras. Luego, con un suspiro, se encogió de hombros.
—No es asunto mío lo que hagas con el Emúreo una vez que sale de nuestras minas. Pero tendrás que pagar de nuevo. Y esta vez, el precio será más alto.
—Pagaré lo que haga falta.
—Eso dicen todos. Luego, cuando llega la factura, se echan atrás. —Arakh le indicó que lo siguiera con un gesto—. Ven. Te llevaré por un camino menos peligroso. El funicular que usaste la primera vez sigue destruido, y los trasgos han tomado el control de los túneles principales. Pero hay otra ruta. Una que solo conocemos los mineros veteranos.
—¿Menos peligrosa? —preguntó Ragard, mientras seguía al enano por un sendero que bordeaba la aldea.
—Menos peligrosa que caer al vacío y que te devoren los trasgos —puntualizó Arakh—. No significa que sea segura.
El nuevo acceso a las minas era una grieta natural en la pared de la montaña, disimulada por un saliente de roca y una cortina de musgo colgante. Arakh apartó el musgo con un gesto brusco y reveló una entrada angosta, apenas lo bastante ancha para que un hombre pasara de lado.
—Aquí es —anunció—. Los antiguos llamaban a esto «El Aliento de la Montaña». Sopla un viento constante desde las profundidades. Huele mal, pero al menos no te asfixiarás con el gas bermellón.
Ragard asintió y se dispuso a entrar, pero Arakh lo detuvo con una mano en su brazo.
—Ragard —dijo el enano, y su voz había perdido toda aspereza—. No sé qué te pasó en el Paso del Eco. No sé qué viste, ni qué hiciste. Pero conozco la mirada de un hombre que carga con algo que no quiere compartir. —Hizo una pausa—. No tienes que contármelo. No soy tu confesor. Pero si ese peso te hace tambalear cuando estés ahí abajo, morirás. Y tu amigo morirá contigo.
Ragard sostuvo la mirada del enano. Por un instante, sintió la tentación de soltarlo todo. De decir: Soy el último Avatar Zonotorh. Gardarh me habló. Tengo que detener el fin del mundo, y no sé cómo.
Pero las palabras se le atragantaron en la garganta.
—Gracias por la advertencia —dijo al fin—. Tendré cuidado.
Arakh lo observó un segundo más, luego asintió y le entregó un pequeño farol de aceite y un pico de mango corto.
—El farol dura seis horas. No te separes de la pared izquierda en ningún momento. Hay desniveles que no se ven hasta que estás cayendo por ellos. Y si oyes algo que no sea el viento… corre.
—¿Correr hacia dónde?
—Hacia la salida. O hacia la muerte. Depende de lo que te persiga.
Sin añadir más, Arakh se apartó y dejó paso a la grieta. Ragard encendió el farol, aspiró hondo y se adentró en la oscuridad.
El túnel del Aliento de la Montaña era una pesadilla claustrofóbica. Las paredes se estrechaban hasta rozarle los hombros, y el techo descendía en algunos tramos tanto que debía avanzar agachado, con el farol balanceándose peligrosamente en su mano. El viento constante que le daba nombre era un silbido agudo y persistente, como el lamento de un animal atrapado, y arrastraba un olor a azufre y humedad podrida que se pegaba a la garganta. Pero al menos no había gas bermellón. Mientras avanzaba a tientas, con la mano izquierda rozando la pared de roca como le había indicado Arakh, su mente derivó de nuevo hacia el peso que llevaba dentro.
Avatar. La palabra le sabía a hierro y ceniza. No la había elegido. No la quería. Y sin embargo, ahí estaba, incrustada en su ser como una de esas espinas de Derzen, envenenándolo lentamente. Pensó en Kagel. En su risa escasa pero sincera. En la forma en que lo había mirado cuando llego a Ormux herido por la saeta envenenada, como si su vida valiera la pena ser salvada sin condiciones. Pensó en Belwën. En sus ojos opacos, siempre serenos, siempre atentos. En cómo parecía entender el lenguaje de los árboles y el viento, cosas que a él solo le llegaban a través de sus otros sentidos. Pensó en Kanthus. En su silencio cargado de historia. En su mirada, que a veces se posaba sobre Ragard con una intensidad que lo hacía sentirse desnudo. Ellos también son Zonotorh. También perdieron su mundo. También cargan con el peso de ser los últimos. Pero ninguno de ellos era el Avatar. Ninguno de ellos había sido elegido por Gardarh. Ninguno de ellos tenía que reunir las tres llaves y abrir una cripta maldita para detener el fin del mundo.
¿Por qué yo?
La pregunta resonó en el túnel, aunque no la pronunció en voz alta. ¿Por qué él, el huérfano que creció sin conocer su linaje, el vidente que apenas dominaba sus dones, el hombre que había fracasado en proteger el Hierro Emúreo y ahora tenía que volver a empezar? Porque no hay nadie más. Esa era la respuesta. Simple y terrible. No había nadie más. Los Zonotorh estaban extintos, salvo unos pocos supervivientes desperdigados. Y entre esos pocos, el destino —o Gardarh, o las cartas, o lo que fuera que movía los hilos del mundo— lo había señalado a él.
No se lo diré. No aún. Sería una carga que no necesitan. Kagel se muere. Belwën y Kanthus ya tienen bastante con sobrevivir. Añadir esto sería… cruel.
Una parte de él sabía que era una excusa. Que el verdadero motivo era el miedo. Miedo a que lo miraran de otra forma. Miedo a que lo abandonaran. Miedo a que le exigieran algo que no podía dar. Soy un cobarde, pero un cobarde vivo puede salvar a sus amigos. Un héroe muerto no salva a nadie.
El eco de sus propios pensamientos lo acompañó durante el resto del descenso. Tras lo que le parecieron horas de arrastrarse por las entrañas de la montaña, el túnel se ensanchó de repente. Ragard se incorporó con alivio, estirando la espalda dolorida, y alzó el farol para iluminar el nuevo espacio. Lo que vio le cortó la respiración. No era la pared roja de su primer descenso. Aquello era… un pabellón.
Una caverna inmensa, de techos altísimos que se perdían en la oscuridad, sostenidos por columnas naturales de roca carmesi. El suelo era relativamente liso, pulido por algún antiguo flujo de agua, y en el centro de la caverna se alzaba una formación que no podía ser natural: un obelisco de Hierro Emúreo, perfectamente vertical, de un rojo tan intenso que parecía palpitar con luz propia.
Alrededor del obelisco, el suelo estaba salpicado de fragmentos más pequeños del mineral, como si el obelisco hubiera «parido» esas esquirlas a lo largo de los siglos. El aire olía a metal caliente y a algo más, algo que Ragard reconoció de inmediato: magia antigua.
—Esto… esto no estaba en el mapa —murmuró, avanzando con cautela hacia el obelisco.
A medida que se acercaba, el colgante Emúreo bajo su camisa comenzó a arder, sino con una pulsación suave, como un corazón que despertara de un largo sueño. Ragard se llevó la mano al pecho, sintiendo la piedra negra vibrar contra su piel.
El Hierro Emúreo y las Lágrimas de Fuego… conectados.
El obelisco parecía absorber la luz del farol y devolverla multiplicada. Sus vetas rojizas —más numerosas y brillantes que en cualquier fragmento que hubiera visto antes— formaban dibujos intrincados, casi como un lenguaje escrito. Ragard se inclinó para examinarlas y sintió un vértigo repentino: aquellos dibujos se parecían sospechosamente a los símbolos del Arcano Final. Gardarh. Esto es obra de Gardarh. O de alguien anterior a él. Se arrodilló frente al obelisco. El suelo a sus pies estaba cubierto de esquirlas de Hierro Emúreo de todos los tamaños. Algunas eran pequeñas como guijarros; otras, grandes como puños. Todas brillaban débilmente, como brasas a punto de extinguirse. No necesito picar la pared. El mineral está aquí, suelto, esperando. Alargó la mano para tomar un fragmento del tamaño de un puño. En el instante en que sus dedos rozaron la superficie del Hierro, una sacudida le recorrió el brazo. No era dolor. Era conexión.
…sangre de mi sangre…
La voz de Gardarh, o el eco de su voz, resonó en su mente como un susurro lejano. Ragard se quedó paralizado, con la mano suspendida sobre el mineral…el Hierro de las Lágrimas reconoce al Avatar… tómalo… es tu derecho… Cerró los dedos alrededor del fragmento. La piedra estaba caliente, casi viva, y al levantarla sintió que su peso era mucho menor del que correspondía a su tamaño. Como si el mineral quisiera ser llevado. Guardó el fragmento en su zurrón con cuidado. Luego tomó otro, más pequeño, por si acaso. El obelisco pareció atenuar ligeramente su brillo, como si aprobara la acción.
—Gracias —murmuró Ragard, sin saber muy bien a quién se lo decía.
El silencio de la caverna fue su única respuesta. El regreso debía ser sencillo. El mismo camino, en sentido inverso, siguiendo la pared derecha. Eso le había dicho Arakh. Pero los trasgos tenían otros planes. Los oyó antes de verlos: ese chirrido característico, como de uñas arañando pizarra, que había aprendido a temer en su primer descenso. Venía de más adelante, del tramo del túnel que conectaba la caverna del obelisco con el Aliento de la Montaña. Ragard apagó el farol de inmediato. La oscuridad lo envolvió por completo, rota únicamente por el tenue resplandor rojizo que emanaba del obelisco a su espalda. Se agazapó tras una columna de roca y contuvo la respiración.
Las criaturas aparecieron por la boca del túnel. Eran cinco, quizá seis, encabezadas por un trasgo más grande que los demás, con una cicatriz blanca que le cruzaba el rostro y un hacha de doble filo apoyada en el hombro. Olisqueaban el aire, gruñendo en su lengua gutural.
—Huele a hombre —dijo uno, el más pequeño, con una voz chillona—. Huele a Gräal.
—Cállate —gruñó el de la cicatriz—. Todos olemos a Gräal. Las minas apestan a ellos desde que empezaron a robarnos el Emúreo.
—Este es diferente —insistió el pequeño—. Huele a estrella…
Ragard sintió un escalofrío. El colgante Emúreo, o quizá el propio Hierro Emúreo recién extraído. O quizá, solo quizá, su sangre de Avatar. El trasgo de la cicatriz se detuvo y olisqueó el aire con más atención.
—Tienes razón, Pirk —dijo lentamente—. Huele a estrella. Y a miedo. —Una sonrisa torcida le partió el rostro—. Busquenlo. El que encuentre al Gräal de estrella se queda con sus huesos para hacerse un collar.
Los trasgos se dispersaron por la caverna, removiendo sombras con sus antorchas improvisadas. Ragard apretó el zurrón contra su pecho. El Hierro Emúreo que acababa de obtener no podía perderlo. Tengo que luchar.
La idea le heló la sangre. Pero como habia determinado antes, ya nonecesitaria sser ayudado. Apenas tuvo oportunidad, sostuvo su espada por su mango. Alli entendio que no tenía elección. Si lo atrapaban aquí, Kagel moriría. Y todo lo demás —Gardarh, el Avatar, las tres llaves— se iría al traste con él.
Desenfundó su espada. La hoja brilló débilmente con el resplandor del obelisco. Canaliza la luz. Lo usaste contra Derzen. Puedes volver a usarla.- se animaba a si mismo
Pero no. Aquello había salvado su vida cotra la bestia, en lo alto de la montaña antesde llegar a Emúrea, no él. No sabía cómo invocarlo a voluntad. Y aunque supiera, no le daba la concentración. Los trasgos seguian husmendo en busqueda de sumanjar.
—Tengo que hacer esto como un hombre normal.
Un trasgo pasó cerca de su columna. Ragard contuvo la respiración. La criatura se detuvo, olisqueó, miró hacia otro lado… y siguió de largo. El vidente esperó a que se alejara y luego se deslizó hacia otra columna, más cerca del túnel de salida. Sus pies apenas rozaban el suelo, amortiguados por las botas de cuero gastado. El corazón le martilleaba en los oídos. Llegó a la boca del túnel. Solo faltaban unos metros. Pero entre él y la salida estaba Pirk, el trasgo pequeño de voz chillona, escarbando en el suelo con una daga oxidada. Ragard no se lo pensó. Se abalanzó sobre él, tapándole la boca con una mano mientras con la otra le apoyaba la espada en la garganta.
—Un solo ruido y te degüello —siseó al oído de la criatura.
Pirk se quedó rígido. Sus ojos amarillos se abrieron de par en par, reflejando el terror.
—Ahora vamos a caminar hacia el túnel. Tú delante. Yo detrás. Si tus amigos nos siguen, mueres tú primero. ¿Entendido?
El trasgo asintió frenéticamente. Comenzaron a avanzar. Ragard mantenía la espada pegada a la espalda de Pirk, empujándolo hacia la oscuridad del Aliento de la Montaña. A sus espaldas, oía los gruñidos de los otros trasgos, que seguían buscándolo por la caverna del obelisco. Llegaron al túnel angosto. Ragard obligó a Pirk a entrar primero y lo siguió, caminando de lado, sin soltar su presa. El viento constante del conducto amortiguaba los sonidos, pero también dificultaba oír si los perseguían. Apenas habían avanzado veinte pasos cuando un alarido resonó a sus espaldas.
—¡Pirk ha desaparecido! ¡El Gräal se lo ha llevado!
—¡Tras él! ¡No dejen que escape!
Ragard maldijo entre dientes. Soltó a Pirk, que salió disparado túnel adelante chillando como un cerdo asustado, y se volvió para hacer frente a lo que viniera.
El primero en aparecer fue el trasgo de la cicatriz. Su hacha de doble filo brillaba con la luz de una antorcha que portaba en la otra mano. Sus ojos se clavaron en Ragard con odio puro.
—Hola almuerzo —gruñó—. Esta vez no escaparás.
Se lanzó hacia adelante, hacha en alto. Ragard se arrojó a un lado, pero el túnel era demasiado estrecho. El filo del hacha le rozó el hombro, desgarrando la tela de su capa y abriendo un corte superficial. Concéntrate. No eres un guerrero como Kagel, pero ahora necesitas serlo. Solo necesitas sobrevivir.
El trasgo levantó el hacha de nuevo. Ragard, en lugar de retroceder, se lanzó hacia adelante,
agachándose por debajo del arco del arma. Su espada describió un tajo horizontal a la altura del vientre de la criatura.
El trasgo chilló. El corte era profundo —la piel de aquellos seres era más dura de lo que parecía—, pero sí lo bastante doloroso para hacerlo retroceder.
Ragard aprovechó el momento para seguir avanzando por el túnel, ganando metros preciosos. Detrás de él, el trasgo de la cicatriz bramaba de rabia.
—¡No escaparáaaas!
El resto de la huida fue una pesadilla de oscuridad, viento y chillidos a su espalda. Ragard corría a ciegas, con una mano en la pared derecha y la otra aferrando el zurrón. Tropezó dos veces, se golpeó la cabeza con un saliente del techo, sintió el arañazo de unas garras en su tobillo que logró sacudirse de una patada. Y entonces, cuando sus pulmones estaban a punto de reventar, vio la luz. La grieta de entrada. El musgo colgante. El mundo exterior. Se arrojó hacia la abertura con las últimas fuerzas que le quedaban. Salió rodando por la ladera de la montaña, entre piedras y matojos, hasta quedar tendido boca arriba, jadeando, con el cielo plomizo girando sobre su cabeza.
Los chillidos de los trasgos se apagaron al otro lado de la grieta. No salieron. No se atrevían a abandonar la oscuridad de las minas. Ragard se quedó allí tirado, recuperando el aliento, sintiendo la sangre caliente resbalar por su hombro herido. El zurrón seguía apretado contra su pecho. Dentro, los dos fragmentos de Hierro Emúreo pesaban como un tesoro y una condena a partes iguales.
—Lo conseguiste.
La voz de Arakh llegó desde algún lugar por encima de su cabeza. El enano apareció en su campo de visión, con el ceño fruncido y una cantimplora en la mano.
—Bebe —ordenó, acercándole el agua a los labios. Ragard bebió con avidez. El agua sabía a gloria.
—Has vuelto a perder el farol —observó Arakh—. Y el pico. Y casi la vida.
—Pero no el Hierro —jadeó Ragard, palmeando el zurrón.
Arakh dibujó una sonrisa torcida.
—Eso es lo único que importa, ¿eh? —Se incorporó y le tendió una mano para ayudarlo a levantarse—. Vamos. Esa herida necesita ser limpiada. Y tú necesitas descansar antes de emprender tu rregreso.
Ragard aceptó la mano y se puso en pie con dificultad. El mundo se tambaleó un instante, pero logró mantenerse firme
Mientras Arakh lo guiaba de vuelta a la aldea, Ragard se llevó la mano al pecho, donde el colgante Emúreo seguía latiendo débilmente. No se lo he contado. Ni a Arakh, ni a nadie. Y no lo haré. Kagel primero. Luego… ya veremos. El viento del norte soplaba entre las montañas, arrastrando consigo el olor metálico del Hierro Emúreo y la promesa de una tormenta cercana. Ragard alzó la vista al cielo y, por un instante, creyó ver una estrella fugaz cruzar el horizonte. O quizá era una Lágrima de Fuego, cayendo en alguna parte lejana del mundo. Apretó el zurrón contra su costado y siguió caminando.
Final Parte 3
Parte 4
La Depuración Del Fuego.
I.
La Cirugia.
Ormux se alzaba sobre la llanura como un puño de piedra gris cerrado contra el cielo. Sus murallas, desgastadas por siglos de viento y guerras olvidadas, conservaban aún la altivez de una ciudad que se negaba a doblegarse. Las torres de vigilancia, rematadas con estandartes raídos del Reino de Ormux, proyectaban sombras alargadas sobre los campos yermos que la rodeaban.
Ragard atravesó Ormux al atardecer, cuando los mercaderes recogían sus puestos y los primeros faroles de aceite comenzaban a titilar en las esquinas. El olor a pan recién horneado se mezclaba con el hedor de las curtidurías y el humo de las herrerías, creando ese perfume inconfundible de las ciudades vivas, las que aún respiraban pese a todo.
Nadie lo detuvo. Nadie le preguntó su nombre ni su procedencia. En tiempos de guerra inminente, las ciudades como Ormux tenían prisa por atender a sus propios muertos antes que por escrutar a los vivos. Ragard agradeció ese anonimato mientras se internaba por callejuelas cada vez más estrechas, guiándose por la urgencia de llegar a la fuente.
El zurrón golpeaba su costado con cada paso. Dentro, los dos fragmentos de Hierro Emúreo —el grande y el pequeño— latían con un calor apenas perceptible, como brasas cubiertas de ceniza. Ragard se había acostumbrado a esa pulsación durante el viaje. Ya no le resultaba extraña. Lo que sí le resultaba extraño era el silencio del colgante Emúreo. Desde que salió de las minas por segunda vez, la piedra negra no había vuelto a emitir ni un solo destello. Como si hubiera cumplido su propósito, pensó. O como si estuviera esperando algo más.
Poco le importo no esperar a saber que habia sido de la suerte del rey Sul y el destino de Ormux, con estos ultimos acontecimientos, eso no era de gran valia para el ahora. Cruzó el pequeño corredor hacia la fuente, cuando fue abordado por Ihris.
—Mi señor, bienaventurados los ojos que lo ven regresar, a salvo y por lo que siento exitoso. – dijo Ihris con un brillo esperazador en los ojos.
—A mi tambien me place verte mi pequeño guardian, es alivianador ver rostros amigables, traen paz. – concluyo Ragard sin querer perder más tiempo – Permíteme continuar, luego tendremos tiempo de contarnos nuestras aventuras.
Sin reclamo, Ihris permitió el avance del Zonotorh, sus pasos solo tenían un objetivo…
Apoyó la frente contra la madera y respiró hondo.
…Estás aquí. Llegaste.
…Tienes el Hierro.
…Kagel se salvará.
…Pero has tardado demasiado.
…Y les vas a mentir. Y les seguirás mintiendo.
Cerró los ojos. El peso del zurrón, el peso del colgante, el peso de la verdad no dicha… todo se concentró en ese instante, en esa puerta, en ese umbral que una vez cruzado ya no tendría vuelta atrás.
…Eres el último Avatar.
…Pero ellos no lo saben. Y no lo sabrán. Todavía no.
Abrió los ojos. Ragard empujó la puerta.
La habitación austera le dio la bienvenida. Una cama contra la pared del fondo, un camastro junto a la ventana, una mesa coja con una jofaina de agua turbia y un taburete de tres patas. El aire olía a hierbas amargas, a sudor febril y a algo más, algo dulzón que Ragard reconoció con un escalofrío: el olor de la herida infectada. Sobre la cama, tapado con una manta basta hasta el pecho, yacía Kagel.
El guerrero estaba irreconocible. Su rostro, antes anguloso y enérgico, se había hundido en una palidez cerúlea. Los pómulos sobresalían como cuchillas bajo la piel tensa. Los ojos estaban cerrados, y su respiración era un silbido superficial, apenas audible. El vendaje que le cruzaba el torso mostraba una mancha oscura, casi negra, justo debajo de la clavícula izquierda.
Junto a la cama, de pie como un centinela silencioso, estaba Kanthus.
—Ragard —dijo, y su voz sonó como una piedra cayendo en un pozo profundo—. Llegas tarde.
—Lo sé.
—Kagel se muere.
—Lo sé.
—Drakkar no ha vuelto.
—No… ¿qué? —Ragard parpadeó, descolocado—. ¿No saben nada de Drakkar?
—Desde que partio contigo hace diez días hacia el suroeste. No ha vuelto. —Kanthus hizo una pausa—. Pero supongo que eso no es lo primero que te preocupa.
Antes de que Ragard pudiera responder, una tercera voz se alzó desde el rincón más oscuro de la habitación, donde la luz del candil no alcanzaba.
—Déjalo, Kanthus. Ya ha llegado. Es lo que importa.
Belwën se incorporó de la silla donde había estado sentada, y al hacerlo, el lienzo que cubría su regazo se deslizó parcialmente al suelo. Era un tejido de lino crudo, de unos dos palmos de ancho por tres de largo, cubierto de bordados intrincados que formaban patrones abstractos: espirales, líneas quebradas, círculos concéntricos. Ragard sabía que aquellos bordados no eran decorativos. Eran el lenguaje de Belwën, su forma de «ver» el mundo.
—Ragard —dijo, y su voz era suave, como el murmullo de un arroyo—. Has sufrido. Lo huelo en ti. Huelo a mineral quemado, a savia de bosque antiguo y a… —Se detuvo, inclinando la cabeza como un pájaro que escucha un sonido lejano—. …a algo más. Algo que no reconozco. Ragard sintió que la sangre se le helaba. Lo huele. Lo percibe. Sabe que algo ha cambiado. Al fin y al cabo…es una Zonotorh.
—El camino fue duro —dijo, repitiendo la misma excusa que le había dado a Arakh—. Me atacaron en el Paso del Eco. Perdí el primer Hierro Emúreo. Tuve que volver a las minas para conseguir más.
—¿Te atacaron? —La voz de Kanthus se tensó—. ¿Quién?
—Trasgos. Y… otras criaturas. —Ragard sostuvo la mirada de Kanthus—. No importa ahora. Lo importante es que tengo el Hierro. Dos fragmentos. Suficiente para salvar a Kagel.
Belwën avanzó hacia él con pasos silenciosos. Sus pies descalzos parecían acariciar el suelo en lugar de pisarlo. Se detuvo a un palmo de distancia y alzó una mano, deteniéndola en el aire, sin llegar a tocar el rostro de Ragard.
—Hay algo que no nos cuentas —dijo en voz baja, solo para él—. Lo respeto. Cada cual carga con sus sombras. Pero si esas sombras ponen en peligro a Kagel, a Kanthus o a mí… necesito saberlo.
—No los pondrán en peligro —respondió Ragard, y se sorprendió de la firmeza con que lo dijo—. Lo juro por mi abuelo.
Belwën mantuvo la mano suspendida un instante más. Luego asintió y la retiró.
—Bien. Entonces pongámonos a trabajar. Kagel no tiene mucho tiempo.
Kanthus corrió el cerrojo de la puerta y acercó el taburete a la cama. Belwën desplegó su lienzo sobre la mesa coja y extrajo de su zurrón un pequeño estuche de cuero que, al abrirlo, reveló una colección de agujas curvas, hilo de tripa, pinzas de metal y varios frascos de cristal oscuro.
—Ustedes van a necesitar luz —dijo, sin volverse—. Kanthus, acerca el candil. Ragard, siéntate junto a la cabeza de Kagel y sujétale los hombros. Cuando empiece a cortar, puede que se agite, incluso inconsciente.
Ragard obedeció. Se sentó en el borde de la cama, junto a la cabecera, y apoyó las manos sobre los hombros del guerrero herido. A través de la manta, sintió el calor de la fiebre irradiando de su cuerpo. La piel de Kagel estaba seca, como pergamino viejo.
Belwën se arrodilló junto a la cama, a la altura del torso de Kagel. Sus manos recorrieron el vendaje con una delicadeza asombrosa, palpando los contornos de la herida a través del tejido. Sus dedos se detuvieron en un punto, justo debajo de la clavícula.
—La flecha está profunda —murmuró—. Atravesó el músculo y se alojó cerca de la arteria. Si la extraigo mal, se desangrará en minutos. —Levantó el rostro hacia Ragard, aunque sus ojos no lo veían—. El Hierro Emúreo. ¿Dónde está?
Ragard sacó los dos fragmentos del zurrón y los depositó sobre la mesa. A la luz del candil, el mineral brilló con un fulgor rojizo, mostrando unas vetas doradas.
—Dos —observó Kanthus, acercándose para examinarlos—. Uno más grande, otro más pequeño. ¿De dónde los sacaste?
—El grande, de un pabellón profundo en Emúrea. El pequeño… también. —Ragard vaciló—. Lo importante es que sirvan.
Kanthus tomó el fragmento más pequeño y lo giró entre sus dedos, estudiándolo con la mirada de quien lee un texto antiguo. Sus ojos se entrecerraron.
—Es extraño —dijo al fin—. El Hierro Emúreo que yo estudié en los archivos de Laugros tenía vetas plateadas, no doradas. Y su color base era un rojo más oscuro, casi granate.
—¿Hay distintos tipos? —preguntó Ragard, genuinamente sorprendido.
—Eso parece. Los antiguos clasificaban el Emúreo según tres criterios: pureza, origen y propósito. —Kanthus dejó el fragmento sobre la mesa y señaló sus características—. Este tiene vetas doradas. Según los textos, el Emúreo de vetas doradas es el más puro, el que se forma en las profundidades donde el martillo impacto directamente. Es más potente, pero también más inestable. El de vetas plateadas es más común, se encuentra en vetas superficiales, y su poder curativo es menor pero más fácil de controlar.
—¿Y el propósito? —inquirió Ragard.
—Hay quien dice que el Hierro Emúreo puede… afinarse. Según el ritual alquímico que se le aplique, puede curar, fortalecer, o incluso… —Hizo una pausa—. …matar. Por eso esa saeta con punta de mineral Emúreo, esta matando a Kagel…
Un silencio incómodo llenó la habitación.
—Basta —intervino Belwën—. No tenemos tiempo para disquisiciones académicas. Kanthus, ¿sabes cómo procesar este mineral para la cirugía?
—He leído sobre ello. Nunca lo he hecho.
—Pues vas a estrenarte. —Belwën le tendió uno de los frascos de cristal oscuro—. Necesito que muelas el fragmento pequeño hasta convertirlo en polvo. Luego mézclalo con tres gotas de esencia de raíz de valeriana y una pizca de ceniza de roble blanco. Remueve hasta que la mezcla adquiera un tono anaranjado brillante. Si se vuelve negro, has fracasado y tendremos que usar el fragmento grande.
Kanthus asintió, tomó el frasco y se retiró a un rincón de la habitación, donde improvisó un pequeño mortero con el cuenco de la jofaina y el mango de su propio cuchillo. El sonido del mineral al ser triturado llenó el silencio: un crujido seco, casi musical, como si el Emúreo cantara mientras se rompía.
Belwën, mientras tanto, retiró el vendaje de Kagel con sumo cuidado. La herida quedó al descubierto: un orificio irregular, de bordes ennegrecidos, del tamaño de una moneda pequeña. A su alrededor, la piel había adquirido un tono violáceo, surcada por venas oscuras que se extendían como raíces hacia el cuello y el brazo izquierdo.
—El veneno ha avanzado —diagnosticó Belwën en voz baja—. Si no actuamos ahora, en unas horas llegará al corazón.
Ragard apretó los hombros de Kagel con más fuerza. El guerrero no reaccionó. Su respiración seguía siendo ese silbido superficial, apenas un hilo de vida.
—¿Dolerá? —preguntó Ragard, sin pensar.
Belwën volvió el rostro hacia él. Sus ojos palidos, vacíos de visión pero llenos de algo más profundo, parecieron traspasarlo.
—Mucho —respondió—. Pero no lo recordará. Si sobrevive.
Kanthus terminó la mezcla alquímica diez minutos después. El polvo de Emúreo, combinado con la valeriana y la ceniza de roble, había adquirido un tono anaranjado brillante, casi luminoso, como un rescoldo a punto de convertirse en llama. El Zonotorh lo vertió con cuidado en un pequeño cuenco de barro y se lo entregó a Belwën.
—Huele a… —Kanthus dudó—. Huele a como huelen las lagrimas de fuego al caer sobre la tierra.
Ragard recordó las palabras Gardarh, La misma magia antigua.
Belwën tomó el cuenco y lo acercó a su rostro, inhalando profundamente. Asintió.
—Es correcto. Tiene la consistencia adecuada. —Se volvió hacia Ragard—. Ahora necesito que hagas exactamente lo que te diga. Cuando yo cuente hasta tres, aplicarás presión sobre los hombros de Kagel. Fuerte. Como si quisieras clavarlo en la cama. ¿Entendido?
—Entendido.
Belwën mojó los dedos índice y corazón de su mano derecha en la mezcla anaranjada. El líquido se adhirió a su piel como una segunda membrana, brillando débilmente. Con la otra mano, tomó una de las pinzas de metal del estuche.
—Uno.
Ragard tensó los brazos.
—Dos.
Belwën introdujo las pinzas en la herida.
—¡Tres!
Kagel se arqueó en la cama como si un rayo lo hubiera atravesado. Un alarido brotó de su garganta, un sonido desgarrador, animal, que resonó en las paredes de la pequeña habitación. Sus ojos se abrieron de par en par, inyectados en sangre, sin enfocar nada. Sus manos se crisparon sobre la manta, arañando el tejido. Tan fuerte fue que el mismo Ihris inrumpio en la habitacion conmocionado. Ragard hizo fuerza hacia abajo, manteniendo los hombros del guerrero pegados al colchón. Los músculos de Kagel se tensaron bajo sus manos, duros como cables de acero. El sudor brotó de la frente de Ragard.
—¡Sujétalo! —gritó Belwën, sin dejar de manipular las pinzas en el interior de la herida.
Kanthus se acercó rápidamente y sujetó las piernas de Kagel, que pateaban convulsivamente. Entre los dos lograron mantenerlo inmóvil mientras Belwën trabajaba.
La invidente extrajo las pinzas lentamente, milímetro a milímetro, con una precisión que desafiaba su ceguera. En el extremo de la herramienta, aprisionada entre las puntas de metal, asomó la cabeza de la flecha: un fragmento de hueso tallado, de color negruzco, cubierto de una sustancia viscosa que humeaba al contacto con el aire.
—Ya está —anunció Belwën—. La tengo.
Pero no se detuvo. Con la mano izquierda, la que tenía los dedos impregnados de la mezcla alquímica, presionó la herida abierta. El líquido anaranjado se filtró en el orificio, y por un instante, la herida brilló con una luz dorada intensa.
Kagel dejó de agitarse. Su cuerpo se relajó de golpe, como si alguien hubiera cortado los hilos que lo mantenían tenso. Sus ojos se cerraron de nuevo, y su respiración, aunque débil, se volvió más regular. Belwën retiró la mano. La herida había dejado de sangrar. Los bordes ennegrecidos comenzaban a recuperar un tono rosáceo, y las venas oscuras que surcaban la piel de Kagel se desvanecían lentamente, como tinta diluida en agua.
—Lo hemos logrado —murmuró Kanthus, con una mezcla de alivio y asombro.
Belwën se dejó caer hacia atrás, sentándose sobre sus talones. Su rostro, perlado de sudor, reflejaba un agotamiento profundo. Pero sus labios esbozaron una sonrisa cansada. Soltando la flecha manchada de sangre, que en un instante se volvio roca petrificada y tras de eso… ceniza.
—Sobrevivirá —dijo—. El Hierro ha detenido el veneno. Ahora solo necesita descanso, agua y tiempo.
Ragard soltó los hombros de Kagel y se apartó de la cama. Sus manos temblaban. El corazón le martilleaba en el pecho con una mezcla de adrenalina y alivio.
Lo conseguí. Llegué a tiempo. Kagel vivirá, pero el alivio duró solo un instante. Porque mientras observaba a Belwën limpiar sus herramientas con un paño húmedo, y a Kanthus guardar el fragmento grande de Hierro Emúreo en un lugar seguro, Ragard sintió de nuevo el peso del zurrón. El peso del colgante. El peso de la verdad no dicha.
Eres el último Avatar, y ellos no lo saben. ¿Se lo contarás algún día? Se llevó la mano al pecho, donde el colgante Emoreo seguía frío y silencioso. La voz de Gardarh resonó en su memoria: «Eres el último Avatar. Mi poder vive en ti.»
No, pensó Ragard, mientras observaba a sus amigos atender a Kagel con una devoción que le encogía el alma. No se lo contaré. No aún. No cuando acabamos de salvarlo. No cuando Drakkar sigue desaparecido. No cuando la guerra se cierne sobre todos nosotros.
Les mentiré. Les ocultaré la verdad. Cargaré con este peso yo solo. Porque si ellos supieran lo que soy… si supieran lo que debo hacer… todo cambiaría. Y no estoy preparado para eso. Ni yo, ni ellos. Soy un cobarde. Pero un cobarde que acaba de salvar a su amigo. Vaya consuleo, pero es verdad.
El fuego del hogar, la noche se cerraba sobre Ormux, y con ella, el silencio de los secretos no dichos. Ragard se sentó en el camastro, junto a la ventana, y contempló el cielo estrellado.
En alguna parte, las Lágrimas de Fuego seguían cayendo. Y en alguna parte, Gardarh esperaba.
Pero esta noche, solo esta noche, Kagel estaba vivo. Y eso bastaba.
II.
Bajo un manto negro.
Los días transcurrieron junto con las noches, y la calma regresó con los atardeceres más suaves a la pequeña y apacible fuente. La semana avanzaba con pasos rápidos, pero al final de la misma, los augurios y los intensos dolores de Kagel parecían haber cesado.
Entre rostros cansados, un silencio fúnebre y esperanzas desmoronadas, una llama a punto de extinguirse volvió a encenderse. De golpe, Kagel abrió los ojos con una energía renovada y, de un brinco, se incorporó hasta quedar de pie. La reacción sorprendió a todos los presentes, que lo miraron atónitos ante aquella inesperada eventualidad.
—¡Al fin estás bien! —exclamó el Ragard con entusiasmo y alivio—. Es bueno verte nuevamente entre nosotros.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —preguntó Kagel con voz apagada, aún aturdido.
—Casi veinte días —respondió Ragard, visiblemente impresionado.
—Tengo que irme de inmediato —añadió Kagel mientras recogía sus pertenencias y se las echaba al hombro—. Luego nos veremos. Y si no es así, estas serán mis últimas noticias.
—Pero no puedes irte —intervino Kanthus, que acababa de entrar en la estancia.
—¿Quién dice que no puedo? No es cuestión de armas. Esto es diferente: es la guerra —replicó Kagel frunciendo el ceño—. ¿Dónde está Drakkar? Él les ayudará. Ustedes saben que tengo asuntos más importantes que atender. No me malinterpreten; solo sigo lo que mi conciencia me dicta.
—¡Heve Kagel! —La exclamación de Belwën retumbó por todo el bosque, seguida de un lamento desgarrador.
Viendo a Kagel marcharse sin mirar atrás, los tres se quedaron deshechos, con el corazón oprimido por aquel despertar tan abrupto. Los pasos del guerrero se alejaban, y con ellos, la tensión y el éxtasis que había despertado en el Zonotorh se desvanecían a medida que se internaba en la espesura, como si el aire de una fortaleza invisible estuviera aplastando cuanto quedaba de ellos. Cuanto más avanzaba Kagel, más densa se volvía la muralla de la selva. El bosque, agobiado por aquella energía oscura, intentó sacudirse las malas vibraciones atendiendo a la súplica silenciosa de la tierra. Irhis, el druida, acudió para estudiar la situación.
Las voces de los insectos se transformaron en melancólicos y perturbadores susurros que calaban en los sentidos del pequeño druida. Justo detrás de él, las hojas y los matorrales se sacudieron violentamente, como si una gran batalla estuviera librándose en ese mismo lugar. El estrépito lo alertó, pues comprendió que el bosque había detectado una amenaza inminente. Preparado para cualquier posible peligro, Irhis esperó, listo para lanzar un hechizo en defensa propia. Los movimientos bruscos en los arbustos cesaron, y el vaivén final fue provocado por unas manos que sobresalían del follaje. Desconcertado, Irhis levantó su bastón y estaba a punto de atacar, pero se detuvo al reconocer la figura que emergía de entre las sombras.
—¡Kagel! ¡Por los santos dioses! —exclamó el pequeño druida llevándose la mano al pecho—. Casi me matas del susto.
—Necesito salir de aquí con urgencia —replicó Kagel, furioso—, pero este maldito follaje no me deja pasar.
Después de una ligera inspección, los pequeños ojos cristalinos de Irhis se entreabrieron. Su piel verde palideció y sus orejas puntiagudas se encorvaron, dándole un aire de pánico.
—Estás a punto de dejarlo todo, ¿verdad? —añadió titubeante.
—¿Cómo sé que no me perderé en este maldito bosque? —preguntó Kagel, desconfiado.
—Soy uno de los amigos más cercanos de mi señora. ¿Cómo podría mentirle, señor?
—Hazme un favor, Irhis —dijo Kagel con voz más calmada—. Tengo que hacer algo, pero quiero que tú seas el único que lo sepa. No lo olvides. Espero que tengas noticias mías muy pronto —añadió antes de reanudar su marcha—. Trataré de hacer que lleguen antes del caos final. Se el sacrificio de Ragard al salvarme, no puedo agradecerle ahora… algo me dice que esta no será la última vez que nos veamos. Diles a todos que estoy agradecido y que no me llevo mas que las ganas de volver a verlos.
—Allí, delante de ti, está la salida. – Agregó Ihris – ten por hecho que les daré tu mensaje.
Mientras tanto, el Zonotorh no podía estar más descompuesto. Si bien las decisiones de Kagel lo habían afectado, se mantuvo en silencio, sabiendo que lamentarse no cambiaría nada. Desde el principio había sabido que esto debía ocurrir, como Kagel le había advertido en tantas ocasiones. La decisión ya estaba tomada, y a partir de ahora serían solo ellos tres, pues dos de sus amigos debían cumplir con su destino.
—Si así lo quiere… —exclamó el Zonotorh golpeando el suelo con el pie—, así será.
Se puso en pie, buscó en su alforja las cartas y, en cuanto las tuvo en las manos, clavó una mirada fija en el enorme lienzo que Belwën había desplegado.
—Belwën, el tiempo es escaso. Hagámoslo.
Las palabras del Zonotorh, cargadas de energía, no pudieron ser ignoradas por ninguno de los presentes. Tanto la mujer, como Kanthus dejaron de lamentarse y se prepararon para descubrir el último arcano. Con determinación, el Zonotorh comenzó a barajar sus cartas doradas. Tomó una silla, la acomodó junto a la mesa central y retiró cuidadosamente los objetos que había sobre ella, depositándolos en una esquina de la estancia. Se asentó con precisión, como una semilla en la tierra, y encendió un velón de tonos grises que emanaba fragancias arcanas. Concentrado, puso sus manos sobre el mazo y, recitando una letanía, invocó:
—Depura, Oire, Elphenor, Graal Neman, Ovatos Nerthus…
Sacudió las manos y, por última vez, barajó las cartas. Levantó la primera.
—El Halcón. Empezamos mal —murmuró para sí mismo.
Sacó una segunda y una tercera carta, colocándolas a los costados de la primera, que ahora yacía en el centro.
—La Alondra… —Hizo una pausa pensativa, observando las dos últimas—. El Astro… Esto es más grave de lo que pensaba.
Con solemne prontitud, extrajo otras dos cartas: colocó una sobre la carta central y la última debajo de la misma.
—Las Espadas Entrecruzadas… —De repente, alzó la vista de esta carta para concentrarse en la siguiente—. El Bombardeo…
Una y otra vez, el Zonotorh sacaba cartas, como si no quisiera acumular más malas noticias. Tomó dos más y las situó a los costados adyacentes de la cruz que había formado.
—La Sombra del Sacerdote… El Conjuro…
Con los párpados cerrados, como si se tratara de la última carta, casi sin pensarlo, colocó una más sobre la carta principal. Al reabrir los ojos, un vehemente suspiro alivió ligeramente la presión del aire.
—El arcano está listo. Solo falta leerlo —añadió con solvencia—. Necesito toda tu concentración, Belwën.
Antes de empezar a interpretar, el Zonotorh se incorporó, estiró los músculos para relajarse y tomó un poco de café, buscando serenar su mente.
—Empecemos de nuevo —dijo mientras reparaba con sumo cuidado en las cartas, que señalaban un augurio por descifrar—. El Halcón indica que se está a punto de sacrificarlo todo por un ideal, un designio… y que, al final, no quedará nada. —Otra pausa abrumadora sacudió sus entrañas, pero continuó—: Absolutamente nada.
—¿Qué concluyes con eso? —preguntó Kanthus.
—Es hora de preguntarse si uno es lo suficientemente fuerte para resistir la soledad que se avecina.
—Ahora, la Alondra. Si la Alondra desciende o sufre una desgracia o percance, deberá interpretarse como el fin de las esperanzas.
—Es confuso lo que dices —comentó Kanthus, para luego aguardar en silencio.
—Ahora, el Astro… —El Zonotorh examinó una y otra vez las cartas, como si realizara una última inspección—. El Astro: el destino moldea la vida, y con él, a quien intenta modificarlo con voluntad inteligente. Abandonarse al destino es signo de debilidad. La vida debe ser el resultado de la tensión, del tira y afloje entre destino y voluntad —articuló mientras palpaba la carta con las yemas de los dedos.
Un sinfín de incógnitas revoloteaba en su mente, hundiéndolo aún más en su deseo de conocer la verdad.
—Las Espadas Entrecruzadas. Esto equivale a un porvenir incierto, pues las políticas dependerán de quién resulte vencedor —añadió llevándose la mano a la frente—. No hay ley, y el bando que gane la contienda establecerá la suya. Anuncia controversias, maledicencias, calumnias y difamaciones, de las cuales algo o alguien será la víctima o el verdugo.
Cada instante se asustaba más de sus propias palabras. Caía lentamente en un mar de pánico y silencio. Su nerviosismo afloró al fijar la mirada en la carta del Bombardeo. Sabía con certeza que nada bueno podía significar aquella carta.
—El Bombardeo anuncia la destrucción —pronunció con voz grave—. Una expansión de la conciencia no se logra nunca sin catástrofe, sin muertos, heridos y sangre. Ciertas tendencias, ciertos hábitos, tienen que morir para que otros se levanten sobre sus propias ruinas.
El Zonotorh permanecía atrapado en un laberinto interno de incógnitas que lo conducían siempre al mismo punto: el desconcierto. Sin embargo, era demasiado temprano para rendirse. Un pequeño temblor en sus manos le recordaba el costo de lo que estaba haciendo y la angustia de saber cómo terminaría el arcano. Decidido, observó las tres últimas cartas que yacían sobre la mesa.
—La Sombra del Sacerdote… —murmuró estudiándola con detenimiento—. Si aparece en una encrucijada, simboliza el retroceso hacia el pasado, hacia la infancia y las zonas seguras. Es una negación del avance, un síntoma de miedo e irresponsabilidad. Esto requiere una revisión cuidadosa antes de decidir. —Pausó un instante con el ceño fruncido—. La razón debe prevalecer para que las emociones no sean las que guíen.
—Aún no comprendo este arcano; es muy confuso —intervino Kanthus.
—Sí, lo es —admitió el Zonotorh—. Pero sigamos con las últimas cartas.
Tomó la siguiente: El Conjuro. Sus ojos brillaron con una mezcla de incertidumbre y alivio mientras hablaba.
—El Conjuro dice: no dejes que las emociones negativas del pasado influyan sobre el presente. Esto es esperanzador —añadió con un leve suspiro—. Habla de un segundo nacimiento, de lo que los místicos llaman liberación. Todo lo que nos ocurre, aunque no lo provoquemos, tiene un mensaje que debemos descifrar.
Finalmente, tomó la última carta. Su título resonó en el aire como una promesa.
—El Renacimiento. —Un estremecimiento recorrió su cuerpo mientras continuaba—. Es un recordatorio de que las esperanzas y las visiones, aunque abandonadas, pueden resurgir.
El Zonotorh sintió cómo los poros de su piel se erizaban y su corazón latía con fuerza descontrolada. Minutos después, Belwën tenía su arcano completo, y con él, la visión esotérica que tanto buscaban. Sin embargo, el Zonotorh, a pesar de haber concluido, seguía confundido. Sabía que aquel arcano contenía más de lo que sus ojos podían interpretar en ese momento. La incertidumbre y las implicaciones de lo leído permanecían suspendidas en el aire, esperando el momento adecuado para revelarse por completo.
La Zonotorh no salía de su desconcierto. Había terminado el arcano, pero nada parecía tener sentido. Todas las cartas, sus augurios oscuros y aquel misterioso manchón negro que cubría el pergamino no ofrecían pistas claras. Era como si el destino mismo se burlara de ellos, ocultando su mensaje bajo un manto impenetrable.
Todos observaron aquel dibujo abstracto en el centro del pergamino: una pintura oscura, casi líquida, que se deslizaba formando figuras inconstantes, como si el tiempo mismo la moldeara. Un manto negro cubría cada posible significado. Sin embargo, el Zonotorh supo que aquello no era un error: el arcano indicaba incertidumbre. Algo, o alguien, debía ayudarles a descifrarlo.
—Es algo perturbador; no hemos descubierto nada en absoluto —murmuró Belwën con un deje de frustración.
Esa noche, bajo la pálida luz de la luna, el silencio reinaba en el campamento. La fuente cercana murmuraba en un susurro bajo, pero ni siquiera su melodía podía calmar los corazones inquietos de los tres viajeros. El Zonotorh y Belwën descansaban intranquilos, cada uno atrapado en un torbellino de pensamientos oscuros. Ragard apretaba los dientes envuelto en su manta, sintiendo un ardor en el pecho que no podía ignorar. «¿De qué sirvo si no puedo descifrar algo tan simple?», se repetía. Sus manos temblaban de frustración mientras visualizaba las cartas, recordando cada línea, cada símbolo que no había logrado entender. «Soy un fracaso, un inútil.»
En lo más hondo de su pecho, el colgante Emúreo permanecía frío e inerte, como si también él se hubiera sumido en el desconcierto. Ragard se preguntó, por un instante, si Gardarh habría sentido alguna vez aquella misma impotencia ante un arcano que se negaba a ser leído.
Belwën, acostada no muy lejos, contemplaba el cielo mientras su mente era asaltada por una sensación de inutilidad. Mientras peinaba su cabello con los dedos, sentía que había sido un peso para el grupo, que su presencia no hacía más que entorpecer. «Debería haber dicho algo, haber hecho algo…», pensaba, mientras la culpa hundía su ánimo como una piedra en aguas profundas.
Kanthus se alejó del campamento en silencio, dejando atrás el murmullo de la fuente y las sombras inquietas de sus compañeros. El bosque lo recibió con un frío abrazo, el aire cargado de humedad y el crujido distante de hojas bajo criaturas nocturnas. Sus pies lo guiaron instintivamente hacia un claro oculto, un lugar donde los árboles parecían formar un círculo perfecto bajo el manto estrellado. Allí, bajo el vasto cielo, se arrodilló y dejó que sus manos descansaran sobre la tierra húmeda.
Cerró los ojos y exhaló profundamente, permitiendo que el peso de su frustración se deslizara de sus hombros y se disipara como un eco entre las ramas. Murmuró palabras antiguas, un canto lento y susurrante en la lengua de los Kriëgen, una melodía que vibraba como un hilo invisible entre él y el mundo que lo rodeaba. Sus dedos acariciaron la hierba, y pequeñas motas de luz comenzaron a bailar a su alrededor, como luciérnagas convocadas por su voz.
—Vibren conmigo, ancestros del fuego y el hielo —murmuró—. Desaten los velos de lo oculto, mostradme lo que yace más allá de la sombra.
Mientras Kanthus meditaba, las piezas comenzaron a encajar como engranajes de un reloj cósmico. Las imágenes y susurros que habían invadido su mente le revelaban algo inquietante: el manto oscuro que cubría el lienzo del árbol clérigo no era un error, ni una limitación de sus habilidades o las de sus compañeros. Era una manifestación de fuerzas más allá de su comprensión, poderes que trascendían la voluntad de la tierra y los dones de los clérigos.
Su respiración se acompasaba con el ritmo de la naturaleza, y su conexión con el flujo mágico le mostró un patrón distinto. Las cartas, a pesar de ser poderosas herramientas para descifrar destinos, no podían penetrar aquel velo. Era como intentar leer un libro cuyas páginas hubieran sido arrancadas y sustituidas por un abismo insondable.
Kanthus comprendió entonces la naturaleza del manto oscuro: no era simplemente un obstáculo; era una respuesta deliberada de algo que operaba en un plano superior. Sus labios murmuraron un nombre que resonó con la gravedad de su descubrimiento.
—Poderes cósmicos… no terrenales.
La revelación le llegó como una chispa que encendía un conocimiento olvidado. El árbol clérigo, con todos sus dones y conexiones con la vida, estaba enraizado en la esencia de este mundo, pero no tenía alcance sobre aquello que provenía de las vastas esferas del cosmos. El manto oscuro no solo ocultaba, sino que imponía un juicio: aquello que buscaban entender no les sería revelado fácilmente, no mientras dependieran de herramientas mortales.
En su meditación, una sensación profunda de insignificancia lo invadió, pero también un renovado sentido de propósito. La naturaleza de lo desconocido no era un callejón sin salida, sino una llamada a buscar más allá de los límites impuestos por sus propias tradiciones.
Fue entonces cuando recordó a Bhail, el Kriëgen. Kanthus comprendió que solo alguien que caminaba entre las sombras de ambos mundos, el terrenal y el arcano, podría ofrecerles una respuesta. Bhail, con su conocimiento de los Oferno y su conexión con las fuerzas oscuras, era el único capaz de iluminar el misterio. Al abrir los ojos, Kanthus supo que ya no podían perder más tiempo. El arcano que buscaban no era algo que pudieran descifrar por sí mismos, al menos no todavía. Su viaje tomaría un rumbo distinto, uno que los acercaría peligrosamente al borde del cosmos mismo.
El aire a su alrededor se espesó, cargado de una energía palpable. El bosque entero parecía contener la respiración. Kanthus sintió cómo su magia se entrelazaba con la tierra, con las raíces profundas que tejían historias antiguas y secretos olvidados. En su mente se formaron imágenes fugaces: un manto oscuro que se rasgaba, un ojo ardiente que lo observaba, y un nombre que emergía de un abismo de susurros.
Bhail.
El sonido resonó en su mente como un trueno en la distancia, claro e inconfundible. Sus ojos se abrieron de golpe, y el claro pareció cobrar vida, como si el bosque reconociera la revelación. Kanthus se llevó una mano al pecho, donde su corazón latía con fuerza, y murmuró:
—Bhail… el Kriëgen.
Se levantó despacio, tambaleándose ligeramente por el esfuerzo. La magia aún chisporroteaba en su piel, como si las estrellas mismas hubieran dejado su huella en él. Observó las ramas que danzaban suavemente con el viento y supo que el camino estaba claro. Aquel nombre era más que un mensaje; era una guía.
Con renovada determinación, regresó al campamento. La llama de su magia aún ardía en su interior, iluminando su mente y su propósito. Aunque no logró conciliar el sueño, no sintió lenta la llegada de la mañana. En cuanto vio a sus compañeros despiertos, los abordó.
—No estoy seguro de que lo que voy a decir ayude en algo —intervino tras un largo silencio—, pero creo saber quién podría ayudarnos.
Las palabras del Kriëgen captaron la atención de todos.
—¿De quién se trata? —preguntó Ragarrd con un tono severo, casi exigiendo respuestas inmediatas.
—Bhail. —Kanthus pronunció el nombre con una mezcla de respeto y cautela—. Es un antiguo miembro del culto de los Oferno. Yo también formé parte de ese culto hace años. Bhail es un Kriëgen, pero nunca pudimos determinar si su poder lo inclinaba hacia la oscuridad o hacia la luz. Es alguien poderoso, sin duda.
Belwën frunció el ceño, insegura.
—¿Y dónde podemos encontrarlo?
Kanthus titubeó un instante antes de responder.
—Ese es el inconveniente… Bhail reside en Dardania. Es otro continente, muy lejos de aquí.
El Zonotorh golpeó la mesa con la mano abierta, haciendo vibrar las cartas.
—Habla claro, Kanthus. ¿Cuánto tiempo nos tomaría llegar?
—Si partimos hoy mismo y tenemos suerte, podríamos arribar en dos semanas y media. El viaje incluye varias paradas, pero si logramos hacernos con una embarcación propia, sería más rápido.
El Zonotorh no perdió tiempo en responder.
—Entonces, pongámonos en marcha. Tú y yo iremos a buscar a Bhail.
—Yo también iré —agregó Belwën cruzando los brazos con firmeza—. No me quedaré aquí sin hacer nada mientras ustedes enfrentan esto solos.
El Zonotorh suspiró, pero no discutió. Miró a Kanthus en busca de aprobación, y este asintió con un leve gesto.
—No tenemos mucho que equipar —dijo Kanthus—. Tomemos solo lo necesario.
Los tres comenzaron a empacar en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. El Zonotorh sentía el peso de la responsabilidad; aquel viaje era una apuesta arriesgada, pero no veía otra opción. Su mirada dura se mantuvo fija mientras revisaba su equipo. Guardó sus cartas, una daga curva para defensa y un pequeño libro con oraciones arcanas que llevaba consigo desde hacía años. Su capa gris, desgastada pero resistente, sería su única protección contra el frío.
Al guardar las cartas, sus dedos rozaron el colgante Emúreo. Seguía frío. Ragard se preguntó si aquel silencio significaba que Gardarh aprobaba la decisión de buscar a Bhail… o si, por el contrario, el Avatar Zonotorh consideraba aquello una distracción de su verdadero destino. Apartó el pensamiento con un escalofrío.
Kanthus, por su parte, mostraba una expresión neutra, aunque por dentro experimentaba una mezcla de nostalgia y temor. Regresar al círculo de los Oferno significaba enfrentarse a un pasado que había intentado dejar atrás. Empacó un báculo con runas, un cuenco para rituales menores y una pequeña figura de madera, un talismán que siempre llevaba consigo.
Belwën intentaba mostrarse fuerte, pero sus manos temblaban ligeramente mientras colocaba sus pertenencias en un bolso de cuero. Para ella, aquel viaje era más que un desafío; era una oportunidad para demostrar que podía ser útil y, tal vez, encontrar su verdadero propósito. Empacó hierbas curativas, una honda como arma y un amuleto de su madre, un recordatorio de su hogar perdido.
Entre ellos, un sutil y silencioso vigía los acompañaba: el zorro. Aunque ya no era la pequeña y juguetona criatura del principio, seguía emanando una energía casi pasiva, una vibración constante que parecía envolverlos.
Cuando los cuatro salieron del bosque donde habían permanecido los últimos días, un pequeño grupo de niños los observaba desde la distancia. Entre ellos se encontraba Irhis. Su mirada de asombro y tristeza no pasó desapercibida.
—Volveremos —prometió Belwën, aunque las palabras sonaron huecas en el aire.
El Zonotorh lideraba el grupo, su figura imponente destacando bajo la luz menguante del atardecer. Kanthus caminaba detrás, vigilando el entorno, mientras Belwën cerraba la marcha, su mente ocupada con pensamientos inciertos. Los tres avanzaron por el sendero, consumidos por un presagio oscuro, como si una llama temblorosa iluminara el camino a través de un interminable abismo. Kanthus, poco habituado al descanso, se sentó frente a la fogata contemplando cómo las brasas consumían los restos de las ramas secas. Belwën y el Zonotorh dormían profundamente, recuperando fuerzas para continuar el trayecto hacia el puerto de Angakog. En aquella vigilia solitaria, la única compañía del Kriëgen eran las llamas danzantes, las lunas gemelas y las estrellas que titilaban sobre el cielo despejado, junto con el zorro de tamaño mediano que descansaba a la luz de las Lágrimas de Fuego.
El pesado silencio del camino lo envolvía. Kanthus, en un impulso casi ritual, se puso de pie y comenzó a recitar un poema olvidado, un canto que parecía extraído de las antiguas memorias de su pueblo:
“Misterios danzando en la penumbra,
rostros de humo que se desvanecen.
Entre sombras hallamos lo incierto,
absorto sigo en este abismo.
Cuatro paredes gritan en eco,
el corazón de papel manché
del que quedé prisionero y seco
en cada rincón donde renacen”.
La melodía de su voz se fundió con el viento frío de la noche, arrastrándose entre los árboles como un eco espectral. Era como si su plegaria sin destinatario buscara refugio en las corrientes del aire, llevada como una hoja seca en un arroyo turbulento.
Cansado, Kanthus se envolvió en una desgastada pero cálida manta de cuero que parecía atraparlo con suavidad, como temiendo que él mismo se desvaneciera en la penumbra. Así, vigiló el fuego hasta que el sueño lo reclamó.
El canto de los dragones del Este anunció el inicio de un nuevo día. Bajo un cielo opaco y gris, cargado de relámpagos intermitentes, el sol luchaba por hacerse visible entre las densas nubes. Los tres compañeros se pusieron en pie, recogieron la tienda y se asearon rápidamente con el agua que llevaban consigo. En silencio, como si las palabras estuvieran de más, comenzaron a caminar por el sendero.
De repente, Belwën se detuvo en seco. Una chispa de confusión cruzó su rostro. Había olvidado algo importante: el zorro. Se apresuró a regresar por él, pero al llegar al lugar donde creía haberlo dejado, descubrió que ya no estaba allí.
Los otros dos se unieron a su búsqueda, peinando el terreno cercano. En ese momento, una sombra veloz irrumpió desde los arbustos, arremetiendo contra ellos y haciéndolos perder el equilibrio. Los tres cayeron al suelo con los ojos cerrados en un acto reflejo. Pasaron unos segundos de tensión hasta que, al abrirlos, se encontraron con una pequeña criatura: una bola de pelo gris que saltaba, ladraba y corría a su alrededor con una energía desbordante.
—Lo veo, y aún me sorprende —exclamó Kanthus observando al animal con asombro—. Es un zorro druida. Nacen de los árboles ancestrales de la vieja época. No sabía que todavía existieran…no habia notado esta particularidad en el, desde que Ragard lo trajo consigo desde Daifa.
—¿Y cómo lo llamaremos? —inquirió Belwën con una sonrisa, mientras acariciaba suavemente al zorro.
—¿Qué tal… Danav? —propuso Kanthus—. Fue el Quinto Soneto cantado por Krade de Iakoth cuando partió de su aldea.
—Conozco ese mito. Es hermoso —agregó la Zonotorh mirando al zorro que ahora sostenía en brazos—. Sí, me agrada ese nombre… Danav.
El grupo se tomó un momento para observar con detalle al curioso animal. Su pelaje era pardo, pero pequeños destellos plateados recorrían su cuerpo desde las orejas hasta el pecho, donde se formaba un gran manchón resplandeciente. Aunque su forma recordaba a los zorros silvestres, su tamaño era algo mayor. Su cola, larga y también adornada con brillos plateados, le daba un porte majestuoso. Las orejas, inusualmente largas, evocaban las de una liebre, mientras que los costados de su mandíbula estaban decorados con escamas cristalinas de un tono amarillo brillante.
Danav no dejaba de saltar y ladrar suavemente alrededor de los tres viajeros, como si celebrara su recién bautizmo.
El grupo retomó la marcha hacia el puerto de Angakog, a unas dos noches y media de distancia. Sus pasos resonaban sobre las vastas planicies, donde la brisa parecía jugar con ellos, empujándolos de un lado a otro. Durante horas caminaron en silencio, acompañados únicamente por el sonido de sus respiraciones y los relámpagos que iluminaban el horizonte.
El atardecer, teñido de tonos apagados por las nubes de tormenta, los despedía con una atmósfera sombría. Tras cruzar las planicies, llegaron al pequeño caserío de Lina, un punto fronterizo que ofrecía un respiro a los viajeros. Con provisiones limitadas, decidieron pasar la noche allí, buscando refugio en una modesta posada.
La posada era sencilla pero acogedora. Su planta baja albergaba un salón rústico donde los aldeanos intercambiaban historias y bebían cerveza. Una escalera de madera conducía al piso superior, donde se encontraban las habitaciones para los huéspedes de paso. Con pocos recursos, los viajeros se sentaron en un rincón discreto, alejados del bullicio, para decidir cómo pasar la noche.
—Tengo unas cuantas Surias, no muchas. Tal vez nos alcance para algo de pan y algunas galletas —sugirió Belwën.
—Yo también tengo unas pocas —añadió Kanthus—, pero no gastemos todo. Nunca se sabe lo que puede depararnos el camino.
Danav, ahora acurrucado junto a la Zonotorh, parecía compartir el cansancio del grupo, observándolos con ojos atentos mientras la noche comenzaba a envolverlos con su manto de incertidumbre y reposo.
Tomaron una sola habitación con dos pequeñas hamacas. El Zonotorh observó a Belwën, que ya dormía en una, mientras Kanthus ocupaba la otra. Decidió acomodarse en el suelo, utilizando unas sábanas como improvisado colchón. Sin embargo, no lograba conciliar el sueño. Con movimientos silenciosos, se levantó, salió de la habitación y bajó al pequeño bar. Allí, bajo la tenue luz de las antorchas, se sentó en un rincón sombrío.
El ambiente a media luz parecía un espejo de sus pensamientos. Se perdió en sus introspecciones, desandando los caminos recorridos, recordando lo ganado, lo perdido y lo incierto del futuro. Su mente divagó hacia aquella mujer que había despertado en él sentimientos tan profundos como nunca antes había mostrado. También pensó en el joven intrépido que, en ese mismo instante, luchaba por encontrar su destino. Y bajo todos esos pensamientos, como un río subterráneo que solo él podía oír, fluía la voz de Gardarh: «Eres el último Avatar. Mi poder vive en ti.» Ragard apretó los puños. No. El solo era un viajero cansado en una posada anónima. Mañana volvería a ser el Zonotorh que cargaba con un secreto. Pero esta noche… esta noche solo quería ser un hombre cualquiera.
El hilo de sus meditaciones fue interrumpido por una voz grave y desgastada.
—Es una noche tormentosa… ¿Acaso no puedes dormir?
—No, no puedo —respondió el Zonotorh sacudiendo la cabeza—. Es difícil conciliar el sueño.
—Entiendo… Yo tampoco duermo mucho cuando hay tormenta. Me recuerda a mi hijo… Nunca podía dormir con estos cielos inquietos.
Quien había hablado era un anciano consumido por el peso de los años, aunque su mirada conservaba un brillo febril que evocaba una juventud perdida. Su rostro alargado y serio estaba enmarcado por una barba canosa que formaba un prolijo candado. Su cabello gris resplandecía como un reflejo de sabiduría acumulada. Las cejas, escasas pero arqueadas, terminaban en un peculiar aguijón de pelos cortos que acentuaban su ceño fruncido. Su porte era firme, como el de un viejo roble que aún desafía al tiempo. Cada uno de sus movimientos era medido y preciso, y su mirada, aunque profunda y melancólica, estaba cargada de una astucia penetrante.
—No eres de por aquí —inquirió el anciano.
—No, vengo del sudoeste, de Laugros —respondió el Zonotorh.
—Algo te abruma, ¿no es cierto, Zonotorh?
—¿Por qué piensas eso? Y, más importante aún, ¿cómo sabes que soy un Zonotorh?
—Amigo, los Zonotorh poseen un aura que los distingue de los demás seres vivos. En ti, esa energía es palpable, aunque… inquietante.
El Zonotorh se tensó, incapaz de apartar la mirada de los ojos del anciano, que lo analizaban con una precisión desconcertante.
—¿Por qué te inquieta mi aura?
—Porque está cargada de inseguridad… Está impregnada de presagios petrificados, dudas profundas y sombras de vivencias amargas.
El anciano hizo una pausa, estudiando la reacción del Zonotorh antes de continuar:
—Pero también hay en ti un fuego que no se ha extinguido, aunque el viento de los años y las tormentas lo hayan intentado.
—A decir verdad, no te equivocas del todo —respondió el Zonotorh—. Pero, antes que nada, me gustaría saber quién eres en realidad.
—Soy Thinarion, hijo de Thinarius Barba Blanca, rey de Dofs.
El Zonotorh arqueó una ceja, sorprendido, pero respondió con calma:
—Con el debido respeto, su majestad, estás bastante alejado de tus predios.
—Evita los formalismos. Aquí no soy un rey… y quizás ya tampoco un padre.
La última frase sumió al Zonotorh en un incómodo silencio. Observó al anciano mientras este volvía la mirada hacia la tormenta. Las llamas de las antorchas titilaban, como si reflejaran la lucha interna de Thinarion.
—Lo que inquieta y asusta no soy yo, Zonotorh, sino algo más —prosiguió el anciano retomando su tono melancólico—. Supongo que ya te habrás enterado de los rumores sobre la Gran Guerra. Días atrás, mi ejército fue arrasado por completo. Perdí a mis mejores comandantes, a muchos civiles… granjeros, curanderos, filósofos, incluso escritores de majestuosas historias sobre los reyes del pasado. Pero lo que más valioso que me arrebató esa guerra, aun más valioso que mi reino: fue mi hijo.
El Zonotorh lo escuchó en silencio, dejando que el peso de las palabras se asentara. Luego habló con cautela:
—Hace poco, un amigo y compañero de viaje estuvo en esas tierras.
Los ojos del anciano brillaron con una tenue chispa de esperanza.
—¿Podrías decirme quién es? Tal vez él tenga noticias de mi hijo.
—Su nombre es Kagel de Isara —respondió el Zonotorh.
Al oír aquel nombre, Thinarion se levantó de golpe, como si un rayo le hubiera atravesado el pecho.
—¡Es una coincidencia extraordinaria! ¡Kagel de Isara, un compañero de viaje, está aquí contigo!
—No, por desgracia, – el tono de Ragard atenuo – El ha marchadoa complir con su destino..
El anciano suspiró, atrapado entre la urgencia y la razón.
—No sé qué decir… La incertidumbre me agobia. Sin embargo, como hombre paciente que soy, entiendo que, aunque el frío congele los campos, el sol siempre llega para calentarlos.
Un leve brillo de esperanza pareció nacer en los ojos de Thinarion, aunque su figura seguía cargando el peso de la soledad, un eco constante de penas, dolor e infortunio.
Ambos hombres se retiraron a descansar esa noche, aunque sus mentes seguían ocupadas con pensamientos intranquilos. El Zonotorh, agotado, pronto se dejó atrapar por el sueño, cayendo en un inmenso mar de visiones.
Una espesa lluvia cubría el paraje donde se encontraba, inmóvil bajo un cielo que parecía derrumbarse. Sus pasos eran torpes, pesados, y cada movimiento le recordaba el dolor de un cuerpo envejecido antes de tiempo. Su cabellera, antes castaña, era ahora un océano de hilos grises y blancos, y al mirarse las manos notó los surcos profundos de arrugas marcando sus dedos casi cadavéricos.
A su alrededor, la infinita e inhóspita soledad lo envolvía: un frío intangible que calaba hasta los huesos y lo hacía delirar. Pero entonces, entre las sombras, una luz se manifestó como un manto luminoso, desafiando la penumbra. Aquella claridad otorgaba vida a cada rincón oscuro, y el paisaje cambió ante sus ojos.
Lo que antes era un terreno muerto, polvo al viento, se transformó en una galería verde. Herbazales ricos y frondosos brotaban del suelo, iluminados por la suave caricia de aquella luz. Árboles imponentes, cargados de frutos, surgían con una naturalidad casi celestial. Alrededor, animales correteaban en un espectáculo de vitalidad, mientras alondras surcaban el cielo en una danza aérea que parecía coreografiada por alguna fuerza divina.
El Zonotorh observaba la escena, incapaz de decidir si debía maravillarse ante aquella pintura armoniosa o preguntarse el significado oculto de su sueño. Por un momento, se permitió vivir aquello como la paz más sublime que jamás hubiese experimentado.
Sin embargo, la maravilla se desvaneció bruscamente. La pintura comenzó a diluirse, y un inquietante viento irrumpió, perturbando la danza de las alondras. La calma se desmoronó, y las aves, antes ecuánimes y libres, comenzaron a volar en un vaivén errático, acosadas por un manto oscuro que arremetía contra su belleza.
En lo alto del cielo onírico, donde el manto oscuro se desgarraba, Ragard creyó vislumbrar por un instante el símbolo del Arcano: El Mundo, pero desdibujado, como visto a través de una lágrima. La voz de Gardarh, lejana y fragmentada, susurró: «Las alondras son las esperanzas de los mortales. Si caen, el camino se cierra. Pero tú… tú eres el Halcón, Ragard. Tú decides si sacrificarte o volar más alto.»
El vidente sintió una punzada en el pecho al comprender que la suerte de aquellas alondras estaba vinculada a algo mucho mayor. Si una de ellas descendía o sufría algún percance, aquello marcaría el fin de las esperanzas.
III.
La Luz Menguante.
Pronto, el cielo clareó, llenándose de una luz opaca y fría. Una composición etérea se desplegaba: el cielo que aclaraba lentamente, el mugir del viento helado, el canto de algunas aves pasajeras y la incipiente actividad mercantil que comenzaba a cobrar vida. Todo ello adornaba el nacimiento de un nuevo día.
Los ojos serenos del vidente se abrieron con lentitud, recibiendo la tenue luz reflejada por el amanecer. Dudó al intentar incorporarse, pero la soledad que lo rodeaba lo impulsó a levantarse. Miró a su alrededor; todo parecía estar en orden, salvo por la ausencia de Kanthus y Belwën.
Con pasos indecisos, caminó hacia el exterior de la habitación, descendiendo las escaleras que llevaban a la planta baja de la posada. El lugar de recepción estaba vacío, silencioso, pero esto no alteró su serenidad. Se acercó al mostrador donde el dueño de la posada solía atender y, con voz calmada, le preguntó si había visto a sus compañeros de viaje. La respuesta negativa del hombre lo obligó a pagar la deuda de la noche y salir al exterior, donde los rayos del sol, intensos y renovadores, le devolvieron algo de ánimo.
Frente a él se extendía una polvorienta calle, animada por la multitud que se movía de un lado a otro, como pequeñas hormigas labrando el suelo. Sus ojos no tardaron en posarse sobre Belwën, quien permanecía inmóvil junto a Kanthus, con una mano descansando en su hombro. Ambos inmoviles, atentos, Kanthus observaba una imponente cabalgata que sacudía el manto de polvo del suelo.
Un elegante contingente de guerreros y caballeros avanzaba por el caserío, montados en imponentes corceles de rígidos movimientos. La atención del Zonotorh quedó cautivada por la majestuosidad del desfile; sus ojos siguieron las largas filas de soldados que parecían perderse en el horizonte.
La procesión culminó con una figura que no pasó desapercibida para Ragard. Sobre un regio corcel, una mujer de porte majestuoso detuvo su avance, clavando su mirada en el vidente. Con elegancia, desmontó de su caballo, dejando al descubierto unos profundos ojos negros que contrastaban con su pálida tez y sus cabellos níveos. Sus labios, de un rubí perfecto, dibujaron una sutil y exquisita sonrisa que atrapó la atención de Ragard.
En ese instante, un sentimiento largamente dormido en el corazón del Zonotorh despertó. Sin saber cómo reaccionar, extendió sus brazos con el ímpetu de un ave que emprende el vuelo.
Erline Lorelle, desprovista de toda vacilación, avanzó con gracia hacia él. Y cuando finalmente sintió su figura entre sus brazos, Ragard la abrazó con una mezcla de sutileza e hidalguía, como si temiera que el momento se desvaneciera.
—Todo pensé, menos encontrarte aquí —dijo el vidente, con la mirada fija en ella.
—Es una larga y penosa historia.- concluyo la guerrera – mi amado Ragard..
—¿De qué se trata todo esto? ¿Por qué andas tan lejos de tu reino?
Ragard observaba a Erline con una mezcla de admiración y tristeza; sus ojos profundos reflejaban la lucha interna que ambos sentían. Ella, con el alma dividida entre el amor y el deber, se mantenía firme, pero él podía ver en su mirada el vacilante deseo de quedarse, de renunciar a la guerra.
Mientras la contemplaba, un pensamiento ajeno a aquel momento se coló en su mente como una daga fría: la cripta de Gardarh. El peso del colgante Emúreo bajo su camisa le recordó que él ya no era solo Ragard, el vidente enamorado. Era el último Avatar Zonotorh. Y los Avatares, le susurró una voz interior que sonaba sospechosamente a la de Gardarh, no tienen derecho a aferrarse a nada. Ni a nadie.
—Ragard, no puedo quedarme atrás, no cuando el destino nos llama de esta forma. Mi pueblo necesita que tome este camino, por más que mi corazón me grite lo contrario —dijo Erline, su voz temblando con una sinceridad desgarradora.
Las palabras golpearon a Ragard como un martillo, pero no fueron suficientes para quebrar la calma con la que había decidido afrontar el futuro. Su corazón, sin embargo, latía al unísono con el dolor que se filtraba en su pecho.
—Tu pueblo, sí… Pero ¿qué hay de nosotros? ¿Qué hay de lo que fuimos y lo que aún podemos ser? —Su voz fue baja, pero firme, como si tratara de transmitir la gravedad de su sufrimiento—. No puedo soportar pensar que la guerra nos arrebate el uno al otro, que la decisión de tu estirpe nos separe para siempre.
Erline lo miró con ojos llenos de angustia; el amor que compartían se reflejaba en su rostro, pero también lo hacía el deber que la arrastraba lejos de él.
—No es una elección fácil, Ragard —sus palabras fueron dolorosas, como si ella misma estuviera luchando por aceptarlas—. Mi lealtad está con mi gente, con mi Reina, con el legado de mi estirpe. Es algo que va más allá de lo que yo deseo. Pero en mi pecho, en lo más profundo, hay una lucha constante… Tú, tú decidiste aquella noche, aun a pesar de que yo no quería en el fondo. Tú, al igual que yo, prometiste volver a reencontrarnos. Lo sostengo… pero no sé si pueda cumplirlo. Luchare por que asi sea…
Ragard, incapaz de soportar el peso de la situación, cerró los ojos por un momento, respirando profundamente. Su corazón le decía que ella debía quedarse, que juntos podían enfrentarse al mundo, pero la realidad era implacable.
—Lo sé, lo sé… —susurró, su tono cargado de comprensión y dolor—. Pero ¿cómo puedes seguir adelante con esta guerra sabiendo lo que podría costarnos? Te he visto, te he sentido a mi lado, compartiendo el mismo destino, y ahora te veo alejarte por una causa que no tiene sentido… no cuando el amor aún palpita entre nosotros.
Erline apartó la mirada, sintiendo el peso de sus palabras, pero también la necesidad de hacer lo que debía. Su guerra no solo era contra los enemigos, sino contra su propio corazón.
—Lo que siento por ti no se desvanece, Ragard, pero mi deber me consume. Si no marchamos ahora, si no detenemos lo que se avecina, el futuro de nuestra gente se verá mancillado. No soy la guerrera que mi estirpe espera que sea por gusto, sino por obligación —dijo, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevían a caer—. Y lo peor es que te entiendo, te amo con toda mi alma, pero… hemos tomado nuestras sendas. Solo queda intentar volver.
Ragard no pudo contener más su dolor, y con voz rasgada, dijo:
—No quiero que nuestros deberes sean más importantes que nosotros, Erline. No quiero quedarme aquí. Yo volveré. No esperaré a que la guerra te arranque el alma. Tienes razón, soy consciente de lo que implica todo esto, pero…
Erline levantó su mano, tocando suavemente su rostro, deteniendo sus palabras.
—Lo sé, Ragard, lo sé… —susurró, su mano aún acariciando su mejilla con ternura.
El aire entre ellos se llenó de un silencio cargado de lo que no podían cambiar.
Finalmente, sin decir una palabra más, Erline se acercó lentamente, sus pasos firmes pero delicados. Sus dedos rozaron la mejilla de Ragard, como si tratara de grabar su imagen en él, en su alma. La distancia que los separaba se desvaneció con el roce, y al fin, sus labios se encontraron en un beso solemne, cargado de promesas no habladas, de una despedida que ambos sabían que llegaba.
El beso fue largo y ceremonial, como si el universo entero los observase, como si fuera el último acto que pudiera sellar su amor en un momento tan incierto. Las emociones se entrelazaron entre ellos: una mezcla de amor, sacrificio y resignación, pero también de un sentimiento tan profundo que ni la guerra podría destruir. Incluso Kanthus y Belwën, se vieron inmersos en este torrente de amor y les acongogio el alma…
– Ellos merecen estar juntos – Susurró Kanthus a su compañera –
– Viviremos para ver esa promesa hecha realidad mi querido amigo – dictó Belwën
Mientras sus labios se unían, Ragard sintió que el colgante se calentaba levemente contra su pecho, como si la piedra reconociera la magnitud de aquella renuncia. «Gardarh», pensó con amargura, «¿esto es lo que significa ser Avatar? ¿Ver cómo todo lo que amas se aleja mientras tú permaneces atado a un destino que no elegiste?» No obtuvo respuesta. Solo el silencio de las estrellas y el sabor salado de una lágrima que no supo si era suya o de ella.
Cuando sus labios se separaron, Ragard la miró a los ojos, buscando una respuesta que sabía que no podía encontrar. La mujer, con los ojos brillando por la emoción contenida, se apartó de él, como si estuviera a punto de embarcarse en una travesía sin regreso.
—Que este beso sea el testamento de lo que fuimos y lo que siempre seremos, aunque la guerra nos lleve por caminos separados… —dijo Erline, su voz quebrada por el dolor.
Ragard, con el corazón hecho trizas, le respondió con firmeza:
—Que sea el ancla que nos mantenga unidos, aunque el viento sople en direcciones opuestas.
Con una última mirada, ella se montó en su caballo y, con una delicadeza solemne, comenzó a alejarse situando el yelmo en su cabeza, uniéndose nuevamente a su ejército. Ragard permaneció allí, inmóvil, mientras veía cómo la figura de Erline se desvanecía en la distancia. El viento, el mar, la tierra y el cielo parecían susurrar las últimas palabras entre ellos, mientras el amor que compartieron seguía latiendo, aunque en silencio, entre la brisa que se llevaba sus promesas.
Un inquietante silencio sacudió las entrañas del vidente. Su corazón intuía un resentimiento que podría arrastrarlo a malas rachas tras todo aquello. Las palabras de la mujer se clavaron como hielo en su alma, congelando las angustias que lo aquejaban y transformándolas en resignación.
Erline, con rostro serio, en su montura plateada, se sumia en sus propios pensamientos. Las conjeturas se entrelazaban en su mente mientras el Zonotorh, cabizbajo, volvía hacia sus compañeros. A través de un cruce de miradas tristes, Ragard continuó su camino, sin poder evitar que las palabras de la guerrera resonaran en su mente.
«Si algo merece hacerse, vale la pena hacerlo bien, y tú mismo.»
Esa frase le taladró el cráneo mientras caminaba. «Hacerlo bien.» ¿Qué significaba «hacerlo bien» para un Avatar? ¿Abrir la cripta de Gardarh? ¿Reunir las Tres Llaves? ¿Detener el castigo estelar? O quizá, simplemente, significaba no arrastrar a Erline a la maldición que pesaba sobre su sangre. Ella tenía una guerra que librar. Él… él tenía el fin del mundo que evitar.
Las últimas miradas de Ragard se perdieron en la lejanía, mientras la mujer galopaba con determinación hacia su grupo. La figura de Erline desapareció rápidamente, fusionándose con la cabalgata que avanzaba en dirección contraria. Por otro lado, el vidente no podía ocultar la fatiga emocional que lo consumía. Se obligó a sí mismo a mantener un semblante sereno, pasivo, para poder analizar con calma lo que acababa de ocurrir.
Creyó que era demasiado tiempo perdido y que debían retomar la marcha lo antes posible.
Después de un breve momento de silencio, en el que el pequeño Danav observaba con curiosidad, el grupo volvió a encaminarse. Se alejaron rápidamente del caserío, pero el silencio aún se deslizaba entre ellos como una sombra invisible. Tal vez tanto Kanthus como Belwën preferían no perturbar la paz que el vidente trataba de preservar.
Pasado el mediodía, el cielo azul comenzaba a mezclarse con la tonalidad tenue que se extendía hacia el horizonte marino. Barcas grandes y pequeñas surcaban el agua, pareciendo insectos flotando en el vasto océano. La brisa costera, suave y constante, traía consigo una sensación calmante de libertad. Era un area humeda, un pequeño sofoco de calor acompañaba la costa.
El puerto, tallado en rocas y rodeado de casas mercantes, era un hervidero de actividad. Las calles, polvorientas y abarrotadas de gente, se movían al ritmo del trabajo marítimo. El bullicio de la vida diaria se entremezclaba con el aire salino, mientras las gaviotas volaban en círculos y los pescadores descargaban sus capturas.
Al final del muelle, hecho de madera fina y gruesa, el paisaje marítimo se desplegaba ante sus ojos. Barcas y grandes barcos se balanceaban en el vaivén del mar, mientras el olor a pesca y salitre se impregnaba en el aire, en una mezcla inconfundible que anunciaba la proximidad del océano.
Sumidos en un entorno desconocido para ellos, intentaron resolver lo más rápido posible su mayor incógnita: encontrar una embarcación que los llevara directamente a su destino. De esta forma, ahorrarían tiempo en comparación con el método habitual.
Kanthus se perdió entre la multitud durante varios minutos mientras buscaba una embarcación adecuada. Mientras tanto, el vidente y Belwën permanecían en el mismo lugar, esperando pacientemente a su compañero.
En aquella espera, con el sonido del mar de fondo, Ragard se sorprendió pensando en la cripta de Gardarh. Se la imaginó como debía de ser: oscura, silenciosa, custodiada por ecos de Zonotorh muertos y por el peso de un legado que él no había pedido. ¿Estaría allí la respuesta para detener las Lágrimas de Fuego? ¿O solo encontraría otra carga más que añadir a las que ya soportaba? Danav se restregó contra su pierna, como si intuyera sus pensamientos, y Ragard le rascó distraídamente detrás de las orejas. «Algún día», se prometió en silencio. «Algún día iré a esa cripta. Pero no hoy. Hoy todavía soy Ragard. Solo Ragard.
Pronto, entre la multitud, una figura erguida comenzó a abrirse paso con determinación hacia el Zonotorh y Danav. Una imponente armadura brillante cubría casi todo su cuerpo, pero al descubrir el rostro de un viejo amigo, no pudieron contener su emoción al reconocer que aquel guerrero no era otro que Drakkar. Estaba vivo, y ahora nuevamente junto a ellos.
—¡Drakkar, muchacho! ¿Estás bien? —exclamó el Zonotorh con alegría.
—Es un honor verle de nuevo, señor —respondió Drakkar, girándose hacia la mujer con una reverencia—. Mi señora Belwën, a pesar de la niebla y las adversidades, sigue usted tan radiante como siempre. Belwen se sonrojo ante el cumplido del joven mancebo.
Aunque el tiempo de separación había sido breve, Drakkar parecía un hombre completamente distinto, no solo en apariencia, sino en su esencia. Una nueva energía fluía en su interior. Su rostro reflejaba madurez; su cabello castaño caía sobre los hombros, mientras una espesa y rojiza barba descendía como una cascada que brillaba con los destellos de la luz.
Para el Zonotorh, seguía siendo el compañero leal de siempre, pero Danav observaba al guerrero con inquietud. Sus gruñidos bajos y desconfiados acompañaban cada movimiento, y de tanto en tanto olfateaba el aire a su alrededor, como queriendo confirmar la identidad de Drakkar o advertir algo desconocido.
El bullicio mercantil llenaba el ambiente, mezclado con el fresco aroma del mar y el murmullo de la brisa. Las noticias, tanto buenas como malas, iban y venían entre los presentes. Pronto, una suave llovizna comenzó a caer, interrumpida por esporádicos momentos de calma. La muchedumbre se dispersó rápidamente como un enjambre de hormigas buscando refugio, excepto por los cargadores y transportistas que continuaban con sus labores, desafiando la lluvia que no consideraban obstáculo suficiente para retrasar su jornada.
Entre las gotas persistentes, apareció Kanthus. Su figura emergió bajo la llovizna, y al observar a Drakkar entre el grupo, una sonrisa mezcla de alivio y satisfacción iluminó su rostro húmedo. Detuvo su paso con una expresión que parecía contener una buena noticia.
—He encontrado una embarcación —anunció con firmeza—. Nos llevará hasta una pequeña isla que marca la mitad del trayecto. Además, el costo no fue elevado y, por lo que puedo ver, estas lluvias no anuncian tormenta. Así que podemos avanzar sin preocupaciones.
—Mi señor Kanthus, mi espíritu se enaltece al escucharle —dijo Drakkar con una inclinación respetuosa.
—También me alegra verte, Drakkar. ¿Vienes a unirte a nuestra encomienda?
—Así es. Además, tengo asuntos personales que debo resolver, cosas que aún no han encontrado su final.
Tras el preámbulo, dejaron atrás sus tierras, encaminándose hacia un porvenir incierto. Pronto llegaron a un pequeño puerto construido con tablones gruesos, desgastados y húmedos por la constante lluvia. Desde el muelle sobresaliente, observaron el pequeño navío que se balanceaba al compás de las olas. Su tripulación, conformada por jóvenes, adultos, mujeres y niños, trabajaba sin cesar, cargando provisiones, alimentos, animales e incluso armas. La lluvia seguía cayendo tímidamente, mientras la bruma envolvía el entorno, otorgándole un aire de misterio.
Un anciano empapado por la lluvia se acercó con lentitud, las manos a la espalda, y habló con una seguridad que contrastaba con su aspecto.
—Sean todos bienvenidos. Soy el capitán Helseggen, y este es mi viejo pero confiable navío, Koulema, un nombre legendario en estos puertos —anunció con solemnidad—. ¿Quién más ha venido con ustedes?
—Solo nosotros y nuestro guardián, nada más —respondió Drakkar con firmeza.
—Está bien. Suban, aborden y encuentren un lugar cómodo —ordenó el capitán.
Ya a bordo, observaron cómo la tripulación aceleraba sus movimientos tras la orden de zarpar. Algunos se presentaban ofreciendo sus servicios, mientras otros seguían enfrascados en sus tareas, incluso después de que el navío comenzara a alejarse del puerto. El Zonotorh y Drakkar, incapaces de quedarse de brazos cruzados, ofrecieron su ayuda a los trabajadores que, a pesar de la lluvia, continuaban cumpliendo con sus labores para garantizar un viaje tranquilo.
Ambos cargaron pesadas cajas, llevaron mensajes de un extremo al otro del barco, vigilaron la proa y el estribor, e incluso ayudaron a templar las velas. Pronto, la mayoría de las tareas quedaron completadas, todo bajo la atenta mirada de Kanthus, quien se mantenía resguardado de la lluvia junto a Belwën y su zorro. Entre los rostros empapados por la lluvia, los únicos que parecían disfrutar del momento eran los de Drakkar y el vidente. Sonreian y hacian bromas de uno hacia el otro.
—Tengo una inquietud —dijo el vidente mientras ambos movían una caja—. ¿Dónde has estado todo este tiempo?
Drakkar suspiró; su mirada se perdió brevemente en el horizonte antes de responder:
—¿Recuerdas cuál era mi misión cuando nos separamos en Dofs? Caminé hacia allí con la esperanza de encontrar buenas noticias, pero solo hallé ruinas. Busqué entre los restos de las edificaciones, pero no encontré nada más que desolación. Pensé que aquello era lo peor que podría vivir… hasta que llegué a las afueras del castillo.
Hizo una pausa, como si las palabras mismas le pesaran.
—Lo que presencié fue una escena espeluznante: un paraje mortuorio, una fechoría hecha muerte. La bondad de un pueblo mordiendo el barro. Entre los vestigios de una gran batalla, encontré los cuerpos de granjeros, ancianos y jóvenes, personas que nunca habían sostenido un arma en sus manos. O al menos eso me dijeron sus rostros.
Los ojos de Drakkar se oscurecieron al recordar.
—Sin embargo, en medio de la incertidumbre, algo inesperado ocurrió. De entre las ruinas, como un milagro, emergieron los sobrevivientes de aquella villa fantasma. Mujeres, niños, ancianos y hombres que lograron escapar de las garras de la muerte. Se acercaron a mí con la desolación grabada en sus corazones, pero también con el tenue aliento de una nueva oportunidad. Permanecí allí durante tres días, tiempo en el que ayudé a recuperar algo de lo perdido, a dar sepultura a los caídos y a escuchar las largas y frías anécdotas que brotaban como un río incesante de las bocas de los sobrevivientes.
—Algunos relatos coincidían; otros eran desvaríos, distorsionados por el trauma de aquel día apocalíptico. Sin embargo, entre esas historias fragmentadas, pude armar un cuadro más claro de lo ocurrido.
—Descubrí, por ejemplo, que el ejército que protegía el reino había partido días antes, buscando tender una emboscada al ejército opresor. No pasó mucho tiempo hasta que llegó la terrible noticia: aquel ejército había sido completamente aniquilado. La voz de alarma se esparció con rapidez, y en una medida desesperada, se organizó una contraofensiva en las afueras del castillo. Participaron todos: ancianos, hombres jóvenes, incluso niños.
—¡Niños! —gruñó Drakkar, dejando escapar un carácter explosivo que no pudo contener—. Nada tenía que hacer allá después de aquello. Lo único que deseaba era seguir el rastro de esos criminales.
Respiró hondo; sus palabras se volvieron más gélidas.
—Decidí unirme a ellos para entender su próxima jugada. Y así fue como lo logré: encontré al grupo de guerreros en una enorme escuadrilla, marchando hacia Zenegh para reclutar más soldados.
La voz de Drakkar descendió a un tono sombrío, como si el recuerdo lo persiguiera.
—Cuando me presenté ante su capitán, me encontré con un hombre frío y despiadado, alguien que no temía nada con tal de cumplir su cometido. Desde ese momento, grabé en mi mente y mi corazón su nombre, como una cicatriz imborrable: Sir Grify Absu.
Mientras Drakkar hablaba de niños muertos y aldeas arrasadas, Ragard sintió que el colgante volvía a pesar sobre su pecho. No era calor lo que emanaba esta vez, sino una especie de gravedad, como si la piedra reconociera en aquellas palabras el eco de una tragedia mayor. «El castigo estelar», pensó Ragard. «Gardarh intentó detenerlo y fracasó. ¿Cuántos niños murieron entonces? ¿Cuántos morirán ahora si yo también fracaso?» La lluvia le corría por el rostro, y por un instante no supo si las gotas que resbalaban por sus mejillas eran solo agua del cielo.
IV.
Arquitectos de La Anarquía.
Fugazmente, el vidente dejó caer en el pozo de sus entrañas una infortunada coincidencia. El hombre que Drakkar describía en sus relatos, aquel que había marcado el curso de su historia, había sido también quien le ayudó a regresar a casa. Nadie como él sabía lo que se ocultaba en lo más profundo del alma del guerrero. Con incertidumbre, pero con cautela, logró controlar su estado, manteniéndose a salvo del relato del joven, cuya experiencia parecía desafinar cada vez más en sus oídos.
Nunca había sido su intención ser desleal, pero creyó que no era el momento de sacar aquella verdad a flote. Se mantuvo alerta, observando con detenimiento las palabras que Drakkar iba hilando, sintiendo, a medida que avanzaba la narración, que no podría mantener aquel secreto oculto por mucho más tiempo.
La lluvia, aunque tenue, no dejó de caer durante todo el trayecto. En cubierta, pero resguardados de la llovizna, todos escuchaban con atención las anécdotas de Drakkar, quien, en un mar de sentimientos encontrados, parecía perderse en sus propios recuerdos. En un breve momento, el joven guerrero tuvo la impresión de que el mar se agitaba y de que las corrientes de viento eran más fuertes de lo habitual.
Con discreción, hizo un gesto a dos hombres cercanos. A decir verdad, esta acción pasó desapercibida para los presentes. La desdicha de compartir tantos secretos dolorosos llenaba a los videntes de una compasión que los impulsaba a tomar el control, deseando tener todo el poder en sus manos para remediar el sufrimiento, que parecía estar devorando el pecho del joven guerrero. Mientras tanto, en cubierta, los hombres tomaban posiciones en diferentes partes del navío, como si estuvieran preparados para una arremetida. Nadie pareció inmutarse ante estos movimientos, pues Drakkar seguía siendo el centro de atención.
—Al fin estuve con ellos. Cuando llegamos a Zenegh, me entrevisté con varios soldados. Algunos me dijeron que su estrategia era buscar áreas entre reinos por el camino fácil, pero si estos no cedían, recurrirían a la fuerza, como hicieron con Dofs. Debo confesar que nos dirigimos a este continente para la gran batalla, pero, si no lo habías notado, este no es el único navío en estas aguas. De modo que nuestro encuentro no fue del todo una coincidencia. Supe rápidamente que querían viajar al otro continente, y fue Kanthus quien me encontró aquí, en este navío. Por eso fue tan fácil para ustedes zarpar con él…
—Entonces no estás aquí para ayudarme. Vienes a luchar, ¿no es verdad? —dijo Ragard, mirando a Drakkar con una mezcla de confusión y desdén.
—¡Ellos no tenían la culpa! —estalló Drakkar, el enojo tiñendo su voz—. Era mi pueblo en llamas lo que observé. Tal vez no lo entiendas, pero es por eso por lo que estoy aquí. Y halago tu fé, porque yo no quise este encuentro; las cosas suceden porque tienen que ser. En ocasiones, amigo mío, el conformarnos es la única opción.
—Si esa es tu decisión, la respetaré porque tú eres mi amigo. Y si te entiendo… por eso…
—¡Espera! —interrumpió Drakkar, agudizando la mirada hacia el oeste—. Esos resplandores no son truenos, son muy extraños… ¡Son dragones! —Las pupilas del guerrero se agrandaron por la desesperación—. ¡Nos atacan con dragones! ¡A la defensiva! No hagan nada estúpido, solo cubranse, y si el navío se incendia, la mejor salida es el mar. No lo duden —agregó, mirando a su alrededor—. Me alegra estar con ustedes… Por favor, hagan caso. ¡Escondanse!
Con esas palabras, el vidente permaneció inmóvil, observando una gran sombra que pasó sobre su cabeza. Un dragón enorme, de colores indeterminados, volaba a baja altura, llevando en sus garras una pequeña barca cargada de guerreros. Estos, equipados con arcos y flechas, comenzaron a bombardear los navíos desde las alturas. Las flechas impactaron el casco del barco, dejando manchas oscuras por todo el costado. Algunos guardias cayeron heridos levemente, mientras que otros no tuvieron la misma suerte.
Un segundo después, los dragones comenzaron a dejar caer las barcas en puntos estratégicos alrededor de los navíos. Los olifantes retumbaban entre la lluvia y el mar silencioso. Luego, el bullicio de la batalla surgió como el grito de un agonizante. Aun después de haber dejado caer los navíos atacantes, los dragones seguían sobrevolando el campo de batalla, haciendo que las corrientes de aire se intensificaran a cada batir de sus alas. Con sus bocanadas de fuego, engullían a los desprevenidos.
Más que los hombres atacantes, eran los dragones quienes tenían la batalla ganada. Algunos enemigos habían logrado subir a bordo, pero los guardias se mantenían firmes, haciendo bien su trabajo. Drakkar desenfundó su espada, dejando que su enojo se reflejara en la furia de sus ataques. Un enemigo lo atacó de costado, pero falló y pasó de largo, terminando hincado por la espada de Drakkar en su espalda. Otro más lo enfrentó, estrellando su arma contra la de Drakkar en tres ocasiones, antes de ser atravesado lateralmente por una profunda cortada del joven guerrero. Drakkar era feroz en el combate, nunca se detenía y daba órdenes con la destreza de un excelente comandante. Entre sus acciones, destacó por estudiar cómo se movía el enemigo ante su gente, descubriendo con destreza algo que podría darles la ventaja.
—Hay un dragón que comanda a los demás. Hay que eliminarlo. Ayudadme a ubicarlo —dijo el joven, observando en varias direcciones—. Tiene que ser diferente: un color, una bandera, el tamaño… algo que lo distinga. ¡Vamos, busquen!
Mientras Drakkar trepaba al mástil en busca del dragón comandante, la batalla se recrudecía en cubierta. Los enemigos que habían logrado abordar el Koulema eran guerreros endurecidos, y los guardias del capitán Helseggen empezaban a verse superados en número. Kanthus, resguardando al misterioso joven que habían rescatado del arpón, lanzaba ráfagas de energía arcana para mantener a raya a los atacantes, pero su atención estaba dividida.
Fue entonces cuando Belwën se puso en pie.
Durante todo el ataque, la Zonotorh había permanecido en un rincón de la popa, con Danav acurrucado a sus pies y su bastón apoyado en el regazo. Los tripulantes que pasaban junto a ella apenas la miraban; veían a una mujer invidente, frágil, que necesitaba protección. Algunos incluso le habían gritado que se escondiera bajo cubierta.
Pero Belwën no era frágil. Nunca lo había sido.
Sus dedos se deslizaron por la superficie pulida de su bastón, sintiendo cada runa tallada en la madera de fresno. La sonda vibró levemente bajo su tacto, como si reconociera la llamada de su dueña. Belwën inclinó la cabeza, dejando que los sonidos de la batalla inundaran sus sentidos: el crepitar del fuego, el choque del acero, los gritos de los heridos, el aleteo ensordecedor de los dragones. Su mundo era oscuridad, pero en esa oscuridad, cada ruido dibujaba una imagen más nítida que cualquier visión.
—Danav, quédate aquí —murmuró al zorro, y el animal obedeció con un leve gemido.
Se incorporó con una fluidez que desmentía su ceguera. El bastón se deslizó entre sus manos hasta adoptar la posición de combate: una empuñadura baja, con la punta de la sonda ligeramente elevada, como un centinela que despierta. Belwën exhaló lentamente y se adentró en el fragor de la batalla. Su energico grito enmudecio a la misma batalla enfrente suyo.
El primer enemigo que se cruzó en su camino fue un guerrero corpulento que acababa de derribar a un guardia. El hombre vio a la mujer de ojos pálidos avanzar hacia él con un bastón y soltó una carcajada áspera.
—¿Tú también quieres morir, ciega?
Belwën no respondió. Se limitó a escuchar. El roce de las botas del guerrero sobre la madera mojada, el silbido de su respiración entre los dientes, el crujido de su brazo al levantar el hacha. Cada sonido era una coordenada exacta en el mapa mental que su mente tejía a cada instante.
El hacha descendió en un arco brutal.
Belwën se desplazó medio paso hacia la izquierda, apenas lo justo para que el filo pasara a un palmo de su hombro. En el mismo movimiento, el bastón giró en sus manos y la punta de la sonda se estrelló contra la sien del guerrero con una precisión quirúrgica. El hombre se tambaleó, aturdido. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, Belwën barrió sus piernas con un golpe bajo y lo envió de espaldas contra la borda, donde un guardia se apresuró a rematarlo.
—¡Por los dioses…! —exclamó el guardia, mirando a la Zonotorh con los ojos como platos.
Belwën ya no estaba allí. Se movía entre el caos como una bailarina espectral, su bastón trazando arcos imposibles. Bloqueaba espadas sin verlas, esquivaba flechas guiándose por el silbido del aire, y devolvía golpes con una contundencia que nadie esperaba de una mujer de su complexión. La sonda no era solo un bastón: era una extensión de su voluntad, un instrumento que leía el mundo y respondía a él.
Dos enemigos la flanquearon al mismo tiempo. Belwën percibió sus pisadas, el ritmo de sus corazones acelerados, el olor a sudor y cuero mojado. No esperó a que atacaran. Se dejó caer hacia atrás, apoyando una mano en el suelo mojado mientras su pierna derecha describía un barrido circular que desequilibró al primer atacante. El bastón, empuñado con la mano izquierda, se alzó para desviar la espada del segundo, y en un giro fluido, la Zonotorh se incorporó y golpeó con el extremo de la sonda justo bajo la mandíbula del hombre. Este se desplomó como un saco de grano.
El primer atacante intentó levantarse, pero Belwën ya estaba sobre él. La punta del bastón se apoyó con suavidad en su garganta, un gesto casi delicado, pero la presión era suficiente para inmovilizarlo.
—Ríndete —dijo ella, con una voz tan serena como el mar en calma.
El hombre soltó el arma.
A su alrededor, los guardias del Koulema observaban la escena con una mezcla de asombro e incredulidad. Aquella mujer, a la que habían ignorado por invidente, acababa de derrotar a tres guerreros curtidos sin recibir un solo rasguño. Kanthus, desde su posición, esbozó una sonrisa orgullosa. Él conocía bien el temple de Belwën, pero verla desplegarlo en combate siempre le causaba una profunda admiración.
—¡No se queden ahi mirando! —les gritó Belwën, alzando la voz por primera vez—. ¡Proteged el navío!
Los guardias reaccionaron al instante, redoblando sus esfuerzos. La Zonotorh, con Danav ya trotando a su lado, se dirigió hacia la proa para seguir combatiendo. Su bastón no dejaba de moverse, trazando un círculo de seguridad a su alrededor que ningún enemigo lograba traspasar.
En numerosas ocasiones, Drakkar falló en hallar el dragón que comandaba a los demás. La brisa era recia y los aleteos constantes de los dragones generaban turbulentas cortinas de agua que dificultaban la visibilidad. Ágilmente, trepó al mástil con la esperanza de obtener una mejor visión. Desde allí, pudo distinguir más claramente la forma de los dragones que atacaban desde todas las direcciones.
Fue entonces cuando fijó su mirada en un dragón voluptuoso que planeaba sobre el mar agitado, cargando en sus garras un enorme navío lleno de guerreros. El resplandor de varias naves ya incendiadas ayudó a mejorar la visibilidad del cielo, aunque la humareda pronto volvió a cegarlo.
No lo dudó. En su interior, supo que aquel coloso era el comandante. Con rapidez, notó que era maniobrado por un guía que buscaría ubicar su carga con táctica. Sin pensarlo más, se dispuso a llevar a cabo su plan.
Pudo sentir que allí podría ser su final, por lo que susurró una pequeña oración a los antiguos Diedas. Con espada en mano, esperó un momento propicio para dar paso a su gesta. Tomó el olifante y lo aventó hacia la cubierta del barco, pidiendo a Ragard que hiciera algo que complementaría el plan.
—Ayúdame, Ragard, toma ese olifante, hazlo sonar y los arqueros surgirán para atacar.
—¿En qué momento debo tocarlo? —preguntó el Zonotorh.
—Espera a que ese dragón celeste, con la gran barca en sus garras, pase cerca del barco. Eso lo expondrá para que yo salte sobre él.
Mientras Drakkar esperaba en lo más alto del barco, el vidente hizo sonar el olifante en cuanto la gran mole sobrevoló la embarcación. En un instante, un centenar de hombres salieron de las barcas, como hormigas, para permanecer alerta. Desde lo alto del mástil, Drakkar señaló al gran dragón celeste, y el objetivo quedó fijado. Los arqueros no dudaron en disparar cuantas flechas pudieron, con la intención de darle tiempo al intrépido guerrero para subir al lomo del dragón.
Parecía que su plan surtía el efecto deseado. Un giro inesperado y violento del dragón expuso al conductor. Ese fue el momento esperado por Drakkar.
El vidente solo pudo dejar caer el cuerno al ver lo que el muchacho pretendía en un acto desquiciado. El joven retrocedió, lo que le dio el espacio necesario en el mástil para saltar sobre el dragón, tomando una profunda bocanada de aire y ejecutando un grito amenazante. El salto fue violento y peligroso, pero el valeroso joven se sostuvo con fuerza para no ser arrojado contra algún navío o la inmensa capa de agua. El zarandeo del animal lo hacía rebotar de un lado a otro, lo que lo delataba ante el conductor de la bestia. Poco a poco se estabilizó, solo para descubrir que el enemigo lo esperaba con la intención de matarlo.
De forma casi incomprensible, el conductor del dragón dio la señal a sus arqueros para que abrieran fuego contra la criatura incontrolable. La lluvia de flechas surcó el cielo, pero muchas fueron rechazadas por el grosor de la piel del dragón, mientras que otras se perdían en la oscuridad, acompañadas de silbidos.
Drakkar se enfrentaba a su rival en una batalla inestable, mientras volaban en rumbo incierto. El guerrero lanzó ataques mortales, pero su adversario logró bloquearlos. Con agilidad y equilibrio, después de varios intercambios de espada, desarmó al enemigo aprovechando un pequeño vacío que dejó el dragón.
Sin dudarlo, sabiendo que aquel dragón era vital para el plan del enemigo, Drakkar descargó un golpe mortal, observando cómo su rival caía y se perdía en la negrura del mar. Aprovechando la ocasión, se acercó a la silla del conductor y cortó las amarras.
El guerrero se sostuvo al dragón con tal fuerza que pronto pudo estabilizarse y mantenerse solo con su mano derecha. Con la mano libre intentó tomar su espada, pero el terrible movimiento de la bestia le dificultaba la tarea. Continuamente falló en su intento de agarrar el mango de su arma, hasta que finalmente, después de varios intentos, logró alcanzarla y desenvainarla. En el reflejo de la luminosa hoja, se vio a sí mismo, decidido a continuar la lucha.
Sosteniéndose con las piernas para mantener firmeza, soltó su mano derecha y abrazó con fuerza la empuñadura de su espada. Las flechas seguían volando en direcciones inciertas, pero Drakkar, con voluntad inquebrantable, empuñó su espada con más fuerza y comenzó a golpear al dragón repetidamente. Los impactos, aunque poderosos, solo lograban hacer retroceder a la fiera. En medio de los movimientos violentos, el dragón giró en respuesta al dolor y la molestia.
El joven luchaba por mantenerse en el cuello de la bestia, y con renovadas fuerzas, hundió su espada en la herida del dragón, que sobrevolaba en círculos mortales sobre el mar. Cada golpe hacía que el dragón perdiera altura. La tensión aumentaba, y los Zonotorh observaban con esperanza, deseando que la batalla llegara pronto a su fin. Finalmente, los incesantes golpes consiguieron su objetivo: atravesaron el caparazón de escamas, y la sangre del dragón comenzó a brotar.
El dragón perdió altura con cada golpe que Drakkar acertaba. El joven luchaba con todas sus fuerzas, mientras la criatura parecía dejarse caer deliberadamente sobre una embarcación vecina.
Fue entonces cuando Kanthus, inesperadamente, al mando de su voz, hizo detonar una explosión que atrajo todas las miradas hacia un gran arpón expulsado por un cañón de pólvora. El proyectil se introdujo con fuerza en el gran pecho del dragón, que ya caía sin vida. La potencia del impacto hizo que el dragón dejara de sostener la barca, que cayó enseguida sobre otro bote enemigo. Ambos trozos de metal se desvanecieron como espuma de mar, mientras, desde lo alto, se veía al guerrero caer lejos del choque, disipándose en la oscuridad de la noche.
Una estruendosa explosión de agua sacudió el mar, generando grandes olas que golpearon como rocas el casco de las embarcaciones. Ante la desaparición del joven, todos se sumergieron en una búsqueda desesperada. Cuando las turbulencias del mar cesaron, pudieron ver cómo el cuerpo del gigante flotaba sobre el mar sereno. Debajo de él, emergió Drakkar victorioso, aunque claramente agotado y con algo de dolor en su cuerpo. Nadando sin prisa, el joven se aproximó al navío, donde un centenar de hombres lo ayudaron a subir a bordo.
—¿Qué locura has hecho, muchacho? —el Zonotorh titubeó, aún conmovido por la hazaña—. Mi cuerpo tiembla solo de pensarlo.
—Aunque no lo creas, estoy tan asombrado como tú —exclamó Drakkar, a espaldas del vidente—. No pensaba regresar.
En silencio, Ragard vio cómo el guerrero volvía a su camarote a tratar de reponer fuerzas. Mientras tanto, caminó hacia Kanthus, quien ayudaba a enrollar la gran cuerda del arpón. Algo se sentía diferente, más pesado de lo normal. Al observar el nudo que ataba el metal, quienes jalaban notaron un bulto que se sostenía al anzuelo.
Algunos hombres se apresuraron a tomar sus armas, mientras Kanthus actuaba rápidamente, lanzándose al agua en busca de ayuda. Un individuo, con una enérgica galería de manotazos, surgió del agua, retorciéndose con los ojos cerrados. Una vez en cubierta, Kanthus pidió a Ragard que alejara a los tripulantes, dejándole a él la tarea de lidiar con el hombre. Para calmar las violentas convulsiones, el Zonotorh tomó las muñecas del hombre y comenzó a masajearlas con los pulgares, llevándolo lentamente a la tranquilidad.
De forma minuciosa, el vidente detalló al hombre. Llevaba ropas que parecían de trabajo, guantes de cuero color ceniza y botas largas oscuras, robustas, perfectas para las temporadas de lluvia. Un peto circular bien forjado en acero y hombreras ligeras pero resistentes protegían su corazón. Estas hombreras, unidas por correas de cuero al cinturón y a la hombrera izquierda, no parecían representar un estatus o emblema. La izquierda, similar a la corteza de un animal blindado, recordaba a los armadillos del Bosque Daifa. La hombrera derecha estaba formada por tres placas intercaladas, cada una parecida a un garfio, unidas por un sencillo broche ovalado que se ocultaba bajo una bufanda de tela delgada, empapada por la lluvia. La bufanda formaba parte de una capucha y capa, que en realidad eran una misma prenda.
Mientras tuvo contacto con aquel hombre, Kanthus percibió una energía que escapaba a su entendimiento. Esta lo recorrió y, de algún modo, lo apaciguó. Sin darse cuenta, su primer impulso fue dar refugio al forastero. Mientras lo hacía, notó que se trataba de un joven de tez morena, cabello castaño, anteojos y una prominente cicatriz en la mejilla. Un extraño sentimiento lo llevó a recapitular su vida en cuestión de segundos, reflexionando sobre la temprana edad en que estos hombres marcaban sus destinos. La cicatriz en el rostro del forastero parecía resonar con algo profundo dentro de él.
Con sigilo, Kanthus condujo al joven hacia un lugar seco y alejado de la curiosidad de los viajeros, e incluso de sus propios compañeros. No entendía por qué este primer contacto le generaba una sensación de alivio similar a la que sentía cuando un arcano le auguraba un buen destino. Durante mucho tiempo, Kanthus había investigado por qué la raza de los Zonotorh carecía de una historia tan detallada como las demás. Aquel misterioso hombre parecía ser la clave para confirmar sus conjeturas.
A pesar de los heroicos esfuerzos de Drakkar, los ataques a las embarcaciones no cesaban. Fue entonces cuando Kanthus recibió la noticia de una nueva amenaza: los dragones habían hundido varias flotillas, reduciendo peligrosamente el número de naves en alta mar. Ragard, con movimientos rápidos y precisos, recorría la popa, el babor y el estribor, como si tramara un plan. Parecía contar las embarcaciones aún intactas. Luego pasó junto a Kanthus y se dirigió a la punta sobresaliente de la popa. Allí, entró en un trance profundo. Kanthus supo de inmediato que estaba recitando un poderoso conjuro.
Mientras las palabras del hechizo fluían de sus labios, Ragard sintió el colgante latir contra su pecho. Un pulso rítmico, como un corazón distante que sincronizaba sus latidos con los suyos. «Gardarh», pensó fugazmente, «si alguna vez enfrentaste dragones, si alguna vez protegiste a los tuyos con tu poder… ayúdame ahora. No por mí. Por ellos.» La piedra pareció responder con un leve resplandor bajo su camisa, y el conjuro brotó de su garganta con una fuerza renovada.
Cuando Ragard alzó los brazos al cielo y terminó de recitar su hechizo, un destello cegador cubrió el navío. Momentos después, los dragones se hallaban desorientados, dispersos, incapaces de localizarlos, como si el barco y su tripulación se hubieran vuelto invisibles.
El joven regresó entonces a las sombras de su rincón, aunque muchos corrían en su dirección, pasaban de largo, como si no pudieran verlo. La curiosidad lo llevó a recuperar el sentido, luchando contra la intriga que amenazaba con dominarlo. En medio del tumulto, un grupo se congregaba alrededor del Zonotorh. Los rostros de los presentes, empapados por la lluvia, reflejaban un asombro tan palpable como las gotas que los bañaban.
Kanthus, intrigado, se mezcló entre los curiosos, solo para encontrarse con una escena impactante: el vidente estaba petrificado, convertido en una estatua de roca. La reacción instintiva de un soldado se vio interrumpida por un empujón firme de Kanthus.
—Espera, no te acerques —ordenó Kanthus con una voz firme, autoritaria—. Es solo un efecto de su conjuro. Está completamente concentrado, en un profundo trance. Cualquier contacto brusco podría arruinarlo. Vuelvan a sus labores. Y tú, no te preocupes por él; estará bien. Agotado, pero bien. Ya regresará.
La inquietud permaneció durante varios minutos. Algunos observaban el estado de Ragard como algo inusual, mientras otros, vencidos por el asombro del conjuro, comenzaban a preguntarse por el misterioso hombre que había sido rescatado del arpón.
Kanthus, procurando no generar más intrigas, se mantuvo atento a Belwën, que ahora descansaba junto al pequeño zorro. El furor del ataque sorpresa se desvanecía como polvo arrastrado por una fuerte corriente. La mayoría de las embarcaciones se movían nuevamente, mientras la gran horda de dragones, engañada por la ilusión creada por el vidente, había cesado su ataque.
En la quietud de su trance, Ragard no veía dragones ni barcos. Veía una puerta de piedra negra, colosal, grabada con el símbolo del Arcano . Veía el corredor subterráneo iluminado por fuego azul. Y al fondo, esperándolo, una figura que no alcanzaba a distinguir. «La cripta», susurró una voz en su mente. «Allí está la respuesta. Allí está tu destino.» Ragard quiso gritar que aún no estaba listo, pero las palabras no le obedecieron. La visión se desvaneció tan rápido como había llegado, dejándolo solo con el peso del colgante y la certeza de que aquel lugar lo reclamaba.
Las horas transcurrieron lentamente, cargadas de tensión e inquietud. Finalmente, el vidente volvió en sí de manera repentina. Ahora, de rodillas, permanecía inmóvil, respirando con lentitud, como si el aire pudiera escapársele de más.
—Eres alguien con muchos tesoros escondidos…
Lentamente, y sin desperdiciar energía, el vidente alzó la vista buscando al dueño de aquellas palabras. Frente a él, Drakkar extendió su brazo con una sonrisa enérgica y contagiosa.
—Así somos todos, mi querido Drakkar… así somos todos.
Un amanecer próspero despuntaba en el horizonte. La mañana, acompañada por una brisa ligera y persistente, anunciaba el inicio de un nuevo día. Drakkar, quien había permanecido ausente en su camarote, salió a la proa en busca de sus compañeros. Cerca de la popa divisó a Ragard y Belwën jugando con el pequeño zorro. Buscó a Kanthus, pero no logró verlo en ese momento.
Su mente estaba ocupada con planes y objetivos por cumplir, aunque algunos de estos habían cambiado debido a las experiencias vividas junto a sus amigos.
—En un par de horas llegaremos a la isla para desembarcar a los que se quedan allí —anunció Drakkar mientras se inclinaba para acariciar al zorro.
—Entre ellos nosotros, ¿no es así, Drakkar? —preguntó el vidente, cabizbajo.
—Bueno, he convencido al capitán del navío de llevarnos hasta el otro continente.
—No veo a Kanthus. Tengo una duda… Hemos estado viajando para encontrarnos con Bhail, pero ¿en qué reino del continente se encuentra exactamente? ¿Cuán grande es su culto?
—Sé que te apremia la duda, mi señora Belwën, pero no nos separemos de este joven —dijo Kanthus, apareciendo de pronto—. Quizá no sea lo mejor para nosotros… sino para él.
—Entre tanto enigma, concuerdo con Kanthus—dijo Ragard de súbito.
—Dejemos que despierte. Así podremos saber qué hay detrás de su extraña existencia —concluyó Kanthus.
Se dispersaron en diversas ocupaciones, buscando mitigar la sensación de que el tiempo avanzaba lentamente. La lluvia no cesaba. La calma del mar conjugaba con una atmósfera despejada y apacible.
Pronto llegaron a Bardos, una pequeña isla que formaba parte de las varias estaciones que debían hacer. Allí se quedaron mercaderes con sus mercancías, y poco después zarparon de nuevo, pues no había tiempo que perder. Por su parte, Danav se mantuvo pendiente de su nuevo «aliado», el misterioso joven rescatado del mar, como si intuyera que aquel encuentro marcaría el rumbo de los días venideros.
V.
Dardania.
El viaje estaba casi concluido; habían recorrido una semana y dos días. Durante ese tiempo, hicieron cinco paradas, en las cuales dejaron y recibieron a nuevos pasajeros. Además de transportar soldados hacia la guerra, la principal ocupación del navío era la comercialización. Apenas había pasado la última isla de la cadena de estaciones cuando el vidente, de golpe, recordó a alguien que había quedado guardado en el baúl del olvido.
—Me pregunto dónde estará Thinarion, pobre hombre —comentó Ragard.
Los murmullos no pudieron evitar llamar la atención de Drakkar, quien los encontró llamativos.
—¿Thinarion? ¿Hablas del rey de Dofs?
—Así es. Antes de llegar a Angakog, nos detuvimos en una pequeña villa donde tuve la fortuna de conocerlo. Estaba desdichado; su mundo era una locura.
—¿Y por qué lo encontraste allí?
—Según su anécdota, su ejército había sido exterminado en un ataque sorpresa, y su reino también fue devastado.
—¿Habrá zarpado en alguno de los navíos? —preguntó Drakkar.
Ya la ansiedad comenzaba a reflejarse en su rostro. Algo inquietaba al joven guerrero, quien dejó al vidente a solas y se dirigió a su camarote. Momentos después, regresó con un pequeño pergamino envuelto y tomó un halcón que yacía en la proa, en su jaula. Después volvió, notablemente más tranquilo.
—¿Algo anda mal? —inquirió Ragard.
—No, simplemente necesito saber si ese hombre está a bordo de alguno de los navíos.
—Porque noto que te preocupa la suerte de este rey desdichado.
—Bueno, para serte franco, le serví como segundo comandante de las escuadrillas que comandaba Kagel. Es un buen gobernante, y sé cómo debe sentirse.
—Y más cuando está seguro de que ha perdido a su hijo, su tesoro más querido —concluyó el vidente.
Esas últimas palabras sacudieron a Drakkar, quien no pudo disimular una pequeña, casi invisible sonrisa de confortación. Observaba a su alrededor, tratando de hallar al halcón mensajero, que pronto regresó.
—Amigo, dame tus buenas nuevas —dijo Drakkar, tomando con delicadeza al ave.
Leído el pergamino, Drakkar no pudo soportar el desconcierto. Bajó la mirada triste, y su energía parecía caer en picada.
—¿Hay buenas noticias? —preguntó Ragard, notando el cambio en el joven guerrero.
—No, no hay nadie con ese nombre en ninguno de los navíos. Voy a meditar un momento a solas. Luego hablaremos.
—Ve, tranquilo, enfrenta tus miedos a solas. Es una consolación para guerreros.
Pese a sus intenciones de alentar al joven, el vidente sabía en el fondo que esas palabras no ayudaban en lo más mínimo. La única opción que tuvo fue callar, analizando la situación en su interior.
El Zonotorh, por su parte, paseaba ansioso por la proa del barco, deseando ver tierra firme. Estaba agotado de esta búsqueda incesante que lo había llevado tan lejos, lejos de los suyos, lejos de los planes que había hecho, divagando como una hoja seca en un arroyo.
Finalmente, se quedó quieto, aferrándose a sí mismo, buscando un poco de color y protegiéndose de la lluvia tenue que aún persistía, como si no fuera a terminar nunca. Para él, este lapso había casi acabado con sus energías. Mas su alma, su ser más profundo, ya plegaba un pronto fin.
Ensimismado, recordó los viajes de pesca que solía hacer con su abuelo a los lagos del sur. Esos lagos, de un azul celeste profundo, dejaban al descubierto la amplia variedad de peces que habitaban sus aguas. En esos estanques cristalinos, Ragard no solo veía a su abuelo como un mentor y cuidador, sino como su mejor amigo, alguien en quien confiar plenamente y con quien descubrir sus miedos, por pequeños que fueran. Cada vez que viajaban, Ragard ansiaba pescar un gran salmón dorado, pero ni sus habilidades de pescador, su vara ni su fuerza eran rivales para el pez.
Ambos se sentaban en dos rocas al borde del lago, esperando pacientemente que algún pez hiciera su entrada. El vaivén tenue del agua hacía que Ragard se perdiera en lugares de remota imaginación. Siempre había tenido una fascinación por visitar las islas flotantes de Ormux, y había escuchado historias sobre los antiguos duendes que custodiaban un enorme tesoro. No imaginaba riquezas, sino las aventuras que viviría al lado de los duendes. Tejía sus propias aventuras mágicas cuando un fuerte tirón de su ensoñación lo sacó abruptamente de sus pensamientos.
Las ansias de ver tierra finalmente se vieron satisfechas cuando, a lo lejos, en el horizonte opaco, comenzaron a divisarse los primeros trazos de tierra. Los olifantes sonaron, anunciando que el final del largo viaje estaba cerca. Los viajeros comenzaron a organizarse. Mercancías, niños y ancianos se prepararon para desembarcar en pocas horas.
Donde el vidente se encontraba, sus compañeros llegaron, y en ese periodo, el zorro, que antes era una criatura diminuta, había crecido notablemente. Ahora alcanzaba la altura de las rodillas del Zonotorh.
—Finalmente hemos llegado. —Las palabras de Belwën aliviaron en parte la fatiga acumulada durante el viaje, aunque, a pesar de la ligera sensación de alivio, dentro de todos ellos, la esperanza parecía reavivarse. Sobre todo dentro del vidente, cuya palidez aumentaba a medida que los minutos transcurrían.
Cerca de dos horas y media les tomó llegar a un elegante puerto, azotado por pequeñas olas que rompían lentamente contra las rocas, como si el mar estuviera vacilando, indeciso sobre si liberar su furia o abrazar la calma. El ajetreo dentro y fuera del navío era constante. Nadie podía permanecer quieto, pues aquellos que lo hicieran serían considerados estorbos en medio del caos organizado.
En ese instante, el vidente pidió a Kanthus que llevara a Belwën a un lugar algo apartado del trajín mientras él ayudaba con algunas cargas y tareas de esfuerzo notable. Pero había un problema que no podían ignorar: el forastero.
El joven rescatado del arpón seguía inconsciente. Su respiración era pausada, profunda, como si estuviera sumido en un sueño del que no quería o no podía despertar. Kanthus había improvisado una camilla con dos remos viejos y una lona cedida por el capitán Helseggen, y entre él y Ragard cargaron con el peso del desconocido durante el desembarco.
—Pesa más de lo que aparenta —gruñó Ragard, ajustando el remo sobre su hombro.
—Es la energía que lo envuelve —respondió Kanthus en voz baja—. No es peso físico… es otra cosa.
Belwën caminaba junto a ellos, con una mano apoyada en el hombro de Kanthus y la otra sosteniendo su bastón-sonda. Danav trotaba a su lado, lanzando miradas furtivas al joven inconsciente, como si no terminara de fiarse de aquella presencia silenciosa.
Una vez en tierra firme, el vidente avanzó con mayor tranquilidad, impulsado por el encuentro con sus viejos amigos. Pero la carga del forastero les impedía moverse con soltura, y las miradas curiosas de los transeúntes no tardaron en posarse sobre ellos.
—Pensé que venías acompañado de Drakkar —comentó Kanthus, mientras buscaban un lugar donde dejar al joven para que Ragard pudiera ir en busca de su amigo.
—En realidad, por un momento me olvidé de él. Iré a buscarlo —respondió Ragard, algo distraído, pero con una creciente sensación de preocupación en su pecho.
Dejó al forastero al cuidado de Kanthus y Belwën, que se acomodaron en un rincón del muelle, junto a unas cajas de mercancía apiladas. Danav se tumbó junto al joven inconsciente, apoyando el hocico sobre sus patas, como un guardián silencioso.
En el instante en que el Zonotorh regresaba al barco, un soldado de imponente figura, cuyo tamaño casi lo hacía parecer un gigante, interrumpió su camino. Sus pasos retumbaban con una cadencia pesada que detuvo a Ragard, quien creyó por un instante que iba a ser atacado.
—¿Eres Ragard, el amigo de Sir Drakkar? —La voz del gigante resonó con fuerza, algo agitada, pero clara.
—Sí, soy yo —respondió Ragard, algo desconcertado ante la aparición de aquel hombre.
—He sido enviado con órdenes de entregarte esto. —El gigante extendió sus enormes manos, entregando un pequeño pergamino que parecía de un tamaño insignificante en comparación con su enorme figura. Era el mensaje de Drakkar. Sin decir más, el soldado se dio la vuelta, avanzando sin perder un paso. Tras tres grandes zancadas, se detuvo, giró lentamente y sonrió.
—No te asustes, querido Zonotorh. Él estará bien, lo prometo —dijo con una calma sorprendente, como si estuviera transmitiendo una certeza que solo él conocía.
Ragard, sin palabras, tomó el pergamino con una mezcla de ansiedad y esperanza. Lo desdobló rápidamente, sintiendo la presión de las palabras aún sin leerlas, como si el papel tuviera el poder de aliviar o aumentar el peso de sus temores. Al leer el mensaje de Drakkar, algo en su interior vaciló. Las palabras eran sencillas, pero llevaban consigo una verdad que solo él podía entender.
«No te preocupes por mí, Ragard. Nos encontraremos pronto. Hay asuntos que deben resolverse antes, pero tú eres fuerte. La guerra aún no ha terminado. La verdad está cerca. Recuerda que el viaje no se trata solo de los destinos, sino de los caminos que decidimos tomar. Estaré contigo cuando llegue el momento.
Ragard, no te molestes en buscarme. Mejor concéntrate en encontrar el alivio a todo esto que nos apremia. Debes cuidar de los tuyos; yo cuidaré de ustedes ganando esta batalla. No claudiques, hermano mío, yo no lo haré. Mientras existamos unos para los otros, créeme que esta fatídica existencia tendrá un motivo más para ser mejorada. Hay algo más que debes saber: mi padre fue quien conociste en Angakog… mi padre es el Rey Thinarion, y debo hallarlo.»
Las palabras, aunque reconfortantes en algunos aspectos, no hicieron mucho por calmar su inquietud. La guerra aún no había terminado, y él no sabía cuánto más se vería envuelto en ella. Pero algo en las palabras de Drakkar lo renovó, como si esa esperanza, tan fugaz como fuera, fuera suficiente para darle un nuevo propósito.
«Cuidar de los tuyos», resonó en su mente. Ragard se llevó la mano al pecho, ¿Cuidar de los suyos significaba también aceptar su destino como Avatar? ¿Significaba abrir la cripta de Gardarh y enfrentarse a lo que fuera que allí aguardaba? No lo sabía. Pero mientras plegaba el pergamino y lo guardaba junto a sus cartas, una certeza se abrió paso entre la niebla de sus dudas: Drakkar había elegido su camino. Él aún debía elegir el suyo.
Ragard dejó escapar un suspiro profundo. El sol del día se reflejaba sobre el puerto, y la brisa salina del mar parecía llenar sus pulmones de un aire fresco, casi revitalizante. Sin embargo, una pesadez seguía apoderándose de su ser, un sentimiento de incertidumbre y de lo que aún estaba por venir.
—Vamos, no hay tiempo que perder —dijo finalmente, con un tono firme, como si las palabras de Drakkar lo hubieran empujado a seguir adelante con mayor resolución.
—Sí, tenemos que avanzar —respondió Kanthus, notando el cambio en su amigo, aunque la sombra de la incertidumbre aún se reflejaba en su rostro.
Recogieron al forastero, que seguía sumido en su profundo letargo, y se adentraron en las estrechas callejuelas del puerto. El bullicio comenzaba a apaciguarse a medida que se alejaban de los muelles, pero la actividad seguía siendo frenética en las zonas comerciales. Ragard iba delante, abriendo paso; Kanthus y Belwën cargaban la camilla entre ambos, turnándose para no agotarse; y Danav cerraba la marcha, con las orejas erguidas y los ojos atentos a cualquier movimiento sospechoso.
Había mucho por hacer, muchas preguntas sin respuesta, pero sabían que el viaje no se detendría. Pronto, sin embargo, se toparon con un problema más mundano pero no menos acuciante: el dinero. Las monedas que les quedaban apenas alcanzaban para comprar algo de pan y queso. Cuando intentaron alojarse en una posada modesta cerca del puerto, el posadero los miró de arriba abajo, observó la camilla con el joven inconsciente, y negó con la cabeza.
—Ni aunque tuvieras el doble —les espetó—. No quiero líos con gente que carga heridos misteriosos. Buscaos otra parte.
Dos posadas más les dieron respuestas similares. En la tercera, directamente les cerraron la puerta en las narices. La noche comenzaba a caer, y con ella, un frío húmedo que calaba los huesos. Las calles se vaciaban lentamente, y el grupo se vio obligado a buscar refugio en un callejón lateral, resguardado del viento por dos muros de piedra musgosa y un toldo raído que alguien había abandonado.
—No es un palacio —murmuró Kanthus mientras acomodaba la camilla del forastero contra la pared—, pero al menos no nos lloverá encima.
Belwën se sentó junto al joven inconsciente, con Danav acurrucado a sus pies. La Zonotorh extendió su manta sobre el cuerpo del forastero, asegurándose de que estuviera lo más abrigado posible.
—No sé quién eres —susurró, aunque sabía que no podía oírla—, pero espero que merezcas todo este esfuerzo.
Ragard se apoyó contra el muro opuesto, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la oscuridad del callejón. El cansancio le pesaba como una losa, pero el sueño no llegaba. Su mente no dejaba de dar vueltas: Drakkar, Thinarion, la guerra, el forastero misterioso… y bajo todo ello, como un río subterráneo, la cripta de Gardarh y su destino como Avatar.
En la quietud de aquel callejón, lejos del bullicio del puerto, Ragard creyó oír un susurro. No era el viento, ni el roce de las ratas entre los desperdicios. Era una voz antigua, familiar y ajena al mismo tiempo, que parecía surgir de las profundidades de su pecho. «La cripta te espera, Avatar. Pero antes, debes aprender a ver lo que está delante de tus ojos.» Ragard parpadeó, y el susurro se desvaneció. Solo quedó el silencio de la noche y el peso del colgante contra su piel.
—Descansa —le dijo Kanthus, rompiendo el silencio—. Yo haré la primera guardia.
Ragard asintió, demasiado agotado para discutir. Se dejó caer al suelo, usando su zurrón como almohada, y cerró los ojos. El suelo estaba frío y duro, y el olor a humedad y orines le llenaba la nariz, pero su cuerpo agradeció cualquier cosa que se pareciera al reposo.
A su lado, el forastero seguía inconsciente, respirando con una calma que contrastaba con la agitación interior de todos los demás.
Danav, el zorro druida, permaneció despierto gran parte la noche, con los ojos fijos en el rostro del joven desconocido, como si esperara que, en cualquier momento, aquellos párpados se abrieran y revelaran por fin el misterio que los había arrastrado hasta aquel callejón olvidado, despues de unas horas el zorro tambien durmió.
VI.
Krashdak I.
Lejos, muy lejos de la consciencia, en un lugar donde el tiempo se medía por el gorgoteo de la lluvia y no por el sol ni las estrellas, el forastero abrió los ojos.
Lo primero que sintió fue el frío. Un frío húmedo que se le había metido en los huesos durante quién sabe cuántas horas de letargo. Lo segundo, el sonido del agua al golpear contra la piedra, un repiqueteo constante que le taladraba las sienes. Lo tercero, la oscuridad. No la oscuridad total, sino la penumbra de un callejón olvidado, apenas iluminado por el resplandor lejano de algún farol que la bruma difuminaba hasta convertirlo en un fantasma de luz.
Se incorporó de golpe, con el corazón martilleándole en el pecho. Su espalda protestó por el movimiento brusco; había estado tendido sobre un suelo duro y desigual, con apenas una manta raída bajo su cuerpo. A su alrededor, varias siluetas yacían arropadas en mantas y capas, inmóviles. No supo si estaban muertas o solo dormían. El pánico, frío y reptante, le subió por la garganta.
Retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared opuesta del callejón, y entonces la lluvia lo encontró. Un chorro de agua helada le cayó por el rostro, despertándolo del todo. Alzó la vista al cielo: una masa negra y sin estrellas, como un techo de terciopelo podrido. Las gotas le resbalaban por las mejillas, por el cuello, empapándole el camisón raído que llevaba puesto.
No reconoció nada. Ni el callejón, ni aquellos cuerpos, ni el olor a salitre y podredumbre que el viento arrastraba desde alguna parte.
Se alejó.
Guiado por el desconcierto —ese combustible amargo que tantas veces había alimentado sus pasos—, avanzó a trompicones por el callejón hasta desembocar en una calle más ancha. El mar estaba cerca; lo supo por el olor, por el rumor lejano de las olas rompiendo contra los muelles, por esa humedad salobre que se pegaba a la piel como una segunda epidermis.
El pueblo era un laberinto de casas de varios niveles, apiñadas en una ladera que descendía hacia el puerto. Faroles de aceite colgaban de postes y balcones, pero su luz apenas conseguía horadar la bruma que la lluvia iba espesando. No había nadie. Las calles estaban vacías, como si la noche se hubiera tragado a todos los habitantes y solo quedaran los edificios, mudos testigos de una ausencia inexplicable.
El forastero se frotó los brazos, tiritando. La lluvia arreciaba, envolviéndolo todo en una cortina de agua que difuminaba los contornos del mundo. Caminó sin rumbo, arrastrando los pies, hasta que la calle murió abruptamente en un mirador sobre el mar. Abajo, el agua negra se extendía como un abismo ondulante, salpicada aquí y allá por el reflejo tembloroso de alguna luz lejana.
Un paso más y habría caído.
Se detuvo justo al borde. Giró sobre sí mismo, buscando algo, cualquier cosa que le diera una pista de dónde estaba. Porque de algo sí estaba seguro: lo último que recordaba era el fuego, los dragones, el estruendo de la batalla en alta mar. Y antes de eso… antes de eso estaba el ciego, el templo, la misión que lo había arrastrado hasta aquel infierno.
¿Estoy soñando?, se preguntó. ¿O soñé con fuego y embarcaciones antes de despertar realmente?
Una voz respondió a su pensamiento.
No fue un sonido audible, sino una presencia que se deslizó en su mente como agua entre las grietas de una roca. Suave, femenina, antigua.
«No estás soñando, errante. Estás aquí… entre nosotros.»
El forastero se tensó. De entre la bruma, una figura pequeña avanzó hacia él. Al principio creyó que era un perro callejero, pero a medida que se acercaba, sus facciones se volvieron más nítidas —o tan nítidas como podían ser sin sus lentes—. Era un zorro. Un zorro de pelaje pardo con destellos plateados que brillaban incluso bajo aquella lluvia inclemente.
Danav que habia seguido al extraño joven, se detuvo a unos pasos. Detrás de él, Kanthus, Belwen y Ragard emergieron de la borrasca, recortadas contra la luz difusa de los faroles. Permanecían inmóviles, contemplándolo en silencio mientras la lluvia les empapaba las capas y los rostros.
«Ven con nosotros, errante. Te protegeremos.»
La voz del zorroresonó de nuevo en su mente. Los Zonotorh no hablaron; solo aguardaron.
El forastero farfulló, con la voz rota por el frío y la confusión:
—¿Quién… quiénes son? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está el ciego? ¿Por qué estoy bajo esta lluvia, lejos del fuego, de los dragones?
«Estás a salvo, errante. Fuimos nosotros quienes te trajimos aquí, lejos del horror de la batalla. Confía en nosotros. Te daremos esas respuestas que anhelas.»
Kanthus lo observaba atraves de su monóculo que brillaba débilmente bajo la lluvia. Avanzó un paso. En sus manos sostenía algo: un bulto alargado envuelto en tela encerada, y junto a él, lo que parecía ser una espada enfundada.
El forastero se llevó la mano al pecho. Nada. Su Girjam no estaba. Su mirada descendió hasta su muñeca, donde el Sath-Viu, el regalo de su madre, seguía en su sitio, sujeto a la pulsera de cuero. Lo cubrió instintivamente con la otra mano, protegiéndolo de la lluvia y de las miradas de aquellos extraños.
Cerró los ojos. Suspiró.
—Las anheladas respuestas —murmuró, sin encontrarle gracia a la ironía.
Parecía que no tenía más opción que fiarse. El forastero los siguió. No porque confiara en ellos, sino porque el agotamiento y el desconcierto le habían arrebatado la voluntad de resistirse. Danav iba delante, guiándolos por callejuelas estrechas que serpenteaban entre edificios de madera y piedra. Detrás caminaban los videntes, en silencio, como si supieran que cualquier palabra sería inútil.
Terminaron en otro callejón, similar al primero pero más resguardado de la lluvia. Allí permanecieron durante un tiempo que el forastero no supo medir. La lluvia amainó lentamente, pasando de aguacero a llovizna, y de llovizna a un silencio húmedo solo roto por el goteo de los tejados.
—-No podemos confiarnos de el plenamente, es un joven muy extraño – suscito Ragard
—Si, pero ahora esta con nosotros, debemos entregarle sus pertenencias – Concluyo Kanthus mientras observaba a Danav junto al forastero, con las orejas erguidas y los ojos atentos a la calle principal, como un centinela silencioso.
Finalmente, Ragard y Belwen acedieron ante la insitencia de Kanthus. Este, se acercó al forastero y, con un gesto amable, le devolvió el objeto y la espada envuelta en la tela encerada. El forastero las tomó sin decir palabra, aferrándolas contra su pecho como un náufrago se aferra a un madero.
—Toma creo que esto estara mejor en tus manos sonrió levemente y se retiró, dejándolo a solas con el zorro.
El forastero se frotó el pecho. Bajo el camisón, la herida palpitaba con un dolor sordo y familiar. No se atrevió a mirar; sabía que la maraña negra habría crecido, extendiéndose como una enredadera venenosa bajo su piel. Pero sin la sabiduría de la señora de la casa del árbol, era imposible saber hasta qué punto estaba condenado.
Fue entonces cuando notó algo extraño en su Sath-Viu.
La joya púrpura, engastada en la pulsera de cuero, estaba… opaca. Su color, normalmente vibrante como un ascua a punto de convertirse en llama, se había desvanecido hasta quedar reducido a un tono apagado, casi grisáceo. El forastero frunció el ceño. A simple vista, aquello podía parecer un detalle sin importancia. Pero él sabía, con la certeza de quien conoce los secretos de su propia sangre, que aquel cambio no era baladí.
Algo en él ha desaparecido, pensó. Y eso no es nada bueno.
No queriendo dejar al joven mucho tiempo solo Kanthus volvio a el, en compañia de Danav, que se detuvo junto a él y lo miró fijamente con aquellos ojos dorados y antiguos. El hombre se agachó frente al forastero, de modo que sus rostros quedaron al mismo nivel, y dijo algo con una sonrisa afable.
El forastero frunció el ceño, sin entender. Entonces, la voz del zorro volvió a deslizarse en su mente.
«Kanthus quiere saber si te encuentras bien.»
El forastero asintió, casi por inercia.
«Pero entiendo que nuestra lengua te es un completo enigma. Así que… mírame un momento.»
Extrañado, el forastero obedeció. Sus ojos, desprovistos de lentes, se encontraron con los del zorro. Durante un instante que pareció eterno, sostuvieron la mirada. Luego, los ojos de Danav centellearon con una luz dorada y antigua, y el forastero sintió un fugaz malestar, como si algo hubiera hurgado en los recovecos de su mente y se hubiera retirado con la misma rapidez.
Apartó la mirada, parpadeando.
Ahora podemos comunicarnos todos – Dijo Danav girandose hacia Kanthus, quien no tardó en erguirse, tenderle la mano para ayudarlo a pararse.
—Ven con nosotros. Estoy seguro de que una buena comida te vendría bien.
El forastero lo miró con los ojos muy abiertos. Aquellas palabras… eran suyas. No en el sentido de que le pertenecieran, sino en el sentido de que las entendía, las sentía como propias, como si hubiera nacido hablándolas.
Danav, notando su asombro, le explicó antes de que abandonaran el callejón:
«He usado un viejo hechizo contigo, errante. Ahora puedes entender, leer y hablar nuestra lengua. Es temporal, pero te será de gran ayuda mientras dure.»
El pueblo había despertado junto con el nuevo dia. Las calles que la noche anterior habían sido dominio exclusivo de la lluvia y el silencio se llenaron de vida. Hombres y mujeres cargaban canastos, sacos, alforjas. Algunos caminaban sin rumbo aparente; otros se dirigían a los muelles con paso decidido. Las carretas traqueteaban sobre los adoquines mojados, y los gritos de los mercaderes pregonando sus mercancías se mezclaban con el graznido de las gaviotas.
El forastero siguió a Kanthus y al zorro unos pasos por detrás, con la capucha echada sobre el rostro y la mirada baja. Evitaba cruzar la vista con nadie. No le agradaba la idea de que alguien reparara en sus ojos y, al verlos, pensara que las calamidades estaban por llegar. Porque, seguramente, así sería.
El paseo fue corto. Se detuvieron frente a una casa esquinera, de dos plantas, con la fachada de madera oscurecida por la humedad y un farol apagado junto a la puerta. Kanthus abrió y le indicó que pasara. El forastero permaneció quieto.
Miró a su alrededor: la calle que se bifurcaba, los transeúntes que pasaban sin prestarles atención, el cielo gris que empezaba a clarear tímidamente. Luego miró al zorro, que lo observaba con aquellos ojos dorados e insondables. Finalmente, miró a Kanthus, que seguía sosteniendo la puerta abierta con una sonrisa paciente. Dio un paso. Y entró.
El interior de la taberna olía a salitre, a madera vieja y a pescado frito. No era un establecimiento lujoso, pero sí acogedor a su manera: las mesas eran gruesas, de roble oscurecido por los años, y de las columnas colgaban redes de pesca, arpones oxidados y peces disecados que parecían observar a los clientes con sus ojos de cristal empañado. El mensaje era claro: aquel era un pueblo pesquero, y aquella taberna, su corazón palpitante.
Kanthus levantó el brazo al entrar, saludando a alguien en una plataforma superior. Un hombre corpulento, de mandíbula cuadrada y brazos como troncos, le devolvió el gesto con una inclinación de cabeza. Kanthus y el zorro plateado se dirigieron hacia una escalera de madera que crujía en el fondo del local. Danav se detuvo a medio camino, giró la cabeza y se centró sobre el forastero.
Él, que había permanecido inmóvil junto a la entrada, sintió el peso de aquella mirada. No era una mirada animal; era una mirada que sabía, que esperaba, que invitaba sin palabras. El forastero tragó saliva y avanzó, consciente de que los pocos parroquianos que ocupaban las mesas bajaban la voz a su paso y lo seguían con la vista, como si olfatearan a un extraño en su territorio.
Subió las escaleras. Arriba, el espacio era más amplio y estaba casi vacío, salvo por una mesa junto al borde del balcón, desde donde se dominaba la planta baja. Allí se hallaban Ragard y Belwën. Hablaban de manera animada, con esa soltura que solo da la confianza de los viejos camaradas. Kanthus se acomodó junto a ellos, y Danav.
Para el joven forastero era curioso esta escena, como si fuera lo más normal del mundo que un zorro compartiera mesa y conversación con un grupo de humanos y con la naturalidad de quien ha hecho aquello mil veces, saltó a una silla vacía y se sentó sobre sus cuartos traseros.
«Vamos, únete. Es momento de comer algo.»
La voz del zorro resonó en la mente del joven tímido, suave y clara como el tañido de una campana lejana. El forastero obedeció. Se sentó frente a los cuatro extraños que la noche anterior le habían parecido figuras fantasmales bajo la lluvia, y ahora, a la luz de los faroles y el olor a comida caliente, se le antojaban más reales, más cercanos… y quizá por ello, más peligrosos.
Los observó con atención. Aparte del zorro y Kanthus, recordó—, estaba una joven de piel morena y cabello largo y lacio, cuyos ojos eran completamente blancos, sin iris ni pupila. Y sin embargo, lo miraba directamente a los suyos, como si pudiera verlo mejor que nadie. El otro era un hombre delgado, también de tez morena, con el cabello hasta los hombros y una barba mediana que enmarcaba un rostro afable. Sonreía con una calma que desentonaba con la tensión que el extraño sentía en el pecho.
Ragard se giró e hizo una seña a la mujer que atendía las mesas de abajo. Esta asintió y respondió con un ademán antes de desaparecer hacia la cocina.
«Seguro que las dudas te arropan más que el hambre a nosotros. Pero ten la seguridad de que daremos luz a tus preguntas. Lo primero es presentarnos, y así quedará tendido un puente sobre el abismo que nos separa, errante. Soy Danav.»
El zorro inclinó ligeramente la cabeza, en un gesto casi humano.
—Soy Kanthus —dijo el hombre del monóculo, el mismo que le había tendido la mano en el callejón.
—Y yo soy Ragard —el de la barba mediana levantó la mano con despreocupación—. Ella es Belwën.
La joven de ojos blancos sonrió y asintió.
—Los cuatro nos hemos encaminado en un largo viaje que esperamos concluya bien para todos —continuó Danav, y Zein comprendió que, cuando el zorro le hablaba mentalmente, los demás también lo escuchaban, porque sus rostros permanecían atentos, como si siguieran una conversación audible—. Hay mucho en juego, y debemos ser precavidos con quienes nos encontremos por el camino. Sin embargo, no dudaremos en tender una mano a quien lo necesite. Y en este caso, nuestro camino nos llevó a ti, errante.»
Zein los miró de nuevo, uno por uno. Finalmente, se decidió.
—Soy… Zein. Zein de Krashdak.
Su voz sonó normal, sin la distorsión mágica que había experimentado cuando Zonotorh lanzó aquel hechizo en la tienda de campaña. Era su propia voz, áspera por el desuso y la incertidumbre.
—Zein de Krashdak… un nombre muy peculiar para un joven con ojos peculiares.
—¿Qué hacías en medio de la gran batalla con los dragones? ¿A qué mando sigues? —preguntó Kanthus, con una ceja enarcada.
El silencio de Zein fue la única respuesta. Sus labios se apretaron en una línea fina.
—Entiendo que confiar en nosotros no es lo más inteligente —intervino Danav—, pero puedes hacerlo. No somos mala gente. Además, fue Kanthus quien te rescató.»
El Danav relató entonces, con brevedad pero sin omitir detalle, cómo se habían topado con él en medio de la batalla naval. Cómo el Koulema había disparado el arpón contra el dragón, y cómo, al recoger el cable, el anzuelo se había enganchado en algo que no era madera ni metal, sino un cuerpo humano. Cómo Kanthus fue el primero en percatarse del polizón inconsciente, y cómo, cuando Zein despertó brevemente presa del pánico, él mismo lo había calmado con una magia antigua y sutil.
—Vaya si pateabas, muchacho —rió Kanthus, recordando—. Tuvimos que sujetarte entre varios.
Zein recordaba vagamente un rostro inclinado sobre él, un monóculo brillando bajo la lluvia, y luego… nada. Un sueño denso y sin sueños que lo había arrastrado hasta aquel callejón, hasta aquella taberna, hasta aquella mesa.
—Zein —dijo Belwën, y su voz era suave, como el murmullo del agua—, por alguna razón que aún desconocemos, nos vimos en la obligación de tenderte una mano, de ayudarte a escapar de aquella batalla.
—Te prometí respuestas —añadió Danav—, pero también es necesario que seas tú quien descorra el telón de ignorancia en el que nos hallamos.»
Zein sopesó sus opciones. ¿Cuánta verdad podía compartir con aquellos desconocidos? Su experiencia le gritaba que hablar con sinceridad era una imprudencia, que debía callar y observar, hallar respuestas sin dar nada a cambio. Así que optó por lo mínimo.
—No hay mando al que siga. Y en verdad, no tengo idea de cómo terminé allí… Sencillamente, desperté bajo el mar y, al buscar aire, fui recibido por esa batalla. Después… desperté en el callejón.
—Después de que Kanthus lograra calmarte, dormiste durante el resto del viaje —explicó Ragard, apoyando los codos sobre la mesa—. Tuvimos que mantenerte oculto y cargar contigo al llegar a este puerto. Por desgracia, este viaje ha sido muy costoso, y al no tener con qué pagar una posada, pasamos la noche en un callejón. Fui yo quien descubrió que habías desaparecido mientras dormíamos. Por suerte, dimos contigo en el muelle. Y bueno… aquí estamos.
La mujer que atendía las mesas apareció entonces con una enorme bandeja de madera. Depositó sobre la mesa varios platos humeantes: pescado a la plancha, calamares fritos, pan recién horneado y un cuenco con una salsa roja y espesa que desprendía un aroma especiado. Acompañó todo con una jarra de barro y varios vasos. Los demás se apresuraron a servirse. La mujer se alejó con una sonrisa.
Zein observó la escena con una mezcla de asombro y hambre. La comida tenía un aspecto magnífico, y el olor le hizo la boca agua. Tomó un trozo de calamar, lo bañó en la salsa roja y le dio un bocado. El sabor explotó en su paladar: un equilibrio perfecto entre el dulce, el picante y el umami. Casi se cae de espaldas.
—¿De qué tierra provienes, Zein? —preguntó Belwën, con un trozo de pan a medio comer en la mano.
Zein la miró, con la boca llena. Ragard intervino antes de que pudiera responder.
—Déjalo, Belwën. En estos tiempos, quien quiera guardar secretos está en su derecho, y más ante tres desconocidos y un zorro. —Hizo una pausa, bebió un sorbo de agua y continuó—: Zein, sé que seguramente vienes de muy lejos, pero aun así sabes que estamos ante una guerra inminente. Todos, incluidos los hombres de las mesas de abajo y la amable señora que nos ha servido, son fieles a un bando o buscan uno para cuando la guerra caiga encima. El aire está cargado de secretos, de murmullos que llevarán a traiciones, alianzas, a la derrota o a la victoria. Cualquiera puede ser tu aliado ahora y convertirse en enemigo mañana…
—O al revés —apostilló Kanthus.
—Eso será lo más irónico, pero también cierto. Ya tendremos tiempo de saber a qué bando pertenece nuestro amigo Zein. Pero de lo que estamos seguros es de que hoy no es nuestro enemigo. Así que, sencillamente, comamos como viejos camaradas.
Mientras Ragard hablaba, su voz articulando «Viejos camaradas», pensó. «¿Cuánto tardará este forastero en descubrir lo que soy? ¿Y cuánto tardaré yo en descubrir lo que es él?» La mirada de Zein se cruzó un instante con la suya, y Ragard sintió un leve escalofrío. Aquellos ojos… no eran normales. Y en su mundo, lo que no era normal solía ser peligroso.
Zein bajó la mirada al plato. No dijo nada más. Los demás respetaron su silencio y se concentraron en la comida, que desapareció entre bocados ávidos y alguna risa suelta de Kanthus al recordar la pataleta del forastero.
Danav, mientras tanto, permaneció en su silla, inmóvil, observando a Zein con aquellos ojos dorados e insondables. No comió, no bebió. Solo observó. Como si estuviera esperando algo.
¿Guerra inminente?
Las palabras de Ragard se clavaron en la mente del forastero como un anzuelo en la carne. No era que no hubiera visto conflictos antes —los había visto, y de sobra—, pero aquella era la primera vez, desde que el cristal se deshiciera en luz y lo arrojara a lo desconocido, que escuchaba hablar de una guerra a punto de estallar. Lo más parecido había sido el enfrentamiento entre los esbirros de Nea‑Toka y los seguidores de Zonothor, pero aquello había terminado, y él había sido poco más que un testigo involuntario. Si ahora se avecinaba otra contienda, significaba que había viajado muy, pero muy lejos. Tan lejos que ni siquiera los rumores de la batalla habían rozado sus oídos hasta ese instante.
—¿No te molesta tu espada?
La pregunta de Kanthus lo sacó de sus cavilaciones. El Zonotorh lo observaba con una ceja enarcada, señalando con la cabeza el arma que el forastero llevaba a la espalda. Zein se había sentado en la butaca sin siquiera despojarse del Girjam, como si formara parte de su cuerpo.
—En verdad, no —respondió, encogiéndose de hombros—. Estoy tan acostumbrado a ella que a veces olvido que la cargo.
Kanthus asintió, con la mirada aún fija en la empuñadura que asomaba por encima del hombro del joven.
—Parece un acero de bella manufactura. No es una espada ordinaria. Además, no es un arma que se vea por estos lares. Apuesto a que hay una gran historia en cómo la obtuviste… al igual que la cicatriz de tu rostro.
Zein meditó unos segundos antes de responder. Su mano subió inconscientemente hasta rozar la mejilla marcada.
—En verdad, sí. Esta espada tiene mucho que contar. Y la cicatriz… bueno, es otra historia.
—Una historia como esas son perfectas para una noche frente a una hoguera —sonrió Kanthus—. Así que, si hay oportunidad, estaré encantado de escucharla.
Zein asintió, agradecido. Pero en su interior, era él quien anhelaba escuchar. Escuchar la historia de aquellos extraños, entender dónde había ido a parar y por qué.
Apoyó la mano enguantada sobre la mesa y extendió los dedos hacia uno de los vasos que descansaba a medio palmo de distancia. Esperó. El vaso no se movió. Frunció el ceño y repitió el gesto, concentrando su voluntad en aquellos hilos invisibles que siempre había manejado a su antojo. Nada. El vaso permaneció inmóvil, ajeno a su llamada.
Su don se había esfumado.
Ragard, que masticaba un trozo de pescado con parsimonia, reparó en la mano extendida del forastero y en su mirada fija en el vaso. Alargó el brazo, tomó el recipiente y lo acercó a los dedos de Zein.
—¿Qué esperabas? —preguntó con una media sonrisa—. ¿Que volara hacia ti?
Zein soltó el vaso como si quemara. Entrelazó los dedos sobre el regazo y se hundió en sus pensamientos, en sus temores. Primero, el Sath‑Viu perdía su brillo. Ahora, su don desaparecía. Algo estaba mal. Algo había cambiado en el instante en que obedeció al ciego y tomó aquel cristal. ¿De qué había sido despojado en realidad?
Danav, que había permanecido en silencio sobre su silla, ladeó la cabeza. Sus ojos dorados se posaron en Zein con una intensidad que no era animal. Luego, su voz resonó en la mente del forastero, cálida y antigua como la tierra después de la lluvia.
«Percibo tu agitación, errante. Algo en ti se ha quebrado… o se ha dormido. No fuerces lo que no responde. A veces, el silencio de un don es solo el preludio de una transformación.»
Zein lo miró. Los demás comensales no reaccionaron a las palabras del zorro; era evidente que también las habían escuchado en sus mentes, porque Belwën asintió levemente y Kanthus desvió la mirada, respetando la intimidad del momento. Ragard, en cambio, observó al zorro con una chispa de curiosidad en los ojos. Pero algo corto el silencio de ese momento…
La puerta de la taberna se abrió de golpe.
Seis hombres irrumpieron en el local. Vestían armaduras de un ocre deslucido, melladas por el uso y el desgaste, y yelmos que solo dejaban al descubierto la boca. El ruido de sus botas sobre la madera apagó de inmediato las conversaciones de las mesas. La mujer que atendía se apresuró a recibirlos, secándose las manos en el delantal. El primer soldado le dijo algo en voz baja, inclinándose hacia ella. La mujer asintió y, sin mediar palabra, señaló hacia la mesa del balcón.
Dos de los soldados enfilaron hacia las escaleras. La madera crujió bajo cada uno de sus pasos. Arriba, el grupo guardó silencio. Zein tensó la espalda y aguardó, con la mano instintivamente cerca del Girjam. Los demás, en cambio, apenas se inmutaron. Kanthus siguió bebiendo de su vaso, y Ragard se limitó a observar a los recién llegados con una calma casi indolente.
Los soldados se detuvieron junto a la mesa. Sus yelmos recorrieron uno a uno los rostros de los presentes, deteniéndose un instante más de la cuenta en el zorro que ocupaba una silla como un comensal más. El primero soltó un leve bufido de desagrado. Su mano subió hacia la empuñadura de la espada… o eso temió Zein.
Pero no. De una bolsa que colgaba de su cinturón extrajo un trozo de papel enrollado. Lo abrió y lo depositó sobre la mesa con un golpe seco. Se irguió, se aclaró la garganta y habló con voz estentórea, como si recitara un discurso aprendido de memoria:
—La guerra inminente se acerca, y las fuerzas armadas de Sir Greyfy Absu buscan hombres y mujeres aguerridos que se unan a nuestro contingente. Se les asegurará techo, comida y una generosa paga por defender nuestra causa. Debo recordarles que es su deber defender estas tierras, nuestras tierras, y la victoria está asegurada si luchan bajo el amparo del gran Krieger. Así que, si están interesados y no temen dar su vida por los suyos, por estas tierras, acerquense a la fortaleza del Arrecife. Nuestras puertas estarán abiertas para ustedes.
Ragard alzó su vaso con una sonrisa afable.
—Por Absu.
El soldado hizo una pequeña reverencia y, sin añadir nada más, se retiró junto con su compañero. Sus pisadas resonaron escaleras abajo, y la puerta de la taberna se cerró tras ellos con un golpe sordo. El murmullo de las mesas inferiores tardó unos segundos en reanudarse. Sobre la mesa, el papel enrollado mostraba la invitación para unirse al ejército de Absu y un mapa rudimentario que indicaba la ubicación de la fortaleza del Arrecife.
Kanthus lo tomó, le echó un vistazo y se lo pasó a Ragard.
—Ya lo sabes, Zein —dijo Ragard, devolviendo el vaso a la mesa—. Si quieres que te paguen por usar tu espada y dar tu vida en la guerra, esta es una oportunidad que solo un tonto dejaría pasar.
Al pronunciar el nombre de Greyfy Absu, Ragard sintió un leve escalofrío. Al recordar que este hombre que habia le habia ayudadocon un mapa para regresar a Ormux, habia sido quien en su belico proceder, extermino casi por completo al ejercito de Dofs.
Zein no respondió. Su mirada seguía fija en el papel, pero su mente estaba muy lejos de allí. La guerra, los soldados, aquel nombre —Absu—… todo le resultaba ajeno, como si perteneciera a un sueño del que aún no había terminado de despertar.
Danav, desde su silla, emitió un leve sonido gutural. Luego, su voz volvió a deslizarse en la mente de todos los presentes, como un susurro compartido.
«Greyfy Absu… Ese nombre huele a ceniza y a ambición. Tengan cuidado, amigos. Donde ese hombre pone su mirada, la tierra se agrieta y la sangre corre. No es un señor de la guerra corriente. Es algo más… algo más oscuro.»
Belwën asintió, con su mirada fija en un punto indeterminado.
—Lo sé —murmuró—. Lo he sentido desde que pisamos este puerto. Hay una sombra alargada que se extiende sobre estas tierras. Y lleva el nombre de Absu.
Un silencio espeso se instaló en la mesa. Abajo, los parroquianos seguían con sus conversaciones en voz baja, ajenos a la inquietud que acababa de arraigar en el piso superior.
Zein tomó aire y lo soltó lentamente. No sabía quién era Greyfy, ni qué bando le convenía tomar. Solo sabía que su don había desaparecido, que su Sath‑Viu estaba opaco, y que estaba más lejos de casa de lo que jamás había estado.
Y que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ni idea de cuál era el siguiente paso.
No pasó mucho tiempo antes de que los platos quedaran vacíos. Durante aquel lapso, no hubo más preguntas sobre la procedencia de Zein ni sobre cómo había aparecido en medio de la batalla. Parecía, pensó el forastero con un asomo de ironía, que alguien que emergiera de repente del mar fuera tan habitual como aquel zorro parlanchín compartiendo una comida en la mesa.
Ragard pidió que todos vaciaran sus bolsillos. Esperaba que lo reunido fuera suficiente para pagar la cuenta. Los tres dejaron sobre la mesa varios trozos de metal dorado: seis en total. Zein se inclinó un poco para detallar aquellos discos, perforados por un agujero rectangular en el centro y acuñados con extraños símbolos que no reconoció.
—Bien, esto es lo que nos acompaña… y no es suficiente —murmuró Ragard, sopesando las monedas en la palma de su mano.
—Debimos ir a un mercado y comprar víveres, como propuse —dijo Belwën.
—Era una buena idea —asintió Ragard—, pero no vas a negar que una buena comida caliente es más reconfortante después de pasar la noche en un callejón.
—¿También lo es que nos saquen de aquí a escobazos? —replicó ella, con una ceja arqueada.
—Quizás. Pero créeme, esa amable señora seguro que entenderá en qué dilema nos encontramos y nos dejará salir por la puerta con una sonrisa de satisfacción.
Kanthus se cruzó de brazos antes de intervenir:
—Algo me dice que lo primero es atender los dilemas antes de dejar los platos vacíos.
Zein, que había seguido el intercambio en silencio, no pudo evitar preguntar:
—¿Se supone que con eso pagarán la comida?
Los demás se miraron entre sí.
—Evidentemente… sí —respondió Kanthus, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. ¿Cómo se supone que debe hacerse?
—Con dragmars.
Ante aquella pregunta que a Zein le pareció una tontería, sacó los pocos que le quedaban de la bolsa que colgaba junto a la daga de Morftham. Un puñado de veintitrés pequeñas perlas de color violeta y azul opaco, atadas una tras otra por una fina cuerda de tono azabache. Las depositó sobre la mesa.
Ahora fueron ellos quienes se inclinaron para detallar la serie de esferas.
—¡Dragmars! —exclamó Belwën, con un tono que denotaba más curiosidad que sorpresa—. ¿Quieres decir que esto tiene el mismo valor que las surias?
—¿Surias? —preguntó Zein.
—Nunca había oído hablar de los dragmars —comentó Kanthus, tomando una de las perlas entre el índice y el pulgar para examinarla a contraluz.
—Ni que se pudiera pagar algo con unas canicas —añadió Ragard, con una media sonrisa.
—¿Canicas? —preguntó Zein por segunda vez, sintiendo que la conversación se le escapaba como agua entre los dedos.
—En fin, caballeros —intervino Belwën, con un tono más firme—, ¿podemos solucionar el dilema en que nos encontramos? No podemos perder tiempo. Tenemos que marchar hoy mismo, y nos espera un viaje largo. Dos días, para ser exactos.
—¿Días? —preguntó Zein, y esta vez su voz sonó casi como un lamento.
—Belwën tiene razón —concedió Ragard—. Pero… Zein, ¿me permites?
Adelantó la mano y tomó los dragmars del forastero. Los sopesó, los hizo rodar sobre su palma y esbozó una sonrisa astuta.
—Creo que nuestro amigo Zein ha dado con la solución.
Danav, desde su silla, ladeó la cabeza. Su mirada siguió el movimiento de las perlas con una atención que no era propia de un animal corriente. Luego, su voz resonó en la mente de todos los presentes, cálida y antigua como la savia de un árbol milenario.
—Esas perlas… no son simples abalorios. Huelen a tierra lejana, a sal y a un cielo que nunca he visto. Tengan cuidado, amigos. Lo que para unos es un tesoro, para otros es un presagio.
Los demás asintieron levemente, como si las palabras del zorro fueran lo más natural del mundo. Zein, en cambio, se quedó mirando a Danav con una mezcla de asombro y desconfianza. Aún no se acostumbraba a aquella voz que se deslizaba en su mente sin pedir permiso.
—Déjame ver qué traes ahí —dijo la posadera, tomando los cinco dragmars que Ragard le ofreció.
Los observó con detenimiento al otro lado de la barra, haciéndolos girar entre sus dedos gruesos y enrojecidos por el trabajo. Su rostro, curtido por el salitre y los años, reflejaba una cautela que no se molestaba en disimular.
—¿Y dices que estas raras perlas son valiosas? ¿Por qué?
Ragard afirmó con una sonrisa que pretendía ser segura.
—Porque son piezas extrañas y de gran valor. Cada una equivale a cuatro surias, y son muy comunes en las inhóspitas tierras que hay tras surcar el mar.
La mujer soltó un bufido.
—Pues yo vengo precisamente de esas inhóspitas tierras que hay al surcar el mar, y nunca había visto ni oído hablar de estas cosas.
La sonrisa de Ragard se congeló en su rostro. Era una sonrisa amplia y bastante falsa.
Kanthus, viendo el desastre que se avecinaba, se apoyó en la barra con una soltura ensayada.
—Lo que mi amigo aquí parlotea —dijo, inclinándose ligeramente hacia la mujer— es que esas perlas no son comunes para aquellos de ojos inexpertos. En realidad, pertenecieron a mi familia. Una familia que antaño fue acaudalada y que, por desgracias, lo perdió todo en los albores de esta guerra inevitable. Su valor es incalculable, y estoy seguro de que quien las conserve obtendrá una suculenta ganancia para los días futuros.
La posadera frunció el ceño, no muy convencida.
—A ver si entiendo. Si son de gran valor, ¿por qué cambiarlas por una sencilla comida?
—Señora mía, la situación lo requiere, y no deseamos que sepa o se inmiscuya en asuntos que no serían de su agrado. Pero créame…
Kanthus se inclinó un poco más, y su voz descendió hasta convertirse en un susurro que solo la mujer pudo oír.
—Esas perlas lo valen.
La posadera parpadeó. Por un instante, sus ojos parecieron perderse en los de Kanthus, como si una niebla sutil hubiera nublado su desconfianza. Miró de un lado a otro, se guardó las perlas en el delantal y carraspeó.
—Amigo mío, esas cosas no se cargan así como así, y menos en este puerto. Hay ladrones por doquier. Se están exponiendo con eso.
Se acercó un poco más a Kanthus, mirándolo directamente a los ojos.
—Pero creo que son realmente valiosas, como esa bella voz que le acompaña.
Kanthus rió, con una risa suave y agradable.
—Así que… ¿trato hecho?
—Trato hecho.
Se alejaron de la barra con la dignidad de quien acaba de salir airoso de un lance incómodo. Zein no pudo evitar pensar que Kanthus había usado algo más que palabras para convencer a la posadera. Había visto ese brillo en los ojos de la mujer, esa momentánea suspensión del juicio. Conocía bien ese efecto. Lo había sufrido en carne propia.
Se detuvieron poco antes de alcanzar la puerta. Un hombre, ataviado con una enorme y brillante armadura, se hallaba de pie en la salida, bloqueándoles el paso. Su rostro era maduro a pesar de su juventud; el cabello castaño le caía sobre los hombros, y una sobresaliente cascada de pelo rojizo descendía desde su mentón en una barba espesa y bien cuidada. Ragard fue el único que dio un paso al frente. Su voz sonó con una mezcla de sorpresa y alivio.
—¿Drakkar?
El guerrero de la armadura brillante esbozó una sonrisa cansada, pero sincera.
—Les dije que nos encontraríamos pronto.
Zein observó al recién llegado con atención. Aquel hombre irradiaba una energía distinta a la de los demás: era la energía de quien ha visto la muerte de cerca y ha decidido seguir adelante a pesar de todo. Sus ojos, cansados pero alerta, se posaron un instante en el forastero, evaluándolo en silencio.
—Veo que tienen un nuevo compañero de viaje —dijo Drakkar, señalando a Zein con un gesto de la barbilla.
—Es una larga historia —respondió Ragard—. Te la contaremos por el camino.
—¿Camino? —preguntó Drakkar—. ¿Hacia dónde?
—Hacia Bhail —respondió Kanthus—. Seguimos necesitando respuestas. Y ahora, más que nunca.
Drakkar asintió, como si aquella respuesta fuera la que esperaba.
—Entonces no hay tiempo que perder. La guerra se acerca, y las calles ya no son seguras para los que viajan con secretos. —Miró a Zein una vez más—. Sobre todo para los que viajan con secretos que ni siquiera ellos mismos conocen.
Zein sostuvo la mirada del guerrero sin pestañear. No dijo nada. No hacía falta. Danav, mientras tanto, se deslizó entre las piernas de los presentes y se plantó junto a la puerta, con la cola erguida y las orejas atentas. Su voz resonó por última vez en la mente de todos antes de que abandonaran la taberna.
«Vamos. El camino es largo, y la noche no espera a los indecisos.
Fuera de la taberna, el viento del mar barría las calles con una insistencia despiadada. El cielo, cubierto por un manto de nubes grises y espesas, no auguraba tregua alguna para el resto del dia. El frío se colaba por cada costura, por cada pliegue de la ropa, y se aferraba a la piel como un parásito hambriento.
Ragard y Drakkar se apartaron del grupo y se adentraron en uno de los callejones cercanos. Las sombras los engulleron casi de inmediato, dejando solo sus siluetas recortadas contra la penumbra: dos figuras enfrascadas en una conversación privada, ajena a los oídos del resto.
—Aquí está bien Ragar—, Dijo el muchacho con una carga de misterio en su voz— traigo noticias.
—Deja ya el misterio, escúpelo— añadió Ragard en un tono retrechero.
—Una vez me revelaste que mi padre como te lo deje por escrito, habia cruzado palabras contigo, lo busqué en las zonas aledañas al puerto. Por fin lo hallé en una casa cerca del mar, servia de alimentador de caballos.
—¿El está bien?— Preguntó Ragard.
—Si, un poco delgado… pero bien.— Agregó Drakkar llevándose la mano a su macuto y sacando una caja no muy prócer de adentro— Quiero pedirte un enorme favor…que más bien, te pido es ayuda… mi amigo.
—Solo dime que es.
—Este es el Helgehans, es una reliquia antigua de mi casa, que ha pasado de generacion en generacion hasta llegar a mi padre. Egilderik, es mi hermanastro y fui desterrado por el. Pero por linea jerargica yo soy mayor, asi sea un bastarado en este matarimonio y no tenga sangre real, al existir esta unión…yo soy el heredero. Este estandartarte no es común, el tambien elige y si no se es digno de poceerlo, nada servirá para ser coronado. Yo no puedo solo regresar y coronarme….Elgilderik ahora es un principe mercenario…Se ha aliado con el Zaar del Este, Grify Absu, un matón sin escrúpulos. Yo solo puedo reclamar mi mandato si el muere, pero no quiero…en si, él es el hijo de mi madre…no podria. Tengo un plan…
—Escucho— dijo Ragard dando una pequeña vista al fondo del callejón.
—Veras, mi padre y yo hemos reclutado algunos aliados desde la entrañas de Dofs, Pero mi hermanastro esta controlando casi todo. Sin el Helgehans, solo existe un modo de que el trono quede de nuevo en manos de mi padre… Que Elgilderik sea apresado…casi imposible…o que caiga en guerra. Él dió por muerto a mi padre, y me desterró por bastardo…solo queda derrotarlo en el campo de batalla. Es aquí donde ustedes entran… tu entras. llévate la reliquia, desaparécela en tierras donde nadie sepa de ella, o mejor aún… arrójala al profundo mar. Yo me encargaré de mi padre y de mi hermanastro. ¿Crees que me puedas dara una mano con esa tarea?
—La verdad es muy confusa tu situación, pero seguro tu sabes mejor que nadie, que esta es la salida a esta incrucijada. Acepto— dijo Ragard finalmente tomando la caja en suss manos y luego poniendola dentro de su alforja.
—Toma esta bolsa de Surias, no es una paga, sé que andan reducidos de dinero—.añadió situándose su yelmo de nuevo y avanzando hacia el lado opuesto del callejón, se giró sobre sí mismo y remató diciendo— Por favor despídeme de todos, la verdad quiero eludir preguntas de las cuales tú ya tienes respuestas.
Luego Drakkar, así como llego, ya no estaba más.
La reunión terminó de repente. Ragard salió del callejón con paso firme, pero su rostro delataba lo que sus palabras no decían: una preocupación profunda, oscura, que le ensombrecía la mirada. A escasos pasos del grupo, su semblante cambió, se suavizó en una máscara de falsa tranquilidad. Pero ya era tarde. Todos habían visto lo que escondía.
—Drakkar se disculpa por no despedirse adecuadamente, pero…
—Entendemos —lo interrumpió Kanthus, con una voz que no dejaba espacio a la réplica—. No debes preocuparte.
Ragard asintió, casi aliviado.
—Bien. ¿Qué tal si deambulamos por el mercado a ver qué conseguimos para el viaje?
—¿Con seis Surias? —replicó Belwën, abriendo los ojos por primera vez—. Cabezas de pescado y vísceras, seguro.
—Pues no. Gracias a una contribución de nuestro amigo Drakkar…
Ragard agitó una bolsa que tintineó con el inconfundible sonido del metal. Una sonrisa astuta le curvó los labios.
—…nadie tendrá que comer cabezas de pescado.
Lanzó la bolsa a Belwën, que la atrapó al vuelo con una agilidad impropia de su aparente fragilidad. Ragard echó a andar calle arriba, asumiendo el liderazgo del grupo sin necesidad de palabras.
Zein se disponía a seguirlo cuando, al otro lado de la calle, una figura atrajo su atención. Un hombre avanzaba en dirección opuesta, hacia el mismo callejón del que Ragard acababa de salir. Ocultaba el rostro bajo una capucha, pero bajo su abrigo marrón, Zein alcanzó a distinguir unas botas rojas y un guantelete metálico del mismo color. El encapuchado se percató de que lo observaban y apresuró el paso, desapareciendo en la penumbra del callejón como si nunca hubiera estado allí.
Zein frunció el ceño. Aquel hombre había estado aguardando, igual que ellos, pero en la acera de enfrente. Observando. Esperando.
«¿Nos seguía? ¿O esperaba a alguien más?»
No obtuvo respuesta. Solo el viento y el eco de sus propias dudas.
Krashdak II.
El mercado era un hervidero de voces, olores y colores apagados por la luz grisácea del día. Recorrieron los puestos con la eficiencia de quien sabe que el tiempo y el dinero son bienes escasos. Compraron pan de centeno, queso curado, frutos secos, tasajo de carne salada y una cantimplora de cuero llena de agua dulce. Las seis surias de Drakkar, sumadas a lo poco que les quedaba, alcanzaron justo para llenar las alforjas sin un solo sobrante.
Cuando terminaron, Ragard los guió por una de las calles ascendentes que serpenteaban ladera arriba, alejándose del puerto y del bullicio. Las casas se volvían más escasas a medida que ganaban altura, y pronto el empedrado dio paso a un camino de herradura que se internaba en las montañas. Se detuvieron en lo alto. A sus espaldas, el pueblo se desplegaba como un mosaico de techos y chimeneas que descendía hasta el mar. El océano se fundía con el cielo en un lienzo gris que abarcaba el horizonte entero. El viento sopló con fuerza, y Zein se ajustó el abrigo que Kanthus le había prestado. Pateó una piedra del camino y la vio rodar cuesta abajo, rebotando entre los matorrales hasta perderse de vista. Soltó un bufido.
—Zein —dijo Kanthus, sin volverse—, aquí se separan nuestros caminos si así lo quieres. Puedes acompañarnos mientras buscas el tuyo propio. La guerra se aproxima por el mar, ya lo has visto. Pronto este sitio dejará de ser seguro, y lo más sensato es estar lejos del choque de espadas y escudos.
—Deberías hacerle caso a Kanthus —añadió Belwën—. Es muy sabio para esas cosas.
Zein se giró y encaró a los tres, que ya estaban listos para abandonar el pueblo.
—No creo que sea conveniente. Yo no tentaría a su suerte. Seguro que conmigo la guerra os alcanzaría esta misma noche… o antes.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. ¿De dónde había brotado aquel pesimismo? No era propio de él. O quizá sí, quizá el viejo Zein, el que se escondía bajo capas de desconfianza y cansancio, había decidido asomar la cabeza en el peor momento. Estaba dejándose llevar por la confusión, por el miedo a lo desconocido.
Los tres se miraron entre sí, extrañados. Fue Ragard quien habló a continuación:
—No era la respuesta que esperaba, pero estoy muy seguro de que vendrás con nosotros. No hay nada en este pequeño puerto, Zein. Pero si sigues este camino, si lo haces con nosotros, hallarás a dónde llegar.
Zein sopesó sus opciones. No le hacía gracia internarse en las montañas con tres extraños a los que apenas conocía desde la noche anterior. Pero le apetecía aún menos quedarse atascado en aquel puerto, esperando a que la guerra lo engullera. ¿Y regresar al mar? ¡No, gracias! Con que solo un barco le cayera encima tenía suficiente para el resto de sus días.
De todas las opciones que se le presentaban, partir con ellos parecía la correcta. No la más sensata, quizá, pero sí la única que no olía a derrota.
—¿Y qué hay al final de su viaje? —preguntó.
—La oportunidad que esperamos hallar —respondió Belwën.
Zein no pudo ocultar una sonrisa irónica. «Ahora todo está más claro», pensó.
Ragard le tendió la mano.
—¿Qué dices, amigo Zein? ¿Te unes?
El forastero la miró durante un instante que se le antojó eterno. Temía que, al seguir aquel camino, terminara más perdido de lo que ya estaba. Pero a esas alturas de su vida, había aprendido a caminar sin miedo. O, al menos, a fingirlo. Apretó la mano de Ragard.
—Vamos.
Y sin más palabras, se encaminó por el sendero de herradura que serpenteaba por la ladera de una montaña desconocida. Danav apareció poco después, surgiendo de entre los matorrales como una sombra plateada. Se colocó junto a Zein, con el hocico levantado hacia el viento, y su voz resonó en la mente de todos.
«El camino es largo, y la montaña no perdona a los que dudan. Pero habéis elegido bien, errante. A veces, la única brújula es la confianza en quienes caminan a tu lado.»
Zein lo miró de reojo. Seguía sin acostumbrarse a aquella voz que se deslizaba en su mente sin pedir permiso, pero no pudo evitar sentir un leve consuelo. Al menos, no estaba completamente solo. Belwën, que caminaba unos pasos por delante, se detuvo un instante y volvió el rostro hacia el zorro.
—Danav nació de un huevo que brotó de un Árbol Druida —dijo, como si aquello lo explicara todo—. Es un ser mágico ancestral. Su voz es tan antigua como las raíces del mundo.
Zein asintió, sin saber muy bien qué responder. Cada minuto que pasaba en compañía de aquellos extraños le revelaba una nueva capa de misterio. Y, sin embargo, algo en su interior le decía que estaba exactamente donde debía estar. Mientras ascendían por el camino de herradura, Ragard se llevó la mano al pecho. El colgante seguía frío, pero su peso era una presencia constante, casi reconfortante. «Un nuevo compañero», pensó, mirando a Zein de reojo. «¿Lo habrá enviado Gardarh? ¿O es solo otro peón en este tablero que no termino de comprender?» No obtuvo respuesta. Solo el viento, el crujido de la grava bajo sus botas, y el silencio de la montaña. El Avatar Zonotorh siguió caminando, con la certeza de que cada paso lo acercaba un poco más a la cripta. Y a su destino.
El sendero se estrechaba a medida que ganaban altura. Las nubes, bajas y densas, lamían las laderas de la montaña, envolviéndolo todo en una bruma fría y húmeda. A lo lejos, el mar había desaparecido, devorado por el manto gris del cielo. Zein apretó el paso. No sabía adónde lo llevaba aquel camino, pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que no importaba. Solo importaba seguir adelante. El final de aquella jornada despuntaba tras alcanzar lo alto de la tercera ladera. El camino de herradura se escurría a un costado de las montañas, como una cicatriz olvidada en la piel de la roca. El mar los acompañaba en la lejanía, una franja de plata bruñida que pronto torcería en dirección contraria, y bastaría una última mirada para la despedida.
Zein marchaba tras Kanthus, y este, a su vez, tras Ragard. Belwën iba a la cabeza, y era ella quien permanecía la mayor parte del tiempo en silencio, con su bastón tanteando el terreno.
Desde que iniciaran el viaje, sus compañeros no habían cesado de preguntarle toda clase de cosas sobre el lugar del que provenía. Y al forastero le extrañó, sobremanera, que aquellos tres desconocieran por completo Worlhargen. No sabían nada de la enorme isla, de sus ríos de fuego, de su majestuosa cadena montañosa, de las tres brujas ni del valle de Rionalf. Worlhargen era una de las islas más conocidas en las tierras exploradas, o al menos eso creía él. Y sin embargo, aquellos tres la ignoraban como si se tratara de un mito o de una tierra inventada por un juglar.
—Tu hogar está tan lejos —dijo Ragard, con una mezcla de asombro y respeto— que aún no figura en los mapas que hemos consultado.
Pronto, las preguntas derivaron hacia los motivos que lo habían empujado a abandonar la isla. Zein abrevió su respuesta en un relato escueto: había dejado su hogar para buscar un mejor porvenir. Nada de árboles resplandecientes en sueños, ni de regalos familiares que desprendían un fulgor púrpura, ni mucho menos de la búsqueda de respuestas tras la guía de tres estrellas en el cielo. No. Nada de eso. Relató que había vivido con su maestro, quien lo acogió tras la muerte de su madre, y que, tras la partida de aquel hombre, había decidido emprender su propio camino y contemplar el amanecer en otros lares.
Lo escucharon con atención, sin interrumpir. Y cuando Zein fue quien formuló las preguntas —cómo se habían convertido en compañeros de viaje—, Ragard respondió con una frase que sonó a portazo:
—Fueron las circunstancias de tener a las puertas una guerra inminente.
Fue lo único que dijo al respecto. Ni Kanthus ni Belwën añadieron una sola palabra más. El silencio que siguió fue tan elocuente como cualquier discurso.
La conversación continuó con una revelación que dejó a Zein sin aliento: Belwën era completamente ciega. Él había creído que sus ojos lechosos no eran un impedimento para realizar tareas tan normales como caminar, esquivar obstáculos o atrapar objetos al vuelo… ¡porque era justamente lo que había hecho durante toda aquella jornada! ¿Cómo era posible? Ni Ragard ni Kanthus supieron —o quisieron— responder. Ella se limitó a guardar silencio y a reír con una suspicacia que erizaba la piel. Desde el inicio del viaje, Zein había seguido a Belwën sin cuestionarlo. Y ahora recordaba, con una ironía amarga, que había ido a parar a una batalla en medio del mar por creerse un aventurero y meterse en ruinas siguiendo a un ciego. Ahora descubría que era guiado por otro. Solo esperaba no terminar en un lugar más lejano… o peor.
La noche los alcanzó finalmente, envolviendo la montaña en un manto de sombras y frío. Hallaron refugio bajo el amparo de un árbol torcido y frondoso, justo donde el camino de herradura se adentraba en otra ladera de árboles escasos y retorcidos. Cuando la última luz del cielo se extinguió, los cuatro estaban sentados alrededor de una hoguera, con Danav acurrucado junto a las llamas. Ragard bromeó con Kanthus, asegurando que había hechizado con la mirada a la posadera para que aceptara los dragmars. Kanthus, muy seguro de sí mismo, respondió que él, ante cualquier asunto que involucrara a una mujer, no necesitaba hechizo alguno. Las risas brotaron, cálidas y sinceras, y por un instante el frío pareció retroceder. Luego, Kanthus se lamentó de no tener consigo una flauta para animar la velada. Preguntó a Zein si sabía tocar algún instrumento. El forastero negó con la cabeza.
—Pero conozco a alguien que sabe tocar el arpa como si estrangulara a un pobre gato —añadió.
Las risas regresaron, esta vez más sonoras.
No fue difícil empatizar con los tres. La sinceridad que destilaban sus palabras y sus actos disipaba la bruma de la desconfianza como el sol disipa la niebla matutina. Tras un guiso caliente y razonablemente decente, Belwën y Ragard sucumbieron al sueño, envueltos en sus mantas. La charla de Zein con Kanthus se prolongó un poco más. Frente al fuego, el forastero contó cómo había conseguido la espada de su maestro. Relató la historia de un hábil espadachín que no dudaba en tender una mano al desfavorecido, y cómo, tras su partida, él había empuñado su preciada arma antes de abandonar la villa sin nombre. Aquella espada defendería su vida, y también la de aquellos que la necesitaran. Kanthus escuchó en silencio, con la mirada fija en las llamas. Cuando Zein terminó, habló con una voz grave y pausada:
—Tu maestro debió de ser un gran guerrero. Y cuidar de un pequeño con quien no compartía lazo de sangre… esa fue la acción más generosa que un hombre noble podía demostrar. Un reconocimiento mayor que ser héroe de guerra. Ahora blandes su acero con honradez, y él, dondequiera que esté, se sentirá orgulloso.
Las palabras calaron hondo. Zein no pudo ocultar la inmensa tristeza que lo invadió al recordar la falta que le hacía su maestro. Habían sido estaciones difíciles, y no pasaba un solo día sin que deseara tenerlo a su lado en aquel viaje incierto. Pero al sentir el peso del Girjam contra su espalda, supo que, en cierta manera, su maestro seguía con él. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Kanthus colocó la suya sobre su hombro, en un gesto sencillo y reconfortante.
—Eres un completo desconocido, Zein, pero estás lejos de ser un mal hombre. Así que asegúrate de que tus actos te definan como un discípulo digno de aquel buen tutor.
Avanzaron entre la bruma poco después del amanecer. El bosque se había adueñado de la ladera, y los árboles, altos y silenciosos, parecían observarlos con una paciencia vegetal e inquietante. Las hojas muertas crujían bajo sus botas al ser apartadas del camino de herradura, que seguían sin dilación.
Al igual que la jornada anterior, Belwën iba a la cabeza y Zein cerraba la marcha, tras Kanthus. Sin embargo, marchaban en silencio, empujados por una urgencia que ninguno se atrevía a nombrar. Había algo impregnado en el aire frío, algo que los vigilaba y los seguía desde que la luz del cielo espantara la noche. Zein miró hacia atrás, hacia la bruma enigmática que se arremolinaba entre los troncos. Al volverse de nuevo, se detuvo en seco. Estuvo a punto de chocar con Kanthus, que también miraba hacia sus espaldas. Kanthus lo apartó con el brazo y, dando un paso adelante, se interpuso entre el forastero y lo que fuera que acechaba en la niebla. No solo lo protegía a él; protegía también a Ragard y a Belwën, que se habían detenido unos pasos más adelante.
Fue entonces cuando la vieron.
Una silueta avanzaba hacia ellos desde el corazón de la bruma. Era un hombre delgado, envuelto en un gabán gris que le llegaba hasta las rodillas. Una armadura ligera le protegía los hombros, y un sombrero de ala ancha, negro como la tinta, proyectaba una sombra sobre su rostro. Pero lo que heló la sangre de Zein fue la máscara: lisa, verdusca, sin rasgos, como el rostro de un cadáver olvidado. El hombre se detuvo a una distancia prudente y aguardó.
Una segunda silueta emergió de la bruma y se colocó a su lado. Otro hombre, también enmascarado, aunque esta vez la máscara era de un plateado bruñido que reflejaba débilmente la luz difusa del día. Zein se tensó al reconocerlo. Ya no ocultaba la cabeza bajo la capucha de su abrigo marrón, pero las botas rojas y el guantelete metálico del mismo color lo delataban sin remedio. Era el hombre que los había estado vigilando en el puerto.
Ragard, que se había girado al percibir la detención del grupo, sintió una advertencia antigua, como si dealguna amanera el reconociera a aquellos enmascarados y quisiera prevenirlo. «Grify», pensó. «Tienen que ser hombres de Absu.» Su mano derecha se deslizó instintivamente hacia el interior de su capa, donde guardaba el mazo de cartas. Las sintió vibrar, expectantes. Danav, que había permanecido oculto entre los matorrales, apareció de repente junto a Belwën. Su pelaje plateado brillaba con una luz propia en la penumbra del bosque, y sus ojos dorados se clavaron en los dos enmascarados con una intensidad que no era de este mundo.
—No den un paso más—, resonó su voz en la mente de todos, fría y tajante como el filo de un cuchillo.
—Estos hombres trasnpiran magia corrupta y a lealtades compradas con sangre.- agregó Danav
Los enmascarados no se inmutaron. El de la máscara verdusca alzó una mano, en un gesto que pretendía ser pacífico, y habló con una voz sorprendentemente suave, casi melódica.
—No buscamos pelea, viajeros. Solo venimos a entregar un mensaje.
Kanthus no apartó la mano de la empuñadura de su báculo.
—Hablen, pues. Y que sus palabras sean tan ligeras como sus intenciones.
El enmascarado de la máscara plateada —el de las botas rojas— dio un paso al frente. Su voz, en cambio, era áspera, como el roce de dos piedras de molino.
—Van camino de las montañas del norte. Lo que buscan no se encuentra allí. Dense la vuelta. Regresen al puerto. Es lo mejor para ustedes… y para su nuevo amigo.
Zein sintió que la sangre se le helaba. Aquellas palabras iban dirigidas a él. Los enmascarados sabían quién era. O, al menos, sabían que no pertenecía al grupo. Ragard dio un paso al frente, colocándose a la altura de Kanthus.
—No aceptamos consejos de desconocidos con el rostro cubierto. Digan quiénes son y a quién sirven, o quitense de nuestro camino.
El de la máscara verdusca inclinó ligeramente la cabeza.
—Servimos a un propósito mayor que nosotros mismos. Eso es todo lo que necesitan saber. Su camino termina aquí. Regresen.
Danav gruñó, un sonido bajo y gutural que no presagiaba nada bueno. Su voz resonó de nuevo en la mente de todos, pero esta vez con un filo de amenaza.
—Ya han entregado su mensaje. Ahora, vayanse. O comprueben que este bosque no es tan hospitalario con los que traen tan ruin advertencias.— exclamó Kanthus.
Los enmascarados intercambiaron una mirada. Luego, sin añadir una palabra más, retrocedieron hacia la bruma. Sus siluetas se desvanecieron en la niebla con la misma facilidad con la que habían aparecido, dejando tras de sí un silencio más pesado que el que había antes. Zein exhaló el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Quiénes… quiénes eran? —preguntó, con la voz aún temblorosa.
Ragard no respondió de inmediato. Su mirada seguía fija en la bruma, como si esperara que los enmascarados regresaran en cualquier momento.
—No lo sé —dijo al fin—. Pero sí sé una cosa: nos han estado siguiendo desde el puerto. Y eso no puede ser bueno.
Kanthus asintió, con el ceño fruncido.
—Debemos apresurarnos. Si ellos nos han encontrado, otros pueden hacerlo. Y no todos vendrán con palabras.
Belwën, que había permanecido en silencio durante todo el encuentro, se volvió hacia el camino y reanudó la marcha sin decir nada. Su bastón golpeaba la tierra con un ritmo constante, casi hipnótico.
El grupo la siguió. Nadie habló durante un buen rato. La bruma seguía arremolinándose entre los árboles, y el bosque, que antes parecía simplemente silencioso, ahora se antojaba hostil, como si cada sombra ocultara un par de ojos que los vigilaban.
Zein apretó el paso. No sabía quiénes eran aquellos enmascarados ni qué querían de él. Pero una certeza, fría y afilada, se abrió paso entre la maraña de sus pensamientos: su presencia en aquel mundo no había pasado desapercibida.
Y eso, estaba seguro, no era una buena señal.
Al cabo de un suspiro, todo se torno inquientante, la bruma parecia hablar en un idioma salvaje y peligroso, fue entonces cuando los dos enmascarados surgieron de nuevo…
Ragard se adelantó hasta situarse a la altura de Kanthus. Sus hombros se rozaron, formando una barrera improvisada entre los enmascarados y el resto del grupo. Durante un instante, nada se movió. El bosque contenía la respiración. Y entonces, la bruma los escupió.
Uno tras otro, los extraños fueron emergiendo de la niebla como espectros convocados por un mal sueño. Vestían igual que el hombre de la máscara plateada: abrigo marrón, botas rojas, guanteletes del mismo color carmesí. Rodearon al grupo con una precisión militar, cerrando el cerco sin pronunciar una sola palabra. Zein contó más de veinte figuras a su alrededor, pero estaba seguro de que había más, ocultas tras los árboles y los jirones de niebla. Aquello no era una patrulla perdida; era un destacamento completo. Y dudaba, con cada fibra de su ser, que sus intenciones fueran reclutarlos para una causa noble.
Nadie se movió. Ni el hombre del sombrero, ni los enmascarados, ni el anillo de soldados que los aprisionaba. El silencio era absoluto, roto únicamente por el susurro del viento entre las ramas desnudas.
Zein bajó la mirada hacia su mano izquierda. Temblaba. Un temblor leve al principio, pero que fue creciendo hasta convertirse en un castañeteo incontrolable. Sus dientes siguieron el mismo camino, entrechocando con un sonido que le pareció ensordecedor en medio de aquella quietud. La repentina aparición de aquellos hombres no auguraba nada bueno. Lo sabía. Lo había vivido antes, en otros lugares, con otros rostros.
Ragard habló, casi sin mover los labios, con un susurro que apenas llegó a los oídos de Zein:
—Zein… toma a Belwën y huye con ella. Protégela, por favor.
El forastero asintió, sin atreverse a articular palabra. Sus músculos se tensaron, preparándose para la carrera. Pero, ¿hacia dónde? Los hombres habían tejido un cerco casi perfecto a su alrededor. Escapar no sería fácil. Y llevar a Belwën consigo haría la tarea aún más difícil, si no imposible. El enmascarado del sombrero levantó la mano. Fue un gesto lento, casi ceremonial. Los soldados que lo rodeaban, atentos a su señal, desenvainaron las espadas al unísono. El sonido del acero al abandonar las vainas rasgó el silencio como un lamento metálico. Y avanzaron.
—¡Ahora, Zein!
La orden de Ragard estalló en el aire frío. Kanthus, sin perder un instante, cerró el puño derecho y lo estrelló contra la palma de su mano izquierda. El aire escapó de entre sus dedos con un silbido agudo, y la bruma, que hasta entonces había sido un velo pasivo, se convirtió en una cortina espesa y cegadora que lo devoró todo. El mundo se redujo a un blanco sucio, a sombras informes que se agitaban en la niebla, a sonidos distorsionados por la humedad.
Zein no tuvo tiempo de girarse. Una mano —la mano de Belwën— lo agarró del brazo y tiró de él con una fuerza insospechada. Kanthus y Ragard desaparecieron de su vista, engullidos por la bruma, y el forastero se vio corriendo tras la Zonotorh invidente como si fuera ella quien lo protegiera a él, y no al revés.
—¡Espera! —jadeó, pero Belwën no le hizo caso.
Corrió tomándolo del brazo, arrastrándolo entre los árboles y los matorrales, esquivando raíces y piedras con una precisión que desafiaba toda lógica. A sus espaldas, el sonido del combate estalló: el choque del acero contra el acero, gritos ahogados, el crujido de ramas al quebrarse. Ragard y Kanthus se habían enfrascado en la pelea.
Belwën no se detuvo hasta que la bruma se disipó apenas un poco, lo justo para distinguir las siluetas de los árboles cercanos. Se paró en seco y giró el rostro, sin ver en realidad, hacia la niebla que se arremolinaba detrás de ellos.
—Aquí vienen —dijo.
Zein escuchó las pisadas sobre la hierba húmeda antes de verlos. Desenvainó el Girjam y detuvo un feroz mandoble que surgió de la nada. El impacto resonó en sus brazos como un latigazo. El soldado enmascarado arremetió de nuevo, descargando tres golpes consecutivos que hicieron retroceder al forastero un paso. Al cuarto, la espada de Zein encontró un hueco en su defensa y lo atravesó limpiamente. El hombre cayó sin un grito.
Otros dos soldados aparecieron de inmediato, saltando sobre el cuerpo de su compañero caído. Buscaban cercenarle la cabeza. El Girjam, más rápido, trazó un arco defensivo que los mantuvo a raya, lejos de Belwën. Uno de los atacantes, frustrado al ver que no lograban alcanzar al forastero, apartó a su compañero de un manotazo. Sus ataques eran poderosos, brutales, pero predecibles. Zein esquivó un tajo horizontal y el soldado clavó su espada en la tierra blanda. Su rostro, expuesto por un instante, recibió un codazo seco que lo hizo tambalearse. Antes de que pudiera recuperarse, el acero del Girjam le atravesó el corazón.
El segundo soldado gritó —un sonido ahogado por la máscara— y trató de ensartarlo con una estocada. Zein rodó hacia un costado, sintiendo el roce del aire desplazado por la hoja enemiga. El soldado pasó de largo, giró sobre sus talones… y se encontró con el contraataque. Cayó cuan largo era y rodó pendiente abajo, desapareciendo entre la bruma.
Tres más surgieron de la niebla. El primero se estrelló de cara contra un árbol oculto cuando el Girjam rompió su defensa y una patada certera lo envió contra el tronco con un crujido sordo. El segundo levantó su arma, seguro de que partiría la cabeza del forastero como un melón maduro. Zein clavó la mirada en su pecho. Esperó. Esperó a que su don lo golpeara, a que aquellos hilos invisibles que siempre había manejado a su antojo lanzaran al soldado por los aires. Podía esperar hasta que le salieran escamas, porque el miserable enmascarado no se movió ni un palmo.
¡Olvidaba que había perdido su don!
Krashdak III.
El Girjam se movió por puro reflejo. Detuvo la estocada que iba directa al melón que tenía por cabeza, pero la fuerza del impacto lo arrojó de espaldas. Ambos cayeron sobre el colchón de hojas marchitas. La espada escapó de sus manos y rodó fuera de su alcance. El enmascarado cayó cerca, aturdido.
Zein se incorporó como pudo, pero su preocupación se volcó de inmediato en el otro soldado, cuya espada ya describía un arco hacia su garganta. Se dejó caer, giró sobre sí mismo y, con un movimiento desesperado, logró aferrar al hombre por los brazos cuando intentaba por segunda vez atinarle. Recordó las lecciones de Axthel en el Liberlula: usó la propia fuerza del soldado en su contra, lo desarmó y lo envió de espaldas contra el suelo. Luego, su bota se estrelló contra el rostro enmascarado, lanzando la máscara a volar entre las hojas. El soldado quedó inconsciente.
Como un rayo, Zein se abalanzó sobre el que quedaba. El hombre apenas lograba ponerse en pie cuando el forastero lo embistió con todo su peso, mandándolo a rodar por la pendiente. El cuerpo del soldado rebotó entre los árboles, entre tumbos, hasta que la bruma lo devoró por completo. Zein cayó de rodillas. Jadeaba, con el pecho ardiéndole como si alguien hubiera encendido una hoguera bajo sus costillas. Se llevó la mano al torso, justo donde la maldita molestia palpitaba con un dolor sordo y familiar.
Una mano se posó en la hombrera de su Girjam. Zein cerró el puño, listo para estamparlo en la cara de otro soldado. Pero era la mano de Belwën.
—Zein —dijo ella, con una urgencia que no admitía réplica—, regresa con Ragard y Kanthus. Necesitan tu ayuda.
—¿Estás loca? No pienso dejarte aquí. Se supone que debo protegerte.
Belwën giró el rostro en todas direcciones, como si pudiera ver a través de la bruma y el temor que la envolvía.
—Nadie nos acecha. —Sus ojos blancos se posaron en él, y Zein tuvo la inquietante sensación de que lo estaba mirando directamente al alma—. Estaré bien. Te pido que regreses con ellos… Por favor.
La duda lo mantuvo clavado en el suelo. Dejar a Belwën no era razonable. Pero ella había demostrado, con creces, que podía velar por sí misma aunque le faltara la vista. En cambio, Ragard y Kanthus estaban superados en número, y su espada sería de más ayuda en su lucha que aguardando a que el enemigo los encontrara. Y ella se había dado cuenta de ello mucho antes que él. Zein refunfuñó algo ininteligible. Asintió, al tiempo que buscaba a tientas la empuñadura del Girjam entre las hojas.
—Escóndete. Y ni se te ocurra salir hasta que no estés segura de que somos nosotros.
—Tú olvídate de mí. Ve en esa dirección. —Señaló hacia un costado, sin titubear—. Ellos están allá. Zein… ¡corre!
Obedeció. Recuperó su espada, la aferró con ambas manos y se preparó para meterse en otra pelea al regresar sobre sus pasos. La bruma lo recibió de nuevo, fría y húmeda, como el aliento de un cadáver.
En medio del caos, mientras Kanthus y él contenían a los soldados que los rodeaban, Ragard sintió un leve calor en el pecho. Como si Gardarh, desde dondequiera que estuviera, reconociera el sacrificio de aquel muchacho de ojos extraños que luchaba por proteger a una mujer a la que apenas conocía. – Zein -, pensó Ragard mientras bloqueaba un golpe con su espada, – quienquiera que seas, bienvenido a la danza -.
Danav, mientras tanto, apareció junto a Belwën como una sombra plateada. Sus ojos dorados brillaron en la penumbra de la bruma y decidio permanecer con ella.
Belwën, sin pronunciar palabra. Su sonda se deslizó entre sus dedos, adoptando la posición de combate. A su alrededor, el bosque guardaba silencio. Pero ella sabía que, si alguien se acercaba, lo oiría mucho antes de que pudiera tocarla. El zorro druida se sentó a su lado, con las orejas erguidas y los sentidos alerta. Juntos, aguardaron en la bruma, mientras a lo lejos el sonido del combate seguía desgarrándose en el aire frío de la montaña.
La bruma se rasgó como un velo viejo, y el estruendo de la batalla golpeó a Zein en pleno rostro. Se detuvo en seco, alzó el Girjam y se preparó para enfrentar lo que fuera que aguardaba al otro lado de la niebla. Pero lo que encontró distaba mucho de la carnicería que había temido.
Ragard y Kanthus luchaban contra los más de veinte soldados que aún quedaban en pie, y ninguno de aquellos hombres parecía representar una amenaza real. No era destreza con la espada lo que los mantenía a raya, sino algo más profundo, más antiguo. Magia. De las manos de Ragard brotaba una energía azul, poderosa y etérea, que se desprendía de sus dedos como zarcillos de fuego frío. Con la espada corta desviaba y bloqueaba las embestidas enemigas, pero era con la mano libre con la que realmente castigaba: cada gesto, cada movimiento de su muñeca, desataba un destello azulado que arrancaba a los soldados del suelo y los lanzaba por los aires como paja ante un ventarrón. Caían tendidos, inmóviles, sin que sus armaduras ni sus botas rojas les sirvieran de nada. Kanthus era aún más temible. El Zonotorh emanaba la misma magia azul con ambas manos, con una destreza que helaba la sangre. Los soldados ni siquiera lograban acercarse; la energía los golpeaba a distancia, derribándolos como piezas de un tablero que alguien hubiera barrido con desdén. Sus cuerpos salían despedidos entre gritos ahogados, y caían pesadamente sobre el césped húmedo, formando un anillo de cuerpos alrededor de los dos hechiceros. El Girjam descendió lentamente en las manos de Zein. No tenía nada que temer. Ni siquiera tenía algo que hacer. Era un simple espectador en aquella nefasta derrota que los enmascarados estaban sufriendo.
Dos soldados más volaron por los aires y aterrizaron a pocos palmos del último hombre que aún sostenía su espada. Este, con las manos temblorosas, dejó caer el arma al suelo. Recorrió con la mirada a sus compañeros caídos, dio un traspié y echó a correr. Sus botas rojas pisotearon el césped con desesperación mientras huía, pasando cerca del hombre del sombrero negro, quien lo siguió con la mirada hasta que el sonido de sus pisadas se perdió entre los árboles. El del sombrero no se había movido de su sitio en todo el combate. Ahora, en medio del silencio que seguía a la tormenta, encaró de nuevo a Kanthus y a Ragard. De las manos de ambos aún se desprendían jirones de magia azul, como brasas a punto de extinguirse.
Ragard reparó en Zein, que permanecía unos pasos atrás, solo. Al verlo allí, con el Girjam en la mano y el pecho agitado, soltó una risa corta.
—Imagino que Belwën te convenció de que tu espada era más útil aquí que protegiéndola.
—Estaba segura de que necesitarían mi ayuda con los soldados —respondió Zein, aún sin aliento—. Pero, por lo visto , estaba muy equivocado. La risa de Ragard se apagó. Su voz cambió, volviéndose grave.
—No, Zein. Ella no se refería a esos soldados.
El del sombrero negro alzó una mano y se llevó los dedos al rostro. Retiró la máscara verdusca con un gesto lento, casi ceremonial. No era un hombre.
Era una mujer. De piel blanca, tan pálida que parecía no haber visto el sol en años, y un rostro demacrado que evocaba el de un cadáver recién desenterrado. Pero lo que heló la sangre de Zein no fue su tez cadavérica, sino sus ojos: uno era blanco, completamente lechoso, sin iris ni pupila; el otro, de un color pardusco, turbio como el agua de un pantano. Ambos estaban abiertos de par en par, desorbitados, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa siniestra que no presagiaba nada bueno. Zein levantó el Girjam y se colocó a la altura de Ragard. La mujer contempló la máscara que sostenía en la mano con una mueca de asco antes de arrojarla junto a uno de los soldados caídos.
—Que nuestro rostro pétreo encarne la muerte para nuestros enemigos—recitó, con una voz que era a la vez sedosa y quebrada—. El lema del señor de la guerra, Egilderik, quien contrató mis servicios. Es muy conocido lejos de estas tierras. Por esa razón fui obligada a ocultar mi rostro, porque, lo quisiera o no, ya era uno de ellos. ¡Ignorantes! Hay rostros capaces de infundir miedo, de matar de espanto, de ahogar en la desesperación a una presa… y una presa asustada es un verdadero deleite.
Allí en ese momento, Ragard comprendio que no se trataba de Sir Grify Absu… en el fondo sintió alivio, de que este inoportuno personaje, no agrandara mas el infortunio entre él y Drakkar. Aplastó la máscara entre sus dedos como si fuera de papel, y los restos cayeron al suelo.
—Insistieron en que un puñado de sus hombres bajo mi mando aseguraría que aquel objeto tan valioso terminara en sus manos. No culpo su optimismo, pero sí su arrogancia al subestimarme. Valgo el doble que todos estos inútiles juntos, y aún más si la recompensa lo merece. Y no hay mejor recompensa que una buena presa… Y ustedes parecen que la valen.
Dio un paso adelante. Y se hizo más grande.
Un segundo paso. Su cuerpo se dobló con un crujido espantoso de huesos al quebrarse, la columna vertebral retorciéndose como una serpiente atrapada en una trampa. El tercer paso lo dio ya transformada: el rostro de mujer había desaparecido. En su lugar, una cabeza alargada y monstruosa, erizada de dientes que brotaban en desorden como púas de una criatura abisal. Tres lenguas de serpiente, largas y palpitantes, se deslizaron fuera de sus fauces, serpenteando en el aire frío. Su ojo pardusco había desaparecido, dejando una cuenca vacía y espantosa que parecía absorber la luz.
Su cuerpo crujió de nuevo al hacerse aún más grande. Los brazos, largos y huesudos como ramas de un árbol muerto, cayeron sobre el césped, pero su ropaje, su armadura e incluso el sombrero negro seguían en su sitio, creciendo junto con el resto de aquella masa deforme. Le habían bastado tres pasos para convertirse en un monstruo enorme, tan alto como una casa de dos niveles, tan horrible que la sangre de Zein se heló en sus venas y le obligó a retroceder un paso. Todos lo hicieron.
El ojo blanco de la criatura giró sin control en su órbita, bailando de un lado a otro hasta detenerse en ellos. Luego, con un movimiento brusco que hizo crujir su cuello como si fuera a partirse, abrió la boca y dejó que sus tres lenguas serpentearan libres antes de hablar. Su voz era un trueno ronco, una mezcla de la mujer que había sido y de algo mucho más antiguo y hambriento.
—Estos hombres sirvieron a su único propósito: mostrarme por qué Drakkar confió el Helgehans a ustedes, por qué arriesgarse a sabiendas de que estábamos tras sus pasos. Ahora, cuando mi puño se cierre sobre el Helgehans, el deseo de Egilderik por reclamar el trono estará un paso más cerca. Pero de lo que estoy completamente segura… es de que esta será una cacería que disfrutaré hasta el final.
Zein sintió que el Girjam le pesaba como una losa en las manos. Aquella cosa no era un soldado, ni un hechicero. Era una pesadilla hecha carne, y estaba allí, frente a ellos, con un solo ojo blanco fijo en su presa.
Ragard y Kanthus intercambiaron una mirada fugaz. La magia azul aún chisporroteaba en sus dedos, pero sus rostros reflejaban la misma certeza: la batalla no había hecho más que empezar. Y esta vez, no bastaría con lanzar soldados por los aires.
El monstruo avanzó. El suelo tembló bajo sus pisadas. Y el bosque, que había guardado silencio durante la matanza, pareció contener la respiración una vez más.
No fue un temblor, ni una sacudida provocada por la magia de Kanthus o Ragard; fue un desplazamiento sutil, como si el suelo mismo se hubiera convertido en una alfombra que alguien tiraba desde el otro extremo del claro. Zein tuvo la fugaz certeza de que aquella criatura, a pesar de su tamaño colosal, los estaba arrastrando hacia ella. Y entonces comprendió que estaba equivocado. El monstruo no los arrastraba. El monstruo ya estaba allí. Apareció sobre ellos sin previo aviso, con las fauces abiertas como un abismo húmedo y los brazos extendidos como ramas de un árbol muerto. No hubo tiempo para gritar. La sombra de aquella mole los engulló por completo, y Zein sintió que el aire se le escapaba de los pulmones ante la inminencia del golpe.
Solo Kanthus fue capaz de reaccionar con la misma velocidad. Se materializó frente a ellos, las manos ya en movimiento, trazando un arco invisible que se solidificó en un escudo de magia azul. El primer impacto del monstruo resonó como un trueno, pero el escudo aguantó. La bestia, frustrada, estampó un puñetazo colosal contra la barrera. El escudo reventó en una lluvia de fragmentos luminosos, y la onda expansiva los arrojó a todos por los aires.
Zein salió despedido hacia atrás. Su espalda se estrelló contra el tronco de un árbol cercano, y luego cayó de bruces sobre la hierba húmeda, con el sabor de la tierra y la sangre mezclándose en su boca. Ragard fue el primero en ponerse en pie. De su mano libre brotó una lengua de luz azul que surcó el aire hacia el monstruo, pero la criatura ya no estaba allí. Había saltado a un árbol cercano, rodeando el tronco con una agilidad repugnante, como una lagartija de pesadilla, antes de abalanzarse de nuevo sobre el Zonotorh.
Ragard no se movió. Plantó la palma de su mano contra el suelo, y una runa azul, vasta y antigua, se dibujó en la tierra bajo sus pies. La runa estalló en una columna de luz que se alzó hacia el cielo nublado. El monstruo chocó contra aquella barrera mágica con la misma elegancia que un muslo de pollo estrellándose contra un muro de piedra. Cayó de espaldas, aturdido.
Antes de que pudiera recuperarse, una esfera de fuego azul descendió del cielo, atravesando el dosel de ramas como un meteoro enviado por los dioses. Impactó de lleno en el pecho de la bestia. Las llamas se expandieron en un anillo de calor y luz, para luego contraerse vertiginosamente hacia un único punto: la mano de Kanthus, que emergió de entre la deflagración con los dedos aún humeantes.
El monstruo abrió sus fauces, dispuesto a engullir al Zonotorh de un solo bocado. Pero lo que se tragó no fue carne, sino el poder concentrado que Kanthus sostenía en su palma. La cabeza de la bestia reventó. Se partió en dos como una fruta podrida, salpicando sangre oscura y sesos por todo el claro. Los restos cayeron sobre los soldados inconscientes, sobre la hierba, sobre los troncos de los árboles cercanos. Un silencio espeso, cargado de asco y alivio, se instaló en el bosque. Zein se incorporó apoyándose en el árbol, quejándose por el dolor que le recorría la espalda. Contempló la escena con una mezcla de asombro y repugnancia. Ragard y Kanthus seguían en guardia, con la magia aún chisporroteando en sus dedos, como si no terminaran de creerse que aquello hubiera acabado.
—Vaya —dijo Zein, con una risa nerviosa que le salió del pecho sin permiso—. Eso fue… rápido.
Se llevó la mano al Girjam y retiró un trozo informe de algo que, hasta hacía un instante, había formado parte de una cabeza monstruosa. Se disponía a arrojarlo lejos cuando el fragmento se deshizo en humo entre sus dedos. No solo aquel trozo: el cuerpo entero del monstruo, la sangre, los sesos esparcidos… todo se evaporó en una niebla densa y susurrante que se elevó del suelo como un aliento pútrido. Un siseo extraño los envolvió. No provenía de un punto concreto, sino de todas partes y de ninguna a la vez, como una lluvia invisible que cayera sobre sus cabezas. Zein aguzó el oído, girando sobre sí mismo. Los demás hicieron lo mismo. Fue entonces cuando lo vieron.
En el tronco del árbol desde el que el monstruo había saltado sobre Ragard, un bulto palpitaba bajo la corteza. No estaba allí antes. Había aparecido de repente, como un tumor que creciera a una velocidad imposible.
—No me equivocaba… —dijo el bulto, y su voz era la de la mujer enmascarada, aunque distorsionada por la madera—. Son Kriegën poderosos. Presas dignas de esta cazadora.
La corteza se desvaneció como si nunca hubiera existido, y en su lugar, el monstruo apareció aferrado al tronco, con sus largos brazos rodeando la madera y su ojo blanco fijo en ellos. Sonreía. Una sonrisa cruel, confiada, que no presagiaba nada bueno.
—Sé que no se rendirán tan fácilmente… Así que les propondré algo. Entreguenme el Helgehans y damos por terminada esta escaramuza. No hay necesidad de perder la cabeza por cargar un peso que no os corresponde. Doy mi palabra de que viviran, y creanme: bajo esta apariencia se esconde una persona razonable. Sin embargo, si deciden luchar, esto acabará mal para ustedes. Y también doy mi palabra de que así será. Tomen la decisión que tomen, seré yo quien gane. Tanto si obtengo la recompensa de ese lunático de las máscaras, como si disfruto del deleite de una buena cacería… Así que… ¿cuál es suya…?
No terminó la frase. Los brazos de Kanthus se encendieron en respuesta, envueltos en llamas azules que rugieron como bestias hambrientas.
El humo en el que se había convertido el cadáver del monstruo abatido atacó a Kanthus como un animal salvaje. Lo envolvió en un remolino denso y asfixiante, lo arrastró por el suelo y lo elevó hacia la copa de los árboles. Las ramas crujieron al quebrarse bajo el impacto del cuerpo del Zonotorh.
—¡Kanthus! —gritó Ragard, y su voz se quebró por la impotencia.
Encaró al monstruo, dispuesto a lanzar otro hechizo, pero la bestia cerró la boca con fuerza. Al instante, la tierra bajo sus pies se agitó. Columnas de piedra, tan gruesas como árboles centenarios, brotaron del suelo por todas partes, rasgando la hierba y alzándose hacia el cielo gris. El claro se convirtió en un laberinto de pilares pétreos que surgían sin orden ni concierto.
En medio del caos, el monstruo sacó su brazo izquierdo de detrás de la espalda. Sostenía a uno de los soldados caídos, un muñeco de carne inerte que arrojó contra Zein sin miramientos. El cuerpo no le dio de lleno, pero sus piernas golpearon la espalda del forastero con la fuerza suficiente para derribarlo. Zein cayó al suelo, maldiciendo entre dientes, mientras el soldado rodaba a un lado.
Ragard esquivó una columna que brotó a sus pies y corrió hacia el árbol donde había visto al monstruo. Pero cuando llegó, la bestia ya no estaba. Se detuvo en seco, jadeando, y alzó la vista. Allí, encaramada en lo alto de una de las columnas de piedra, la criatura lo contemplaba como una gárgola viva, con su único ojo blanco brillando en la penumbra del bosque. Ragard saltó a un costado un instante antes de que el monstruo se dejara caer sobre él. La tierra tembló con el impacto.
El Zonotorh extendió su espada hacia un lado. La magia de su mano libre se deslizó por la hoja, envolviéndola, transformándola. La espada se combirtio en una hoja de fuego azul con la que pretendía partir en dos a la deformidad. Ragard gritó con todas sus fuerzas y lanzó un mandoble horizontal que arrasó con todo lo que encontró a su paso.
El ataque pasó a un palmo de la cabeza de Zein, que se agachó instintivamente. Árboles, columnas, rocas… todo voló por los aires, seccionado por aquella hoja de luz azul. Pero el monstruo abrió sus fauces y apresó la magia entre sus dientes, deteniendo la estocada en seco. Cerró la mandíbula. La magia estalló en una humareda azul que la bestia aspiró por completo, deleitándose como si fuera el aroma de un manjar cocinándose a fuego lento. El rostro de Ragard lo dijo todo. Aquella cosa iba a devorarlos.
El monstruo arrancó una de las columnas de piedra del suelo, la alzó sobre su cabeza y la dejó caer sobre el Zonotorh. Ragard se rodeó con una coraza de magia azul que soportó los tres primeros golpes. Al cuarto, el escudo se hizo añicos junto con la columna. Los fragmentos de piedra cayeron a los pies de la bestia, que alargó su mano huesuda y rodeó a Ragard con sus dedos nudosos.
El Zonotorh forcejeó, herido, intentando liberarse. Fue alzado hasta quedar a escasa distancia de aquellas fauces repletas de púas. La bestia lo examinó de cerca, con detenimiento, y luego, perdiendo todo el interés, lo arrojó a un lado como quien aparta las sobras de una comida que no le apetece.
Su ojo blanco giró, buscando. Se posó en Zein, que seguía tendido en el suelo, paralizado por el miedo, junto al cuerpo del soldado que le habían arrojado.
—No… —murmuró la bestia, y su voz resonó como un trueno lejano—. Aunque tu aroma no es de aquí, cualquiera puede ver que tú no…
Se interrumpió. Se irguió por completo, alzando la cabeza por encima de las columnas de piedra, y observó el bosque a su alrededor. Olisqueó el aire que traía el viento. Sus tres lenguas de serpiente se deslizaron fuera de sus fauces, bailaron en el aire como si saborearan algo invisible, y luego se replegaron en su boca.
—La ciega —dijo.
Y sin añadir una palabra más, su cuerpo se inclinó hacia adelante y echó a correr contra el viento, en la misma dirección en la que Zein había dejado sola a Belwën.
Al correr, los árboles se apartaban a su paso, quebrados como cerillas. En cuestión de segundos, la mole desapareció entre la bruma, dejando tras de sí un rastro de destrucción y un silencio cargado de presagios. Zein se incorporó como pudo, con el corazón martilleándole en el pecho. Ragard, herido y magullado, se apoyaba en los restos de una columna para ponerse en pie. Kanthus descendió de entre las ramas, con la ropa desgarrada y el rostro cubierto de arañazos, pero vivo. Los tres intercambiaron una mirada. No hacían falta palabras. Belwën estaba en peligro. Y aquella cosa iba a por ella.
Zein se irguió con dificultad, siguiendo con la mirada la estela de destrucción que el monstruo dejaba a su paso mientras se internaba en la bruma en busca de Belwën. La figura colosal comenzó a desdibujarse, sus contornos se volvieron difusos, como si la niebla la engullera por completo. Pero no era la bruma. Era su vista, que volvía a fallarle. El hechizo del zorro, aquel don prestado que le había permitido entender y hablar la lengua de aquellas tierras, se desvanecía como arena entre los dedos. Ya podía despedirme de él, pensó con amargura. Trató de atosigarse de calma, pero después de lo que había presenciado, la tarea se antojaba imposible. Respiró hondo, se apoyó en las rodillas y clavó la mirada en sus botas, en la hierba aplastada, en cualquier cosa que no fuera el recuerdo de aquella mole abriendo sus fauces. Su vista no tardó en recuperarse, y con ella, el miedo dejó de abrazarlo para, sencillamente, acompañarlo. Como un compañero de viaje no deseado, pero familiar.
—Zein.
El llamado de Ragard lo sacó de sus pensamientos. Se apresuró hacia él, pero el ademán de la mano del Zonotorh lo detuvo en seco. Ragard se levantó con un quejido, apoyándose en los restos de una columna, pero volvió a postrarse, vencido por el dolor.
—Zein… Belwën… Debes… Antes de que…
Las palabras de Ragard carecían de sentido. Su lengua volvía a ser un misterio, un galimatías incomprensible que se enredaba en sus oídos sin dejar poso. Pero Zein entendía muy bien cuál era su preocupación.
—Búscala… Búscala… antes de que sea…
Como pudo, Ragard se erguía y pese al dolor se levantó para seguir en la lucha. Buscó desorientado por Kanthus y al cabo de unos segundos lo vió venir con una expresión de furia en su rostro. Kanthus, por su lado al ver a su amigo herido desaceleró su paso y se detuvo a ayudarlo.
—¿Como estas?— Dijo Kanthus examinando de pies a cabeza a Ragard.
—He estado mejor, mi espalda ya no soporta estos ajetreos—dijo arqueando su espalda—Temo por Zein y por Belwën.
—Por que no mejor entregamos esa caja.— dedujo Kanthus hechandose a Ragard al hombro.
—Esa no es una simple caja, necesitamos alejarla de estas tierras. Luego debe volver a su legitimo dueño, pero no por ahora.
—Te lo digo muy en serio, espero todo esto valga la pena…— concluyó Kanthus— Vamos.
Con pasos torpes y entre cortados se hicieon paso entre la galeria de escombros que la cazadora habia dejado tras su paso por ese lugar. Mucho mas adelante empezaron a ver una imagen que les habia helado el corazon. Zein yacia enel piso siendo reducido por la enorme bestia. Kanthus se zafó de su compañero para traer a la vida las llamas azules de sus brazos. Una lengua de fuego azul, enorme y rugiente, impactó de lleno en el rostro del monstruo. Zein apenas tuvo tiempo de anteponer los brazos como protección antes de que la fuerza de la deflagración lo derribara por completo. Pero en el instante fugaz que precedió al impacto, alcanzó a ver lo que había ocurrido: en el corazón de aquella llama estaba Kanthus, con el puño derecho estampado contra la cara de la bestia. El monstruo salió despedido. Rodó por el suelo, aplastando arbustos y levantando una nube de tierra y hojas, hasta que el tronco de un árbol cercano detuvo su carrera. Más de un hueso se había roto. La bestia quedó tendida, con el pecho pegado a la corteza y la cabeza girada en una dirección imposible. Kanthus cayó más allá, a varios metros del punto de impacto. La magia que lo envolvía se desvaneció en un estallido de chispas azules. Estaba postrado en el suelo, con el rostro ensangrentado y cincelado en una mueca de rabia pura. Varias líneas blancas, cambiantes, se dibujaban en sus brazos desnudos, modificando su forma y tonalidad a cada segundo. Parecían una red que contenía la magia a punto de estallar, un dique a punto de reventar.
El monstruo no tardó en moverse. Se apoyó en el árbol, irguiéndose con una lentitud que resultaba aún más aterradora que su furia anterior. Todo aquello que se había roto. Huesos, articulaciones, tendones, volvió a estar en su sitio con una serie de crujidos repugnantes. Su cabeza fue lo último en recolocarse, girando sobre el cuello con un chasquido húmedo hasta quedar en la posición correcta. Kanthus lo fulminaba con una mirada asesina, pero se mantuvo a la espera. Su pecho subía y bajaba con una respiración pesada, entrecortada. El monstruo, olvidándose de Zein por completo, caminó hacia él. Cada una de sus pisadas hacía temblar ligeramente el suelo.
—Eres un Kriegën con muy buenos trucos. Había olvidado cómo era cazar una presa tan fuerte, tan persistente en su afán por evitar lo inevitable. Y lo mejor… aún no has mostrado tu mejor truco.
Se detuvo a unos pasos de Kanthus, adoptando una postura de ataque. Sonreía, satisfecha ante la tenacidad de su adversario.
—No tengas miedo… Muéstramelo…
Kanthus abrió la mano. Las líneas blancas que recorrían sus brazos desaparecieron. Cerró el puño de nuevo, y sus brazos estallaron en una poderosa deflagración. Fuego azul, hambriento y voraz, lo consumió por completo, elevándose hacia el cielo en una tormenta de poder desatado. El monstruo se mantuvo allí, a la espera. No retrocedió.
De entre las llamas, la silueta de Kanthus apareció flotando. Era una sombra recortada contra el resplandor azul, de cuyos brazos la magia surgía en un torrente desbocado, como un río de fuego líquido que se derramaba sobre el mundo.
Zein se ocultó tras un árbol cercano. Estaba aterrado por lo que presenciaba, pero no pudo negarse a sí mismo una sonrisa fugaz. Confiaba en que Kanthus vencería a aquella cosa. Resultaba ser un Kriegën de cuidado, y estaba seguro o quizás solo lo esperaba con todas sus fuerzas de que le arrancaría la cabeza a esa bestia de una vez por todas.
El monstruo, ante el poderío de su presa, no dio ni un ápice de temor. Y a pesar del estruendo ensordecedor de la tormenta de fuego, Zein estuvo seguro de haber escuchado sus carcajadas.
La bestia corrió hacia Kanthus y lo embistió sin dudarlo. Ambas fuerzas chocaron en el centro del claro. El impacto desató una onda expansiva que barrió el bosque, arrancando ramas, levantando la hojarasca y haciendo temblar la tierra bajo los pies de Zein. El forastero se aferró al tronco del árbol que le servía de refugio, apretando los dientes, mientras el resplandor azul y la silueta oscura del monstruo se fundían en un torbellino de luz, sombra y ruido. La batalla había alcanzado su punto álgido. Y Zein, impotente, solo podía mirar…
Hubo una deflagración ensordecedora, que desgarró el aire como un trueno nacido de las entrañas del mundo. Todo cuanto rodeaba a los combatientes fue alcanzado por un viento iracundo, una onda expansiva que arrasó con arbustos, ramas y hojarasca. El monstruo desapareció entre el fuego azul, envuelto por las llamas que Kanthus había desatado sin reservas. Zein volvió a ser derribado. El árbol tras el que se refugiaba fue arrancado de cuajo por el impacto de los dos titanes, y el forastero se arrastró como pudo mientras la pelea se convertía en una carnicería de perros rabiosos. Todo lo que se interponía entre ellos se hacía añicos o salía volando por los aires. Kanthus, convertido en fuego vivo, embestía con una furia animal al monstruo, que había abandonado sus trucos y artimañas para pelear como lo que era: una bestia salvaje, primigenia, hambrienta. Cada golpe, cada choque de aquellos dos colosos, producía una nueva deflagración y un estruendo que resonaba en las montañas.
Una tormenta de pesadilla se había desatado en lo que, aquella misma mañana, no era más que un bosque tranquilo y silencioso. Zein gateó, cubriéndose la cabeza con los brazos mientras esquivaba los fragmentos de madera y piedra que volaban a su alrededor. Llegó hasta una roca y se acurrucó tras ella, presenciando desde allí la pelea con el corazón desbocado. Kanthus alzó al monstruo como si fuera un monigote de paja y lo estampó contra la tierra con una violencia que hizo temblar el suelo. La bestia logró liberarse y saltó sobre él, tratando de alcanzar el núcleo de aquel fuego azul que la consumía. Era extraño ver al enemigo buscando a Kanthus entre las llamas, como un depredador que persigue una semilla de luz en medio de un incendio. Pero el enorme bicho le estaba dando la espalda a Zein. Estaba a escasos pasos. Los suficientes para un ataque que inclinara la balanza a su favor. Mi espada no servirá para tal gesta, pensó el forastero. Necesitaba atacar con una fuerza tan destructiva como la que enfrentaba al monstruo. Una fuerza que solo había invocado una vez, y que casi lo destruye por completo. No lo dudó. Salió de detrás de la roca, desenvainó el Girjam y afianzó los pies en la tierra removida. Cerró los ojos. Se sumergió en el vacío más absoluto, en la negrura de su propia mente, y llamó a Krahandor. No podía seguir escondiéndose. Era momento de hacer algo para salvar el cuello. No podía vivir con miedo. Su mente se hundió en la oscuridad, lejos del bosque, lejos del estruendo de la batalla, lejos del miedo a morir. Empuñaba la espada con todas sus fuerzas, decidido a domar aquel poder y descargarlo contra el enemigo. Aguardó en el éter de una noche eterna, sin un ápice de duda, a sabiendas de que lo que invocaba podía destruirlo si no estaba preparado.
Pero Krahandor no acudió a su llamado. En aquel vacío, las llamas no surgieron como la última vez. No hubo fuego, ni runas brillando en la hoja del Girjam, ni el poder abrasador pugnando por escapar de sus manos. Solo la negrura perpetua, indiferente, abandonándolo a su suerte. Abrió los ojos, consternado.
—No, no, no… ¿Por qué? ¿Por qué ahora? No puedes hacerme esto… ¡No puedes hacerme esto, hijo de la gran puta!
El acero de su espada no estaba envuelto en llamas. Sus manos no intentaban contener hechizo alguno. Las runas grabadas en la hoja permanecían apagadas, mudas, como si nunca hubieran albergado poder alguno.
Oyó pasos a su costado. Giró la cabeza. Vio a Ragard correr hacia él, con los brazos extendidos y el rostro desencajado. Su gesto fue suficiente para que Zein comprendiera que había cometido un error garrafal. Con el estupor asomado en la cara, miró al frente. El monstruo estaba a una distancia efímera, con sus garras extendidas hacia él. Krahandor no solo lo había abandonado; lo había delatado al dejarlo a merced de su propia consternación. La bestia se había librado de Kanthus y, al ver al forastero con la espada en alto, no había dudado en acabar con él. Y lo habría logrado de no ser por Ragard. El Zonotorh se lo llevó por delante justo cuando el monstruo caía sobre ambos. Ragard se interpuso, recibiendo el impacto, y los dos rodaron ladera abajo hasta quedar tendidos a pocos pasos el uno del otro.
El monstruo no perdió el tiempo. Se giró hacia ellos, dispuesto a rematarlos. Pero Kanthus volvió a la carga, llevándoselo por delante con una embestida de fuego azul. La pelea animal aún no había terminado. Lo primero que notó Zein, aparte de las magulladuras que le cubrían el cuerpo, fue el vacío en sus manos. Su espada había escapado de nuevo. Pero no tardó en encontrarla: Ragard estaba postrado en el suelo, y sus manos aferraban el acero del Girjam mientras tiraban de él para extraerlo de un costado de su abdomen. La hoja salió con un sonido húmedo y desagradable.
Zein se arrastró hasta él, pálido. Ragard se aferró la herida y permaneció quieto, sin decir nada, mientras el forastero trataba de articular palabras, de decir algo… lo que fuera. Pero solo un lamento logró escapar de sus labios. Ragard sonrió. Una sonrisa forzada, como si creyera que aquella mueca podía engañarlo y hacerle creer que estaba bien. Tardó un instante, pero finalmente habló:
—Ayúdame a levantarme. Debemos encontrar a Bellwën… y escapar.
Zein negó con la cabeza, aterrado.
—Zein… esa cazadora nos va a matar si no escapamos. Y lo haremos todos juntos. Ayúdame a ponerme en pie… O será tarde para ella… para todos.
Maldiciendo para sus adentros, el forastero tomó el Girjam, lo envainó y agarró a Ragard del brazo para levantarlo. El Zonotorh ahogó un lamento, pero no apartó la mano de la herida. Juntos, renqueantes, fueron en busca de Belwën, evitando quedar en medio de la pelea. Pero la pelea, para su desgracia, llegó a su fin poco después.
La tormenta de fuego azul desapareció en una exhalación. El estruendo cesó de golpe, y el silencio regresó para convertirse de nuevo en el amo y señor de aquel bosque arrasado. Donde antes rugía la magia, ahora solo quedaban el monstruo y Kanthus, frente a frente, mientras los últimos jirones de poder se disipaban en el aire.
El monstruo permanecía de pie, contemplando a un Kanthus visiblemente débil pero que no se había postrado a pesar de la derrota. La magia de sus brazos era ya una tenue bruma a punto de extinguirse. Le costaba respirar, pero no cesó en su empeño por atravesar a la bestia con una mirada desafiante. El monstruo sonrió de nuevo y extendió su mano, dispuesto a apresarlo. Se detuvo. Belwën apareció de la nada, interponiéndose entre ambos. Levantaba la mano y sostenía algo: una pequeña caja de madera, o algo similar, que brillaba débilmente bajo la luz filtrada por la bruma.
—¡Belwën! ¡Maldita sea! ¿Qué pretendes?
Las palabras de Ragard terminaron en un lamento. Él y Zein se dirigieron hacia ella tan rápido como sus heridas se lo permitían, mientras el monstruo permanecía impasible.
—Aquí está lo que buscas —dijo Belwën, con una voz firme que no admitía réplica—. ¿Es lo que querías? Tómalo. Pero déjalos vivir. Deja que nos marchemos.
—Belwën…
—Cállate, Kanthus. Sabes muy bien que hago lo correcto.
—¡Belwën, no seas estúpida! ¡No sabes lo que está en juego!
Llegaron junto a ellos justo antes de que Ragard gritara:
—¡Todos, cayense la boca! Ella tiene razón… No vale la pena morir por cargar un peso que no nos corresponde.
El monstruo se agachó ante Belwën, acercando su rostro deforme al de la joven invidente. Su aliento fétido le golpeó la cara, pero ella no retrocedió.
—Admiro tu sensatez… Deberían aprender de ti. —Abrió su mano huesuda—. Entrégalo… Sin trucos, pequeña.
Belwën obedeció. Bajó el brazo para depositar en aquella garra el objeto que casi les había costado la vida a todos. Y a un segundo de lograrlo, el viento rugió una vez más.
Algo estalló en el espacio que separaba a Belwën del monstruo. Un resplandor cegador, blanquecino, que obligó a la bestia a protegerse el rostro y retroceder. El suelo desapareció bajo los pies de Zein. Se vio cayendo a un vacío que se había tragado todo de repente: los árboles, las rocas, la tierra misma. Antes de que pudiera preguntarse qué estaba pasando, Belwën, Kanthus, Ragard y el bosque entero fueron consumidos por un fulgor blanquecino que lo devoró todo.
En el instante fugaz que precedió a la caída, Zein alcanzó a ver a Kanthus desplomarse, con los brazos aún humeantes y el rostro surcado por aquellas extrañas líneas blancas que palpitaban bajo su piel. El forastero no lo sabía —no podía saberlo—, pero aquel poder descomunal que Kanthus acababa de desplegar no era fruto de un don innato ni de años de estudio solitario. Era el legado de un clan, de una enseñanza oscura y antigua que había moldeado su cuerpo y su alma hasta convertirlo en un arma.
Mucho tiempo atrás, Kanthus había formado parte de los Oferno, un círculo de Kriegën que caminaban en el filo entre la luz y la sombra. Allí, bajo la tutela de maestros cuyo poder rozaba lo prohibido, había aprendido a domar el fuego azul, a convertirlo en una extensión de su voluntad. Pero aquel poder tenía un precio, y las líneas blancas que recorrían sus brazos no eran sino las cicatrices de un pacto que aún no había sido saldado del todo.
La razón última de su fuerza, el origen verdadero de aquella magia que lo consumía, estaba por verse revelada. Y lo haría cuando por fin se encontraran con Bhail, el antiguo miembro del culto de los Oferno, el único que podría arrojar luz sobre los misterios que los rodeaban. Pero eso era algo que Zein aún ignoraba. Algo que todos ellos, salvo Kanthus, desconocían. Ahora, mientras el fulgor blanquecino lo arrastraba al vacío, solo quedaba la incertidumbre. Y la sensación, fría y afilada, de que aquel viaje no había hecho más que empezar.
Sus manos enguantadas arañaron la vestidura, tratando de llegar al pecho, de arrancarse aquella quemazón que le devoraba las entrañas. Pero no tenía fuerza. Era una hoja seca a merced de una borrasca, un despojo arrastrado por un viento que no pedía permiso. Mientras Danav revisaba a los miembros de la caravana, se fijo en el joven guerrero. Zien, parecia estar sumido en un profundo devenir con los ojos abiertos fijados a ninguna parte.
—Mírame, Zein… ¡Mírame!
Como pudo, el forastero buscó los ojos dorados del zorro. Y estos no tardaron en llenarlo de alivio al centellear, como ya hicieran en el callejón del puerto, como si encerraran una magia antigua capaz de acallar el dolor y la desesperación. La tormenta se desvaneció, el sufrimiento remitió, y Zein pudo por fin llenar sus pulmones con el aire preciado que anhelaba.
—Quédate con nosotros, Zein. Permanece a nuestro lado. Te necesitamos.
Danav bajó de su pecho y regresó junto a los demás. El dolor volvió a ser una molestia lejana, un eco apagado que desaparecía por el momento. Agitado, Zein giró sobre un costado, aún tendido en la hierba. Kanthus y Belwën rodeaban a Ragard, que palidecía por momentos mientras se aferraba la herida del costado. La herida que su espada había causado.
Se incorporó como pudo y caminó hacia ellos, aferrándose el pecho con una mano mientras con la otra buscaba la piedra de sanación. Apartó a Belwën de un empellón y cayó de rodillas frente a Ragard, llevando la piedra directamente a la herida abierta. Concentró toda su voluntad en aquel trozo de mineral, en cerrar aquella brecha, en deshacer el daño que él mismo había provocado.
—Zein, ¿qué haces? —preguntó Kanthus.
—Puedo ayudar. Puedo cerrar su herida. Esta piedra convierte mi voluntad en magia… magia que puede curarle.
—Zein, ¿de qué hablas? —dijo Belwën.
—Puedo salvarle. Sé que puedo, y lo haré.
Esta vez no llegaría tarde. Esta vez no.
Pero por mucha voluntad que atiborraba a la maldita piedra, esta no resplandecía. La sangre caliente bañaba sus dedos, y la herida seguía abierta, burlándose de sus esfuerzos.
—Ciérrate, maldita sea… ¡Ciérrate!
La mano de Ragard apartó la suya. La rodeó con una fuerza sorprendente para alguien que se desangraba, y la piedra quedó atrapada entre ambas palmas.
—Estoy bien, Zein. —Ragard, pálido como la cera, sonrió sin soltarle la mano—. No te preocupes por mí.
Fue Kanthus quien lo apartó, quien lo llevó unos pasos más allá, lejos de la escena.
—Por favor, déjame ayudar —suplicó Zein entre lágrimas—. Esta vez puedo salvarle, sé que puedo. Sé que es mi culpa, pero puedo hacer algo.
—Zein… – susurró Kanthus arropandole las manos al muchacho con las suyas.
El forastero alzó la vista hacia Kanthus, temeroso de que su odio lo apuñalara. Pero no existía tal cosa en los ojos del Kriegën. Solo desconcierto. Solo una tristeza profunda que Zein no alcanzaba a comprender.
—Kanthus, yo… yo… lo siento. Lo siento mucho.
—¿Lo sientes? ¿Qué quieres decir?
—Lo siento. Por favor, perdónenme. No fue mi intención que esto ocurriera, que la calamidad los alcanzara…
—Zein, no tienes por qué…
—No, no… Escúchenme. No debí partir con ustedes. Soy el culpable de que esa cosa nos haya atacado, de que Ragard… de que él…
—Zein… – Insistio Kanthus mediante el mismo gesto
—No puedo engañarme. Su amabilidad no puede ocultar lo que soy. Ustedes lo sabían, entendían a lo que se arriesgaban, y aun así decidieron que marchara con ustedes. Pero lo sabían… Sabían que era la maldita muerte quien los acompañaba…
—¡Zein, ya basta! —Kanthus colocó su mano sobre el pecho del forastero y lo atravesó con una mirada severa—. ¿Por qué de repente crees que arrastras las calamidades? Lo que ha ocurrido no fue culpa tuya. Quienes nos atacaron siguen órdenes, buscan algo que poseemos. Es su avaricia lo que ha condenado nuestro viaje, no tú.
—Es mentira… Es una puta mentira, y lo sabes. La llegada de ese monstruo es la prueba. Mírame a los ojos, Kanthus. Mírame y dime que no temiste por tu vida cuando un emisario de las desgracias marchaba con ustedes. Porque eso es lo que soy, y eso no va a cambiar. Soy un Troghimder, un maldito ojos de mal augurio.
—¿Un Troghimder? —Kanthus frunció el ceño, sin comprender—. No sé qué quieres decir con eso, Zein. Pero culparte ahora… no nos ayuda en nada.
Se alejó. Llevó su tristeza de vuelta hacia sus compañeros y dejó a Zein allí, de pie, como una estatua rota sin poder hacer nada. El forastero se quedó mirando al vacío, con las manos manchadas de sangre ajena y el pecho oprimido por un peso que no era solo físico. La piedra de sanación, inútil, colgaba de su cuello como un recordatorio de su fracaso. A lo lejos, Kanthus y Belwën atendían a Ragard, que seguía sonriendo débilmente, como si aquella herida no fuera más que un rasguño.
Danav se acercó a Zein y se sentó a su lado, en silencio. Con una paciencia infinita, sin juzgar, sin consolar. Solo acompañando. El viento sopló entre los árboles arrasados, llevándose el olor a sangre y a magia quemada. Y Zein, por primera vez en mucho tiempo, no supo si quedaba algo dentro de él que valiera la pena salvar.
VII.
Esquirlas.
¿Dónde estaba la criatura? ¿Y los soldados? ¿A dónde se había marchado el bosque envuelto en bruma? A saberse. Una incognita fugazsobre la confundida mente del Forastero.
Danav había aparecido y los había tragado con su luz tan de repente que no hubo tiempo para una pequeña charla sobre adónde se dirigían. Pero habían ido a parar al patio trasero de lo que antaño fuera una casa construida junto a un riachuelo, en lo alto de una planicie ondulante que se extendía sin fin bajo el cielo encapotado.
Las ruinas estaban rodeadas por un pequeño mural derruido, piedras apiladas que el tiempo y el abandono habían desgastado hasta dejarlas lisas como cantos rodados. Más allá, un bosque ralo se alzaba como un centinela silencioso. Zein se apoyó en el mural, de cara a los árboles, y permaneció allí un buen rato, mientras Ragard era llevado al interior de lo que quedaba de la casa. Se despojó del Girjam y dejó la espada de su maestro junto a él. Ambas armas le hicieron compañía, junto con el silencio y sus pensamientos, que tardaron en ponerse en orden.
No se molestó en preguntarse qué había ocurrido. Simplemente se quedó allí, con la mirada perdida en algún punto indeterminado del bosque. Fue entonces cuando reparó en una pequeña planta que crecía bajo el árbol más cercano. Su color verdusco sobresalía entre las otras matas de tonos apagados que habían germinado en la base de casi todos los árboles.
Se apartó del muro y caminó hacia la planta. La arrancó y se la llevó a la nariz, aspirando con fuerza. Su olor era suave, algo dulzón. Pero nada más. Nada más.
No logró sentir su esencia. Ni la de aquella, ni la de ninguna de las otras plantas que arrancó y olió una tras otra. Frustrado, arrojó la última al suelo, junto con la idea de preparar un brebaje que ayudara a Ragard. El obsequio de la Madre Monte se había esfumado, al igual que su don, al igual que el poder de invocar a Krahandor. Seguramente, tras tocar aquel cristal y viajar a quién sabía dónde, había sido despojado de todos ellos.
Le dio un puñetazo al tronco que tenía enfrente mientras mascullaba una maldición.
—No te desquites con el árbol, Zein.
A sus espaldas, Belwën apareció sentada en el muro con la misma naturalidad con la que el sol se asoma tras una nube. Lo tomó con la guardia tan baja que el forastero dio un respingo.
—Seguramente estás preocupado por Ragard, pero hay buenas noticias. Se recuperará. Así que… gracias.
Zein soltó una risita complaciente mientras apoyaba la espalda contra el tronco.
—¿De qué? ¿De que mi espada fuera quien lo hiriera?
—Mejor tu espada que la del enemigo. Pero recuerda que antes la blandiste para protegernos. No era tu deber, y aun así luchaste a nuestro lado.
—Así es. No tenía por qué, y aun así no hice nada… salvo atravesar a tu amigo.
Belwën sonrió mientras asentía.
—Tiene algo de gracia, si lo piensas bien.
Dio unas palmaditas al muro, a su lado, y esperó. Zein no tardó en caminar hasta allí y sentarse junto a ella.
—Quiero pedirte un favor, Zein.
Sus ojos blancos lo cubrieron mientras esbozaba una curiosa sonrisa.
—¿Un favor? Por supuesto. Es lo menos que puedo hacer después de…
—Bésame.
La sonrisa de Zein desapareció. El rostro de Belwën era serio, como si fuera de suma urgencia que obedeciera.
—¿Qué? ¿Que te qué? —masculló.
—Bésame.
—¿Pero por qué?
—Solo hazlo. Necesito que lo hagas.
Zein titubeó. Tragó saliva y se acercó a Belwën, que aguardaba con una impaciencia mal disimulada. Ella cerró los ojos, y él hizo lo mismo tras alejar y acercar sus labios varias veces, en un vaivén indeciso. Finalmente, sus labios se tocaron. Un instante. Solo un breve instante.
Pero pareció bastarle a Belwën, quien se apartó casi de inmediato. Cuando Zein abrió los ojos, se topó con un rostro serio. No, serio no. Belwën parecía estar aclarando sus sospechas, descubriendo algo que se guardó para sí misma.
—Te lo agradezco, Zein.
Sonrió de nuevo antes de levantarse y marcharse hacia el interior de las ruinas, dejando al forastero solo, con más preguntas que respuestas.
El interior de la casa en ruinas era un salón amplio, o lo que quedaba de él. Una de las paredes laterales había desaparecido por completo, arrastrada por el tiempo o por alguna catástrofe olvidada, y con ella gran parte del techo y del suelo de piedra. A través de los huecos se podía vislumbrar el sótano, una boca oscura que se abría bajo sus pies. Ragard, tendido en una esquina sobre un lecho improvisado con mantas y capas, se había incorporado lo suficiente para participar en la conversación. Había recuperado el color, y sin su ropaje habitual podía apreciarse la venda que le ceñía el costado, limpia y seca.
En el salón se encontraban todos: Belwën, Kanthus, el zorro y el propio Zein, que permanecía en la esquina opuesta, ajeno a la discusión. Belwën caminaba de un lado a otro, visiblemente molesta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Kanthus, sentado en una silla a la que le faltaba una pata, mantenía el equilibrio con una destreza inconsciente. Danav, junto a la entrada, vigilaba el exterior con las orejas erguidas.
Había anochecido cuando le pidieron a Zein que entrara al salón. Poco después, la lluvia comenzó a caer sobre la planicie. Era suave, persistente, y no parecía tener intención de convertirse en tormenta. El repiqueteo de las gotas contra la piedra y la madera podrida llenaba el silencio con una melodía monótona.h
—Drakkar confió en mí, en nosotros —continuó Ragard, con la voz aún débil pero firme—. Pero tu imprudencia, Belwën…
—¿Y qué esperabas que hiciera? —lo interrumpió ella, señalando a Kanthus con un gesto brusco—. ¿Dejar que lo mataran? ¡Esa maldita cosa no vale una de nuestras vidas!
—No, no lo vale. Pero entregarla así, sin más, nos dejaba en desventaja.
—Eres un idiota, Ragard. ¿No entiendes que Drakkar nos utilizó? Nos dio esa cosa para que la cazadora fuera tras nosotros. Te utilizó. Nos utilizó.
—¿Cómo puedes pensar eso? ¿Cómo te atreves? Es Drakkar…
—Belwën tiene razón —intervino Kanthus, clavando sus ojos en Ragard—. La cazadora sabía que el Helgehans estaba en nuestro poder. Sabía que Drakkar te lo entregó en aquel callejón, y sabes muy bien que algo así no puede pasar de manos de manera tan evidente. Pero era justamente lo que Drakkar quería: que ellos supieran que el Helgehans tomaba un camino diferente al suyo.
Ragard no logró responder de inmediato. Su boca se abrió, pero las palabras no acudieron.
—No puede ser… No… Me niego a creer que Drakkar…
La frase murió en sus labios.
—¿Que Drakkar nos traicionó? —Belwën no esperó una respuesta. Se acercó a él y le entregó aquello que había estado a punto de dar a la cazadora. Cuando Ragard lo tomó en sus manos, ella caminó hacia la entrada, se encapuchó y desapareció bajo la lluvia sin decir una palabra más.
El repiqueteo del agua llenó el silencio que dejó a su paso. Kanthus suspiró y se pasó una mano por el rostro, cansado. Ragard permaneció inmóvil, con el Helgehans en sus manos, como si aquel pequeño objeto pesara más que todo el plomo del mundo. Zein, desde su rincón, observaba la escena sin atreverse a intervenir. Danav, en la entrada, giró la cabeza hacia el exterior, hacia la lluvia que se tragaba la silueta de Belwën.
El zorro druida no dijo nada. Pero sus ojos dorados, fijos en la oscuridad, parecían guardar un secreto que aún no estaba listo para ser revelado. Para suerte de todos, la chimenea aún funcionaba. El resto de la casa se había desmoronado en pedazos, vencida por el tiempo y el abandono, pero aquel conducto de piedra ennegrecida seguía en pie, desafiando la ruina como un último vestigio de lo que alguna vez fue un hogar. Antes de que la lluvia arreciara, Kanthus había conseguido leña seca en los alrededores y había logrado encender un fuego que caldeaba parte del salón, proyectando sombras danzantes sobre los muros agrietados.
Luego partió tras los pasos de Belwën, acompañado por Danav. Antes de desaparecer bajo la lluvia, le pidió a Zein que cuidara de Ragard mientras regresaba con su compañera. El forastero asintió sin palabras, y la puerta o lo que quedaba de ella se cerró tras el Kriegën y el zorro.
Afuera Belwen caminaba cabizbaja. Sintiendo la voz de la lluvia sobre su cuerpo. A una pregunta que muy en el fondo ella misma se formulaba. ¿Hasta ahora ella que aporte habia tenido en esta travesía? Habia hecho una pintura, si, pero no declaraba nada en lo absoluto. Siempre ha sido en menos de Kanthus o de Ragard… ¿será un desliz de Ragard creer que ella estaba en su profecía?
En un pequeño claro frente al arroyo que por alli pasaba, sintio un fresco aroma a Pronto alivio, una de las hierbas curativas predilectas de su Madre. Su tribu era septemtrional, algo ajena a la excursiones de los nuevos dogmas y nuevas etnias religiosas. Su raza eran los Mallkih, ancestros artesanos. Su estrella de nacimiento era Cenith que en su lengua traducía “Lucero Noctámbulo”. Así ella se hiso camino no solo en la oscuridad de la noche, sino también en la penumbras de su condición al nacer sin visón.
Fue bendecida con una madre que la defendió frente a los multiples ataques de los hombres de su aldea. Para ellos no tener visión, la hacia infertil en todos los sentidos. Creció y al cabo de los años, pudo desarrollar una habilidad increible de percibir las auras de lo vivo y de los sonidos. Esto acompañado de extremas visiones. Su madre al querer defender sus convulsiones frente al jerarca de la aldea, fue apresada, azotada y ahorcada frente a los pueblerinos, como muestra del pago por desacato. Bellwën escapó herida de muerte y se refugio en las caravanas de los gitanos. Allí se ganó la vida como pitonisa y sacerdotisa. Sul, una vez asaltando una de estas caravanas la apresó y la dejo vivir en sus jardín a cambio de placer sexual.
Alla se dedico la mayoria de tiempo a pintar oleos extraños. En una de las ocasiones furtuitas de Sul a su morada, este habia indagado por el origen y significado de tales pinturas. Eran dos hombres en multiples parajes y situaciones pintados por ella.
—Algún día él va a venir y será para cambiar el curso de nuestra vida—, decía sentada al borde de su cama, con Sul acostado tras ella.
Su instrospeccion fue cortada por unas pisadas que llegaba sumisas a sus oidos.
—No deberias estar mucho tiempo aquí afuera, te va a dar un resfriado— Dijo Kanthus a sus espaldas.
—Deseaba estar a solas y en silencio.
—Si, ultimamente no hay silencio, del que cura… del que alivia— sumo el Zonotorh.
—¿Como sigue Ragard?— Pregunto ella en un tono despreoucupado
—Ah, el vivira…hierba mala jamas muere.
—No quise ser ruda con el, pero su gran defecto es confiar en todo el mundo—.
—No fuiste ruda, eres realista—añadio Kanthus acariciando a Danav— y como lo acabas de decir, es muy confiado y testarudo.
—¿Drakkar nos confio eso pero al son de que?
—Ese muchacho es un buen hombre…— añadio Danav de repente — Cuando Ragard y el se entrevistaron en el callejon, los seguí y luego escuche toda la historia. Drakkar, quiere esta joya lejos de su hermanastro. El quiere esto en les verdaderas manos del legitimo rey de Dofs…su padre. Es una situacion compleja ahora por el ataque de esta mercenaria, pero si flaqueamos ahora, una de los mas antiguos estandartes de la casta de Dofs podria perderse… Ragard no la quiere ni desaparecer y mucho menos destruir…la quiere devolver.
—¿Pero nuestra sangre y esfuerzo valen la pena?—replico la Zonotorh.
—Querida mía, estamos corriendo contra el tiempo para tratar detener un evento cataclismico… si fallamos, ese será nuestro consuelo. Caigamos frente a la cazadora o frente al destino… ellos también vendran despues de nosotros— concluyo Danav— En sí, si vale la pena.
No se habian percatado de las horas que pasaron alli en profundas conjeturas, pero el sue;o pronto hizo su llamado. Los tres regresaron dentro del cubil y notaron a Ragard y al chico teniiendo una amena charla, no quisieron interrumpir. Se arroparoncon sus mantas y pronto se vieron inmersos en un profundo sueño.
La mañana llego mas rapido de lo que querian imaginar. Abrigado con la suya y lamentando no haber traído consigo el abrigo de piel de Gelbu, Zein arrastró los pies entre bostezos y salió de la casa. Poco podía apreciarse. La planicie y el bosque estaban ocultos por una bruma espesa, una manta blanquecina que los arropaba mientras dormitaban también.
Tomó el Girjam, dejó la manta en el salón y, a paso ligero, se adentró en la niebla en dirección al bosque. Luego echó a correr sin rumbo. Solo quería eso: correr. Sus pasos se detuvieron en un pequeño claro del bosque. Jadeante, se vio rodeado por las vagas siluetas de algunos árboles arropados por la bruma. Allí desenvainó la espada de su maestro y se preparó para luchar. El acero se movió ágil entre sus manos. Su cuerpo repitió los movimientos que había aprendido en estaciones de entrenamiento junto a la cabaña, logrando que la hoja ascendiera en un tajo o bloqueara una embestida invisible. La niebla se marchó poco a poco, junto con el frío. Zein bajó la espada mientras se limpiaba el sudor y recuperaba el aliento. Miró a su alrededor y buscó a su maestro. Quizás estuviera apoyado en uno de aquellos árboles, observándolo, buscando alguna grieta en sus movimientos.
Agitado, bajó la mirada hacia el acero que sostenía. Apreció su hoja, las runas talladas junto a la base. Recordó aquella vez que le preguntó por su significado, y cómo él —seguramente porque tampoco lo sabía— le respondió que era su deber descubrirlo. Quizás lo haría en el transcurso de aquel viaje. Pero a ese paso, no descubriría ni por qué demonios había dejado su casa aquella maldita jornada.
Terminó un poco más arriba del riachuelo que llegaba hasta las ruinas. Se lavó el rostro con el agua helada antes de descubrir, en el reflejo, la figura del zorro al otro lado de la orilla. Danav estaba sentado, mirándolo como si lo verdaderamente curioso fuera ver a un hombre arrodillado frente al agua, y no a un zorro con el poder de dominar la magia.
—Belwën asegura que eres muy hábil con tu espada.
Zein soltó un bufido mientras se ponía en pie.
—Comparado con mi maestro, mi habilidad es una verdadera pena.
—Estoy seguro de que tu maestro no estaría de acuerdo.
—Tendrás que creerme… Cuando él empuñaba su espada, se convertía en una fuerza imparable, temible como una tormenta. Seguro que ese monstruo que nos atacó no habría tenido oportunidad contra él.
El zorro asintió, pero permaneció en silencio, arropándolo con una mirada extraña, profunda.
—¿Adónde habías partido? —preguntó Zein.
Danav bajó la vista hacia su propio reflejo en el agua.
—En busca de consejo y de algunas respuestas. Por suerte, hallé ambas, y llegué a tiempo para escapar lejos de la cazadora.
Había aparecido como un relámpago multicolor entre la bestia y ellos. Fue su magia la que los había traído hasta aquellas ruinas.
—Gracias por salvarnos…
—A ti, por proteger a Belwën y luchar junto a Ragard y Kanthus. – De nuevo se volvió ante el forastero. Zein se limitó a asentir. – Ven conmigo, Zein. Te esperan.
Siguió al zorro de vuelta a la casa. El salón estaba vacío, pero el sótano se hallaba iluminado por un extraño resplandor azulado. Danav descendió. Al seguirlo, Zein encontró a todos reunidos alrededor de una hoguera de fuego azul. Ragard continuaba sentado en su lecho improvisado. Kanthus y Belwën aguardaban a su lado.
—Siéntate, Zein —dijo Kanthus—. Acompáñanos.
Y de repente, el forastero tuvo la sensación de ser un acusado a punto de enfrentar su juicio. Se sentó frente a las cuatro criaturas que le habían tendido la mano y que ahora parecían estar a punto de condenarlo.
El fuego azul crepitaba en el centro, proyectando sombras alargadas sobre los muros de piedra. El silencio se adensó, roto únicamente por el chisporroteo de las llamas. Zein sintió el peso de aquellas miradas —incluso la de Belwën, que no veía pero percibía— y esperó.
Esperó a que el veredicto cayera sobre él como una losa.
—Zein, puedes contarnos de nuevo cómo llegaste al mar, en plena batalla.
El forastero dudó. Recorrió con la mirada a cada uno de los presentes antes de repetir la misma historia que le había contado a Ragard. Y al igual que este, los demás permanecieron en silencio. No preguntaron. No comentaron. Solo hubo un gesto.
—Bebe esto, por favor, Zein.
Kanthus le ofreció un pequeño cuenco que contenía un líquido del que brotaba un tenue resplandor azulado, como si alguien hubiera embotellado un fragmento de llama fría.
—¿Qué es?
—Una antorcha que espantará la oscuridad y nos guiará hasta la verdad —respondió Belwën.
Zein frunció el ceño.
—No, en serio. ¿Qué es esto?
—Confía en nosotros. Lo entenderás dentro de poco.
Kanthus, con un ademán, le pidió que confiara, que bebiera sin rechistar. Y así lo hizo. El líquido no tenía sabor. Era agua. Agua que desprendía un brillo azul.
—Zein, cuando llegaste a nuestro barco arrastrado por el arpón, fui yo quien te recibió —continuó Kanthus—. Estuviste a punto de morir ahogado. Luchabas desesperado por liberarte de la muerte. Traté de calmarte, pero al aferrarme a tus manos ocurrió algo extraño…
El Kriegën guardó silencio por un momento, organizando sus ideas. El fuego azul se reflejaba en su monóculo.
—Me vi… lejos. Lejos del barco, de la batalla, de todo lo que conocía. En un lugar tan enigmático como vasto y desolado. El cielo era un atardecer de sangre que cubría, hasta donde alcanzaba la vista, un bosque inmensurable de árboles ennegrecidos y muertos. Y te vi a ti, Zein, avanzando con decisión entre la muerte. Embistiéndola con tu cuerpo lleno de vida, porque cada paso que dabas desdibujaba aquel atardecer, espantando la noche que seguramente se avecinaba para dominarlo todo. Durante su relato, Kanthus se había perdido en las llamas azules de la hoguera, pero no tardó en clavar sus ojos en el forastero.
—Regresé al soltarte los brazos. Pero la verdad era tan evidente que no cabía ninguna duda: aquel arpón te había traído hasta nosotros por una razón.
—Para que recibieras nuestra ayuda —añadió Ragard—. Porque, de una manera u otra, era nuestro deber.
Zein los miró uno a uno, sin saber qué decir.
—Pero hay algo más, Zein. —Belwën reclamó su atención—. Cuando despertaste en el callejón, te encontramos al seguir el rastro de la luz con la que llegaste. Era tenue, pero visible bajo la lluvia y en la distancia. Sin embargo, esa luz desapareció a la mañana siguiente, y fue reemplazada por aquello que surge de tu interior.
Señaló el pecho del forastero. Zein no pudo evitar llevarse la mano a la herida irreal que lo atormentaba.
—¿Qué surge de mi pecho? —preguntó, temiendo que la respuesta fuera «una maraña de raíces negras».
—No lo sé. No puedo describirlo. Solo sé que ese mal que se refugia en tu interior te consume poco a poco. Pero eso ya lo sabes, ¿cierto?
Zein apartó la mano del pecho sin responder.
—Y por eso partí, Zein.— La voz de Danav resonó en la mente de todos, suave pero firme-. Era necesario encontrar respuestas a una pregunta: ¿por qué nuestros caminos se habían cruzado? Y si ese mal en tu interior tenía solución. Solo un sabio podía mostrarme la verdad. Ellos velarían por ti mientras yo visitaba su morada, en un lugar demasiado lejano para marchar juntos. El sabio, cuando conoció los pocos detalles de tu historia, guardó un largo silencio… Un silencio que me acompañó durante toda la noche. Pero la espera valió la pena. Sus palabras fueron breves: debía llevarte ante él. Porque solo él puede mostrarte el camino de regreso.»
—¿Mostrarme el…? ¿Qué quiso decir con eso?
—Zein, ¿acaso no lo entiendes? —Ragard, bañado por el resplandor de las llamas azules, parecía una figura fantasmal—. No hablas nuestra lengua. Jamás escuchaste de la gran guerra, ni de los hombres y mujeres que compartimos la habilidad de ver el futuro. Le dijiste a Kanthus que eras un Troghimder, y hace dos noches nos hablaste de tu hogar, de una isla llamada Worlhargen. Jamás hemos oído hablar de esa isla, ni de los Troghimder. ¿Y sabes por qué? No existen. En ningún lugar. Ni siquiera más allá del horizonte.
—Llegaste en una columna de luz que partió el cielo en dos y que iluminó la batalla como ningún rayo lo habría hecho jamás. La luz cegó a todos… pero no a mí —dijo Belwën—. Llegaste de un lugar más allá del cielo.
¿Llegar? ¿De dónde se suponía que había llegado?
—¿Cómo pueden estar seguros de que llegué en esa columna de luz? —replicó Zein, casi a la defensiva.
—Porque, después de quedar inconsciente, esa misma luz surgía de tu interior. Pude verla. Y te acompañó incluso después de despertar en el callejón, y más tarde, cerca del muelle. Esa luz es la clave. La llave para abrir la puerta. La puerta que oculta el camino de regreso a casa.
—¿El camino de regreso? —Zein sintió el aliento helado del miedo en la nuca—. ¿A Worlhargen?
—No. Al lugar de donde provienes. Tu verdadero hogar. Zein… tú no perteneces aquí.
El miedo lo abrazó por completo. Se levantó y salió del sótano, de la casa. De repente, el aire se le antojó extraño, opresivo, como si le comprimiera el pecho. Aun así, no se detuvo hasta llegar más allá de los árboles cercanos a las ruinas.
¿Qué significaba que no era de allí? ¿Qué secreto escondían las palabras de Belwën? ¿Cuál era esa verdad tan evidente que todos parecían conocer menos él?
El miedo comenzó a hundirlo, a arrastrarlo a lo más profundo. Y entonces, el cielo —aquel cielo que había permanecido oculto tras un mural de nubes desde que despertara en el callejón— le otorgó la respuesta que ansiaba.
Un millar de estrellas descendían como lluvia. Eran como trozos de cristal que dejaban un sinnúmero de estelas, pequeñas rasgaduras en el firmamento. Pero no había rastro de las tres estrellas. Ni de la Lágrima Celeste, ni de la Perla de Sal, ni del Sendero de las Almas.
Aquel cielo era ajeno al que lo había cobijado desde niño. Al que admiraba en las infinitas jornadas junto al acantilado, junto a su maestro, en las noches de soledad. Jornadas y noches que esperaba tener a su lado cuando llegara la hora de morir de viejo. Y aquel no era su cielo. Se lo habían arrebatado. Se hundió por completo. El desasosiego le atenazó el corazón y lo dejó sin aire, sin fuerzas, sin esperanza. Hipnotizado por el viaje de aquellas estrellas que invadían un cielo foráneo, solo pudo articular una pregunta:
—¿Dónde estoy?
La voz le llegó desde atrás, suave y firme al mismo tiempo. Era Belwën, que había salido tras él sin hacer ruido, con Danav pegado a sus talones.
—En un lugar que no es el tuyo —respondió—. Pero eso no significa que estés perdido para siempre.
Kanthus y Ragard aparecieron poco después, recortados contra la luz azulada que aún escapaba del sótano. El Kriegën apoyó una mano en el hombro de Zein.
—El sabio al que visitó Danav… Bhail. Él puede ayudarte. Por eso debemos llegar a Dardania. No solo para encontrar respuestas a nuestro arcano, sino también para encontrar las tuyas.
Ragard asintió, con el rostro aún pálido pero la mirada firme.
—No sé qué clase de criatura eres, Zein, ni de dónde vienes exactamente. Pero sé que llegaste a nosotros por una razón. Y mientras no se demuestre lo contrario, eres uno de los nuestros. Zein los miró, uno a uno. A aquellos extraños que lo habían rescatado, que habían luchado a su lado, que le ofrecían respuestas sin pedir nada a cambio.
Por primera vez desde que despertara en aquel callejón, el miedo aflojó un poco su presa. No estaba solo.
—De acuerdo —dijo, con la voz aún quebrada—. Iremos a ver a ese Bhail.
Danav se sentó a su lado, con sus ojos dorados fijos en el cielo estrellado. Su voz resonó en la mente de todos, como un faro en la niebla.
—Entonces que así sea. Al alba, partiremos hacia Dardania. Y que las estrellas, sean cuales sean, nos guíen.»
—Zein, el miedo no perderá tiempo apuñalándote cuando vea la oportunidad… Aprende a vivir sin miedo.
La voz de su maestro retumbó en su cabeza. Una, otra, y otra vez. Fue sus alas mientras caía a lo más profundo, empujado por el miedo. El descenso se le antojó eterno, pero el vacío terminó por dar paso a un sosiego estancado, tranquilo y diáfano, que llenó el fondo. El miedo lo observó desde lo alto hasta que desapareció, mientras aquella calma recién hallada lo arropaba con su manto silencioso. Dejó escapar una última bocanada de aire antes de abrir los ojos y enfrentar la verdad: esta vez sí, había ido a parar a la mismísima mierda. Terminó tirado junto a un árbol, con la cabeza entre las manos, tratando de dar sentido a lo ocurrido. O al menos de entender cómo había podido dejar su hogar para acabar allí… en otro lugar casi idéntico, pero tan distinto a la vez.
Ahora tantas cosas cobraban sentido. O eso creía. Su don, el brillo de su Sath‑Viu, el hecho de que Krahandor no acudiera a su llamado… Todo aquello seguramente había quedado atrás, o le había sido arrebatado al llegar a este mundo. Eso sí, las desgracias y la maldición de su pecho habían logrado acompañarlo. Para seguir molestandolo.
Entendía por fin por qué no había visto a ningún Olferst o Algremir. Por qué nadie murmuraba al verlo pasar. Los emisarios de las desgracias no existían en aquel lugar. Y quizás eso no era tan malo.
Había estado solo casi toda la jornada, perdido entre el bosque, hasta que Kanthus lo encontró tirado en la base de un árbol. El Kriegën traía una jarra y un vaso de latón.
—¿Café?
Zein negó con la cabeza.
—Gracias… pero no.
Kanthus se agachó frente a él y sirvió un poco a pesar de su negativa.
—Toma. Te sentará bien, créeme.
Zein aceptó a regañadientes. El Kriegën se levantó y paseó la mirada a su alrededor.
—Seguro que ahora sientes la brisa de forma diferente. La hierba, la tierra a tus pies… No puedo imaginar lo que pasa por tu cabeza, lo que se siente al caminar tan lejos de tu hogar.
Volvió a mirarlo. Zein apartó el vaso de latón antes de beber un sorbo de café.
—Imagino que no debe de ser muy distinto. No te diste cuenta hasta que te lo contamos… a pesar de haber llegado en medio de una batalla, mientras cientos de hombres se mataban unos a otros. Mi hogar no es el mejor. Hay odio, muerte… pero también esperanza, y muchos que luchan y dan su vida por otros, por lo que creen, por lo que vale la pena. Eso seguramente no es diferente del tuyo. Hizo una pausa. Sus dedos rodearon el vaso de latón.
—Mi hogar no suele ser benevolente con los Troghimders. A quienes tenemos los ojos rojos nos acusan de cualquier mal, de cualquier tragedia, de cualquier desgracia por insignificante que sea. Somos los ojos de mal augurio, los emisarios de las desgracias. Y si creces con esa mancha, creyendo de verdad que llevas sobre los hombros la culpa de todo mal… y más aún cuando al parecer soy el único que queda… puedes dejarte aplastar por ese odio, o aprendes a ser indiferente. ¿Pero escapar? ¿A un lugar donde el color de tus ojos no significa nada?
Apoyó la cabeza en el tronco y alzó la vista hacia el ramaje.
—En tu hogar nadie me mira como a un bicho raro, ni espera que la calamidad aparezca tras cruzarse conmigo. No esperan nada de mí. Nada.
Buscó de nuevo la mirada de Kanthus.
—A lo mejor tu hogar es más benevolente conmigo. Quizás aquí pueda vivir en paz.
—A lo mejor —asintió el Kriegën, aunque su tono no era del todo convincente—. Quizás vivirías en paz… pero debes regresar. Quedarte sería tu muerte.
Señaló el pecho de Zein.
—El mal que te acompaña no desaparecerá. La magia de Danav lo ha mantenido a raya, pero tarde o temprano…
—Y aun así, si regreso… esta maldición me matará.
—Pero es la magia que habita en tu hogar la única capaz de arrancar esa maldición de tu interior. Esa es la razón por la que nuestros caminos se cruzaron: para hallar la manera de que regreses. Y hay otra aún más importante por la que debes volver. La de encontrar ese camino que es necesario que recorras.
—¿Regresar? —preguntó Zein, con la voz cargada de cansancio—. Llegué aquí en una columna de luz caída del cielo… ¡del cielo! Algo me dice que de nada sirve ir tras mis pasos. No es tan sencillo como tomar un barco y navegar sin rumbo. No hay un puente que cruzar, ni un sendero que seguir. Estoy varado aquí. Y esto solo ocurre cuando te internas en una maldita senda prohibida. ¿Volver a mi hogar? ¿Cómo?,
Kanthus se limitó a sonreír.
—Belwën. Ella ha encontrado una manera.
Final Parte 4
Parte 5
El Papiro De Las Antiguas Melancolías.
I.
La Puerta De Cristal.
—Desde que saliste del agua no eras más que un enigma. Y cuando la luz que te trajo te abandonó, dejó ver que no solo carecías de aura, sino que algo estaba arraigado en tu pecho. Y eso era motivo de preocupación.
Cuando regresaron a la casa en ruinas, los demás los esperaban alrededor de la chimenea, donde otra olleta de café hervía sobre las brasas. El aroma amargo y reconfortante llenaba el salón, mezclándose con el olor a piedra húmeda y madera podrida. Tras las palabras de Belwën, Zein recordó la visita a la curandera, y les contó a todos lo que aquella mujer le había dicho.
—Temía que fuera algo así —murmuró la Zonotorh—. Danav vio lo mismo, y por eso partió en busca de respuestas. Cuando te pedí que me besaras, quería descubrir algo más: saber qué nos deparaba a todos estando a tu lado. Pero no pude. No perteneces a este mundo, Zein. No podemos leer tu futuro. Danav, que permanecía echado junto a la chimenea con el hocico apoyado en sus patas delanteras, alzó la cabeza. Su voz resonó en la mente de todos.
—El cristal del que nos hablaste fue quien te trajo hasta aquí. Y es de imaginar que es lo único que puede regresarte. Pero si el cristal también viajó contigo, debe de estar en el fondo del mar. Aunque, para tu suerte… parte de él sigue contigo.
Ragard, que escuchaba con los brazos cruzados y el rostro aún pálido por la herida, continuó cuando la voz del zorro se desvaneció:
—El mejunje que te pedimos que bebieras —y puedes darle las gracias a Kanthus por ello— nos ayudó a ver tu interior. Y entre esa maraña negra que se aloja en tu pecho, hay residuos del cristal. Si logramos extraerlos, quizás hallemos la llave que abre la puerta de tu hogar.
Zein se llevó la mano al pecho, sin molestarse en ocultar la preocupación que le atenazaba el rostro.
—¿Y cómo se supone que podemos hacer eso?
Belwën rió, como si la expresión de desconcierto del forastero le resultara divertida.
—Con mucho cuidado. Y algo de delicadeza.
A través de la pared derruida se apreciaba el inicio del atardecer. El cielo, aún cubierto por un manto de nubes grises, se teñía en los bordes de un anaranjado tímido, como si el sol se resistiera a marcharse sin dejar un último regalo. El viento soplaba suave, lo justo para que el calor de la chimenea envolviera el salón con su abrazo, y Zein agradecía aquella tregua del frío. Belwën le pidió que se quitara la camisa y se acostara en el centro del salón. Él obedeció, sintiendo el aire templado rozarle la piel desnuda. La Zonotorh se acercó y posó su mano fría sobre su pecho. Los demás aguardaban en silencio, como espectadores de un ritual antiguo y silencioso. Los dedos de Belwën se detuvieron justo en el centro del esternón. Presionó apenas.
– Ragard… – Giró su rostro al su costado donde estaba él – Aún traes el restante del mineral Emúreo?
– Si, creo… debe estar en mi alforja. – enseguida Ragard busco en su alforja y allí salio el hierro Emúreo, con sus visos escarlata y dorados-. Aquí está.
– Kanthus – señalando donde llacian las lozas de sus alimentos-. Necesito que muelas el fragmento pequeño hasta convertirlo en polvo, igual como hiciste en la cirugia de Kagel. Luego mézclalo con las tres gotas de esencia de raíz de valeriana…si no tenemos valeriana, cerca del riochuelo oli unos arbustos de pronto alivio, ese es mas curativo. La pizca de ceniza de roble blanco, la podemos reemplazar con calendula, yo siempre traigo conmigo. Remueve hasta que la mezcla adquiera un tono verde musgo. Kanthus… igual, si se vuelve negro, has fracasado y tendremos que usar mas mineral. Kanthus asimilo, tomó el frasco y se retiró e improvisó el pequeño mortero con el cuenco de la jofaina y el mango de una daga que traia consigo.
Belwën, analizaba la herida al descubierto, de forma irregular, de bordes ennegrecidos, de un tamaño minimo. A su alrededor, la piel tenia un tono violáceo, tatuada por venas oscuras que se extendían como raíces hacia el cuello y el brazo izquierdo. Algo pronto urgio en ese minuncioso analisis… Esa era magia desconocida, osea que el Mineral como tal no podria servir por si solo.
– Zein, necesito que trates por todos los medios de estar relajado, tu cuerpo debe resistir la intervesion-.
Zein asintio un tanto sudoroso. De la palma de Belwën brotó un resplandor blanquecino, puro como la luz de la luna llena. Zein acostado, no tardó en notar que, en el interior de aquella aura blanquísima, aparecían pequeñas motas de un azul intenso. Brillaban como fragmentos de cielo atrapados en la niebla. Belwën pidio la mezcla y se dispuso a operar con un gesto firme. Kanthus entregó la mezcla y el juego de instrumentos que Belwën usó con Kagel. Estos resplandores, estas motas obedecieron: se desplazaron hacia un único punto frente al pecho de Zein, se unieron en un torbellino diminuto, y allí, fusionadas, tomaron la forma de una esquirla azulada que, sin mediar palabra, se clavó en su carne. Zein, ahogando un grito al sentir el pinchazo agudo y profundo. Kanthus y Belwën accionaron, Belwën impregno el area con el unguento verde y Kanthus sostenia a Zein por sus hombros.
—No te muevas, Zein. No… te… muevas.
La Zonotorn tomó unas pinzas de metal y, con pulso firme, introdujo la pinza sin vacilar. Apresó el extremo de la esquirla hundida en la piel del forastero, tiró de ella. El lamento de Zein fue poderoso, un quejido ahogado entre dientes, hubo un intento de sarandeo pero Kanthus supo como manejarlo. El forastero apretaba sus ojos, como sus dientes, pero pronto el alivio llego al saber que aquella cosa estaba fuera de su cuerpo. Bufando y sudoroso, Zein superó con creces el dolor. Kanthus depositó la esquirla en la palma de la mano del forastero.
—Cuídala bien, ni se te ocurra perderla.—dijo, volviéndose hacia los demás—. Ya tenemos la llave.
—Ahora solo falta saber a qué cerradura pertenece —añadió Ragard, con la voz aún débil pero firme.
—Imagina que esta llave puede abrir cualquier puerta, y que hay una cantidad infinita de puertas. Si abrimos la equivocada…
La voz de Danav quedó suspendida en el aire como una amenaza silenciosa. Zein resopló, sin apartar la vista de la esquirla azulada que descansaba en su mano. Kanthus ubico algunas vendas y logro sellar el lugar donde la enrramada negra parecia encogerse.
—¿Y cómo se supone que funciona esta llave?
—Es una muy buena pregunta. ¿Alguien tiene idea?
Tras las palabras de Ragard, todos se miraron entre sí, negando con la cabeza.
—El sabio. Él debe de tener las respuestas, y seguramente sabrá cuál es la puerta que buscamos. Zein debe verlo. Debe escucharlo.
—Danav, tienes que llevar a Zein ante el sabio ahora mismo —dijo Belwën, con un tono que no admitía réplica.
—Tienes razón. El tiempo no está de nuestra parte, y en mi estado sería más una carga que una ayuda.
—Deben partir cuanto antes —insistió la Zonotorh—. Luego nos reuniremos con ustedes.
—Cuidaremos de Ragard, y cuando esté listo, partiremos e iremos a buscarte, Danav. Por suerte, la espada de Zein solo le hizo un rasguño, ¿verdad, Ragard?
Ragard no respondió a la pregunta de Kanthus. Su mirada estaba fija en el fuego de la chimenea, y su expresión se había tensado como la cuerda de un arco a punto de dispararse. Todos siguieron su ejemplo y clavaron la vista en las llamas.
El fuego parecía avivarse a intervalos irregulares, como si algo invisible soplara sobre las brasas. Luego, sin previo aviso, se extinguió por completo. Las llamas desaparecieron, dejando únicamente las brasas humeantes y un calor residual que se desvanecía por momentos. Un silencio espeso se adueñó del salón.
Y entonces, la chimenea estalló…
II.
La Decisión.
Y de lo poco que quedaba de aquella casa en la planicie, voló por los aires en un estallido ensordecedor. Zein salió despedido como un guijarro lanzado por la onda de una catapulta, y fue a dar contra la hierba, donde rodó sin control ladera abajo hasta quedar tendido a escasa distancia de la columna de llamas que se alzaba desde las ruinas humeantes.
Antes de que la conciencia lo abandonara, atisbó cómo el fuego se retorcía sobre sí mismo y adquiría una forma siniestra, reconocible, temida: la silueta de la cazadora se recortaba contra el cielo del atardecer, con su único ojo blanco brillando como un faro de pesadilla.
Despertó. El cielo grisáceo, manchado de brochazos rojos por el final del día, fue lo primero que vieron sus ojos. Luego llegó el dolor, solo momentos antes habia sido operado. Se retorció sobre la hierba y, como pudo, giró el cuerpo para no ahogarse mientras sus pulmones volvían a llenarse de aire.
—Zein, ¿estás bien?
La mano de Kanthus se posó en su hombro y lo ayudó a ponerse en pie. El Kriegën parecía entero; apenas unos arañazos en el rostro, nada más.
—Lo estoy… lo estoy —respondió Zein, agitado—. ¿Los demás? ¿Están bien?
Kanthus no contestó. Lo condujo en silencio hasta donde se encontraba Belwën, que permanecía de pie, dándoles la espalda, con la atención clavada en los restos humeantes de la casa. Danav estaba a su lado, inmóvil como una estatua de plata.
No había rastro de Ragard.
—¿Ragard? ¿Dónde está Ragard?
«La cazadora… se lo ha llevado consigo.»
Las palabras de Danav le robaron el aliento.
—Ella, de alguna manera, dio con nosotros —explicó Belwën sin volverse—. Se infiltro en la choza camuflada o algo asi, exigió el Helgehans. Y para asegurarse de obtenerlo, raptó a Ragard, que nada pudo hacer en su estado.
«Lo que quedaba de la chimenea absorbió el fuego junto con Ragard, y desapareció antes de que pudiéramos hacer nada.»
—No puede ser… —Zein sintió que el suelo se abría bajo sus pies—. Significa que la cazadora… ¡tiene el Helgehans!
—No —respondió Belwën, girándose por fin—. No lo tiene.
Mostró su mano. Sobre la palma descansaba el Helgehans, intacto.
Zein encontró la esquirla entre la hierba, a pocos pasos del lugar donde había caído. La recogió con sumo cuidado y la contempló en la palma de su mano. El fragmento de cristal era blanquecino, pero un brillo azulado, tenue y palpitante, surgía de su interior como el latido de un corazón diminuto. Lo envolvió en un trozo de tela y lo guardó en una pequeña bolsa que colgaba del cinturón de su Girjam.
Cuando regresó junto a los demás, Kanthus y Belwën permanecían en silencio. La Zonotorh tenía la mirada perdida en las ruinas humeantes; el Kriegën, los brazos cruzados y el ceño fruncido.
La cazadora, antes de desaparecer, había dictado sus condiciones: debían llevar el Helgehans a un lugar concreto, a un puerto lejano, sin saber que había estado a un palmo de tenerlo en sus manos. La noche anterior, Belwën había hecho las paces con Ragard, y este le había devuelto la custodia del objeto que había desatado toda aquella desventura. Ahora la vida de Ragard dependía de aquella pequeña caja.
—¿Qué esperamos? —apremió Zein—. Debemos partir cuanto antes. Si es un puerto, no debe de estar nada cerca.
La respuesta fue la mirada grave de Kanthus.
—Seremos nosotros quienes vayamos por él, Zein. Tú debes ver al sabio cuanto antes.
—No, no. —Zein negó con energía—. No pienso marcharme dejando a Ragard a su suerte…
Bellwën fue tajante.—No irás con nosotros, Zein.
—¡Una mierda! ¡Por mi culpa Ragard no pudo defenderse cuando esa maldita loca nos encontró!
—Esta vez no depende de ti, Zein. —La Zonotorh lo envolvió con una mirada severa, sus ojos blancos clavados en los suyos—. Entiende una cosa: nuestros caminos se cruzaron por una razón, y esa razón era buscar la manera de que regresaras a tu hogar. Hemos hallado la llave. Ahora tienes que abrir esa puerta. Si no lo haces, todo lo que hemos hecho no habrá servido de nada.
—Agradecemos tu ayuda —añadió Kanthus, y su mirada impasible fue más dolorosa que sus palabras—, pero ya es momento de que nuestros caminos se separen. Ahora, Danav.
Zein no tuvo tiempo de responder. Emprendieron una caminata sobre bifurcaciones que se aleaba a mano izquierda de donde estaban. Entre la espesura del bosque sus siluetas se fueron diluyendo. La planicie quedó sumida en un silencio espeso, roto únicamente por el crepitar de los últimos rescoldos que aún humeaban entre las ruinas de la casa. El viento, que antes soplaba con suavidad, parecía haberse detenido por completo, como si el mundo contuviera la respiración ante lo que acababa de ocurrir.
Belwën permaneció inmóvil durante un largo instante, con el rostro vuelto hacia el punto exacto donde segundos antes se encontraba el forastero. Sus ojos parpadearon lentamente. Luego, sin decir palabra, se agachó y recogió el Helgehans del suelo, donde había caído durante la confusión. Lo sostuvo entre sus manos, sintiendo el peso de aquella pequeña caja que contenía el destino de un reino.
Kanthus, a su lado, observaba la escena con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Las líneas blancas de sus antebrazos, aquellas cicatrices vivas de su pacto como Kriegën, palpitaban débilmente bajo la piel, como si la magia que contenían también lamentara la partida del muchacho de los ojos rojos.
—Se ha ido —dijo al fin, y su voz sonó más cansada de lo que pretendía.
—Era necesario —respondió Belwën, guardando el Helgehans en su zurrón—. Danav lo llevará ante el sabio. Allí encontrará las respuestas que nosotros no podemos darle.
—¿Y si decide no regresar? —Kanthus la miró de reojo—. ¿Y si encuentra la manera de volver a su hogar y nos abandona a nuestra suerte?
Belwën esbozó una sonrisa enigmática, de esas que tanto desconcertaban a quienes no la conocían.
—Zein no es de los que abandonan. Lo he sentido. En su pecho arde algo más fuerte que el miedo: la lealtad. Volverá.
Kanthus no respondió. Se limitó a asentir lentamente, como si las palabras de la Zonotorh hubieran apaciguado una duda que llevaba tiempo royéndole por dentro.
—Entonces, nosotros debemos cumplir con nuestra parte —dijo al fin—. La cazadora quiere el Helgehans a cambio de Ragard. Nos ha citado en un puerto, lejos de aquí. No tenemos mucho tiempo.
—Lo sé. —Belwën se ajustó el zurrón al hombro y alzó el rostro hacia el cielo cubierto—. El viento ha cambiado. Huele a salitre y a podredumbre. El mar no está lejos.
—¿Podrás guiarnos?
La Zonotorh no respondió con palabras. Simplemente echó a andar, con su bastón-sonda tanteando el terreno por delante, y Kanthus la siguió sin dudar. Conocía bien aquella determinación silenciosa. Belwën no necesitaba ojos para ver el camino; el mundo le hablaba de formas que él apenas alcanzaba a comprender.
Caminaron durante horas, primero a través de la planicie ondulante, luego internándose en un bosque ralo de árboles retorcidos por el viento. La bruma, que había empezado como un velo ligero, fue espesándose a medida que avanzaban, hasta convertirse en una compañera constante que lo envolvía todo con su aliento frío y húmedo.
Belwën iba delante, con el bastón golpeando rítmicamente la tierra. Sus pies descalzos —pues se había negado a calzarse unas botas que, según ella, le robaban el contacto con el suelo— parecían acariciar la hierba en lugar de pisarla. Kanthus, unos pasos por detrás, no dejaba de escrutar los alrededores con la mirada, atento a cualquier movimiento sospechoso entre los árboles.
—¿En qué piensas? —preguntó la Zonotorh de repente, sin volverse.
Kanthus tardó en responder.
—En Ragard. En cómo pudo la cazadora encontrarnos tan rápido. En si llegaremos a tiempo.
—Eso no es todo. —Belwën se detuvo un instante y ladeó la cabeza, como un pájaro que escucha un sonido lejano—. También piensas en Bhail. En lo que te dirá cuando por fin te reúnas con él.
El Kriegën apretó los puños. Las líneas blancas de sus antebrazos brillaron un poco más intensamente.
—Hace mucho que no veo a Bhail —admitió, con una voz que delataba una mezcla de añoranza y temor—. Desde que dejé el culto de los Oferno, he evitado cualquier contacto con los míos. Pero ahora… ahora necesito respuestas. Este poder que corre por mis venas… a veces siento que me consume. Que un día de estos, cuando despierte, ya no seré yo quien controle la magia, sino ella a mí.
Belwën reanudó la marcha sin hacer comentarios. Kanthus la siguió, con la mirada clavada en sus propios brazos, donde aquellas marcas palpitaban como criaturas vivas.
—¿Tú no tienes miedo? —preguntó al fin—. De lo que pueda ocurrir cuando entreguemos el Helgehans. De que la cazadora no cumpla su palabra. De que todo esto sea una trampa.
—Claro que tengo miedo —respondió Belwën, y su voz, normalmente serena, se quebró por un instante—. Pero el miedo no me va a detener. Ragard es nuestro amigo. Ha arriesgado su vida por nosotros más veces de las que puedo contar. No pienso dejarlo en manos de esa criatura.
—Aunque eso signifique entregarle el Helgehans.
—Aunque eso signifique entregarle el Helgehans —repitió ella—. Las cosas no valen más que las personas, Kanthus. Eso lo aprendí hace mucho, encerrada en aquella choza, pintando futuros que no podía ver pero que sabía que llegarían. El Helgehans es solo un objeto. Ragard es… Ragard.
Kanthus asintió en silencio. No hacían falta más palabras.
El bosque terminó abruptamente, dando paso a una costa rocosa azotada por un mar gris y revoltoso. Las olas rompían contra los acantilados con una furia sorda, lanzando al aire cortinas de espuma que el viento salado arrastraba tierra adentro. El olor a salitre y a algas podridas lo impregnaba todo.
A lo lejos, recortada contra el cielo plomizo del atardecer, se alzaba la silueta de un fuerte construido junto al mar. Parecía un castillo a medio erigir, abandonado antes de que sus muros alcanzaran la altura prometida. De una torre que antaño debió de ser un faro, solo la mitad inferior se mantenía en pie, carcomida por la sal y el viento. Cientos de antorchas salpicaban la fortaleza como luciérnagas atrapadas en una telaraña de piedra.
—Es allí —dijo Belwën, deteniéndose en lo alto de un risco desde donde podían observar sin ser vistos—. La cazadora nos espera en ese fuerte.
Kanthus entrecerró los ojos, tratando de distinguir algo más entre las sombras y las luces parpadeantes.
—Hay muchos soldados —murmuró—. Demasiados para enfrentarlos de frente.
—Por eso no lo haremos. —Belwën se volvió hacia él, su rostro reflejaba una determinación férrea—. Tú crearás una distracción. Atraerás su atención hacia el exterior del fuerte, hacia la bahía. Yo me infiltraré por la torre del faro y buscaré a Ragard.
—¿Sola? Es demasiado peligroso.
En ese preciso instante, Danav hiso su aparicion comoun espectro de bruma. Alli estaba de vuelta para ayudarles a rescatar Ragard.
— Danav bienaventurados los ojos que te ven…- exclamo Kanthus, entre asombro y alegria.
—¿Esta el aqui, contigo? – pregunto Belwen.
—Si, el ha tomado la desicion acorde sus pensamientos y convicciones. – Agrego Danav haciendo un ademan de señalar el fuerte-. El esta del otro costado al nuestro. Le encomende la tarea de infiltranse en silencio, tratar de hallar a Ragard y extraerlo sin tener que luchar, Ragard aun esta muy debil.
—Ese chico tambien caba de recibir una operacion, el sacarle esa esquirla le absorvio bastantte energia.
—Asi lo pactamos, asi se esta ejecutando, por un momento confia en que el lograra hacerlo…
Kanthus lo miró durante un largo momento. Luego, con un suspiro de resignación, asintió.
—De acuerdo. Pero si algo sale mal, si no regresa en un tiempo prudencial…
—Regresara —lo interrumpió ella—. Con Ragard. Lo presiento.
Ya habian pasado varios minutos y ninguno daba señal regreso. Entonces Danav propuso un plen de apoyo a Zein. Invoco de nuevo la bruma quecubrio el espacio. Pidio a Belwen explorar el flanco a su derecha y Kanthus si no habia opcion entraria a ser una distraccion para ganar tiempo y darselo a los infiltrados. Belwen partio. El Kriegën no insistió. Se limitó a apretarle el hombro en un gesto de despedida y se encaminó hacia la ladera que descendía hacia la bahía. Belwën lo observó marchar —sin verlo, pero sintiendo cada uno de sus pasos— hasta que su silueta se perdió entre las rocas.
Luego, se volvió hacia la torre del faro.
Era el momento de infiltrarse.
La Decisión II.
Ragard:
El fuego lo envolvió todo.
Ragard apenas tuvo tiempo de ver cómo la chimenea estallaba en una deflagración de llamas azules y negras, y cómo la onda expansiva lo arrancaba de su lecho improvisado para lanzarlo contra la pared de piedra. El impacto le robó el aire de los pulmones y le nubló la vista. Cuando logró enfocar de nuevo, el salón de las ruinas ya no existía: a su alrededor solo había fuego, un torbellino rugiente que lo arrastraba hacia ninguna parte, como si el mundo se hubiera reducido a un infierno personal del que no podía escapar.
Intentó invocar su magia. Las palabras del conjuro acudieron a sus labios, pero el dolor del costado —allí donde la espada de Zein lo había atravesado— le cortó la respiración y deshizo el hechizo antes de nacer. Estaba demasiado débil. Demasiado agotado. Demasiado roto.
Del corazón de las llamas surgió una figura. Al principio no era más que una silueta deforme, un amasijo de sombras y fuego que se retorcía sin forma definida. Luego, lentamente, fue adquiriendo contornos reconocibles: los brazos largos y huesudos, el torso desproporcionado, la cabeza alargada con aquel único ojo blanco que brillaba como un faro en la tormenta. La cazadora.
—Has sido más difícil de atrapar de lo que esperaba, Zonotorh —dijo, y su voz era el crujido de ramas secas y el chasquido de huesos al romperse—. Pero al final, aquí estás. Solo, herido… y sin el Helgehans.
Ragard tosió. Un reguero de sangre le resbaló por la comisura de los labios.
—No lo tengo —consiguió articular—. Se lo devolví a Belwën. Ella… ella lo custodia ahora.
La criatura inclinó la cabeza, como un pájaro que examina a su presa antes de devorarla.
—Lo sé. Lo vi en tus ojos cuando te arranqué de esa casa en ruinas. Pero no importa. Tus amigos vendrán a por ti. Y cuando lo hagan, traerán el Helgehans consigo. Es solo cuestión de tiempo. Una mano huesuda se cerró alrededor del torso de Ragard. El Zonotorh sintió que las costillas le crujían bajo la presión, y un nuevo fogonazo de dolor le nubló la vista.
—Mientras tanto —continuó la cazadora—, serás mi invitado. No temas. No te mataré… todavía. Eres mi garantía de que el trato se cumplirá.
El fuego se cerró sobre ellos como una ola, y Ragard perdió el conocimiento.
Despertó en la penumbra. El aire olía a salmuera, a humedad y a algo más: un hedor dulzón, como de flores marchitas y carne en descomposición. Estaba tendido sobre un suelo de piedra fría, con la espalda apoyada contra un muro de sillares carcomidos por el tiempo. La herida del costado le palpitaba con un dolor sordo, pero alguien —o algo— le había vendado el torso con tiras de tela basta. No era un gesto de compasión, sino de pragmatismo: un rehén muerto no servía de nada.
Alzó la vista. Se encontraba en un salón amplio, de techos altos y ventanales rotos por los que se colaba la luz grisácea de un cielo encapotado. El mobiliario, lo poco que quedaba, estaba cubierto de polvo y telarañas. Una antorcha solitaria ardía en un soporte de hierro clavado en la pared, proyectando sombras danzantes sobre los muros de piedra.
No estaba solo.
Frente a él, sentada en una silla de respaldo alto que parecía un trono improvisado, se encontraba la mujer. Bebia algo en una copa transparente. Ragard salibo..
Era la misma que había visto bajo el sombrero negro en el bosque, cuando la máscara verdusca cayó al suelo y reveló aquel rostro demacrado, de piel blanca como la cera y ojos desiguales: uno blanco, lechoso, sin pupila; el otro de un color pardusco, turbio como el agua estancada. Vestía el mismo gabán gris, las mismas botas rojas, el mismo guantelete metálico. Pero ahora no llevaba máscara, ni sombrero. Su cabello, de un castaño apagado y quebradizo, caía en mechones desordenados sobre sus hombros.
Lo observaba con una curiosidad casi clínica, como quien examina un insecto raro antes de decidir si lo aplasta o lo guarda en un frasco.
—Has despertado —dijo, y su voz, sin la distorsión de la forma monstruosa, era sorprendentemente suave, casi melódica—. Bien. Temía haberte roto algo importante durante el viaje. A veces se me va la mano-. Dijo después de un sorbo elegante de la bebida marron en su copa.
Ragard intentó incorporarse, pero un pinchazo en el costado lo devolvió al suelo con un quejido.
—No te esfuerces —aconsejó la mujer—. Esa herida es profunda. Si sobrevives a esto, tardará semanas en cerrar del todo. Si sobrevives.
El Zonotorh respiró hondo, tratando de ignorar el dolor.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar seguro. Lejos de tus amigos, si es lo que te preocupa. —La mujer se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Un antiguo fuerte junto al mar. Abandonado hace siglos, pero aún útil para ciertos… encuentros.
—¿Y mis amigos? ¿Dónde están?
—De camino, supongo. Les dejé instrucciones muy claras antes de marcharme: el Helgehans a cambio de tu vida. En este mismo lugar. Si son tan leales como aparentan, no tardarán en llegar.
Ragard desvió la mirada hacia el ventanal más cercano. A través de los cristales rotos se veía un cielo gris y, más allá, el mar, que rompía contra los acantilados con una furia constante.
—No te conviene hacerme daño —dijo al fin—. Si ellos no llegan a tiempo, o si decides matarme antes de que te entreguen el Helgehans, habrás perdido tu única baza.
—Lo sé. Por eso sigues vivo. —La mujer se levantó de la silla y caminó hacia él con pasos lentos, medidos—. Pero no me interesa matarte, Zonotorh. – Sorbio un poco mas-. Solo quiero cobrar mi recompensa. Egilderik me ha prometido una suma considerable por el Helgehans. Y yo, a diferencia de otros, cumplo con mis encargos.
Ragard la miró a los ojos —al ojo blanco y al ojo pardo— y decidió jugársela.
—¿Sabes siquiera qué es el Helgehans?
—Una reliquia. Un objeto de poder. La llave para reclamar el trono de Dofs.
—No. —El Zonotorh negó con la cabeza, lentamente—. El Helgehans no es una llave. Es una voluntad. Tiene conciencia propia, y solo otorga el derecho a gobernar a quien considera digno. Egilderik podrá tenerlo en sus manos, pero nunca lo reconocerá como rey. Porque no lo es. Nunca lo será.
La mujer arqueó una ceja, divertida.
—¿Y quién es el digno, entonces? ¿Tú?.- La mujer se acercó aproximando la copa al alcance de los labios de Ragard-. Bebe un poco…
Ragard bebio un buen sorbo, pero el poder de la bebida parecia fuego por su garganta. Ragar tosio un poco, antes de seguir.
—No. —Ragard sostuvo su mirada—. El heredero legítimo es Drakkar. El hijo mayor. El que fue desterrado por su propio hermano. Egilderik es un usurpador, un déspota que ha sumido Dofs en una guerra civil solo para saciar su ambición. No merece el trono. Y el Helgehans lo sabe.
Un silencio espeso se instaló en el salón. La mujer lo observó durante un largo momento, haciendo ondular la bebida ya casi extinta en el fondo de la copa, con aquellos ojos desiguales que no delataban emoción alguna. Luego, soltó una risa corta, seca, carente de humor.
—Bonito discurso, Zonotorh. Casi consigues que me lo crea.
—Es la verdad.
—Lo será. Pero a mí no me importa. —Se encogió de hombros—. Yo no soy juez, ni verdugo, ni reina. Soy una cazadora. Una mercenaria. Y Egilderik me paga. Me da igual quién merezca el trono o quién no. Lo único que me importa es el oro que me han prometido. Y el Helgehans es mi billete para cobrarlo.-. Dijo La cazadora ultimando el licor que quedaba en su copa.
Ragard bajó la cabeza, derrotado. Había intentado apelar a su conciencia, a su sentido de la justicia, a lo que fuera que quedara de humano bajo aquella piel pálida y aquellos ojos desiguales. Pero había fracasado. La cazadora no era más que una herramienta al servicio del mejor postor.
—No esperaba que lo entendieras —murmuró.
—Has sido más listo que la mayoría. —La mujer se volvió hacia la puerta del salón—. La mayoría solo suplica o maldice. Tú has intentado convencerme. Eso merece un poco de respeto. Bebere una copa más a tu nombre.
Se detuvo en el umbral y, sin volverse, añadió:
—No te preocupes. Cuando tus amigos lleguen con el Helgehans, cumpliré mi parte del trato. Te dejaré marchar. No tengo ningún interés en matar a nadie que no me estorbe.
Y con esas palabras, desapareció en la penumbra del pasillo, dejando a Ragard solo con el sonido del mar y el crepitar de la antorcha. El tiempo se diluyó en aquel salón húmedo y frío. Ragard no supo cuántas horas pasó allí, sumido en un duermevela poblado de visiones confusas: el rostro de su abuelo, las cartas del arcano final, el brillo del Helgehans en manos de Belwën, la silueta de la cazadora transformándose en monstruo… Y bajo todo ello, como un río subterráneo, el peso de su secreto: era el último Avatar Zonotorh. Y allí estaba, cautivo, herido, inútil.
«Eres el último Avatar. Mi poder vive en ti.»
La voz de Gardarh resonó en su mente como un eco lejano. Ragard apretó los dientes. ¿De qué le servía ser Avatar si no podía salvarse ni a sí mismo? ¿Si no podía proteger a sus amigos? ¿Si cada paso que daba parecía hundirlo más en la derrota?
Un ruido lejano lo sacó de sus cavilaciones. Pasos. Gritos. El entrechocar de espadas. La batalla había llegado al fuerte. Kanthus, pensó con un hilo de esperanza. Ha venido.
Intentó ponerse en pie, pero la herida se lo impidió. Apenas logró incorporarse lo justo para apoyar la espalda contra la pared y aferrar la daga que la cazadora, en un descuido, había dejado sobre una mesa cercana. No era mucho, pero era lo único que tenía.
Los ruidos se intensificaron. Una explosión cercana hizo temblar los muros del salón, y el polvo de los sillares centenarios se desprendió del techo como una lluvia fina. Luego, un estruendo aún mayor: el techo de una sala contigua se vino abajo con un crujido ensordecedor. Y entonces, un cuerpo cayó del techo.
Ragard alzó la vista justo a tiempo para ver cómo dos figuras —una de ellas con la inconfundible armadura roja de los soldados de la cazadora— se precipitaban al vacío entre una lluvia de escombros y madera astillada. El impacto resonó en el suelo de piedra, y el soldado quedó inmóvil, inconsciente. La otra figura rodó a un costado, soltando un profundo lamento. El Zonotorh entrecerró los ojos, incrédulo.
Aquella silueta… Aquella figura desgarbada que se incorporaba con dificultad, ahogando quejidos…
—¿Zein? ¿Qué haces aquí?
El forastero, desparramado en el suelo, tardó en ponerse en pie. Se sacudió el polvo de la ropa, se ajustó el Girjam y caminó hacia él con una mezcla de agotamiento y determinación.
—¿No es obvio? —respondió, con una media sonrisa cansada—. Vengo a rescatarte.
III.
La Contienda.
Belwën se adentró en el fuerte como una sombra silenciosa, envuelta en el manto de bruma que Danav había conjurado desde el mar. La niebla era su aliada, su cómplice, su extensión. No necesitaba verla para saber que la rodeaba; la sentía en la humedad que se posaba sobre su piel, en el sonido amortiguado de sus propios pasos, en la forma en que el mundo se volvía más íntimo, más cercano, más suyo.
Su bastón tanteaba el terreno por delante, golpeando la piedra con un ritmo pausado pero firme. Cada vibración que ascendía por la madera de fresno le contaba una historia: el ancho del pasillo, la altura del techo, la presencia de una escalera descendente a su izquierda, el vacío de un ventanal roto a su derecha. El fuerte se desplegaba ante ella como un mapa tejido en sonidos y texturas, y Belwën lo leía con la misma naturalidad con la que otros leían un pergamino.
No había nadie. Los soldados de la cazadora patrullaban el exterior, concentrados en la bahía y en los accesos principales. Nadie esperaba que una mujer invidente se infiltrara por la torre del faro derruido, escalando por un risco que cualquier otro habría considerado inaccesible. Pero Belwën no era cualquier otro. Sus pies descalzos encontraban asidero donde solo había roca lisa; sus dedos se aferraban a grietas invisibles; su cuerpo, delgado pero fibroso, se deslizaba por los recovecos del fuerte como si hubiera nacido para aquello. La bruma la envolvía, la protegía, la guiaba. Y Belwën avanzaba.
Kanthus, mientras tanto, no tuvo tanta suerte.
Había descendido por la ladera que conducía a la bahía, buscando un punto desde el que lanzar su distracción sin poner en peligro a Belwën. Su plan era sencillo: esperar a que la Zonotorh se hubiera adentrado lo suficiente en el fuerte, y entonces desatar un ataque lo bastante llamativo como para atraer la atención de los soldados. Fuego azul, explosiones controladas, el rugido de su magia resonando entre los acantilados. Lo justo para que Belwën y Zein pudieran moverse con libertad.
Pero el destino, como tantas otras veces, tenía otros planes. Un grupo de soldados que regresaba del barco con un cargamento de armas lo sorprendió al doblar un recodo del camino. Eran cinco, tal vez seis, y caminaban en formación laxa, con las antorchas alzadas para perforar la bruma. Kanthus se aplastó contra la roca, conteniendo la respiración, pero uno de ellos —el más joven, el más nervioso— lo vio.
—¡Allí! ¡Hay alguien!
El Kriegën maldijo entre dientes. No era el momento. No era el lugar. Pero ya no había vuelta atrás. Los soldados desenvainaron sus espadas y avanzaron hacia él, con las máscaras lisas reflejando la luz anaranjada de las antorchas. Kanthus dio un paso al frente, alzó las manos y dejó que las líneas blancas de sus antebrazos brillaran con una luz azulada y palpitante.
—No quiero hacerles daño —dijo, aunque sabía que sus palabras caerían en oídos sordos—. Apartense y los dejaré marchar.
El soldado que lo había descubierto soltó una risa áspera.
—¿Tú, solo, contra todos nosotros? —Alzó su espada—. Acaben con él.
No le dieron tiempo a replicar. El primero se abalanzó sobre él con un tajo horizontal dirigido al cuello. Kanthus se agachó, esquivó el filo por un palmo y respondió con un golpe de palma abierta contra el pecho del soldado. La magia azul estalló en el impacto, lanzando al hombre hacia atrás como si lo hubiera embestido un ariete invisible. Cayó sobre sus compañeros, derribando a dos más. Los otros tres no se amedrentaron. Atacaron al unísono, desde distintos ángulos, buscando acorralarlo contra la pared de roca. Kanthus suspiró. No había elección.
—Lo siento —murmuró.
Y entonces, el frenesí comenzó.
Zein, perdido en los pasillos del fuerte, escuchó el primer estallido como un trueno lejano. Se detuvo en seco, con el corazón martilleándole en el pecho. A través de los ventanales rotos, vio un destello azul iluminar la bruma, seguido de gritos y el entrechocar de espadas.
Kanthus, pensó. Ha empezado. Reanudó la marcha, más rápido ahora, buscando una salida, una escalera, cualquier cosa que lo llevara hacia el corazón del conflicto. Pero el fuerte era un laberinto de piedra y sombras, y cada paso parecía alejarlo más de su objetivo. Fue entonces cuando los tres soldados aparecieron frente a él.
Zein se quedó inmóvil. Ellos también. Durante un instante que se le antojó eterno, los cuatro se observaron en silencio, como depredadores que se evalúan antes de saltar. Las máscaras lisas de los soldados no dejaban ver sus expresiones, pero el forastero sintió el miedo que emanaba de ellos. Creían que era Kanthus. Creían que de sus manos brotaría la misma magia azul que acababa de diezmar a sus compañeros en la bahía.
Ojalá, pensó Zein con amargura.
—¡Es él… el otro! —exclamó el del medio, señalándolo con su guantelete rojo mientras desenvainaba la espada.
Zein retrocedió, maldiciendo. Podía enfrentarse a tres, pero el ruido atraería a más, y entonces estaría perdido. Retrocedió otro paso, buscando una ruta de escape. Y entonces, el mundo estalló.
Un vendaval de magia azul irrumpió por el ventanal más cercano, haciéndolo añicos. La onda expansiva arrasó el salón, arrancando vigas del techo, lanzando muebles podridos por los aires y enviando a los soldados a volar como muñecos de trapo. Zein sintió que el suelo se abría bajo sus pies, que la madera crujía y cedía, que el mundo se partía en dos como la cáscara de un huevo.
El techo colapsó. Las columnas se derrumbaron y atravesaron el piso, creando una grieta profunda que se tragó a dos de los soldados. El tercero quedó tambaleándose al borde del abismo, con su espada a punto de caer al vacío.
Zein y el soldado se miraron. Ambos comprendieron al mismo tiempo que la empuñadura de aquella arma estaba a la misma distancia de los dos.
El enmascarado fue más rápido. Se abalanzó sobre la espada y la alzó sobre su cabeza, dispuesto a partir al forastero en dos. Pero Zein ya no estaba allí. Sus brazos rodearon la cintura del soldado, lo levantaron como si fuera un costal de papas y lo estamparon contra el suelo con todas sus fuerzas.
El piso, debilitado por el impacto anterior, no soportó el golpe. Se desmenuzó bajo sus pies, y ambos cayeron al vacío.
Mientras tanto, en la bahía, Kanthus era un torbellino de fuego azul.
Los soldados caían a su alrededor como moscas. Su magia brotaba de sus manos en oleadas incontrolables, impulsada por la adrenalina y el miedo. No quería matarlos —nunca había querido matar a nadie—, pero no podía permitirse el lujo de contenerse. Si flaqueaba, si daba un solo paso en falso, aquellos hombres lo rodearían y acabarían con él. Y entonces Belwën estaría sola. Así que luchó.
Un soldado se abalanzó sobre él con un hacha. Kanthus lo esquivó, giró sobre sí mismo y le plantó la palma de la mano en la espalda. El hombre salió despedido contra la pared de roca y cayó inconsciente. Otro intentó atravesarlo con una lanza; el Kriegën atrapó la asta con una mano, la partió en dos con un golpe seco y usó uno de los fragmentos para golpear al soldado en la sien.
Pero eran demasiados. Por cada uno que caía, dos más ocupaban su lugar. Las líneas blancas de sus antebrazos palpitaban con una intensidad dolorosa, como si la magia que contenían estuviera a punto de desbordarse. Kanthus sentía que el fuego azul le quemaba las venas, que su corazón latía demasiado rápido, que el aire le faltaba.
Un poco más, se dijo. Solo un poco más. Dale tiempo a Belwën. Dale tiempo. Alzó ambas manos y las estrelló una contra otra. Una onda expansiva de magia azul barrió la bahía, derribando a los soldados que aún seguían en pie y haciendo temblar los cimientos del fuerte. El estruendo resonó entre los acantilados como el rugido de un dragón herido. Luego, el silencio. Kanthus cayó de rodillas, jadeando. A su alrededor, los cuerpos inconscientes de los soldados yacían esparcidos como hojas tras una tormenta. El fuego azul de sus manos se extinguió lentamente, dejando solo un tenue resplandor que palpitaba al ritmo de su corazón agotado.
Alzó la vista hacia el fuerte. La bruma seguía envolviéndolo todo, pero en algún lugar, tras aquellos muros de piedra, Belwën buscaba a Ragard.
—Date prisa —murmuró, con la voz quebrada por el cansancio—. No sé cuánto más podré contenerlos.
Y en el interior del fuerte, Zein caía. La bahía era un infierno de bruma y fuego azul.
Kanthus había perdido la noción del tiempo. Los soldados seguían llegando, oleada tras oleada, como si el fuerte los escupiera sin descanso. Sus brazos le ardían; las líneas blancas que recorrían su piel palpitaban con una intensidad dolorosa, como si la magia que contenían estuviera a punto de desbordarse y consumirlo por completo. Pero no podía detenerse. No mientras Belwën siguiera dentro. No mientras Ragard estuviera cautivo. No mientras aquella criatura —aquella cazadora— siguiera con vida.
Algo había cambiado en su interior.
Al principio, su único objetivo había sido crear una distracción. Ganar tiempo. Atraer la atención de los soldados para que Belwën pudiera infiltrarse sin ser detectada. Pero a medida que los cuerpos caían a su alrededor y la magia azul brotaba de sus manos como un torrente incontrolable, una idea comenzó a arraigarse en su mente, oscura y persistente como la hiedra venenosa. La cazadora.
Ella era la causa de todo. Ella había atacado a Zein en el bosque. Ella había herido a Ragard. Ella los había perseguido hasta las ruinas, había destruido la casa, había raptado a su amigo y ahora los tenía a todos atrapados en aquel fuerte maldito, bailando al son de su voluntad.
No bastaba con escapar, pensó Kanthus mientras esquivaba el tajo de un soldado y respondía con un golpe de palma que lo lanzó contra la pared de roca. No bastaba con rescatar a Ragard. Tenía que acabar con ella. Tenía que asegurarse de que nunca más volviera a amenazarlos.
La obsesión crecía como un fuego en su pecho, alimentada por la adrenalina, por el miedo, por la rabia. Las líneas blancas de sus antebrazos brillaron con más intensidad, respondiendo a su estado de ánimo, y Kanthus sintió que el poder fluía por sus venas como un río desbocado.
Quería verla. Quería enfrentarla. Quería demostrarle que no era una presa fácil. Que él era el cazador, no ella. Un soldado se abalanzó sobre él con un hacha. Kanthus ni siquiera lo miró. Alzó una mano y un destello azul lo envió a volar por los aires. Otro intentó flanquearlo por la izquierda; el Kriegën giró sobre sus talones y lo derribó de un barrido, rematándolo con un golpe seco en la nuca.
—¡Muéstrame dónde estás! —rugió, y su voz resonó entre los acantilados como un trueno—. ¡Deja de esconderte detrás de tus marionetas y enfréntame!
Solo el silencio respondió. Y luego, más soldados.
Kanthus apretó los dientes y siguió luchando. Belwën, mientras tanto, se movía por las entrañas del fuerte como un fantasma. La bruma que Danav había conjurado desde el mar lo envolvía todo, difuminando los contornos de los pasillos y salones, amortiguando los sonidos y creando un mundo de sombras y ecos. Para cualquier otro, aquella niebla habría sido un obstáculo insalvable. Para Belwën, era una aliada. No necesitaba ver. Su bastón golpeaba la piedra con un ritmo constante, y cada vibración le devolvía una imagen mental del entorno: la anchura del corredor, la altura del techo, la presencia de una escalera a su izquierda, el vacío de un ventanal roto a su derecha. Sus pies descalzos sentían la textura del suelo —piedra fría, madera podrida, escombros sueltos— y la guiaban con una precisión que desafiaba toda lógica.
Había reducido a dos soldados sin que estos supieran siquiera qué los había golpeado. El primero recibió un impacto del bastón en la sien antes de que pudiera gritar; el segundo, un barrido en las piernas que lo envió de cabeza contra una columna. Ambos yacían inconscientes, ocultos en la bruma como si nunca hubieran existido.
Pero no encontraba a Ragard. Había recorrido los pisos superiores, había descendido por escaleras en espiral, había atravesado salones derruidos y pasillos olvidados. Nada. Ni rastro del Zonotorh, ni de la cazadora, ni de ningún indicio de dónde podrían estar.
Tiene que estar aquí, se dijo, deteniéndose un instante para aguzar el oído. La cazadora no lo habría llevado lejos. Quiere tenerlo cerca para cuando lleguemos con el Helgehans.
Un estruendo lejano —otro de los ataques de Kanthus— hizo temblar los muros del fuerte. Belwën sintió la vibración a través de sus pies descalzos y supo, con una certeza que no necesitaba ojos para confirmar, que el Kriegën estaba perdiendo el control. Su magia era poderosa, pero también voluble, y si no se calmaba pronto, acabaría consumiéndolo. Date prisa, se urgió a sí misma. Encuéntralo antes de que sea tarde. Reanudó la marcha.
Kanthus no se calmó.
Cada soldado que caía era un paso más hacia su objetivo. Cada destello azul que brotaba de sus manos era una promesa de que, tarde o temprano, encontraría a la cazadora y la destruiría. Ya no le importaba el Helgehans, ni el trono de Dofs, ni la guerra que se cernía sobre el mundo. Solo le importaba ella. Tenía que acabar con ella.
La bruma se abrió ante él como un telón rasgado, y Kanthus se encontró en el patio delantero del fuerte, junto al muelle. El suelo de losa estaba agrietado y cubierto de escombros; trozos de fachada y muro se amontonaban por todas partes, derribados por la furia de la batalla. Un enorme agujero se abría en el centro del patio, donde parte del suelo se había hundido hacia las entrañas del fuerte. Y allí, recortada contra la niebla, estaba ella.
La cazadora. En su forma humana.
Vestía el mismo gabán gris, las mismas botas rojas, el mismo guantelete metálico. Su rostro demacrado, de piel blanca como la cera, mostraba una sonrisa torcida y cruel. Sus ojos desiguales —uno blanco, uno pardo— brillaban con una mezcla de diversión y desprecio.
—Por fin —dijo, y su voz resonó en el silencio repentino—. El Kriegën ha decidido dejar de jugar con mis soldados y enfrentarse a mí. ¿Tan ansioso estás de morir?
Kanthus no respondió. Se limitó a alzar las manos, dejando que la magia azul brotara de sus palmas como un torrente de fuego líquido. Las líneas blancas de sus antebrazos brillaban con una intensidad cegadora, y su rostro, surcado por el sudor y el polvo, reflejaba una determinación que rayaba en la locura.
—Has herido a mi amigo —dijo, con una voz que apenas reconocía como propia—. Has perseguido a los míos. Has convertido nuestro viaje en una pesadilla. Ya basta. Esto termina aquí.
La cazadora soltó una carcajada.
—¿Termina? ¿Tú contra mí? —Negó con la cabeza, como quien reprende a un niño—. No has entendido nada, Kriegën. Yo solo soy una herramienta. Un medio para un fin. Mátame y otro ocupará mi lugar. Egilderik no se detendrá hasta tener el Helgehans. Y cuando lo tenga, este mundo arderá. Tú no puedes detenerlo. Yo… —hizo una pausa, y su sonrisa se ensanchó—, yo solo me aseguro de cobrar mi parte.
Kanthus dio un paso al frente. La magia de sus manos se intensificó, proyectando sombras alargadas sobre los muros derruidos.
—No me importa Egilderik. No me importa el Helgehans. Solo me importas tú. Y voy a asegurarme de que no vuelvas a hacer daño a nadie.
La cazadora lo observó con una mezcla de curiosidad y hastío. Luego, sin previo aviso, alzó una mano y chasqueó los dedos. De entre la bruma, una lluvia de flechas surcó el aire. Kanthus reaccionó por instinto. Alzó ambas manos y creó un escudo de magia azul que detuvo los proyectiles a escasos palmos de su rostro. Las flechas cayeron al suelo, inofensivas. Pero la cazadora ya no estaba allí.
—¡Cobarde! —rugió el Kriegën, girando sobre sí mismo—. ¡Deja de esconderte!
Su respuesta fue otra andanada de flechas, esta vez desde un ángulo distinto. Kanthus las detuvo de nuevo, pero el esfuerzo empezaba a pasarle factura. Las líneas blancas de sus brazos palpitaban con dolor, y su respiración se volvía cada vez más entrecortada.
No puedo seguir así, pensó. Me está desgastando. Tengo que encontrarla.
—¡Kanthus!
La voz de Belwën llegó desde algún lugar a su izquierda. El Kriegën giró la cabeza y la vio emerger de entre la bruma, con el bastón en alto y el rostro surcado por la determinación.
—¡Belwën, aléjate! ¡Es una trampa!
—¡Lo sé! ¡Pero no estás solo!
La Zonotorh se colocó a su lado, espalda contra espalda, y alzó su bastón. La bruma pareció responder a su presencia, arremolinándose a su alrededor como un manto protector.
—No puedo verla —dijo Belwën, con la voz tensa—, pero sé dónde está. Está jugando con nosotros. Quiere que nos desgastemos.
—Pues lo está consiguiendo —gruñó Kanthus.
—No. Aún no. —Belwën alzó el rostro, como si olfateara el aire—. Hay alguien más. Al otro lado del patio. Dos personas.
El corazón de Kanthus dio un vuelco.
—¿Ragard?
—Sí. Y Zein.
Zein y Ragard emergieron de entre las ruinas justo cuando otra andanada de flechas surcaba el aire. El forastero se interpuso entre el Zonotorh y los proyectiles, con el Girjam en alto y el cuerpo tenso como un resorte. Esta vez, su espada haría algo. Esta vez, no fallaría.
—¡Zein, a tu derecha! —gritó Ragard, que se había postrado en el suelo sin comprender como podia saber de donde venian los ataques…penso que alfin su poder de Avatar servia de algo sin necesidad de las cartas.
Zein se apartó justo a tiempo. La flecha pasó de largo y se perdió en la bruma.
—¿Cómo has…?
—¡Retrocede!
Obedecía. Otra flecha silbó, y el acero del Girjam se movió para cercenarla en el aire. Una, dos, tres flechas cayeron al suelo, inofensivas. La cuarta fue desviada por un tajo certero.
—¡Bien, sigue así! —jadeó Ragard, sin apartar la vista de la bruma—. ¡Sigue así!
Zein avanzó un paso, buscando a la cazadora entre la niebla.
—Ragard, ahora dime dónde demonios está esa bestia para cortarle la cabeza.
El Zonotorh no respondió. Miraba la bruma con una fijeza que helaba la sangre, como si estuviera a punto de zambullirse en un río revuelto. Luego, con un movimiento brusco, se irguió y aguardó.
—¿Ragard?
Una flecha pasó junto a Zein y se clavó en el pecho del Zonotorh. El impacto fue seco, brutal. Ragard dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta en un grito que nunca llegó a nacer. Luego, la fuerza del proyectil lo empujó hacia atrás, y Zein lo vio caer de espaldas por el agujero que se abría en la losa del patio.
La niebla lo devoró.
—¡Ragard! —gritó Zein, lanzándose hacia el borde del abismo.
Pero ya era tarde. El Zonotorh había desaparecido en la oscuridad, tragado por las entrañas del fuerte, y el silencio volvió a adueñarse del patio.
A lo lejos, la risa macabra de la cazadora resonó entre la bruma.
—Uno menos —dijo—. ¿Quién es el siguiente?
Kanthus apretó los puños. La magia azul de sus manos se intensificó hasta volverse casi blanca. Belwën, a su lado, alzó el bastón y dejó que la bruma la envolviera por completo.
La batalla no había terminado. Ragard se fundió con la niebla.
Zein se quedó paralizado, con las piernas bloqueadas y el aliento atrapado en la garganta, mientras veía cómo el Zonotorh desaparecía en el abismo del patio. El miedo lo dejó mudo, inútil, como una estatua esculpida en sal. Pero nada podía hacer.
La cuerda del arco se tensó de nuevo, y el sonido lo obligó a girar, a perder la vista entre la bruma. La risa de la cazadora lo guió por un instante, pero luego, un fogonazo azul desgarró la niebla y dejó al descubierto su silueta. Kanthus la había encontrado.
Zein corrió hacia el agujero y saltó justo antes de que una ráfaga de magia barriera el lugar. Arriba, el Kriegën y la cazadora iniciaban de nuevo su feroz batalla, y el mundo se convertía en un torbellino de fuego azul y sombras deformes.
El fondo del agujero no era profundo. Zein cayó sobre un montón de escombros y losas rotas, y por un momento, lo único que tuvo frente a sus ojos fue polvo, piedra y madera astillada. Pero allí estaba. Tendido en el suelo, con una flecha clavada en el pecho, y levantándose mientras soltaba un sollozo. Ragard vivía.
Zein llegó hasta él, boquiabierto por la sorpresa y el alivio al mismo tiempo.
—¿Cómo…? —fue lo único que acertó a decir, tras varios intentos fallidos de articular palabra.
Ragard rasgó su vestidura junto al pecho y extrajo la flecha. La punta se había ido a clavar directamente en la piedra de sanación, aquella que el forastero había usado en vano para cerrar la herida del costado. La había olvidado por completo. La mano de Ragard se había quedado con ella, y ahora, aquel trozo de mineral le había salvado la vida.
—Es la mejor piedra de la suerte que se pueda tener —dijo el Zonotorh, contemplándola un momento mientras sonreía débilmente. Al retirar la punta, la piedra se partió en dos mitades iguales, como si hubiera cumplido su propósito y se entregara al descanso.
—¿Sabías que la flecha…? —empezó Zein. Ragard asintió.
—Fue una voz interior. Me esta sucediendo algo… —Hizo una pausa y le ofreció uno de los trozos de la piedra partida—. Siento lo de tu piedra.
—Yo también. —Zein tomó la mitad y la guardó con cuidado—. Guarda la otra. No puedes dejar ir una piedra de la suerte como esta.
Pero mientras el forastero envainaba su espada y lo ayudaba a ponerse en pie, Ragard no pudo evitar que su mente viajara a otro lugar. A un lugar más profundo, más oscuro, más verdadero. No habían sido las cartas.
Mientras caía por el agujero, con la flecha clavada en el pecho y la certeza de que aquel era su final, Ragard había sentido algo que nunca antes había experimentado. No era la magia de su sangre Zonotorh, ni el don de la cartomancia que le permitía atisbar los hilos del destino. Era algo más antiguo, más vasto, más profundo. Como si una puerta que había permanecido cerrada durante toda su vida se hubiera abierto de golpe, dejando entrar una luz cegadora.
Eres el último Avatar. Mi poder vive en ti.
La voz de Gardarh resonó en su mente, pero esta vez no como un eco lejano, sino como una presencia viva, palpitante, que se fundía con su propia conciencia. Ragard sintió que el tiempo se detenía a su alrededor. La caída se volvió ingrávida, el ruido del derrumbe se apagó, y solo quedó aquella luz, aquella verdad que había estado evitando desde que salió del Paso del Eco.
Soy el Avatar, se dijo, y por primera vez, las palabras no le pesaron como una losa. Soy el heredero de Gardarh. El último de los Zonotorh con el poder de cambiar el destino. Y no voy a morir aquí. No voy a dejar que mis amigos mueran aquí. No mientras pueda hacer algo para impedirlo.
Vio la piedra de sanación en su mano, partida en dos, y supo —en su interior, algo que acababa de despertar, se lo reveló— que Zein la usaría para curarlo. Vio al forastero postrado a su lado, con las manos temblorosas y la voluntad desbordada, y supo que aquel muchacho de ojos rojos y corazón herido lograría lo imposible.
Ya no eran las cartas. Era él. Era el Avatar que por fin aceptaba su destino.
Si salgo vivo de esta, se prometió a sí mismo, se lo contaré todo. A Kanthus. A Belwën. A Zein. Dejaré de ocultar lo que soy. Ya basta de secretos. Ya basta de miedos. Si el destino me ha elegido, que sea. Pero no cargaré con esto solo. Ellos merecen saber la verdad. La luz se desvaneció, y Ragard volvió a sentir el suelo bajo sus pies, el polvo en sus pulmones, el dolor en su pecho. Pero ya no era el mismo hombre que había caído por aquel agujero. Era el Avatar. Y estaba listo para luchar. Zein lo ayudó a trepar de nuevo por el agujero, y juntos huyeron de una buena vez.
Cruzaron entre varios soldados desperdigados, evitando ser aplastados por escombros que volaban y caían por doquier. La batalla entre la cazadora y Kanthus era una tormenta de relámpagos azules que parecía a punto de tragárselos. Ragard cojeaba, aferrándose al hombro de Zein, pero su mirada ya no era la de un hombre derrotado. Era la de alguien que había visto la verdad y había decidido abrazarla. Y de repente, una bestia bramó. Una enorme.
Aquel rugido provino del mar. Se detuvieron un momento, a sabiendas de que lo más sensato era correr y no parar. Un fogonazo azul iluminó la bruma, y una silueta monumental surgió de entre las olas. Tras esta, un estallido, un rugir capaz de acallar una tormenta.
Zein no tardó en ver la espalda de la cazadora, que volaba en su dirección empujada por algo colosal. Entendió, con un escalofrío, lo que estaba ocurriendo: la cazadora estaba aferrada a la proa del barco. La parte delantera de la embarcación había sido arrancada de cuajo, y con ella, la bestia era arrastrada por los aires como un juguete roto.
Esta vez fue Zein quien apartó a Ragard de lo que sería la madre de todas las embestidas.
El choque fue descomunal. Volaron al ser alcanzados por el aire feroz que los apartó de un manotazo, seguido por un nubarrón de escombros que se elevó casi tan alto como la torre del faro. El mundo se convirtió en un torbellino de polvo, madera y piedra, y ambos cayeron quien sabe dónde. Fue la arena de la playa, oculta bajo el suelo del fuerte, lo que los recibió. Zein fue el primero en erguirse, con media cara cubierta de arena y un dolor punzante que le recorría el cuerpo. A pesar de la niebla, podía apreciarse la catástrofe. La nube de escombros se alzaba como la silueta de un gigante a punto de desplomarse. Se apoyó en las rodillas, escupiendo la arena que había tragado y que casi lo ahoga. Buscó a Ragard, que había desaparecido, y temió hallarlo sepultado entre los escombros. Pero no. Estaba cerca, y sus gemidos lo delataron.
Zein llegó a su lado y maldijo para sus adentros.
El choque había provocado que la herida del costado —la que su propia espada había causado— se abriera. Sangraba, y no había forma de detenerla. Trató de ayudarle, de hacer algo, pero Ragard se negó y apartó su mano.
—Zein… márchate. Es tarde para mí. Busca a Belwën… ayuda a Kanthus.
—No, no… esta vez no.
—Zein, por favor…
Ragard se retorció de dolor.
—No… no… —Las manos de Zein se apartaron de él, temblorosas. No supo qué hacer.
El miedo se convirtió en un ancla que lo arrastraba al desasosiego más absoluto. Ragard se moría allí mismo, y él no era capaz de hacer nada. Quizás Belwën… Quizás Kanthus o Danav… Quizás aquella maldita suerte que siempre lo acompañaba, pero que se había quedado allá lejos, en su hogar.
Se levantó y retrocedió sin dejar de ver a Ragard desangrándose. Luego, giró para correr y dejarlo a su suerte. Pero se detuvo cuando la niebla lo ocultó de nuevo. Buscar ayuda no cambiaría el hecho de que Ragard moriría.
¿Y para eso había regresado? ¿Para dejarlo morir sin saber qué hacer para evitarlo?
Derrotado, cerró los puños cargados de un coraje agrio. Pero algo le lastimó la mano. Al abrirla, en su palma temblorosa estaba la mitad de la piedra de sanación. Sin saber cómo había llegado allí, un fogonazo de aliento lo empujó a cubrir los mismos pasos de regreso. Se postró junto a Ragard y apoyó el trozo de mineral sobre la herida por segunda vez. Cerró los ojos y puso toda su voluntad para que aquella maldita herida se cerrara. Y aunque Ragard había desaparecido, al igual que el fuerte cuando regresaba al náufrago, junto a Ismael una vez más, su voluntad desbordada alimentaba la piedra para que la herida desapareciera antes de que él los dejara.
—Ciérrate, por favor… Ciérrate, por favor…
La tormenta hizo eco en aquella oscuridad total. Pero fue mermando mientras su murmullo, su petición porque Ismael viviese, se marchaba con ella. Dejándolo como un náufrago en una vasta calma, etérea y silenciosa.
—Zein… Zein…
La voz de Ismael lo trajo de vuelta. Pero él no regresó con él.
—Zein —dijo Ragard, mirando su herida, el resplandor que escapaba de las manos del forastero.
La piedra, manchada con su sangre, relucía y cerraba la herida finalmente. Y al lograr su cometido, su brillo desapareció.
—Lo has logrado. —La herida que la espada de Zein había abierto había desaparecido por completo. Ragard se levantó despacio, palpando su piel con la misma incredulidad que reflejaban sus ojos—. Me has salvado, Zein…
Sin creérselo aún, el forastero negó con la cabeza.
—Estamos a mano. Recuerda que primero me salvaste tú, antes de agradecértelo atravesándote con mi espada —bromeó, sin aliento—. Así que esto, en parte, fue mi culpa.
Miró el trozo de roca en su mano aún temblorosa.
—Ragard… ¿fue esto lo que te mostraron tus cartas? ¿Sabías que esto iba a pasar?
El Zonotorh posó su mano en el hombro del forastero y se limitó a reír socarronamente.
—Las cartas me advirtieron que tu piedra evitaría que esa flecha atravesara mi pecho. Nada más.
Zein asintió, no muy convencido, y guardó por segunda vez la piedra, aliviado por Ragard y creyendo ciegamente que, al no estar en su hogar, su don, Krahandor y la magia de la piedra habían quedado allá. Sin embargo, la voluntad no conocía distancia ni hogares ajenos.
—Estaba lejos de imaginar que podría cerrar finalmente esa maldita herida… No sé cómo fue posible.
Ragard lo miró con una expresión nueva, más serena, más sabia. Como si viera algo en Zein que el forastero aún no había descubierto en sí mismo.
—Zein… no es difícil para ti obrar lo imposible.
El forastero no respondió. Afuera, la batalla seguía rugiendo. Pero por un instante, en aquel rincón de la playa oculta bajo las ruinas del fuerte, solo existieron ellos dos, unidos por un lazo que ninguno alcanzaba a comprender del todo.
Ragard se puso en pie, ayudado por Zein, y juntos volvieron la vista hacia la niebla, hacia el fragor de la lucha, hacia el destino que los aguardaba. El Avatar había aceptado su verdad. Y ahora, solo quedaba sobrevivir para contarla.
IV.
El Cielo Robado.
Ragard, como si no hubiera estado convaleciente durante dos jornadas enteras, fue el primero en salir del segundo hoyo al que habían caído. Extendió su mano y ayudó a Zein a regresar al vasto territorio donde la niebla seguía reinando, impasible, como un manto de olvido que se negara a levantar. Poco más adelante, una silueta envuelta por un aura azul aguardaba en medio de los escombros.
—¡Kanthus! —gritó Zein.
—No se muevan —respondió el Kriegën, sin volverse—. No se acerquen.
De entre las ruinas, la cazadora surgió otra vez. Apartó una columna caída con un gesto casi displicente y avanzó hacia Kanthus, sacudiendo el polvo de su sombrero negro antes de colocárselo de nuevo sobre la cabeza. Contempló lo poco que la niebla dejaba entrever, con la calma de quien acaba de dar un paseo y no de quien ha estado luchando por su vida. Se detuvo. Alzó la mirada, buscando algo entre el éter blanquecino que lo envolvía todo. Levantó una mano, y de su palma abierta un rayo surgió disparado hacia el cielo, perdiéndose entre las nubes bajas. Cegado por unos instantes, Zein parpadeó con fuerza. La niebla pareció agitarse, y del cielo mismo, como una respuesta a aquel llamado, una gota de lluvia enorme cayó más adelante de la cazadora. Era Danav.
El zorro druida yacía inmóvil sobre los escombros, con el pelaje plateado manchado de polvo y sangre. Zein quiso correr hacia él, pero Ragard lo detuvo con un brazo firme. Danav no se movió tras la caída. Estaba herido. Y la niebla que había creado, aquel manto protector que los había envuelto durante toda la batalla no tardó en desaparecer, disipándose como un sueño al amanecer.
El mundo quedó al descubierto. Cuerpos y escombros los rodeaban por todas partes. Medio barco era tragado por el mar revoltoso, y su otra mitad yacía desperdigada en el interior de un fuerte que aún se mantenía en pie, aunque seguramente no por mucho tiempo. La marea lamía los restos del naufragio con una indiferencia casi obscena.
Al marcharse la bruma, se apreciaba que Kanthus había logrado herir a la cazadora. Un trozo de hierro retorcido, quizás parte del mástil del barco o de alguna viga del fuerte, atravesaba parte de su pecho. La mujer lo tomó sin inmutarse, lo extrajo con un gesto seco y lo sostuvo unos momentos, casi como si lo admirara, antes de arrojarlo a un lado. La mitad de su cuerpo estaba bañada en su propia sangre, pero su rostro demacrado no mostraba dolor alguno. Solo una cansada diversión.
—Debo felicitarlos… a todos… —dijo, y su voz resonó en el silencio—. Han sido unas presas fabulosas. Admito que no imaginaba llegar a esto. Podíais, sencillamente, rendiros y entregarme el Helgehans, seguir con sus vidas, llegar a un trato…Dejó escapar una risa socarrona, carente de humor.
—Pero han decidido ir en contra de la voluntad de Egilderik, de su ambición… y soy muy consciente de que no lograré que cambie de opinión, a sabiendas de que tienen todas las de perder.
Kanthus se acercó al zorro y lo tomó en sus brazos con una delicadeza que contrastaba con la furia que había desatado minutos antes. Caminó hacia Zein y Ragard, y depositó a Danav en los brazos del forastero. La batalla había hecho estragos en el Kriegën: su rostro estaba surcado de arañazos, sus ropas hechas jirones, y las líneas blancas de sus antebrazos palpitaban débilmente, como brasas a punto de extinguirse. Pero no parecía herido de gravedad.
Miró a Ragard. El alivio en sus ojos era evidente. Su saludo fue simple: apoyó la mano en el hombro de su amigo, y Ragard correspondió poniendo la suya sobre la de él. Un gesto breve, casi íntimo, que decía más que mil palabras. Luego, ambos se apartaron y encararon a la cazadora.
—Cuida de él, Zein, por favor —pidió Kanthus.
El forastero asintió, sosteniendo a Danav contra su pecho. Quiso pedir disculpas por no haber obedecido, por no haber marchado cuando el sabio le mostró el camino de regreso a casa. Se sentía como un niño que espera un castigo.
—Kanthus… yo…
—Bellwën te espera. Búscala y escucha lo que tiene que decirte.
—¡No podía marcharme así sin más! ¡Por eso decidí quedarme, tenía que hacerlo, no podía partir…! ¡Y dejaros a su suerte!
Kanthus retrocedió mientras asentía, uniéndose a Ragard. Juntos, hombro con hombro, encararon por segunda vez al enemigo. Dos siluetas recortadas contra la luz espectral que se filtraba entre las nubes. Zein retrocedió, apretando a Danav contra su pecho, mientras la voz amenazante de la cazadora cortaba el aire.
—Admiro su valor, el de todos… Y al igual que ustedes, tiempo atrás creí en una causa. Era leal a ella, y la defendí a muerte. Pero una verdad inequívoca me mostró el camino que ustedes, testarudamente, están recorriendo. Y eso los ha condenado.
Los brazos de Kanthus se encendieron de nuevo. La magia azul brotó de sus palmas como un torrente, iluminando los escombros con un resplandor espectral. Y a pesar de que la tormenta se avecinaba, en la calma que la precedía, el Kriegën habló por última vez.
—Zein… Gracias por volver.
El zorro se movió inquieto entre sus brazos. Respiraba, pero parecía que en cualquier momento dejaría de hacerlo. Zein entró en el fuerte y se detuvo tras algunos pasos indecisos, con el corazón martilleándole en el pecho.
Afuera, la tormenta volvía a nacer. Los relámpagos azules de Kanthus espantaban la oscuridad que lo rodeaba, y el estruendo de la batalla amenazaba con derrumbar lo que quedaba de aquellas ruinas. El eco de unos pasos lo hizo girarse hacia la penumbra.
Bellwën surgió de entre las sombras, caminando tranquilamente hacia él. Su bastón-sonda golpeaba el suelo con un ritmo pausado, y su rostro, aunque cansado, reflejaba una serenidad que desentonaba con el caos que los envolvía.
—¿Bellwën? ¿Estás bien? Ragard está con Kanthus…
—Lo sé. Estoy bien. —La Zonotorh extendió los brazos—. Dame a Danav.
Con delicadeza, Zein le entregó al zorro herido. Bellwën lo tomó y lo protegió contra su pecho, acunándolo como si fuera un niño.
—Zein, entendí finalmente por qué estás aquí. Por qué llegaste a nosotros.
Antes de que el forastero pudiera preguntar, Bellwën le tendió la causa de toda aquella catástrofe. Extendió el Helgehans hacia él.
Zein dudó. Su mano se quedó suspendida en el aire, como si temiera que aquel objeto fuera a morderlo. Pero al final lo tomó, y su peso —un peso que no era físico, sino de otro tipo— se posó sobre su palma.
—¿Y qué esperas que haga con esto? —preguntó, arropando a Bellwën y a Danav con una mirada cargada de incertidumbre.
—Llevártelo contigo. Dárselo a quien lo merece. A alguien que no lo use para derramar sangre a través de su codicia.
—¿Entregarlo? ¿A quién? ¿Quién merece proteger esto?
—El Helgehans te lo dirá. Confía en él.
Zein bajó la vista hacia el objeto que sostenía. El Helgehans no era más que un sencillo y pequeño cubo de madera, de un tono marrón apagado, sin adornos ni inscripciones. Nada más. Y sin embargo, aquel simple cubo era el causante de todo: de la tormenta que rugía afuera, de que el fuerte estuviera a punto de caer, de una ambición sin fondo que había arrastrado a hombres y monstruos a una guerra sin sentido.
—Zein —continuó Bellwën, y su voz se volvió más suave, casi un susurro—, esa es la razón por la que estás aquí. Para detener esta locura. Debes llevártelo contigo. Debe estar lejos de todo el mal que provocará. Y aunque ella —señaló hacia el exterior, hacia la cazadora— cumpla su palabra y no nos mate, le entregará el Helgehans a un hombre que mataría a miles por adueñarse de un poder que no le pertenece. Ni a él, ni a nadie.
El cubo de madera que sostenía su mano cansada tenía que desaparecer. Y seguramente, las razones eran aquellos actos que aún no habían nacido, aquellas tragedias futuras que solo existían como ecos de un destino que podía torcerse.
Bellwën le tomó el rostro con delicadeza. Sus dedos fríos se posaron sobre sus mejillas, y sus ojos lo miraron como si pudieran verlo por primera vez.
—Gracias, Zein. Gracias por darnos esperanza. Pero debes dejarnos ahora.
El forastero retrocedió un paso. Luego otro. Antes de salir por el portón derruido, tomó la esquirla —aquella que no había perdido su brillo azul— y la sostuvo en una mano, mientras en la otra aferraba el Helgehans. El contraste era extraño: la luz etérea del cristal y la madera opaca del cubo, unidos en sus palmas como dos mitades de un mismo misterio. Y al igual que en el bosque, cuando Danav lo arrancó de la batalla para llevarlo ante el sabio, Zein dejaba atrás a Belwën y volvía sobre sus pasos. Pero esta vez, el peso que cargaba era distinto. Y el camino que se abría ante él, más incierto que nunca.
Zein se adentró una vez más en la tormenta. Ragard y Kanthus estaban enfrascados en una cruenta batalla con la cazadora, y tenían una segunda oportunidad para detenerla finalmente. Pero ella no se lo ponía fácil. Seguramente, que te embistan con la proa de un enorme barco era suficiente para matar a cualquiera. Para la cazadora, sin embargo, lo único que había logrado era mermar sus fuerzas un poco. No se había convertido en aquel monstruo colosal que los aterró en el bosque. Mantenía la forma de aquella mujer demacrada, de piel blanca como la cera y ojos desiguales, tal como se les había presentado por primera vez. Y aun así, era un rival de cuidado.
El forastero se limitó a observar de nuevo. A ocultarse lejos de la batalla, tras un montón de escombros que aún humeaban, sin atreverse a inmiscuirse. La última vez que había intentado hacer algo, casi mata a Ragard. Habría sido fácil largarse, así sin más. Romper la esquirla y dejar que ocurriera lo que tuviera que ocurrir. Abandonar aquel mundo de locos y regresar a casa, donde al menos las calamidades tenían un rostro conocido. Pero no lo hizo. Aguardó. Esperanzado en que, en cualquier momento, Ragard y Kanthus se alzaran con la victoria y marcharan a salvo lejos del fuerte. Pero fue la esperanza la que se marchó primero, dejándolo encadenado al desaliento tras aquellos escombros.
La cazadora era una fuerza abrumadora. Ambos Kriegën no podían encararla, y era cuestión de tiempo que aquella horrible mujer los venciera. Se movía tan rápido que desaparecía ante sus ojos para aparecer lo suficientemente cerca y descargar su cólera en contundentes puñetazos. De un momento a otro, la batalla se convirtió en una pelea de perros donde la magia casi había desaparecido y donde golpes capaces de hacer añicos la piedra ocuparon su lugar. Los tres estaban llegando al límite de sus fuerzas.
La cazadora rompió la defensa de Ragard. Le asestó tres golpes secos que lo enviaron al suelo como si le hubiera caído un árbol encima. El Zonotorh se recuperó rápidamente, pero quedó postrado, con las palmas de las manos pegadas a la tierra. La cazadora apareció frente a él y le propinó una patada que lo estampó contra una pared caída.
Pero Ragard logró atraparla. Su contragolpe fue una runa azul que apareció bajo los pies de la mujer. La magia salió disparada hacia el cielo, destrozando el suelo y llevándose a la cazadora por delante. No se supo cómo mantuvo los pies en la tierra y no reventó allí mismo. Cayó postrada, pero Kanthus ya corría hacia ella con la mano extendida. Le aferró el rostro, y su magia estalló en una deflagración azul. La cazadora se convirtió en una llamarada que, lejos de reducirse a cenizas, se avivó con la fuerza de mil hogueras. Y la maldita se irguió. Convertida en una silueta ennegrecida, aferró a Kanthus de los brazos. La magia los envolvía a ambos. El Kriegën no pudo contrarrestar la fuerza que abría sus miembros, ni controlar su poder, que reventó en una violenta explosión. Kanthus salió despedido y se estampó contra el suelo. El aire se convirtió en un azote que derribó a Zein, apartándolo de su camino y lanzándolo contra los escombros. Aturdido, el forastero se arrastró de nuevo hacia el montón de piedras donde se escondía. Temeroso, asomó la cabeza. La cazadora, como si nada hubiera ocurrido, contemplaba a sus presas finalmente derrotadas. Esa maldita mujer tenía la vida de Kanthus y Ragard a su merced. Y pensar que salvarlos dependía de él…Zein intentó con todas sus fuerzas no desfallecer mientras sacaba una vez más la esquirla. Resplandecía en su mano temblorosa, ajena al desastre que los envolvía. Pero fue su brillo hipnótico lo que le dio un atisbo de esperanza. Una idea comenzó a tomar forma en su mente. Una decisión que, aunque improbable, podría salvarlos.
—No hay forma de detenerme, de que la victoria se incline a su favor. ¡Y lo saben muy bien! —La cazadora escupió sangre al hablar—. Os di una opción, y juro que habría cumplido mi palabra. Debisteis creerme. Ahora acabaré con ustedes, y luego iré a por esa ciega. Le arrebataré el Helgehans… junto con su corazón.
Zein salió de su escondite. Espada en mano, avanzó hacia la cazadora, que a su vez caminaba hacia el derrotado Kanthus. El Kriegën trataba de ponerse en pie, apoyándose en los escombros, pero sus brazos apenas le respondían. Los pasos del forastero, vacilantes al principio, se convirtieron en las primeras zancadas hacia el final. La cazadora giró sobre sí misma al escuchar el retumbar de sus botas sobre la piedra rota. Seguro que advirtió la espada con tanta antelación que habría podido apartarse si hubiera querido. Pero no lo hizo. Recibió la embestida con los brazos abiertos.
El acero la atravesó por completo. El Girjam se hundió en su vientre como si perforara carne muerta. La cazadora apenas retrocedió un par de pasos. Ni siquiera se inmutó.
—Forastero… tu hedor te delató mucho antes que tus pasos de insensato. —Bajó la mirada hacia el acero que le atravesaba el vientre—. ¿Crees que puedes acabar conmigo?
Su horrible rostro forjó una mueca de burla. Zein quiso sacar la espada y cercenarle la cabeza, pero la mano de la mujer apresó la hoja con una fuerza sobrehumana, impidiéndole moverla más.
—Pudiste haberte largado. Salir airoso. No ser parte de esto. Pero te has atrevido a atacarme por la espalda… ¡por segunda vez! —Su único ojo blanco brilló de forma siniestra—. Es momento de que recibas la recompensa por tu estupidez.
Justo frente a los ojos del forastero, la cazadora comenzó a transformarse de nuevo en aquel monstruo. Su enorme boca se abrió, dejando ver hileras de dientes como púas. Su lengua viscosa y alargada lo rodeó por completo, aprisionándolo. El monstruo creció, levantando a Zein del suelo como si fuera un muñeco de trapo.
—¿Entiendes finalmente cuál es tu verdadero papel en todo esto?
Zein no respondió. Lo que hizo fue sacar la esquirla de su boca, donde la había ocultado momentos antes. La sostuvo entre los dientes, y atravesó a la cazadora con una mirada de la que muy rara vez podía alardear. La de la victoria. Rompió la esquirla de un mordisco. El cristal cedió con un chasquido seco, cortándole el labio de paso. La sangre le resbaló por la barbilla, pero el forastero no apartó la vista de aquel ojo blanco que, por primera vez, reflejó algo parecido al estupor. La cazadora no había imaginado que caería en una trampa tan simple. Tan desesperada. Un destello cegador lo inundó todo.
Una fuerza imparable los jaló en todas direcciones a la vez. Igual que en el templo, cuando Zein tocó aquel cristal maldito, la luz se adueñó de todo: de él, de la cazadora, del fuerte, de aquel hogar prestado al que había llegado jornadas atrás.
Cegado y ensordecido, náufrago en la inmensidad de la incertidumbre, el forastero se aferró a la espada de su maestro. Sentía que era elevado por el interior de una columna de luz que abría el cielo y se perdía en un océano de estrellas. El rugido de la cazadora se mezclaba con el silbido del viento cósmico, y todo su ser se tensó en una agonía que no era física, sino existencial.
Pero él sabía —o al menos quería creerlo con todas sus fuerzas— que aquel pedazo de esquirla lo llevaría por buen camino. Que, esta vez, volvería a ver su cielo robado.
V.
Mas Allá De La Verdad.
La columna de luz se desvaneció tan repentinamente como había surgido, dejando tras de sí un silencio espeso, casi sagrado, que se posó sobre las ruinas del fuerte como un sudario. El mar, que momentos antes rugía con la furia de una bestia herida, parecía haberse calmado, como si también él contuviera la respiración ante lo que acababa de presenciar.
Ragard fue el primero en incorporarse. Su cuerpo protestó con una letanía de dolores —la herida del costado, aunque cerrada por la piedra de Zein, aún palpitaba con un recuerdo sordo; sus músculos, castigados por la batalla, apenas le respondían—, pero logró ponerse de rodillas y alzar la vista hacia el punto exacto donde, segundos antes, el forastero y la cazadora habían desaparecido. No quedaba nada. Solo un cráter humeante, de bordes vidriados por el calor de la luz, y un olor a ozono y a sal que se mezclaba con el hedor de la sangre y la madera quemada.
—Zein… —murmuró, y el nombre le supo a despedida.
Kanthus yacía a unos pasos, con el rostro vuelto hacia el cielo encapotado y los brazos extendidos como las alas de un pájaro caído. Las líneas blancas de sus antebrazos apenas palpitaban, tenues como el último rescoldo de una hoguera. Estaba vivo, pero agotado más allá de lo razonable. Belwën había salido de entre las ruinas del fuerte con Danav en brazos, y ahora se arrodillaba junto al Kriegën, palpando su rostro con aquellos dedos fríos que leían el mundo mejor que cualquier par de ojos.
—Vivirá —dijo al fin, y su voz, aunque serena, delataba un agotamiento profundo—. Pero necesita descanso. Todos lo necesitamos.
Ragard asintió, sin fuerzas para responder. Su mirada seguía perdida en el horizonte, donde el mar y el cielo se fundían en una franja de un gris sucio. Zein se había ido. Se había llevado consigo a la cazadora, al Helgehans y a una parte de todos ellos que ya nunca regresaría. Y él, el último Avatar Zonotorh, no había podido hacer nada para impedirlo. O quizás sí. Quizás su papel era precisamente ese: dejar que el forastero cumpliera su destino mientras ellos cumplían el suyo.
—Descansemos —dijo al fin, con una voz que no reconocía como propia—. Mañana… mañana decidiremos qué hacer.
Los días que siguieron fueron un paréntesis de calma forzada. Encontraron refugio en una aldea de pescadores a medio día de camino del fuerte, un puñado de casas de madera y piedra encaramadas en un acantilado, donde el olor a salitre y a pescado seco lo impregnaba todo. Los aldeanos, gentes curtidas por el mar y la pobreza, los recibieron con una desconfianza que pronto se tornó en compasión al ver el estado en que llegaban. Les cedieron una cabaña abandonada junto al embarcadero, y allí, entre redes viejas y aparejos oxidados, los tres compañeros —cuatro, contando a Danav— se entregaron al lento proceso de sanar.
Kanthus fue el que más tardó en recuperarse. La batalla había drenado su magia hasta dejarlo vacío, y las líneas blancas de sus antebrazos permanecieron apagadas durante casi una semana. Pasaba las horas sentado en el umbral de la cabaña, con la mirada perdida en el mar, sin hablar, sin apenas moverse. Belwën, en cambio, se volcó en los demás: cuidaba de Danav, que cojeaba pero mejoraba día a día; preparaba ungüentos con las hierbas que encontraba en los alrededores; y velaba el sueño de Ragard, que a menudo se veía interrumpido por pesadillas que el Zonotorh no compartía con nadie.
Fue en una de aquellas noches, cuando las lunas menguantes apenas arañaban la oscuridad, que Ragard tomó una decisión.
—Mañana —dijo, y su voz resonó en el silencio de la cabaña—. Mañana les contaré algo. Algo que debería haber contado hace mucho.
Belwën, que estaba sentada junto al fuego con Danav dormido en su regazo, alzó el rostro. Kanthus, desde el umbral, giró la cabeza lentamente.
—¿De qué se trata? —preguntó la Zonotorh.
—De mí. De lo que soy. De lo que se me reveló en el Paso del Eco.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra. Kanthus asintió, despacio, como si llevara tiempo esperando aquella confesión. Belwën simplemente volvió la vista hacia el fuego, y Danav, sin despertar, emitió un leve gemido.
—Mañana —repitió Ragard—. Mañana lo sabrán todo.
Pero el destino, como tantas otras veces, tenía otros planes. Al amanecer, un barco apareció en el horizonte. No era una embarcación de pescadores, ni uno de los navíos mercantes que de vez en cuando fondeaban en la pequeña bahía. Era un barco de guerra, de líneas elegantes y velas negras, que avanzaba hacia la costa con una determinación que helaba la sangre.
Los aldeanos se agitaron como hormigas en un hormiguero pisoteado. Algunos corrieron a esconderse en sus casas; otros se armaron con lo que tenían a mano —arpones, cuchillos de pesca, remos— y se congregaron en el embarcadero, dispuestos a defender lo poco que poseían. Ragard, Kanthus y Belwën se unieron a ellos, con Danav pegado a sus talones. El zorro druida había recuperado parte de su energía, y su pelaje plateado brillaba débilmente bajo la luz gris del amanecer. El barco echó el ancla a una distancia prudencial, y un bote se desprendió de su costado. En él venían dos figuras: una alta, envuelta en una capa oscura; la otra, más baja pero de porte firme, con una armadura que brillaba incluso bajo aquel cielo plomizo. Cuando el bote tocó tierra, la figura de la armadura fue la primera en descender. Se quitó el yelmo, dejando al descubierto un rostro maduro a pesar de su juventud, enmarcado por una barba rojiza y un cabello castaño que le caía sobre los hombros.
—Drakkar —murmuró Ragard, y su voz fue una mezcla de alivio, incredulidad y un poso de amargura que no logró disimular.
El guerrero avanzó hacia ellos con paso firme, pero su mirada no era la de un vencedor. Era la de alguien que cargaba con un peso demasiado grande para sus hombros.
—Ragard. Kanthus. Belwën. —Saludó con una inclinación de cabeza—. Me alegra verlos con vida.
—¿De verdad? —La voz de Kanthus fue fría como el acero—. Porque la última vez que nos vimos, nos entregaste el Helgehans y nos convertiste en el blanco de una cazadora que casi nos mata a todos.
Drakkar encajó el golpe sin pestañear.
—Lo sé. Y lo lamento más de lo que puedan imaginar. Pero no tenía elección. —Hizo una pausa y señaló a la segunda figura, que acababa de descender del bote—. Permitanme que les presente a mi padre. Thinarion, hijo de Thinarius Barba Blanca, legítimo rey de Dofs.
El anciano que Ragard había conocido en la posada de Lina —aquel hombre consumido por los años, de mirada profunda y melancólica, que bebía en silencio mientras la tormenta rugía fuera— avanzó hacia ellos con pasos lentos pero seguros. Su barba canosa, peinada en un prolijo candado, brillaba bajo la luz del amanecer, y sus ojos, aunque cansados, conservaban un brillo de dignidad que ni la guerra ni el exilio habían logrado apagar.
—Ragard de Enlil —dijo, y su voz era la misma que el Zonotorh recordaba: grave, desgastada, pero firme—. Me alegra verte de nuevo. Y lamento que nuestro segundo encuentro se produzca en estas circunstancias.
Ragard asintió, sin saber muy bien qué responder. Thinarion se volvió hacia los demás y los saludó con una inclinación de cabeza.
—Sé que tienen preguntas. Muchas. Y prometo que las responderé todas. Pero antes… ¿hay algún lugar donde podamos hablar con privacidad? Lo que tengo que decirles no es para oídos ajenos. Se reunieron en la cabaña del embarcadero. Los aldeanos, aún recelosos, aceptaron retirarse a cambio de unas Surias que Drakkar les entregó sin pestañear. El guerrero y el anciano rey se sentaron frente a los tres compañeros y al zorro, que no apartaba su mirada de los recién llegados. Thinarion fue el primero en hablar.
—Supongo que se preguntarán por qué les entregamos el Helgehans. Por qué los convertimos en el blanco de Egilderik y de sus esbirros. La respuesta es simple: porque no teníamos otra opción. —Hizo una pausa, como si las palabras le pesaran—. Mi hijo… mi hijo Egilderik… se ha aliado con fuerzas que escapan a mi comprensión. No solo ha reunido un ejército de mercenarios y descontentos; ha sellado un pacto con Sir Grify Absu, un comandante despiadado que no conoce la piedad ni la derrota. Juntos, son imparables. Si el Helgehans hubiera caído en sus manos… Dofs habría ardido. Y tras Dofs, otros reinos.
—¿Y por qué nosotros? —preguntó Kanthus, con los brazos cruzados y el ceño fruncido—. ¿Por qué no esconderlo ustedes mismos? ¿Por qué ponernos en peligro?
Drakkar tomó la palabra.
—Porque Egilderik nos conoce. Conoce nuestros movimientos, nuestros refugios, nuestras debilidades. Si el Helgehans hubiera permanecido con nosotros, tarde o temprano lo habría encontrado. Necesitábamos alejarlo de Dofs, ponerlo en manos de alguien en quien confiáramos pero que estuviera fuera de su alcance. Y confiábamos en ustedes. —Miró a Ragard a los ojos—. Confiaba en ti. Y no me equivoqué.
Ragard sostuvo la mirada. El recuerdo de la traición —real o imaginada— aún le quemaba en el pecho, pero algo en la voz de Drakkar, en la crudeza de sus palabras, le hizo creerle.
—¿Y ahora? —preguntó Belwën, con una mano apoyada en el lomo de Danav—. El Helgehans ya no está con nosotros. Zein se lo llevó. Desapareció en una columna de luz junto con la cazadora. Thinarion y Drakkar intercambiaron una mirada.
—Lo sabemos —dijo el anciano rey—. Lo sentimos. Sentimos la onda de energía que atravesó el mundo. Fue como un terremoto silencioso que recorrió la tierra de punta a punta. Y supimos, en ese instante, que el Helgehans había abandonado este plano.
—¿Y no les preocupa? —insistió Belwën—. Era su única baza para reclamar el trono.
Thinarion negó con la cabeza, lentamente.
—El trono… el trono ya no importa. Lo que importa es Dofs. Mi pueblo. Si el Helgehans está a salvo, lejos del alcance de Egilderik y de Sir Grify Absu, entonces hemos ganado tiempo. Tiempo para prepararnos. Tiempo para buscar aliados. Tiempo para encontrar otra forma de detenerlos.
—¿Y qué hay de la cazadora? —preguntó Drakkar—. ¿Volverá?
Ragard negó con la cabeza.
—No lo creo. Zein se la llevó consigo. Adondequiera que haya ido… dudo que pueda regresar. Al menos, no sin ayuda. Y aquí no tiene aliados.
Un silencio espeso se instaló en la cabaña. El fuego crepitaba débilmente, y el olor a cera vieja se mezclaba con el humo de la chimenea. Fuera, las gaviotas graznaban y el mar rompía contra los acantilados con su ritmo eterno.
Fue Ragard quien, al fin, rompió el silencio.
—Hay algo que debo decirles. A todos. —Los miró uno por uno: a Kanthus, a Belwën, a Drakkar, a Thinarion, a Danav—. Algo que he estado ocultando desde que salí del Paso del Eco. Algo que… que debería haber contado hace mucho.
Kanthus arqueó una ceja. Belwën inclinó la cabeza, como si ya supiera lo que iba a oír. Danav emitió un leve gemido.
—Soy el último Avatar Zonotorh —dijo Ragard, y las palabras, una vez pronunciadas, le parecieron más ligeras de lo que había imaginado—. Gardarh me habló en el Paso del Eco. Me reveló que su poder vive en mí. Que soy el heredero de su legado. Y que debo encontrar la cripta donde reposa su cuerpo… y abrirla.
El silencio que siguió fue absoluto. Incluso el fuego pareció contener el crepitar. Drakkar fue el primero en reaccionar.
—¿Avatar? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y respeto—. ¿Como los de las viejas leyendas?
—Como los de las viejas leyendas —confirmó Ragard.
Kanthus se pasó una mano por el rostro.
—¿Y por qué no nos lo dijiste antes?
—Por miedo. Miedo a que me vieran de otra forma. Miedo a que me rechazaran. Miedo a no estar a la altura. —Ragard bajó la mirada—. Pero ya no. He visto demasiado, he perdido demasiado, como para seguir ocultándolo. Si vamos a seguir juntos, si vamos a enfrentar lo que se avecina… deben saber la verdad.
Belwën se levantó, caminó hacia él y le tomó el rostro entre sus manos frías.
—Siempre lo supe —dijo, con una sonrisa suave—. Desde que te conocí, supe que había algo en ti. Algo antiguo. Algo grande. No sé qué te depara el destino, Ragard. Pero yo estaré a tu lado. Pase lo que pase. Luego de una pausa le beso la frente.
Kanthus se levantó a su vez y apoyó una mano en el hombro de su amigo.
—Yo también. Aunque me debes una explicación más larga. Y varias rondas de café, Te conosco desde siempre y aun asi me sigues sorprendiendo… pequeño vibron.
Ragard soltó una risa débil, aliviada.
—Trato hecho.
Los días que siguieron estuvieron marcados por una calma tensa, como la que precede a la tormenta. Drakkar y Thinarion permanecieron en la aldea, ayudando a los pescadores a cambio de techo y comida, mientras los cuatro compañeros terminaban de recuperarse. Las conversaciones eran largas y a menudo difíciles: hablaron del Helgehans, de Egilderik, de Sir Grify Absu y de la guerra que se cernía sobre el mundo. Pero también hablaron del futuro. Del Arcano Final. De Bhail, el Kriëgen que aguardaba en Dardania con las respuestas que tanto ansiaban. Y mientras tanto, el mundo seguía girando.
Una noche, mientras Ragard contemplaba el cielo desde el embarcadero, Danav se acercó a él y se sentó a su lado. Su voz resonó en la mente del Zonotorh, suave como el rumor del mar.
—He sentido algo. Algo lejos de aquí. Al otro lado del continente.»
Ragard lo miró, intrigado.
—¿Qué has sentido?
—Fuego. Fuego cayendo del cielo. Como lágrimas de una estrella moribunda. He oído que en los reinos del norte, más allá de las montañas, una de esas lágrimas arrasó una ciudad entera. No quedó nada. Solo ceniza y cristal negro.
Ragard sintió un escalofrío. Las Lágrimas de Fuego. El castigo estelar, estaba ocurriendo. Quizás no aquí, quizás no ahora, pero en algún lugar del mundo, el cielo lloraba fuego y la muerte caía sobre los inocentes.
—¿Crees que tiene que ver con el Arcano Final? —preguntó.
Danav no respondió de inmediato. Sus ojos dorados reflejaban la luz de las estrellas.
—Todo está conectado, Ragard. Gardarh, la profesia, las Lágrimas de Fuego… y tú. Tú eres el centro de esta red. El Avatar. El que debe unir los hilos. No lo olvides.
Ragard asintió, lentamente. El peso de aquellas palabras era enorme, pero ya no lo aplastaba. Lo sostenía. Le daba un propósito.
—Mañana —dijo al fin—. Mañana partiremos hacia Dardania. Hacia Bhail. Es hora de retomar el camino.
Danav se levantó y, sin añadir nada más, regresó a la cabaña. Ragard se quedó un rato más, contemplando el cielo y las estrellas que, ajenas a todo, seguían su viaje eterno.
En algún lugar, muy lejos, Zein estaría mirando su propio cielo. Y quizás, solo quizás, sus miradas se cruzarían en el reflejo de alguna estrella fugaz.
VI.
Oferno.
Un amanecer entristecido por la lluvia sin descanso abordó a los huéspedes de la aldea pesquera. El repiqueteo constante sobre los tejados de madera y el olor a pescado seco lo impregnaban todo, y el cielo, bajo y grisaseo, parecía negarse a conceder una tregua. Aun el sol no acariciaba la tierra cuando ya se sentía un buen alboroto cerca del puerto: los pescadores preparaban sus barcas, los mercaderes aseguraban sus toldos, y los niños correteaban entre los charcos con esa energía inagotable que solo la infancia concede.
Al cabo de las horas, los viajeros fueron despertando uno a uno con las energías recobradas. Las heridas, aunque aún visibles, habían dejado de supurar; los músculos, aunque doloridos, respondían de nuevo. Era hora de partir.
Drakkar y Thinarion se despidieron de ellos en el embarcadero. El guerrero de la barba rojiza abrazó a Ragard con una fuerza que delataba más emociones de las que sus palabras podían expresar.
—Encuentra a Bhail —dijo—. Revela las respuestas que necesitas. Nosotros regresaremos a Dofs. Aún hay aliados leales que pueden unirse a nuestra causa. Y cuando estéis listos… los esperaremos.
Thinarion, el anciano rey de mirada profunda y melancólica estrechó la mano de cada uno de ellos. A Ragard le dedicó unas últimas palabras, en voz baja, casi un susurro:
—Cuida de los tuyos, Zonotorh. Y cuando llegue el momento, que tu verdad sea tu escudo.
Luego, ambos subieron al bote y regresaron al barco de velas negras. La embarcación levó anclas y se perdió en el horizonte, devorada por la bruma matinal. Los cuatro viajeros Ragard, Kanthus, Belwën y Danav, emprendieron el camino hacia el interior del continente. Hacia Dardania. Hacia Bhail. Los días de marcha se sucedieron con una monotonía solo rota por el paisaje cambiante. Dejaron atrás la costa y se internaron en una región de colinas ondulantes, cubiertas de una hierba alta y plateada que susurraba con el viento. Luego, el terreno se volvió más agreste, salpicado de formaciones rocosas que parecían costillas de gigantes petrificados. La lluvia, compañera constante, los acompañó durante la mayor parte del trayecto, una lluvia fina y persistente que calaba los huesos y difuminaba los contornos del mundo.
Danav, completamente recuperado, trotaba a la cabeza del grupo, con el pelaje plateado brillando incluso bajo aquel cielo encapotado. De vez en cuando se detenía, alzaba el hocico y olfateaba el aire, como si buscara algo que solo él podía percibir. Luego reanudaba la marcha sin decir palabra. Fue al quinto día cuando el paisaje cambió de forma radical.
El sendero serpenteaba entre dos colinas de roca gris cuando, de repente, el mundo estalló en color. Ante ellos se abría un bosque como ninguno que hubieran visto antes: los árboles no eran simplemente verdes, sino que sus hojas desplegaban una gama imposible de tonos —verdes esmeralda, azules zafiro, púrpuras amatista, dorados cobrizos— que se mezclaban en un carnaval de matices. El musgo que cubría los troncos brillaba con una fosforescencia suave, y las flores que salpicaban el sotobosque parecían joyas engastadas en un tapiz de terciopelo.
—Vaettir —murmuró Kanthus, y su voz delató una mezcla de asombro y reverencia—. El reino escondido. No creía que aún existiera.
Belwën alzó el rostro, su expresión se iluminó como si pudiera sentir los colores.
—Es hermoso —dijo—. El aire aquí… huele a vida antigua. A magia dormida.
Danav se adentró en el bosque sin vacilar, y los demás lo siguieron. El sendero se volvió más angosto, flanqueado por arbustos cargados de frutos que ninguno reconoció: bayas de un rojo intenso, drupas de un azul profundo, cápsulas que parecían contener diminutas estrellas atrapadas en su interior.
—Oportunamente hemos llegado —dijo Kanthus, deteniéndose frente a un arbusto especialmente cargado—. Y para sumarle a la nueva racha de suerte, observen.
Señaló los frutos. Ragard tomó uno, lo examinó un instante y le dio un mordisco. El sabor estalló en su boca: dulce y ácido al mismo tiempo, con un regusto que recordaba a la miel y al jengibre.
—Son comestibles —confirmó, y no hizo falta más.
Los tres se entregaron a un festín improvisado, arrancando frutos con ambas manos y saciando un hambre que no sabían que tenían. Pasada casi una hora, con los estómagos llenos y el cansancio del viaje pesando sobre sus párpados, se recostaron contra los troncos de colores y se dejaron vencer por el sueño. Danav permaneció despierto, montando guardia con sus ojos dorados fijos en la espesura. Una extraña sensación despertó a Belwën.
Algo le corría por el cuello, bajando lentamente hacia su pecho. Era cálido, casi agradable al principio, pero la humedad y la textura —densa, ligeramente pegajosa— terminaron por alarmarla.
—Amigos… despierten.
Ragard fue el primero en incorporarse, aún con los ojos legañosos.
—¿Qué ocurre?
—Qué es lo que tengo en el cuello.
El Zonotorh se acercó y entrecerró los ojos. La luz del bosque, filtrada por el dosel de hojas multicolores, apenas alcanzaba a iluminar la escena. Pero lo que vio le heló la sangre.
—Sangre.
Kanthus, ya despierto, se arrodilló junto a Belwën y examinó la herida con atención. En el costado izquierdo de su cuello, justo sobre la vena, dos pequeños orificios perfectamente redondos manaban un hilo de sangre oscura.
—Tienes una marca aquí, en el cuello. Más bien parece una mordida.
—¿Pero de dónde proviene? —preguntó Belwën, y su voz, normalmente serena, delató un nerviosismo que rara vez mostraba—. No he sentido nada. Ni un roce, ni un pinchazo…
Mientras esto les ocurría, la lluvia que los había acompañado durante días comenzó a cesar. Las gotas se volvieron más espaciadas, más suaves, hasta que se detuvieron por completo. Un silencio denso se posó sobre el bosque, como si el mundo contuviera la respiración.
Entonces, un copo de nieve tocó el rostro de Kanthus. El Kriegën alzó la vista. Del cielo encapotado, innumerables copos blancos comenzaron a descender con una lentitud hipnótica, cual vaivén que parecía el aleteo de una mariposa. La nieve se posaba sobre las hojas multicolores, sobre el musgo fosforescente, sobre los frutos que aún colgaban de los arbustos, y el bosque entero se transformó en un cuadro de contrastes imposibles: el fuego de los colores bajo el manto blanco del invierno recién llegado. Así fue como el frío se adueñó de Vaettir.
—Es extraño que hayas sido mordida sin ni siquiera darte cuenta —comentó Ragard mientras terminaban de limpiar la herida con un paño húmedo.
—Deben de andar rondando murciélagos por aquí —aventuró Belwën.
—Murciélagos, no creo. Ellos no cazan con este clima. —Kanthus frunció el ceño, y su expresión se ensombreció—. Pueden ser vampiros. Sé que suena ridículo, pero abundan mucho por estos lares. Es mejor montar guardia. Vigilaremos durante la noche. Nos turnaremos para dormir.
Ragard asintió, y Belwën, aunque visiblemente inquieta, aceptó la decisión. Danav, mientras tanto, no apartaba la vista de la espesura, con las orejas erguidas y el pelaje erizado.
Reanudaron la marcha bosque adentro, pisando la nieve que se acumulaba quebradiza bajo sus pies. Los colores del follaje, antes vibrantes, se teñían ahora de tonos más claros, como si el invierno los estuviera despojando lentamente de su esplendor. Poca vida animal se atrevía a asomar con aquel clima repentino; apenas algún pájaro rezagado que huía entre las ramas, o el rastro fugaz de una liebre en la nieve.
Un matorral abrupto, denso como una muralla vegetal, les cortó el paso. Tuvieron que abrirse camino a través de la maleza, apartando ramas espinosas y enredaderas que parecían aferrarse a sus ropas con una voluntad propia. Pero al fin, tras un último esfuerzo, la barrera cedió.
Y lo que se abrió ante sus ojos les robó el aliento.
Un pequeño jardín se desplegaba como el ala de un dragón, circular y perfecto, rodeado por un anillo de árboles tan viejos que sus nombres se habían perdido en la noche de los tiempos. La nieve cubría el suelo con un manto impoluto, y en el centro del jardín, como estatuas de marfil, dos enormes guardianes custodiaban un portal.
Eran criaturas de una belleza terrible. De cintura para arriba, tenían torso y cabeza humanos: rostros angulosos, de facciones nobles pero severas, enmarcados por cabelleras que parecían de musgo y líquenes. De cintura para abajo, sus cuerpos se transformaban en patas delanteras de macho cabrío, cubiertas de un pelaje espeso y rematadas en pezuñas hendidas que se hundían en la nieve. Dos exuberantes cuernos, retorcidos como raíces ancestrales, brotaban de sus frentes, y sus orejas, largas y puntiagudas, tenían la forma de hojas de roble.
Sostenían sendos mazos de piedra negra, tan grandes como el torso de un hombre, y sus ojos —amarillos, de pupila vertical— se clavaron en los recién llegados con una intensidad que helaba la sangre.
Ragard dio un paso al frente, pero un aire violento sacudió el jardín, levantando remolinos de nieve y hojas muertas. Una barrera invisible le impidió avanzar.
—Tu presencia no es bien recibida, Kanthus el traidor. —La voz de la criatura de la izquierda fue gutural, profunda, como el rumor de un terremoto lejano.
Kanthus no se inmutó. Avanzó hasta colocarse a la altura de Ragard y alzó la vista hacia los guardianes.
—Fargus, hijo de Fargol. Y Helmdall, hijo de Helmorg. Los fieles guardianes de Bhail. —Su voz era serena, casi reverente—. Hoy venimos en busca de ayuda. Sé que Bhail puede ofrecérnosla.
—¿Y por qué crees que te la ofrecerá? —preguntó Fargus, el de la izquierda, inclinando su cabeza cornuda.
—Es de vida o muerte.
—Ah, quieres saber cuánto le interesa tu vida. —Helmdall, el de la derecha, soltó una risa áspera—. Pero no es solo la tuya, ¿verdad? Es la de ellos también. Y la de lo que sea que se pueda evaporar si no actúas.
Kanthus suspiro, pero no respondió. Fargus lo observó durante un largo momento, con aquellos ojos amarillos que parecían leerle el alma. Luego, lentamente, dio un paso atrás.
—Pensar que estás aquí, pese a todo… y con compañia, además. —Su voz se suavizó apenas—. El paso está frente a ustedes.
Ambos híbridos alzaron sus mazos y los golpearon contra el suelo al unísono. Un rugido sordo, como el de una bestia despertando, resonó en el jardín, y el sello invisible que mantenía las puertas cerradas se rompió con un chasquido seco. Las hojas de madera, grabadas con runas y símbolos ancestrales, se abrieron de par en par. Al otro lado, un pequeño corredor se extendía ante ellos, cubierto por un manto de nieve intacta. Estaba flanqueado por los mismos árboles ancianos que formaban el anillo exterior, y al final del pasillo, en una silla de madera oscura, un hombre yacía sentado con la cabeza inclinada sobre el pecho. Su rostro era un mapa de arrugas profundas, surcos que el tiempo había tallado con paciencia infinita. Sus manos, apoyadas en los brazos de la silla, estaban carcomidas por la edad, con los dedos nudosos y la piel tan fina que casi se transparentaba. Una cabellera blanca como la nieve recién caída se desprendía de su cabeza y se derramaba por el suelo, recorriendo el corredor a lo largo, como un río de plata que fluyera hacia las puertas.
Bhail.
El Kriëgen más poderoso de Dardania. El antiguo miembro del culto de los Oferno. El único que podía arrojar luz sobre el Arcano Final y el destino de Ragard. El grupo avanzó por el corredor con pasos lentos, casi reverenciales. La nieve crujía bajo sus pies, y el aire, frío y denso, olía a incienso y a tierra húmeda. Danav caminaba junto a Belwën, con el pelaje erizado y los ojos fijos en la figura inmóvil del anciano. Cuando estuvieron a pocos pasos, Bhail alzó la cabeza. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad, sin iris ni pupila, como dos fragmentos de noche eterna incrustados en su rostro. Y sin embargo, miraban. Veían. Atravesaban la carne y el hueso y se clavaban directamente en el alma.
—Ragard de Enlil —dijo, y su voz era el susurro del viento entre las tumbas—. El último Avatar Zonotorh. Te estaba esperando.
Ragard sintió que el corazón le daba un vuelco. A su lado, Kanthus y Belwën se tensaron. Danav emitió un leve gemido.
—¿Cómo…? —empezó el Zonotorh.
—Lo sé todo. —Bhail esbozó una sonrisa cansada—. Lo que fuiste. Lo que eres. Lo que puedes llegar a ser. Pero antes de que hablemos del Arcano Final, de la cripta de Gardarh y de las Lágrimas de Fuego… hay algo que debes saber.
Hizo una pausa, y sus ojos negros recorrieron al grupo.
—No son los únicos que habéis llegado a Vaettir. Otros los han seguido. Otros que buscan lo mismo que ustedes… o que quieren impedir que lo encuentren…
—¿Quiénes? — Ragard preguntó, sin ocultar su curiosidad. Lo mismo hizo Kanthus, que recordaba las breves palabras de Zein sobre una caverna con el techo estrellado y un sabio de sombras danzantes.
—Zein no vio este jardín —continuó Bhail—. Vio lo que su mente necesitaba ver. Mi morada no es un lugar fijo, sino un umbral entre lo que soy y lo que el visitante espera encontrar. Para un Zonotorh, soy un anciano en un corredor nevado. Para un extraño como él, fui sombra, fuego azul y un cielo robado. Ambas visiones son ciertas. Ambas son incompletas. La verdad, como los arcanos que leéis, depende de los ojos que la miran.
El anciano hizo una pausa y clavó sus ojos negros en Ragard.
—Zein llegó aquí perdido y asustado. Le mostré el camino de vuelta a su hogar, pero él decidió quedarse. No por obligación, sino por lealtad. Pocos habrían hecho lo mismo. Cuando vuelvas a verle —porque le verás—, recuerdalo.
—¿No solo Zein ha acudido a ti verdad? – Sumó Belwën. cuérdalo.
—No, Los Zonotorh de la sangre también. Han estado observándolos desde que entraron en el bosque. Fueron ellos quienes mordieron a la invidente. Una advertencia. Una forma de decir que no son bienvenidos en sus dominios. Belwën se llevó la mano al cuello, donde la herida ya había dejado de sangrar, pero aún palpitaba con un dolor minúsculo.
—¿Por qué? —preguntó—. Somos de su misma raza.
—Precisamente por eso. —Bhail suspiró—. Los Zonotorh de la sangre son los guardianes de las viejas tradiciones. Los que se negaron a mezclarse con otras razas, los que se ocultaron en las profundidades de los bosques para preservar la pureza de su linaje. Para ellos, un Zonotorh que se alía con extraños es un traidor. Y un Zonotorh que se proclama Avatar… es una amenaza. Ragard sintió que la sangre le hervía.
—No me he proclamado nada. Gardarh me eligió. Yo no pedí esto.
—Lo sé. —Bhail asintió lentamente—. Pero ellos no lo entienden. No aún. Sin embargo… puede que haya una forma de hacerles cambiar de opinión.
—¿Cuál? —preguntó Kanthus, con la voz tensa.
Bhail los miró uno por uno, y su sonrisa cansada se ensanchó apenas.
—El Arcano Final. Si lográis descifrarlo, si demuestras que el destino de todos los Zonotorh
—y no solo de unos pocos— está en juego, puede que los de la sangre depongan su hostilidad. Incluso puede que se unan a su causa.
—¿Y cómo se supone que vamos a descifrarlo? —preguntó Belwën—. Llevamos semanas intentándolo, y no hemos logrado nada.
Bhail se inclinó hacia adelante, y sus ojos negros brillaron con una luz extraña.
—El eclipse trilunar esta en su faceta final, la profecia habla de ello y su alineacion es crucial… ¿no lo ven? – Tres lunas, tres llaves…una alineacion, un arcano… una cripta.
—Cuan ocupados nos mantuvimos que olvidamos el eclipse… mierda – Exclamo Kanthus de repente.
—Exacto, pero hay algo más que quiero contarles, algo que he cultivado en eones de espera.
Un silencio espeso se instaló en el corredor nevado. La nieve seguía cayendo, suave e implacable, y el viento susurraba entre los árboles ancianos como un coro de fantasmas.
—Habla —dijo Ragard, y su voz sonó más firme de lo que él mismo esperaba.
Bhail asintió.
—Lo haré. Les contaré una historia. La historia de cómo los Zonotorh llegaron a este mundo… y de por qué están condenados a desaparecer.
VII.
Los Hijos Del Astro.
Bhail guardó silencio durante un largo momento. La nieve seguía cayendo sobre el corredor, posándose sobre su cabellera blanca y sobre los hombros de los viajeros, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para escuchar lo que el anciano estaba a punto de revelar.
—Los Zonotorh —comenzó al fin, y su voz, aunque débil, resonó con un eco que parecía provenir de muy lejos, de más allá de las montañas, de más allá del mar, de más allá del tiempo— no son una raza como las demás. No surgieron del barro, ni de la sangre de los dioses, ni del aliento de los dragones. Los Zonotorh nacieron de una estrella.
Ragard frunció el ceño. Kanthus y Belwën intercambiaron una mirada, incluso Danav, que permanecía echado a los pies de la Zonotorh, alzó las orejas.
—¿Una estrella? —preguntó Ragard.
—El primer astro. —Bhail alzó una mano temblorosa y señaló hacia el cielo, invisible tras el dosel de nubes y nieve—. En las primeras edades, cuando el mundo aún era joven y los dioses caminaban sobre su superficie, una estrella cayó del firmamento. No era una estrella cualquiera: era un fragmento de la propia creación, un vestigio del fuego primordial que había dado origen a todo. Los dioses primales de aquella época, seres cuyo nombre se ha perdido incluso para mí, encontraron en aquel astro caído una fuente inagotable de magia cósmica. Y en su anhelo de crear una raza idónea, una raza que pudiera habitar el mundo y preservar el equilibrio entre lo terrenal y lo divino, usaron aquella magia para moldear a los primeros Zonotorh.
Hizo una pausa. Sus ojos negros, sin iris ni pupila, parecían perderse en un recuerdo que abarcaba milenios.
—Pero hubo algo más. Algo que ni siquiera aquellos dioses primigenios comprendieron del todo. Porque cuando el astro cayó, no solo trajo consigo fuego y magia. Trajo también una voluntad. Una conciencia. Un fragmento de algo más vasto, más antiguo, que habitaba en las profundidades del universo mismo. Una deidad cósmica que, desde la oscuridad entre las estrellas, observaba. Y fue esa deidad quien dio las últimas pinceladas a la raza. Quien insufló en los Zonotorh el don de la visión, cualidades aun mas elevadaas que las cualidades de los mismos hombres superiores. La capacidad de leer los hilos del destino. De atisbar el Arcano Final.
Ragard sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Algo en aquellas palabras resonaba en su interior, en un lugar que no sabía que existía. Recordó la voz que había escuchado en el Paso del Eco —la voz de Gardarh—, pero también recordó otra presencia, más antigua, más sutil, que lo había acompañado desde mucho antes. Desde su iniciación como Kriëgen. Desde que Reki le entregara las cartas. No era una voz que hablara con palabras; era más bien una intuición, una certeza que brotaba de lo más hondo de su ser sin que él la hubiera convocado.
Como si algo me guiara, pensó. Como si alguien me observara desde el otro lado de un velo que no alcanzo a descorrer.
Pero no dijo nada. Era solo una sensación, una corazonada. No tenía pruebas, ni certezas, ni nada que pudiera compartir con los demás sin sonar como un loco.
—Esa deidad… —murmuró, casi para sí mismo—. ¿Crees que aún está ahí? ¿Observando?
Bhail lo miró con aquellos ojos negros e insondables.
—Eso, joven Avatar, es algo que quizás descubras por ti mismo. O quizás no. El universo no revela sus secretos a cualquiera, ni siquiera a los Avatares.
—¿Hay algo más de lo que nos debamos enterar? — Dijo al fín Belwën.
—Las minas de Emúrea… — Bhail citó un corto silencio – ustedes o alguno de ustedes tuvo una cercana experiencia alli… ¿no es verdad?
—¿Las minas de Emúrea? —intervino Kanthus, con el ceño fruncido—. ¿Qué tienen que ver con todo esto?
—Hermanos… —respondió Bhail, y su voz se volvió más grave— no son sino los restos de aquel primer astro. El mineral que se extrae de sus profundidades, el Hierro Emúreo, no es un metal corriente. Es magia cósmica solidificada. Es la sangre de la estrella que dio origen a su raza. Por eso puede curar heridas que ningún otro remedio cerraría. Por eso reacciona ante la presencia de un Zonotorh. Y por eso… es una de las Tres Llaves. Cuando el astro cayo del cielo, los enanos lo señalaban esto al paso del tiempo, como el golpe de un martillo de alguna deidad minera.
Ragard recordó la extracción del Hierro en las profundidades de Emúrea. Recordó el calor que desprendía, el fulgor dorado de sus vetas, la sensación de que aquel mineral estaba vivo, de que latía al ritmo de su propio corazón.
—La Sangre del Último —murmuró—. El Hierro de las Lágrimas. La Voz del Primero. Las Tres Llaves para abrir la cripta de Gardarh.
—Así es. —Bhail asintió—. Y la tercera llave, la Voz del Primero… está más cerca de lo que crees. Pero para obtenerla, necesitaréis ayuda. Más ayuda de la que yo puedo ofreceros.
—¿Qué clase de ayuda? —preguntó Belwën, con una mano aún apoyada en la herida de su cuello.
Bhail no respondió de inmediato. Sus ojos negros se posaron en Kanthus, que había permanecido en silencio durante toda la conversación, con los brazos cruzados y la mirada esquiva. El anciano esbozó una sonrisa cansada, casi comprensiva.
—Antes de hablar de eso… hay algo que nuestro amigo Kanthus debería compartir con nosotros. Algo que lleva demasiado tiempo cargando en solitario. —Inclinó la cabeza hacia el Kriëgen—. ¿No crees, viejo alumno?
Kanthus tensó la mandíbula. Sus manos, apoyadas sobre los brazos cruzados, se crisparon levemente. Ragard y Belwën lo miraron, expectantes. Danav, desde el suelo, alzó las orejas.
—Kanthus… —empezó Ragard, con voz suave—. ¿De qué habla?
El Kriëgen tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro, como si cada palabra le costara un esfuerzo descomunal.
—Bhail no es solo un antiguo miembro del Culto Oferno. Fue mi maestro. —Hizo una pausa, y su mirada se perdió en la nieve que caía—. Cuando era joven, cuando aún no entendía el alcance de mis dones ni el peso de mi sangre Zonotorh, fui acogido por el Culto. Allí aprendí a dominar la magia, a canalizar el fuego azul que corre por mis venas. Pero también aprendí otras cosas. Cosas que… no debería haber aprendido.
Belwën frunció el ceño.
—¿Qué clase de cosas?
—Ambición. Poder. El Culto Oferno no es una hermandad de sabios que buscan el conocimiento por el conocimiento. Es una jerarquía. Una escalera que se asciende a base de fuerza, de astucia, de… sacrificios. —Kanthus apretó los puños—. Yo quería ascender. Quería ser el más poderoso, el más temido. Y durante un tiempo, lo fui. Bhail me enseñó a extraer la magia de las fuentes más profundas, a alimentarme de la energía de otros seres, a romper los límites que la naturaleza impone a los Kriëgen corrientes. Me convertí en un arma. En algo que ya no era del todo humano.
Ragard lo observaba con una mezcla de asombro y compasión. Nunca había visto a Kanthus tan vulnerable, tan desnudo.
—¿Por qué lo dejaste? —preguntó.
—Porque vi en lo que me estaba convirtiendo. —Kanthus alzó la vista, y sus ojos, normalmente serenos, brillaban con una humedad contenida—. Un día, durante un ritual, absorví tanta energía de un prisionero que este murió entre mis manos. No fue un accidente. Fue… deliberado. Quería ver hasta dónde podía llegar. Y cuando vi su rostro, sus ojos vacíos, supe que había cruzado una línea de la que no se regresa. Esa misma noche huí del Culto. Rompi el voto de silencio y hui pese a que seria proclamado traidor. Dejé atrás todo lo que había aprendido, todo lo que había sido. Y he pasado el resto de mi vida intentando redimirme.
Bhail asintió lentamente.
—Y lo has conseguido, viejo alumno. Enmendar el pasado no significa olvidarlo, sino aceptarlo y usarlo para construir un futuro mejor. Por eso te envié lejos cuando viniste a buscarme la primera vez. Por eso te hice esperar. Necesitaba saber si habías cambiado de verdad. Y lo has hecho.
Kanthus bajó la cabeza.
—Aun así… temía volver. Temía que me juzgaras. Que me rechazaras. Sobre todo, tú, Bhail. Fuiste el único que creyó en mí cuando yo mismo había dejado de hacerlo. Y te fallé.
El anciano alzó una mano temblorosa y la posó sobre el hombro del Kriëgen.
—No me fallaste, Kanthus. Me enseñaste que incluso los que se pierden pueden encontrar el camino de vuelta. Y ahora, más que nunca, necesitamos tu fuerza. Esa fuerza que tanto temes… es la que nos ayudará a abrir la cripta de Gardarh.
Ragard se acercó a su amigo y apoyó una mano sobre su otro hombro.
—Nunca te he juzgado, Kanthus. Y nunca lo haré. Eres mi compañero. Mi amigo. Y sea cual sea tu pasado, no cambia lo que eres ahora.
Belwën asintió, con una sonrisa suave.
—Todos cargamos con sombras. Lo importante es que no dejamos que nos definan.
Kanthus alzó la vista, y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos reflejaron algo parecido a la paz.
—Gracias —murmuró—. Gracias a todos.
Bhail se recostó de nuevo en su silla.
—Ahora que el aire está limpio… hablemos de la ayuda que necesitan.
Bhail alzó la vista hacia el corredor nevado, hacia las puertas que Fargus y Helmdall custodiaban. Luego, con un gesto casi imperceptible de su mano, hizo una señal.
De entre los árboles del jardín, tres figuras emergieron de la nieve como si hubieran estado allí todo el tiempo, fundidas con las sombras y el blanco manto invernal. Avanzaron por el corredor con pasos lentos, y a medida que se acercaban, sus rasgos se volvieron más nítidos.
El primero era un hombre de estatura media, ni alto ni bajo, de complexión delgada pero no frágil. Vestía ropas sencillas de lana gris y cuero gastado, sin adornos ni insignias. Su rostro, anguloso, pero no desagradable, estaba enmarcado por un cabello castaño claro que le caía hasta los hombros, recogido en una coleta floja con una tira de cuero. Lo más llamativo de él no eran sus facciones, sino su quietud: permanecía inmóvil como un depredador al acecho, pero sin la tensión de la amenaza. Era una quietud paciente, casi meditativa, como la de alguien que ha aprendido a esperar durante siglos. Sus ojos, de un gris pálido casi translúcido, reflejaban la luz de la nieve de una forma extraña, como si la absorbieran en lugar de reflejarla. Había algo en la forma en que el aire parecía detenerse a su alrededor, en la ausencia de vaho al respirar, en la manera en que la nieve se derretía antes de tocar su piel.
La segunda era una mujer de rasgos serenos, con el cabello de un tono cobrizo apagado que recogía en un moño bajo y práctico. Vestía un vestido de viaje de color pardo, con un chal de lana cruda sobre los hombros, y calzaba botas de cuero desgastadas por el uso. Su rostro, de facciones suaves y redondeadas, transmitía una calma que resultaba casi contagiosa. Sus ojos, del mismo gris pálido que los de su compañero, observaban al grupo con una curiosidad tranquila, sin rastro de hostilidad ni de altivez. Era, simplemente, una mujer que parecía haber vivido mucho y haber aprendido a guardar silencio.
El tercero era diferente. De complexión robusta pero no exagerada, sus hombros anchos y sus manos grandes delataban una vida de trabajo físico, quizás en el campo o en la forja. Vestía un chaleco de cuero sobre una camisa de lino basto, y pantalones de paño grueso metidos en unas botas altas. Su rostro, enmarcado por una barba corta y descuidada de color castaño rojizo, era ancho y de facciones rudas, pero sus ojos —de un ámbar cálido, casi dorado— desmentían cualquier asomo de brutalidad. Había en ellos una inteligencia serena, una paciencia antigua, y también una chispa de buen humor que se manifestaba en las pequeñas arrugas que se formaban en sus comisuras al esbozar una media sonrisa. Un pelaje espeso que asomara por el cuello de la camisa. Pero cuando se movió, lo hizo con una fluidez que recordaba al desplazamiento de un gran depredador, y al inhalar el aire frío, sus fosas nasales se dilataron levemente, como si estuviera leyendo el mundo a través del olfato. Danav cruzo una ligera mirada con esta mole de vellos.
—Permitanme que presente a mis compañeros —dijo Bhail—. Ellos son Alvric y Eythys, de la estirpe de los vampiros, aunque hace mucho que dejaron atrás los viejos hábitos de su especie. Y este es Orven, un licántropo de las montañas del norte. Los tres son, además, Kriëgen iniciados en los misterios del Culto Oferno. Y lo más importante para ustedes: son Zonotorh de la sangre.
Ragard los observó con una mezcla de sorpresa y desconfianza. ¿Zonotorh de la sangre? ¿Aquellos que, según Bhail, los habían estado vigilando y los consideraban traidores?
Aldric, el vampiro del cabello castaño dio un paso al frente. Su voz, cuando habló, fue suave y pausada, sin el menor asomo de la altivez que Ragard había esperado.
—Sé lo que estáis pensando —dijo—. Que somos los que mordieron a su amiga. Que somos sus enemigos. Pero no es así. La mordedura fue una advertencia, sí, pero no contra ustedes. Fue una advertencia para que no os adentrarais más en el bosque sin saber lo que os aguardaba.
—¿Y qué nos aguardaba? —preguntó Kanthus, con la voz aún tensa.
Eythys tomó la palabra. Su voz era cálida, melodiosa, pero firme.
—Los cazadores de Reki. Han estado rastreando estas tierras desde hace semanas, buscando algo. Al principio creímos que los buscaban a ustedes. Luego comprendimos que buscaban lo mismo que ustedes: la cripta de Gardarh. Y eso nos preocupó.
—¿Por qué? —preguntó Belwën.
Orven, el licántropo, respondió con un gruñido suave que no era amenazante, sino más bien pensativo.
—Porque la cripta no debe ser abierta por cualquiera. Solo el Avatar puede hacerlo. Si Reki o sus esbirros la encuentran antes que ustedes… intentarán forzarla. Y eso podría desatar algo terrible. Algo que ni siquiera nosotros comprendemos del todo.
Ragard frunció el ceño.
—¿Y por qué habrian de ayudarnos? Bhail dijo que los Zonotorh de la sangre nos consideran traidores por aliarnos con extraños.
Aldric esbozó una sonrisa leve, casi triste.
—Eso era antes. Antes de que supiéramos quién eres. Antes de que Bhail nos hablara de ti, de tu viaje, de lo que está en juego. —Hizo una pausa, y sus ojos grises se clavaron en Ragard—. Eres el último Avatar, Ragard de Enlil. El heredero de Gardarh. El único que puede detener el castigo estelar. Nosotros… nosotros somos los guardianes de las viejas tradiciones, sí. Pero también somos Zonotorh. Y si nuestra raza está condenada a desaparecer, queremos que sea luchando, no escondidos en un bosque mientras el mundo arde.
Eythys asintió.
—Hemos vivido demasiado tiempo en las sombras, aferrados a un orgullo que ya no tiene sentido. Es hora de que los Zonotorh de la sangre volvamos a caminar bajo el cielo. Y si para eso tenemos que ayudar a un Avatar que se alía con extraños… que así sea.
Orven soltó una risa corta, casi un bufido.
—Además, siempre quise ver una cripta de verdad. Dicen que la de Gardarh es impresionante.
Ragard no pudo evitar esbozar una media sonrisa. Había algo en aquel licántropo —su sencillez, su falta de pretensiones— que le resultaba extrañamente reconfortante.
—De acuerdo —dijo al fin—. Pero necesito saber una cosa. ¿Por qué confiaste en Bhail? ¿Por qué cambiar de opinión tan rápido?
Aldric y Eythys intercambiaron una mirada. Luego, el vampiro habló.
—Bhail no es solo un Kriëgen poderoso. Es un Zonotorh que ha muerto y ha reencarnado muchas veces, desde el origen mismo de nuestra raza. Él estaba allí cuando el primer astro cayó. Él vio nacer a los primeros Zonotorh. Y ha estado esperando, vida tras vida, la llegada del último Avatar. Cuando nos dijo que ese Avatar eras tú… no pudimos ignorarlo.
Ragard sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Miró a Bhail, que permanecía en su silla, con la cabeza ligeramente inclinada y aquellos ojos negros fijos en él.
—¿Es cierto? —preguntó—. ¿Has estado esperándome… durante todas tus vidas?
Bhail asintió lentamente.
—Es mi propósito. Mi razón de ser. He visto caer imperios, nacer y morir razas enteras, y siempre he sabido que, al final de los tiempos, un Avatar se alzaría para enfrentar el Arcano Final. Ese Avatar eres tú, Ragard de Enlil. Y yo estoy aquí para guiarte… en lo que pueda.
El silencio que siguió fue absoluto. La nieve seguía cayendo, ajena a todo, cubriendo el corredor con su manto blanco.
Finalmente, Ragard asintió.
—Entonces, no hay tiempo que perder. Los cazadores de Reki nos pisan los talones, y la cripta de Gardarh nos espera. Debemos partir cuanto antes.
Bhail esbozó una sonrisa cansada.
—Vayan, entonces. Aldric, Eythys y Orven os acompañarán. Ellos conocen los caminos ocultos de Dardania, las rutas que no figuran en ningún mapa. Confiad en ellos… como ellos confían en ustedes.
Los tres Zonotorh de la sangre asintieron. Aldric con una inclinación de cabeza respetuosa, Eythys con una sonrisa cálida, Orven con un gruñido afirmativo.
—Partiremos al amanecer —dijo Ragard—. Descansen mientras puedan. El camino será largo.
Aquella noche, mientras la nieve seguía cayendo sobre Vaettir, el grupo se reunió alrededor de una hoguera que Orven había encendido con sus propias manos, frotando dos piedras hasta que las chispas prendieron en la yesca. Los vampiros se sentaron cerca del fuego, sin mostrar la aversión que las leyendas les atribuían; simplemente se mantenían a una distancia prudencial, como si el calor no les resultara ni agradable ni molesto. Danav dormitaba junto a Belwën, que acariciaba su pelaje plateado con gestos ausentes.
Ragard, sentado frente a las llamas, repasaba mentalmente todo lo que había ocurrido. El origen de los Zonotorh. El astro caído. Las Tres Llaves. La cripta de Gardarh. Y ahora, aquellos tres extraños aliados que se unían a su causa.
El Arcano Final está más cerca, pensó. Pero aún no sé cómo detenerlo. Aún no sé qué debo hacer cuando abra la cripta. Una sensación familiar lo invadió: una certeza sin palabras, una intuición que no provenía de su mente consciente. Como si algo, o alguien, le susurrara desde el otro lado de un velo que no alcanzaba a descorrer.
Confía. Confía en ellos. Confía en ti.
Ragard alzó la vista hacia sus compañeros. Kanthus, que revisaba su báculo con gestos meticulosos. Belwën, que canturreaba una melodía antigua mientras acariciaba a Danav. Los tres Zonotorh de la sangre: Aldric, que observaba el fuego en silencio, con sus ojos grises reflejando las llamas de una forma extraña; Eythys, que había sacado una pequeña flauta de madera y la hacía girar entre sus dedos sin decidirse a tocarla; Orven, que tallaba un trozo de madera con una navaja, silbando por lo bajo una tonada que nadie reconocía.
Eran extraños. Eran de otra raza, de otra estirpe, de otra forma de entender el mundo. Pero también eran Zonotorh. Como él. Como Kanthus. Como Belwën. Hijos del astro, pensó Ragard. Todos nosotros. Caídos del cielo, como las Lágrimas de Fuego. Y quizás… quizás esa sea la clave. No dijo nada. Se limitó a observar el fuego, a escuchar el silbido de Orven y el crepitar de las llamas, y a dejar que aquella certeza sin palabras lo envolviera como un manto cálido en medio de la nieve. Mañana partirían hacia la cripta. Y allí, fuera lo que fuese lo que los esperaba, lo enfrentarían juntos.
Parte 6
Eclipse Trilunar.
I.
La Encomienda De los Astros.
Al alba, cuando la nieve aún se arremolinaba en remolinos perezosos y el cielo seguía siendo un manto gris e inescrutable, el grupo abandonó Vaettir. Aldric iba a la cabeza, con su paso silencioso y medido, como si cada pisada sobre la nieve fuera una palabra de un poema que solo él conocía. Eythys caminaba a su lado, con la flauta de madera aún entre los dedos, aunque no se decidía a tocarla. Orven cerraba la marcha, con sus grandes manos hundidas en los bolsillos del chaleco de cuero y la mirada atenta al horizonte.
Los bosques de colores imposibles quedaron atrás, y el paisaje se transformó en un mar de pinos oscuros, cuyas ramas se combaban bajo el peso de la nieve recién caída. El sendero serpenteaba entre troncos centenarios, y el aire olía a resina y a tierra húmeda, a invierno profundo y a soledad. De vez en cuando, una ráfaga de viento helado les azotaba el rostro, y entonces Eythys se ajustaba el chal de lana y Aldric entrecerraba sus ojos grises, como si el frío no pudiera tocarlo.
Durante horas no vieron a nadie. Solo el crujido de sus propias pisadas sobre la nieve, el susurro del viento entre las ramas y, de tarde en tarde, el graznido lejano de algún cuervo. Pero al tercer día, el mundo cambió.
El primer pueblo al que llegaron parecía, a primera vista, simplemente vacío. Las casas de madera y piedra tenían las puertas abiertas, y las ventanas, sin postigos, dejaban ver interiores sumidos en la penumbra. No había humo en las chimeneas, ni perros ladrando, ni niños correteando entre los charcos helados. Pero lo que heló la sangre de los viajeros no fue la ausencia de vida, sino los cuerpos.
En la plaza central, bajo un roble centenario cuyas ramas desnudas parecían brazos suplicantes, se alzaba un cadalso de madera tosca. De sus vigas colgaban cinco figuras, balanceándose lentamente con el viento. Eran hombres y mujeres de todas las edades, con las manos atadas a la espalda y los rostros hinchados, irreconocibles. A sus pies, un charco de sangre congelada marcaba el lugar donde el verdugo había hecho su trabajo con el hacha. Las cabezas, alineadas sobre un tronco cercano, miraban al vacío con ojos que ya no veían. Belwën se detuvo en seco. Aunque no podía presenciar la escena, el frio por la espina dorsal fue inevitable.
—Huele a muerte —murmuró—. A muerte reciente.
— Es lo que los hombres no se detienen a decifrar por un momento… ¿por que dictaminar el fin de la existencia, de alguien que es simplemente igual a ellos? — Dijo Danav, emitiendo un gemido bajo.
Ragard bufo molesto. Kanthus desvió la mirada, incapaz de sostenerla. Aldric, en cambio, se acercó al cadalso con pasos lentos y examinó los cuerpos con una frialdad clínica.
—No son soldados —dijo al fin—. Son campesinos. Gente corriente. Los han ejecutado por algo… o por nada.
Eythys se arrodilló junto al tronco donde reposaban las cabezas y, con una delicadeza impropia de una vampiresa, les cerró los ojos una a una.
—Que la tierra les sea leve —susurró—. Aunque no los conozcamos, aunque no sepamos sus nombres, que encuentren la paz que aquí se les fue negada.
Orven gruñó por lo bajo, y sus ojos ámbar brillaron con una furia contenida.
—Esto no es guerra —dijo, con una voz que retumbó en el silencio de la plaza—. Esto es barbarie.
Reanudaron la marcha en silencio. Nadie habló durante horas. Los días siguientes fueron un desfile de horrores similares. Aldric los guiaba por caminos secundarios, sendas ocultas entre los pinos que evitaban las rutas principales, pero aun así, de vez en cuando, se topaban con las huellas de la guerra. Pueblos incendiados, campos sembrados de cadáveres, columnas de humo negro alzándose en el horizonte. En una aldea, encontraron a una anciana sentada en el umbral de su casa, con la mirada perdida y un niño muerto en brazos. No dijo nada cuando pasaron a su lado. Solo los miró con aquellos ojos vacíos, como si ya no perteneciera a este mundo.
En otra plaza, presenciaron una ejecución en masa. Una docena de hombres, atados de rodillas, esperaban su turno mientras el verdugo —un gigante encapuchado con el torso desnudo a pesar del frío— alzaba y dejaba caer su hacha con una regularidad mecánica. Las cabezas rodaban por el empedrado, y la sangre corría por los surcos de la piedra como un arroyo oscuro. Los soldados que custodiaban la escena vestían los colores de armaduras ocres, yelmos que solo dejaban ver la boca, guanteletes rojos.
Ragard quiso intervenir. Su mano fue hacia la espada, pero Aldric lo detuvo con un gesto firme.
—No —dijo, en voz baja—. Aún no. No podemos delatarnos. Si nos descubren ahora, todo estará perdido.
—Pero… —empezó el Zonotorh.
—Lo sé. —Los ojos grises del vampiro reflejaron una tristeza antigua—. Lo sé. Pero debemos llegar a la cripta. Eso es lo primero. Después… después habrá tiempo para ajustar cuentas.
Ragard apartó la mano de la empuñadura.
—Después —repitió, como si la palabra le supiera a veneno. Siguieron adelante.
El paisaje fue cambiando a medida que avanzaban hacia el noroeste. Los pinos dieron paso a formaciones rocosas cada vez más escarpadas, y el sendero se volvió angosto y traicionero, bordeando precipicios que se perdían en una niebla perpetua. El frío se intensificó, y la nieve, que antes caía con suavidad, se convirtió en un manto espeso que lo cubría todo.
Fue entonces cuando llegaron a Throb. No era un reino en el sentido tradicional. No había murallas, ni castillos, ni estandartes ondeando al viento. Throb era un lugar de una belleza sobrecogedora y extraña: una vasta extensión de valles y colinas salpicada de islas flotantes que se alzaban en el cielo como peñascos suspendidos por hilos invisibles. De aquellas islas caían cascadas innumerables, torrentes de agua cristalina que se precipitaban al vacío y se deshacían en una lluvia de finas gotas antes de tocar el suelo. El sol, que por fin había logrado abrirse paso entre las nubes, arrancaba destellos de arcoíris de cada cortina de agua, y el rumor constante de las cascadas llenaba el aire con una música hipnótica.
—Es… —empezó Belwën, y su voz se quebró—. Es hermoso.
—Throb —dijo Eythys, con una sonrisa melancólica—. El reino de las aguas eternas. Dicen que aquí lloran los gigantes que murieron en la Primera Edad. Que sus lágrimas se convirtieron en estas cascadas, y que nunca dejarán de fluir mientras el mundo recuerde sus nombres.
Ragard alzó la vista hacia las islas flotantes. Eran docenas, quizás cientos, suspendidas en el cielo como un archipiélago celestial. Algunas eran tan pequeñas que apenas sostenían un árbol solitario; otras eran lo bastante grandes para albergar bosques enteros, con sus propias cascadas que caían de isla en isla formando una escalera de agua.
—¿Y la cripta? —preguntó Kanthus—. ¿Dónde está?
Aldric señaló hacia el oeste, donde el horizonte se difuminaba en una bruma plateada.
—Más allá de donde los gigantes lloran. Hay que atravesar el puente de la eternidad.
—¿El puente de la eternidad? —preguntó Ragard.
Orven soltó un bufido.
—Así lo llaman. Tardaremos tres días en cruzarlo. Y creanme cuando les digo que serán los tres días más largos de su vida.
El puente de la eternidad se alzaba ante ellos como una serpiente de piedra dormida.
Era una construcción colosal, tan antigua que sus constructores se habían perdido en la noche de los tiempos. Se extendía sobre un mar de barro movedizo, una vasta extensión de fango grisáceo que burbujeaba lentamente, como si algo respirara bajo su superficie. No había olas, ni corrientes, solo aquel lodo espeso que se agitaba con una vida propia, engullendo cualquier cosa que osara posarse sobre él. Ni la madera flotaba, ni las piedras se sostenían, ni los pájaros se atrevían a sobrevolarlo. Era un lugar maldito, un vestigio de alguna catástrofe olvidada que había convertido lo que antaño fuera un mar en una trampa mortal.
El puente era la única forma de cruzarlo. Sus arcos de piedra negra, erosionados por milenios de viento y lluvia, se alzaban sobre el barro como la espina dorsal de un leviatán petrificado. No tenía barandillas, ni bordes protectores; solo una calzada estrecha, lo bastante ancha para que dos personas caminaran hombro con hombro, que serpenteaba sobre el abismo de fango. A ambos lados, el vacío. Abajo, el lodo burbujeante, que de vez en cuando emitía un sonido húmedo, como un eructo de las profundidades.
Ragard se detuvo al pie del puente y alzó la vista. La estructura se perdía en la bruma, y no se veía el otro extremo.
—Tres días —murmuró—. Has dicho tres días.
—Tres días —confirmó Aldric—. Si no nos detenemos a descansar más de lo necesario. No hay refugios en el puente, ni lugares donde apartarse. Solo el camino, el vacío y el barro.
—¿Y qué hay al otro lado? —preguntó Kanthus.
Eythys respondió, con una voz que delataba un respeto antiguo.
—La cripta de Gardarh. El lugar donde el primer Avatar Zonotorh duerme su sueño eterno. Allí, si las leyendas no mienten, encontraremos las respuestas que buscamos. Y quizás… quizás la forma de leer el Arcano Final.
Belwën se adelantó unos pasos, con Danav pegado a sus talones. Su sonda golpeó la piedra del puente, y el sonido resonó en el silencio como un tañido funerario.
—Entonces, ¿a qué esperamos? —dijo, sin volverse—. El camino es largo, y la noche no espera.
Ragard asintió. Miró a sus compañeros: a Kanthus, que sostenia su báculo; a Aldric, que observaba el puente con sus ojos grises e insondables; a Eythys, que se había guardado la flauta y se ajustaba el chal; a Orven, que se rascaba la barba con una mezcla de resignación y determinación; a Danav, que ya había dado los primeros pasos sobre la piedra negra.
—Vamos —dijo Danav.
Y uno tras otro, se adentraron en el puente de la eternidad.
La niebla los envolvió al poco tiempo de avanzar, difuminando el mundo a su alrededor. Solo quedó el sonido de sus pisadas sobre la piedra, el rumor lejano del barro al burbujear, y el latido de sus propios corazones, que marcaba el ritmo de un viaje que ninguno sabía cómo terminaría.
Atrás quedaban Throb, las cascadas infinitas y los pueblos asolados por la guerra. Adelante, oculta tras tres días de travesía sobre el abismo, aguardaba la cripta de Gardarh. Y con ella, el destino del último Avatar Zonotorh.
Al segundo día, el puente de la eternidad se ensanchó. Lo que hasta entonces había sido una calzada angosta, apenas lo bastante ancha para que dos personas caminaran hombro con hombro, se abrió de repente en una plataforma amplia, casi una plaza suspendida sobre el mar de barro. Los arcos de piedra negra se multiplicaban aquí, entrecruzándose como las ramas de un bosque petrificado, y el suelo, aunque aún erosionado por los siglos, ofrecía espacio suficiente para que el grupo se dispersara y descansara sin temor a caer al vacío.
—Acamparemos aquí —anunció Aldric, y su voz, aunque suave, resonó en el silencio del puente—. Mañana reanudaremos la marcha. El último tramo es el más largo, y necesitaremos todas nuestras fuerzas.
Nadie protestó. El cansancio acumulado de días de marcha, de horrores presenciados y de un futuro incierto pesaba sobre todos como una losa. Orven se dejó caer contra una de las columnas de piedra y cerró los ojos, aunque sus orejas seguían atentas a cualquier sonido. Eythys se sentó con las piernas cruzadas y sacó su flauta, pero tampoco esta vez se decidió a tocarla; simplemente la sostuvo entre las manos, como si el contacto con la madera le bastara para calmarse. Aldric permaneció de pie, vigilando el horizonte brumoso con sus ojos grises.
Ragard, en cambio, buscó un rincón apartado, junto a uno de los arcos que se alzaba sobre el vacío. Sacó de su zurrón un pequeño saquito de lona, una olleta de hierro y un puñado de granos de café —el mismo café que Kanthus le había ofrecido tantas veces, y que ahora se había convertido en un ritual entre ellos—. Encendió un fuego mínimo con unas astillas que había recogido en Throb, y esperó a que el agua hirviera.
Kanthus se acercó sin hacer ruido y se sentó a su lado. Durante un largo rato, ninguno de los dos habló. Solo contemplaban el fuego, el vaivén de las llamas, el aroma del café que empezaba a impregnar el aire frío del puente.
—Hace mucho que no hacíamos esto —dijo al fin Ragard, sin apartar la vista de la olleta.
—Demasiado —asintió Kanthus—. Desde los tiempos de Divesh.
El nombre resonó entre ellos como un eco de otra vida. Divesh. El castillo junto al lago. Los días en que ambos eran consejeros de una jerarca, cuando el mundo aún no se había desmoronado a su alrededor y el Arcano Final no era más que una sombra lejana en sus visiones.
—¿Recuerdas aquellas tardes? —preguntó Ragard, con una media sonrisa—. Cuando nos escapábamos de nuestras obligaciones y nos sentábamos a la orilla del lago, con una jarra de café y sin nada más que hacer que hablar.
—Lo recuerdo. —Kanthus esbozó una sonrisa triste—. Hablábamos de todo y de nada. Del futuro. De los arcanos que habíamos leído. De las mujeres que nos robaban el sueño.
Ragard sirvió el café en dos tazas de latón y le tendió una a su amigo. El vapor se elevó en el aire frío, formando pequeñas nubes que el viento deshacía al instante.
—Hablando de mujeres… —empezó Ragard, y su voz se volvió más queda—. ¿Recuerdas a Erline?
—La guerrera de los cabellos níveos. La Disiriana que te robó el corazón. —Kanthus asintió—. Claro que la recuerdo. La vi en tus ojos cuando te despediste de ella. Y vi también el vacío que te dejó.
Ragard bebió un sorbo de café. El líquido caliente le reconfortó la garganta, pero no logró disipar el nudo que se le formaba en el pecho cada vez que pensaba en ella.
—A veces… a veces me pregunto qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes. Si no hubiera existido la guerra, ni el Arcano Final, ni esta maldición de ser el último Avatar. —Hizo una pausa, y su mirada se perdió en el fuego—. Habríamos formado una familia, Kanthus. Ella y yo. Lo sé. Lo sentí en el instante en que la tuve entre mis brazos. Habríamos tenido hijos, una granja de cafe, una vida tranquila. Y ahora… ahora no sé si volveré a verla. No sé si alguno de nosotros sobrevivirá a lo que se avecina.
Kanthus guardó silencio. Sus dedos rodearon la taza de latón, absorbiendo su calor.
—El amor es un arma de doble filo, amigo mío —dijo al fin—. Te da fuerzas para seguir adelante, pero también te recuerda todo lo que puedes perder. Y a veces… a veces pierdes.
Ragard lo miró. Había algo en la voz de Kanthus, una resonancia de dolor antiguo, que le hizo formular la pregunta que nunca antes se había atrevido a hacer.
—Kanthus… ¿tú alguna vez…? Quiero decir, antes de todo esto, antes del Culto, antes de la guerra… ¿Tuviste a alguien?
El Kriëgen no respondió, su mirada si. Sus ojos se clavaron en el café, como si en su superficie oscura pudiera leer un pasado que llevaba años intentando olvidar. Cuando habló, su voz era apenas un susurro.
—Su nombre era Enireht.
Ragard contuvo la respiración. A su alrededor, el silencio del puente parecía haberse vuelto más denso, como si incluso el viento y el barro contuvieran el aliento para escuchar.
—Enireht —repitió Kanthus, y el nombre sonó como una caricia y una herida al mismo tiempo—. Era… era todo lo contrario a lo que el mundo espera de una heroína. No era alta, ni esbelta, ni tenía los rasgos afilados de las mujeres que pintan en los cuadros de los castillos. Era bajita, de formas redondeadas, con unas mejillas sonrosadas que parecían manzanas y una risa que llenaba cualquier estancia. Le gustaba cocinar, y sus guisos eran la envidia de toda la aldea. Tenía unas manos pequeñas y regordetas, pero eran las manos más hábiles que he conocido. Podía remendar cualquier cosa, desde una capa desgarrada hasta un corazón roto.
Hizo una pausa. Sus ojos brillaban con una humedad contenida.
—Nos casamos en primavera, bajo un cerezo en flor. Ella llevaba una corona de margaritas que se había tejido ella misma, y yo… yo llevaba la misma túnica raída de siempre, porque no tenía dinero para comprar una nueva. A ella no le importó. Dijo que me quería tal como era, con mis bolsillos vacíos y mis sueños de grandeza. —Soltó una risa amarga—. Éramos felices, Ragard. Más felices de lo que nunca he vuelto a ser.
Ragard no dijo nada. Solo esperó.
—Una enfermedad se la llevó. —La voz de Kanthus se quebró—. Una fiebre extraña que ningún curandero supo diagnosticar. Ardía por dentro, como si alguien hubiera encendido una hoguera en sus entrañas. Yo lo intenté todo. Gasté hasta la última moneda en médicos, en pociones, en hierbas traídas de más allá del mar. Nada funcionó. Murió en mis brazos, no podia respirar. Sus pulmones se vieron afectados, una noche de invierno, mientras fuera nevaba y el mundo seguía girando como si nada hubiera pasado.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas. No las limpió. Las dejó caer, una tras otra, como si cada una fuera un pequeño tributo a la mujer que había perdido.
—Después de eso… después de eso ya no era el mismo. Algo se rompió dentro de mí. Algo que nunca he podido reparar. Fue entonces cuando oí hablar del Culto Oferno. Me dijeron que allí podría encontrar poder. Poder para vencer a la muerte, para traerla de vuelta, para que nada ni nadie volviera a arrebatarme lo que amaba. Y yo, en mi desesperación, los creí.
—Pero no pudiste —murmuró Ragard.
—No. —Kanthus negó con la cabeza—. El Culto me enseñó a extraer magia, a canalizar el fuego azul, a convertirme en un arma. Pero nunca me enseñaron a resucitar a los muertos. Porque eso no está al alcance de ningún Kriëgen. Y cuando comprendí que me habían mentido, que había vendido mi alma a cambio de nada, ya era demasiado tarde. Ya me había convertido en lo que soy ahora. El silencio que siguió fue absoluto. Incluso el fuego parecía haberse apagado un poco, como si respetara el duelo del Kriëgen.
Ragard se levantó, rodeó el fuego y se arrodilló junto a su amigo. Sin decir nada, lo abrazó. Kanthus se aferró a él como un náufrago a una tabla, y los sollozos que había estado conteniendo durante años estallaron por fin, sacudiendo su cuerpo con una violencia que era a la vez liberación y condena. No fueron los únicos que lloraron.
Belwën, que se había acercado sin hacer ruido, se arrodilló a su lado y apoyó una mano sobre el hombro del Kriëgen. Sus lágrimas, se resbalaron por sus mejillas sin que ella hiciera ademán de limpiarlas. Danav se acurrucó a sus pies, emitiendo un gemido suave, y apoyó el hocico sobre la pierna de Kanthus.
Eythys se acercó también, con la flauta aún en las manos, y se sentó en silencio junto al grupo. Sus ojos grises reflejaban una tristeza antigua, la tristeza de quien ha vivido lo suficiente para saber que el dolor es el precio del amor. Aldric permaneció de pie, a unos pasos de distancia, pero su quietud habitual se había transformado: había algo en su postura, en la forma en que sus manos colgaban inertes a los costados, que delataba una emoción contenida.
Orven fue el último en unirse. El licántropo se acercó con pasos pesados y se dejó caer al suelo junto al fuego, con sus grandes manos apoyadas en las rodillas. No dijo nada. Solo se quedó allí, presente, compartiendo el silencio y las lágrimas de un hombre al que apenas conocía, pero al que ya consideraba un compañero.
Lloraron juntos. Por Enireht, por Erline, por todos los que habían perdido. Por los pueblos arrasados, por los inocentes ejecutados, por un mundo que parecía empeñado en desmoronarse a su alrededor. Y cuando las lágrimas se agotaron, cuando solo quedó el silencio y el crepitar del fuego, algo había cambiado entre ellos.
Un lazo invisible, forjado en el dolor compartido, los unía ahora con una fuerza que nada podría romper.
Al amanecer del tercer día, el grupo se levantó con una energía renovada. No era la energía de la juventud, ni la de la victoria; era la energía de quienes han mirado al abismo juntos y han decidido seguir adelante. Recogieron el campamento en silencio, pero sus miradas se cruzaban con una complicidad nueva, más profunda, más verdadera. Al cabo de unas horas el puente volvió a ensancharse.
Fue una bendición inesperada. Después de jornadas recorriendo una calzada estrecha, con el vacío a ambos lados y el viento silbando entre las grietas de la piedra negra, aquella plataforma amplia les ofreció el segúndo respiro real desde que salieron de Throb. El mar de barro seguía abajo, burbujeando con una lentitud que ponía los pelos de punta, pero al menos aquí podían caminar sin rozar los hombros y, mejor aún, podían detenerse sin miedo a rodar al abismo. Orven fue el primero en soltar su mochila y dejarse caer contra una de las columnas de piedra que flanqueaban el ensanche, con un suspiro que le salió del alma.
—Propongo que acampemos aquí —dijo, masajeándose las pantorrillas—. Si seguimos sin parar, van a tener que cargarme como a un costal.
Nadie se opuso. La fatiga acumulada de días de caminata, de noches en vela y de la tensión constante de la cripta los había dejado a todos al borde del agotamiento. Armaron un pequeño campamento en el centro de la plataforma, improvisando un fuego con la leña que aún cargaban desde Vaettir. Las llamas, de un naranja pálido que contrastaba con el gris eterno del puente, se alzaron con timidez y llenaron el aire de un calorcito que todos agradecieron.
Aldric, sentado un poco aparte, sacó de su alforja un libro forrado en cuero gastado y lo abrió con delicadeza, como quien sostiene un objeto sagrado. Ragard, que se había recostado contra su propia mochila a unos pasos de distancia, lo observó con curiosidad. El vampiro solía ser hombre de pocas palabras, y verlo enfrascado en la lectura despertó en el Zonotorh una chispa de interés que llevaba días apagada.
—¿Qué lees? —preguntó, incorporándose un poco.
Aldric alzó la vista. Sus ojos grises tenían ese brillo extraño que reflejaba la luz del fuego como si la absorbieran.
—El Cantar de Duarm de Alfarcon, príncipe de Sira y Yun. Uno de los cantares más antiguos y famosos que se hayan escrito. Habla de un príncipe que desafió al destino y rompio los hitos de su casa, al irse lejos. Lejos de su reino para poder lograr convertirse en lo que siempre quiso ser… un monarca ejemplar.
—¿Lo has leído muchas veces?
—Cientos. —Aldric esbozó una sonrisa leve, casi melancólica—. Cuando vives tanto como yo, los libros se convierten en viejos amigos. Siempre están ahí, sin juzgarte, sin envejecer. Y siempre tienen algo nuevo que decirte.
Ragard asintió. Entendía esa sensación. Sus cartas habían sido durante años su único refugio, su única brújula en un mundo que se empeñaba en desmoronarse. Pero tenía otras cosas. Tenía a sus amigos. Y eso, pensó, valía más que cualquier arcano.
El resto del grupo compartía el momento en silencio. Eythys, sentada junto al fuego, había sacado por fin su flauta de madera y la hacía girar entre los dedos, sin decidirse a tocarla. Belwën descansaba con la cabeza apoyada en el costado de Danav, que dormitaba con un ojo entreabierto. Kanthus preparaba café en la vieja olleta que siempre cargaba consigo, y el aroma se mezclaba con el olor a piedra antigua y a humedad. Orven, ajeno a todo, roncaba ya plácidamente con la barba manchada de migas de pan.
Fue un instante de paz. El último.
Porque entonces Danav se levantó de un brinco, con el lomo erizado y un gruñido retumbando en su garganta. Su enfoque era en la bruma que rodeaba el puente, y todos supieron, sin necesidad de palabras, que algo se acercaba.
Los seguidores de Reki atacaron sin previo aviso.
Eran una docena, quizás más, envueltos en túnicas de lianas y musgo, de ramas y hojas apagadas que se confundía con la penumbra del puente. Llevaban el rostro como corteza de madera astillada, y sus armas —hachas, espadas curvas, dagas de obsidiana— brillaban con un fulgor enfermizo, como si estuvieran imbuidas de una magia que no pertenecía a este mundo.
—¡A las armas! —gritó Aldric, cerrando el libro de golpe y poniéndose en pie con una velocidad que desmentía su aparente fragilidad.
Orven despertó de su siesta con un rugido y se transformó en pleno salto, su cuerpo expandiéndose en una masa de pelaje pardo y músculos tensos. Eythys, se colocó a su lado, desenvainando dos hojas cortas que centellearon con una luz pálida. Kanthus y Ragard formaron una línea frente al fuego, protegiendo a Belwën y a Danav, que ya se había interpuesto entre los atacantes y su compañera invidente.
La batalla fue feroz y breve. Los seguidores de Reki atacaban con una ferocidad suicida, sin importarles sus propias vidas. Pero los viajeros no eran los mismos que antes. Habían enfrentado muchas adversidades. Habían superado pruebas que habrían quebrado a cualquiera. Y ahora luchaban como un solo organismo, cada uno cubriendo la espalda del otro, anticipando los movimientos del enemigo con una precisión que solo la confianza mutua podía dar.
Aldric y Eythys se movían entre los atacantes como sombras, sus garras y hojas destellando en una danza de muerte silenciosa. Orven, en su forma de lobo, embestía sin piedad, derribando a dos o tres enemigos de cada golpe. Kanthus conjuraba su fuego azul en ráfagas controladas, lo justo para debilitar a los asaltantes sin desgastarse. Y Ragard, espada en mano, bloqueaba y contraatacaba con una determinación fría, con la certeza de que ya no luchaba solo.
Cuando el último de los seguidores cayó —un verdolaga corpulento que se desplomó con un tajo limpio en el pecho—, el silencio regresó al puente. El fuego del campamento seguía encendido, aunque había perdido fuerza, y el suelo de piedra estaba manchado de sangre y barro.
—¿Están todos bien? —preguntó Ragard, limpiando su espada en un jirón de tela.
—Los maldigo en nombre de los Huldråg, los hijos de Reki y del bosque del sur- dijo elgigante herido de pronto – Todos merecen perecer…
—¿Acaso Derzen te ha enviado? – preguntó Ragard.
—No, nosotros venimos por nuestra propia cuenta…- continuo el gigante después de toser una bocanada de sangre-. Él es debil de carácter, nosotro queriamos cumplir con los designios de nuestro padre… pero creo… creo que eso es imposible…A…v…a…t…
Despues de esta revelación el grupo se sacudió las intrigas y esperaron a que Derzen y Reki desistieran de su empeño de profanar la cripta de Gardarh. Ragard en una ojeada revisaba a los suyos. Nadie tenía heridas de gravedad. Algunos rasguños, algún moretón, pero nada que no pudieran curar con un poco de reposo. Belwën, que había permanecido en el centro del círculo defensivo, se acercó y posó su mano en el hombro del Zonotorh.
—Reki no se rendirá tan fácil —dijo, y su voz era grave—. Sabe que nos acercamos. Hará todo lo posible por detenernos.
—Pues que lo intente —respondió Ragard—. Nosotros no nos vamos a detener. Ademas, el sabe que si lo intenta, sera el más afectado en todo esto.
Reanudaron la marcha sobre el puente de la eternidad. La calzada volvía a estrecharse, pero ya no importaba. Caminaban juntos, hombro con hombro, y el vacío bajo sus pies no era más que un recordatorio de lo que estaba en juego.
Horas después, cuando el sol comenzaba a declinar hacia el oeste, la bruma se abrió ante ellos.
El puente terminaba en una vasta meseta de piedra negra, suspendida sobre el mar de barro como un altar olvidado por los dioses. Y al fondo, recortada contra el cielo del atardecer, se alzaba la entrada de la cripta.
Era una construcción colosal, tallada directamente en la roca viva de una montaña que emergía del fango como el lomo de una bestia dormida. Dos estatuas flanqueaban la entrada: figuras de Zonotorh ancestrales, de rostros erosionados por el tiempo, pero con las manos extendidas en un gesto que podía ser de bienvenida o de advertencia. La puerta, de piedra negra y sin juntas visibles, estaba grabada con el símbolo del Arcano Final: El Mundo, pero invertido, con la doncella mirando hacia abajo, los querubines de las esquinas convertidos en cuervos de ojos de obsidiana y la muerte sosteniendo su oz conla mano izquierda.
Ragard se detuvo frente a ella. El corazón le martilleaba en el pecho.
—La cripta de Gardarh —murmuró—. Hemos llegado.
A su lado, Kanthus asintió, con los ojos aún enrojecidos pero la mirada firme.
—Hemos llegado —repitió—. Y ahora… ahora empieza lo difícil.
El viento sopló sobre la meseta, trayendo consigo el olor a piedra antigua, a musgo y a un tiempo que no pertenecía a los mortales. Tras ellos, el puente de la eternidad se extendía como un hilo de sombra sobre el mar de barro. Ante ellos, la cripta aguardaba, con sus secretos enterrados y su destino por escribir.
II.
Susurros Del Último Ayer.
La puerta de la cripta no se abrió por sí sola. Ragard lo supo en el instante en que posó la palma de la mano sobre la piedra negra. Bajo sus dedos, la superficie estaba fría, inerte, como si la roca misma se negara a reconocerlo. No había runas que brillaran, ni mecanismos ocultos que se activaran. Solo el silencio y el peso de una verdad que tardó en comprender.
—No basta con llegar —murmuró, y su voz resonó en la meseta de piedra como un presagio—. Gardarh no nos va a dejar pasar sin más.
Kanthus, a su lado, frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Aun no logro decifrarlo. —Ragard se volvió hacia el grupo, y su mirada recorrió los rostros de sus compañeros: Kanthus, con el báculo aferrado entre las manos; Belwën, con Danav pegado a sus talones; Aldric y Eythys, los vampiros de ojos grises que observaban la puerta con una quietud expectante; Orven, el licántropo que se había despojado del chaleco de cuero y se estiraba los hombros como quien se prepara para una larga jornada de trabajo—. Gardarh fue el primer Avatar. El más poderoso de todos. No iba a dejar su cripta sin protección. Si queremos entrar, tendremos que demostrar que somos dignos.
—¿Dignos de qué? —preguntó Eythys, con su voz cálida y serena.
—De ser los herederos de su legado. De cargar con el peso del Arcano Final. De enfrentar lo que sea que nos espere ahí dentro.
Un rumor sordo, como el de un terremoto lejano, brotó de las profundidades de la cripta. El suelo de piedra vibró bajo sus pies, y de las grietas de la puerta comenzó a manar una luz dorada, cálida y antigua, que se derramó sobre la meseta como un río de fuego líquido.
—Ya vienen…amigos… ahi vienen… —dijo Aldric, y por primera vez su voz perdió algo de su calma habitual.
La puerta no se abrió. En lugar de eso, la piedra misma pareció cobrar vida. De sus bordes, de las estatuas que la flanqueaban, de las grietas del suelo, surgieron figuras colosales, moles de roca, mineral Emuréo y magia pura que se alzaron ante ellos como titanes despertados de un sueño milenario. Eran cinco. Cinco guardianes de pesadilla, cada uno de ellos tan alto como tres hombres puestos uno sobre otro. Sus cuerpos estaban formados por una amalgama de piedra negra y vetas de Hierro Emuréo que palpitaban con un fulgor dorado, como si tuvieran sangre de estrella corriendo por sus venas de mineral. Sus rostros carecían de facciones; eran superficies lisas, sin ojos ni boca, pero emanaban una conciencia antigua, una voluntad implacable que no necesitaba palabras para expresarse. En sus manos, que eran bloques de roca del tamaño de yunques, sostenían armas forjadas con el mismo material: martillos, hachas, espadas sin filo que aplastaban en lugar de cortar.
—Guardianes de Gardarh —susurró Belwën, y aunque sus no podía verlos, su tensión fue perceptible—. Los siento. Son… antiguos.
—¿Cómo los vencemos? —preguntó Orven, y su voz, normalmente grave y pausada, se tiñó de una excitación apenas contenida.
Ragard desenvainó su espada. El acero de su espada habia querido estar enfundada desde los eventos con Zein.
—Golpeándolos hasta que dejen de moverse. — No hizo falta más.
El primer guardián cargó contra ellos con una lentitud engañosa. Sus pasos hacían temblar la meseta, y el martillo que blandía describió un arco mortal hacia el grupo. Kanthus fue el más rápido: alzó su báculo y una barrera de fuego azul se interpuso entre el golpe y sus compañeros. El impacto resonó como un trueno, y la barrera se resquebrajó, pero aguantó lo suficiente para que los demás se dispersaran.
—¡Flanquealo! —gritó Ragard, y rodó hacia un costado, buscando un ángulo de ataque.
Aldric y Eythys se movieron como sombras. Los vampiros no corrían; se deslizaban sobre la piedra con una fluidez antinatural, esquivando los golpes del guardián por un palmo. Aldric fue el primero en golpear: sus manos, que momentos antes habían permanecido inertes a los costados, se transformaron en garras de sombra que desgarraron la pierna del coloso. La roca crujió, pero no cedió. Eythys atacó a su vez, lanzando una ráfaga de energía oscura que impactó en el pecho del guardián y lo hizo retroceder un paso.
—¡Su núcleo! —gritó Belwën, y su voz se alzó por encima del estruendo—. ¡Tienen un núcleo de Emuréo en el pecho! ¡Si lo destruímos, caerán!
Ragard entrecerró los ojos. Allí, en el centro del torso del guardián, una veta de Hierro Emuréo brillaba con más intensidad que el resto, palpitando como un corazón de fuego.
—¡Kanthus! ¡Conmigo!
El Kriëgen asintió. Ambos se lanzaron hacia el guardián al mismo tiempo, esquivando un nuevo martillazo que hizo añicos el suelo donde habían estado un instante antes. Ragard saltó, apoyó un pie en la rodilla del coloso y se impulsó hacia arriba. Su espada, envuelta en la magia azul que Kanthus le había transferido de un gesto, se clavó en el núcleo de Emuréo.
El guardián se estremeció. Un rugido silencioso, que no era sonido sino vibración, recorrió la meseta. Luego, lentamente, comenzó a desmoronarse. Las vetas doradas se apagaron, la roca se resquebrajó, y el coloso se derrumbó en un montón de escombros humeantes.
—¡Uno menos! —jadeó Ragard, aterrizando con dificultad.
Pero los otros cuatro ya se estaban moviendo. Danav y Orven formaron un equipo inesperado.
El zorro druida, con su pelaje plateado erizado y sus ojos dorados brillando con una luz ancestral, se deslizaba entre las piernas de los guardianes como una exhalación, mordiendo las vetas de Emuréo con sus colmillos imbuidos de magia y debilitando la estructura de los colosos. Orven, mientras tanto, había dejado atrás su forma humana.
El licántropo se transformó en plena batalla, y su cuerpo se expandió, se cubrió de un pelaje espeso de color pardo rojizo, y sus manos se convirtieron en garras capaces de desgarrar la roca. No era el lobo descomunal de las leyendas, sino una criatura de proporciones poderosas pero equilibradas, con una inteligencia feroz brillando en sus ojos ámbar. Se lanzó contra el segundo guardián con una furia controlada, aferrándose a su brazo y mordiendo el núcleo de Emuréo mientras Danav distraía al coloso desde el otro flanco.
—¡Ahora, Orven! —gritó Belwën, que había estado guiando al licántropo con su sonda, indicándole los puntos débiles del guardián.
Orven apretó las mandíbulas. El Emuréo crujió, se resquebrajó, y el segundo guardián se derrumbó con un estruendo de rocas al chocar.
—¡Dos! —rugió el licántropo, con la voz distorsionada por su forma animal.
Pero la cripta aún no había terminado con ellos.
De entre los escombros de los dos guardianes caídos, de las grietas del suelo, de las mismas paredes de la entrada, comenzaron a surgir nuevas figuras. No eran colosos de roca y mineral, sino espectros: siluetas etéreas, translúcidas, que brillaban con una luz diamantina, como si estuvieran hechas de cristal de Emuréo puro. Flotaban sobre el suelo, sin piernas, y sus rostros sin facciones reflejaban la luz de las vetas doradas como espejos deformantes.
Eran docenas. Una armada de fantasmas de Diamante Emuréo que se abalanzaron sobre el grupo como una ola de luz fría.
—¡Son inmateriales! —gritó Aldric, mientras una de las criaturas lo atravesaba y le arrancaba un jadeo de dolor—. ¡La magia física no les afecta!
Eythys se colocó a su lado y alzó las manos. De sus palmas brotó una niebla oscura, densa, que envolvió a varios espectros y los inmovilizó, aunque no los destruyó.
—¡Necesitamos algo que pueda dañarlos! —gritó.
Ragard miró su espada. La hoja, aún teñida de magia azul, atravesó a un espectro sin encontrar resistencia. La criatura ni siquiera se inmutó.
—¡Kanthus! ¡El fuego!
El Kriëgen asintió. Cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, sus brazos estaban envueltos en llamas azules que ardían con una intensidad cegadora. Las líneas blancas de sus antebrazos palpitaban al límite, pero Kanthus no se detuvo. Avanzó hacia la horda de espectros y descargó su magia en una onda expansiva que barrió la meseta.
Los espectros más cercanos se desvanecieron al instante, consumidos por el fuego azul. Pero había demasiados, y Kanthus no podía mantener aquel ritmo para siempre.
—¡Belwën! —gritó Ragard—. ¡Necesitamos tu ayuda!
La Zonotorh, que había permanecido en la retaguardia guiando a Danav y Orven, avanzó hacia el centro de la batalla. Su bastón golpeaba la piedra con un ritmo constante, y sus ojos blanquecinos, veían algo que los demás no podían percibir.
—Los espectros… no son solo magia —dijo, con una voz que resonó con un eco extraño—. Son recuerdos. Fragmentos de la conciencia de Gardarh. Sus miedos, sus dudas, sus fracasos. No podemos destruirlos con fuerza bruta. Tenemos que… aceptarlos.
—¿Aceptarlos? —preguntó Aldric, mientras esquivaba a otro espectro—. ¿Qué significa eso?
Belwën no respondió con palabras. Se arrodilló en el centro de la meseta, cerró los ojos y extendió los brazos. De su cuerpo comenzó a emanar una luz suave, blanca, que se expandió como un manto sobre el campo de batalla. Los espectros, al ser tocados por aquella luz, se detuvieron. Titilaron, como si dudaran. Y luego, uno a uno, comenzaron a desvanecerse, no con la violencia de la destrucción, sino con la suavidad de un suspiro.
—Está funcionando —murmuró Eythys, asombrada—. Los está calmando.
Ragard comprendió. Gardarh no solo quería ponerlos a prueba con la fuerza. Quería ponerlos a prueba con el corazón. Con la capacidad de enfrentar los miedos ajenos y aceptarlos como propios.
—¡Ayudala! —gritó—. ¡Todos! ¡Concentrense en lo que más temen, y dejen que Belwën lo transforme!
Uno a uno, los miembros del grupo cerraron los ojos y se abrieron a sus propios miedos. Ragard pensó en Erline, en la posibilidad de no volver a verla. Kanthus recordó a Enireht, y el vacío que había dejado en su alma. Aldric y Eythys rememoraron los siglos de soledad, de ser rechazados por lo que eran. Orven revivió la primera vez que se transformó en lobo y el terror de perderse a sí mismo. Danav, simplemente, se acurrucó junto a Belwën y dejó que su magia druídica fluyera hacia ella.
Los espectros se desvanecieron. Uno tras otro, como estrellas que se apagan al amanecer.
Cuando el último desapareció, el silencio volvió a adueñarse de la meseta.
Belwën se desplomó, agotada. Danav la sostuvo con su cuerpo, y Eythys corrió a ayudarla.
—Lo has conseguido —dijo Ragard, arrodillándose a su lado—. Los has detenido.
—No —murmuró ella, con una sonrisa cansada—. Los hemos detenido. Todos juntos.
—Hemos pasado la prueba —dijo Kanthus, con la voz aún temblorosa por el esfuerzo.
—La primera prueba —corrigió Aldric—. Gardarh no nos lo pondrá fácil. Esto era solo el umbral.
Ragard asintió. Miró a sus compañeros, cubiertos de polvo, de sudor, de heridas leves y de un agotamiento que calaba los huesos. Pero en sus ojos brillaba una determinación nueva,
forjada en la batalla compartida.
—Descansemos un momento —dijo—. Todo el cuerpo me duele.
Se dejaron caer sobre la piedra fría, recuperando el aliento, mientras la puerta aguardaba, oscura y silenciosa.
En algún lugar de los campos de batalla, al otro lado de Dardania…El estruendo de la guerra lo devoraba todo.
Sir Heve Kagel De Isara,
cuarto comandante del ejército imperial alzó su espada y la descargó contra el soldado enemigo que se le echaba encima. El acero atravesó la armadura ocre con un crujido metálico, y el hombre cayó al suelo, engrosando la alfombra de cuerpos que cubría el campo. A su alrededor, la batalla rugía como una bestia insaciable: gritos, choques de acero, relinchos de caballos aterrorizados, el estruendo de la guerra yacia sobre el. Kagel se limpió la sangre del rostro con el dorso de la mano y alzó la vista. El cielo, encapotado y gris, vomitaba una nieve fina que no lograba limpiar el barro ni la sangre. A lo lejos, las filas enemigas avanzaban como una marea de acero y muerte, y supo, con la certeza de los condenados, que aquella batalla no sería la última.
—¡comandante! —La voz de un mensajero llegó a sus oídos—. ¡El flanco derecho está cediendo!
—¡Que resistan! —rugió Kagel—. ¡Que resistan o moriremos todos!
El mensajero asintió y salió disparado entre el caos. Kagel apretó los dientes y se lanzó de nuevo a la refriega.
Erline Lorelle,
la guerrera de los Disír combatía en otro frente. Su espada danzaba entre los enemigos como un relámpago de plata, cercenando, apuñalando, bloqueando. A su lado, un puñado de soldados leales resistía con ella, formando un círculo defensivo en medio de la carnicería. Erline no pensaba en la victoria. No pensaba en la gloria. Solo pensaba en sobrevivir. En volver a ver a Ragard. En cumplir la promesa que se habían hecho en el puerto de Angakog, cuando sus labios se encontraron en un beso que supo a despedida y a esperanza. Una flecha pasó rozando su mejilla, dejando un reguero de sangre. Erline ni siquiera parpadeó. Siguió luchando.
Drakkar y Thinarion cabalgaban juntos.
Padre e hijo, rey y guerrero, se abrían paso entre las líneas enemigas con una furia fría, calculada. Drakkar blandía su espada con la destreza de quien ha nacido para la guerra, y Thinarion, a pesar de sus años, no se quedaba atrás. El anciano rey de Dofs empuñaba una lanza con la misma dignidad con la que antaño sostenía el cetro, y cada enemigo que caía ante él era un paso más hacia la redención de un reino perdido.
—¡Por Dofs! —gritó Drakkar, y su voz resonó por encima del fragor de la batalla.
—¡Por Dofs! —respondió Thinarion, y su grito fue el eco del de su hijo.
Y en algún lugar, muy lejos de allí, desde las profundidades de las minas de Emuréa, el enano Vermin de Asrot, hijo de Vromir De Asret, guardián del portón, yacia en un campo vasto enjaulado en una carniceria brutal en la tarde de un eclipse… un eclipse trilunar.
Las minas de Emuréa, el primer astro caído, la cuna de los Zonotorh, seguían brillando en la oscuridad con su fulgor dorado. Ajenas a la guerra. Ajenas al destino. Ajenas a todo. Ahora permanecian vacias, ahora era tiempo de luchar.
Sobre la meseta de piedra negra, ante la puerta de la cripta, Ragard se puso en pie.
—Vamos —dijo, y su voz resonó en el silencio—. Es hora de entrar.
El grupo se levantó con él. Agotados, heridos, pero unidos por un lazo que nada podría romper. Uno tras otro, se acercaron a la puerta de roca, la puerta comenzó a abrirse delante de ellos, lentamente, como si la cripta misma quisiera asegurarse de que no hubiera vuelta atrás.
III.
Mensajes Tallados En La Roca.
La oscuridad de la cripta los recibió como un manto húmedo y frío. El aire olía a tierra antigua, a mineral enterrado durante milenios, a un silencio que parecía haberse acumulado capa sobre capa desde el principio de los tiempos. Las pisadas del grupo resonaban en el corredor de piedra, y el eco las devolvía distorsionadas, como si caminaran acompañados por una multitud de fantasmas.
Danav iba a la cabeza, con sus ojos brillando en la penumbra como dos pequeñas luciérnagas. Detrás, Aldric y Eythys flanqueaban a Belwën, que avanzaba con su bastón tanteando el suelo. Orven cerraba la marcha, con sus sentidos de licántropo alerta a cualquier amenaza. Y en el centro, Ragard y Kanthus caminaban hombro con hombro, envueltos en un silencio que no necesitaba palabras.
El corredor se ensanchó de repente, y el grupo desembocó en una cámara circular de dimensiones colosales. El techo se perdía en la oscuridad, y las paredes estaban cubiertas de grabados que representaban la historia de los Zonotorh: el primer astro cayendo del cielo, los dioses primigenios moldeando a los primeros videntes, la persecución y el éxodo, la figura de Gardarh alzando sus manos hacia un cielo surcado por Lágrimas de Fuego.
En el centro de la cámara, un pedestal de piedra negra sostenía un cuenco de Hierro Emuréo del tamaño de un puño. En su interior, un líquido dorado palpitaba con luz propia, como si fuera sangre viva.
—La Sangre del Último —murmuró Ragard, recordando las palabras de Bhail—. El Hierro de las Lágrimas. La Voz del Primero. Las Tres Llaves. Esto debe de ser la segúnda prueba.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Eythys, con su voz cautelosa.
Antes de que nadie pudiera responder, la cámara se iluminó.
No fue una luz normal. Fue un resplandor dorado que brotó de las paredes, del suelo, del techo, envolviéndolo todo en un fulgor cegador. El grupo se cubrió los ojos, y cuando la luz se atenuó, ya no estaban juntos. Cada uno se encontraba solo.
Ragard abrió los ojos y solo vio oscuridad. No era la oscuridad de una habitación sin ventanas, ni la de una noche sin luna. Era una negrura absoluta, total, que le oprimía los ojos como un paño de terciopelo. Parpadeó, una, dos, tres veces, y nada cambió.
—¿Kanthus? —llamó, y su voz resonó en un vacío que no devolvió respuesta—. ¿Belwën? ¿Danav?
—… — el silencio.
Alzó las manos hacia su rostro. No las vio. Las sintió, palpó sus propios dedos, su nariz, sus párpados abiertos, pero sus ojos no registraban nada. Estaba ciego. Una risa suave, casi maternal, resonó a su alrededor.
—Ragard de Enlil. El último Avatar. El que carga con el peso de una raza entera. Dime… ¿cómo guiarás a los tuyos cuando ni siquiera puedes ver el camino?
—¿Quién eres? —preguntó Ragard, girando sobre sí mismo.
—Lo soy todo y nada a la vez. El eco del vacio. La conciencia del infinito. Y te pregunto: ¿qué harás ahora? ¿Cómo liderarás a tus compañeros si la oscuridad te ha robado la vista?
Ragard respiró hondo. El miedo le atenazaba la garganta, pero lo obligó a descender. Pensó en Belwën. En cómo ella había vivido toda su vida sin ver, y sin embargo, era la que mejor percibía el mundo. La que guiaba a los demás cuando todo parecía perdido.
—No necesito los ojos para liderar —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Necesito el corazón. La confianza. La fe en los que caminan a mi lado. Belwën me enseñó que la vista no lo es todo. Que hay otras formas de ver.
La oscuridad titiló. Por un instante, creyó percibir un tenue resplandor dorado frente a él.
—Bien —dijo la voz—. Has comprendido la primera lección. Pero la prueba no ha terminado. Demuéstrame que puedes guiar sin ver. Encuentra a tus compañeros. Confía en lo que no puedes ver… y tal vez recuperes lo perdido.
Ragard cerró los ojos —aunque daba igual— y se concentró. Sintió el suelo bajo sus pies, la vibración de la piedra, el leve flujo de aire que le indicaba por dónde avanzar. Y echó a andar.
Kanthus se encontró de pie en medio de un páramo gris, bajo un cielo surcado por relámpagos silenciosos. El viento soplaba con una furia contenida, y a lo lejos, una figura solitaria se recortaba contra el horizonte. Era Gardarh. O, al menos, la imagen que Kanthus se había formado de él: un hombre alto, de rasgos angulosos y mirada profunda, envuelto en una túnica de estrellas que palpitaban con luz propia.
—Kanthus —dijo la figura, y su voz resonó en la mente del Kriëgen como un tañido de campana—. Has cargado con un peso que no te corresponde. Has vivido a la sombra de otro, creyendo que tu papel era secundario. Pero ¿y si te dijera que estás equivocado?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Kanthus, con la garganta seca.
La figura de Gardarh se acercó, y sus ojos, dos pozos de luz dorada, se clavaron en los del Kriëgen.
—Ragard no es el verdadero Avatar. Lo es. Siempre lo ha sido. Pero tú… tú también llevas la marca del astro. Tú también puedes reclamar el legado de nuestra raza. Solo tienes que aceptarlo.
Kanthus sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Él? ¿Avatar? Siempre había sido el segundo, el amigo leal, el que apoyaba desde la sombra. Pero ahora, aquella voz —la voz de Gardarh, nada menos— le decía que podía ser algo más. Algo grande.
—Ragard es mi amigo —dijo, con la voz temblorosa—. No le arrebataré lo que le pertenece.
—¿Y si él no fuera digno? ¿Y si tú estuvieras destinado a guiar a los Zonotorh hacia un futuro mejor? Piénsalo, Kanthus. Poder. Propósito. La oportunidad de redimir tu pasado, de honrar la memoria de Enireht, de ser recordado como el salvador de tu raza.
El nombre de su esposa lo golpeó como un puñetazo. Cerró los ojos y la vio: sus mejillas sonrosadas, su risa contagiosa, sus manos pequeñas y regordetas amasando pan en la cocina de su hogar. Enireht. La mujer que lo había amado tal como era, con sus bolsillos vacíos y sus sueños de grandeza.
—Ella no querría esto —murmuró—. Ella me amaba por quien era, no por lo que pudiera llegar a ser. Y yo… yo no soy un Avatar. Soy Kanthus. El amigo. El consejero. El que camina al lado, no al frente. Y eso me basta. La figura de Gardarh sonrió. Una sonrisa triste, pero cálida.
—Has elegido bien, Kriëgen. La verdadera grandeza no está en el poder, sino en la lealtad. Vuelve con los tuyos. Has pasado la prueba.
El páramo se desvaneció.
A Belwën la luz la cegó. Parpadeó, confusa, y se llevó las manos al rostro. Sus ojos, ardían como si alguien hubiera encendido una hoguera tras sus párpados. Y entonces, lentamente, las formas comenzaron a definirse. Vio. Vio la cámara circular, los grabados en las paredes, el pedestal de piedra negra. Vio a Danav, su pelaje plateado, su figura esbelta y ágil. Vio a Aldric y Eythys, sus rostros pálidos, sus ojos grises, su quietud antigua. Vio a Orven, su barba descuidada, sus manos enormes, su sonrisa fácil. Y vio a Ragard y Kanthus, de pie frente a ella, con expresiones de asombro.
—Belwën… —empezó Ragard, pero ella lo interrumpió.
—Veo —dijo, y su voz se quebró—. Puedo ver.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Eran lágrimas de alegría, de asombro, de un milagro que nunca había osado esperar. Durante toda su vida, había vivido en la oscuridad, percibiendo el mundo a través del tacto, del oído, del olfato. Y ahora, de repente, el mundo se desplegaba ante ella en una explosión de colores y formas que apenas podía procesar.
Una voz resonó en su mente. Suave, seductora, antigua.
—Belwën de Cenith. La pitonisa invidente. La que pintaba futuros sin verlos. Durante años fuiste prisionera de tu propia ceguera, de tu propio don, de los que te utilizaron para sus fines. Pero ahora… ahora puedes ver. Y con la vista, te ofrezco algo más. Belwën contuvo la respiración.
—Te ofrezco el liderazgo de los Zonotorh. Ragard es un Avatar, sí, pero está perdido. Kanthus es leal, pero carece de la visión necesaria. Tú, en cambio… tú ves lo que otros no ven. Tú puedes guiar a nuestra raza hacia un nuevo amanecer. Solo tienes que aceptar. Solo tienes que tomar las riendas de esta incursión y reclamar tu lugar como la única regente de la estirpe Zonotorh. La tentación era inmensa. Belwën lo sintió en lo más hondo de su ser: el deseo de ser reconocida, de ser algo más que la pobre ciega que todos compadecían. De tener poder. De tener propósito.
Pero entonces miró a Ragard. Vio su rostro cansado, sus ojos enrojecidos, sus hombros cargados con el peso de un destino que nunca había pedido. Y supo, con una certeza absoluta, que aquel hombre era el verdadero Avatar. No por su poder, sino por su corazón.
—No —dijo, y su voz fue firme—. Ragard es nuestro líder. Él fue elegido por Gardarh, no yo. Y aunque ahora pueda ver… no necesito gobernar para ser útil. Mi lugar está a su lado. Como compañera. Como amiga. Como Zonotorh. La voz guardó silencio un instante. Luego, una risa suave, casi maternal, resonó en su mente.
—Has elegido bien, pequeña. La vista es un don, pero la lealtad es un tesoro. Que nunca te falte.
La luz se atenuó, y Belwën sintió que sus ojos volvían a su estado natural. La ceguera regresó, pero esta vez no le dolió. Porque había visto, aunque fuera por un instante. Y lo que había visto —el rostro de sus amigos, la determinación en sus ojos, el amor que los unía— era suficiente para toda una vida. Los tres Zonotorh de la sangre Aldric, Eythys y Orven fueron puestos a prueba al mismo tiempo, aunque cada uno en su propia visión.
Aldric se encontró frente a una encrucijada. Un camino conducía de vuelta a Vaettir, a la seguridad de los bosques, a una vida de aislamiento, pero también de paz. El otro, hacia la cripta, hacia lo desconocido, hacia un futuro incierto. La voz de la cripta le susurró:
—Has vivido siglos, vampiro. ¿Por qué arriesgar tu existencia por unos extraños? Vuelve a casa. Olvida esta locura. —
Aldric no dudó.
—Porque durante siglos me escondí —respondió—. Porque creí que la pureza de mi sangre era más importante que la supervivencia de mi raza. Ya no. Hoy elijo luchar.
Eythys fue tentada con el recuerdo de su vida mortal. Vio el rostro de su madre, de su padre, de los hermanos que perdió cuando fue convertida en vampiro. La voz le ofreció recuperar su humanidad, volver a ser la mujer que fue, vivir una vida normal y morir en paz.
—No —dijo, con lágrimas en los ojos—. Esa vida ya no me pertenece. La mujer que fui murió hace mucho. La que soy ahora tiene un propósito: proteger a los que amo. Y eso incluye a estos extraños que ya son mi familia.
Orven fue el más simple. La voz le ofreció una manada propia, territorios infinitos donde cazar, una vida de libertad salvaje sin ataduras ni responsabilidades.
—Ya tengo una manada —gruñó el licántropo—. Está aquí, conmigo. Y no la cambio por nada.
Danav, el zorro druida se encontró en medio de un bosque que reconoció al instante. Los árboles ancestrales de la vieja época, las hojas de colores imposibles, el musgo fosforescente. Daifa. El hogar que nunca conoció, pero que su sangre recordaba.
Una voz antigua, la voz del propio bosque, le habló.
—Danav. Hijo Druida. Has vagado lejos de tus raíces. Vuelve a casa. Aquí tendrás una vida austera, infinita, en paz. Deja que los mortales resuelvan sus guerras. Tú no perteneces a su mundo. —
Danav olfateó el aire. El aroma de Daifa era dulce, acogedor, como el abrazo de una madre. Pero también olió otra cosa: el rastro de Belwën, de Ragard, de Kanthus. El olor de su manada.
—No—, respondió, y su voz resonó en la mente del bosque. —Ellos me necesitan. Y yo los necesito a ellos. Mi lugar está a su lado. —
El bosque suspiró. Una brisa suave acarició el pelaje del zorro.
—Así sea, pequeño. Tu lealtad te honra. Vuelve con los tuyos. —
Uno a uno, los miembros del grupo abrieron los ojos. Estaban de vuelta en la cámara circular, alrededor del pedestal de Hierro Emuréo. La luz dorada del cuenco palpitaba con más intensidad, como si hubiera absorbido algo de cada uno de ellos.
Ragard fue el último en regresar. Cuando lo hizo, sus ojos se encontraron con los de sus compañeros. Ya no estaba ciego. Veía. Y lo que vio —los rostros cansados pero determinados de sus amigos— le llenó el pecho de una calidez que ninguna magia podía igualar.
—¿Todos bien? —preguntó, con la voz ronca.
—Todos bien —respondió Kanthus, y por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa era genuina.
Belwën asintió, con Danav acurrucado a sus pies. Aldric y Eythys intercambiaron una mirada cómplice. Orven se rascó la barba y soltó un bufido satisfecho.
—Hemos pasado la prueba —dijo Ragard—. Juntos, espero quienes no estan aqui tambien superen sus pruebas…
El fragor de la guerra no cesaba. Kagel, había perdido la cuenta de los enemigos que había abatido. Su espada estaba mellada, su armadura abollada, su rostro cubierto de sangre y barro. Pero seguía en pie. Seguía luchando. A su lado, los restos de su escuadrilla resistían con una ferocidad nacida de la desesperación. Sabían que aquella batalla no la ganarían. Pero luchaban igual. Porque era lo único que podían hacer.
—¡comandante! —gritó uno de sus hombres—. ¡Refuerzos! Kagel alzó la vista. En el horizonte, una columna de soldados con los estandartes de Dofs avanzaba hacia ellos. Al frente, dos figuras a caballo: Drakkar y Thinarion.
—¡Aguantemos! —rugió Kagel—. Jajajaja maldito mocoso, lo lograste— completo con una sonrisa ern boca— ¡La caballería ha llegado!
Lorelle vio la carga desde su posición. El corazón le dio un vuelco. No sabía si Ragard estaba vivo, si volvería a verlo. Pero en aquel momento, solo importaba una cosa: sobrevivir. Para que, cuando todo aquello terminara, pudieran reencontrarse. Alzó su espada y se lanzó de nuevo al combate.
En las inmediaciones de Isara, Vermin escuchó un estruendo lejano. No era un terremoto. Otro contingente se acercaba a enfrentala los enanos y demas aliados.
—Pues que vengan. Les daremos la bienvenida como se merecen.
En la cripta, el pedestal de Hierro Emuréo se iluminó con una luz cegadora. El cuenco se elevó en el aire, girando lentamente, y de su interior brotó un has dorado que se proyectó sobre la pared del fondo.
La piedra se resquebrajó, y una nueva puerta se abrió ante ellos. Una escalera descendía hacia las profundidades, hacia el corazón de la cripta, donde Gardarh dormía su sueño eterno.
—Hemos llegado —dijo Ragard, y su voz resonó en la cámara—. El final del camino nos espera.
Uno tras otro, los miembros del grupo se adentraron en la escalera. La luz dorada los envolvía, y el aire se volvía más denso, más antiguo, como si estuvieran descendiendo hacia el principio de los tiempos.
IV.
La Confrontación.
La escalera descendía hacia las entrañas de la montaña como una herida abierta en la carne del mundo. Cada peldaño era más antiguo que el anterior, tallado en una piedra que no pertenecía a ninguna cantera conocida, veteada de un dorado tenue que palpitaba al ritmo de un corazón invisible. El aire se volvía más denso, más frío, cargado de un silencio que no era ausencia de sonido, sino presencia de algo vasto e incomprensible que aguardaba en las profundidades. Ragard iba a la cabeza. Sus botas resonaban en la escalera con un eco que parecía multiplicarse, como si una multitud de pasos invisibles lo acompañara. Detrás, Kanthus y Belwën caminaban juntos, con Danav pegado a los talones de la Zonotorh. Aldric, Eythys y Orven cerraban la marcha, sus sentidos sobrenaturales alerta a cualquier cambio en la atmósfera de la cripta.
Nadie hablaba. No porque no tuvieran nada que decir, sino porque las palabras parecían inútiles ante la magnitud de lo que los esperaba. La escalera terminó en una antecámara circular, más pequeña que la anterior, iluminada por un resplandor dorado que emanaba de las propias paredes. En el centro, un altar de piedra negra sostenía tres cuencos de Hierro Emuréo, alineados como las estaciones de un ritual olvidado. Dos de ellos brillaban con una luz cálida y viva; el tercero permanecía oscuro, vacío, como una boca abierta esperando ser alimentada. Ragard se detuvo frente al altar. Su corazón latía con fuerza, y una sensación de vértigo le recorrió la espalda. Lo sabía. Lo había sabido desde que Bhail pronunciara las palabras en Vaettir.
La Sangre del Último. El Hierro de las Lágrimas. La Voz del Primero.
—Las Tres Llaves —murmuró, y su voz resonó en la antecámara como una confesión—. Tengo dos. Pero la tercera… la tercera aún no la he encontrado.
Kanthus se colocó a su lado.
—La Sangre del Último eres tú, Ragard. El Hierro de las Lágrimas… es el mineral Emuréo, la esencia del primer astro. Pero la Voz del Primero… ¿qué es? ¿Dónde está?
Ragard cerró los ojos. En su mente resonó un eco lejano, una presencia que lo había acompañado desde mucho antes de que supiera que era un Avatar. Desde su iniciación como Kriëgen. Desde que Reki le entregara las cartas. Desde que sus dones despertaron por primera vez, en la infancia, cuando las visiones lo asaltaban en sueños y su abuelo lo consolaba con palabras sabias. Una voz sin palabras. Una intuición que no provenía de su mente consciente. Una certeza que lo guiaba cuando todo parecía perdido. La he sentido, pensó. Siempre la he sentido. Pero nunca supe qué era.
—Es ella —dijo en voz alta, y sus compañeros lo miraron sin comprender—. La deidad cósmica. La que Bhail mencionó. La que insufló el don de la visión en los primeros Zonotorh. No es una voz que hable con palabras… es una presencia. Una voluntad. Y me ha estado acompañando desde el principio.
Belwën dio un paso al frente, con Danav a su lado.
—¿Estás seguro?
Ragard asintió lentamente.
—Siempre creí que era mi propia magia. O el eco de mis dones. Pero no. Es algo más. Algo que no pertenece a este mundo. Y si estoy en lo cierto… esa presencia es la tercera llave.
—¿Cómo la invocas? —preguntó Aldric, con su voz pausada—. ¿Cómo la haces presente?
Ragard no respondió de inmediato. Cerró los ojos y se concentró. Buscó en lo más profundo de su ser, en aquel rincón oscuro donde las palabras no llegaban, donde solo existía el silencio y la espera. Y allí, en el vacío, la sintió.
No era una voz. Era una vibración. Una nota sostenida que resonaba en la misma frecuencia que su sangre, que sus huesos, que el mineral Emuréo que había extraído de las minas. Era antigua, vasta, inabarcable. Y al mismo tiempo, era íntima, como el latido de su propio corazón.
Siempre estuve aquí, parecía decir. Esperando a que me escucharas.
Ragard extendió la mano hacia el tercer cuenco, el que permanecía vacío. No pronunció palabras. No hizo gestos rituales. Simplemente, aceptó.
—Te acepto —dijo, y su voz fue apenas un susurro—. Seas lo que seas, vengas de donde vengas… te acepto como parte de mí. Como la tercera llave.
El cuenco se iluminó. Una luz dorada, más intensa que la de los otros dos, brotó de su interior y se elevó hacia el techo de la antecámara. Las paredes temblaron, y un rumor profundo, como el de un temblor, resonó en las profundidades de la cripta. Los tres cuencos brillaban ahora al unísono, y la luz se fusionó en un solo haz que se proyectó sobre la pared del fondo.
La piedra se resquebrajó. Una puerta, más grande que ninguna de las anteriores, comenzó a abrirse lentamente, arrastrando consigo siglos de polvo y silencio.
Y de la oscuridad del umbral, una figura emergió. Era un anciano. Alto, de porte erguido a pesar de los años, con el cabello blanco como la nieve y una barba recortada que enmarcaba un rostro surcado de arrugas. Vestía una túnica sencilla, de un gris desvaído, y calzaba sandalias de cuero gastado. Sus ojos, de un miel profundo y sereno, brillaban con una luz que no era de este mundo. Ragard sintió que las piernas le flaqueaban.
—Abuelo… —murmuró, y la palabra le supo a infancia, a hogar, a todo lo que había perdido.
Dragen, el hombre que lo había criado, que le había enseñado a dominar sus dones, que le había susurrado al oído que nunca temiera a la verdad, estaba allí, de pie frente a él, tan real como el suelo que pisaba.
—Ragard —dijo el anciano, y su voz era la misma que el Zonotorh recordaba: grave, cálida, llena de una sabiduría antigua—. Mi nieto. Mi orgullo. Has crecido.
Ragard no pudo contenerse. Cruzó la distancia que los separaba y se arrojó a los brazos de su abuelo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, libres, sin vergüenza. Dragen lo abrazó con una fuerza que desmentía su apariencia frágil, y durante un largo momento, el tiempo se detuvo.
—Creí que nunca volvería a verte —dijo Ragard, con la voz quebrada—. Creí que te había perdido para siempre.
—Nunca me fui, muchacho. —Dragen le acarició el cabello, como cuando era niño—. Siempre he estado contigo. En tus recuerdos. En tus decisiones. En cada paso que has dado. Y ahora… ahora debo llevarte ante ellos.
—¿Ellos? —preguntó Ragard, separándose lo justo para mirarlo a los ojos.
—Los sabios del mundo olvidado. Te esperan. Tienen algo que decirte. Algo que solo tú puedes escuchar.
Dragen los guió a través de la puerta recién abierta, hacia una cámara que ninguno de los viajeros había imaginado posible. Era un anfiteatro de proporciones colosales, tallado en la roca viva, con gradas que se elevaban hacia un techo perdido en la penumbra. En cada grada, figuras espectrales —hombres y mujeres de todas las razas, de todas las edades, de todas las épocas— permanecían sentadas en silencio, con sus rostros vueltos hacia el centro de la cámara. Eran los sabios olvidados, los que habían alcanzado un conocimiento más allá de lo terrenal y habían elegido permanecer en aquel lugar, entre la vida y la muerte, para custodiar la verdad. En el centro del anfiteatro, un círculo de luz dorada aguardaba. Ragard avanzó hacia él, con Dragen a su lado. Sus compañeros se quedaron atrás, en las primeras gradas, observando en silencio.
—¿Qué debo hacer? —preguntó el Zonotorh.
—Escuchar —respondió su abuelo—. Y decidir.
Ragard entró en el círculo de luz. Al instante, el anfiteatro se iluminó por completo, y las figuras espectrales cobraron una nitidez sobrecogedora. Eran cientos, quizás miles, y todos lo miraban a él.
Una voz, formada por la suma de todas las voces de los sabios, resonó en la cámara.
—Ragard de Enlil. Último Avatar Zonotorh. Has llegado hasta aquí guiado por la Sangre del Último, el Hierro de las Lágrimas y la Voz del Primero. Has demostrado tu valor, tu lealtad, tu corazón. Ahora, escucha la verdad que hemos custodiado desde el principio de los tiempos.
Ragard alzó la vista, y el techo del anfiteatro se volvió transparente. Vio el cielo. Vio las estrellas. Y entre ellas, una masa de fuego colosal, un segundo astro, que se precipitaba hacia el mundo con una lentitud inexorable.
—El primer astro cayó hace milenios y dio origen a tu raza. Pero no vino solo. Invocó a otro. Un segundo astro que ha viajado a través del vacío durante eras, respondiendo al llamado de su hermano. Y ahora, por fin, está aquí.
En los campos de batalla, el fragor de la guerra se interrumpió por un instante. Kagel alzó la vista hacia el cielo, y su sangre se heló. Una inmensa bola de fuego, más grande que cualquier luna, más brillante que cualquier estrella, surcaba el firmamento. Su luz teñía el mundo de un rojo anaranjado, y su calor, aunque lejano, ya se sentía en la piel.
—¿Qué es eso? —preguntó uno de sus soldados, con la voz temblorosa.
Kagel no respondió. No tenía respuesta.
Erline, desde su posición, también lo vio. Su corazón se encogió. No sabía qué era aquello, pero una certeza helada le recorrió la espalda: el fin estaba cerca.
Drakkar y Thinarion detuvieron sus caballos. Padre e hijo intercambiaron una mirada. No dijeron nada. No hacía falta.
Vermin sintió el calor antes de verlo. Alzó la vista. El segundo astro brillaba en el cielo como un presagio de muerte.
—Así que esto es —murmuró—. El final…Ragard…
Pero en el frenesí de la batalla, entre el choque de espadas y los gritos de los moribundos, el astro apenas fue una pausa. Los soldados siguieron luchando. Porque era lo único que sabían hacer.
En la cámara de los sabios, la voz colectiva continuó.
—El segundo astro colisionará con este mundo. La explosión resultante, de un poder cosmogónico, destruirá todo lo que existe. Montañas, océanos, reinos, razas… nada sobrevivirá. Pero de las cenizas, un nuevo mundo nacerá. Un mundo purificado, libre de las corrupciones y las guerras que han asolado este. Y en ese nuevo mundo, una sola raza gobernará: los Zonotorh. Y un solo regente: tú, Ragard de Enlil.
El silencio que siguió fue absoluto. Ragard sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Yo? —preguntó, con la voz rota—. ¿Solo yo?
—Si solo tú. Es el designio del cosmos. La voluntad de la deidad que te ha guiado. Tú eres el Avatar. El elegido. La decisión final recae sobre ti.
Ragard seco sus lagrimas que caian por si solas. Su mente era un torbellino. ¿Aceptar? ¿Aceptar la destrucción de todo lo que conocía, de todos los que amaba, para convertirse en el soberano de un mundo nuevo? ¿Qué pasaría con Kanthus, con Belwën, con Danav? ¿Con Erline, con Kagel, con Drakkar, con Vermin? ¿Qué sería de él, solo, gobernando sobre las cenizas de lo que una vez fue?
—¿Y si me niego? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Si te niegas, el segundo astro colisionará igualmente. Pero sin un Avatar que canalice su poder, la explosión será incontrolable. No quedará nada. Ni siquiera las cenizas. El vacío absoluto. La nada eterna.
Ragard sintió que las lágrimas volvían a rodar por sus mejillas. No era justo. No era justo que todo el peso del mundo recayera sobre sus hombros. No era justo tener que elegir entre la aniquilación total y un nuevo comienzo construido sobre los cadáveres de sus seres queridos.
—¿Por qué yo? —gritó, y su voz resonó en el anfiteatro—. ¿Por qué tengo que ser yo quien decida?
La voz de los sabios respondió con una calma que helaba la sangre.
—Porque eres el último Avatar. Porque la deidad cósmica tambien es tu creador al igual que nosotros. Porque no hay nadie más. Nosotros, los sabios del mundo olvidado, solo podemos mostrar el camino. No podemos recorrerlo por ti. La decisión es tuya. Solo tuya. Tu eres la representacion de dos magias en un solo designio.
Ragard bajó la cabeza. Las lágrimas caían al suelo de piedra, y cada una le parecía una pequeña muerte. ¿Qué tan fuertes somos para enfrentar la soledad cuando caemos en ella? Las palabras resonaron en su mente como un eco. ¿Decidir entre lo que tenemos y lo que deseamos?
—No puedo —murmuró—. No puedo decidir esto solo.
Dragen, que había permanecido en silencio, se acercó a su nieto y le posó una mano en el hombro, pero en verdad ya no estaba allí. Era mas una silueta fluctuante ente lo verosimil y lo irreal.
—No estás solo, Ragard. Nunca lo has estado. Míralos…— dijo la voz de su abuelo en el aire.
Ragard alzó la vista. En las gradas del anfiteatro, sus compañeros lo observaban. Kanthus, con el báculo aferrado entre las manos y los ojos brillantes de emoción contenida. Belwën, con Danav acurrucado a sus pies, y su rostro sereno, como si ya supiera lo que iba a ocurrir. Aldric y Éowyn, los vampiros de ojos grises, que habían vivido siglos y sabían que algunas decisiones trascienden la vida y la muerte. Orven, el licántropo, que se rascaba la barba con una expresión que era a la vez de respeto y de determinación. Todos ellos habían pasado las pruebas. Todos ellos habían demostrado su lealtad. Todos ellos estaban allí, con él.
—Ellos también tienen voz —dijo Dragen—. Ellos también tienen voto. Pero la decisión final… la decisión final recae sobre ti. Porque tú eres el Avatar. El que debe unir los hilos. El que debe elegir.
Ragard respiró hondo. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no de desesperación. Eran lágrimas de aceptación. De un dolor que lo atravesaba por completo, pero que también lo sostenía.
—Necesito tiempo —dijo al fin—. Necesito hablar con ellos. Necesito… pensar.
La voz de los sabios asintió.
—Tienes hasta que el segundo astro complete su descenso. Hasta que la luz del nuevo mundo borre la del viejo. Ese es tu plazo. Úsalo sabiamente.
La luz del anfiteatro se atenuó, y las figuras espectrales se desvanecieron lentamente, como estrellas que se apagan al amanecer. Dragen apretó el hombro de su nieto una última vez, y luego, también él comenzó a desvanecerse.
—Te quiero, muchacho —dijo, y su voz fue un susurro—. Siempre te he querido. Y esté donde esté, estaré orgulloso de ti.
—Abuelo… —Ragard quiso retenerlo, pero sus manos atravesaron el cuerpo del anciano, que ya no era más que luz.
—Confía en ti. Confía en ellos. Y elige con el corazón.
Dragen desapareció. El anfiteatro quedó en silencio, iluminado únicamente por el resplandor dorado del círculo central.
Ragard se quedó allí, de pie, con los puños apretados y el alma en vilo. A su alrededor, sus compañeros aguardaban. Afuera, en los campos de batalla, el segundo astro seguía su descenso implacable.
El tiempo corría. Y la decisión más difícil de su vida estaba por llegar.
Capitulo Final:
El Arcano Invertido.
El segundo astro seguía su descenso implacable. Su luz anaranjada teñía el mundo de un color de pesadilla, y el calor que emanaba comenzaba a sentirse incluso en las profundidades de la cripta. Las mareas, alteradas por la proximidad del cuerpo celeste, se alzaban en olas colosales que engullían costas enteras, arrasando puertos y aldeas pesqueras. Del firmamento caían nuevas Lágrimas de Fuego, meteoritos que surcaban el aire con estelas de humo y se estrellaban contra la tierra, abriendo cráteres humeantes y sembrando el caos.
Pero Ragard permanecía inmóvil en el centro del anfiteatro, con la mirada perdida en el vacío. Sus compañeros lo observaban desde las gradas, en un silencio que ninguno se atrevía a romper. El peso de la decisión lo aplastaba. ¿Aceptar la destrucción de todo para renacer como el único soberano de un mundo nuevo? ¿O arriesgarlo todo para intentar algo que ni siquiera sabía si era posible?
Fue entonces cuando una voz resonó en su mente. No era la Deidad Cósmica, ni los sabios del mundo olvidado. Era una voz que reconocía, una voz que había escuchado una sola vez, en el Paso del Eco, pero que se había grabado a fuego en su memoria.
Gardarh.
—Lo has olvidado, ¿verdad? —dijo la voz, con una mezcla de reproche y ternura—. Has olvidado lo que te dije. El Arcano Final. El Arcano Invertido. Aún no lo has leído.
Ragard sintió un vuelco en el corazón. Era cierto. En medio del caos, del dolor, de la desesperación, había olvidado por completo la existencia de aquel arcano. El más importante de todos. El que podía cambiarlo todo.
—No sé cómo leerlo —murmuró, con la voz quebrada—. Es demasiado complejo. Demasiado difuso.
—Por eso estoy aquí —respondió Gardarh—. Para recordártelo. Para guiarte. Invócalos. Invoca a los sabios y a la Deidad. Pide una sola oportunidad. Y lee.
Ragard respiró hondo. Luego, alzó la vista hacia el techo transparente del anfiteatro, donde el segundo astro seguía su descenso implacable, y gritó con todas sus fuerzas.
—¡Sabios del mundo olvidado! ¡Deidad cósmica que me has guiado desde el principio! ¡Los invoco a una sola audiencia! ¡Dejenme leer el Arcano Final!
El silencio fue absoluto. Luego, lentamente, las gradas del anfiteatro comenzaron a llenarse. Las figuras espectrales de los sabios reaparecieron, una tras otra, como estrellas que se encendían en el firmamento. Eran cientos, quizás miles, y todos lo miraban a él.
En el centro de la cámara, frente a Ragard, una presencia se hizo tangible. No tenía forma definida. Era una vibración, un calor, una luz que no iluminaba, sino que envolvía. La Deidad Cósmica. La Voz del Primero. La tercera llave.
—Habla, Ragard de Enlil —dijeron los sabios al unísono—. Pide lo que desees.
—Quiero leer el Arcano Invertido. El Arcano Final. Dejame intentarlo. Una sola vez.
Los sabios guardaron silencio. La Deidad Cósmica palpitó con una luz más intensa, como si sopesara la petición.
—Si lees el Arcano Invertido —dijo la voz colectiva—, y logras interpretarlo correctamente, el curso del destino puede ser alterado. Pero debes saber las consecuencias. Aunque detengas el segundo astro, las Lágrimas de Fuego que ya han caído, y las que aún caerán, dejarán cicatrices en este mundo. Cicatrices que durarán generaciones. sus hijos, y los hijos de sus hijos, heredarán un mundo herido.
Hizo una pausa.
—Además, el don de la videncia, aquello que ha definido a los Zonotorh desde el principio de los tiempos, se perderá para siempre. Su raza se volverá frágil, mortal, como cualquier otra. Ya no podrás leer los hilos del destino. Caminarás a ciegas hacia el futuro.
Ragard sintió un nudo en la garganta. Perder el don. Perder aquello que los hacía Zonotorh. Convertirse en simples mortales, sin visiones, sin arcanos, sin la capacidad de atisbar lo que estaba por venir.
—¿Y qué ganaremos a cambio? —preguntó.
—Un nuevo inicio. No como soberano solitario, sino como uno más entre los tuyos. Con todos los que amas a tu lado. El mundo no será perfecto. Habrá dolor, habrá pérdidas, habrá cicatrices. Pero también habrá esperanza. Y la oportunidad de construir algo juntos.
Ragard miró a sus compañeros. A Kanthus, que le devolvió una mirada de apoyo incondicional. A Belwën, que asintió lentamente, con Danav acurrucado a sus pies. A Aldric y Eythys, que permanecían en silencio, pero con una determinación tranquila. A Orven, que se rascaba la barba y le dedicaba una sonrisa torcida.
Todos ellos habían pasado las pruebas. Todos ellos habían demostrado su lealtad. Y todos ellos estaban dispuestos a seguirlo hasta el final.
—Acepto —dijo Ragard, y su voz no tembló—. No hay miedo esta vez. Solo determinación.
La Deidad Cósmica palpitó con una luz cálida, casi aprobadora.
—Entonces, lee.
Ragard se arrodilló en el centro del anfiteatro y extendió el mazo de cartas sobre el suelo de piedra. Cerró los ojos, respiró hondo, y dejó que sus manos se movieran por instinto. Pero esta vez no sacó las cartas al azar. Las buscó. Las seleccionó una a una, como si una fuerza invisible guiara sus dedos.
Nueve cartas. El Arcano Invertido completo.
Las colocó frente a él, formando un mosaico que solo él podía interpretar. La luz dorada del anfiteatro se reflejaba en sus superficies, haciendo brillar las figuras como si estuvieran vivas.
Primera carta: El Cuervo.
Un ave negra, de ojos brillantes como ascuas, posada sobre una rama desnuda. En el Arcano tradicional, el Cuervo simbolizaba el mensajero, el portador de noticias, el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Pero invertido… invertido significaba algo más.
—El mensaje que no llega —murmuró Ragard, y su voz resonó en el silencio del anfiteatro—. La verdad que se oculta. El silencio que precede a la tormenta. He ignorado las señales. He rechazado la guía que se me ofrecía. He caminado a ciegas incluso antes de perder la vista.
Segunda carta: La Sombra del Vidente.
Una silueta humana, sin rostro, proyectada sobre un fondo de estrellas. La sombra de un Zonotorh, quizás la suya propia. Invertida, representaba la ceguera voluntaria, el rechazo a ver lo que se tiene delante.
—He estado ciego —admitió Ragard, y las palabras le supieron a ceniza—. Ciego a mi propio poder. Ciego a la voz que me guiaba. Ciego al amor de los que me rodean. He mirado hacia otro lado cuando debía enfrentar la verdad.
Tercera carta: El Sacrificio.
Un hombre atado a un altar de piedra, con un cuchillo ceremonial suspendido sobre su pecho. Pero el cuchillo no caía. Estaba detenido en el aire, como si una mano invisible lo sujetara. Invertido, el sacrificio no era de sangre, sino de algo más profundo.
—Renunciar a lo que soy —dijo Ragard, y su voz se quebró—. A lo que hemos sido como raza. Entregar el don de la videncia. Aceptar la fragilidad. Dejar de ser lo que siempre fuimos para convertirnos en algo nuevo.
Cuarta carta: El Trono Despoblado.
Una silla vacía, sin rey, sin heredero. A su alrededor, las sombras de aquellos que podrían haberla ocupado se desvanecían como humo. Invertido, no significaba ausencia de poder, sino poder compartido.
—No gobernaré solo —comprendió Ragard—. No seré el único regente. El futuro lo construiremos juntos. Todos nosotros. Zonotorh, humanos, vampiros, licántropos… Todos tendremos voz.
Quinta carta: El Amanecer.
Un sol naciente sobre un horizonte de ruinas. Las siluetas de edificios derrumbados, de árboles calcinados, de un mundo herido. Pero la luz del sol era cálida, acogedora, como una promesa. Invertido, el amanecer no llegaba después de la noche, sino después de la tormenta.
—Cicatrices —murmuró Ragard—. Heridas que nunca sanarán del todo. Pérdidas que nos acompañarán siempre. Pero también luz. También esperanza. También la oportunidad de empezar de nuevo.
Sexta carta: El Mundo, pero invertido.
La figura central del Arcano Final, pero al revés. La doncella que normalmente miraba hacia arriba, hacia el cielo, ahora dirigía su mirada hacia abajo, hacia la tierra. Sus pies, que antes flotaban sobre el mundo, ahora se hundían en el barro. Sus manos, que antes sostenían los cuatro elementos, ahora estaban vacías.
—La doncella mira hacia abajo —dijo Ragard, y un escalofrío le recorrió la espalda—. Ya no busca respuestas en las estrellas. Las busca en la tierra. En lo que somos. En lo que podemos construir con nuestras propias manos. Lo divino desciende a lo mortal. Lo eterno se vuelve efímero.
Séptima carta: Los querubines convertidos en cuervos.
En las cuatro esquinas de la carta anterior, donde normalmente había querubines alados que simbolizaban los vientos y las estaciones, ahora había cuervos. Cuatro cuervos de ojos de obsidiana, con las alas extendidas y los picos abiertos en un graznido silencioso.
—Los mensajeros divinos se han corrompido —interpretó Ragard, con la voz temblorosa—. O quizás… quizás se han transformado. Ya no traen noticias de los dioses. Traen noticias de la muerte. Del cambio. De la transformación. Los cuervos son los heraldos del nuevo mundo. Un mundo sin dioses, sin arcanos, sin destinos escritos.
Octava carta: La muerte sosteniendo su hoz con la mano izquierda.
La figura esquelética de la Muerte, envuelta en su túnica negra, pero con una diferencia crucial: la hoz no la sostenía con la mano derecha, como era tradicional, sino con la izquierda. Su postura era extraña, desequilibrada, como si estuviera a punto de caer.
—La muerte invertida —susurró Ragard—. No siega con la mano hábil, sino con la torpe. No es un final limpio, ordenado. Es un final torpe, doloroso, lleno de errores. Pero también… también es un final elegido. La muerte no nos llega por designio divino. Nos llega porque nosotros, con nuestras decisiones torpes, la hemos invocado. Y al mismo tiempo… al mismo tiempo, podemos elegir detenerla.
Novena carta: El vacío.
Habia guardado esta carta desde que Kanthus se la habia dado en Ghenil. Era el momento, no habia otro. Él sacó la carta de sus ropas. Ragard la sostuvo entre sus manos, y por un momento no supo qué era. No había figura. No había símbolo. Solo una superficie negra, como un trozo de noche eterna atrapado en el pergamino.
—El vacío —dijo, y su voz fue apenas un susurro—. El final de todo. O el principio. La nada de la que surgimos y a la que regresamos. El lienzo en blanco sobre el que escribimos nuestras vidas.
Las cartas se le antojaban difusas, como si se negaran a revelar su significado por completo. Ragard las movía, las giraba, tratando de encontrar un patrón, una lógica, un mensaje que pudiera descifrar. El sudor le perlaba la frente. Sus manos temblaban.
—Es demasiado —jadeó—. Demasiado complejo. No puedo…
—Puedes —dijo una voz a su lado.
Era Belwën. La Zonotorh invidente se había acercado sin hacer ruido, guiada por Danav. Se arrodilló frente a él y extendió sus manos.
—Déjame ayudarte. Déjame ver a través de ti.
Ragard asintió, sin palabras. Belwën posó sus dedos fríos sobre las cartas, y sus ojos brillaron con una luz interior.
—Las nueve cartas forman un círculo —dijo, y su voz resonó con un eco extraño, como si hablara desde muy lejos—. El Cuervo anuncia. La Sombra oculta. El Sacrificio entrega. El Trono espera. El Amanecer promete. El Mundo desciende. Los Cuervos transforman. La Muerte elige. El Vacío contiene.
Hizo una pausa. Sus dedos se posaron sobre cada carta, una tras otra.
—No es un final, Ragard. Es un ciclo. Lo que muere renace. Lo que se pierde se transforma. Lo que se entrega se multiplica. Los Zonotorh perderán su don, pero ganarán algo más valioso: la libertad. La libertad de elegir su propio destino, sin arcanos que los aten, sin visiones que los condenen.
Ragard sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Pero esta vez no eran de dolor. Eran de comprensión.
—Lo tengo —dijo, y su voz resonó en el anfiteatro—. Lo he leído.
En los campos de batalla, el tiempo pareció detenerse.
Kagel estaba rodeado. Una docena de soldados enemigos lo acorralaban contra los restos de una muralla derrumbada, con las espadas desenvainadas y los ojos brillantes de sed de sangre. Había luchado hasta el agotamiento. Su espada estaba mellada, su armadura abollada, su rostro cubierto de sangre y barro. Sabía que no sobreviviría.
Pero no sintió miedo. Solo una extraña paz.
—Adelante —dijo, alzando su espada por última vez—. No pienso arrodillarme.
Los soldados avanzaron al unísono.
Erline yacía en una camilla improvisada, en el interior de una tienda de campaña que olía a sangre, a sudor y a hierbas medicinales. Una flecha le había atravesado el costado, y los curanderos habían hecho lo que habían podido, pero la herida era profunda y la infección se extendía. Su respiración era débil, entrecortada.
—Ragard… —murmuró, con un hilo de voz—. Dondequiera que estés… espero que hayas encontrado tu camino.
Una lágrima resbaló por su mejilla. Luego, cerró los ojos.
Drakkar cargaba con su padre a hombros. Thinarion, el anciano rey de Dofs, había recibido un golpe de maza en la cabeza durante la refriega, y su cuerpo era un peso muerto que Drakkar se negaba a abandonar. A su alrededor, la batalla rugía, pero él ya no luchaba. Solo corría. Corría hacia las líneas amigas, hacia algún lugar donde los curanderos pudieran salvar a su padre.
—Aguanta —le decía, con la voz rota por el esfuerzo y la desesperación—. Aguanta, viejo. Aún no es tu hora. Aún no.
Thinarion no respondía. Su respiración era apenas un susurro.
Vermin de Asrot, hijo de Vromir De Asret, guardián del portón de las minas de Emuréa, luchaba con la ferocidad de un enano que defiende su hogar. Su hacha se alzaba y caía, una y otra vez, abriendo brechas en las filas enemigas. A su lado, un puñado de compañeros resistía con él, protegiendo la entrada a las minas. Pero eran demasiados.
Una flecha le atravesó el hombro. Vermin gruñó, la arrancó de cuajo y siguió luchando. Un soldado le clavó una lanza en el muslo. Vermin le partió el cráneo de un hachazo y cojeó hacia el siguiente enemigo. Una espada se hundió en su costado. Vermin escupió sangre, pero no cayó.
—¡Vamos! —rugió, con su último aliento—. ¡Vengan por mí, malditos!
Tres soldados se abalanzaron sobre él al mismo tiempo. Vermin logró derribar a dos antes de que el tercero le clavara la espada en el pecho.
Cayó de rodillas. Su hacha se le escapó de las manos. A su alrededor, los cadáveres de sus compañeros enanos se amontonaban como un triste tributo a su resistencia.
—Malditos sean… —gruñó, con un hilo de voz—. Malditos sean todos…
Luego, se desplomó sobre la piedra fría. Sus ojos, abiertos, reflejaron por última vez el fulgor dorado del Hierro Emuréo que había jurado proteger.
En la cripta, Ragard alzó las cartas hacia el techo transparente.
—¡Sabios del mundo olvidado! ¡Deidad cósmica! ¡He leído el Arcano Invertido! ¡He comprendido su mensaje!
La voz colectiva de los sabios resonó en el anfiteatro.
—Entonces, que se cumpla. La era de los astros ha terminado.
Desde las profundidades de las minas de Emuréa, una luz cegadora surgió. No era fuego. No era magia. Era la esencia misma del primer astro, liberada por fin de su prisión de mineral. La luz atravesó la roca, la tierra, el aire, y se elevó hacia el cielo como una columna de fuego dorado. En su ascenso, iluminó el mundo entero: los campos de batalla, las ciudades en ruinas, los bosques arrasados, los mares agitados. Todos la vieron. Los soldados que rodeaban a Kagel se detuvieron, cegados por el resplandor. El comandante aprovechó el momento para arrastrarse lejos, hacia un lugar seguro. Erline abrió los ojos. La luz dorada se filtraba a través de la lona de la tienda, y por un instante, creyó ver el rostro de Ragard reflejado en ella. Una sonrisa débil curvó sus labios. Drakkar sintió que el cuerpo de su padre se volvía más ligero. Thinarion había abierto los ojos, y aunque su mirada era confusa, estaba vivo. Vermin, en cambio, no se levantó. Su sacrificio, como el de tantos otros, quedaría grabado en la memoria de los que sobrevivieron. Una cicatriz más en un mundo herido.
El eclipse trilunar comenzó. Las tres lunas del mundo se alinearon con el sol, formando un anillo de sombra y luz en el firmamento. Y en el centro de aquel anillo, la columna dorada de Emuréa se encontró con el segundo astro.
El choque fue silencioso. No hubo explosión, ni estruendo, ni onda expansiva. Solo una luz abrumadora que lo envolvió todo, tan brillante que nadie podía mirarla directamente. Cuando se atenuó, el segundo astro ya no era una masa de fuego en caída libre.
Se había solidificado.
Flotaba en el espacio, más allá de la atmósfera, como una inmensa luna de roca y mineral. Su superficie, antes incandescente, ahora era de un gris apagado, surcada de vetas doradas que recordaban al Hierro Emuréo. Una estrella muerta. Un astro dormido. Un guardián silencioso que, desde aquel mismo momento, adornaría el cielo del mundo para siempre. Pero en la cripta de Gardarh, bajo la montaña, el silencio era absoluto.
Ragard permanecía en el centro del anfiteatro, pero ya no era el hombre que había leído el Arcano Invertido. Una crisálida de roca y mineral lo envolvía por completo, como un capullo de piedra veteada de dorado. Su rostro, apenas visible a través de la superficie traslúcida, estaba en calma, como si durmiera un sueño profundo y sin sueños.
Sus compañeros velaron junto a él durante días. Kanthus se negaba a apartarse de su lado; Belwën, con Danav acurrucado a sus pies, permanecía en silencio, sintiendo la tenue pulsación de vida que aún emanaba de la crisálida. Aldric, Eythys y Orven montaban guardia en las gradas del anfiteatro, turnándose para que siempre hubiera alguien despierto.
Fue al séptimo día cuando los sabios del mundo olvidado se manifestaron de nuevo. Sus figuras espectrales llenaron las gradas, y su voz colectiva resonó en la cámara con una suavidad que no tenían antes, como si el fin de la era de los astros les hubiera arrebatado también a ellos parte de su poder.
—No esperen más —dijeron—. Ragard de Enlil regresará, pero no ahora. La lectura del Arcano Invertido ha agotado su esencia. La crisálida lo protegerá mientras sus heridas sanan y su vínculo con el don de la videncia se deshace. Cuando despierte, ya no será un Zonotorh. Será un hombre. Solo un hombre.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Kanthus, con la voz quebrada.
—El que sea necesario. Podrían ser lunas. Podría ser un año. Podrían ser más. Pero regresará. Ten fe.
Belwën se puso en pie lentamente, con Danav a su lado. Sus ojos, se posaron en la crisálida como si pudieran ver a través de ella.
—Esperaremos —dijo—. Todo el tiempo que haga falta.
Pero el mundo no se detuvo.
Pasaron los días, las semanas, los meses. Los compañeros de Ragard, agotados por la espera y por la incertidumbre, fueron abandonando la cripta uno a uno, con la promesa de regresar.
Los primeros en partir fueron Aldric, Eythys y Orven. Los tres acompañantes, que habían demostrado su lealtad en las pruebas de la cripta, sintieron que su papel en aquella historia había llegado a su fin. Pero antes de marcharse, se reunieron con Kanthus y Belwën para despedirse.
—Nuestro camino nos lleva de vuelta a Vaettir —dijo Aldric, con su voz pausada y sus ojos grises brillando bajo la tenue luz de la cripta—. Allí aguardan los nuestros. Les contaremos lo que ha ocurrido. Les diremos que los Zonotorh ya no son lo que eran… pero que eso no significa que hayan dejado de existir. Transformaremos el significado de ser un Zonotorh…simplemente seremos portavoces de un mensaje de unificacion y lealtad. Eythys sonrió con calidez, y por primera vez desde que la conocían, sus ojos reflejaron algo parecido a la esperanza.
—Gracias por dejarnos ser parte de esto. Durante siglos nos escondimos, aferrados a un orgullo que ya no tenía sentido. Hoy, gracias a ustedes, sabemos que hay algo más allá de la pureza de la sangre. Hay amistad. Hay propósito. Hay futuro.
Orven, el licántropo, se rascó la barba y soltó un bufido que pretendía ser gruñón pero que sonaba extrañamente tierno.
—Yo solo vine porque Bhail me dijo que habría pelea. —Hizo una pausa, y sus ojos ámbar se humedecieron—. Pero me voy con algo más que cicatrices. Me llevo una manada. Y eso… eso no tiene precio.
Se abrazaron. Fue un abrazo torpe, de aquellos que no están acostumbrados a mostrar sus sentimientos, pero que dicen más que mil palabras. Luego, los tres se adentraron en la oscuridad del corredor, de vuelta hacia Vaettir, hacia los suyos, hacia una nueva vida. Kanthus y Belwën los vieron marchar en silencio. Danav emitió un leve gemido, como si también él lamentara su partida.
—Volveremos a verlos —dijo Belwën, y no era una pregunta.
—Sí —respondió Kanthus—. Este mundo es más pequeño de lo que creemos. Y las deudas de amistad siempre se cobran.
Pasó casi un año.
La crisálida de Ragard seguía en el centro del anfiteatro, inmóvil, silenciosa. Kanthus y Belwën habían establecido un campamento en las gradas, turnándose para vigilar y para salir al exterior en busca de provisiones. Danav, mientras tanto, había encontrado su propio equilibrio: pasaba largas horas tumbado junto a la crisálida, con el hocico apoyado en sus patas y los ojos fijos en el rostro dormido de su amigo.
Fue una mañana cualquiera, sin nada que la distinguiera de las anteriores, cuando la crisálida comenzó a resquebrajarse. Primero fue una fina grieta, casi invisible, que recorrió la superficie de la piedra. Luego, un crujido sordo, como el de un hielo que se quiebra bajo el peso de la primavera. Kanthus y Belwën se levantaron de un salto. Danav alzó las orejas, expectante. La crisálida se abrió como un capullo, y Ragard emergió de su interior. Estaba pálido, delgado, con el cabello más largo y la barba descuidada. Pero sus ojos… sus ojos ya no brillaban con el fulgor dorado de los Zonotorh. Eran unos ojos humanos, castaños, cálidos, que miraban el mundo con una mezcla de asombro y serenidad.
—Ragard —murmuró Kanthus, con la voz quebrada.
El recién despertado parpadeó, como si volviera de un sueño muy largo. Luego, sonrió. Una sonrisa cansada, pero genuina.
—¿Cuánto tiempo he estado fuera?
—Casi un año —respondió Belwën, y su voz también se quebró—. Casi un año, amigo mío.
Ragard asintió lentamente, como si la información no le sorprendiera.
—Lo sé. Lo he sentido. Cada día, cada hora, cada instante. He estado con ustedes, aunque no pudieran verme. —Hizo una pausa, y su mirada se volvió hacia el techo del anfiteatro, donde la nueva luna brillaba débilmente a través de la roca—. Pero ya no soy un Zonotorh. El don… se ha ido. Lo siento. Como un vacío. Como una habitación que antes estaba llena y ahora está vacía. Kanthus le apoyó una mano en el hombro.
—No importa. Eres nuestro amigo. Eso es lo único que importa.
Belwën se acercó y le tomó la mano.
—Además, ya te dije una vez que no necesitas los ojos para ver. Ahora tampoco necesitas el don para ser quien eres.
Danav, simplemente, se restregó contra sus piernas, dejando un rastro de pelaje plateado en sus ropas. Ragard se agachó y lo acarició detrás de las orejas, y el zorro druida emitió un ronroneo de satisfacción.
—No sabes el valor del sacrificio que has hecho— Dijo Danav.
—Vamos —dijo Ragard, incorporándose—. Tenemos mucho que hacer.
Lo primero que hizo Ragard al salir de la cripta fue buscar a Erline.
No sabía si había sobrevivido a la guerra. No sabía dónde estaba, ni si aún lo recordaba. Pero algo en su interior —esa intuición que no necesitaba del don de la videncia— le decía que estaba viva. Y que lo esperaba.
La encontró en la aldea Disír. Había sobrevivido a la flecha que casi le atraviesa el corazón, y aunque su cuerpo guardaba las cicatrices de la batalla, sus ojos seguían siendo los mismos: profundos, oscuros, llenos de una fuerza que desafiaba al mundo. Cuando lo vio aparecer en el umbral de su cubil, no dijo nada. Solo se levantó, caminó hacia él y lo abrazó. Un abrazo largo, silencioso, que decía todo lo que las palabras no podían expresar.
—Sabía que volverías —murmuró contra su pecho—. Siempre lo supe.
—Y yo sabía que me estarías esperando —respondió Ragard, acariciándole el cabello—. Siempre lo supe.
Se casaron aquella misma primavera, bajo el cerezo en flor que crecía junto al cubil de la Avatar Disiriana. No hubo invitados, ni banquetes, ni ceremonias grandiosas. Solo ellos dos, Kanthus, Belwën, Danav, y la Avatar que ofició la unión. Pero fue suficiente. Más que suficiente.
Un año después, nació Thonor.
Era un niño de ojos castaños y risa fácil, que heredó la terquedad de su madre y la calma de su padre. Ragard lo sostuvo en brazos por primera vez y sintió que el mundo se detenía. Ya no era un Zonotorh. Ya no era un Avatar. Era un padre. Y eso, pensó, era el mayor don que podría haber recibido. Mientras tanto, la vida seguía su curso para los demás.
Kanthus y Belwën, después de esperar en vano noticias de Kagel durante meses, decidieron emprender un nuevo viaje. No para huir, sino para construir. Querían limpiar el nombre de los Zonotorh, demostrar al mundo que su raza no era una maldición, sino una parte valiosa del tapiz de la vida. Recorrieron reinos, mediaron en conflictos, ayudaron a los necesitados. Y aunque ya no poseían el don de la videncia —pues todos los Zonotorh lo habían perdido con la petrificación del astro—, su sabiduría y su bondad les abrieron puertas que la magia nunca habría podido franquear.
Belwën contrajo nupcias con un miembro del Culto Korah, un hombre tranquilo de manos callosas y corazón noble que la amaba tal como era. Quedó embarazada al poco tiempo, y cuando sostuvo a su hijo en brazos por primera vez, lloró. Lloró porque no podía verlo con los ojos, pero lo sentía con cada fibra de su ser.
Kanthus, por su parte, encontró un nuevo propósito como consejero del rey de un pequeño país al sur del continente. Sus dones como Kriëgen, aunque mermados por la pérdida del vínculo Zonotorh, seguían siendo formidables. Y su experiencia, forjada en las pruebas de la cripta y en el dolor de haber perdido a Enireht, lo convertían en un consejero sabio y compasivo, ademas su virtud como caratografono habia disminuido en lo mas minimo.
Drakkar y Thinarion regresaron a Dofs.
El reino estaba en ruinas. La guerra, las Lágrimas de Fuego y el caos provocado por la aparición del segundo astro habían dejado cicatrices profundas en la tierra y en el corazón de sus gentes. Pero padre e hijo no se amedrentaron. Reconstruyeron murallas, sembraron campos, acogieron a los refugiados. Y lentamente, muy lentamente, Dofs comenzó a sanar.
Thinarion, el anciano rey de mirada profunda y melancólica decidió no volver a sentarse en el trono. Cedió el gobierno a su hijo, Drakkar. Egilderik habia caido en batalla. Thinarion despues de un tiempo, se retiró a una pequeña casa junto al mar, donde pasaba los días leyendo, escribiendo sus memorias y contemplando el horizonte. A menudo recibía la visita de Drakkar, que acudía a él en busca de consejo, y juntos paseaban por la playa, hablando de todo y de nada, como solo pueden hacerlo un padre y un hijo que han estado a punto de perderse.
Kagel, contra todo pronóstico, también sobrevivió. Herido de gravedad y dado por muerto en el campo de batalla, fue rescatado por un grupo de campesinos que lo escondieron y lo cuidaron hasta que sanó. Cuando por fin pudo ponerse en pie, el mundo había cambiado. La guerra había terminado. El segundo astro flotaba en el cielo como una luna muerta. Y sus amigos… sus amigos se habían dispersado por el mundo, creyéndolo muerto.
Pero Kagel no se rindió. Emprendió un largo viaje de regreso a Isara, cruzando reinos y mares, preguntando a cada paso por el paradero de aquellos a los que amaba. Y cuando por fin llegó a la aldea donde Natt, su esposa, lo esperaba. Una mujer de cabellos oscuros y mirada serena que nunca había dejado de creer en su regreso, el se arrodilló ante ella y le pidió perdón por haber tardado tanto.
Natt lo abrazó. Y en la fría luz de las lunas, Kagel y su esposa honraron la memoria de los caídos y celebraron la vida que tenían por delante. Quiso mantenerse en silencio para sus amigos…por mucho tiempo había pensado en los demás, ahora era tiempo de pensar en él.
Bhail, el anciano Kriëgen que tantas veces había muerto y renacido, los observaba desde lo profundo del bosque, rodeado de sus hijos inmortales, y sonreía. Porque sabía que, mientras hubiera amor, siempre habría esperanza.
Y Vermin…
Vermin de Asrot, hijo de Vromir De Asret, guardián del portón de las minas de Emuréa, no sobrevivió a la guerra. Cayó defendiendo la entrada de las minas, con el hacha en la mano y el nombre de sus ancestros en los labios. Su cuerpo fue enterrado por sus compañeros enanos en una tumba de piedra, junto al mismo Hierro Emuréo que había jurado proteger.
Cada año, en el aniversario de su muerte, los enanos de Emuréa encendían una hoguera en su honor y recitan los nombres de sus antepasados. Y aunque Vermin ya no estaba, su recuerdo perdura. Porque, como dicen los enanos, «morir no es desaparecer; es convertirse en parte de la montaña».
Entre tanto su misión habia terminado con una gratitud amplia en su corazón austero. Danav, el zorro druida desplegaba su magia en los bosques de Daifa, vigilaba al gran árbol de donde había surgido. No le atormentaba nada, no sintió la necesidad de regresar a los que una vez fueron sus acompañantes de crusada. Para el siempre serían sus amigos, sus complices de destino y por eso estaba seguro de que el no sería olvidado por ninguno de ellos.
Pasaron los años. Las cicatrices del mundo fueron sanando, aunque nunca del todo. Las nuevas generaciones crecieron bajo la luz de la luna muerta, y las historias de los Zonotorh, de los Avatares y del Arcano Final se convirtieron en leyendas que los ancianos contaban a los niños junto al fuego.
Un día, Drakkar recibió dos cartas.
La primera era de Kanthus.
“Su majestad, Drakkar, viejo amigo:
Hemos cruzado el planeta tratando de limpiar el nombre de nuestro linaje. Ahora estamos establecidos al sur del mundo. Belwën ha contraído nupcias con un miembro del Culto Korah y es madre. Por otro lado, yo sigo ejerciendo mis dones como Kriëgen, aunque el de la videncia, como sabes, lo perdimos todos aquel día. Sirvo como consejero del rey de este país. Pronto viajaré para verte; necesito hablar contigo.
Nada. No hemos oído nada sobre Ragard o Kagel. Es mejor darlos por muertos.
De parte mía y de Belwën, te deseamos buenos augurios, y recuerda: aquí estamos para ti en tiempos de angustia.
Afectuosamente, Kanthus de Mentho”
Drakkar sonrió al leerla. Kanthus, siempre tan formal, siempre tan suyo. Pero entre líneas se adivinaba el cariño de quien ha compartido las pruebas más duras y ha salido fortalecido.
Pronto escribiría esta carta, era su respuesta.
“Sir Kanthus De Mentho:
El haber recibido noticias tuyas me ha entusiasmado mucho. Te he de comentar que aún soy rey de Dofs. Para mi fortuna, mi padre está vivo y está aquí conmigo. Él volvió a reconstruir nuestro reino. Dile a Belwën que me alegra su situación.
Por otra parte, ya me hice a la idea de que mis amigos son parte del otro mundo. Aunque por mi parte, nunca serán olvidados.
Afectuosamente, príncipe Drakkar de Gheinhem.”
Pero hubo una segúnda carta.
Llegó meses después, en un sobre de papel rugoso, con una caligrafía que Drakkar reconoció al instante. La letra de Ragard. La letra de un hombre que había estado a punto de morir y había renacido.
«Príncipe, Sir Drakkar De Gheinhem, amigo mío:
No ha sido fácil salir adelante. Después de caer en el frío estelar de la nada, pude surgir con nuevas energías y, por aquellos que marcaron su existir en mí, prevaleceré.
Afectuosamente, Ragard De Enlil, caficultor.
Posdata: con este testimonio, puedes darle la noticia a Kanthus y a Belwën. Hazles saber que el legado de nuestra amistad aún vive.
Drakkar leyó la carta una, dos, tres veces. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, pero no las limpió. Eran lágrimas de alegría. De alivio. De una esperanza que creía perdida y que, contra todo pronóstico, había regresado.
—Vive —murmuró, apretando la carta contra su pecho—. Nuestro legado vive.
Thonor…
Años después, en una colina que dominaba el valle donde se alzaba la vieja cabaña de Ragard y Erline, un hombre y un niño trepaban juntos a un inmenso y viejo árbol. El hombre era Ragard, aunque el tiempo había plateado sus sienes y surcado su rostro de arrugas. El niño era Thonor, que había heredado los ojos castaños de su padre y la sonrisa fácil de su madre.
Se sentaron en la rama más sobresaliente, con el viento acariciándoles el rostro y el sol del atardecer tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados.
—Mira, Thonor. En esta casa fue donde naciste. Y lo más fabuloso es que yo también nací allí. —Ragard señaló la cabaña, abajo, donde Erline los observaba desde el umbral, con una sonrisa en los labios—. Si algún día tienes un hijo, dile a tu esposa que lo engendre aquí. Así mantendremos nuestro legado.
El niño asintió, con los ojos muy abiertos, como si aquellas palabras encerraran un misterio que solo los mayores podían comprender.
—Oye, allí está mamá. Hagámosle saber dónde estamos. —Ragard acarició los cabellos de su hijo—. Abre los brazos lo más que puedas. Toma una bocanada de aire y mantenla unos segundos en tu estómago. Piensa en un deseo. Y con todas las fuerzas de tu corazón, grita tu nombre.
Ambos abrieron los brazos, como pájaros a punto de alzar el vuelo. Inhalaron profundamente. Y luego, al unísono, exclamaron sus nombres.
La exclamación viajó por la colina entera, rebotando en las rocas y perdiéndose en el valle. Erline, desde el umbral de la cabaña, alzó la mano y los saludó. Y en aquel gesto sencillo, en aquel grito compartido, se encerraba todo el significado de una vida.
El nuevo amanecer había llegado.
Fin.
Querido lector:
Zein de Krashdak, el forastero de los ojos rojos que acompañó a Ragard en esta historia, es el protagonista de Krashdak, una novela hermana escrita por mi amigo Francisco Javier Pineda Villaraga. Si deseas conocer los secretos que Zein apenas desveló aquí: su pasado, su don y el misterio de su herida, te invito a cruzar el umbral.
Krashdak – Editorial Círculo Rojo
Ambas historias están entrelazadas como las cartas de un arcano. Gracias por viajar con nosotros.
Con aprecio,
Franciny Torres Corrales.
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