Pomodoro e Basilico
Mi dedo scrolleaba hipnotizado. El algoritmo me conoce: perros, algunas cosas sin sentido y muchas recetas de cocina. Una me llamó la atención, prometía ser la mejor forma de cerrar un finde largo. Salí del letargo virtual con esfuerzo y fui a comprar lo necesario.
Preparé unos mates y me puse manos a la obra. Entre cebada y cebada, lloré acompañada por la cebolla. Luego, el ají y la zanahoria me consolaron. Todo terminó en la olla de barro, con la carne y el tomate. La receta iba tomando forma, la cocina se inundaba de ese olor particular a casa italiana –pomodoro e basilico–.
Sazoné la preparación y probé con la cuchara de madera, contuve la respiración por un segundo. Tenía cinco años de nuevo. A mi lado, una pollera cubierta con un delantal marcado por antiguas preparaciones bailaba al ritmo de los sabores. En los cerámicos de la cocina, sus pies dibujaban los pasos de una coreografía que ahora intentaba imitar.
Apoyé la cuchara al borde de la olla y permanecí sosteniéndome en la mesada, viendo la salsa salpicar con el hervor. Con mi mano seque una pequeña lágrima que intentaba llegar a la olla.
Ese día continuó como cualquier otro: cené y me fui a dormir.
Ahora, sé que cada vez que necesite recurrir a mi abuela, estoy a un estofado de distancia.
OPINIONES Y COMENTARIOS