* Onírico: Relacionado con los sueños, o que parece un sueño.



Había empezado a pasar por ahí por casualidad —o eso me gustaba pensar—…

Un atajo al salir del trabajo, una forma de evitar el ruido que igual terminaba alcanzándome. Porque por más que diga que no me gusta el bullicio de la ciudad, hay algo en ese caos que me atrapa, ese “qué sé yo” que me excita y despierta a hacer planes que quizás no tenía y, al mismo tiempo, me deja con ganas de más cuando todo se termina.

Y ahí, en el medio de todo eso, había una plaza. No cualquiera… Ya no.

El olor a pasto mojado siempre llegaba antes que el recuerdo… Como si el cuerpo se acordara primero, y la cabeza tuviera que investigar un poco más.

Esa noche también había empezado como cualquier otra.

Después de una juntada con amigos —y amigos de amigos— nos quedamos caminando. 

Sin apuro. 

Dando vueltas como si ninguno quisiera ser el primero en decir “bueno, hasta acá llegó la noche de hoy».

Hablábamos de cualquier cosa. De nuestras vidas, de cosas sueltas, de nosotros sin decirlo del todo. Nos estábamos conociendo. Qué loco, porque ya nos veníamos conociendo, pero no en profundidad. Y nos reíamos… nos reíamos fácil, como si todo encajara demasiado bien. O como si estuviésemos bajo los efectos de algunas cervezas de más.

Hasta que encontramos ese asiento.

No era el más escondido, pero tenía un poco de luz, un poco de sombra. Las ramas y hojas de un árbol cayendo justo encima, como si nos tapara del resto, como si ese rincón no estuviera del todo en la ciudad. 

Y los rociadores. Iban y venían…

Y finalmente, nos sentamos.

Seguimos hablando, pero ya no era lo mismo. Había algo más consciente entre los dos, como si cada palabra estuviera ahí porque quería, no por llenar espacios.

Y entonces, el silencio. Pero no ese silencio incómodo que alguna vez me hizo querer escapar. No. Este era distinto. Era un silencio que me hizo dar cuenta de cuánto estaba disfrutando estar ahí. Con él. Conmigo. Con ese momento que no necesitaba demasiada explicación.

Me abrazó… Y me dejé abrazar. 

Apoyé la cabeza en su hombro como si lo hubiera hecho mil veces —o como si hubiese estado esperando ese momento hacía tiempo—. Miré hacia adelante, a la nada, pensando en todo y en nada a la vez. Pensando, quizás, en que no quería que todo ese momento terminara. En no tener que mirar la hora. En no tener que volver…

Suspiró, y no hizo falta preguntarle nada. Había algo en ese gesto que decía lo mismo que yo no estaba diciendo, pero sí pensando.

El olor a pasto mojado se mezclaba con el aire primaveral, raro para esa altura del año siendo que era el inicio del otoño. Los grillos sonaban como si la ciudad no existiera. Y por un rato, realmente no existía. 

Era un oasis. 

Un paréntesis.

Cerramos los ojos: Para escuchar… Para sentir… Para imaginar… algo que nunca supimos nombrar. Algo que, capaz, ni queríamos nombrar. Quizás ni siquiera sabíamos nombrar, porque no sabíamos qué era. Pero era. Un momento feliz.

Las risas de unos chicos nos trajeron de vuelta. El rociador ya venía. Agarré rápido la cartera y salimos corriendo cada uno para su lado del banco, riéndonos como si fuésemos esos chicos. Los padres pidieron disculpas, nosotros dijimos que no pasaba nada, y los chicos siguieron jugando. 

Todo era liviano. Todo estaba bien. 

Después nos volvimos a encontrar, a unos pasos y ahí estaba otra vez esa decisión chiquita que no era tan chiquita.

Me invitó a ir con él. A seguir estirando la noche. Y por un segundo —o varios— quise decir que sí. Desestimar la obligación de pedirme un auto. Subirme al suyo. Ver hasta dónde llegaba ese “qué sé yo”.

Pero miré la hora.

Y la realidad, como siempre, encontró la forma de aparecer…

Pedí un auto, y mientras esperábamos, nos abrazamos fuerte. Un abrazo largo, de esos que no son de despedida pero como si lo fueran. 

No quería soltar… Pero lo solté.

Y me fui.

No hizo falta mucho tiempo para que todo volviera.

Cada vez que pasaba por esa plaza, volviendo del trabajo, cansada, con la cabeza en mil cosas… algo se activaba. El olor al pasto mojado, el sonido del agua, la forma en que la luz cae entre los árboles.

Ahí está otra vez.

El banco. El abrazo. El silencio.

Esa sensación incómoda y hermosa al mismo tiempo. Esa especie de nostalgia por algo que fue… y por algo que no fue.

Esa necesidad de más…

Siempre un poco más.

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