Nunca me han simpatizado los zamuros, aunque reconozco su labor profiláctica como consumidores de los desperdicios que genera la ciudad. Precisamente por la repugnancia que me causan, llamaron mi atención cuando visitaban (cada vez con mayor frecuencia) el balcón del vecino del piso 9. No debió extrañarme tanto, pues la fetidez que invadía todo el edificio desde hacía una semana ya era el aviso de algo inmundo. Con su estridente aleteo aquellos pájaros solamente estaban indicando la procedencia exacta de la emanación que recorría pasillos, escaleras y ascensores. Era el cadáver de Fidel, el pedófilo que murió desangrado cuando una de sus víctimas logró resistirse al abuso y lo acuchilló en el cuello.
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