El estudio publicado en el New England Journal of Medicine no dejaba lugar a dudas, la saliva, siempre despreciada, se había convertido con el paso de los años en el néctar de los dioses.

“Cien voluntarios, hombres y mujeres habían sido encerrados, bajo su consentimiento y previo acuerdo de remuneración, en unas instalaciones diseñadas para el experimento. No podrían comer durante treinta días, aunque si lógicamente beber para mantener un adecuado nivel de salivación. Contaron con todas las distracciones necesarias, biblioteca, gimnasio, piscina cubierta y un bar situado en la planta sótano donde obviamente no se podía servir comida. Ninguna prohibición existía sobre relaciones con los demás participantes. Nadie podría abandonar el recinto una vez iniciado el experimento y estaba prohibido todo acceso al mundo exterior. Nadie conocía el propósito del estudio salvo los investigadores.

Los cientificos H.Mulligan y J.Browson, sabían que los intercambios de saliva entre los sujetos del estudio se producirían tarde o temprano.

Cada cinco días los participantes eran pesados a primera hora de la mañana.

El resultado fue sorprendente: el 90% de los sujetos que habían intercambiado su saliva con otro de diferente sexo o del mismo, habían mantenido el mismo peso, mientras que el 80% de los que no lo habían hecho habían ido perdiendo peso progresivamente hasta la caquexia y la muerte por inanición. El 20% restante de este grupo tuvo que ser ingresado en estado de coma y solo un 5% sobrevivieron.

El experimento, duramente criticado por los amantes de la ética en el mundo de la ciencia, había marcado una nueva época, con una conclusión inequívoca, la saliva de otra persona alimenta igual que la comida y sin producir hiperglucemia, hipertrigliceridemia o hipercolesterolemia.

Las críticas arreciaron desde diferentes estamentos, endocrinólogos, nutricionistas pues quizás los sujetos no habían adelgazado por la saliva, sino por el bien sabido poder del amor.

Por ello, H. Mulligan y J.Browson encerraron a un hombre y a una mujer incapaces de amar a nadie y probaron el mismo experimento con la condición de que los dos sujetos se besaran en sesiones de diez minutos tres veces al día que era el mínimo observado en el experimento anterior. Efectivamente ninguno de los dos sujetos perdió más del 10% del peso aunque uno de ellos se suicidaría después de la experiencia dejando escrito en su carta de despedida que había empezado a intuir un sentimiento de amor hacia la otra persona que le podía hacer sufrir el resto de su vida.

El mundo no fue ajeno a esta noticia científica y muchas parejas se lanzaron a experimentar. Dejaron de comprar comida, algunos obligados por la economía, otros por curiosidad y otros por amor. Efectivamente, no sentían hambre, trabajaban, hacían deporte y se sentían extraños pero felices y se aseguraban cada día tener al menos las tres sesiones de cinco minutos de intercambio de saliva.

Las grandes cadenas de alimentación empezaron a tener grandes pérdidas y a lanzar noticias falsas sobre el aumento de la degeneración neuronal a largo plazo que se produciría al perderse factores importantes de la alimentación como las coenzimas, vitaminas y ácidos grasos omega-3, pero eran solo suposiciones nimias ante un descubrimiento de tal magnitud.

Comer era un acto que se realizaba por placer y no por necesidad, lo cuál lo equiparaba a las experiencias amorosas efímeras, era opcional.

Las aplicaciones de buscar pareja, en franco declive, volvieron a tener un auge desmesurado, y los anuncios cambiaron de “deportista, intenso, poeta, romántico” a “mi saliva es de calidad testada”, que era el mejor argumento para establecer relaciones.

Los xerostómicos (personas con sequedad de mucosas) buscaron inútilmente remedios imposibles como inyectarse células madre de glándulas salivales, que no funcionaron y que produjeron bultos en la mandíbula y en el cuello creando seres deformes con la condena de seguir comprando alimentos.

Las grandes empresas farmacéuticas se lanzaron a la carrera de fabricar saliva sintética pero los experimentos fallaban porque los animales de laboratorio quedaban famélicos y experimentaban convulsiones intratables.

En zonas de hambruna africana la noticia del descubrimiento fue tapada durante meses por intereses comerciales hasta que ONGs médicas infiltraron la noticia y los mursis, himbas y samburus comenzaron a besarse y amarse en una fiebre desmedida que los llevaría a la recuperación nutricional y a volver a mirar cara a cara a los blancos.

Besarse pasó a llamarse inyectarse. En las escuelas e institutos públicos se hacían talleres de como traspasarse la saliva con un adecuado control de los sentimientos. No tenemos datos de las instituciones privadas.

Los sectores más conservadores de la sociedad se quedaron dando vueltas en debates éticos y religiosos que permanecen hasta ahora sin solución.

Los virus habían descubierto un mundo nuevo de transmisiones, se reproducían, mutaban y se crearon especies nuevas fruto de las recombinaciones genéticas entre ellos, lo que desencadenó infecciones que los médicos no habían visto nunca, exantemas diferentes, fiebres impredecibles y resistentes, neumonías graves con escasa respuesta a antibióticos, coloraciones verdes, rosadas, purpúreas que antecedían a un coma progresivo y muerte.

La población del mundo se redujo en dos terceras partes.

Un comunicado oficial de la Organización Mundial de la Salud prohibió la práctica del intercambio de saliva fuera de una estabilidad relacional y los investigadores H.Mulligan y J.Browson fueron juzgados y condenados por atentar contra la humanidad.

Definición de saliva: Líquido de reacción alcalina, algo viscoso, segregado por glándulas cuyos conductos excretores se abren en la cavidad bucal de muchos animales, y que sirve para reblandecer los alimentos, facilitar su deglución e iniciar la digestión de algunos.

Eduardo

Sevilla 13 de Febrero 2026

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