Mucho se ha hablado y se habla de la felicidad y después de leer muchos textos, cada uno de un autor diferente, filósofos, psicólogos, psiquiatras, llegas a la conclusión de que cada uno tiene su idea, su receta, la solución y no es así.
La felicidad depende fundamentalmente de nosotros mismos, no debe ser subjetiva, sino objetiva.
Estamos acostumbrados a dejarnos llevar por factores externos, amigos, planes varios, todo eso ayuda pero hay un factor personal, interno diría yo, que solo nosotros podemos controlar.
Los factores externos ayudan a paliar nuestra infelicidad, nuestros malos momentos. Nos duran el tiempo invertido en los planes que hacemos pero al quedarnos solos, si no hacemos nada, vuelven los problemas, esos factores personales que nos llevan de nuevo a la infelicidad a sentirnos mal con nosotros mismos. Podríamos decir que lo externo es el maquillaje que tapa nuestros defectos e insatisfacciones.
En otros artículos he mencionado la necesidad de interiorizar de meterse dentro de uno mismo, es necesario porque es la única forma de descubrir qué nos pasa, el origen de nuestra infelicidad, de por qué no estamos satisfechos con nuestras vidas.
Las razones pueden ser varias, la falta de inteligencia emocional, esa capacidad de saber gestionar nuestros sentimientos positivos o negativos, nuestras reacciones ante las dificultades y contrariedades que se nos presentan cada día sabiéndole dar un sentido, aceptándolas, yendo a la raíz, intentando descubrir el porqué.
La otra vertiente de la inteligencia emocional es la gestión de los sentimientos y las reacciones de los demás, las positivas y las negativas.
En la medida de lo posible debemos impedir que nos afecten o se sumen a las propias. Esto no significa que no seamos empáticos y sepamos escuchar pero nunca debemos dejarnos abducir por ellas sobre todo por lo negativo ni tampoco exagerar el exceso de positivismo. Si no sabemos gestionar las nuestras cómo vamos gestionar las ajenas. Apaga primero el fuego de tu casa y luego el del vecino.
La aceptación de nuestra vida, de nuestras circunstancias personales y profesionales, de lo que es nuestra existencia, nos ayudará a tomar las medidas oportunas para ir cambiando lo que no va bien en nosotros, a descubrir lo que tenemos que cambiar y a tomar la determinación de cambiarlo.
Es muy frecuente echar la culpa a los demás, a la sociedad y no mirar dentro de nosotros. Si lo hiciéramos,nos daríamos cuenta de todo lo que está provocando esa insatisfacción, esa infelicidad ese no estar nunca contento con nada de lo que nos ocurre.
Tan solo cuando nos divertimos o hacemos un plan estupendo nos sentimos bien. Pero si, cuando este se acaba y volvemos a la normalidad vuelve con ella la infelicidad solo nos ha servido el tiempo que ha durado ese plan.
No podemos confundir la felicidad con pasarlo bien en un momento concreto o con que, todo nos vaya bien en la vida. Lógicamente ayuda, pero la felicidad es posible en medio de las dificultades porque podemos convertir estas en algo bueno, que nos fortalezca que nos ayuden a madurar.
La felicidad individual no es posible en un mundo infeliz. En un momento crítico como el actual es necesario hallar nuevos valores, sostenibles en lo íntimo y en lo planetario.
Algunos dicen que para que haya felicidad tiene que haber equilibrio entre lo personal, lo global y lo social porque nos ayudaría a realizarnos como personas en un mundo mejor para todos. Pero al final depende en gran parte de nosotros mismos de lo que hagamos y cambiemos en nuestras vidas.
Nuestras acciones y actitudes nacen de nuestra conciencia, que se manifiesta en nuestras visiones del mundo, en nuestras creencias y en nuestros valores.
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