El funeral de Belencita
JOSE E DIAZ F.
Suena la campana en el aire gris,
marcando el paso del último adiós,
y el pueblo entero camina hacia el fin
con el dolor anudado en la voz.
Lento avanza el cortejo por la calle,
de la casa al campo santo en procesión,
entre suspiros que rompen el valle
y miradas rotas de desolación.
“Belencita se nos va”, murmura el viento,
entre rezos bajos y llanto fiel,
y en cada rostro se guarda el recuerdo
de su risa dulce, de su ayer.
Los hijos lloran sin consuelo ni calma,
llamando a una madre que ya no está,
mientras el eco les parte el alma
y el tiempo se niega a regresar.
El féretro avanza, sombra de pena,
hasta el silencio del último hogar,
y un discurso tiembla, voz que se quiebra,
entre agradecimiento y llorar.
Cae la tierra, se apaga la luz,
el cementerio cierra su verdad,
y en cada corazón queda una cruz
hecha de ausencia y soledad.
Después, muy despacio, vuelve el camino,
cada quien con su pena al andar,
y en los bolsillos del destino
los recuerdos no dejan de hablar.
Y los hijos, en su triste despedida,
susurran al cielo un último “adiós”,
porque en la vida que sigue su herida
siempre habrá un lugar para su voz.
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