Hay amores que te salvan y otros que te reclaman desde la tumba. Lo mío con esa camioneta no fue una decisión racional; fue un llamado.
Caminé por el pasillo central del desarmadero de la Av. Champagnat esquivando esqueletos de autos importados y pilas de cubiertas podridas. Hacía frío, de ese frío marplatense que te cala los huesos, y la niebla empezaba a bajar desde la avenida como un sudario. Y ahí, al fondo, la vi…
Era una Ford F-100 modelo 80. Blanca, de un blanco hueso, gastada por el tiempo pero con una presencia que hacía que todo lo demás pareciera basura. En ambas puertas, resistiendo al óxido y al olvido, resaltaba un fileteado antiguo con volutas rojas y azules que enmarcaba un nombre escrito con una caligrafía impecable: La Morocha. No fue solo verla; fue sentir un tirón en la boca del estómago, una electricidad estática que me puso los pelos de punta. Estaba bajo una lona azul rota, y a través del parabrisas rajado, me pareció que la cabina me observaba. Me acerqué como hipnotizado. Puse la mano sobre el capot frío y, juro por lo más sagrado, que sentí una vibración, un latido metálico que me recorrió el brazo.
—Ni la mires, pibe —la voz del dueño del desarmadero me arrancó del trance—. Esa chata tiene mala sombra.
—Es hermosa —susurré, sin sacar la mano del metal—. ¿Por qué dice eso?
El tipo soltó una tos seca, de esas que vienen desde el fondo de los pulmones, y escupió a un costado antes de limpiarse la boca con el dorso de la mano. Se acercó, mirando a la camioneta con un respeto que rayaba en el miedo. —Porque esa no es una chata, es un mausoleo. Se llama «La Morocha». Le puso así Don Gaetano Scalise, un tano que paraba en las vías de Juan B. Justo. Murió ahí adentro, abrazado al volante, con el corazón explotado de la pura bronca.
Y mientras el tipo encendía un cigarrillo, su voz me llevó hacia atrás, a una Mar del Plata que ya no existe, a la época en que Gaetano y su Morocha eran los dueños del asfalto.
Gaetano había llegado de Italia con una mano atrás y otra adelante, pero con una voluntad de hierro. Cuando compró la F-100 0km en el 80, la bautizó por el tango: su ‘Morocha’, la más agraciada de la población. Para él, esa camioneta era el refugio donde no entraba el dolor de haber perdido a su mujer, ni la soledad de un hijo que se le había ido a España renegando de su apellido.
Durante décadas, Gaetano y La Morocha fueron uno solo en la esquina de las vías. El tano no necesitaba GPS ni celular; conocía cada bache de la ciudad por el sonido de sus amortiguadores. Pero el mundo empezó a girar más rápido de lo que sus manos cansadas podían manejar. Aparecieron los celulares, las aplicaciones de fletes, y con ellos, ‘el pibe de la Sprinter’.
El final empezó un martes gris. Gaetano vio a su cliente más antiguo, el que le daba el laburo para parar la olla, cargando cajones en la Sprinter blanca del pibe nuevo porque ‘cobraba más barato y tenía Instagram’. Gaetano no gritó. No lloró. Se subió a La Morocha, cerró la puerta con ese golpe seco que suena a sentencia, y prendió un Particulares mientras el pecho lleno de ira se le cerraba como una prensa de taller.
Murió mirando fijamente a través del parabrisas, jurando que nadie más tocaría ese volante. Hasta que llegué yo.
El dueño del desarmadero soltó una bocanada de humo que quedó suspendida en el aire frío, sin moverse, como si la niebla se la tragara. —Dicen que el último aliento de esa rabia se quedó atrapado ahí adentro, entre los cilindros —agregó en un susurro, mientras apagaba el pucho contra el piso—. Esperando que alguien volviera a girar la llave.
El silencio que siguió a sus palabras fue más pesado que el frío de la Av. Champagnat. Me quedé mirando el capot, procesando la soledad de ese tano, su orgullo herido y esa traición que le había cortado la vida. De repente, un ruido metálico, como un suspiro de presión liberada o el crujido de un pulmón de hierro, salió de las entrañas de la camioneta.
—Y ahora la querés vos, pibe.
La voz del tipo me trajo de vuelta a la realidad. Me extendió una mano ennegrecida por la grasa y el tiempo.
—Tomá. Estas son las llaves—me dijo el viejo, mientras me las ponía en la mano casi con urgencia.
Me acordé del fajo de billetes que le había entregado minutos antes. Era una miseria. Cualquiera que supiera de fierros sabía que esa chata, aunque estuviera castigada, valía cinco veces más. Pero el tipo ni siquiera los contó. Los metió en el bolsillo del mameluco como si fueran papeles sin valor y dio un paso atrás, alejándose de la chapa blanca.
—Me la dejaste muy barata, maestro —le dije, todavía sin creer mi suerte.
El viejo me miró con una lástima que me heló la sangre. —No te confundas, pibe. No la compraste. Te la estás llevando. Y en este caso, el que no paga con plata, paga con el sueño.
Agarré el llavero. Era un pedazo de cuero gastado por el sudor de años, con una medallita de la Virgen de la Guardia que apenas se reconocía bajo la mugre. Caminé hasta la puerta del conductor. Sentí que el aire alrededor de la chapa estaba más caliente que el resto del predio. Metí la llave en la cerradura. Estaba dura, se resistía, como si el mecanismo no recordara lo que era recibir a un extraño. Forcejeé un poco y, con un crujido de bisagras oxidadas que sonó a queja, La Morocha cedió y me dejó entrar.
Al subir, el peso de mi cuerpo hundió los resortes del asiento con un quejido seco. Me acomodé y sentí que la cuerina negra, endurecida por los años, mantenía una forma que no era la mía. Era como si me estuviera sentando en la falda de alguien; el asiento tenía la marca exacta de Gaetano, el hundimiento de un hombre que pasó media vida aferrado a ese volante.
El olor me golpeó de frente. No era olor a podrido, era algo mucho más denso: el rastro de un tabaco negro y fuerte, de esos que te raspan la garganta, mezclado con un aroma rancio a colonia barata y a ese encierro típico de las madrugadas en el Puerto. En la base del parabrisas, un polvillo gris —ceniza de 1980— todavía descansaba sobre el tablero de plástico rajado.
Me quedé ahí, mudo, con las manos suspendidas sobre el volante de nácar. El interior estaba tan cargado de la presencia de Gaetano que sentía que si hablaba fuerte iba a interrumpir su silencio.
—¡Eh, pibe! No te me duermas —el grito del dueño del desarmadero, desde afuera, me sacudió los hombros—. Buscá la palanca ahí abajo y destrabame el capot. Vamos a ver si arranca la criatura.
Me agaché, tanteando entre los cables sueltos y el frío del piso de chapa. El olor a tabaco Particulares se sentía más fuerte ahí abajo, como si las alfombras hubieran absorbido décadas de humo. Finalmente, encontré la palanca. Tiré con fuerza y un estruendo metálico, como el de un cerrojo pesado, sonó adelante.
Vi a través del parabrisas rajado cómo el tipo levantaba el capot, que se abrió como la boca de una ballena de hierro. Lo vi renegar un poco, acomodar unos cables y apoyar una batería que crujió al tocar la base.
—¡Fijate que esté en punto muerto! —me gritó, mientras volcaba un chorro de gasoil directamente en la garganta del viejo Perkins.
Agarré la palanca de cambios. El pomo estaba suave, pulido por la palma de Gaetano durante cuarenta años. Moví la palanca: el recorrido era largo, tosco, puramente mecánico. Cuando confirmé que estaba libre, puse la llave en el tambor.
—¡Dale ahora! —mandó el viejo, dándole un golpe seco al guardabarros con la mano engrasada.
Giré la llave. El motor hizo un esfuerzo sordo. Gue-gue-gue… El sonido era el de una bestia vieja que se resistía a despertarse de un sueño de años. Intenté otra vez y nada. El tipo del desarmadero me miró por el hueco del capot, entre el vapor y la mugre.
—Hablále, pibe —me dijo en serio, sin una gota de burla—. Decile a dónde la vas a llevar, porque si no, no te va a dar ni media vuelta más.
Sentí un frío repentino en la nuca. Apoyé la frente contra el volante, cerré los ojos y, en un susurro que apenas escuché yo mismo, dije: —Dale, Gaetano… Vamos a trabajar. Vamos a sacar a pasear a La Morocha una vez mas.
Giré la llave por tercera vez. El Perkins no arrancó: estalló. Una bocanada de humo negro, denso y con olor a victoria inundó el desarmadero. La Morocha empezó a vibrar con una furia que me hizo castañear los dientes, un pulso de hierro que me subía por las piernas. El motor regulaba con ese ritmo galopante de los gasoleros viejos, pero había algo más… un silbido entre la combustión que sonaba casi como una respiración humana.
El tipo bajó el capot de un golpe y se limpió las manos con un trapo mugriento. —Parece que te aceptó —dijo, mirándome con una mezcla de lástima y respeto—. Ahora sacala de acá antes de que se arrepienta.
Al poner primera, sentí que el suelo del desarmadero temblaba bajo las cubiertas resecas. La Morocha no avanzó, embistió el aire. Se sentía pesada, pero no con la pesadez de la chatarra, sino con la de un gigante que se despereza después de un siglo. Al cruzar el portón de la Av. Champagnat, el sol de la tarde pegó en el capot blanco y, por un segundo, el brillo me cegó. En ese instante, dejé de sentir el frío.
Manejarla era como domar a una bestia que conocía el camino mejor que yo. La dirección no era blanda, pero se movía con una seguridad inquietante, como si las ruedas buscaran las huellas que Gaetano había dejado grabadas en el asfalto marplatense décadas atrás. Sentía que La Morocha tenía alma, sí, pero un alma hambrienta. El motor Perkins no hacía ruido; rugía un mensaje de satisfacción, un ronroneo gutural que me vibraba en la boca del estómago. Éramos un solo bloque de hierro, voluntad y humo negro.
—Estamos de vuelta, vieja —susurré, y juro que el pedal del acelerador se hundió un milímetro más bajo mi pie, respondiéndome.
Pero la paz duró poco. Al llegar al primer semáforo grande, la vi.
A la par nuestra, silenciosa y arrogante, se detuvo una Mercedes Sprinter blanca. Estaba impecable, con ese brillo plástico que tienen los vehículos que nunca cargaron más de lo debido. Tenía un logo moderno en la puerta y un flaco de mi edad al volante, con auriculares puestos, moviendo la cabeza al ritmo de una música que yo no podía escuchar. El flaco ni nos miró; para él, nosotros éramos solo un estorbo ruidoso en su camino hacia el próximo flete de aplicación.
En ese momento, el clima dentro de la cabina cambió. El olor a tabaco Particulares
se volvió tan denso que casi me hizo toser. Sentí que el motor de La Morocha cambiaba de ritmo: ya no era un galope, era un gruñido. El capot empezó a vibrar con una violencia que me obligó a sujetar el volante con las dos manos para que no se me escapara.
Miré el tablero. Las agujas, que hasta hace un segundo estaban muertas, empezaron a oscilar frenéticamente. La radio AM se encendió sola con una explosión de estática que me astilló los oídos, hasta que una voz rota, lejana, empezó a cantar los versos de La Morocha.
—Quieta… quieta —le pedí, pero no era a mí a quien escuchaba.
La F-100 empezó a inclinarse levemente hacia la izquierda, como un animal agazapado antes de saltar. El flaco de la Sprinter seguía en su mundo, mirando el celular. Entonces, lo vi por el rabillo del ojo. No era una sombra vaga. Era un brazo robusto, enfundado en una camisa de grafa azul arremangada hasta el codo, con la piel curtida y llena de pelos canosos. El brazo se estiraba desde el asiento del acompañante y apoyaba una mano nuda, manchada de aceite, justo encima de la mía en la palanca de cambios.
El semáforo se puso en verde. La Sprinter salió con la suavidad de un fantasma eléctrico, pero La Morocha soltó un latigazo de potencia que me pegó la espalda al asiento. Yo no pasé el cambio; esa mano de grafa azul empujó la palanca con una fuerza descomunal. Salimos disparados detrás de la Mercedes, dejando una cortina de humo negro que la borró por completo del mapa.
En ese momento lo entendí: La Morocha no quería ir a mi casa. La Morocha acababa de oler la sangre de quien le había robado el honor a su dueño.
A pesar de la furia que sentí vibrar en el volante cuando se nos puso a la par la Sprinter, La Morocha no hizo ninguna locura. El brazo de grafa azul sobre el mío no empujó la dirección hacia el choque, sino que pareció guiarme para que la pasara con elegancia, con la soberbia de quien sabe que es el verdadero dueño de la calle.
Dejamos atrás la nube de humo negro y al flaco de los auriculares, que seguramente se quedó puteando por el hollín en su pintura blanca. Yo tenía un destino claro: el taller del Colo, en el corazón del barrio San José.
El Colo es de esos mecánicos que si le das un alambre y una pinza te hace arrancar un avión, pero cuando me vio entrar con la F-100, se quedó con la llave de cruz en la mano, petrificado.
—¿De dónde sacaste eso, pibe? —me preguntó, mientras se limpiaba las manos con un trapo que alguna vez fue blanco.
—Se la compré al viejo del desarmadero de Champagnat. Me la dejó casi regalada, Colo. No lo vas a poder creer.
El Colo se acercó despacio, como quien se arrima a un perro que muerde. No miraba las cubiertas ni el motor, miraba la cabina. Rodeó la chapa blanca y se detuvo en la puerta del conductor.
—¿Barata, decís? —susurró, y por primera vez lo vi serio de verdad—. Esa es la chata de Gaetano, loco. Yo la conozco desde que era pibe como vos. Mi viejo le hacía los frenos. El tano no la vendía ni que se estuviera muriendo de hambre.
—Bueno, el tano ya no está, Colo. Ahora es mía. Hay que pegarle una revisada, cambiar fluidos, ver qué es ese silbido que tiene…
El Colo me miró fijo y después miró el asiento del acompañante. Yo no le había dicho nada del olor a tabaco, ni del brazo de grafa azul, pero él se dio cuenta. Los mecánicos viejos huelen esas cosas.
—Subila a la fosa si querés —me dijo, dando un paso atrás—. Pero yo a la cabina no me subo. Y te digo más: no le digas que es «tuya». Decile que se la estás cuidando. Estos fierros tienen memoria, y a Gaetano no le gustaba que le tocaran las mañas.
Esa noche, mientras bajábamos al pozo de la fosa para mirar el chasis, el ambiente en el taller cambió. Las herramientas que estaban colgadas en el tablero empezaron a balancearse solas, levemente. El Colo no dijo nada, pero prendió un pucho y me pasó el otro.
—Vas a tener que laburar mucho para ganarte su confianza —me dijo, señalando con la cabeza la panza de hierro de La Morocha—. Ella no necesita un dueño, necesita un aliado. ¿Estás listo para eso?
Me quedé callado, mirando la mole blanca que nos tapaba la luz desde arriba. El Colo bajó a la fosa conmigo, con la linterna en la mano. El silencio ahí abajo era distinto; se escuchaba el goteo del aceite y el metal de la F-100 enfriándose, un «clac-clac» rítmico que parecía un latido.
—Mirá esto —dijo el Colo, iluminando la unión de la caja con el chasis.
No había óxido podrido, lo que había era una costra de grasa y tierra de años, pero en un rincón, atado con un alambre de fardo al travesaño principal, vimos un bulto pequeño envuelto en una bolsa de arpillera. Lo bajé con cuidado. Estaba pesado y frío. Al abrirlo, el Colo y yo nos miramos sin decir una palabra.
Adentro había una llave de tuercas pesada, de esas de acero forjado, y un frasco de vidrio con un puñado de tierra. En la tapa del frasco, escrita con el mismo trazo que el nombre de la camioneta, decía una sola palabra: «Piamonte».
—Tierra de su pueblo —susurró el Colo—. El tano nunca se fue del todo. Y esa llave… esa es la que usó para defenderse cuando los pibes de la zona quisieron prepotearlo una vez en el puerto.
En ese momento, la linterna del Colo empezó a parpadear. Arriba, en la cabina, se escuchó un ruido seco, como si alguien hubiera golpeado el tablero con el puño. El Colo subió la escalera de la fosa a los piques, y yo fui detrás.
Cuando salimos, el taller estaba en penumbras, pero los faros de La Morocha estaban apenas encendidos, con un brillo tenue, amarillento, como los ojos de un gato viejo. No había nadie, pero en el aire flotaba de nuevo ese olor a Particulares
y algo más… el olor a la grasa de litio que Gaetano usaba para peinarse.
—Mañana le cambiamos los filtros y la dejamos lista —dijo el Colo, sin mirarme a los ojos, mientras agarraba su campera para cerrar el taller—. Pero haceme un favor, pibe. Esa bolsa de arpillera… dejala donde esta. No es nuestra.
Esa noche no pude dormir. Me quedé pensando que el precio «barato» que pagué en el desarmadero no era por la chapa ni por el motor Perkins. Lo que había comprado era la responsabilidad de llevar a un muerto a terminar su último viaje.
Agarré la llave de casa, pero sentí que mi mano buscaba otra cosa. Mis dedos se movían solos, como si extrañaran la forma del volante de nácar. Me miré al espejo del baño y por un segundo no vi mi cara de pibe de veinte años; vi una sombra, una mirada dura, celeste y cansada que me decía: “Mañana, temprano. Hay que cargar, que el sol no nos espere”.
Esa mañana Mar del Plata amaneció con una helada que rajaba las piedras. Me levanté a las cinco, sin que sonara la alarma, impulsado por una urgencia que no era mía. Me puse una campera de abrigo y, casi por instinto, me arremangué la camisa por debajo, sintiendo que el frío no me hacía nada.
Cuando llegué al taller, el Colo ya estaba ahí, tomando un mate amargo frente a La Morocha. La chata brillaba bajo los tubos fluorescentes; le habíamos dado una lavada y el blanco original, ese blanco hueso, resaltaba como un uniforme limpio.
—Cuidate, pibe —me dijo el Colo mientras me tiraba las llaves—. Acordate: no sos vos solo el que va arriba.
Me subí. El asiento ya no se sentía ajeno; se sentía como un abrazo. El Perkins arrancó al primer cuarto de vuelta, con un rugido que hizo vibrar los portones de chapa del taller. Salí al barrio San José y encaré directo hacia el sur. El destino no se discutía: Juan B. Justo y las vías.
Llegué cuando el sol todavía era una línea naranja sobre el mar. Estacioné exactamente donde el asfalto está marcado por los años de goteo de aceite de los que pararon ahí antes que yo. Apagué el motor y me quedé en silencio. Por el espejo retrovisor vi cómo llegaban los otros: furgones modernos, camionetas con calcomanías de Instagram y, por supuesto, la Sprinter blanca.
El flaco de la Mercedes estacionó un par de metros adelante. Se bajó con su termo de acero inoxidable y un celular último modelo en la mano. Me miró de reojo, con esa soberbia de quien se siente dueño del presente, y le hizo un gesto de «qué hacés con esa porqueria» a un compañero.
Yo no dije nada. Abrí la puerta de La Morocha y me bajé despacio. Apoyé el codo en el capot caliente y saqué un pucho. En ese momento, el viento cambió. El olor a tabaco negro inundó la esquina, tapando el olor a gasoil premium de las chatas nuevas.
—Ese lugar es mío, pibe —me gritó el de la Sprinter, señalando el asfalto debajo de mis ruedas—. Hace años que paro acá, buscate otra esquina.
Sentí que la sangre me hervía, pero no era un calor de pibe joven; era una bronca vieja, pesada, masticada durante años. No le contesté con palabras. Me di vuelta, entré a la cabina y puse la radio. La estática desapareció y un tango de Julio Sosa empezó a atronar desde los parlantes viejos, con una potencia que no tenía lógica.
En ese instante, el sol terminó de salir y un reflejo cegador pegó en el parabrisas de La Morocha. El flaco de la Sprinter se quedó mudo. Se puso pálido y dio un paso atrás, dejando caer el celular al piso. Sus ojos estaban fijos en el asiento de mi acompañante.
Yo no tuve que mirar para saber qué estaba viendo él. Sabía que veía la camisa de grafa azul bien planchada, la gorra de fustán y esos ojos celestes que lo juzgaban desde el más allá. El flaco no esperó a que yo le dijera nada; se subió a su Mercedes, la puso en marcha con manos temblorosas y salió arando, doblando en U como si lo persiguiera el mismo diablo.
Me quedé solo en la esquina. El silencio volvió, solo interrumpido por el silbido del tren que pasaba a unos metros. Pero yo ya no era el mismo pibe que había entrado al desarmadero días atrás.
Sin darme cuenta, mis gustos habían cambiado. Ya no aguantaba el olor a los cigarrillos rubios que fumaban mis amigos; ahora solo me saciaba el golpe amargo de los Particulares, ese humo espeso que se te pega en la garganta y te hace sentir el peso del día. Mi playlist de Spotify había quedado en el olvido; ahora, mis manos buscaban solas el dial de la radio para encontrar una frecuencia de AM que pasara a Gardel o a Rivero. Si no había un tango sonando de fondo, sentía que a La Morocha le faltaba el aire.
Incluso mi ropa cambió. Me compré un par de camisas de grafa azul, de esa tela dura que parece una armadura. Me sentía cómodo así, arremangado hasta los codos, con los brazos curtidos por el viento que entra por la ventanilla.
Pero el vínculo definitivo apareció una tarde, mientras limpiaba el interior de la cabina. Metí la mano debajo del asiento del conductor y mis dedos tocaron algo suave, de tela gruesa. Tiré con cuidado y saqué una gorra de fustán gris, gastada por el roce y con el rastro del sudor de mil madrugadas.
Me la quedé mirando un largo rato. Era la pieza que faltaba. Me la puse, acomodé la visera para que me cubriera un poco los ojos y me miré en el espejo retrovisor. Por un segundo, la imagen se distorsionó. No vi mis rasgos; vi la cara de un hombre que había vuelto de la muerte para reclamar lo suyo.
Me senté en el estribo, le di una pitada al pucho y sentí una mano invisible que me palmeaba el hombro, ruda y afectuosa.
—Ya estamos, Gaetano —susurré, mientras el humo negro del cigarrillo se mezclaba con el del escape—. La esquina volvió a ser nuestra.
Muchos en Mar del Plata dicen que soy un loco, que ando en una chata vieja que gasta mucho gasoil y hace mucho ruido. Pero cuando paso por las vías y veo a los fleteros viejos hacerse la señal de la cruz, sé que no me están saludando a mí. Saludan a la leyenda que nunca se bajó. Porque mientras yo tenga fuerza para apretar el volante y esa gorra de fustán me cuide del sol, La Morocha y Don Gaetano van a seguir siendo los dueños de la Av. Juan B. Justo.
Fin
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