Ella se balancea en ese juego, girando; las aves huyen lejos.
Levanta sus pies sobre la hierba que recorre el camino.
Su vestido toca ligeramente las pequeñas flores que la jalan hacia atrás…
No susurres su nombre al seguir.

El viento corre desnudo, descalzo tras ella; no la alcanza.
Corre, pies veloces, ante la furia de esta tarde.
Caerán temerosas líneas en su bello rostro.
Las aves graznan ante el dolor de la sangre, goteando entre las hojas húmedas.

Ella camina, corre, lo más lejos del monte.
El caldero de la bruja no está prendido… no todavía.
Temores antiguos de un hombre resuenan en sus pies.
Las nubes en el cielo claman el padecer eterno de la sangre cayendo.

No puedo sostener lo afilado, lo helado de la herida.
Huirá hacia algún lugar perdido.
Ellos no callarán.
En algún lugar —a pesar de que la lluvia caerá— ¿qué han hecho?
A pesar de que la lluvia la cubrirá.
La llevará lejos, muy lejos de allí.

Cerca de la hilera de colores, del juego de las mil voces, aguantará…
Aguantará hasta que ellos callen sus afilados cariños.
Hasta el día en que el agua junto a la torre, y el lodo, la hundan.

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