En cada vuelta al perímetro de la propiedad que la turba cumplía, todos hincaban rítmicamente los muros, se ayudaban de los bordes filosos de las cruces que recogieron, las que estuvieron flotando en los charcos, las que algunos conservaban para dormir sujetándolas a sus pechos como escapularios y detentes. Esas rústicas cruces mantenían aun borrosos los nombres de sus legítimos propietarios, los usuarios de esos ordinarios ataúdes que alguna vez sus familiares sembraron dos metros bajo tierra en esos folclóricos entierros confundidos entre lágrimas y borrachera.

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