Óscar encontraba graciosísimo el hecho de que la gente usara como excusa un pedazo de planta para besarse. Es decir, si querías besar a alguien simplemente debías hacerlo, ¿no? Qué absurdo le parecía esa idea asquerosamente romántica.
Una risilla internamente egocéntrica curvó sus labios mientras observaba el muérdago colgado en una de las paredes. La fiesta que uno de sus amigos había organizado fluía con tal algarabía y esplendor que él mismo se había visto obligado a recularse contra una esquina. Aunque, no le importaba, desde esa perspectiva era capaz de observar lo que sucedía a su alrededor, y eso incluía la insistente mirada de un muchacho que se hallaba a varios metros frente a él.
Le correspondió con una sonrisa, provocándole para cerrar la distancia. Fue así que pronto estuvieron compartiendo un apasionado beso, precisamente debajo del muérdago. Óscar disfrutaba con gloria del sabor ajeno, al mismo tiempo que escurría las manos por su espalda hasta que no pudo resistir más y mordió su lengua.
La sangre que brotó de su húmeda carnosidad le colmó la boca de una lujuriosa sensación que lentamente se fue expandiendo por todo su cuerpo. Ah, la divina sublimidad de la sangre juvenil y fresca. Envuelto en un frenesí de sed, Óscar continuó succionando el líquido carmesí del muchacho, mismo que no ponía resistencia alguna gracias al encandilamiento que le había concedido con el beso.
Trago tras trago, la Estrella de la Mañana extinguió una vida más, bajo un hermosísimo muérdago en vísperas de la Navidad.
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