El árbol de Navidad lucía perfecto ese año. Ofelia había colocado en forma de espiral una serie de luces multicolores que tintineaban al ritmo de una melodía silenciosa. Las esferas de cristal y los muñecos de tela colgaban sobre las ramas del pino artificial mientras que en la base de éste adornaba una distinguida alfombra circular con el borde de color dorado. Solo faltaba la última y la más importante pieza, la que coronaría el pico del árbol.

Con una sonrisa alegre, Ofelia caminó hasta la cocina, tomó un cuchillo del cajón y dio media vuelta para encontrarse a un hombre de mediana edad atado por ella misma a una silla. Gotas gruesas de sudor perleaban su frente, sus ojos estaban inyectados en sangre, el rostro congestionado y preso del pánico, la boca amordazada para impedirle emitir cualquier sonido; no existía imagen más alentadora para el espíritu navideño de Ofelia .

Lo observó de pies a cabeza, cuestionando cuál sería la mejor parte para exhibir en el árbol. La cabeza sería quizá demasiado pesada. Un brazo rompería la estética. Los ojos resultarían pequeños y ni ponerse a pensar sobre los dedos.

¡Ah! Le vendría bien una mano, varonil y llena de callos; ni tan grande ni tan pequeña, pero lo suficientemente llamativa. Así pues, tomó el cuchillo y comenzó a rebanar un poco detrás de la muñeca, sintiendo un innegable placer cada vez que el filo penetraba la piel del hombre, quien ahora aullaba y se retorcía por el dolor que le inflingía sin remordimiento alguno.

Rápidamente, Ofelia corrió con el pedazo de mano y la colocó en la cima del pino, esperando que la sangre resbalara por las ramas para darle el último toque a su decoración navideña

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