EL SILENCIOSO.

EL SILENCIOSO.

AG BAUER

20/04/2026

“Guardar silencio y mirar, es lo correcto; guardar silencio y otorgar, es de tibios cobardes.”

de AG BAUER

Él es uno de esos hombres que se funden con las paredes. Ni alto ni bajo, ni atractivo ni desagradable; es el maestro del camuflaje, un ser tibio e inteligente que ha perfeccionado el arte de que nadie sepa jamás qué habita en el fondo de sus pensamientos. Le va bien en la vida; es un vendedor excepcional, aunque cuando le preguntan qué vende, siempre se evade tras la bruma de las palabras: dice que ofrece «un servicio», un método, una forma de hacer las cosas. Su vida entera es una niebla que lo tapa todo.

Regresaba por la ruta hacia su casa, ese lugar donde lo aguardan sus hijos y su «compañera de vida», como él la llama para darle un peso que ya no siente. Pero a medida que se acerca, el deseo de huir lo consume. La farsa de su doble vida lo tiene exhausto. Al llegar al cruce, su camino dicta un giro a la izquierda, hacia lo conocido, pero su instinto le pide seguir recto. Por una vez, cede.

A unos kilómetros, en un pueblo detenido en el tiempo, divisó un vehículo bajo la luz mortecina de un poste. Un hombre solicitaba ayuda. Aunque habitualmente no se detiene, algo en la vibración de esa noche lo obligó a frenar.

—Buenas noches, señor. Muchas gracias por detenerse —dijo el desconocido.

Al tenerlo frente a frente, el vendedor se sintió intimidado. Aquella figura proyectaba un magnetismo que lo dejó sin aliento por unos segundos; era una belleza inesperada que lo cautivó de inmediato. Sin dudarlo, lo invitó a subir. En la ruta, bajó la velocidad, estirando el tiempo.

—Busco materiales para mi colección —explicó el viajante—. En el Sur hay mucha competencia y la paga es baja. Aquí, en el Norte, es más fácil; hay muchos y se conocen entre ellos.

La intriga se mezcló con el deseo. Lo que comenzó como un coqueteo subió de nivel hasta consumarse en la promiscuidad, en la oscuridad de la camioneta estacionada en un rincón de la ruta. En ese instante, rodeado por el olor del asfalto y lo prohibido, el vendedor se sintió pleno. Pero entonces, su teléfono sonó: era ella.

El miedo lo invadió de golpe. Al observar a su acompañante, los rasgos que lo habían fascinado se deformaron bajo las sombras de la medialuna; el rostro del amante se volvió una máscara grotesca, el vivo reflejo de su propia culpa. Despavorido, lo dejó atrás y condujo a toda velocidad hacia su casa, necesitando desesperadamente el refugio de su mentira.

Al llegar, ella lo esperaba con el rostro crispado por la preocupación. —¿Qué te pasó? ¿Por qué no atendías? —Me dormí al volante y rocé un árbol —mintió él, camuflando la verdad como siempre—. Estoy nervioso, necesito bañarme.

Se encerró en el baño. Se frotó con jabón una, dos, cinco veces, tratando de arrancarse el olor de la traición, pero el aroma de su propia falsedad parecía brotar de sus poros. Al limpiar el vapor del espejo, la imagen que le devolvió el cristal no fue la suya. Allí estaba aquel hombre de la ruta, hablándole desde el reflejo: —Llegué a ti porque tu conciencia me llamó. Siempre tibio, calculador, mostrando lo que no eres. Pero hoy se acaba. Sal y habla con ella.

Dominado por un terror sagrado, salió del baño. Sus hijos dormían abajo. Se sentó en la cama frente a su mujer, la miró a los ojos y, por primera vez, dejó de ser bruma. —Mi vida con vos es una farsa —confesó con la voz rota—. Todo esto es para verme como un hombre serio, pero disfruto de la compañía de otros hombres. Lo hago siempre que puedo.

Ella lo escuchó en silencio. Luego, en un acto desconcertante, le sonrió con una frialdad que helaba la sangre. —Yo siempre lo supe —dijo ella—. Pero no me importa. Sos una persona que le vende al mundo esa imagen de familia perfecta, y eso es lo único que a mí me importa mantener.

Él cerró los ojos y, en el vacío de su mente, vio al joven atractivo riéndose en su cara. El destino se burlaba de él: su confesión no le había dado la libertad, sino que lo había encadenado a una cómplice que amaba la farsa tanto como él.

La noche se cerró sobre ellos. Al recostarse, el hombre comprendió que ser quien era significaba engañarse eternamente, pero con hijos de por medio, el juego debía continuar.

Desde un rincón de la habitación, una sombra sin rostro los observaba. Ya no era un joven bello, sino una mancha de oscuridad que suspiraba para sí misma: —Siempre es lo mismo. Los tibios pecadores de la apariencia… prefieren la felicidad que los demás ven, antes que la vida que podrían vivir en libertad.

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