Lo que más busco

Lo que más busco

LeónRots

20/04/2026

por LeónRots. 

No era una sola. Nunca lo fue.

Yo creía que sí, que cada rostro tenía su propio nombre, su particular forma de mirar y hasta su propia historia.

Después entendí que puede que no. Que tal vez había algo que se repetía, como si todas vinieran a decirme lo mismo, pero con distinta boca, distinta sonrisa, distinto cuerpo… y distintas palabras.

En principio las figuras eran tres. La primera, era la piba con la remera de The Smiths. Ella no dijo nada importante, pero su boca extremadamente roja y su forma de quedarse en silencio, tenían mucho peso. Mirarla dolía—dolía, pero distinto.

La segunda, era la colombiana—siempre ella—tan radiante y sensual como Bogotá. Tan supersónica. Tan latina como Venus. Con ella no había distancia posible. Incluso cuando no estaba, estaba. Era algo loco, pero era verdad.

La tercera quise simplificarla, quizás por eso pasó lo que pasó. Decirle “La gallega” era demasiado obvio. Por eso la llamé Mística, para no arruinar el misterio del todo o por lo menos, eso intenté.

No sé en qué momento dejaron de ser tres o en qué momento entendí que eran una sola. No una figura o una sola persona, sino una forma de acercarse. Una forma que no se deja atrapar fácilmente. Hubo cuerpos, claro, y calor, mucho calor. Y respiración agitada, mezclada con algunos líquidos espesos. Pero lo que realmente importaba no era eso. Era ese instante previo, cuando todo está por pasar y todavía no pasa nada. Ahí, en ese punto, había algo. Algo que todavía no podía o no sabía sostener del todo. Porque en cuanto las tocaba, se volvían otra cosa. Entonces intenté retenerlo, ponerle palabras, tratar de ordenarlo un poco. Y fracasé, como siempre, pero justo en ese fracaso fue que el deseo aumentó. Ellas aparecían cuando yo no las buscaba y desaparecían apenas empezaba a entender un poco o cuando entendía demasiado, ahí, era más intenso como si el deseo tuviera sus propias reglas. O peor, como si yo fuera el problema.

Así que acepté a las figuras. Las acepté como parte de algo que siempre había estado buscando. Tres, cuatro… mil. A esta altura del partido no importaba cuántas eran. Pero sin duda, intuía que eso era el frenesí del amor. El amor, en plena contemplación de la metamorfosis de los rostros más hermosos que vi. Tan hermosos que se destruían con la misma violencia que aparecían. Era algo muy loco, pero era así. No era fantasía. Ni tampoco deseo sexual desbordado. Era algo íntimo, místico, ilógico y hasta romántico.

No sé, a veces pienso que no busco a nadie y que solo busco eso otro. Ese punto exacto donde el deseo ya no duele y tampoco se apaga. Pero eso no dura. Nunca dura. Entonces uno vuelve a empezar de cero en otro rostro, en otra risa, en otros labios. En otro cuerpo… y en otras palabras.

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