El Circo que se Volvió Niebla

El Circo que se Volvió Niebla


«De la nada del circo no queda sino un traje raído,

cansado, descolorido.»

— Hanni Ossott



I. El último acto de la mujer serpiente

La primera vez que la vi tenía diez años. Allá en el pueblo. Fue cuando papá nos llevó por primera vez al circo y conocí en persona a los elefantes, tigres y leones. También fue cuando descubrí que existían los enanos. Nos divertimos de lo lindo, pero jamás imaginamos que a la salida habría algo mayor. Terminada la función, en una pequeña explanada aledaña, llamó nuestra atención el vozarrón de un altoparlante. Era un hombrón descomunal: el hombre más fuerte del mundo.

—¡Atención! Ante ustedes, la dama que por desobedecer a sus padres carga con la maldición de tener cara de ángel desolado y cuerpo de serpiente. ¡Pasen a verla por tan solo cincuenta centavos!

Sobresalía la cabeza. Tenía una mirada lánguida y triste, con pintura oscura alrededor de los párpados. De cuando en cuando, nos permitía ver una lengua intensamente roja y larga, bífida, que ocultaba con rapidez. Por más esfuerzos que hice, no pude descubrir el empalme entre aquella cabeza y el monumental cuerpo de serpiente que se retorcía dócil. Esa noche no pegué el ojo.

Crecí con aquella visión. Una y otra vez trataba de descifrar el enigma. Recordaba el rostro demacrado, el siseo y aquel quejido, como si la mujer sufriera demasiado. Pasó el tiempo. A mis veintitrés años difícilmente creía ya en payasos, pero en el circo del pueblo seguía el espectáculo de la mujer serpiente. Por pura costumbre, pagué los cuatro pesos. Sentía el eterno deseo de descubrir el secreto.

Pocos días después, abordé a Don Emilio Ataide mientras desbarataban las carpas.

—Don Emilio, ¿todavía vende el misterio de la mujer serpiente?

—Es el bicho más raro de mi colección —respondió con suficiencia.

Le solté entonces un rumor que había leído: que la mujer no tenía ocho patas ni escamas, sino un amante enano escondido bajo la tarima que le hacía «porquerías» mientras el público pagaba. Don Emilio apenas sonrió. Me dio la espalda para perderse entre los cables y las estacas.

Meses después, de paso por otro pueblo, acudí de nuevo al circo. Entré a la pequeña carpa aledaña y allí estaba: el mismo cuerpo de escamas falsas, el rostro pálido y la lengua roja. Al mirar de cerca, la mirada ya no era lánguida; era de puro odio y cansancio bajo un maquillaje corrido por el sudor. No pude contener la risa al reconocer en aquel enigmático monstruo a uno de los viejos enanos, ahora cargando él mismo con el peso de la maldición.

II. La función que no termina

Mi risa se extinguió al cruzar hacia la lona principal. El aire allí olía a palomitas quemadas y a un miedo antiguo. Los adultos, sentados en las gradas que crujían, apartaban la vista. Sabían que lo que veían no era comedia, sino un ritual de supervivencia.

En el centro de la pista, “El Sabio” le acomodaba un soberbio bofetón a “Gorigori”. El golpe sonaba seco, real. Gorigori, con sus zapatos de hule gigantes y su nariz de plástico, se desplegaba en el suelo con una torpeza estudiada. Su mirada buscaba un destello de dignidad entre el aserrín. Él era el que cargaba con todos los males: el que recibía el balde de agua fría mientras el Sabio sonreía con superioridad de cartón.

—¡Dinos, Gorigori, pedazo de corcho, ¿Qué hay más vacío que tu botella?! —bramaba El Sabio.

Gorigori enderezó la espalda. Su mirada se clavó en la oscuridad de la cortina roja, donde su hijo lo observaba con el puño apretado contra el pecho.

—Su corazón, señor Sabio —respondió Gorigori—. Porque mi botella se llena con un par de monedas, pero a usted no le alcanza ni toda la carpa para llenar el hueco que tiene en el pecho.

El Sabio, fuera de guion, levantó el bastón con furia real.

—Pegue fuerte, «maestro» —susurró Gorigori para que el niño no viera el miedo—. Al final de la noche, yo tengo a quién abrazar… y usted solo tiene el eco de sus propios gritos.

Los años pasaron como el carrusel del circo: dando vueltas sobre el mismo eje de serrín y miseria, hasta que el aguardiente apagó la chispa en los ojos de Gorigori. El hijo, ahora un hombre con el pecho cargado de silencios, se encontró frente al espejo picado que su padre usó durante décadas. Sobre la mesa descansaban los restos del naufragio: el tarro de grasa blanca y la nariz de hule que parecía un corazón arrancado.

El hijo extendió la mano. Al tocar la grasa fría, sintió que no era pintura, sino la piel misma de la derrota. Trazó la máscara: el blanco que borra la identidad, el negro que exagera la tristeza. Fue entonces cuando el espejo le devolvió el golpe. Ya no estaba su reflejo; era el fantasma de su padre el que lo miraba. Sintió una presencia a su espalda: El Sabio, envuelto en su frac de elegancia cadavérica, puso una mano huesuda sobre su hombro.

—Te queda bien —siseó—. El público no viene a ver quién eres, viene a ver cómo te rompes. Sal ahí y danos algo de comer.

El nuevo Gorigori se puso de pie. Al cruzar la cortina roja, aprendió que la peor parte de la herencia no eran los golpes, sino descubrir que ya sabía exactamente cómo caer para que la gente se riera.

III. El gemelo parasito y la bella

Entre el bofetón de El Sabio y el truco de la Mujer Serpiente, el circo guardaba sus piezas más frágiles. Don Emilio y El Sabio se referían a él como «la joya de la corona», pero para el resto de la compañía, Pascual era solo un hombre cargando con un doble destino. Sobre su cuello, un tumor descomunal se alzaba como una segunda cabeza ciega, una protuberancia de carne lisa que los carteles anunciaban como «El Gemelo Parásito». Don Emilio le obligaba a pintarle un rostro tosco con carboncillo a esa masa de carne, dotándola de ojos que no parpadeaban y una boca muda que parecía burlarse de la verdadera.

Pascual vivía en un silencio absoluto, pero sus ojos —los reales— nunca abandonaban lo alto de la carpa. Allí arriba, suspendida en un columpio que rechinaba con un quejido de metal viejo, estaba Elena, la trapecista. Elena ya no volaba; apenas se columpiaba con una agilidad de cristal a punto de romperse. Conservaba el traje de lentejuelas opacas de sus noches en la capital, un brillo de escamas muertas que recordaba que alguna vez fue guapa y ágil, cuando los aplausos no eran por lástima, sino por asombro.

El amor de Pascual era una locura silenciosa. Cada noche, mientras Elena se balanceaba mostrando sus piernas todavía firmes pero cansadas, Pascual sostenía la red abajo, con sus dos cabezas mirando hacia el cielo: una llena de sueños y la otra, la de carne inerte, mirando al vacío.

—Mírala —le decía El Sabio a Don Emilio tras bambalinas—, todavía cree que el público ve a la diosa, cuando solo ven a una mujer que no sabe bajarse a tiempo del columpio.

—Déjala —respondía Don Emilio—, mientras ese monstruo la mire así, ella no se va a soltar. Y si ella se cae, perdemos a los dos.

Pascual le escribía cartas que nunca entregaba, porque sus manos, deformadas por el mismo esfuerzo de cargar con su doble peso, apenas podían sostener la pluma. En su delirio, él creía que su «otra cabeza» era la que guardaba las palabras de amor que él no se atrevía a decir. A veces, en la penumbra del camerino, Elena se acercaba a él y le acariciaba esa protuberancia en el cuello con una ternura que olía a ginebra y a polvos de arroz.

—Si tuviera dos bocas, Pascual, ¿me besarías con las dos? —le preguntaba ella, buscando en el fenómeno el reflejo de su propia deformidad: la de la vejez que no acepta su retiro.

Pascual solo cerraba los ojos, dejando que la cabeza falsa reposara en el hombro de la trapecista. Eran la estampa perfecta de la ruina: ella viviendo de una gloria que ya no existía, y él amándola con un cuerpo que la naturaleza había decidido duplicar por puro error. Eran, en el fondo, los únicos que se mantenían a flote en aquel circo de lona remendada, sostenidos por el hilo invisible de un amor que necesitaba de dos cabezas para poder soportar tanta tristeza.

IV. Ángel Cristo, el domador

Esa herencia de hambre y lona remendada no era nueva; era un sedimento amargo que el pueblo arrastraba desde hacía décadas. Todo comenzó cuando Ángel Cristo llegó envuelto en el vapor de la locomotora. Él era el domador. En aquellos años, el ferrocarril prometía un paraíso efímero de elefantes cansados y leones de mirada milenaria.

A la sexta semana, el hechizo se rompió. El tren que debía llevárselos nunca llegó. El circo se desintegró. Los demás se marcharon siguiendo las vías oxidadas, pero Ángel Cristo y sus bestias se quedaron varados. El pueblo los adoptó por morbo. Ver a los leones cazar garrobos en las jaulas era la única función que quedaba.

Vino la escasez. Los garrobos pasaron de las jaulas a las ollas de los pobres. El domador soltó a los changos, pero estos regresaban buscando el hogar que ya no existía, hasta que la selva se los tragó. La tragedia del elefante fue el punto de quiebre. Melquiades Herrera intentó usar a la bestia para arar, pero el animal entró en pánico y se despeñó en el barranco.

En el pueblo, el hambre venció al asco. El humo de la carne de elefante asada cubrió las casas durante días. Fue un banquete de ceniza. Poco después, la culpa enfermó a todos y las miradas contra el domador se volvieron afiladas. Una mañana de lluvia, Ángel Cristo decidió partir. Llevaba a los dos leones asidos por cadenas que arrastraban un sonido fúnebre sobre el lodo. A su lado caminaba Maruca. Se perdieron en el horizonte: el domador, un león, la mujer y el otro león, fundiéndose con la neblina.

Al día siguiente, con una ironía cruel, el silbato del tren volvió a escucharse en la estación. El progreso llegaba, pero el circo ya se había vuelto fantasma. Dicen que los que no pudieron irse, los hijos de aquellos artistas varados, fueron los que levantaron la carpa donde hoy Gorigori recibe sus bofetones. Porque en este pueblo, el circo no es algo que llega y se va; es una condena que se lleva pegada a los zapatos hasta que la niebla nos traga a todos.

@2026 By Oscar Mtz Molina

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