No sé si el tiempo existe como una sustancia o si es apenas una costumbre del alma. Sospecho —con esa sospecha que no pretende ser verdad, sino apenas compañía— que el tiempo no transcurre: se repite. No en los hechos, que son torpes imitaciones, sino en una secreta estructura que insiste.
He creído, alguna vez, que el pasado era una forma del olvido. Hoy me inclino a pensar lo contrario: el pasado es lo único que verdaderamente poseemos, aunque deformado, como esos espejos antiguos que devuelven una imagen fatigada y ajena. El presente, en cambio, es un punto ciego: ocurre sin nosotros. Apenas lo advertimos, ya ha sido reclamado por la memoria, que lo domestica y lo vuelve relato.
Hay, sin embargo, otra forma del tiempo que no es lineal ni circular. Es más íntima y más inquietante: es el tiempo de la espera. No la espera de algo concreto —un tren, una carta, una muerte—, sino la espera misma, despojada de objeto. En ella, los minutos no avanzan ni regresan; se acumulan, como si quisieran construir una eternidad menor, una eternidad provisoria que se agota en sí misma.
Quizá esa forma del tiempo sea la más verdadera. No la que miden los relojes, ni la que narran las historias, sino la que se experimenta como una leve incomodidad del ser. Una demora inexplicable. Un intersticio.
Si el universo tuviera conciencia —y esta conjetura es tan inútil como inevitable— tal vez no se pensaría en términos de siglos o de edades, sino en esa pausa interminable que nosotros, con cierta soberbia, llamamos instante.
Así, el tiempo no sería un río que fluye ni un círculo que retorna, sino una espera sin objeto, una forma vacía que, sin embargo, nos contiene. Y acaso, en ese vacío, resida su única plenitud.
OPINIONES Y COMENTARIOS