Dicen que Proterius fue visto en marruecos, vivo y caminando, la mañana del 9 de junio de 1910. El gobierno sudafricano le había buscado durante años, pero los evadía como un fantasma en la noche. Durante su vida Proterius se enriqueció con el tráfico de esclavos, con la venta de armas, causando rebeliones y guerras, y toda clase de calamidades, escapando de la justicia una y otra vez. Su última iniquidad conocida, la cometió durante las guerras Boers. Cuando el presidente Paul Krueger huía de los británicos que le asediaban, Proterius que fungía como uno de sus lugartenientes, lo traicionó y lo entregó a los soldados ingleses. Hizo esto claro para apoderarse del tesoro nacional Transvaal, con el que desapareció. Doscientas barras de oro puro, fruto del trabajo que los colonos holandeses acumularon a sudor y sangre durante años. Producto de esa traición y de ese saqueo, miles de hombres, mujeres y niños de la famélica nación Transvaal, perdieron la vida por inanición. Proterius era un desalmado en toda regla, pero aquella vez no la sacó limpia, una cofradía de brujos sudafricanos le maldijo. Según esta condenación, estaría atado a su codicia, hasta que otro más innoble que él mismo le liberase. A ese tiempo, hallar otro más vil que Proterius, se consideraba un imposible. Proterius se burló de aquello, pero no fue visto otra vez, hasta esa mañana de 1910.
***
Una prolongada caída en el negocio de la investigación privada, me llevó a apostar mis últimos ahorros en el juego, perdí. Mi acreedor, un mafioso del hampa londinense me dio un último plazo para cumplirle, y si no lo hacía, se cobraría arrojando mi cuerpo al Támesis, después de torturarme quebrantando cada uno de mis huesos. Días antes de esa fatal fecha, cuando reunía mis pertenencias para huir a américa, tocaron a mi despacho. Pensé que de seguro eran unos matones enviados por mi acreedor. Cada golpe en la puerta trastornaba mi mente, el temor me superaba. Siguió golpeando por horas, hasta que no pude más ocultarme, me inventé unos corajes, y me apronté para enfrentar a la muerte. Pensé en luchar sin esperanza de vencer, creyendo que podría hacerles algún daño, estaba equivocado. En forma estúpida abrí la puerta, pero no, ningún mafioso me buscaba aún.
No podría decirse que era un hombre, siquiera un ser humano. Era una entidad deforme y alargada, ondulante e imprecisa en sus formas, confusa, sin torso, sin caderas ni extremidades reconocibles, era una presencia imposible de describir. Hubo de doblarse para pasar bajo el marco de la puerta, flameaba en todas sus partes, como sumergida bajo unas aguas imposibles. Le cubrían por todos sus flancos unos trapos humeantes, sus manos se movían libres, desconectadas del resto, sus dedos eran largos como rastrillos desarticulados, logré identificar en su altura algo parecido a ojos, horadados, negros y vacíos. No daba pasos, solo levitaba su presencia apenas sobre el piso, sostenido por una brisa apestosa. No hizo ruido alguno, solo extrajo de entre sus harapos un dossier y dos bultillos, los arrojó sobre mi escritorio y sin más se tornó y se retiró tan fantasmal como había entrado. Quedé mirando la puerta abierta de mi despacho, intentando traducir eso que había presenciado, hasta que la luz mañanera de la ventana me extrajo del sopor. Había estado parado ahí de pie mirando la puerta toda la noche.
Intenté engañar a mi mente, relegar aquello a una pesadilla, pero esos objetos no se fueron con la noche, siguieron ahí sobre mi mesa probando mi enajenación. Los arrojé a un tacho y me dispuse a prenderles fuego. Les presenté una a una, tres cerillas encendidas, que fui apagando también, una a una. Mi curiosidad pudo más. El dossier eran unas mil páginas de cartas, declaraciones y un sinfín de recortes de periódicos. En estos papeles se documentaba toda la vida y obra de un tal señor Proterius, un desconocido para mí hasta ese momento. Uno de los atadijos, en el que estaba escrito mi nombre, contenía tres rubíes inconmensurables, rojizos, brillantes y grandes como naranjas. El otro bultillo, con el nombre de “Proterius”, contenía una hermosa llave de plata. ¿Para qué me entregó esos objetos? Después de examinar el dossier, me fue muy simple de deducir. Ese fantasma me había contratado de esa forma tan particular, para hallar al señor Proterius en algún lugar de Marraquech, y entregarle esa llave de plata.
No tenía opción, debía tomar el caso, aunque el cliente fuera, en toda la extensión de la palabra, un fantasma. A ese momento el mejor cliente que había entrado alguna vez a mi despacho, con la mejor paga y sobre todo con un caso real, no de esos para descubrir esposos infieles o para hallar mascotas perdidas. Era un caso importante, ese que esperé toda la vida.
Con el primer rubí, me dirigí a la casa de apuestas y me presenté ante el jefe mafioso. Después de forcejear con sus secuaces, logre pararme frente a él.
—Espero que hayas venido a pagar tu deuda —me dijo extendiendo su mano.
Tomé de entre mis ropas una de las piedras y la dejé caer sobre su palma. Con grandes ojos la examinó, le dio vueltas mirándola como un experto joyero.
— Vaya, me sorprendes, no te preguntaré de su origen, pero me doy por pagado. Déjenlo ir —fue la orden que dio a sus esbirros.
Salí de ese antro con el estómago en la mano, transpirando frio por el alivio. Pero quizá, lo que me esperaba era peor que un trato con la mafia. Al utilizar una de las piedras, ya estaba obligado a cumplir con ese espectral acuerdo.
Una vez que volví a casa en desahogo, aliviado de la presión, me dediqué a esa actividad que llamaba tanto mis ganas, la lectura y estudio de ese dossier, que se me figuraba fascinante. De ese estudio quedaron en mi mente; la fotografía granulosa en un viejo periódico, del rostro avejentado del señor Proterius, y otra fotografía de una pintura, de la mítica aldea del Irem, totalmente deshabitada, solo con el extraño detalle de la figura de un hombre bereber, sentado justo en medio de sus caminos desiertos. Esta aldea era según los documentos, el lugar más seguro que el tal Proterius usó, para ocultar su mal habida riqueza. Esta era una pequeña localidad africana, de dudosa existencia, que habría estado ubicada al sur de Marruecos, a escasas millas de la frontera argelina. Un lugar maldecido por los enemigos de Proterius, al que ni los más ambiciosos cazafortunas se atrevieron siquiera acercarse.
Desde un comienzo hallé dificultades. El invierno estaba tan crudo que ninguna embarcación se prestó para llevarme al África, excepto una. Entre los congelados atracaderos de Essex, un barco de madera destartalado, y que más bien podría describirse como un ataúd flotante, fue el único que hallé disponible para tal servicio.
Era un viejo vapor que languidecía en los muelles como una bestia agotada. Estaba cubierta de costras salinas, despedía un olor a brea podrida y se revestía de maderas carcomidas, como si hubiese naufragado cien veces. Sus remaches de hierro supuraban hebras asquerosas de óxido, y su quilla parecía quebrarse y rearmarse con cada vaivén de las aguas, como un hueso roto que se resiste a la muerte.
La popa, inclinada hacia el río, mostraba letras apenas legibles, devoradas por el moho, con un nombre impronunciable en una lengua desconocida. Los ventanales de la cabina de mando, estaban cubiertos por cristales fúnebres, que daban la impresión de unos ojos agonizantes. Miraban apagados hacia el estuario, como aguardando a pasajeros perdidos. Los estibadores me contaron que, en las noches de mayor bruma sobre el Támesis, las ratas del puerto callaban sus chillidos de multitud, para oír desde el navío un resuello húmedo, semejante al jadeo de un gigante moribundo.
El capitán permanecía en la quilla, inmóvil, con el aspecto de un sepulturero, como un alma atada a esos leños gangrenados. Rebosaba inexpresivo, el humo ondulante de su pipa. Sin conocerme me llamó abordo, subí y al enfrentarme a él me dijo:
—Quieres ir al Tánger Med, ¿cierto? —. No pude responderle sorprendido por su clarividencia.
—Sólo dame mi salario y te pondré en tierras púnicas en cinco días —me dijo extendiendo su mano.
—¿De cuánto estamos hablando? —le respondí.
—Tú sabes, una paga rojiza y vidriosa.
Se refería a mis rubíes sin duda.
—Bien, te daré lo que pides, pero, ¿podrás llevarme al Tánger Med?
—Eso es lo que hago muchacho, llevar a los muertos a su tumba —fue su respuesta sombría.
Mi cabeza explotó ante tanta nigromancia y solo me dejé llevar. Extraje desde mis ropas uno de los rubíes y lo dejé caer en su mano extendida. Lo miró por un momento, puso ojos de aprobación y a un gesto de su mano, las calderas resonaron, los vapores retallaron las cañerías, las propelas rechinaron golpeando las aguas, y el navío comenzó a moverse, dominado por marineros fantasmas, de los que nunca logré ver ninguno.
Durante el viaje seguí estudiando ese dossier, y llegué a sentir repugnancia por la vida llena de crímenes del tal Proterius, pero también envidia, por su osadía para perseguir sus deseos sin miramiento alguno. Tesoros, riquezas sin igual, fortunas sin medida, pasaron por sus manos, una vida llena de aventuras que me di cuenta, a ese momento, yo también deseaba vivir. Cuando enfrentamos las costas mauritanas, estalló una tormenta que alejó una y otra vez el navío de los puertos. En una última maniobra, el capitán viró la nave a estribor, y se dirigió a un banco de rocas, en los que la nave despedazó sus costillas, rompió su columna y descarnó sus decrépitos huesos.
***
— ¡Tanmart nammat! ¡Tanmart nammat!
Fueron los gritos que me despertaron. Me hallaba en una montura, sujeto a mis riendas y semi inconsciente. Era la tarde casi noche, mi cabeza estaba vendada y mi cuerpo lo sentía entumecido. Era parte de una caravana como de una docena de camellos que avanzaba en medio del desierto. Dos hombres bereberes encabezaban la columna. Uno pequeño rechoncho y nervioso, el otro largo y encorvado, que se mostraba impávido ante los gritos de su compañero. Ambos vestidos de largas chilabas, que al rato me di cuenta, yo también vestía sobre mis ropas ya harapientas. En espanto revisé mis bolsillos, y me cercioré que los tesoros que me restaban aún los mantenía milagrosamente conmigo.
Era claro que esos hombres me salvaron de las aguas, o que me recogieron de la playa, que me alimentaron y sanaron mis heridas, vendaron mi cabeza, cicatrizada de varios días, y a ese momento me trasladaban a algún lugar desconocido, quizá para venderme como esclavo. Quise gritarles, darles señas, preguntarles, pero no tenía fuerzas ni para pronunciar una palabra. Me di cuenta que sin saber montar, estaba sobre un apestoso camello lanudo, que en su constante vaivén me acunaba, llamando a mi sueño de convaleciente náufrago.
Me di cuenta que avanzábamos durante la noche, y en el día tomábamos pequeños remansos, en los que los dos compañeros levantaban y bajaban tiendas con una habilidad pasmosa. Estos oasis secretos que permitían el viaje a zigzagueos a través de las arenas, eran en verdad minúsculos, santos vergeles en los que comíamos, descansábamos, en los que se surtían los cueros y también forrajeaban los animales.
A los pocos días me cansé de reclamarles, de gritarles, pues me ignoraban por completo y me trataban solo como parte de su carga, que eran pertrechos desconocidos destinados a un también desconocido comprador.
Eran tantas mis horas de vigilia, que temí enloquecer. Intenté con desesperación recordar el momento exacto cuando el mar me regurgitó, y llegué a recordarlo con cierta claridad. Después de la noche del temporal, había despertado sobre la arena en la playa, con la piel endurecida por la sal. Recordé a dos figuras envueltas en harapos que se inclinaban sobre mí. No los oí pronunciar palabra. Recordé que me ofrecieron agua, una mezcla turbia y amarga que bebí sin dudar, y luego me cargaron sobre una bestia de lomo alto y hedionda a heces. Desde entonces y por semanas no volví a oír mi propio idioma.
Seguí viajando con ellos a través de un desierto desconocido, y cada día me convencía que en realidad no había destino alguno, sino una perpetuación sin fin de las arenas. Cuando en las noches la luna no parecía moverse, el horizonte se tornaba ondulante, como un mar extenuado y seco. De ese océano vi en visiones emerger vaporosos galeones portugueses, repletos de oro, vi caravanas florentinas cargando especias fragantes, piedras doradas, coronas y medallones, que iban cayendo al paso, dejando un rastro de estrellas terrenales.
Cuando mi cordura vencía levemente, recordaba mi búsqueda de algo, de un tesoro, de una fortuna oculta entre ruinas. De un hombre llamado Proterius que alguna vez me habló de ello, que juró haberlo tomado antes de morir, o tal vez antes de enloquecer. Sí, Proterius, se me perdía ese nombre de mi memoria ida. Creí por días que ese nombre no era real, que lo había inventado, como una excusa para justificar un viaje que no conducía a ningún lugar. Cuanto más pensaba en él, más incierto me resultaba su rostro. A veces me parecía una sombra que se asentaba frente a mí en las noches sin estrellas, otras, una parte de mi propio pensamiento que se desgajaba y que me llamaba desde dentro.
A veces dudaba que ese naufragio en las costas púnicas alguna vez ocurrió. Llegué a convencerme que lo había soñado, que había enfermado por el vaivén de la tormenta y que seguía en esa embarcación, flotando en alguna bahía sin tiempo. Otras veces temía lo contrario, que había muerto y que mi cuerpo se descomponía sobre una playa desconocida, que mi conciencia vagaba prisionera en un reflejo mediterráneo.
En el día, a las sombras datileras, veía y creía alcanzar con mis manos, arcones hinchados de monedas de plata, que se alejaban de mí sobre las espaldas de indios mitayos. Esos desgraciados hombres con los ojos hundidos y las espaldas quebradas, sujetaban en dolor su castigo con las manos, hechas de huesos descarnados. Les llamaba, y mi voz sonaba extraña, en un dialecto tamazight, evacuada no con mi boca, sino con mi mente, con mi piel, como un rumor de voces, como un idioma sin garganta ni lengua.
***
Un amanecer, los hombres se detuvieron al borde de una inmensa duna de unos trescientos pies de altura, y se quedaron allí mirando un destino que yo no alcanzaba con la vista. El animal que yo montaba subió lento y pacífico, como solía hacerlo, y poco a poco comenzó a aparecer ante mi vista, aquello que observaban con tanto respeto, diría que temor. Era la aldea del Irem, tal cual la recordaba de ese abultado dossier, como atrapada en el tiempo, y pintada desde aquel mismo punto, como si ese desconocido pintor hubiese estado parado allí mismo. hace tantos años.
Al verme llegar, el bereber más bajo apuntando hacia la aldea me gritó:
— ¡Ruh yer din ad temmet! ¡Ruh yer din ad temmet!
Esos gritos eran para mí muy claros. Me ordenaba continuar hacia ese lugar en solitario. Entonces el regordete bajó de su camello y se dirigió hacia mí. Me empujó fuera de la montura y caí como un saco de piedras sobre la arena. Luego extendió hacia mí su palma abierta y dijo algo como:
— ¡Xellṣeɣ lmizan-iw!
No lo pensé, tomé la última piedra desde mi bolsillo y la deje caer. La tomó desde la arena y la miró contra el sol por un buen rato, luego la guardó sin mirarme. Montó su animal y bajó desde la duna. El otro Bereber le siguió. Me dejaron ahí tirado, con la única alternativa de internarme en aquella aldea maldita.
Los vi desaparecer contra el horizonte, y comencé a caminar hacia la aldea que parecía a tiro de piedra, pero a cada paso parecía alejarse más. Di la vuelta solo para cerciorarme de mis sentidos, pero me hallé otra vez caminando absurdamente hacia la misma aldea. Desconfié entonces de mi mente, me senté sobre la arena para examinar mi lucidez, y me vi nunca supe cómo, en medio de esas barracas derruidas, en medio de esas caleteras abandonadas. Era yo mismo, ese sujeto bereber de aquella vieja acuarela, esa era una conclusión descabellada, pero me pareció lo más cuerdo a ese momento.
Examiné cada casa, cada habitación destechada por horas, por días, hasta que el cansancio y el hambre me vencieron. Terminé tirado en una de esas barracas, sobre el suelo desnudo, envuelto en mi descosida chilaba, murmurando palabras en ese extraño dialecto bereber, que aprendí sin querer, a golpes de demencia.
***
Un aroma a sémola cocida, con tintes de carne y verduras fragantes, me despertaron de mis arenosas pesadillas. Me hallaba en un camastro, en un sólido barracón que no recordé de mi endeble búsqueda primera. Un ruido de cocimientos cercanos, originaban ese aroma, que mi hambre elevaba a ambrosías. Un tipo bereber preparaba guisos extraños en un fuego, de espaldas a mí, murmurando unas plegarias, moviendo un cucharón de madera en una cacerola carbonizada.
— ¿Quién eres? —le pregunté.
Me miró por el rabillo de su ojo, y continuó con su labor.
Intenté enfrentarle, desafiar su reposada actitud, pero un plato de guisos que presentó ante mi maxilar, arredró mi demanda de respuestas y comencé a cucharear lo que me parecieron manjares granulosos.
***
La mano crapulosa del hombre me remeció para despertarme, aún con su cara cubierta por su turbante sucio, solo pude ver sus ojos amarillentos. El golpe alimenticio después de varios días de ayuno, había arrebatado mis sentidos y me había arrojado al sueño, al sueño de los famélicos.
Me señaló un lugar en el suelo, en el que pude ver una entrada hacia una escalera subterránea. Sin pensarlo bajé por ella en hipnosis. Él bajó tras de mí. Eran unos cuarenta escalones hacia lo profundo, y mientras bajaba, se manifestaron ante mis ojos, aberturas cavernosas, grutas inmensas, relieves abruptos, ocultos pero iluminados por brillos inexplicables.
Caminamos por esos pasadizos rocosos por horas, y al fondo de esas estructuras pétreas, la figura del hombre, alto y flameante se detuvo y extendió su palma hacia mí. Entendí de inmediato, extraje la llave de plata de mis bolsillos, y la dejé caer en su huesuda mano. La apretó con sus escuálidas falanges, y enseguida me señaló un conjunto de ladrillos apilados, obscuros y arcillosos que, hasta ese momento, habían sido invisibles a mi vista. Me acerqué a ellos, lento y quebrantado, pensando lo impensable, discurriendo lo imposible. Tomé uno de esos ladrillos y la arena discurrió de sus contornos, descubriendo su brillo inverosímil. Eran los lingotes perdidos, el tesoro Krueger íntegro, todos ellos amparados en esa enigmática fosa, fastuosos y malditos. Miré al hombre para demandar una explicación, y al ver sus ojos, me di cuenta que también, en éxtasis contemplaban el tesoro. Su velo caído había descubierto para mí, su rostro por vez primera. Lo vi en extremo marchito, cadavérico, solo algunos girones de piel, pincelaban exiguos su semblante moribundo. No tuve dudas, era él, el púnico, el maldecido, entre vivo y muerto, y aguardando por otro ladrón, por un suplente liberador, más ambicioso que él mismo, y talvez lo había encontrado.
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