Prostitutas

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Nerea N

16/04/2026

Jineteras

¿Sabes a quiénes se llama “jineteras” en Cuba? ¿Conoces lo que hacen estas chicas?

Desde la caída de la antigua Unión Soviética, Cuba comenzó a vivir un período de crisis económica que aún no ha terminado. En los primeros años muchos trabajadores llegaron a ganar menos de cinco dólares al mes.

Existían, y todavía existen dos monedas en Cuba. Los pesos cubanos, la de toda la vida, y los dólares —llamados CUC, una moneda cubana que valía lo mismo que un dólar dentro de Cuba—, con los cuales podías comprar en tiendas que tenían todos los productos que pudieras necesitar. El gran problema estaba en conseguir los CUC, a los cuales llamaremos dólares, pues en los años 90’s se llegó a pagar hasta 150 pesos por un dólar. Y esa era la cantidad que un obrero ganaba al mes, como salario. Pasados los años se estabilizó en 25 pesos por dólar. Aun así, si no tenías familia en el extranjero, principalmente en Los Estados Unidos, a donde han emigrado, mayormente por razones económicas, más de tres millones de cubanos, no tenías forma de conseguir dólares, porque el poder adquisitivo de los salarios estaba por el suelo. Y sigue estando. Y conseguir dólares implicaba comer, vestirse y muchas otras cosas.

Esto dio lugar a una etapa muy triste en la historia cubana, etapa que aún no ha concluido. Muchas chicas, jóvenes y bellas, sin adicciones a ningún tipo de droga, y generalmente muy saludables se acercaban a los hoteles, buscando extranjeros. A estas chicas se les llama “jineteras”, tal vez aludiendo a los cubanos que derrotaron a los españoles en el siglo XIX montados en sus caballos y a filo de machete. O tal vez, por lo bien que cabalgan estas chicas, encima de los hombres. No lo sé con certeza.

Al principio, se acostaban con turistas que, de acuerdo a la edad, podían ser sus padres o sus abuelos. Lo hacían por una camiseta, una falda, unos zapatos o una pequeña propina que casi nunca sobrepasaba los diez dólares. Después empezaron a pedir un poco más.

Quiero recalcar que el hecho de que estos extranjeros se hayan aprovechado y aún se aprovechen de la crisis económica de una nación, para acostarse con estas chicas, me parece un acto deleznable. Pero la vida es así. También pasa en otros lugares del mundo. Aunque quizás la diferencia radique en el nivel cultural de las jineteras cubanas. Muchas son chicas cultas, con carreras terminadas o en curso, y hablan más de un idioma. Sin drogas ni enfermedades. En eso se diferencian de la mayoría de las prostitutas del mundo.

He aquí la historia de una de estas chicas, de una luchadora incansable, en sus ansias por ganarse la vida. No estoy juzgando este modo de vida, pues al final, cada cual tiene el derecho de hacer lo que le apetezca con su cuerpo. Sin embargo, es muy triste, cuando hay que ejercerlo por pura supervivencia.

Claudia

Las reformas de la casona de la playa de Santa Fe, muy cerca de La Habana habían concluido. Pronto la convertirían en restaurante. Debido a los excelentes contactos de Camila, varios turistas extranjeros asistirían, para después de cenar, pasar un rato de intimidad con las chicas que trabajaban con ella. Lo de la intimidad, tenía que ser en el más absoluto secreto, porque en Cuba, la prostitución es ilegal. Quiso dar una buena limpieza y le pidió a Claudia, una de las muchachas, que la ayudara.

Era una chica de estatura mediana, el cabello muy negro y ensortijado, le llegaba hasta los hombros. Ojos grandes y oscuros, labios carnosos y sensuales. La piel canela y el cuerpo de proporciones perfectas en todas sus partes. Era una mulata preciosa.

Trabajaron intensamente desde muy temprano en la mañana. Al mediodía decidieron tomar un receso y comieron un arroz frito y un refresco Tukola bien frío, que pidieron a uno de los kioscos que venden comida en la playa. Estaban sentadas en una de las mesas del restaurante que habían montado en el patio, y que pronto comenzaría a funcionar.

Camila quería conocer más de las chicas que trabajarían con ella.

—Tienes veinte años, ¿verdad?

— Recién cumplidos.

—Me han dicho que viviste en España.

—Sí, hija sí, en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

—¿Y ese milagro que regresaste? —dijo Camila extrañada—, casi nadie lo hace.

—Las cosas no eran cómo yo esperaba. En pocos días, lo que parecía el Paraíso se convirtió en un infierno.

—Cuéntame. Me gustaría saber más de ti. Estamos tan imbuidas en nuestro trabajo, que no nos queda mucho tiempo para hablar.

Y las dos chicas comenzaron a conversar.

Dieciséis años

—Bueno, te haré la versión abreviada, porque la otra te cansaría. Empecé a jinetear —que significa trabajar como prostituta— con 16. Me encantaba la ropa y los zapatos buenos, ¿a quién no? Bueno me siguen encantando, la verdad. Mis padres me dieron lo mejor que pudieron, pero yo quería más. Los pobres, dependían de un salario en pesos cubanos que no llegaba a 40 dólares al mes, entre los dos. En la casa teníamos cosas muy elementales, un ventilador Órbita ruso, de esos que duran toda la vida. Una lavadora, rusa también. El televisor Caribe, en blanco y negro viejísimo. Nada, las cosas que más o menos tenía toda persona que, como nosotros, no tenía familia en el extranjero que nos mandara dólares. Cada vez que se rompía el refrigerador era una tragedia, porque nunca había dinero para enrollar la máquina. Hasta que mis padres compraron uno chino, que era carísimo, pero se pagaba a plazos. Tampoco era gran cosa, pero duró un poco más hasta que se rompió.

Empecé a andar con una amiguita que llegó nueva a la escuela. Cuando intimamos, me contó que era jinetera. Yo puse el grito en el cielo. Después, a medida que fui conociéndola mejor, la entendí, y no solo eso, quise ser como ella.

Imagínate, yo era media monga. Solo había tenido dos o tres noviecitos, de besitos y toqueteos, pero a la hora de la verdad, nunca había abierto las piernas. Tal vez por eso todos me dejaron plantada.

Sin embargo, mi amiga vio aquello como una ventaja, porque me dijo que era muy fácil aprender a templar — así llaman los cubanos a tener sexo—, y que a lo de ser virgen le podía sacar dinero. Que ella me cuadraba con un turista y me pagaría muy bien.

Ella me dio un mínimo técnico. Días después apareció el extranjero. Tendría unos treinta y pico de años. Por lo menos no era tan viejo. Ella me llevó a una casa, donde él me estaba esperando. Tuve que volverme una experta para que mis padres no se dieran cuenta, por lo menos los primeros meses.

Con tan buena suerte que cuando llegamos a la casa que el tipo tenía alquilada, le pidió a Karina, que es el nombre de mi amiga, que se quedara conmigo. Y sabes qué, el tipo quiso que ella presenciara todo.

— ¿Y qué hiciste?

—Yo tenía mucho miedo, y acepté. ¿Qué podía pasar? Que Karina viera como yo no tenía ni idea de la templadera, o que me oyera chillar de miedo, o que me viera desnuda, eso no importaba. Su presencia allí me daba confianza.

Ella le aclaró que el trato era por mí solamente, que no pensara que por el precio de una iba a estar con las dos. También le dijo que le enseñara el dinero.

Al final, entramos a una habitación. Karina se sentó en un butacón, al lado de la cama. Al tipo le gustaba que lo miraran. Empezó a quitarme la ropa.

Me sentía rarísima. Con un miedo de madre, sobre todo cuando lo vi poniéndose el preservativo. Estuve llorando todo el tiempo que estuvo encima de mí. Cuando acabó, me vestí y me pagó 50 dólares. Tremenda mierda, pero yo me sentía rica con aquel dinero.Después estuve con varios hombres que ella me buscaba. Guardé el dinero y cuando tenía 500 dólares reunidos, le dije a mis padres que me los había encontrado. Me creyeron. Compramos el dichoso refrigerador.

Luego me volví una mentirosa compulsiva. No sé si es que era buena creando cuentos e historias que nunca existieron, o se hacían que me creían. Llevé muchísimo dinero a la casa y compramos hasta un televisor a colores. A los 18 empecé a trabajar con Anabel, que me ayudó y me ofreció seguridad. Y sobre todo, me pagaba bien. Por eso no me pesa haberme acostado con ella —dijo aliviada.

Esta vez Camila no se sorprendió. Anabel no había dejado títere con cabeza. Por lo que había escuchado, la antigua jefa del negocio, se había acostado con todas las chicas del equipo.

—¿Te acostaste con ella? —dijo Camila, haciéndose la sueca.

— Por tu madre, no se lo digas a nadie.

—Descuida Claudia. Eso queda entre tú y yo—. Y continuó escuchándola con mucha atención.

Rumbo a España

—Después tuve la suerte, si es que se puede llamar suerte, porque para mí fue una desgracia, de conocer un extranjero que me puso una carta de invitación, y aunque todo el mundo me decía que no me iban a dar la visa, porque no estábamos casados, me la dieron. Y fui a parar a un pueblo llamado San Clemente, en la provincia de Cuenca, en Castilla la Mancha.

—¡Qué linda debe ser España! —exclamó Camila mientras se llevaba otro sorbo de refresco a la boca.

—Lo es. Pero mi historia allí no fue precisamente linda. Te cuento. El gallego que me puso la carta de invitación —que no era gallego, sino de Cuenca, pero los cubanos les decimos gallegos a todos los españoles—, lo había conocido en la discoteca del hotel Comodoro. Estuve una semana templando con él a cambio de que me pusiera la dichosa carta. También me pagaba, pero yo le cobraba muy poco. Él estaba encantado conmigo. Tenía 52 años, pero aparentaba más, porque se había quedado calvo y estaba pasadito de peso. Lo único bueno era que el gallego padecía de eyaculación precoz. Nunca pasó de 5 minutos desde que me desnudaba hasta que se venía. Había un reloj de pared enfrente a la cama, y yo siempre me entretenía en contar los minutos.

Él decía que tenía una empresa de jamones, que exportaban a varios países de Europa y que tenía un chalet y dos pisos en una playa de Girona, en Cataluña, que no tiene nada que ver con Cuenca, por cierto. Bueno, para no cansarte, llegué a España y me estaba esperando en el aeropuerto de Madrid. Todo bien. Tremenda alegría. Cuando llegué, después de 10 horas desde La Habana a Madrid, aquel país me deslumbró. Todo ordenado, bonito, pintado. El aeropuerto lleno de tiendas, de restaurantes. Los olores a comidas deliciosas y a perfumes caros. Aquello me volvía loca. Pensaba que estaba en otro mundo. Era a finales de septiembre y no había calor, pero tampoco frío. Con la chaqueta que llevaba en el avión estaba perfectamente. Me fue a buscar en su coche —que es como ellos les dicen a los carros—. El viaje duró casi dos horas.

Antes de llegar, nos bajamos en un Parador de carretera, lo que en Cuba es un Conejito y comimos. Yo encantada. El paisaje de Cuenca es precioso, y si no lo era, yo lo veía así, porque nunca había visto nada fuera de Cuba. La comida magnífica también. Creía que estaba en el paraíso.

En un lugar de La Mancha

Dos horas después llegamos a una casita, bastante apartada, en el pueblo que te dije. Luis, que así se llamaba el hombre, nada más entramos, cerró la puerta y ya me iba a tirar para la cama para estar conmigo. Le dije que se esperara, que, aunque sea me dejara lavarme, que habían sido un montón de horas.

—Sí que estaba apurado el hombre —dijo Camila, comprobando que su lata de refresco se había acabado.

—Apurado era poco. Me dijo que así le gustaba más, que el olor a chocho sucio lo excitaba —ambas rieron—. Nos estamos riendo, pero hay montones de hombres que son así. Me quitó la ropa, se puso el condón y me metió mano. Fiel a su costumbre, a los cinco minutos, o menos ya había acabado.

Me enseñó el baño. Me explicó cómo funcionaba el agua caliente y la fría. Al fin pude darme una ducha y cambiarme de ropa. Era una casita de pueblo que no tenía nada del otro mundo. Todo muy sencillo. Una cocina con mesa y cuatro sillas, fogón de gas, microondas, un televisor y un refrigerador. Un pasillo, el dormitorio y el baño.

Me dijo que había alquilado aquello por unos días, porque estaba haciendo reformas en el chalet. Que a lo sumo en un mes ya nos mudaríamos.

Aquella noche se quedó conmigo. Como ya habíamos comido, vimos un rato la televisión y nos acostamos. Volvimos a templar, los cinco minutos de siempre y dormí como un lirón hasta el otro día.

Me dijo que tenía una reunión importante en otra provincia y que estaría fuera dos días. El refrigerador estaba lleno. Camila, allí había de todo, jamón, queso amarillo, jugos de frutas, yogurt, leche, carne, helados, refrescos de varios tipos. De todo. Tú sabes que eso es lo más normal del mundo, pero para un cubano es algo sobrenatural, porque aquí es casi imposible conseguir esas comidas. No me gustó la idea de quedarme sola, pero no tenía otra opción.

Me metí dos días encerrada allí, viendo la televisión y comiendo. Al tercero se apareció en el coche, que tenía como 15 años, pero comparado con los de Cuba estaba nuevo. Enseguida para la cama. Después me dijo que le preparara una tortilla de jamón y se sirvió un vaso de jugo de melocotón.

Se volvió a ir. El mismo cuento, solo que me dijo que ahora estaría fuera una semana. Aquello no me gustó nada, pero tuve que quedarme.

— ¿Estaría casado el tipo? —preguntó Camila.

Llegué a pensar eso, pero creo que no. Cuando llevaba cuatro días sin salir, cerré bien la casa y fui a dar una vuelta. Ya empezaba a cambiar el tiempo y yo con la chaquetica me estaba muriendo de frío. Ese día me encontré con una señora del pueblo, que salía todos los días a caminar. Una mujer de 70 años, más o menos. Le dije que yo era cubana, que era la novia de Luis, pero ella no conocía a ningún Luis. Entonces le hablé de la casita. Me dijo que estaba vacía hacía mucho tiempo y que seguramente la habían alquilado.

Al día siguiente Luis regresó. Me trajo un abrigo. Ya hacía un frío importante. Me dijo que había perdido todo y que no podía hacerse cargo de mí. Que ese mismo día tenía que irme de la casa, que se la había alquilado a unos tipos muy malos, que cuando regresaran a cobrar el otro mes, si no veían el dinero, igual me mataban. Le dije horrores. Él se mantuvo bastante sereno. Le pregunté que qué iba a hacer yo ahora.

Solo tenía 40 euros que había cambiado en Cuba para llevármelos. Me dijo que había una solución, que subiera al coche, que después me explicaría. Metí mi maleta y salimos. Media hora después, me dejó en un lugar que parecía un bar o una cafetería grande, con anuncios lumínicos, lejos del pueblo. Me dejó en la puerta y me dijo que una señora me acogería en su habitación, hasta que las cosas se arreglaran y él volviera por mí, en un mes, más o menos, cuando vendiera los apartamentos de Cataluña y pagara sus deudas.

Hacía un frío del carajo. Estaba temblando. Cuando vio venir a la mujer, se metió en el coche y se fue. La señora me recibió con mucha amabilidad y me dijo que esa noche me quedaría en su habitación, que tenía calefacción. Me dio un plato de comida y me dijo que descansara, que al otro día hablaríamos.

Puticlub de carretera

Creo que ya te imaginas el resto. Era un prostíbulo. El hijo de puta se dedicaba a buscar chicas jóvenes en países pobres y llevarlas allí.

Nunca olvidaré al primer hombre que me tuve que follar —que es como le dicen los españoles a templar—. Un gordo asqueroso con una barriga descomunal, que olía a tocino mezclado con sudor y a culo. Tenía el rabo tan chiquito que no sé en cuántas posiciones tuve que ponerme, para que entrara un pedacito del tamaño de la mitad de mi dedo, si es que entró. Por suerte el cabrón se vino al momento. Lo supe por sus gemidos, porque lo único que yo sentía era su barriga grasienta chocando contra mis nalgas. Me pagaban 20 euros por cada hombre, lo demás era la comida y el hospedaje.

Le decía a mi familia que estaba estudiando, y que por eso no les podía mandar nada. Que Luis era muy bueno, pero que estaba pasando una mala racha, y a pesar de eso me seguía pagando los estudios. Nos dejaban conectarnos a una computadora unos 15 minutos a la semana, con un empleado, que parecía un gorila, vigilándonos. Apenas nos daba tiempo para leer y enviar un correo electrónico.

— ¿Y no te dio por escaparte de allí? —quiso saber Camila.

—No era tan fácil. Como te he dicho, tenían gente que nos vigilaba todo el tiempo. En cuanto llegué, la mujer me quitó el pasaporte y lo guardó en su cuarto.

A finales de noviembre empezó a nevar. No nevaba todos los días, pero el frío era insoportable. ¿A dónde iba a ir sin pasaporte y sin conocer a nadie, en medio de aquel campo?

— ¿Les dieron golpes alguna vez?

—No era lo usual, porque no querían líos con la policía. Recuerdo que una vez Irina, una rusa, de varias que estaban allí, mientras buscaba una llave para limpiar una habitación, empujó una puerta y descubrió que había una salita de cámaras, desde donde se veía todo lo que hacíamos con los clientes. Cuando abrió, vio al tipo que estaba con la dueña del burdel —un colombiano joven y guapo, y ella una española de cincuenta y pico de años largos, con los labios arrugados de tanto fumar—, y el tipo se estaba templando a una putica china que había acabado de llegar. Una muchacha de unos 25. Entonces Irina, se lo dijo a la jefa, para ganarse puntos.

Nadie supo al final quien lo hizo, pero le dieron una paliza a la pobre Irina, que tuvo que estar una semana en la cama, llena de morados en la cara y en todo el cuerpo. Y de la china, nunca más supimos. Dijeron que la habían cambiado a otro Puticlub. Igual la mataron. Nadie nunca lo supo.

—¿Y cómo acabó la historia? Me tienes intrigada.

—Enseguida te cuento —le dijo mientras se mojaba los labios resecos por la tensión que le generaba rememorar aquella historia—. Te juro que pensé en matarme más de una vez. Aquello era una pesadilla. Todas las mujeres con las que trabajaba eran extranjeras, ucranianas, chinas, rumanas. Yo era la única que hablaba español. Apenas podíamos comunicarnos entre nosotras, no solo por el idioma, sino porque no nos dejaban.

Recuerdo que tenía una libretica donde anotaba todos los días las veces que tenía que acostarme con un hombre. En el mes de abril, al comienzo de la primavera del siguiente año, había hecho 366 servicios con 36 hombres diferentes. Como puedes ver, eran casi siempre los mismos clientes. Hombres mayores, de los alrededores. Tenían que comprar una botella de bebida, que normalmente costaba unos 10 euros, pero a ellos se las vendían a 80 y en ese precio estaba incluida la chica. Si era una noche completa, tenían que comprar dos. Si venía la policía o algún inspector, ellos decían que solo vendían bebida, y que ya lo que ocurriera después entre un hombre y una mujer tomando copas en un bar, no era asunto de ellos. Se limitaban a vender bebida y alquilar habitaciones. Lo tenían muy bien montado.

Casi siempre pagaban una hora, pero cuando se venían, al poco rato se iban. No querían regresar muy tarde a donde estaban sus mujeres. Me tuve que volver una experta para que acabaran rápido. Eran señores de 50 o 60 años, todos casados, porque me lo decían. Hombres que sus mujeres españolas casi nunca o nunca se acostaban con ellos. Siempre me he preguntado por qué las españolas se acuestan tan poco con sus maridos.

Yo trataba de conversar lo más posible, para que el reloj fuera corriendo. Después los calentaba bastante, de manera que cuando me quitaba la tanga, que allí le dicen “el tanga”, ya estuvieran a mil. Lo demás era dar cintura, gritar, gemir como una loca y salvo excepciones, en menos de 15 minutos ya habían acabado. A veces, algunos me dejaban 15 o 20 euros de propina, porque el precio de la hora o el tiempo que pagaran, como te decía, iba en la botella que pagaban en la barra.

Cuenca es uno de los lugares de España donde hay más burdeles. Están apartados, en lugares discretos, a donde solo se puede llegar en coche. De vez en cuando, venían jóvenes, chicos de no mucho más de 25 años. A veces yo había terminado con uno o dos clientes y un chico de estos me pedía para pasar toda la noche. ¡Madre mía! Entonces sí que acababa muerta de cansancio. Lo hacían hasta 6 veces. Cuando venía uno así, nos pagaban 30 euros más, pero no era fácil. Era la noche entera, sin mentirte, en diez o doce posiciones diferentes. A veces estos chicos tomaban viágra, para durar más, y ya te imaginas, era un hierro lo que te metían durante horas. Acababa con un dolor de ovarios, que tenía que tomar analgésicos. Para seguir la noche siguiente. No te dejaban parar.

La decisión final

Lo reuní todo. A principios de abril, cuando ya no hacía tanto frío. Vigilé a la jefa. Ya yo sabía dónde ella guardaba los pasaportes. El lunes era mi día libre, y aunque no podía salir, podía dar vueltas por los alrededores del club y descansar. Ese día no estaba tan controlada. La vigilé. En un descuido me metí en su cuarto, que tenía la puerta entreabierta. Su bolso estaba en una mesita que había a la entrada. Saqué las llaves, abrí su armario, cogí mi pasaporte y lo volví a cerrar. Vi que se acercaba, pero no me había visto. No me daba tiempo a salir. Me escondí detrás de la puerta y aguanté la respiración. Estiró la mano y cogió el bolso. En ese momento venía Laritza, una de las ucranianas que le tocaba limpiar aquel día. Le dijo que le limpiara el cuarto y lo cerrara con la llave de la recepción. Cuando fue a buscar la escoba y la fregona, salí sin que me vieran.

Aquella mañana todo estaba tranquilo, como cada lunes. No pude ni siquiera coger mi maleta, solo el pasaporte y el dinero. Nos pagaban cada semana.

Me puse a dar vueltas, discretamente, por las afueras del local. Enseguida llegó un taxi. Cuando la persona se bajó, le hice señas al chofer, para alquilarlo. Subí como una flecha, arrancó y no me vieron.

Me cobró 45 dólares hasta la capital de Cuenca. Aquel día tuve toda la buena suerte que me había faltado desde que puse un pie en España. En aquel momento faltaban 10 minutos para que saliera un autobús para Madrid. Compré el billete y subí. Dos horas y media después llegué a la terminal 3 del aeropuerto de Barajas. Eran las 3:00 de la tarde. Con tan buena suerte que logré comprar un pasaje para un vuelo de Air Europa que salía dos horas después y le quedaban tres asientos libres. Ya estaban chequeando. Pasé el arco de protección y ya del otro lado me sentía más segura.

Todo se me dio tan bien aquella tarde, que llegué a pensar que algún ente espiritual me estaba concediendo toda la ayuda que no había tenido durante aquellos siete meses. Al despegar el avión, me sentí libre, por primera vez, en tanto tiempo.

Cuando volví a pisar esta tierra cubana, la besé y lloré, no sé qué tiempo estuve llorando, pero fue mucho tiempo. Ya te imaginarás cuando mis padres me vieron llegar por sorpresa. Les conté la verdad, pero poco a poco. No podía decirles todo de una vez. Camila, lo que más me dolió es que no pude traerles nada, de todas las cosas lindas que hay en España, pero con todo el dinero que ahorré, permutamos la casa por una muchísimo mejor, y les compré un aire acondicionado. En eso pienso, para consolarme.

— ¡Qué triste todo! —dijo Camila con una mirada de desolación.

—Y lo más triste es que tuve que seguir jineteando. Pero aquí estoy —dijo limpiándose las lágrimas mientras Camila la abrazaba contra su pecho—, una buena luchadora, jamás se rinde.

Fin

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