Habiéndote visto solo unas pocas veces, y eso es porque eres esa persona que estuvo conmigo en una banca de madrugada mientras mi corazón se rasgaba de dolor; sin decir nada, solo permaneciste. Hay cosas que yo no puedo solventar: soy incapaz de creerme el cuento de que valoro las cosas materiales, sea un anillo, un brazalete o una chamarra. Pero nunca seré esa persona que olvide que recitaste un poema o el rostro que tenías en esa banca; seré quien siempre te recordará la frase que dijiste en tal día y quien, cuando te enojes, te llamará por tu primer nombre solo para hacerte enojar más.
Eres la persona que merece ser la primera en escuchar esto, y es mi primera verdad: sí, siempre voy a empezar una frase con un «mira» y siempre puedes esperar de mí una mentira, o que diga algo y luego haga otra cosa. Pero también seré esa persona que, al final del día, se mantenga firme en lo que es y lo que ama. Tengo valores absurdos y extraños: amo a mi madre y no hago nada por ella; temo a mi padre y nunca conviví con él; aprendí a traicionar por mi abuelo y soy leal a quienes no darían mucho por mí. Soy más leal que nadie que vayas a conocer y, a la vez, más traicionero que la traición misma. Puedo amarte con todo mi ser y dar mi vida por ti, pero también puedo decirte mentiras por tres años solo por la convivencia y la estabilidad de tener a alguien a mi lado. Digo que no entiendo cuando lo sé todo e improviso en la situación más fácil de comprender de todas.
Soy dualidad, como todos; una dualidad que odia la hipocresía. Odio que las personas me digan qué hacer; odio que la vida tenga reglas y odio las normas cuando el que tiene poder hace de ellas su camino para obtener lo que quiere, o cuando el que tiene dinero las usa para lograr lo que desea. Soy el típico comunista que no trabaja y vive del resto; idealista a más no poder, que cree en las famosas fábulas del poder absoluto en manos de un «algo» y no de un «alguien». Odio a las personas que te hablan del valor de las cosas mientras desprecian ese mismo valor de otra forma; y considero justas a las personas que te dicen que no dan nada por ti, pero te muestran el camino correcto. Agradezco a quienes me dicen la verdad cuando la pido a llantos y no la evitan ni la suavizan, porque la verdad duele. Amo más a la persona que me dijo que yo era un juguete que a la persona que, a su juicio, me evitó el dolor de la manera que consideraba correcta, ocultándome la verdad.
Al mismo tiempo, soy un tipo que cree en el poder de la raza humana, en llevarse al límite total, y que con ese mismo poder cualquier enfermedad queda debajo. Creo que el poder trabaja así: mermando a los seres humanos y creando esclavos de algo (medicamentos, drogas, etcétera). Yo caí en la búsqueda de un propósito hace muchísimo tiempo y soy un fiel esclavo de la droga por ser más fácil que cualquier otra cosa; eso no quita el hecho de que voy a ser más inteligente, capaz, fuerte y aguantador —pasando cinco días sin dormir en la mierda— que alguien que lo tiene todo, como alguna vez lo tuve yo. Ese es el poder dormido para el que no encuentro razón, propósito o un porqué para despertar; no tengo un destino al cual entregar mi alma. La droga es facilísimo; la canción «Wake Up» de Mad Season me define muy bien.
Lo que pasa es que mi raíz es el dolor, la vergüenza y la envidia. Vergüenza de tener privilegios de no hacer nada y poder estar vivo cuando hay miles de millones de personas que si no se levantan no comen, bebiendo agua de un río contaminado por H&M en Asia, o familias afectadas por los derrames de petróleo que no pueden acceder a las ayudas sociales porque todo es un entramado para que otros se enriquezcan. Siento vergüenza de poder decir «ya no quiero» e irme a dormir para pasar semanas enteras así; vergüenza de no hacer nada, de poder dormir y consumirme con solo entregar de mí el no drogarme. Y envidia de no ser del 1 % que nace y tiene el poder del mundo, porque una parte de mí tiene una sed de poder inquebrantable, dispuesta a todo, que lo quiere todo y que está esperando a ver qué tan lejos llega la sed de los demás. Envidia de no ser el hijo de un Rockefeller o de alguna corona europea que tiene el poder real de las cosas; envidia de no tener cuotas de poder verdadero en mi vida y tener que contentarme con el poder de quien tiene más en una colonia pequeña, de un estado pequeño, de un país del tercer mundo de Norteamérica.
Todo esto te lo digo porque lo único que para mí mueve el mundo es el amor. El amor a la familia —no sabes cuánto amo a mi hermana, por ejemplo—, pero el amor a una mujer es otra cosa para mí. El último duelo a muerte que hubo en Chile a pistola fue por una mujer, ¿sabías? Salvador Allende contra otro; yo hubiera sido el otro. Pero no, una mujer que te ama te va a elegir y no son necesarios dos perros matándose para demostrar quién es más digno. ¿Cómo me la voy a jugar por una mujer si vengo saliendo de conocerme a mí mismo? Solo sé que la amo; solo sé leer detrás de su mirada y ya no sé nada más del mundo. Hice cosas solo para conocer todos mis límites; ahora sé quién soy y hasta dónde estoy dispuesto a llegar. Me pude haber convertido en un ratero, en un asesino o en un don nadie, pero no soy nada de eso. Salí de allí convencido de que soy un tipo que se llama Francisco, a quien advirtieron que iba a perderlo todo.
Y no perdió su sino, sino que lo encontró. Encontré la soledad. Me la trató de evitar mi mejor amigo, pero la soledad no trata de ir en una micro o un camión solo; se trata, para mí, de saber que en el mundo, aunque haya gente que te ama —familia, amigos, parejas—, estás completamente solo con tu saber, con tu intuición, con tus pies y tu corazón. ¿Cómo me la voy a jugar por una mujer cuando tengo la desolación? Perdí mucho, sí, en lo material; perdí mucho, sí, pero no la dignidad, porque esa la cargo conmigo. Quien limpia un baño no es menos digno que el hijo de un saudí, pero ante los ojos de los demás sí lo es, y ahí está mi problema: corazones arrogantes, ojos engreídos (Salmo 101).
Tengo vergüenza y tengo envidia; tengo dinero y tengo pobreza; tengo amor y tengo indiferencia; tengo rabia y tengo paz. Solo que no sé cuál cosechar ni en qué tierra. Tengo el amor, pero no sé cómo entregarlo; tengo el sentido del bien y del mal, pero no sé cuál es el terreno para cada uno. No quiero hacerle mal a la gente, pero quiero destrozar el sistema; no quiero llevarme a los desvalidos conmigo, pero quiero cenar con ellos en su mesa esta noche. Y tengo una sensación que me come por dentro: le quiero decir a ella, y solamente a ella, que la amo, pero me es imposible. Por eso te lo digo a ti. No es una de mis «mamadas» de decir algo y luego otra cosa; sus ojos son los que me siguen todo el tiempo y su recuerdo es el que me apresa. Es lo único que me ha hecho sonreír estos días de mierda. La amo completamente.
Nunca más. Es la frase que más excitante ha hecho en mi vida el reincidir, el recaer.
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