Humildemente, me saludo y me contesto.
—Buen día —digo.
Y, con una cortesía que no sé si me pertenece o imito de otros tiempos, me respondo:
—Buen día. ¿Cómo me voy?

La pregunta queda suspendida, como si no esperara respuesta sino confirmación. No es un “cómo estoy”, que todavía admite ilusiones, sino un “cómo me voy”, que presupone una partida en curso, una retirada silenciosa que nadie ha anunciado oficialmente.

Me observo, entonces, con la atención distraída de quien revisa un objeto antiguo cuyo uso ha olvidado. Hay en mí una suma de gestos que persisten por inercia: el saludo, la pregunta, la breve ficción de continuidad. Pero debajo de ese protocolo mínimo, advierto una leve disolución. No es dramática; carece de épica. Es, si se quiere, burocrática: como un expediente que se extravía en una oficina donde nadie pregunta demasiado.

Responderme exige una honestidad que no siempre estoy dispuesto a ejercer. Podría decir: “bien”, y sostener así el delicado edificio de lo cotidiano. Pero la palabra “bien” ha perdido su precisión; se ha vuelto una contraseña social, no una descripción.

Entonces ensayo otra respuesta, más fiel a esta vaga conciencia de tránsito:
—Me voy despacio.

No hay en ello resignación ni apuro. Me voy como se van las tardes que no dejan recuerdo preciso, como se van los nombres que alguna vez fueron imprescindibles y hoy apenas rozan la memoria.

Y sin embargo, en ese irme, hay algo que persiste: la voz que pregunta y la voz que responde. Quizás no sean dos, sino una que se desdobla para no desaparecer del todo. Quizás este diálogo mínimo sea la última forma de compañía que me concedo.

—Buen día —repito, ya sin saber si inicio o concluyo algo.

—Buen día —me contesto, con una cortesía que, al menos por ahora, todavía me reconoce.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS