No fue magia. Fue más bien un olvido: un instante que no ocurrió, un sendero que no dejó huella.
Intenté orientarme, por costumbre. Giré la cabeza buscando referencias —una esquina, una sombra, una grieta en la continuidad de lo real—, pero no encontré nada. No es que todo fuera uniforme: es que no existía el “todo”. El espacio había sido retirado como se retira un telón.
Quise medir el tiempo. Conté: Uno…
Pero el dos no pude posesionarlo. No había distancia entre el uno y cualquier otra cosa. El número siguiente no tenía dónde posarse. El tiempo, sospeché, no se había detenido: simplemente había dejado de tener sentido.
Miré como yo mismo comenzaba a desdibujarme.
No físicamente —lo físico era una quimera.
Mis recuerdos no podían ordenarse. Mi infancia no precedía a mi adultez; ambas coexistían sin jerarquía, como páginas sueltas de un libro. Me aferré a un nombre —el mío—, pero el nombre exige tiempo. El nombre se volvió una palabra flotante, sin dueño.
Quise pensar.
Pero pensar implica secuencia: una idea que sigue a otra. Allí, en cambio, todas los pensamientos eran simultáneas o, peor aún, inmanentes. No había error ni acierto, porque no había proceso. La lógica se disolvía.
Y sin embargo… no había vacío.
No era la nada. Aquello era una especie de plenitud inmóvil, una presencia sin bordes. El “yo” ya no tenía contorno.
Entonces ocurrió algo parecido a una revelación.
La existencia, tal como la había conocido, era apenas una forma local, una manera de arrugar algo mucho más vasto. El tiempo y el espacio no eran el escenario de la realidad, sino sus instrumentos: los hilos con los que se teje la ilusión de que algo comienza y algo termina, de que algo está aquí y no allá.
Sin esos hilos, el tejido no se rompe…
se vuelve indivisible.
Dicen algunos textos esotéricos, —que después—, naces de nuevo al espacio tiempo. A la idea de un “yo” como repetición de un ciclo.
Es la creación. El hueco negro de donde venimos.
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