Netanyahu o la política de sangre

A estas alturas, resulta difícil interpretar el liderazgo de Benjamin Netanyahu como el de un dirigente condicionado por la prudencia o la duda. Lo que proyecta, cada vez con menos disimulo, es la imagen de un poder que se ha acostumbrado a no rendir cuentas, a no rectificar y, sobre todo, a no mirar atrás.

En Israel, su figura ha dejado de ser simplemente la de un primer ministro para convertirse en un símbolo de permanencia a cualquier precio. La política, bajo su mando, parece haber abandonado cualquier pretensión de equilibrio para abrazar una lógica más cruda: la de la fuerza de las bombas como argumento definitivo.

El escenario más brutal de esa lógica se encuentra en Gaza. Allí, las ofensivas militares impulsadas por su gobierno han sido denunciadas por organizaciones internacionales y amplios sectores de la opinión pública como devastadoras para la población civil. No se trata solo de cifras —aunque estas sean estremecedoras—, sino de la repetición sistemática de un patrón: bombardeos en zonas densamente pobladas, destrucción de infraestructuras esenciales y una población atrapada sin margen real de protección.

Hay una línea que separa la defensa legítima de la desproporción. Para un número creciente de críticos, Netanyahu no solo la ha cruzado, sino que ha dejado de reconocer que exista. En ese marco, las víctimas civiles dejan de ser un límite moral para convertirse en una consecuencia asumida, diluida en discursos sobre seguridad que ya no convencen fuera de sus círculos más fieles.

Pero el problema no es únicamente estratégico. Es, sobre todo, político y ético. Porque lo que muchos observan en Netanyahu es una forma de arrogancia consolidada: la convicción de que ninguna presión —ni interna, ni internacional, ni judicial— es suficiente para alterar su rumbo.

Este no es ya el retrato de un dirigente duro en tiempos difíciles. Es el de un poder que, según sus detractores, ha perdido la capacidad de autolimitación. Y cuando un gobierno deja de imponerse límites, lo que queda no es fortaleza: es impunidad.

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