Ojalá un día la vida te envuelva con la misma fuerza con la que hoy te empuja. Que deje de ser ese río turbulento donde apenas sostenés la cabeza y se transforme, aunque sea por un instante, en un campo abierto donde puedas respirar sin prisa.
Porque hay quienes no caminan en paz, sino que llevan el peso de cada paso. Van por la vida como si cada día fuera una carga invisible, y han aprendido a sonreír entre las grietas, como si el dolor fuera parte del paisaje.
Pero la vida también sabe cambiar de forma. A veces, sin avisar, deja de hablar con prisa y empieza a fluir con un ritmo sereno. Te regala instantes pequeños, (una charla inesperada, un cielo despejado, una risa que no busca otro destino) y ahí, sin darte cuenta, soltás un peso, otro, y otro más, hasta que un día te encontrás caminando más liviano y comprendés que no eras débil por sentir el peso, sino fuerte por no dejar que te definiera.
Sin darte cuenta, vas a sentir que ya no necesitás cargar tanto, que siempre tuviste derecho a caminar liviano.
Sin buscarlo, te vas a dar cuenta de que no solo has soltado piedras, sino que has descubierto una nueva manera de caminar, con la curiosidad de saber que en cada paso, te estás construyendo, y aunque el pasado sigue siendo parte de vos, ya no es la brújula.
Ahora sos vos quien, con cada paso, le devuelve sentido a tu camino.
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