El de cresta dorada

El de cresta dorada

Josè Erazo

14/04/2026

El calor del nido de ladrillos, no hecho por gallina, fue dando forma al cuerpo y al espíritu del joven polluelo. Aunque todavía carecía de espuelas, su precoz desarrollo vocal le permitía emitir un quiquiriquí que igualaba el tono del gallo padre.

Pasado poco tiempo, surgieron las espuelas y el pico del polluelo ya podía desgarrar. Dos estructuras funcionales que se convirtieron en armas letales, alimentando su ego. Lo que el joven gallo desconocía era que su ambición sería recompensada con un apéndice carnoso, un distinguido símbolo de orgullo: una imponente cresta dorada que comenzaba a formarse, símbolo de su creciente estatus. 

Con cada uno de sus atributos ya desarrollados, alcanzó la madurez propia de un gallo e inició su búsqueda por destacar. Inconforme con los límites de su corral, se aventuró a explorar nuevos patios, prefiriendo los suntuosos. Se rodeó de los mejores ejemplares de su raza, machos y hembras con quienes compartía admiración y sexualidad; pertenecía a una élite que pronto vería su figura con una mezcla de adulación, envidia y asombro. Era el gallo de los huevos de oro.

Se hizo habitual que todos contaran los huevos que salían del gallo de cresta dorada, defendidos a pico y espuela por él. Pero un día, algo inesperado ocurrió. Voló hacia su nido para poner uno de sus dorados huevos: cacareó y empujó con todas sus fuerzas, pero nada salió de su cloaca. Fue entonces que comprendió el cambio: su imponente cresta comenzaba a perder color, sus espuelas estaban gastadas y romas. Trató de cantar y pudo, tan alto como siempre. Extendió sus alas y comprobó que aún tenían fuerza. Por un instante, imaginó proteger sus huevos ahora solo con sus alas, voz y pico.

Para el gallo, la fama ya estaba asegurada, pero no le bastaba con descansar sobre sus laureles. Reflexionó y llegó a la conclusión de que rendirse no era una opción. Ahora, proclamar una frase le haría célebre de nuevo, y buscando cómo expresarlo en un lenguaje, dijo: “I want to poop gold again”

Atentos al resurgir del gallo, llegaban de otros patios; querían verlo. Estando todos reunidos, el gallo quería demostrar la veracidad de su eslogan. Todos le miraban cómo hacía el esfuerzo, mientras el corral se llenaba de flatulencias; entonces volvía a prometer a quienes le aplaudían. Sus seguidores incondicionales persistieron en alentarlo; le pedían usar su fuerza y demostrar que aún podía remontar vuelo para cumplir con las expectativas creadas. 

No para complacer a sus adeptos, su propio ser le imploraba. El viejo gallo alzaba el vuelo y, en lugar de los anhelados huevos de oro, dejaba caer excremento tóxico sobre otros patios, frustrando a quienes aún albergaban la ilusión. 

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