Durante años, cultivé un resentimiento silencioso que, ante la menor amenaza, estallaba en una ira abrasadora. Era una tormenta que buscaba ahogar a quien osara turbar mi calma, sin darme cuenta de que el incendio me consumía primero a mí.
Un día, finalmente me quebré. En esas grietas comprendí que no tenía sentido seguir custodiando un dolor que, por vivir tanto tiempo en la sombra, solo sabía mostrar mi peor versión. El mundo nos golpeará y la felicidad no será una constante, pero la verdadera libertad radica en cómo dejamos marchar lo que nos hiere.
Aprendí a respirar en medio del colapso. A medir el peso de mis palabras y a dejar que el ruido pasara de largo. Me repetí como un mantra: «Respira. Inhala, exhala. Esta batalla no merece tu fuego; el pasado no tiene por qué habitar en ti».
Entonces descubrí una paz desconocida, un centro de gravedad que no pienso abandonar. No es tan complejo como parece; el secreto siempre fue soltar lo que ya cumplió su ciclo y caminar ligera hacia lo que me depare la vida.
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