Voy a cumplir setenta años y me estoy por jubilar… ¿Y?

Voy a cumplir setenta años y me estoy por jubilar… ¿Y?

Hay frases que no se dicen: se repiten. Como si no fueran lenguaje sino un amuleto gastado contra algo más vasto e innombrable. “Voy a cumplir setenta años y me estoy por jubilar”. La he oído tantas veces que ya no sé si pertenece a quien la pronuncia o a una suerte de biblioteca invisible donde los hombres archivan sus excusas para no seguir.

Sospecho que esa frase no habla del tiempo, sino del miedo. No del calendario, sino de una renuncia cuidadosamente disfrazada de destino. Porque cumplir setenta años es un hecho; jubilarse, una circunstancia; pero convertir ambos en argumento es otra cosa: es abdicar.

Recuerdo —o invento— que alguien escribió alguna vez que la vejez puede ser el tiempo de la felicidad, si uno no se empeña en medirla con la vara de la juventud. Pero aquí ocurre lo contrario: se invoca la edad como si fuera una coartada, como si el paso del tiempo absolviera de toda obligación de seguir siendo.

“¿Y?” —preguntás, con la impaciencia de quien todavía cree que la vida exige una respuesta más compleja que una cifra.

Y no hay respuesta. O peor: la respuesta es esa misma frase, repetida hasta el cansancio, como un eco en un laberinto sin centro. Porque tal vez lo más terrible no sea envejecer, ni jubilarse, sino aceptar que una vida entera pueda resumirse en una justificación tan pobre.

Al final, no es una excusa lo que te molesta. Es su vacío. Es esa manera de decirlo todo sin decir nada, de clausurar cualquier discusión con una evidencia que no explica, que no ilumina, que apenas se defiende.

Y entonces uno comprende —con una lucidez que también cansa— que hay personas que no buscan ser entendidas, sino simplemente dejar de ser cuestionadas.

Y eso, quizás, es la forma más silenciosa de la derrota.

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