Un año no es un siglo, pero a veces pesa como si lo fuera.
Hay años que transcurren con la ligereza de una página apenas leída, y otros —raros, obstinados— que se demoran en cada instante, como si quisieran enseñarnos algo que no estamos dispuestos a aprender. El calendario insiste en su aritmética: doce meses, trescientos sesenta y cinco días, una cifra cerrada. Pero el tiempo, que es menos dócil que los números, se bifurca en percepciones, en recuerdos, en olvidos.
He sospechado, no sin cierta melancolía, que un año puede contener la sustancia de un siglo si en él se concentran las pérdidas necesarias, los descubrimientos inútiles y las revelaciones que nadie pidió. También lo contrario: que un siglo entero puede disolverse en la monotonía de días idénticos, sin que nada merezca ser recordado.
Quizá la trampa esté en creer que el tiempo es una medida y no una experiencia. El reloj nos miente con precisión. El alma, en cambio, carece de unidades: sólo reconoce intensidades.
Así, un año no es un siglo. Pero puede serlo en la memoria, que es el único territorio donde el tiempo, finalmente, se vuelve verdadero.
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