Me dispensan; soledad, indiferencia, intranquilidad, ausencias. Esto duele, pero duele mucho.
En alguna oficina sin ventanas —o quizás en el fondo impreciso de una conciencia que ya no distingue entre trámite y existencia— alguien ha firmado, sin leer, la dispensa. No hay sello visible, pero su efecto es irrevocable: se le conceden al solicitante la soledad, la indiferencia, la intranquilidad y las ausencias. Todo en regla. Todo en orden. Nadie recuerda haber iniciado el expediente.
Desde entonces, el mundo continúa, pero lo hace con una leve falla, como si cada objeto hubiese sido apenas desplazado de su lugar original. Las sillas no esperan, las puertas no conducen, y los rostros —antes familiares— se repliegan en una neutralidad burocrática. Nadie niega nada; simplemente no hay respuesta.
La soledad no llega como un golpe, sino como una confirmación administrativa: usted está solo, según consta en actas. La indiferencia, por su parte, no es hostil; es más bien un silencio educado, una ausencia de objeción que vuelve innecesaria toda esperanza. Y la intranquilidad… la intranquilidad es ese murmullo constante de fondo, como un expediente que nunca termina de cerrarse, un trámite que exige presencia sin ofrecer resolución.
Las ausencias son las más precisas. Ocupan el lugar exacto de lo que falta. No hay error en su disposición. Están donde deberían estar las voces, los gestos, las certezas. Uno aprende a rodearlas, a no tocarlas demasiado, como si fuesen documentos frágiles que podrían desintegrarse al mínimo contacto.
Y sin embargo, duele.
Duele de una manera que no admite reclamo formal. No hay ventanilla donde presentar la queja, ni funcionario que la reciba. El dolor no figura en los registros; no tiene número de seguimiento. Es un exceso, una anomalía que el sistema tolera sin reconocer.
Tal vez, en algún archivo olvidado, exista una nota marginal que explique todo esto. Pero encontrarla implicaría iniciar un nuevo trámite, y uno ya sospecha —con una certeza que no necesita pruebas— que también ese intento terminará en una sala de espera sin nombre, donde el tiempo no avanza y nadie llama.
Entonces, uno permanece.
Con la dispensa concedida.
Con el dolor intacto.
Y con la vaga impresión de que, en algún momento, sin saber cómo, firmó su conformidad.
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