El cielo de Kelarion 5 no era un cielo propiamente dicho.
Era una cúpula de nubes de plasma verde que se movían con lentitud, como si respiraran. Bajo esa luz viscosa, Sianthra Varenn —Sia para los amigos— se inclinaba sobre la montura oscura que era Ezek, acariciando con la palma enguantada las placas frías de su cuello.
El Nebudrak resopló un aliento cargado de ozono y chispas violetas.
Aquel sonido era la señal: habían encontrado algo.
—“Ahí abajo…” —murmuró Sia, señalando un corte en la corteza rocosa—. “No es una ruina común”.
La caravana de cabalgantes se detuvo sobre una meseta suspendida en el aire gracias a corrientes gravitatorias inestables. Los Nebudraks se balanceaban como hipocampos bajo el agua, flotando en una corriente invisible. Tull Marr desmontó el suyo con la rigidez propia de un soldado que nunca deja de serlo.
—“Parece un silo… o un mausoleo”. —Su voz tenía esa mezcla de desconfianza y nostalgia de quien ha visto demasiadas trampas.
Sia descendió por la grieta. El aire estaba más frío que afuera, olía a hierro y polvo antiguo. Entre los restos de paneles corroídos encontró un objeto triangular, grabado con runas de navegación arcaicas. Era ligero, como si no tuviera masa, pero al tocarlo sintió un tirón leve en el estómago.
El mapa.
O al menos, un fragmento de él.
Azariel.
Esa palabra llevaba años colgando de los cuentos que le habían contado de niña, casi como una fábula: un mundo prístino, refugio original de los humanos antes de que la galaxia los esparciera. Siendo este mundo de fantasía, ahora, la única tierra donde podían dejar de huir. Pero en cuanto guardó el fragmento, Ezek emitió un bramido grave. El plasma verde sobre sus cabezas se agitó como si algo inmenso lo empujara.
—“Sangradores…” —susurró Tull.
Eran rápidos, deformes, con piel translúcida y bocas armadas de aguijones. Criaturas moldeadas para una sola función: cazar Nebudraks. Y detrás de ellos, inevitable, vendría la señora Keth Vossum. No había guerra más extraña que la de los cabalgantes. No había tierra firme, ni trincheras, ni frentes. La batalla ocurría suspendida en las corrientes de plasma, donde Nebudraks de varios cientos de metros embestían con arneses gravitatorios y lanzas de energía oscura. En esas corrientes, Sia maniobraba a Ezek como si fueran una sola criatura. Cada giro implicaba sentir el peso de las mareas de radiación en sus huesos. Cada embate contra un Sangrador la acercaba un paso a perderlo todo.
En medio de un combate particularmente feroz, vio a un hombre joven atrapado entre los restos flotantes de un Nebudrak moribundo. Su piel tenía un tono que no era humano, y sus ojos brillaban como brasas apagadas.
—“¿Eres tú el Príncipe-Ángel?” —preguntó Sia cuando logró acercarse.
El hombre sonrió sin candor.
—“Depende de quién me lo pregunte”.
Tull intervino. —“¡No tenemos tiempo para juegos!”.
Pero Fes Alunar, porque así se llamaba, ya había puesto las manos sobre la piel del Nebudrak agonizante. Cerró los ojos y habló como quien escucha una voz en otra habitación:
—“Azariel no es un planeta. Es… pensamiento condensado. Una estación orbital donde la materia no es necesaria. Está más allá del brazo oscuro de la galaxia”.
Tull la miró con una mezcla de miedo y reconocimiento.
—“Yo estuve en sus defensas. Y desobedecí. Salvé a tu madre, Sia”.
Aquello la golpeó con más fuerza que cualquier lanza enemiga. No respondió. No había tiempo para procesar.
La travesía hacia el brazo oscuro les obligó a entrar en la Corriente Caronte. Allí, el tiempo y la materia se curvaban como agua bajo viento. Las distancias se rompían; a veces podían ver a sus perseguidores delante de ellos, otras detrás y otras aún… dentro. La señora Keth no se detuvo. Su clan “El Rojogénesis” cabalgaba Nebudraks más pálidos, sus monturas resonando con una frecuencia que erizaba la piel. El ataque final llegó cuando la corriente se estrechaba. Sangradores y cabalgantes enemigos convergieron. Ezek recibió un impacto de lanza gravitatoria en el costado. La vibración le atravesó hasta la médula.
—“¡No!” —Sia intentó sostenerlo, pero el Nebudrak ya había tomado su decisión. Sus ojos brillaron con un fulgor blanco, y con el último latido de su corazón abrió un atajo dimensional. Todo se volvió líquido. Luz y oscuridad se entremezclaron, y Sia sintió que su propio cuerpo se despegaba de sí mismo. En ese limbo de no-tiempo, la señora Keth apareció frente a ella. No caminó: emergió, como un recuerdo que se impone.
—“Siempre supe que llegarías aquí, niña”. —Su voz era un canto grave, casi maternal.
Sia no respondió. La lanza estaba firme en sus manos, pero el duelo no comenzó con acero, sino con el pensamiento. Imágenes de su infancia, de su madre, de noches sin dormir, se intercalaron con recuerdos que no eran suyos: la niñez de Keth, el hambre, la pérdida de sus propios Nebudraks, su odio hacia lo que consideraba debilidad humana. Cada golpe mental robaba algo. En un instante, Sia sintió que olvidaba el rostro de Ezek. En otro, que ya no recordaba su voz cuando gritó por primera vez en combate. Finalmente, logró atravesar la defensa de Keth, no con violencia, sino soltando una imagen: un recuerdo de ella y su madre riendo en un mundo de aguas azules. Keth se quebró. Su lanza cayó.
Pero parte de Sia se disolvió en la memoria compartida. No volvió a ser la misma.
Cuando salió del limbo, estaba sola. El atajo dimensional se había abierto frente a una estructura imposible: un anillo colosal orbitando un sol que no emitía luz visible. Desde fuera parecía muerto, pero dentro…
Dentro estaba Azariel.
No había calles, ni casas, sino mares de energía. Millones de conciencias humanas flotaban como corrientes brillantes, y cuando Sia entró, sintió voces que la reconocían. Eran los antiguos, los que nunca habían muerto, sino que se habían convertido en patrones puros de pensamiento.
—“Puedes quedarte aquí” —dijo una voz —. “Olvidar el dolor, vivir eternamente en la memoria compartida”.
Sia miró hacia atrás. Su clan esperaba, cansado y roto. Habían perdido demasiado. Pero seguir siendo materia significaba volver al hambre, a la lucha, a la muerte.
—“Volvemos” —dijo ella.
Azariel no protestó. Simplemente les abrió un corredor hacia un punto seguro de la galaxia. Mientras salían, Sia sintió que algo en la estación se agitaba. Como si hubieran despertado a alguien más. El regreso no fue una celebración. Los Cabalgantes sabían que el viaje a Azariel había cambiado cosas que no podían nombrar. Las corrientes de plasma parecían más inestables, los cielos más densos. Y en los murmullos de las transmisiones lejanas, ya se hablaba de razas prehumanas que habían detectado su rastro. Sia acarició el lugar donde Ezek había llevado el arnés. No quedaba nada físico, pero sí el recuerdo… aunque borroso, incompleto.
Alzó la vista al horizonte. No sabía si habían encontrado un refugio o simplemente una nueva frontera para morir. Pero el clan seguía cabalgando. Y mientras eso fuera así, aún quedaba un hilo de esperanza.
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