El individuo —ese héroe silencioso— queda entonces atrapado entre tres ficciones: el salario que cobra, el salario que cree merecer, y el salario que necesitaría. Entre ellas se abre una grieta más profunda que cualquier disputa política.

Porque la verdad —incómoda, casi indecente— es esta: En la Argentina actual, vivir dignamente exige al menos entre $1.5 y $2.5 millones mensuales por persona adulta, dependiendo de si uno habita en la resignación o en cierta ilusión de bienestar.

Todo lo demás es retórica.

Los gobiernos —todos, sin excepción— administran cifras como si fueran realidades. Pero el ciudadano administra carencias como si fueran destino. Y en ese intercambio desigual, la economía se vuelve una forma de metafísica: una doctrina que promete orden donde solo hay incertidumbre. Así, el salario deja de ser una retribución y se convierte en una pregunta.

No “¿cuánto gano?”, sino: ¿cuánto necesito para sostener la ficción de que vivir todavía es posible?

Y acaso la respuesta no esté en el número, sino en aceptar que el número nunca alcanzará.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS