La lógica es inalterable, pero no puede resistir a un hombre que quiere vivir. Kafka
Hay una forma de desesperación que no se declara en gritos ni en gestos, sino en la íntima convicción de que el mundo —ese vasto mecanismo de causas y efectos— está regido por una arquitectura inflexible. A esa arquitectura la llamamos lógica, como si al nombrarla la volviéramos más humana, más dócil. Pero la lógica no nos pertenece: es anterior a nosotros, como las estrellas, y acaso sobrevivirá a nuestra especie con la misma indiferencia con que los números ignoran a quienes los pronuncian.
Se diría que la lógica es inalterable. Y lo es, en el plano abstracto donde las proposiciones no sangran y los silogismos no conocen el miedo. Allí, todo es necesario. Allí, el error no es trágico sino simplemente falso. Sin embargo, en el confuso territorio de la vida —ese laberinto sin centro que cada hombre recorre como si fuera único— la lógica encuentra un adversario inesperado: la voluntad de persistir.
Un hombre que quiere vivir no refuta la lógica; la elude. No la contradice; la desgasta. Sabe, en algún rincón de su conciencia, que los argumentos pueden conducirlo a conclusiones insoportables: que toda lucha es inútil, que todo esfuerzo es efímero, que incluso su memoria será borrada por la lenta erosión del tiempo. Y, sin embargo, insiste. Como si en esa insistencia hubiera una forma secreta de conocimiento, una intuición que no puede traducirse en palabras ni en teoremas.
Imagino —porque toda reflexión es, en el fondo, una conjetura— que la lógica se parece a esos espejos enfrentados que multiplican la imagen hasta el vértigo. Cada reflejo es exacto, irrefutable, y sin embargo ninguno agota la realidad del objeto que duplican. El hombre, en cambio, es el gesto que rompe esa simetría: una mano que se interpone, una respiración que empaña el cristal, una obstinación que introduce lo imprevisible en el reino de lo necesario.
No hay victoria en ese gesto. La lógica no se rinde; simplemente espera. Pero tampoco hay derrota. Porque mientras exista un hombre que quiera vivir —no por razones, sino a pesar de ellas— el universo no será del todo lógico. Y en esa mínima fisura, en esa grieta casi imperceptible, se cifra acaso la única forma de libertad que nos ha sido concedida.
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