Hace años, la paz que hoy me habita no era más que un anhelo lejano. Recuerdo el peso constante de la angustia, esa sombra que me interrogaba en silencio sobre cómo sostener aquello que me acomplejaba.
La cima se antojaba inalcanzable. La pendiente era tan abrupta que, en más de una ocasión, hice de las piedras mi hogar; me instalé en los riscos del camino, no para avanzar, sino para ocultarme de un fracaso que, aun así, yacía inminente.
Tardé tiempo en comprender que la vida no consiste en esquivar el dolor, sino en rodearlo con los brazos, reconocerlo y, finalmente, dejar que se disuelva en nosotros.
Fueron necesarias más de cien noches de naufragio y días de una lentitud infinita para que, por fin, brotara de nuevo lo que creí lejano.
la música de las carcajadas, el rito de caminar solo por el placer de observar y la liturgia de unos chocolates fundiéndose bajo el fuego de un atardecer.
He descubierto que la soledad es, a veces, la maestra más lúcida. Ella nos susurra que una felicidad perpetua terminaría por marchitar los sentidos; necesitamos el contraste para estar vivos.
Platón intuía que nuestra alma es una viajera eterna que atraviesa cada herida y cada gozo de la experiencia humana solo para aprender, preparándose para el vuelo final hacia el Topos Uranus, ese paraíso de luz absoluta.
Por ello, mientras mi alma conserve su hambre de mundo, la dejaré extraviarse y encontrarse en cada rincón de la existencia. Beberé de la calma cuando me sea dada, pero sabré esperar, con el corazón sereno, a que la tempestad también me enseñe su secreto.
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