Digo o trato decir. El último pájaro quedará con vida cuando yo ya no respire, cuando ya no sepa quién era.

Hay en esa frase una paradoja que no es sólo poética sino ontológica: el último pájaro sobrevivirá no al mundo, sino a la conciencia que lo nombra. Como si la extinción no fuese un hecho biológico, sino un problema de memoria.

Recuerdo —o creo recordar— un pasaje de aquel libro, en el que el universo entero cabe en un punto y, sin embargo, ese punto depende de quien lo mira. Del mismo modo, ese último pájaro que usted invoca acaso no exista en sí mismo, sino en la tenue persistencia de su recuerdo en mí. Cuando yo deje de respirar, no será sólo un cuerpo el que se extinga, sino también la forma particular en que el mundo —y ese pájaro— fue ordenado.

Decir “cuando ya no sepa quién era” introduce una segunda y más inquietante disolución. No basta con morir: hay que olvidar antes de morir. La identidad, esa suma precaria de hábitos, nombres y espejos, se deshace antes que la carne. Así, el último pájaro no será testigo de la muerte del hombre, sino de su desaparición como narrador. Y sin narrador, no hay historia; sin historia, no hay último.

Podríamos imaginar —en la fatigada tradición de las herejías metafísicas— que ese pájaro es también una proyección, un doble, una cifra. Tal vez no sea un ave sino el residuo mínimo de lo humano: una conciencia reducida a su forma más elemental, un latido sin lenguaje. En ese sentido, cuando usted afirma que quedará con vida “cuando ya no sepa quién era”, está postulando una supervivencia sin identidad, una eternidad sin sujeto.

Pero hay otra posibilidad, más secreta y acaso más terrible. Que ese último pájaro no sobreviva a usted, sino que dependa de su olvido para existir. Que sólo cuando usted deje de saber quién fue, el pájaro pueda, por fin, ser. Como si la memoria humana fuese un obstáculo, una forma de posesión indebida del mundo.

No sé cuál de estas conjeturas es la verdadera. Sospecho —como sospechaba no recuerdo quien— que la verdad no es una, o que no nos está destinada. Queda, sin embargo, la imagen: un pájaro último, suspendido en un cielo sin testigos, que no canta porque no hay ya quien pueda oírlo, y que tal vez, en ese silencio absoluto, sea finalmente libre.

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