Porque el Amor no se resigna a perderte

Yo respeto que no creas, de verdad que lo respeto. No lo digo como quien concede algo desde arriba, sino como quien conoce demasiado bien la noche. Porque también yo he dudado, también he mirado el cielo esperando una respuesta que no llegaba, también he sentido que el mundo era apenas una suma de casualidades sin abrazo final.

Uno aprende rápido a vivir sin milagros. El tiempo se encarga de enseñarlo: los afectos se desgastan, las promesas envejecen, los cuerpos se cansan y las despedidas llegan siempre antes de que estemos preparados. Entonces parece más prudente pensar que todo termina donde termina la materia, que amar es hermoso pero inútil, que la muerte tiene la última palabra y conviene no discutirle. Lo entiendo, de verdad lo entiendo, porque esa manera de mirar la vida también pasó alguna vez por mi corazón.

Pero hay algo que me cuesta callar. Porque una vez – no sabría decir cuándo – empecé a sospechar que la historia no estaba cerrada, que detrás del dolor humano había una ternura obstinada negándose a retirarse del mundo. Y esa sospecha tomó un nombre: Jesús. No como idea ni como consuelo aprendido, sino como presencia; como alguien que conoce nuestras derrotas desde adentro, alguien que aceptó el abandono, la injusticia y el miedo hasta el extremo de morir solo, para que ninguna soledad humana volviera a ser absoluta.

Porque uno sospecha que Dios, en su infinita elegancia, elige siempre el disfraz de lo perdido. Lo imagino a Jesús no en el trueno, sino en el cansancio del que vuelve de laburar, en el brillo de una mirada que todavía sabe perdonar lo imperdonable, y en ese resto de esperanza que nos queda en el fondo del bolsillo cuando ya entregamos todas las banderas. Es un Dios que se tutea con nuestra miseria, que se sienta a la mesa de los que perdieron el juicio y de los que perdieron el amor, para decirles que en su Reino, los últimos son los que tienen el mejor lugar en la tertulia.

Cuando lo clavaron en la cruz, el mundo pareció confirmar todas las teorías del desencanto: el bien pierde, la violencia gana, la esperanza es ingenua. La piedra del sepulcro fue, en apariencia, el triunfo definitivo del sentido común, el momento en que todo parecía terminado y ya no quedaban argumentos para seguir esperando. Y sin embargo ocurrió lo imposible. No una revancha ruidosa ni un gesto de poder, sino algo más hondo y más difícil de comprender: el Amor se negó a morir. Dios lo levantó, no para imponerse sobre nadie, sino para decir, con una delicadeza casi insoportable, que nada amado se pierde para siempre.

Desde entonces camino distinto. No mejor, no más seguro, pero acompañado. Y ahí aparece mi tristeza, que no es amarga ni desesperada, sino una especie de nostalgia suave por vos, por tantos, por todos los que miran el mundo sin sospechar que alguien los ama hasta el extremo de haber atravesado la muerte por ellos. No pienso que estés equivocado por no creer; solo pienso, y lo digo con cuidado, casi en voz baja, en todo lo que quizá todavía no pudiste descubrir.

Porque creer no es tener respuestas ni vivir sin dudas; es descubrir que incluso en el fracaso alguien permanece. Es saber que el perdón existe aunque nadie lo merezca y que, cuando todo parece terminado, todavía hay una puerta abierta que no depende de nuestra fuerza. A veces, mientras camino entre la gente, imagino que Cristo sigue pasando desapercibido, sentado en un banco cualquiera, acompañando silencios, tocando corazones sin hacer ruido. Y me duele pensar que muchos pasan a su lado sin reconocerlo, como quien atraviesa un jardín sin notar el perfume de las flores.

A veces pienso que la fe no es más que una forma de la memoria: acordarse de que fuimos soñados antes de ser nacidos. Y que ese Jesús que camina por el empedrado, a veces nos toca el brazo a través del gesto de un extraño o de un silencio que, de golpe, se llena de paz. No es que el mundo deje de doler, es que el dolor deja de tener la última palabra. Es descubrir que, en el ajedrez del universo, la Muerte creyó dar un jaque mate, pero no vio que el Maestro guardaba un movimiento secreto, una jugada de amor puro que dio vuelta la partida para siempre.

A veces también tengo miedo de estar equivocado. No lo digo para convencerte, sino porque la fe no me volvió invencible: sigo siendo el mismo hombre que se despierta de madrugada preguntándose por los que ama, el mismo que conoce la angustia de no poder proteger a todos, el mismo que siente que la vida es demasiado frágil para sostenerla solo con las propias manos. Y sin embargo, en medio de esa incertidumbre, hay algo que permanece, una calma inexplicable que llega sin razones, como si alguien velara en silencio mientras dormimos. Entonces entiendo que creer no es escapar del dolor, sino descubrir que incluso nuestras lágrimas son vistas, que ninguna noche es completamente oscura para quien ha sido amado primero.

No es culpa de nadie, porque el amor verdadero nunca se impone. Pero yo lo he sentido, y por eso, cuando respeto tu incredulidad, lo hago con una mezcla extraña de paz y de pena: la paz de saber que Dios también te espera sin apuro, y la pena suave de quien contempla una mesa servida y ve una silla todavía vacía.

No me entristece que no creas; me entristece imaginar cuánto consuelo todavía no te abrazó. Porque desde que descubrí que Dios no se cansa de nosotros, incluso cuando nosotros nos cansamos de todo, ya no puedo mirar a nadie sin pensar que cada vida es infinitamente querida, también la tuya. Y a veces, mientras el mundo sigue su ruido, siento una emoción inexplicable, como si el cielo mismo esperara pacientemente el instante en que descubras que nunca estuviste afuera.

Porque al final, el Amor no es algo que se impone, sino alguien que te espera. Y ese Amor, simplemente, no sabe cómo resignarse a perderte.

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