Hay una especie —no catalogada aún por la zoología ni por la metafísica— cuya persistencia desconcierta tanto como su inmutabilidad. El pelotudo, si se me permite la precisión del término, no deviene: es. No progresa hacia formas superiores ni declina hacia estados más simples; habita, más bien, una suerte de eternidad doméstica, una repetición de sí mismo que recuerda —aunque de manera grotesca— a las ideas platónicas.

He sospechado, no sin cierta melancolía, que su condición no es meramente circunstancial. No se trata de un error corregible, de un lapsus del carácter o de una distracción del juicio. Hay en el pelotudo una coherencia interna, una lógica cerrada que resiste tanto la experiencia como la evidencia. Como ciertos laberintos, no está hecho para ser recorrido sino para extraviar a quien lo enfrenta.

La ciencia, con su fe casi religiosa en el porvenir, promete soluciones. Imagina —quizá con exceso de optimismo— que en algún pliegue del tiempo hallará la fórmula, el suero o la ecuación capaz de redimir a estas criaturas. Pero esa esperanza, me temo, pertenece al mismo orden que las utopías: es decir, al de las ficciones necesarias. Los tiempos de la ciencia no coinciden con los tiempos del hombre común, y mucho menos con los del pelotudo, cuya eternidad es inmediata y cotidiana.

Acaso la verdadera tragedia no sea su existencia, sino nuestra convivencia con ella. Porque si el pelotudo es, como he sugerido, una forma estable del universo, entonces nuestra inteligencia —esa precaria lucidez que nos separa de él— no es más que un accidente pasajero. Y tal vez, en un futuro remoto que no nos será dado presenciar, la ciencia no descubra la cura del pelotudo, sino la evidencia de que nunca hubo enfermedad alguna.

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