Podría decir —con una serenidad que no tengo— que la preocupación por la inteligencia ajena es una forma elegante del desconsuelo propio. Sin embargo, la sangre, ese antiguo argumento, insiste. No elegí a mis hermanas; me fueron dadas como una herencia que no figura en ningún testamento, pero que pesa más que cualquier propiedad.

Me inquieta su torpeza, sí, pero no tanto por ellas como por el espejo involuntario que me ofrecen. ¿No será que en su obstinación, en su ceguera reiterada, hay algo que también me pertenece? La familia es un laberinto sin arquitecto visible: uno cree avanzar hacia la lucidez y, de pronto, descubre que ha repetido los mismos pasos, los mismos errores, apenas con una retórica más cuidada.

He pensado —no sin cierta crueldad— que la inteligencia es una forma de la soledad. Quien ve demasiado termina condenado a convivir con lo que ve, mientras los otros, más felices o más ligeros, atraviesan el mundo sin registrar sus grietas. Mis hermanas, en su aparente simpleza, quizá han sido inmunes a ciertas desesperaciones que a mí me resultan inevitables.

No obstante, hay días en que esa indulgencia filosófica se quiebra. Entonces las juzgo. Entonces me impaciento. Entonces las llamo, en silencio, idiotas. Pero incluso en ese gesto hay algo de derrota: nombrarlas así no las modifica; apenas me delata.

Tal vez el problema no sea su falta de entendimiento, sino mi expectativa de que lo tengan. Tal vez el error —si es que existe uno— sea exigir simetría donde sólo hay azar.

Al final, sospecho que no me preocupan ellas, sino la imposibilidad de escapar de ese vínculo. Porque uno puede olvidar ciudades, libros, incluso rostros; pero la familia persiste, como una cifra que no logramos descifrar del todo y que, sin embargo, nos define.

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