Oda de bloques y horizonte

Oda de bloques y horizonte

BB Andrés Gil

03/04/2026

Amo este mundo hecho de cubos humildes,
de tierra que cabe en la palma
y sin embargo sostiene montañas.

Entro,
y el silencio tiene forma de píxel,
de cielo cuadrado que se abre
como una promesa sin bordes.

Golpeo la piedra
con una insistencia casi primitiva,
y de su resistencia nace el refugio,
la primera noche,
el primer fuego que tiembla
como si también dudara.

Hay algo en cavar hacia abajo
que se parece a buscarse.
Cada capa,
cada mineral escondido en la penumbra,
es una respuesta que no sabía que esperaba.

Y cuando encuentro el brillo —
ese diamante imposible,
esa luz detenida en la oscuridad—
no es riqueza lo que siento,
sino una alegría antigua,
como si el mundo me reconociera.

He construido torres que no llevan a nada,
puentes que cruzan vacíos innecesarios,
casas donde nadie vive
y, sin embargo, respiran.

Porque crear aquí
no es ordenar el caos,
es acariciarlo.

Los árboles caen con una paciencia dócil,
los ríos se dejan guiar por mis pasos torpes,
y hasta el peligro —
esas sombras que se acercan sin ruido—
tiene la ternura de lo inevitable.

Juego,
y en ese gesto sencillo
se me revela otra forma del tiempo:

no el que apura,
no el que exige,
sino el que se queda conmigo
mientras coloco un bloque más.

Y entonces comprendo
—sin palabras, sin urgencia—
que este mundo no me pertenece.

Soy yo
quien, por un rato,
pertenece a él.

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