El amanecer radiante se profundizaba en el horizonte; combinada con los rayos del sol que se impregnaba en las casas del barrio San Mateo, expresaban el maravilloso día. A la par del viento moderado movía suavemente las hojas de las plantas, donde se distinguían pájaros que trinaban sus cantos peculiares. Además, se notaban mariposas que tomaban las pequeñas gotas de rocío caídos sobre el pasto de forma paralela el cantar del gallo hacía sentir su presencia en unas de las viviendas de los vecinos.
La ventana de la casa de José, fue invadido por los látigos del sol, en esos instantes, él se movía con enfado, porque un día antes desvelo en compañía de sus amigos. Por eso el sueño era persistente, en eso cogió un extremo de su sábana y se recostó. Sin embargo, ingreso una llamada a su celular; esto le hizo generar un sobresalto de su cama, a tal punto que cuando iba a coger su teléfono, le soltó inconscientemente, cayendo al piso de tierra, por fortuna el celular no se dañó. Lo cogió muy rápido. Al responder con temor y desgano, le saludó a su interlocutora, era su tía Carmela,
—Buen día, sobrino, espero que ya estés en este mundo terrestre—dijo con tono de broma.
—Sí, tía, buenos días. Ando con un desgano terrible, pero si ya estoy motivado para comenzar el día—dijo José con una sonrisa a medio rostro.
—Qué bueno, sobrino, te quería glosar que un vecino ha rescatado unos ejemplares de Shamiros (Psittacara erythrogenys). Lo tiene en su casa de la localidad y desea regalarlo; como sé del amor a los animales, te lo comentó, dijo alegre la tía.
Gracias, tía, le comentaré a mi mamá, y espero visitarte pronto. Atinó a responder.
Después de unos minutos de conversación sobre otros temas de interés, ambos se despidieron por el hilo telefónico.
José tomó la decisión de realizar el viaje a la localidad de “Alto el sol”, un lugar conocido por él, pues ahí vivió años atrás, y desde ese lugar lo había llamado su tía. Por supuesto, debía contar con el permiso de sus padres, porque aún era dependiente de ellos y estaba en etapa de colegial. Por cierto, ya era casi fin de año, la quincena de diciembre. En esos días, se hacían jornadas de recuperación y exámenes orales, para así no quedar con cursos a cargo o desaprobados.
Antes de partir a la localidad, el joven llamó a su tía para conocer mayores detalles sobre las pequeñas aves. Ella le manifestó que los tenía un vecino de nombre Rider, que vivía en dos casas de la de ella. Además, le comentó que tiene varios ejemplares y, si demora mucho en venir, tal vez ya no le encuentres.
Al levantarse de su lecho, salió a su lavadero, se lavó sus dientes y su rostro apresuradamente, seguido de lo cual cogió una toalla de mano que estaba adherida en un colgador de la pared.
Después de una plática con su papá Francisco y su mamá Carmela, obtuvo el permiso de sus padres. No habiendo más que perder el tiempo, cogió una mochila de color negro, que utilizaba para llevar sus útiles al colegio y, además, hacer diversos viajes de aventura a la selva.
Luego, se dirigió a su huerta; ahí les encontró a sus aves de corral que estaban alborotando el gallinero. Por una esquina estaba el gallo ají seco, su despertador de todos los días. Solo le atinó una sonrisa y gracias por interrumpir mis sueños, le dijo en son de burla José. Adelantado unos pasos más, cogió algunas prendas que estaban en el tendal y con cuidado las acomodó en su mochila.
Al llegar a la cocina se encontró con Carmela. Ella estaba preparando el café y otras delicias para el desayuno; en la familia se daba vital importancia a los primeros alimentos del día. Se sirvió una taza y cogió unos panes del armario. De paso le saco un pedazo de queso y le llamo a su perro Hachico; con un tono de silbido, se abalanzó al pie de su amo, le puso en su plato de loza y en un santiamén lo engulló.
—Hijo, ¿harás de todo modo el viaje a Alto el Sol? —preguntó Carmela.
—Sí, mamá, espero su permiso, porque se trata de un viaje importante —contestó José.
—No, hijo, al contrario, te doy mi bendición y que todo lo que tienes pensado se cumpla de manera adecuada —complementó la dulce madre.
Claudia, con un beso en la frente, selló la conversación con su hijo y, unos minutos después, habiendo terminado su desayuno, se dirigió a su habitación para sacar unas monedas y billetes que tenía en su alcancía. No le tomó mucho tiempo, ya que le hizo un gran agujero a su chanchito de yeso. Una vez culminado, metió el dinero en su morral de cuero, dio un giro, cogió su gorra del perchero y listo.
¡Vamos de viaje! Expresó José.
EL MOTOTAXISTA
Al día siguiente, después de una conversación con su padre y con un abrazo. José salió al umbral de su casa para esperar un mototaxi. Ya habían transcurrido cinco minutos, y no se aproximaba ningún vehículo; eso generaba ciertas hondas preocupaciones en él. Adelantó unos pasos y se puso en medio de la calle, y desde ahí hizo un silbido, obteniendo respuesta de uno de ellos. Al llegar a su lado, el mototaxista pudo percatarse de que al conductor le faltaba una de sus piernas. Le miró con mucha gratitud, con respeto y con la máxima consideración que tiene por todas las personas. Le pidió su servicio con sutil amabilidad y se subió.
Durante el recorrido de su casa a la agencia de autos, José abrió la conversación con su chofer de turno:
—Señor, espero que le esté yendo bien hoy, porque es un excelente día soleado, y no como el día de ayer, que una lluvia imparable afectó diversas viviendas —expresó el adolescente.
—Gracias, jovencito, no me puedo quedar del día; hasta el momento me está yendo de maravillas, y sé que usted será parte de este día, que va a ser uno de los mejores —dijo el señor conductor con tono amable y risueño.
—Por cierto, eres muy hábil para conducir el vehículo —mencionó José.
—Ya conduzco por más de diez años, con fe y gracias a un buen mecánico que logró adaptar a mis necesidades el sistema de caja de cambios del pedal a mano. Lo hizo excelente —dijo el señor.
Y así se pasaron conversando a la par de los sonidos exagerados de las motos junto a ellos; sin embargo, se desvió la conversación por unos instantes.
Se notó más adelante que los vehículos estaban detenidos frente a un semáforo; el tráfico en la vía era notorio. El joven José buscó la razón de aquel tráfico vehicular, hasta que vio a una señora en silla de ruedas intentando cruzar la calle, razón por la cual se detuvieron los vehículos. La gente mostraba indiferencia ante tal escena. En eso, José se bajó rápidamente del mototaxi; al llegar al punto, cogió el manubrio de la silla de ruedas y empujó unos metros; hasta llegó al otro lado de la calle y utilizó la rampa que, por suerte, había en esa acera.
Contento de su acción y teniendo a la señora segura y salva, el joven regresó a ocupar su lugar en el trimóvil. Al alejarse, vio a la señora levantando las dos manos en señal de despedida y gratitud por el apoyo recibido. Tan buena fue la acción que, de forma sorpresiva, se puso sobre el techo del motokar un ave, emitiendo un cántico festivo en agrado del buen actuar.
José quiso atraparlo, pero, con el instinto de un canino y la agilidad de una tortuga, se fugó dando un grito de alegría; en eso se hizo notar en coro los pitidos de los vehículos. Entonces, el mototaxista volvió a encender su motor y raudamente se puso en marcha.
—Qué buen gesto y qué grata compañía tuvimos de ese pajarito; todos deberíamos ser siempre así, gentiles y serviciales con los demás —dijo el conductor, mostrando amor en su rostro.
—En verdad, lo hice sin pensarlo y con amor; es que la señora se veía un poco asustada y necesitaba de alguien que la ayudara; seguro que usted hubiera hecho lo mismo —le dijo con firmeza José.
Claro, ahora no puedo; recuerdo que lo hacía antes de que me ocurriera el accidente en una zona minera informal, donde una fuerte explosión ocasionó que perdiera una pierna y a unos amigos del trabajo.
Sin embargo, soy servicial con las personas, sin necesidad de recibir nada a cambio.
—Me disculpo por hacerle recordar ese trágico episodio de su vida; en verdad lo lamento —dijo José.
—No te preocupes, el tiempo y la distancia son amigos que ayudan a superar los malos momentos en la vida, porque uno aprende con los sufrimientos de la vida, y por eso debemos continuar —dijo el conductor.
—Es admirable su forma de ver la vida a pesar de lo que ha pasado —replicó José, sintiéndose conmovido por las palabras y la fortaleza que el conductor reflejaba en su ser.
Sin lugar a dudas, la adversidad nos enseña. Aunque el camino esté sembrado de piedras, siempre hay un aprendizaje en cada tropiezo. Está permitido caerse, pero acostumbrarse al suelo, eso sí no.
—La señora a la que ayudaste hoy tal vez sintió un rayo de esperanza en su día. A veces, un pequeño gesto puede cambiar la perspectiva de alguien que se siente atrapado en su propio sufrimiento, respondió el hombre, con una expresión esperanzadora en su rostro.
José parecía sentirse cada vez más conectado con aquel desconocido. Había algo valioso en ese ser humano que lo hacía meditar profundamente. Era como si la historia del conductor se entrelazara con su propio deseo de hacer el bien, de aportar al mundo un poco de luz en medio de tanta oscuridad.
Ambos quedaron en silencio un momento, tal vez reflexionando sobre el impacto de la vida y lo frágil que podía ser. Los motores de las motos continuaban funcionando, pero esos ruidos estridentes ya no les importaban. Porque estaban inmersos en una conversación que transformó un simple recorrido en una charla encantadora.
—Exactamente. Todos llevamos una carga en la vida, pero eso no debería cerrarnos en nuestra burbuja de dolor e indiferencia. Hay que buscar la conexión humana continuamente —respondió el conductor, sus ojos reflejando un brillo de determinación.
La conversación fluyó. El trayecto se convirtió en un intercambio de sentimientos, a pesar de las diferencias de edades. En un momento se detuvieron; luego el semáforo cambió a verde y, nuevamente, la atención del conductor se centró en la carretera, pero en su interior había una chispa renovada.
José sintió que ese encuentro circunstancial había dejado una marca en su corazón, una semilla de bondad que florecería en sus futuras acciones.
Y así, con el viento acariciando sus rostros, continuaron con su recorrido, conscientes de que cada sencillo acto de empatía podía dejar una huella perdurable en el mundo que compartían.
—Gracias por compartir su historia. Me inspira y me impulsa a ser mejor —dijo el joven con sinceridad.
—No hay de qué, hijo. Recuerda siempre que el verdadero valor de la vida radica en cómo tratamos a los demás. Nunca subestimes un acto de amabilidad; recuerda. Recuerda que cada paso cuenta. La vida nos depara algunas sorpresas, y siempre es tiempo para crear nuevas historias —concluyó el conductor, con una sonrisa que irradiaba esperanza.
Al cabo de minutos inigualables llegaron al paradero. Se bajó de la mototaxi, pagó la carrera y se despidió del buen hombre con un sincero apretón de manos en señal de respeto y gratitud.
EL VIAJE HACIA EL PUERTO
Entonces, se escuchó el llamado de uno de los jaladores de las agencias de transportes; son personas que anuncian las salidas de los autos y ofrecen asientos disponibles. El señor se acercó a trote de caballo y abordó al joven José.
—Buenas tardes, joven. ¿A qué localidad viajarás? — dijo el trabajador.
—A la localidad de Alto el Sol —respondió el joven con tono firme.
—Con usted, completamos. Pásame su mochila; lo pondré en la maletera para que usted se vaya muy cómodo en la cabina —expresó el gentil señor.
Al instante, el conductor de turno se subió al vehículo y, luego de saludar a los pasajeros, puso en marcha el motor de su auto; paralelo a ello, demostrando destreza en el manejo, desplazó el volante y se enrumbo al destino establecido.
El reloj ya marcaba las doce más quince minutos de la tarde. El estómago de José comenzó a crujir, un cordial aviso de que ya era necesario almorzar. Pensó en silencio: «Al estar en el puerto de Las Palmeras, compraré algo para comer; ya es pertinente que entre algo a la panza»; seguido, se recostó su cabeza sobre el revestimiento del asiento.
En el recorrido, se distinguía la vegetación a los lados de la carretera; era frondosa, aunque no se podían distinguir muy bien los detalles porque el vehículo sobrepasaba en esos momentos los noventa kilómetros por hora. Sumido en sus pensamientos, que causaban cierto revuelo en su mente, y más la velocidad a la que iban en ese instante, José se quedó profundamente dormido en el brazo del Dios del sueño.
Tras aproximadamente cuarenta minutos de viaje, el veloz conductor anunció que ya estaban en el Puerto las Palmeras. Con el rabillo del caracol del oído, José escuchó el inoportuno mensaje. Le era difícil despertar y regresar al mundo de los despiertos; estiró sus extremidades como un pequeño gato en el reducido espacio dentro del vehículo y salió.
Observó detenidamente y con atención el panorama del puerto; distinguió que las aguas del río Porvenir andaban tranquilas y más transparentes que nunca; algunas gaviotas y shamiros que serpenteaban con su vuelo por los aires.
Buscó con su mirada el bote que le haría pasar al otro lado del río y notó que se encontraba en la otra orilla. Solo le quedaba ser paciente; se sentó en una de las bancas de madera del puerto que tenían historias interesantes, incluso de amores.
A unos pasos de allí se encontraba erigido un pequeño tambo, que es una construcción de hojas de palmera con maderas resistentes como el puca quiro. Allí también había bancas; dentro de aquel espacio se encontraban varias personas que conversaban alegremente y que, como él, esperaban el bote, que es una embarcación ligera de madera que, gracias a la ayuda de un motor, transporta a las personas de una a otra orilla del río.
Dentro del tambo, resaltaba la presencia de tres señoras que vendían diversos platos típicos de la selva; la más conocida era la señora Chavelita por su forma peculiar de hablar y de demostrar su gran pasión por dar una atención personalizada y preferencial a cada cliente suyo con sus platos típicos de la región.
Todos querían ser los primeros en ser atendidos porque, además de amable, era una mujer simpática y de trato agradable, lo cual, decían, hacía más deliciosos los platos que preparaba.
–Allin sukha. Buenas tardes, joven, espero que esté muy bien —dijo alegremente la simpática negociante.
—Ari, sí, todo bien, señora, espero que a usted le esté yendo de lo mejor —respondió José, con una sonrisa en el rostro.
—Sí, estamos bien en salud y en el negocio también, y usted ha llegado al mejor lugar para satisfacer su apetito voraz —expresó Chavelita sonriendo.
—Por cierto, señora Chavelita, ¿quién te enseñó quechua amazónico? —preguntó el entusiasmado joven. Realmente se había quedado sorprendido por la expresión de bienvenida.
—Mis padres fueron los fundadores de la localidad. Ellos hablaban bien el quechua; yo solo sé un poco, y la peor parte es que, por la falta de práctica, me estoy olvidando de muchas palabras, pero si usted sabe y desea, podemos “conversar” en quechua —aclaró Chavelita.
—Eso sí, y no estamos inculcando eso en los demás, porque también forma parte de nuestra identidad cultural y la promoción de valores en todo momento— acotó José.
—Sí, joven, cuando puedo lo hago, pero es difícil encontrar gente que lo hable; cada vez somos menos conversando en el idioma de nuestros antepasados— aseguró la señora.
Después de conversar de forma amena con Chavelita y haber degustado una comida deliciosa que ella preparaba a diario con sus propias manos, el joven escuchó que se aproximaba el bote motor y atracaba en el puerto.
Los pasajeros esperaron unos momentos para que lo amarren en postes dispuestos para tal fin. Los ocupantes descendieron de la embarcación, descargando todas sus pertenencias.
Al pasar poco más de diez minutos, el bote estaba listo para regresar al otro lado del río. El motorista jaló con fuerza la soga de la manivela del motor y este encendió; tomó el mando de dirección y comenzó a navegar por la ruta de agua cristalina, donde se podían apreciar piedras cubiertas de musgos y peces que serpenteaban con la corriente fresca del río Porvenir.
Ese cruce del bote podría significar todo un espectáculo natural digno de ser descrito por los mejores artistas del planeta, pero que muchas veces los lugareños no valoran.
Al llegar al puerto Ricardo Palma, José pagó el costo del vado, término que se utiliza para describir el traslado desde un puerto al otro. Agradecido por el servicio, cogió su mochila y salió caminando sobre una tabla al estilo puente que servía para desembarcar. Llamó a una mototaxi e indicó el lugar del destino.
AROMA Y GENTILEZA
Después de recorrer solamente tres minutos, llegaron a la primera comunidad de Ricardo Palma. Y luego de dos minutos más de viaje, llegaron por fin a la localidad de “Alto el Sol”. La particularidad que sobresalía en el lugar era el delicioso aroma a cacao que recibía a los visitantes. José estaba encantado de volver.
Llegaron a una esquina; el joven le pidió al conductor que se detuviera; así lo hizo. Al descender de la mototaxi, el conductor se despidió, prosiguiendo con su viaje a la siguiente comunidad.
Al aproximarse a una bodega cercana a la plazuela del lugar, se encontró con un señor sentado en una silla de plástico en el umbral de un negocio. Se llamaba Segundo, de quien quería conocer un poco más de su vida, ya que tenía interesantes historias que contar y era muy conocido en el pueblo.
El saludo cordial es digno de revalorar en las personas del interior. José le extendió la mano a don Segundo y a continuación ingresó al negocio; detrás de la cortina se distinguió la sombra de alguien.
El joven se animó a llamar.
—Buenas tardes, ¿me podría atender, por favor? —dijo con tono amable.
Hizo su aparición ante él la señora Rosa, dueña de la bodega, y a quien él ya conocía, poco, pero la conocía. Ella la recibió, expresando en su rostro la alegría de volver a verlo, mostrando dos filas de perfectos dientes como si fuesen el más puro color del algodón.
—Buenos días, jovencito. —Le dio un cordial saludo y espero que tu estadía sea beneficiosa e inolvidable en nuestro pueblo —expresó la señora Rosita.
—Muy gentil de su parte, señora Rosa. —Por favor, véndeme galletas, yogur y otros dulces —respondió José, con gesto amable y de alegría por haber regresado a la localidad.
—Con gusto te atiendo —dijo la señora.
Doña Rosa ordenó el pedido en una bolsa, con una habilidad propia de expertos. José le canceló el monto indicado; agradeció por el recibimiento y el buen trato. Luego, sin dejar esa amabilidad que también lo caracterizaba, le dijo: Rosa.
—Doña Rosa, ¿me podría prestar un momento una silla? —Por favor, deseo descansar un momento en su vereda y de paso conversar con su señor padre —expresó José. Don Segundo era el papá de doña Rosa.
—Sí, coge, por favor, estás en tu casa —dijo la señora Rosa señalando un lugar donde había disponibles varias sillas y mesas.
—Gracias —respondió José.
Instantes después, el joven se encontró sentado bajo la sombra de una palmera brasileña. Esta planta produce unos frutos similares a la aceituna, pero que no son comestibles. Son plantas ornamentales de poca frondosidad. Aquella palmera estaba muy cerca de la vereda de la bodega. En eso se sentó un loro shamiro; en señal de alegría, emitió un lindo cántico y, al alzarse en vuelo, dejó caer una pluma de sus alas y cayó al suelo. El joven lo guardó en su bolsillo y se sentó en la silla.
Al observar a don Segundo, José vio que estaba leyendo una pequeña Biblia, con suma naturalidad y sin realizar ningún esfuerzo, a pesar de estar cerca de cumplir los cien años. Además, él escuchaba bien, pero tenía dificultad para caminar; siempre utilizaba un bastón de madera con manija de bronce adornada con una bala que trajo del ejército.
Un poco asombrado por el detalle de la lectura. José le preguntó:
—Don Segundo, disculpe que le interrumpa en su lectura. ¿Cómo está la salud?
Con la tranquilidad de un roble y la templanza de una piedra, comentó y dijo:
—Estoy un poco mejor, ya que hace unos días estuve con dolores propios de la edad —sentenció el anciano.
—Me alegra, don Segundo, cuénteme su secreto para estar bien y poder leer un texto tan pequeño y sin lentes a la edad que tiene usted —dijo José sin dejar de sorprenderse.
—Son cinco cosas: acostarse temprano, comer a la hora adecuada, no fumar, no beber licor en exceso y sobre todo no estar apegado a una pantalla, ya sea de celular o de televisión —expresó con tono serio y contundente el nonagenario.
Después de tal manifestación sincera, la luminosidad del sol disminuyó por unos instantes, quedando bajo sombra las calles y las casas modestas del pueblo.
—Con tales confesiones, don Segundo, y la transparencia de decir las cosas, espero seguir su camino para prolongar mi calidad de vida —respondió José.
—La vida está muy acelerada ahora, nos convertimos en esclavos del trabajo y del tiempo, somos inquilinos de nuestros hogares, por lo apartado de ello —dijo don Segundo.
—Es cierto, cada vez nos enfocamos más en la existencia exterior y dejamos nuestro mundo interior al vacío —complementó José.
A veces parece que no tenemos tiempo ni para reflexionar sobre nosotros mismos, pensó José, apoyando la mano en su mentón y pensativo.
Don Segundo asintió con sabiduría.
—La reflexión es algo que se está olvidando, un espacio donde podemos comprendernos y aprender de nuestras experiencias, especialmente de nuestros errores. —explicó el anciano, sus ojos brillando con un fulgor que parecía desafiar su edad.
José sonrió, sintiendo que las palabras del anciano resonaban en él con gran fuerza.
—La naturaleza y los animales nos enseñan mucho en la vida —continuó don Segundo, levantando un dedo como si estuviera sellando un razonamiento importante.
—Observa un árbol —siguió hablando.
—No se apura en crecer ni se desespera por perder sus hojas en otoño. Sigue su ciclo con paciencia y gentileza de brindar oxígeno a los seres vivos.
—Así veo, la paciencia es clave; además, debemos aprender que cada etapa de la vida tiene su propio ritmo y belleza. —dijo José.
—Así es, hijo —respondió don Segundo, complacido.
—Y no olvides que cada uno de nosotros es un libro en construcción; cada capítulo tiene su propio valor. Lo vital es no apresurarte a leer las páginas que aún no has vivido.
El sol finalmente volvió a brillar, y la luz pareció llenar las calles, las casas y el corazón de José. Era como si la conversación con don Segundo hubiera iluminado sus pensamientos, despertando una necesidad de reconectar con su verdadero ser.
—Prometo tenerlo en cuenta, don Segundo —afirmó José.
—La vida es un regalo que vale la pena disfrutar sin prisas; es lo único que tenemos, realmente. Así que cuídalo y vívelo plenamente —concluyó don José, tomando un sorbo de agua con tranquilidad.
Los dos permanecieron en el silencio por un momento, observando la vida que continuaba a su alrededor, sintiendo cómo cada instante, por pequeño que fuese, llevaba consigo una riqueza incalculable.
Y mientras se desarrollaba esa amena conversación espontánea, pero mostrando la complementación de dos generaciones a través de José y don Segundo, se escuchó un llamado desde adentro de la bodega; era la señora Rosa, quien invitaba a almorzar a su papá.
Inmediatamente, el joven José se levantó y agradeció al anciano por sus sabias palabras y la enseñanza lograda hasta el momento y en tan corto tiempo. Se despidieron con un apretón de manos, dirigiéndose cada uno en diferentes direcciones: don Segundo a almorzar.
INOCENTES AVES
Al revisar su reloj, José pudo ver que era la una y veinte minutos de la tarde. Aceleró el paso para llegar a la casa de su tía, pero, al llegar, la sorpresa fue enorme; el domicilio se encontraba cerrado. Decidió llamar con potente voz. Solo escuchó el ladrido de los perros guardianes de la casa. Decidió avanzar en dirección a la casa del señor Rider que su tía le había indicado.
Al llegar a ese lugar, pudo ver que en la vereda había un balde lleno de chicha de maíz amarillo. Llamó con voz fuerte, y al instante salió a su encuentro el dueño de casa, una persona a la que conoció desde su infancia.
Don Rider siempre fue una persona orientada a buscar el progreso de la localidad; aparte de ello, era un profesor jubilado; en esos días se encontraba en descanso, ya que era el juez de paz de la localidad. Un tipo carismático y alegre.
José pidió dos tazonadas de la tradicional bebida que es cocinada bajo el fuego de leñas de capirona. Después de que el amable señor lo reconociera y tras un corto, pero ameno saludo, el joven José le dijo que estaba ahí porque su tía le había comentado sobre unas aves que había encontrado el señor y que los quería dar a alguien para que los cuidara como corresponde.
Sin decir ni una palabra, don Rider desapareció. Al poco rato salió con un par de loritos en las manos. Eran unas aves muy pequeñas llamadas Shamiros. Sus plumas aún estaban en modo de cambio o muda; se les podían notar algunas plumas de distintos colores: verdes y amarillos. Los loritos se mostraban tiernos y bulliciosos.
Mirando fijamente al joven, don Rider se los entregó, solamente acompañando el gesto con una sonrisa. José, contento, se comprometió a cuidar de ellos hasta que tengan el tamaño y la edad suficiente para poder volar y regresar a su hábitat.
Entonces, José, mostrando cierta preocupación, preguntó cómo es que había logrado capturar a la pareja de las avecillas. Porque pensaba que no se puede interrumpir el normal incremento de esa especie ni de ninguna otra. Don Rider mostraba cierta sorpresa por la pregunta y, con el ceño levemente fruncido, decidió contarle los detalles.
“Una mañana, en compañía de mi hijo Sebas, me dirigí a mi finca, que queda subiendo algunos cerros al oeste de acá y a donde se llega caminando a paso lento en aproximadamente una hora y media. En el trayecto, escuchamos el sonido de una motosierra que, sin dudas, talaba árboles. Al principio no le dimos mucha importancia; por el contrario, aceleramos el paso para llegar a nuestro destino, ya que el objetivo del día era cosechar nuestro cacao”.
Y continuó don Rider…
“Al llegar a una altura superior al lugar de la tala, vimos cómo volaban diversas aves de plumas coloridas propias del lugar. También pudimos ver una manada de monos que saltaban entre los árboles aledaños, escapando del cruel corte de su hábitat; sumado a ello, las abejas que cubrían un nido de termitas, donde escuchamos los chirridos de unos polluelos”.
El joven José estaba más atento que nunca a una historia de aquellas que ya había escuchado en otra escena de su vida.
“Decidimos acercarnos a esos pequeños ruidos lastimeros de las aves y nos dimos con un árbol recostado de extremo a extremo. Un árbol de ciento cincuenta años estaba en el suelo, y la base del tronco expiraba sus últimos alimentos de clorofila y CO2. El corte propinado había sido certero”.
En este punto, don Rider tuvo que reprimir algunas lágrimas que denotaban su sensibilidad y prosiguió.
“El llanto que expresaba aquel frondoso árbol después de que le quitaron la vida se sentía en las resinas que expulsaba; no quedaba más por vivir; estaba en camino a ser tiznado y a punto de ser convertido en cuartones de madera por el vil operador de la motosierra”.
Don Rider continuó con su triste historia, diciéndole a José que, cuando llegaron al lugar de las avecillas, pudieron notar que no solamente había un árbol cortado, sino que eran muchos. En aproximadamente una hectárea de terreno, un mar de árboles yacía recostado sobre el suelo.
El final de la vida había llegado para ellos, en manos de un ser que se cree inteligente, llamado hombre, que no encontró otra forma de hacer sus sembríos que siguiendo los protocolos impuestos por la tradición y costumbre, rozando y quemando toda el área, y con eso tener listo el terreno para sembrar semillas o granos.
Eso se convierte en el gran legado de destrucción de la naturaleza; con ese tipo de actividad agrícola se ha menguado la baja de las especies de flora y fauna en nuestra selva. Lo más grave es que se está reduciendo la polinización de las abejas, que cumplen un rol vital para que los nuevos frutos o vegetales puedan crecer de forma natural.
El ambiente era atroz por la tiranía del hombre. El operador de la motosierra se alejaba a su tambo porque era la hora de su desayuno.
—No me brindó ni un saludo, tampoco me levantó la mano, o no estaba consciente de lo que hacía —expresó don Rider.
“Por cierto, como el árbol caído estaba prácticamente en la línea de nuestro camino, desenvainé mi machete y me acerqué lentamente a la posición de la casa de Comején, que es una cabeza redondeada de pedazos de carcasa de madera, en donde una de las especies de hormigas elabora su hogar para existir y ahí ellos procrean sus descendientes”.
Este espacio es muy bien aprovechado por los loros. Haciendo una gran simbiosis, que los lleva a compartir su vivienda.
“Es por este motivo que los pequeños estaban allí. Para poder extraerlos, tuve que cortar despacio cada parte del duro comején. Al llegar al centro del nido, encontré las cabezas de los loritos con ansias de comer y moviéndose de un extremo a otro… Creyendo, tal vez, que su mamá había llegado, pero no era así. Ella, con el humo y la bulla de la motosierra, alteró sus sentidos y huyó ante un fatal desenlace, y llena de impotencia se alejó del lugar, creyendo que ya había perdido a sus críos”.
Sabemos que la naturaleza es prodigiosa, pero se demoró en armonizar y embellecer miles de años, y el hombre, con una destacada actitud troglodita, actúa como un triste destructor de su propio espacio. Lo está terminando poco a poco en menos de ciento cincuenta años.
«Ahora nos quejamos porque el calor del sol nos impide laborar en el campo o en la chacra de acuerdo con la jornada regular», dijo don Rider.
“Antes se trabajaba de seis de la mañana hasta las dos de la tarde; ahora cambió, porque empieza a las cinco de la mañana y acaba la jornada a las once de la mañana; son giros provocados por el mismo hombre. El sol lastima, hiere y penetra demasiado la piel, obligando a buscar espacios de sombra y descanso”.
Al tener en las manos seis polluelos, don Rider, con la ayuda de su hijo, los puso en una bolsa de red de pescar. Continuaron con su camino y, después de su jornada de cosecha, verían qué destino tomarían esos pequeños seres alados.
—Eso es lo que pasó, joven José; así es que conseguí estos ejemplares; ya regalé cuatro a un familiar que se comprometió, como usted, a cuidarlos; tu tía me había comentado de tu deseo de conservación de algunas especies en peligro de desaparecer, por eso le ofrecí estos dos ejemplares —culminó don Rider.
—Muy triste lo que me cuenta, don Rider —respondió el joven con tono de preocupación.
—Así sucede aquí y en toda la selva de la Amazonía, joven José; tenemos un atraso de más de cincuenta años en hacer parcelas de cultivos —acotó Rider.
—Sí, se nota. Todos siguen la misma dinámica: rozar, cortar y quemar el espacio para hacer chacra. —Enfatizó José.
—Buscaré algo para que traslades a los loritos sin problemas a tu casa —finalizó don Rider.
Nuevamente, ingresó a su casa y consiguió una caja de cartón, y sin más que dialogar, se despidieron con abrazo amical, eso sí, con el compromiso de José de retribuir el gesto cuidando mucho a esas pequeñas avecillas.
DE REGRESO A CASA
Al llegar al frente de su hogar, José pagó el taxi, agradeció por el servicio, dio unos pasos y llegó a la vereda de su casa. Golpeó la puerta. En un primer instante notó que no había respuesta y, como es de costumbre en la selva, llamó: —¡Huuuuuuuu!, abran la puerta, por favor. Entonces vio asomarse a su hermana Romina, quien luego de retirar el cerrojo de la puerta la abrió completamente.
Al ingresar a su casa, José, con pasos agigantados, se dirigió a la cocina; retiró a los loritos de la caja; buscó un plato donde les pondría su comida y un recipiente para su tomadero de agua. Como leones hambrientos, los pequeños plumíferos comenzaron a engullir trozos de plátanos maduros con comprensible ansiedad. Luego bebieron agua; minutos después, muy animados, treparon por las rendijas de la ventana y se posesionaron de una parte alta de la cocina.
José encontró una casita de madera en el depósito de su casa. La arregló, la pintó con témpera al agua y la puso a secar al sol. Mientras tanto, su mamá llegó con las compras del mercado. Viendo eso, los hermanos se acercaron para apoyar con los mandados del día, brindándole un cálido abrazo.
Al llegar a la cocina, la mamá se vio sorprendida con la presencia de los “hombrecitos de verde”; preguntó a su hijo:
—¿Estas aves te regalaron en el pueblo?
—Sí, mamá, don Rider de Alto el Sol me los regaló; discúlpame por traerlos sin tu permiso- exrpesó el joven con alegría.
—Te entiendo, hijo querido —respondió la madre.
—Sabes que amo a los animales y deseo tener uno o varios para cuidar de ellos. Te ruego que me des permiso para criarlos —dijo José a su madre.
—Sí, hijo, la próxima vez debemos analizar la situación antes de que tomes decisiones al respecto —le respondió la mamá.
—Comprendido, mamá —respondió José con tono de alegría.
Y para mostrarle su agradecimiento, le dio un extenso abrazo. Su mamá solo sonreía ante la actitud generosa de su joven hijo.
La mamá aconsejó al joven que cuidara bien de ellos y que se comprometiera a liberarlos cuando sean grandes, ya que las aves y otros animales son creaciones divinas; siempre tienden a inclinarse a estar en su hábitat natural.
Momentos después, tras una pausa y tranquilidad, la conversación se selló con un nuevo abrazo y cada uno se orientó a desarrollar sus actividades en el hogar. Por su parte, José se acordó de la mini casita que había dejado en la huerta de la casa, la misma que tenía la forma de un hongo. Tras acondicionarlo, buscó un espacio adecuado y seguro para esperar que sea de noche y poner a sus nuevos huéspedes en la calidez que requería para dormir.
Así pasaron algunos meses. Los loritos mostraban su elegancia y hermosura; su piel se había cubierto de plumas en su totalidad y su tono de parloteo se había incrementado. Solamente que, desde el comienzo de la aurora, en una comparsa musical y en son de gritos, anunciaban su despertar, y se infería que el hambre se apoderaba de ellos.
JORGITO Y BONITA
“Jorgito” y “Bonita» fueron los ocurrentes nombres de sus mascotas silvestres. Y ante el bullicio tempranero, José se levantaba, cogía el platito, el tomadero, y les servía su ración de agua y comida. Solo así podía desayunar para luego salir corriendo rumbo al colegio y llegar a tiempo.
La rutina de los Loritos y José era ya conocida. A esto se sumó un silbido del amo; este sonido ya era copiado por el sentido auditivo de las aves, a tal punto que cada vez que llegaba del colegio y al estar en el umbral de su casa, chiflaba, obteniendo una respuesta en conjunto de los seres verdes.
Cada tarde, al regresar del colegio, José se sumía en la alegría de su hogar.
El silbido que resonaba en el aire como un eco familiar era la señal que activaba la fiesta de plumas y colores. “Jorgito” y “Bonita” se lanzaban revoloteando alrededor de la cabeza del joven, celebrando su llegada en una mágica danza y alegría sin fin.
José, riendo, extendía los brazos, y en un juego de complicidad, los loritos se posaban en sus hombros, picoteando suavemente su cabello. Era un rito que ambos esperaban con ansias, un momento que trascendía la rutina y se convertía en un lazo inquebrantable entre el joven y sus mascotas.
José dispuso algunos juguetes para ellos. Un aro, una cuerda y un espejo que reflejaba sus vibrantes colores. “Jorgito” se aventuraba a hacer piruetas, mientras “Bonita” lo animaba con sus melodiosos parloteos. Era un espectáculo que nunca dejaba de asombrar al joven, quien aplaudía y reía, sintiéndose el espectador más afortunado del mundo.
Con el sol comenzando a ocultarse en el horizonte, los tres compartían ese momento mágico, donde la risa del jovencito y el canto de los loros se entrelazaban en una sinfonía de felicidad. La tarde se deslizaba suavemente, y José sabía que cada día con «Jorgito» y «Bonita» era un regalo, un capítulo en su historia compartida, donde la amistad y el amor se manifestaban en cada gesto y en cada alegre chirrido.
Los códigos de lenguaje se hacían de forma diaria, hasta que la tradición y la costumbre imperaron. Cuando el tic tac del reloj marcaba las seis de la tarde, era hora de preparar la alcoba, ya que el día había acabado para ellos y el sueño y el descanso pleno les esperaban en su casita con diseño de hongo.
Así pasaba el tiempo, en medio de alegrías por la presencia de los loritos. Sin embargo, un día, y en pleno deleite de sus comidas, una de las mascotas se cayó al suelo; el perro de la casa actuó por instinto. “Hachico”, se llamaba. Se abalanzó sobre el indefenso y noble Lorito.
“Bonita”, en un impulso natural de sobrevivencia, tomó impulso para volar, chocando estrepitosamente en la congeladora de la cocina. Al sentirse vencida, emitió un sonido aterrador, poniendo en alerta de la familia que se encontraba en la sala de la casa. José saltó y se fue a la cocina; al observar la trifulca, le gritó al perro y todo se quedó en silencio por unos segundos.
Al escuchar el grito cercano de su amo, el perro salió huyendo de la casa, dejando un panorama preocupante. José se aproximó desesperadamente a “Bonita”. La puso en la palma de su mano para darle los primeros auxilios, la movió lentamente y observó que unas de sus alas estaban rotas y sangrando. La envolvió en una tela de seda y la colocó en la mesa del comedor.
El joven José expuso la herida con delicadeza, tratando de confortar a su mascota mientras los minutos parecían eternos. Él no podía dejar de pensar en cómo había sucedido todo; aquella tarde tranquila en casa se había transformado en un evento inesperado y angustiante.
El ataque del perro mutiló parte de una de sus alas. Y no dejaba de sorprenderse que “Hachico” haya actuado así. Los animales a veces no entienden sus propias fuerzas. Tendría que hacer lo posible para ayudar a la pequeña ave. Mientras pensaba, comenzó a limpiar las heridas, y José estaba ansioso; deseaba que todo saliera bien.
Con mucho cuidado y solo siguiendo su instinto, José suturó la lesión y colocó bálsamo de copaiba que usaban en casa para cicatrizar las heridas. Sabía que se recuperaría, pero que tenía que estar en un ambiente tranquilo y seguro.
Las horas pasaron rápidamente; el joven se sentó en una silla, imaginando que el ave volaba libremente en un cielo despejado, sin obstáculos ni peligros. La familia estaba pendiente del proceder de José. Compartían su preocupación.
Después de realizar el procedimiento, el joven llevó a la lorita al veterinario, donde le confirmaron que estaba fuera de peligro. El galeno de animales elogió las atenciones que dio a su mascota, pero que iba a necesitar cuidados especiales durante su recuperación. Deben asegurarse de no dejar que el perro se le acerque otra vez.
Con la esperanza renovada, el joven José se comprometió a cuidar del ave como un miembro más de la familia. Juntos, partieron de la clínica con un nuevo propósito: buscar la completa recuperación y devolver a su pequeña amiga a su hábitat, donde sus alas incompletas volverían a mejorar en libertad.
Después de pasar este gran susto, los miembros de la familia intentaron que todo volviera a la normalidad.
LIBRE ALBEDRÍO
Meses después del incidente, José ya no recortaba las plumas de las alas de los loritos, para que pudiesen volar. Tras llegar a la adultez, los pequeños seres estaban listos para obtener su libertad. Los esperaba la naturaleza. Eso ya era un hecho. La labor del joven y su familia había llegado a su fin. Ya habían cumplido con sus pequeños amigos.
José se levantó con el parloteo de los plumíferos y, con las primeras luces del sol, se dirigió a la ducha y, luego de tomar un refrescante baño, se puso sus mejores prendas, se dirigió a la cocina llevando una jaula portátil, cogió a sus dos loritos y los colocó en el interior suavemente. Al ver esto, su madre se le acercó delicadamente, haciéndole una necesaria y oportuna pregunta:
—¿Adónde los llevarás, hijo mío? Recuerda que hoy es sábado y tenemos que ir a pasear a la casa de la abuelita Camila —sentenció su progenitora.
—Mamá, ya es tiempo de que estas aves regresen a su verdadero hábitat; el deber y la obligación nos llaman —expresó José con tristeza, pero con satisfacción del deber cumplido.
—Pero, no creo que sea oportuno aún; seguro que ahora te pondrás nostálgico por la separación de tus amigos —dijo la mamá con tono de tristeza.
Las pequeñas aves habían emplumado tanto que nuevamente podían volar por sí solas. Se veían fuertes y listas para tomar, nuevamente, su rumbo a la naturaleza, a donde realmente pertenecen.
—Es triste separarnos de algo que uno va criando y, sin pensarlo, generando lazos de amistad y amor. Pero es nuestro compromiso de buen ser humano; hasta aquí llegamos; me iré al bosque y de allí los dejaré en libertad —expresó José.
Con mucha tristeza, pero con seguridad, cogió la jaula y salió con rapidez de la casa, asegurando a su familia que pronto retornaría para ir donde la abuelita.
Al llegar a un bosque, José sacó primero y muy despacio a “Jorgito”, lo sujetó con la mano, lo levantó en orientación al sol y, a manera de consejo, le dijo:
“Adiós, mi terrible, te vas, espero que nos encontremos en esta o en la otra vida. Ahora tienes la madurez para valerte por ti mismo; te acogimos con la mejor de las voluntades, en las mejores condiciones y con todo el amor del mundo. Vuela alto, reprodúzcanse, y nos vemos, vuela… y como si hubiese entendido las palabras de José, emitió algunos sonidos como despedida, extendió sus alas y tomó vuelo hacia el horizonte infinito”.
Al ver desaparecer a “Jorgito”, sacó de la jaula a “Bonita”, acarició suavemente su plumaje, le dio un beso sobre la cabecita y le dijo:
“Vuela, mi querida amiga. Ante esa despedida, algunas lágrimas salpicaron en su rostro; se arrodilló sobre el follaje y cayó en un llanto profundo”.
El sonido del viento meciéndose entre las ramas resonaba en sus oídos, mientras las lágrimas caían silenciosas sobre la tierra húmeda. Cada una de ellas parecía llevar consigo un fragmento de su corazón, dejando un vacío que apenas podía comprender.
La imagen de “Jorgito” volando libre, perdiéndose en el horizonte, se mezclaba con la dulzura de “Bonita” y sus plumajes brillando bajo la luz del sol. Sabía que el acto de liberarlas era un gesto de amor, un acto de valentía, pero el dolor de la separación lo envolvía como un manto pesado.
“Jorgito”, mostrando gallardía y aplomo del tiempo y de la edad, se dirigía por los aires, orientando a “Bonita” en su viaje. Le dijo José:
“La incapacidad de una extremidad es solo una cuestión excepcional. Recordemos lo que contó el señor Segundo, que, a pesar de su edad, muestra siempre la dicha de existir, no se amilana, no se queja, no disminuyen sus ganas de vivir y, como un roble, sigue mostrando envidiable fuerza”.
“Bonita”, ante esto, reflejó en su mirada una luz de esperanza y con un intenso parloteo expresó su felicidad. Ambos siguieron en busca de un porvenir dichoso en el cielo azul del día.
—¿Por qué duele tanto, si lo hice por su bien? —se preguntó José, mirando a su alrededor como si el bosque pudiese responderle.
Las hojas susurraban, y el canto lejano de las aves parecía burlarse de su pena. Se imaginó cómo serían sus vidas, cómo explorarían el mundo que les había estado vedado, o sin la casita de hongo en donde descansaban y que había sido por un tiempo su hogar.
La brisa acariciaba su rostro y, al abrir los ojos, se encontró con la luz del atardecer que pintaba el cielo de colores que nunca había imaginado. En ese momento, recordó las muchas horas que había pasado cuidando de sus amigos alados, cómo cada uno había traído a su vida un poco de alegría, curiosidad y compañía. La calidez de esos recuerdos se mezclaba con su tristeza, creando un torbellino de emociones que no podía descifrar.
—El mundo es un lugar vasto, lleno de risas y sorpresas —se dijo a sí mismo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Prometí cuidarlos, y eso es lo que hice. Les di libertad. Eso también es amor.
Con un profundo suspiro, se levantó del suelo cubierto de hojas y dio un paso firme sobre el sendero que lo llevaría de regreso a casa. Aunque aún sentía pesado el corazón, había comenzado a entender que esa despedida, aunque dolorosa, también era un nuevo comienzo, tanto para él como para sus amigos voladores. Sabía que algún día, en un rincón del bosque o en un rincón de su propio ser, volvería a sentirlos cerca. La vida estaba llena de ciclos, y cada final prometía un nuevo principio.
Al emprender el camino de retorno, sintió una ligera brisa que le acariciaba la piel, como si “Jorgito” y “Bonita” estuvieran revoloteando a su lado con alegría. Y, aunque aún había espacio para la tristeza, en su corazón comenzaba a asomarse una luz de esperanza; a pesar de la distancia, el amor siempre encontraría la manera de reencontrarlos.
Al ver alejarse a “Bonita” con esa ala incompleta, pero llena de seguridad en su vuelo, le vino a la mente aquel conductor de la mototaxi que lo trasladó en su primer segmento del viaje que le llevó al rescate de su amiga.
Aquel conductor que, a pesar de la familia y la pierna perdida en su centro de trabajo, no perdía la fe en el futuro, sabía que debía seguir adelante. Aunque no podía volar como “Bonita” o no podía caminar como una persona con los miembros inferiores completos, él había decidido emprender el camino de la vida con optimismo, con la seguridad de ser útil a la sociedad.
Bonita, con un ala parcialmente perdida por el mordisco de un perro, anhelaba volar como cualquier otra ave. La tristeza de José radicaba en creer que su amiga estaría más expuesta y vulnerable a los peligros naturales.
SUEÑO AMICAL
El calendario indicaba el mes de mayo. La temperatura estaba más elevada que nunca. A su retorno del colegio, José llegó a su casa con enormes ansias de beber agua; luego de unos minutos tomó su almuerzo con mucha calma. Al finalizar, se retiró a la sala, donde se acomodó lo mejor que pudo en los muebles; simuló encender su televisor, pero el sueño lo dominó y quedó en manos de Morfeo, dios del sueño.
Luego de diez minutos, empezó a soñar que estaba en un paraíso terrenal, en donde se distinguía una naturaleza envidiable, con árboles, flores y unas extraordinarias fuentes de aguas cristalinas.
Se dio cuenta de que en una de esas fuentes se encontraban dos loritos bebiendo agua; no podía distinguirlos bien debido a la neblina existente. Se acercó sigilosamente, y cuando ya estaba próximo al lugar, se dio cuenta de que eran “Jorgito” y “Bonita”.
Pero no estaban solos. Se encontraban rodeados de cuatro polluelos. José, el soñador, intentó agarrarlos, pero ante esta acción los loritos se levantaron, y con una envidiable agilidad alzaron vuelo. Estando en el aire, formaron un corazón, seguramente como un gesto de agradecimiento. Al parecer, se habían dado cuenta de que era su amo José y, en honor a eso, realizaron unas piruetas en el cielo como muestra de gratitud por criarlos con mucho amor.
José observó cómo los loritos se desvanecían en el horizonte. Su corazón se llenó de una mezcla de alegría y melancolía. La sensación de libertad que emanaba de esos pequeños seres lo envolvía, como si compartieran un secreto del mundo que solo ellos conocían. La neblina ahora comenzaba a desaparecer, y el paisaje se transformaba en una escena más vívida, como si la naturaleza estuviera pintada con los colores más brillantes de la paleta del universo.
De repente, un suave aroma a flores silvestres le trajo aún más recuerdos. Reconoció esos olores de su infancia, cuando pasaba las tardes explorando el jardín de su abuela. Las risas, los juegos y las aventuras llenaban cada rincón de su mente. Animado por esos pensamientos, José siguió avanzando por el paraíso, sintiendo que cada paso le acercaba a una parte perdida de sí mismo.
Mientras continuaba su camino, se encontró con una colina cubierta de hierba fresca y suave. En la cima, había un árbol majestuoso con ramas extendidas, como si quisiera abrazar el cielo. Decidió subir y, al llegar a su sombra, se encontró rodeado de un grupo de mariposas que danzaban muy elegantemente. Colores vivos y relucientes destellos llenaban el aire, y José no pudo evitar sonreír. El milagro de la vida se manifestaba en cada vuelo y en cada susurro de la brisa.
Aprovechando ese momento de absoluta felicidad, se recostó contra un gigantesco tronco de Lupuna. Cerró los ojos nuevamente, permitiendo que la calidez del sol le acariciara el rostro. En su interior, sentía que todo lo que había vivido: sus juegos con los loritos, sus aventuras en el jardín y las risas de su infancia, se entrelazaban en una melodía de amor y gratitud.
Repentinamente, una dulce voz lo sacó de su trance. Abrió los ojos y vio a una figura luminosa que se acercaba. Era una niña de cabello dorado, con un vestido hecho de pétalos de flores y cáscaras de fruto dulce. Tenía una mirada sabia, como si conociera los secretos de la naturaleza.
—Hola, José —le dijo con una sonrisa.
“He estado esperando tu llegada. Este lugar es solo el inicio de un viaje que te espera, lleno de magia y amistad.”
La curiosidad despertó de inmediato en el corazón de José. —¿Un viaje? —inquirió con asombro. La niña asintió, y con un gesto mágico de su mano, una senda de luces brillantes se dibujó frente a ellos. José sintió una emoción indescriptible, como si el propio universo lo estuviera invitando a explorar nuevas maravillas.
Sin pensarlo dos veces, se levantó y tomó la mano de la niña, zambulléndose en esa aventura que prometía ser tan colorida y encantadora como el paraíso que lo había rodeado.
En eso, ella le confesó que es una intermediaria de la madre naturaleza, quien la había enviado para agradecerle de forma personal por el valioso gesto de regresar a las pequeñas aves a su hábitat; finalmente, agregó, y motivó a José para que promueva el cuidado y protección del ambiente.
De pronto, José se levantó asustado y luego, con una sonrisa de alegría, expresó: “Los animales y los niños son seres honestos en la vida, demuestran mucho amor, son ciertos en sus afectos, imaginables en sus acciones, agradecidos y leales”. Tomado de Alfred Armand Montapert.
No dejaba de recordar las sabias palabras de don Segundo sobre la vida. Tampoco aquella conversación con el conductor sin familia y sin una pierna. Experiencias llenas de sabiduría que le permitían tener realmente muchas esperanzas de fe y alegría en un futuro mejor.
—Continuaré durmiendo, soñaré cosas hermosas y, sobre todo, con la sabia y misteriosa naturaleza —expresó José con evidentes muestras de alegría y de mucha felicidad.
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