Siempre era igual, al doblar la esquina de San Isidro con Alameda y comenzar a cruzar la avenida, comenzaba a sentirse observado. Era absurdo, miles de personas caminaban a esa hora por el centro de Santiago y nadie podía saber a dónde iba. Sin embargo, cada mirada le parecía sospechosa.
Menos de una hora antes estaba en su departamento, frente al computador. Como muchas otras tardes de sábado había comenzado revisando noticias del mundo, pero ello duraba poco; tarde o temprano terminaba desviándose hacia páginas de pornografía gratis, las cuales visitaba hasta que la simple calentura le obligaba a ponerse de pie. Momento que aprovechaba para salir a la terraza del departamento y meditar sobre qué haría con esas fantasías sexuales que comenzaban a ocupar todo el espacio de su cerebro. Era el instante en que decidía caminar hacia la Alameda con San Antonio, intersección en la cual se erguía el edificio que alojaba su mal llamada casa de masajes predilecta.
Sí, bastaban los primeros pasos para que, antes de ingresar a la galería ubicada en la planta baja del edificio, sintiera esa incomodidad. Era pleno centro de la capital, donde se hacía invisible en la multitud, pero la sensación persistía. Una simple mirada al pasar de una mujer elevaba su culpa y vergüenza, que él creía estar exponiendo públicamente. Sin embargo, el momento más duro era definitivamente cuando cruzaba su mirada con la del conserje del edificio, que con toda seguridad sí sabía a qué iba, al igual que muchos otros. En realidad, todo ocurría solo en su cabeza; el conserje nunca mostraba señal alguna de querer incomodar a nadie.
Evitaba como siempre el ascensor; esa máquina agudizaba su paranoia al tener que compartir el pequeño espacio con moradores de otros departamentos u oficinas, que en muchos casos lo observaban sin ningún disimulo. Prefería en la ocasión subir las escaleras casi al trote para posicionarse frente al departamento 402, el que en su puerta presentaba un cartel que, adornado con motivos florales de mal gusto, anunciaba un supuesto centro de salud naturista.
A partir de ese momento ya conocía la rutina, el timbre de voz que anunciaba su nombre, que ya había adelantado con una llamada telefónica unas horas antes para preguntar si había chicas disponibles esa tarde. Una consulta de más, ya que en la agenda del prostíbulo siempre cabía otro cliente, porque ningún visitante ocupaba completamente la hora ofrecida; por regla general todo terminaba antes.
La entrada al departamento era el momento en el cual la inhibición y los pensamientos culposos desaparecían; extrañamente, al ingresar, él se sentía protegido de las miradas y sospechas. Por lo cual dirigía sus pasos a la sala de estar alhajada con un sillón de aparente calidad, adornos florales falsos y cuadros con reproducciones de paisajes. Lugar en el cual permanecía solo por algunos minutos, tiempo que vería aumentar la ansiedad esperando la presentación de las chicas, cada una de ellas con esos nombres de fantasía difíciles de encontrar en la realidad. Así desfilaban Jasmín, con su vestido de cuero ajustado; Camile, con un sorpresivo traje de oficinista; y Antonella, con ese juego de lencería negra que a él tanto lo excitaba y por ello era a quien siempre elegía.
Antonella le señalaba con un gesto que esperara y desaparecía tras un biombo que escondía el pasillo hacia el interior del departamento; luego de un tiempo en el cual la excitación perdida durante la caminata callejera previa volvía, reaparecía con la misma tenida y con algunos objetos indistinguibles en una de sus manos. La otra la extendía para que él la tomara. Así lo llevaba hacia una de las habitaciones ubicadas tras ese biombo.
Esta vez le correspondió la habitación más grande, aunque amoblada mínimamente, y que, como recordaba, contaba con un acceso a un baño, que rápidamente era ofrecido con una invitación a ducharse, a la cual se negaba argumentando que lo acababa de hacer en su casa. En ese lugar también había solo un sillón y en el centro una camilla.
Eso era ese día; otras veces todo había comenzado con ese aburrimiento espeso adquirido luego de un largo rato en un café de Lastarria, viendo pasar gente y observando páginas web de escorts de cuerpos contorneados que despertaban su deseo, por altos precios acordes con una amplia oferta de servicios sexuales, individuales o en pareja.
Así, después de unos segundos de titubeo, sin que ella dijera nada, casi instintivamente comenzaba a quitarse la ropa, dejándola ordenada sobre uno de los brazos del sillón. Desnudo caminaba hasta la camilla; en esos breves pasos resurgía el pudor, pero duraba solo segundos. Antonella, que aparentaba conocerlo, lo ayudaba a acomodarse de estómago; sorprendido por la inesperada ayudaba por un momento se cuestionaba que hacía allí. Nunca se percataba en qué momento ella se desvestía, ya que en esa posición solo observaba la ventana por la cual divisaba las ventanas de los edificios del otro lado de la Alameda. Luego sentía sus manos sobre su espalda, con las cuales Antonella comenzaba un masaje hecho con evidente desgano y falta de pericia, un simulacro para justificar innecesariamente el anuncio de masajes.
Luego llegaba el momento en que ya podía tocarla, cuando ella se colocaba de pie en la parte delantera de la camilla; así su cuerpo, desde el pubis hasta los pechos, quedaba a la altura de sus manos, oportunidad que no perdía subiendo con sus manos hasta estacionar en ellos. Ese tiempo era breve y terminaba cuando ella lo rodeaba mientras él se colocaba de espalda, y podía ver que su pene aún seguía sin mostrar erección alguna. Eso no le preocupaba; sabía que duraría hasta que ella comenzara con el sexo oral, con el cual rápidamente le colocaba el preservativo con evidente interés en apresurar los hechos. Desde ese segundo comenzaba su lucha por evitar un término aún más veloz, pero siempre ganaba ella, era la experta.
Se detuvo junto al mesón del conserje durante el tiempo suficiente para decidir hacia qué lado de la galería salir, y no pudo evitar encontrar su mirada con la joven que atendía la barbería abierta al frente, y sintió nuevamente la vergüenza de saberse descubierto. Caminó veloz hasta la salida que daba a la avenida, donde el anonimato nuevamente hizo retornar la calma, llegó justo en el momento que la luz verde del semáforo le permitía alejarse rápido del lugar. Quiso detenerse para tomarse un café, pero vaciló ante la idea de gastar más dinero; sentía que acababa de desperdiciar varios miles de pesos en algo que, como siempre, no había durado más que unos minutos y no la hora prometida. Para la próxima vez sabría aprovechar mejor el tiempo, pensó, mientras se sentaba en una de las mesas cerca de la puerta.
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