El muñeco de trapo, una vez su salvación perversa, se había vuelto insuficiente. La tela, por mucho que la empapara en sus propios fluidos, seguía siendo inerte. Su alma, un pozo sin fondo, ansiaba una profanación que tuviera peso, que tuviera historia. El dolor físico ya no era suficiente; necesitaba un dolor trascendental.
Una tarde, mientras deambulaba por la ciudad en un estado de somnolencia, sus ojos se posaron en una pequeña iglesia de piedra. Nunca había sido un hombre de fe, pero algo en la quietud del lugar lo atrajo. Entró. El aire era frío y olía a cera vieja y a incienso. En un pequeño rincón, había una pila de agua bendita y, al lado, un cesto con folletos y pequeños objetos devocionales: crucifijos de plástico, rosarios de cuentas de madera y medallas de santos deslustradas.
Pablito sintió un escalofrío. No era de reverencia, sino de una revelación oscura. Aquello era lo que necesitaba. Los símbolos de la pureza, de la salvación, de la esperanza… eran las herramientas perfectas para su autodestrucción.
Con las manos temblando, robó un rosario de cuentas de madera negra y una medalla de San Judas Tadeo, el santo de las causas perdidas. La causa de Pablito no podía estar más perdida.
Esa noche, en la penumbra de su caravana, el ritual comenzó. Se despojó de su ropa, su cuerpo un lienzo de cicatrices y moretones. Tomó el rosario. Las cuentas de madera, lisas y redondas, parecían inofensivas a la luz de la vela. Con una respiración entrecortada, llevó la cruz del extremo hacia su ano, que ya era un cráter crónico de carne sensible.
La penetración fue lenta, deliberada. La madera, a diferencia del vidrio o del trapo, tenía una temperatura neutra, una presencia sólida y desafiante. Empujó, sintiendo cómo cada cuenta entraba en él con un chasquido seco y doloroso. «Padre nuestro que estás en los cielos…», susurró, mientras la primera cuenta desgarraba su piel. «…santificado sea tu nombre», continuó, con la segunda. Cada ave maría era una nueva bola de madera hundiéndose en sus entrañas, un rosario de dolor que rezaba por su condena.
Cuando todo el rosario estuvo dentro de él, colgando de su cuerpo como un pendiente obsceno, sintió una plenitud nauseabunda. Pero no era suficiente. Tomó la medalla de San Judas. El metal frío le quemó la punta de los dedos. La imagen del santo, grabada en el metal, lo miraba con una expresión de serena compasión.
«San Judas, patrón de lo imposible», gimió Pablito, «ayúdame a sentir algo».
Introdujo la medalla. El metal, frío y afilado en los bordes, le desgarró las paredes internas de su recto. El dolor fue agudo, metálico, una punzada divina. Gritó, un sonido que era mitad oración, mitad blasfemia. Se retorció en la cama, con el rosario moviéndose dentro de él y la medalla clavada en su carne como una estigma inverso. Sentía el peso del santo dentro de su cuerpo, una presencia sagrada violando su templo profanado.
Se convirtió en su nueva liturgia. Cada noche, un nuevo objeto. Un crucifijo pequeño cuya forma de «T» le desgarraba el esfínter de una forma peculiarmente satisfactoria. Un escapulario de tela que, al empaparse en su sangre, se parecía ominosamente a la Sudario. Una pequeña estatuilla de la Virgen María, cuyo rostro sereno se perdía en las profundidades de su cuerpo.
Pablito había encontrado su fe. Una fe retorcida, una religión del dolor y la profanación. Ya no se arrodillaba ante los indigentes; se arrodillaba ante los símbolos que robaba. Consolado no por la promesa del cielo, sino por la certeza del infierno que se creaba cada noche. El payaso había muerto, y en su lugar nacía un nuevo santo: San Pablito, el patrón de los agujeros sangrantes, el mártir del año violado, cuya única oración era la inhalación brusca de aire mientras otro objeto sagrado profanaba su carne.
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