Sentirse en el fondo del océano puede ser una de las presiones de pecho más densas del mundo. Cuando la exaltación de querer llorar brota por todos lados del cuerpo, pero una fuerza inmensa te aprieta el pecho evitando que esa presión explote, es ahí que uno sabe que está tocando fondo.
¿Necesito que me salven o puedo salvarme solo?
¿Acaso soy capaz de librarme de esta opresión bajo mis propios métodos?
Definitivamente no es sencillo poder huir de estas situaciones de tal angustia. Esas noches donde lo único que anhelamos es un abrazo mortificador de tristezas, una temperatura corporal que te ponga a dormir como cuando tenías tres años de vida. Ese contacto que, sin decir nada, logra quitarte las toneladas de la caja torácica. De pronto, nos permite volver a respirar. Es ahí que las lágrimas brotan por todo el espacio, al fin lograste ser libre.
No me malinterpreten, no quiero quitarle el mérito al «puedo solo», porque sin una propia intención no veo factible que un abrazo nos libre de la tristeza. En su justa medida, la suma de hechos y decisiones nos lleva a este libertinaje divino de la conciencia. El gran factor de volver a creer en uno mismo. Mirar el sol, sentir los rayos penetrando en cada centimetro de la piel y lograr sentirse vivo nuevamente. Reír incansablemente sin motivo, correr y simplemente el hecho de estar.
Poca importancia se le da al «estar». A estar presente. A estar vivo. Ser consciente de la vivencia y de la mera existencia de uno. El milagro de ser una persona, poder poseer sueños, respirar y dar gracias por cada día que estamos. Siento que pocas veces uno realmente agradece o se detiene a pensar lo enorme que es sentarse, respirar y… existir.
Atte.
Facundo Verardo D’Agostino
OPINIONES Y COMENTARIOS