Recuerdo (e incertidumbre)

Recuerdo (e incertidumbre)

Sergio Solis

30/03/2026


Cuando uno labura detrás de un mostrador se vuelve un poco antropólogo de vereda. No es solo despachar un litro de jabón liquido o cargar una SUBE; es ver pasar la vida en cuotas, en envases retornables. Uno se queda ahí, quieto, mientras el mundo desfila del otro lado de la madera, y se termina convirtiendo en el guardián de pedazos de historias que, a veces, se cortan de golpe.

Estaba esa señora, doña Rosa, que siempre venía con las monedas justas y una dignidad que no le cabía en el tapado raído. El hijo, un tipo de esos que confunden la ambición con la falta de escrúpulos, le había birlado la casa de toda la vida. La pobre vieja andaba rebotando por lugares alquilados que eran un insulto a la salud, lugares inhabitables donde la humedad le comía los huesos. Uno la veía entrar y sabía, por cómo apretaba la bolsa de las compras, que esa noche le tocaba mudarse de nuevo a otro rincón olvidado de Dios.

Después estaba Medina. Siempre firme, con una espalda que todavía guardaba el recuerdo del uniforme. Le gustaba contar, entre sorbos de aire, aquella tarde en la Casa Rosada. Decía que Perón se le acercó, le vio un mosquito caminando por la mejilla y él, Granadero de ley, no movió ni un músculo ni emitió gesto. El General lo mandó a llamar para que vaya su despacho, lo felicitó y le prometió un camión para que se ganara la vida por su cuenta. Pero vino el golpe, vino el lío, y el camión se quedó perdido en algún escritorio de la historia que nunca se abrió. Medina se quedó con la anécdota y con las ganas, esperando un progreso que tenía el motor fundido antes de arrancar.

Y, por supuesto, estaba el hincha de San Lorenzo. Un tipo que caminaba como si llevara el mundo en los hombros; primero se le fue la mujer, y el tipo se aferró al Ciclón como a una balsa en el medio del océano, pero cuando le tocó enterrar al hijo, algo en el brillo de sus ojos se apagó para siempre. Venía al mostrador, pedía lo de siempre, y se quedaba mirando el vacío con una tristeza de esas que no se curan ni ganando la Libertadores.

Un día, cualquiera, uno deja de verlos. No hay un adiós, no hay una explicación, simplemente no vuelven.

Uno se queda pensando si doña Rosa finalmente encontró un rincón con sol, o si el hijo se terminó de llevar lo que quedaba de ella. Se pregunta si Medina habrá recibido su camión en algún cielo de Granaderos, o si el señor de San Lorenzo finalmente se reencontró con los suyos en una tribuna donde no existe el olvido.

La vida de barrio es eso: un libro lleno de capítulos que se interrumpen. Nos queda la duda, el hueco en la rutina. Porque al final, lo que más pesa detrás del mostrador no es lo que vendemos, sino esa incertidumbre de no saber si el que se fue, llegó a alguna parte, o si simplemente se deshizo en el aire, como el humo de un cigarrillo que se apaga antes de tiempo.

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