A veces sí me siento enfermo. Me parece que la tristeza me cubre sin razón y se queda tendida sobre mí, apática, el tiempo que le venga en gana. Quiero mejorar e intento levantarme y seguir adelante con la vida, pero sencillamente las fuerzas no me dan. Es como si un ente completamente ajeno a mí entrara en mi cuerpo y lo apagase. En pocas palabras, siento que se sale de mis manos.

Incluso tomo medicamentos para ello, y he podido experimentar claramente la ayuda que me brindan. No tengo ninguna duda de su utilidad. Que aquella pasta me ayuda a estar un poco más tranquilo, y esa otra me sube un poco los niveles de energía. Pero lo cierto es que aquellas medicinas le servirían a cualquiera. Tal pepa haría más tranquilo o menos triste a cualquier persona, mientras que una quimioterapia, por ejemplo, no haría más que dañar el organismo de una persona que no tiene cáncer, sin brindar ningún beneficio a cambio.

Es por eso que, aunque a veces me cuesta hacerlo, siempre llego a la conclusión de que la depresión sencillamente no es una enfermedad, puesto que una enfermedad es una alteración del estado fisiológico “normal” de un ser, y aunque no hay ninguna duda que sí se trata de una realidad física hasta cierto punto -pues a fin de cuentas no somos otra cosa que materia y procesos químicos (en lo que compete a la ciencia por lo menos)-, me rehusó rotundamente a aceptar la idea de que existe un estado de ánimo “normal” para todo ser humano. Ningún examen de sangre o escáner de cerebro puede mostrar un estado ideal de felicidad y tranquilidad, simplemente porque tal cosa no existe.

Reconozco, por supuesto, que sí se trata de un problema que debe tratarse, pero la categoría de enfermedad no hace otra cosa más que dificultar la tarea, pues si no se sabe lo que se quiere resolver, es imposible encontrar el tratamiento acertado para hacerlo. 

Puesto que es una condición real que me afecta terriblemente, sí reconozco un daño, o una avería, en mí, e intento tomar los pasos adecuados para mejorar. Para sentirme menos mal. Y las posibles soluciones son y serán siempre las mismas que todos conocemos, por aburridas que resulten: comer y dormir bien, hacer ejercicio, controlar los vicios, establecer vínculos, encontrar un camino espiritual y un pasatiempo, y, por encima de todo esto, entender qué es lo que lo tiene a uno tan achantado -pues siempre hay algo, por pequeño o lejano que pueda llegar a ser, y por mucho que la psiquiatría se empeñe en negarlo-, bien sea con o sin terapia.

Las benditas pastillas nunca van a curar una depresión, por la simple razón que ni siquiera la tratan en realidad. El temperamento de cada uno es algo que no controlamos completamente, mas no es una enfermedad. Habemos tipos más apagados, tímidos e introvertidos. Que las cosas nos emocionan poco y la quietud es nuestra guarida, y eso no tiene absolutamente nada de malo por sí solo. De bueno tampoco, por supuesto. Simplemente es así. Es un engaño que eso es la depresión. Un engaño que mueve miles de millones de dólares, claro. La depresión nace cuando, sea cual sea nuestro temperamento, aparece algo en la vida que nos tumba y se esfuerza tremendamente por no dejarnos levantar. 

En mi caso en particular fue el rechazo. Me obsesioné desde chico con la aprobación de los demás, sobre todo de mi padre, y esto, poco a poco, me llevó a un pozo infinito de soledad y falta de sentido. Ahora desprecio a las personas, casi tanto como les temo, y bebo para poder, aunque sea, chapotear en el océano comunitario. 

Por otro lado, he aprendido que la tristeza perpetua puede llegar a ser exquisita. Sumido en ella es que puedo pensar, si no con claridad sí con profundidad, y escribir la simple literatura que tanto amo. Por esto me atrevo a decir que, muchas veces, la tristeza se escoge. Y es que indudablemente es cómodo no esperar nada del mundo ni de uno mismo. Pero, cuando aquella tristeza impide siquiera hacer lo que se ama, y no tengo ninguna duda que todos amamos algo, o por lo menos tenemos la capacidad de hacerlo, es cuando aparece la depresión.

Debido a esto es que, en mi opinión -claramente respaldada por la estadística-, los parámetros que la humanidad moderna nos ha querido presentar como naturales y necesarios llevan a tantos a autodenominarse depresivos. No tenemos por qué ser todos iguales, y ¡gracias a dios! No todos debemos encontrar sentido en el estudio o el trabajo. O aspirar a una vida de lujos o a una sedentaria. No todos queremos una familia, y tampoco todos queremos un sinfín de relaciones superficiales. Pero creemos que sí porque eso dicta la norma; a veces legal, a veces social. Sin embargo, no dudo por un instante de la capacidad de cada uno para llegar a esta realización y sobreponerse a lo establecido. 

Nada hace más hermosa a la humanidad que la diferencia. Ser único no es estar enfermo, pues si fuera así todos lo estaríamos. Rechazo la idea de tragar pastillas y obedecer como ovejitas a ideas que nada tienen de naturales. Si en realidad la depresión (y la ansiedad y el déficit de atención y la hiperactividad, etc.) es una enfermedad, la única cura posible sería la aniquilación de los temperamentos y la igualdad absoluta, y yo, personalmente, no tengo ningún interés en vivir en un mundo así.

– M

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