AMAR SIN TOCAR Y SENTIR SIN MOSTRAR.
Dragon Mapache.
El amor en su esencia más pura florece de la capacidad de sentir sin tocar, porque amar es un acto del núcleo y no del cuerpo.
Todos hablan del amor: unos como lo peor que les pudo pasar, otros como la mejor etapa de sus vidas; amores propios, amores eternos, amores imposibles…
Pero ¿dónde queda mi forma de amar? ¿Acaso nadie ama como yo?
Sé que amar es algo individual y que ninguna forma se parece a otra, pero en este fragmento momentáneo de pensar en el amor, aún no conozco a ningún habitante que lo defina como yo. Muchas almas terminan su trayectoria creyendo que sin el tacto no se puede amar; muchos se marchan de este cosmos sin descubrir lo intrínseco de besar con el alma y no con los labios.
Amar sin tocar… parece imposible, pero no lo es. Al menos para mí, a veces la forma más pura de amor nace justo ahí: un amor que se siente en la mirada, en la voz, en el silencio que dos personas comparten cuando el mundo entero grita.
No puedo amar como todos; no puedo dar afecto sin pensar y sin sentir demás. Para muchos es raro, o extraño, ser como soy y sentir lo que siento. Cuando intento explicar este sentimiento, solo callan y asienten. Durante tanto tiempo no pensé en esto, porque como todos, quiero sentir lo que la gente llama “la peor etapa de su vida”. He escuchado un sinfín de narraciones sobre cómo fue el amor para muchas personas, pero sé que no viviré lo mismo. Yo quiero sentir la expresión del amor sin lo que el amor exige; quiero observar antes que besar, quiero escuchar la esencia antes que los piropos, quiero conocer la calidez de su psique antes que el tacto sobre mi piel.
Y en este dilema lo encontré.
Precisamente nos encontramos. Él era todo lo que yo nunca seré, todo lo que siempre rechacé. Aunque no lo parezca, a pesar de la diferencia entre nuestros universos, él —esa última persona que imaginé— fue con quien pude compartir este sentimiento. A pesar de no comprenderme del todo, lo intentó. Y mejor aún: respetó mi forma e ideología sobre el amor.
En medio de mi caos llegó, y me enseñó que cuando amas no necesitas tocar a la persona para saber que sigue viva, que su amor vive. Definir el amor entre dos mundos es complicado, como lo ha sido toda esta explicación. Muchos no entendieron ninguna palabra; otros tres o cuatro sí. Y esa pequeña parte que se sumergió en mis palabras y logró sentirlas como brisa… son aquellos que han aprendido a amar sin tener que ver o tocar.
Sentir sin mostrar… es ese milagro que sucede cuando las emociones no necesitan exhibirse para existir.
A pesar de todo, mi forma de amar siempre será diferente, singular. Aunque duden de que amo, por la rareza de mi forma de habitar este mundo.
Pero cuando creí que todo comenzaba a tener sentido, él empezó a cambiar. No fue brusco; fue en esos silencios que duelen más que cualquier palabra. Tal vez se adaptó tanto a mi forma de amar que sin darse cuenta empezó a ser como yo.
Lo supe cuando intentaba ocultar sus ojos de mi inevitable búsqueda. Algo estaba mal; lo sentía desde antes, pero no quise creerlo. Pensé que había dejado de sentir; que mi molde distinto de amar lo había cansado. Su interés —ese brillo que habitaba sus cuencas— se volvió un espacio sombrío y apagado.
Lo observaba habitar el mundo, y cada gesto suyo expresaba culpa: culpa por no saber sostener algo tan delicado, tan diferente, tan verdadero sin sentir miedo.
¿Y por qué ahora? ¿En qué momento comenzó todo?
Había escuchado que los cuerpos sin amor se marchan, pero él… él no se fue. Y dolería menos su partida, porque ahora duele su presencia. ¿Por qué seguir aquí si ya no puede amar como yo? Tal vez tiene miedo de dejarme.
Y fue ese miedo —no la falta de amor— lo que empezó a construir la distancia que confundí con desinterés.
Y ahora les pregunto a ustedes:
¿Verdaderamente son amados? ¿Amados por esencia, y no por tacto?
¿Te amaría alguien si supiera que su piel jamás podría tocar tu calidez, o ese sentimiento banal llegaría a su fin?
Y ante todo… ¿creen que de verdad aman?
Y aquí estoy.
Con alguien que no me supo amar, sin saber sentir, sin necesitar más.
Aquí, en la banca blanca de la vida, manchada de rojos oscuros, mirando cómo exhala su último aliento, o como yo lo llamo: su grito de ida.
¿Por qué?
Por no saber amar de una forma inefable y real.
Al final, logré que amara algo verdaderamente: su vida, antes de que se desvaneciera lentamente.
¡Logré que amara!
Y ahora, con un vacío angustiante e imperceptible, me marcho… dejando atrás una vida sin amor y un cuerpo sin vida.
OPINIONES Y COMENTARIOS