Tengo dos hermanas y, sin embargo, a veces sospecho que tengo dos espejos. No reflejan mi rostro sino una versión deformada de mi tiempo, de mis errores, de aquello que fui o que ellas decidieron que soy. Una es apenas tres años menor; la otra, doce. Esa diferencia, que en la infancia era una distancia casi geográfica, hoy se ha vuelto una curiosa forma de simultaneidad: las tres edades conviven en una misma escena que se repite con la obstinación de un sueño.

A mis setenta y dos años —edad que alguna vez imaginé como una orilla apacible— descubro que no hay descanso en ciertos vínculos. Hay, en cambio, una persistencia que se parece al destino o a la condena. Ellas me hablan, me observan, me diagnostican. Han elegido una palabra —“bipolar”— que repiten como si fuese una clave secreta, una explicación total, una forma de reducir la complejidad de mi vida a un término clínico que, sospecho, las tranquiliza más a ellas que a mí.

No niego que haya sido, como todos, contradictorio. ¿Quién no lo es? El hombre que fui a los veinte años no podría reconocerse en el de los cuarenta, y este, a su vez, desconfiaría del que hoy escribe estas líneas. Pero esa sucesión de máscaras no constituye una enfermedad sino, acaso, la única forma posible de la identidad. Cambiar no es desvarío: es persistir en el tiempo.

Sin embargo, ellas insisten. En su versión de la historia familiar, yo soy el error que debe ser corregido, el desvío que requiere nombre. Me observan con la paciencia —o la soberbia— de quien cree poseer la verdad. Y en ese gesto hay algo más inquietante que la incomprensión: hay una suerte de necesidad. Porque si yo soy el enfermo, ellas quedan a salvo. Si yo estoy equivocado, ellas habitan la certidumbre.

He pensado, no sin ironía, que toda familia es una forma rudimentaria de metafísica. Cada miembro ocupa un lugar que parece inmutable, como si una voluntad anterior —Dios, el azar o la costumbre— hubiese dispuesto los papeles. El hermano mayor, la menor, la distante, el incomprendido. Romper ese orden no es sencillo: implica desafiar no solo a los otros, sino a la estructura invisible que los sostiene.

Me he cansado, sí. Pero no de ellas únicamente, sino del papel que me asignan y que, durante demasiado tiempo, acepté sin resistencia. Hay una fatiga que no es del cuerpo sino del alma: la de sostener una versión de uno mismo que otros han escrito. Tal vez el verdadero agotamiento consista en seguir siendo el personaje de una historia ajena.

No pretendo convencerlas. Sería inútil. Cada uno defiende su ficción con la tenacidad de quien teme el vacío. Yo mismo he defendido las mías. Pero hay un momento —quizá este— en que uno comprende que la verdad no es un territorio compartido, sino una experiencia solitaria.

Recuerdo ahora una vieja conjetura: que todos los hombres, en secreto, se creen cuerdos y suponen que la locura habita en los otros. Tal vez mis hermanas no sean la excepción. Tal vez yo tampoco. Pero hay una diferencia que me parece decisiva: yo no necesito que ellas estén enfermas para justificar mi existencia.

He llegado, entonces, a una forma modesta de resolución: no discutiré más. No por resignación, sino por lucidez. Entiendo que no se puede habitar el mismo laberinto con quien ha elegido otro mapa. Ellas seguirán viéndome como un problema; yo, en cambio, empiezo a verme como una pregunta que no les pertenece.

A los setenta y dos años, uno aprende —o debería aprender— que la paz no siempre se encuentra en la reconciliación, sino en la distancia. No es un gesto de odio, como podrían suponer, sino de preservación. Hay vínculos que no se rompen: simplemente dejan de doler cuando uno deja de insistir en ellos.

Quizá, al final, no se trate de quién tiene razón. Esa es una batalla menor, casi trivial. Se trata, más bien, de recuperar el derecho a ser sin traducciones ajenas, sin diagnósticos improvisados, sin el peso de una mirada que no comprende pero insiste.

Y en ese silencio —que no es derrota, sino elección— sospecho que empieza, por fin, una forma de libertad.

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