En mi cumpleaños, rodeada de voces vacías y sonrisas que no me pertenecen, entiendo algo que me cuesta admitir: nunca he estado realmente acompañada. Vine para no sentirme sola, y aun así lo estoy. Siempre lo estoy.

La cuenta llega. Nadie se mueve. Nadie dice nada.
Y yo pago… como siempre.

Pero esta vez no se siente igual.

El camino de regreso me pesa más que la noche. No dejo de pensar en todo lo que no dije, en cada momento en el que me tragué la incomodidad por encajar, por no incomodar, por no quedarme sola. Empiezo a hacer cuentas… y no son solo de dinero. Son de silencios, de desprecios pequeños, de veces en las que me dejé a mí misma al último.

Y entonces lo entiendo.

Mi mayor deuda no es con ellos.
Es conmigo.

Llego a casa. No quiero abrir los mensajes. No quiero fingir que me importa. Me siento frente a la nada y empiezo a escribir nombres, como si al ponerlos en una lista pudiera ordenar todo lo que siento. No es rabia… o tal vez sí. Pero es más que eso. Es claridad.

Algo en mí se rompió esta noche.

Y por primera vez, no me duele del todo.
Porque en esa ruptura hay algo nuevo.

No quiero que me elijan.
No quiero seguir esperando.

Esta vez… me elijo yo.

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