Ignoro —como se ignoran las cosas que más nos conciernen— si fui víctima de una estafa o de una forma más sutil y menos imputable del error: la incomprensión. Hay actos cuya naturaleza no se deja apresar por la justicia ni por el lenguaje; uno puede nombrarlos “engaño”, “confusión” o “destino”, y todos esos nombres serán, al mismo tiempo, exactos e insuficientes.

Lo cierto es que el dinero ya no está. Esa evidencia, tan concreta como una moneda ausente en el bolsillo, es la única verdad que no admite discusión. Lo demás —las intenciones ajenas, mis propias expectativas, las palabras dichas o mal oídas— pertenece a ese territorio ambiguo donde la memoria y la interpretación se disputan el sentido de lo ocurrido.

He repasado la escena con una obstinación que roza lo ritual. Cada frase, cada gesto, cada silencio ha sido convocado una y otra vez, como si en esa repetición pudiera descubrir una grieta, una señal que me absolviera o me condenara. Pero la escena, como ciertos sueños, se resiste a ser fijada. Cambia levemente cada vez que la recuerdo, y en esas variaciones sospecho que no sólo se modifica el pasado, sino también quien lo recuerda.

¿Me estafaron? La palabra supone una voluntad ajena, un cálculo, una intención deliberada de perjudicarme. Pero también supone, tácitamente, una víctima inocente. Y es ahí donde la certeza se desmorona. Porque si hubo engaño, ¿no hubo también en mí una disposición a creer? ¿No hay en toda estafa una forma de complicidad, aunque sea involuntaria, un deseo previo que allana el camino del engaño?

Tal vez no fui estafado. Tal vez simplemente no entendí. Pero esa posibilidad, lejos de consolarme, me inquieta más profundamente. Porque si el error fue mío, si todo se debió a una lectura equivocada de los hechos, entonces el mundo no es hostil ni tramposo: es, simplemente, indiferente. Y en esa indiferencia, uno queda solo frente a sus propias limitaciones, que son infinitas y, a la vez, invisibles.

Entre la estafa y la incomprensión hay una diferencia moral, pero no siempre hay una diferencia práctica. El resultado —la pérdida— es el mismo. Sin embargo, la primera hiere la confianza en los otros; la segunda, en uno mismo. Y no sabría decir cuál de las dos heridas es más difícil de sobrellevar.

He pensado, no sin cierta ironía tardía, que tal vez la distinción entre ambas sea irrelevante. Que lo ocurrido no es un episodio aislado, sino una reiteración de una ley más vasta: la de nuestra inevitable falibilidad. Perder dinero, en ese sentido, sería apenas una metáfora —burda pero eficaz— de otras pérdidas más silenciosas: el tiempo mal invertido, las palabras mal dichas, las decisiones tomadas bajo la ilusión de una certeza que nunca existió.

Quizás mi idiotez, como la llamo con una crudeza que pretende ser honesta, no sea otra cosa que mi humanidad. O quizás mi inocencia —si es que aún puedo usar esa palabra sin ironía— haya sido simplemente una forma de esperanza. Creer, después de todo, es siempre un riesgo; y no creer, una renuncia.

No sé si fui engañado o si me engañé. Tal vez ambas cosas sean, en el fondo, la misma. Lo que sí sé es que el dinero perdido ha comprado, a un precio desmedido, una sospecha que ahora me acompaña: la de que nunca entendemos del todo aquello que nos afecta más directamente. Y que, en esa ignorancia, persistimos.

Como todos. Como siempre.

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