El afortunado Pedro Julio.

El afortunado Pedro Julio.

Emil Santos

25/03/2026

Aquel 15 de agosto de 1997, Pedro Julio no quiso levantarse de su cama temprano como acostumbraba; la mañana estaba tan fría y silenciosa que su lecho era el lugar más acogedor y embrujado, un espacio que lo atrapaba, envolviéndolo entre sábanas y mantos de perezas de los que sin duda alguna era difícil escapar. La lucha a merced del sueño siguió hasta que el reloj marcó las doce del mediodía. Para entonces, la habitación dejaba entrar más claridad por una vieja ventana de grandes vidrios que daba a la calle; entonces, con mucho esfuerzo, apenas pudo pararse, estirando al instante sus largas extremidades y dirigirse de inmediato hacia el baño.

Al mirarse en el espejo, notó grandes círculos oscuros alrededor de sus ojos; parecía tener el <<efecto mapache>>. También percibió una tez un poco amarillenta, bostezó prolongadamente, drenó cierta cantidad de agua de su interior y se lavó la cara sin ningún ímpetu.

De regreso a la alcoba, encendió un cigarrillo mientras se asomaba por la ventana. Observó que aún había un poco de escorrentía del agua de lluvia en la calle, con la que los niños jugaban salpicándose el uno con el otro, corriendo en todas las direcciones, simulando a los soldados de esas macabras batallas de guerras que se ven en la televisión, aunque ahora el arma más poderosa solo era la inocencia, plagada de incansables alientos de seguir jugando; al ver aquello le devolvió a su mente viejos recuerdos en los que se involucró pacientemente, por lo que sus ojos se lagrimaron justo cuando se acababa su cigarro.

Aquello lo llevó a pensar, de forma madura, que el tiempo no era capaz de lanzarlo en la realidad de aquellos años que no regresaban; esos que había enfrentado suplicando que lo hicieran un hombre tan pronto, creyendo que así sus sueños se harían reales. De inmediato supo que no fue así y que ya no habría remedio, porque él mismo se echó su destino a sus pies y lo arrastró demasiado lejos, junto con esos años que, sin preguntar ni pedir permiso, le cayeron atrozmente sobre la espalda. En esa avanzada, descubrió que nada ocurrió ni ocurriría.

El reloj marcaba ahora la una y media de la tarde. Pedro Julio ya estaba bañado y cambiado; quizás quería salir, debía salir, tenía que ir a algún lado. No era muy común que él estuviera bien presentado; de todas formas, cualquiera que fuera el lugar a donde iría o lo que haría, tal vez fue la única vez en que estuvo bien vestido. Bajó las escaleras de su apartamento sin cruzar alguna palabra con sus vecinos, que conversaban en la salida de la vieja vecindad. Miró al cielo guiñando un poco sus ojos, porque ya el sol estaba radiando con furor. Echó un vistazo hacia el final de la calle y ahí mismo inició su marcha.

Con las manos en los bolsillos y un poco cabizbajo, su mente estaba colmada de una nívea decisión, una que había preparado días anteriores.

Por última vez entró a la ferretería de don Guillermo Cifuentes a reclamar lo que había encargado la noche anterior; esa vez no hizo caso a las chanzas que de costumbre le hacían los empleados. Nuevamente entró en marcha hacia adelante, buscando las afueras de la población; el tic-tac del reloj se convertía en una marcación infinita, mientras las horas se destilaban sobre los pasos de aquella caminata unidireccional en la que avanzaba. Llevaba las manos, al igual que su camisa, envuelta en un sopor generado por el gasto de energías al caminar y por la inclemencia del sol que en ese instante era más fuerte y lo azotaba sin remordimientos.

Nuevamente pasaba por esa parte del pueblo, por aquel tramo de la calle, donde lo esperaba siempre un perro viejo y mocho. El animal, que al principio le ladraba de forma arrogante como queriéndole reclamar algo, solía acercarse tras un instante para recibir de Pedro una breve caricia en el hocico y acompañarlo un par de cientos de metros; sin embargo, esta vez no fue así: el viejo perro solo fue ignorado. El hombre iba tan sumergido en sus pensamientos que su entorno lo olvidó por completo.

Por aquel sudor que ya brotaba por todos sus poros y una lengua seca, había decidido descansar un instante bajo de un viejo abeto al pie de una pequeña ladera, a las afueras del caserío. Se inclinó lentamente hasta quedar sentado mientras el viento lograba orearlo levemente. En un momento repentino, tuvo la curiosidad de revisar lo que llevaba en la bolsa para reparar si todo estaba completo; ciertamente, todo estaba ahí.

Era visible y preciso que ya un buitre estaba sobre su hombro derecho, destellándole picotazos, avisando que se acercaba una hora definitiva. Luego de aquel leve descanso, caminó unos mil trescientos metros más hasta llegar a su destino, allí donde su hado también se truncaba.

Al día siguiente, la prensa local publicó en una de sus páginas amarillistas el hallazgo de un <<pendulo humano poco oscilante>>, con una cuerda de dos metros de largo y un papel en uno de sus bolsillos en el cual se leía:

«Yo sé que jamás me perdonarán: mi Dios, por mi acto tan cobarde, el señor propietario del terreno en donde estoy, por abusar de este metro cuadrado de suelo, porque nunca tuve dinero, ni siquiera para comprar un pedazo de tierra en la vida; a las pocas personas que conocía, incluyendo mi familia —con quienes jamás tuve la dicha de compartir mucho tiempo—, quienes probablemente hasta me hubieran podido cuidar unos días más, cuando ya estuviera muy decaído a causa de esta grave enfermedad que me diagnosticaron; y al propietario del cuarto de la pensión, que se adueñe de lo poco que allí queda como pago del par de meses de arriendo en atraso».

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